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lunes, 1 de junio de 2026

Fnac, Grasset y la Biblioteca Nacional

La siguiente es una contratapa aparecida en el diario Página 12, el pasado 22 de mayo, donde el escritor Mario Goloboff (foto), residente en Francia durante muchos años, reflexiona a título estrictamente personal, a propósito del estado de los libros y las editoriales en ese país. 


Primeras observaciones de un mundo cultural en descomposición


Entre las múltiples señales que me han llamado la atención, en este obligatorio retorno a Francia para estar junto a los míos en tiempos de depre y de debilidad, hay tres hechos a distinguir en el campo cultural. Una primera recorrida a la FNAC, fundada por dos militantes de izquierda, Max Théret y André Essel en 1954 para vender y distribuir libros baratos, que se llamó así para significar una Federación Nacional de Achats (compras), fundida ahora con otro gigante del comercio; DARTY, y convertida en un líder europeo de la distribución de bienes culturales, juegos, videojuegos, productos técnicos, electrodomésticos, con más de 1500 locales abiertos en el mundo, 30000 empleados y billones de euros de ventas aquí y allá.

Todo tipo de aquellos productos de la modernidad están en los escaparates de los primeros pisos, y el tercero, reservado como siempre a los libros, abarrota los estantes y las cajas de nuevas y bonitas ediciones de las editoriales famosas y con textos de creación de todo el mundo. Predominan en este campo los franceses naturalmente, los italianos, con nuevos autores, algunos latinoamericanos sin importancia como Isabel Allende, o autores de moda como Leonardo Padura, las buenas escritoras argentinas, como Samanta Schweblin y Mariana Enríquez, y escritores de menor cuantía. También los clásicos rusos, los que han quedado a través del tiempo, pero (y eso también llama la atención, nada nuevo ni interesante de los otrora países socialistas después de más de un cuarto siglo de haber caído los muros. ¿Es que no hay autores después del comunismo? ¿Qué se ha hecho de los poetas y escritores que circul

aban los famosos samizdat y llenaban la boca de Occidente en los años del poder soviético?

El otro fenómeno cultural que ensombrecía Francia a mi llegada es el copamiento por parte de la ultraderecha de la voluminosa Editorial Grasset. El grupo Hachette, propietario de Grasset, acaba de echar a un editor respetado, Olivier Nora, desplazado y reemplazado, en la práctica, por un hombre de la casa, el multimillonario Vincent Bolloré, quien atiende principalmente al ideólogo conservador Alain de Benoist, para el que J. J. Rousseau era un filósofo reaccionario, y a los políticos Jordan Bardella, Philippe de Villiers, Marion Marechal Le Pen y otros de la misma especie. Gisele Sapiro, socióloga y directora de investigaciones del CNRS (Centro Nacional de la Investigación Científica) sostiene en Le Monde, de manera alarmante, que el hecho “no representa solo un epifenómeno de la historia del capitalismo financiero” sino que “amenaza el patrimonio cultural e intelectual de Francia”. Dado el “poder de artillería” del grupo Hachette que no maneja solamente Grasset pero también señoras casas como Fayard, Stock, la mayoría de manuales escolares y el 80% del mercado de edición de África francófona.


Entre los más de doscientos cincuenta autores que se han ido de Grasset en solidaridad con Olivier Nora están Dominique Bona, Jean-Paul Enthoven, Delphine Horvilleur, Bernard-Henri Lévy, Richard Malka, Tania de Montaigne, Michelle Perrot... Y el escritor Dan Franck ha denunciado: “Nosotros vivimos un momento fascista-stalinista”. Firmaron simultáneamente un documento de protesta que entre otras cosas sostenía: “Tenemos un punto en común: rechazamos ser los rehenes de una guerra que persigue imponer el autoritarismo en la cultura y en los medios”.

Si para algo sirve la historia, en este caso es bueno recordar el papel de competitividad que jugó el grupo Hachette en la distribución de la prensa después de la Segunda Guerra Mundial, habiendo tenido ya acusaciones de proximidad con el gobierno de Vichy (más que colaboracionista). No sorprende, pues, que los hechos hayan alcanzado dimensión fuera del hexágono y que haya autores internacionales, como el premio Nobel surcoreana Hans Kang, el islandés Jón Kalman Stéfansson, el multinacional All Smith, hayan adherido a la causa “Olivier Nora”.

Otro hecho que conmueve al mundo cultural francés, y más allá todavía, es la crisis que está viviendo la Biblioteca Nacional Francois Mitterrand, que ocupa 365.000 m2 con sus 15 millones de archivos que tocan todas las disciplinas, 3000 lugares para analizarlos, un cine, 1600 empleados de distinto rango y 1,2 millones de visitantes por año. Pero en el edificio principal de los siete sitios que cubre, incluidos los históricos de la rue Richelieu (IIeme) o del Arsenal (IVeme), no funcionan los ascensores, hay “fugas” a repetición de calefacción, la ventilación y la electricidad está vetusta y no hay conformidad con las normas de circulación de personas con movilidad reducida, señalándose una falta de inversión que se agrava por la ausencia de renovación, lo que llevaría a 500 millones de euros el gasto a contemplar en el futuro inmediato para poner todo en orden. Así “el templo de las bibliotecas parisienses” se viene abajo sin que detengan su caída los sucesivos ministros de cultura ni los cultos presuntos candidatos a las próximas elecciones. 

Creo que las tres observaciones sirven para considerar el estado actual de la cultura en Francia, país que siempre se ha destacado por su potencia en tal terreno.

martes, 30 de julio de 2024

"Los peores regímenes políticos, los totalitarios, los más antipopulares, se asentaron siempre en lenguajes desvirtuados, degradados"


El pasado 24 de julio, el escritor y crítico Mario Goloboff publicó en el diario Página 12 la siguiente columna de opinión, a propósito del estado actual de nuestra lengua, que vale para todas las lenguas en general.

El maltrato de la lengua

Un reconocido lingüista irlandés, David Crystal, anunciaba hace poco, para el siglo presente, la pérdida de más o menos la mitad de las seis mil lenguas que todavía se hablan en el mundo. Ahora, la Secretaría General Iberoamericana (Segib), que trabaja en 22 países, le suma y puntualiza que el 38,4 por ciento (poco menos que la mitad) de las 556 lenguas indígenas de América latina y el Caribe están en riesgo de desaparición. “Todas las lenguas indígenas --sostiene-- son consideradas vulnerables”. Es de imaginar lo que todo esto representa como angostamiento cultural, científico, humano para la especie. Seremos infinitamente más pobres, y ello de una manera insensible y, sobre todo, irresponsable.

Dentro de tan pavoroso panorama (y dentro de los retrocesos económicos, sociales y culturales que hoy vive la Argentina), puede parecer menor el problema respecto de nosotros, aunque también, como en otros planos, se trata de una forma de autodestrucción, en este caso de una lengua y, quizás, a largo plazo, anunciador de pérdidas no menos importantes. Me refiero, específicamente, no a la evolución espontánea de la lengua o de las hablas populares, sino a la deformación provocada, manipulada por los medios, fundamentalmente audiovisuales y en menor medida escritos.

Es común leer y escuchar a comentaristas y a así denominados “formadores de opinión” hablar con un lenguaje descuidado, irrespetuoso, voluntaria y rebuscadamente soez. La mayoría de ellos se dicen modernos, actualizados, y parecen pensar que es más democrático o más popular dirigirse a sus lectores o auditorios con palabras que suponen ser del pueblo.

En primer lugar, se trata de un error de hecho: cualquiera puede comprobar que la gente del pueblo quiere, todavía, hablar y escribir bien. Cuando se le ofrece un micrófono o un medio de prensa escrita a un trabajador, éste se esmera por exponer sus ideas de un modo que considera culto y bien formulado, y que traduce el sentimiento popular de lo que en otras épocas fue una actitud casi reverencial ante la palabra pública o escrita.

Luego, considerar que determinado sector de población, por ocupar los lugares más bajos de la escala económica y social los ocupa también en la escala cultural (y que por eso hay que dirigir el mensaje hacia abajo), es, lejos de una pretendida estimación, esencialmente reaccionario, e implica confundir progresismo con populismo de derecha, es decir, la variante aristocrática, de señores (“propia de libertos romanos”, escribía Cesare Pavese), que aceptan tratar con clases más bajas, y para ello intentan reducir las que (calculan) son distancias verbales.

Pero una lengua, como advierte George Steiner, no es solamente un modo de comunicarse en y con el mundo, es asimismo una visión del mundo. ¿Qué visión del país, de nosotros, de los otros, habremos de tener con un lenguaje degradado? Es cierto que el fenómeno parece universal o, por lo menos, occidental: en algunos países se advierte una verdadera restricción de la competencia lingüística, una reducción del vocabulario a límites cada vez más estrechos. Y también se verifica que los lenguajes cotidianos suman a esa restricción la incorporación de vocablos antes prohibidos u ocultados, lo que nuestros mayores llamaban "las malas palabras" o, con buena figura, “de boca sucia”, que son hoy de uso permanente, casi abrumador y hasta de uso oficial. Este hecho, aparte de rozar el terreno de la inmoralidad y de la falta de respeto al otro, refuerza la impresión de una escasez, de una estrechez de voces.

A estos elementos habría aún que agregar otro, que tiene que ver con ellos en el mal uso o en la sintomatología, pero que reviste características específicas: los errores, las deformaciones, los malos empleos, las malas conjugaciones, los “dequeísmos” y los “queísmos”, el género y el número usados como venga, pleonasmos, solecismos, barbarismos a granel; en suma, las frases de discursos que ya son moneda corriente en nuestros medios y que de ahí pasan, insensiblemente, a nuestra habla cotidiana. Los ejemplos vienen desde arriba: funcionarios, ministros (inclusive, en el pasado, alguno de Educación), dirigentes políticos e institucionales, voceros presidenciales que no diferenciaban (y decían no diferenciar) un sustantivo de un adjetivo, y hasta presidentes (entre los últimos, un entusiasta partidario del “vuelvo a reiterar” y del “hace dos años atrás”, así como el actual, que abunda, y hasta Carlos Melconian lo critica, en el insulto, lo soez y lo escatológico. (Ya, de lo escatológico, la letra que faltaba: la palabra feliz y reposada de cierta autoridad sobre ”la panza de los animales”...).

Todo esto daría lugar a otro conjunto de reflexiones. Por una parte, puede pensarse qué relación guardan estos hechos con el aumento de la desconfianza popular, cada vez más difundida, en la voz pública. En efecto, si ésta no respeta ni valoriza la propia palabra, el propio discurso ¿por qué concederle tanta atención? Y lo que tal vez sea más grave: ¿cómo creer en las palabras si éstas no tienen ninguna jerarquía, ningún valor? Si quienes debieran jerarquizarlas las trivializan, las confunden, las corrompen...

En segundo término, qué otro tipo de vinculación puede tener el tema con nuestra historia reciente, es decir, hasta dónde esa degradación acompañó (cuando no originó) otras declinaciones. Solo un ejemplo: ¿a qué se debe esta generalización de un lenguaje de cuartel?

Los peores regímenes políticos, los totalitarios, los más antipopulares, se asentaron siempre en lenguajes desvirtuados, degradados. Basta releer algunas consideraciones de Thomas Mann sobre el alemán, o las del mismo Steiner, para comprender hasta qué punto la relación es estrecha, y cuánto hay de causal y de recíproco entre unos y otros. Defender, por el contrario, la riqueza y cierta jerarquía de la lengua, fue siempre patrimonio de gente preocupada por la defensa y el verdadero bienestar de sus comunidades, algo que uno de los bellos epigramas de Ernesto Cardenal resume sabiamente: “Le saquean al pueblo su lenguaje. /Y falsifican las palabras del pueblo. / (Exactamente como el dinero del pueblo.) / Por eso los poetas pulimos tanto un poema. / Y por eso son importantes mis poemas de amor”.