jueves, 13 de agosto de 2026
martes, 3 de octubre de 2023
Un diálogo con Roger Chartier sobre cartografías
El pasado 1 de octubre, Rafael Toriz publicó en el diario Perfil, de Buenos Aires, la siguiente entrevista con Roger Chartier, gran especialista francés en historia del libro y la lectura, a propósito de Cartografías imaginarias, libro que acaba de ser publicado por Ampersand..
El viaje alucinado
En un relato insólito y perfecto –a la manera de un relámpago en el alba– Jorge Luis Borges dio cuenta de la extrañeza moral y el calculado delirio que entraña el arte de la cartografía; por su belleza y brevedad, conviene transcribirlo completo:
“En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas”.
Fragmento tomado del libro cuarto de los Viajes de varones prudentes de Suárez Miranda editado en Lérida en 1658 –y cuya autenticidad sólo los incrédulos y los zafios se atreven a poner en duda– la delicadeza del argumento conmueve no sólo porque la creación de mapas para representar el territorio constituye un hito cósmico por parte de la especie, dando pie al noble arte de la cartografía, sino también porque los mapas utilizados en obras de ficción han funcionado como un dispositivo literario formidable para dotar de verosimilud a las tramas de los relatos de literatura, nombrando y descubriendo tierras imposibles, como las consignadas por Alberto Manguel y Gianni Guadalupi en The Dictionary of Imaginary Places (donde no aparecen –porca miseria– ni la Comala de Rulfo ni la Santa María de Onetti) y que el historiador Roger Chartier (1945) explora en un ensayo tan luminoso como fecundo publicado por Ampersand en su colección Fuera de serie, cuyo nombre hace justicia –así como la traducción, a cargo de Horacio Pons– a una obra como ésta.
Libro centrado en obras europeas escritas durante los siglos XVI y XVIII, en sus páginas delicadamente ilustradas aparecen las cartografías imaginarias del libros como Don Quijote, Los Viajes de Gulliver, Robinson Crusoe o la Utopía de Tomás Moro, entre otros.
En ocasión de esta pequeña brújula imantada por los hechizos de la gran literatura, Perfil dialogó con uno de los máximos especialistas en la historia del libro y la lectura, autor de obras como Entre poder y placer, Sociedad y escritura en la Época Moderna, Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, El orden de los libros: lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, Escuchar a los muertos con los ojos o Lectura y pandemia.
Con la cabeza puesta en los esfuerzos de Galileo Galilei decidido a determinar la ubicación, figura y tamaño del Infierno de Dante y teniendo presente el famoso grabado anónimo del siglo XVI titulado ‘Fool’s Cap Map of the World’ –que representa el planisferio del mundo en la cara sin rostro de un idiota– esta entrevista se realizó por escrito al amparo de la noche tropical de Nueva Delhi.
—¿Por qué se propuso usted trazar una genealogía de los mapas fantásticos en los relatos de ficción? ¿De qué otra manera no genealógica cree que podría analizarse la cartografía imaginaria?
—Mi investigación empezó con un mapa que no tiene nada de fantástico. La encontré en un ejemplar de una edición de Don Quijote publicada en Madrid en 1780. Se encuentra en la biblioteca de la Universidad de Pensylvania en Filadelfia, donde trabajo como profesor durante una parte del año. A partir de un mapa de España que cuenta con todo el crédito científico deseable, son trazados los itinerarios de las tres “salidas” de don Quijote. Antes de esta edición que le comento, nunca antes un mapa había sido insertado en el Quijote. ¿Cuáles fueron los efectos sobre el lector? ¿Cómo se modificaba su comprensión de la historia escrita por Cervantes cuando se emplazaban sobre un territorio bien conocido las itinerancias de un hidalgo de ficción? Para entenderlo me pareció menester confrontar los mapas del Quijote con mapas anteriores, publicados en algunos textos de ficción en Francia, en Inglaterra o en Italia. A partir de ahí, pude examinar la construcción de genealogías que empiezan en Francia con la Carte de Tendre (1654) o que terminan en Inglaterra con los mapas de los Viajes de Gulliver (1726). La perspectiva genealógica permite reconstruir la cadena histórica de las lecturas, préstamos, imitaciones y apropiaciones. Es una modalidad particular de historia textual conectada.
—Son muchos los autores que han levantado topografías imaginarias, lugares de la ficción que, bien narrados, son más reales que el mundo real. ¿Cuáles de esos lugares inventados por la literatura le resultan más entrañables en su vida como lector? Uno pensaría, conociendo sus devociones bibliográficas, que muy probablemente sean los imaginados por Miguel de Cervantes.
—En mi opinión, lo más interesante no consta en las topografías imaginarias, sino en la presencia de mapas de territorios reales en obras de ficción: la España del Quijote, las islas en Gulliver, el planisferio en Robinson Crusoe, los fragmentos de continentes en las ilustraciones de Orlando furioso. Los mapas que remiten a una realidad geográfica son uno de los recursos manejados para, como lo escribió Borges, “confundir lo objetivo y lo subjetivo, el mundo del lector y el mundo del libro”. Los mapas se añaden a las “magias” de la fábula. Es verdad que, en el caso francés del siglo XVII, no se trata de un territorio real el que representar los mapas de la “Carte de Tendre” o los mapas del “Reino de Amor” o incluso del “Reino de la Coquetería”, puesto que no representan un territorio real. En este caso fue la apropiación de los códigos y del léxico de la cartografía lo que me interesó. Se podría decir lo mismo en cuanto a la presencia de mapas en las utopías o distopías (Tomás Moro o Mundus alter et idem de Joseph Hall), en las obras místicas (Subida del Monte Carmelo de Juan de la Cruz) o en los textos polémicos (El País del Jansenismo en la Francia del siglo XVII).
—En una de sus célebres propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino cita un verso del Purgatorio (XVII, 25) que dice: “Poi piovve dentro a l’alta fantasia” [Llovió después en la alta fantasía], que él parafrasea diciendo “la fantasía es un lugar en el que llueve”. Tomando esto en consideración ¿cómo cree que se forma un lugar imaginario de una época en que la literatura se encuentra subsumida al discurso audiovisual? Me refiero, por decir algo, a que la Tierra Media de El señor de los anillos se conoce mejor por las versiones de Peter Jackson que por las descripciones verbales de J.R.R. Tolkien.
—El problema que me ocupa en este libro es la relación entre las imágenes (en este caso, los mapas) y el texto que acompañan. Durante mucho tiempo, esta relación fue pensada como una equivalencia: los textos ilustran y las imágenes narran. Es una de las razones por las cuales la mayoría de las novelas de los siglos XVI o XVII fueron publicadas sin mapas o ni siquiera con ilustraciones. Desde otra perspectiva, a partir del siglo XVIII, se consideró que la imagen podía mostrar lo que el discurso escrito no puede enunciar; por ejemplo la simultaneidad de las acciones o la sincronía de eventos sucesivos. Se trata de un suplemento, no de una equivalencia. La imagen se aleja o se libera de la narración y propone al lector significados que el texto no enuncia. Los posibles efectos sobre los lectores escapan a los discursos y solicitan un imaginario totalmente ausente o bien solamente latente en el texto mismo. Esta relación encuentra una forma paroxística en el caso de la separación entre el discurso y su traducción icónica. El suplemento se vuelve sustituto y hace olvidar el texto mismo: es el caso con la “epic fantasy” de nuestro tiempo. Ese fue el caso con Don Quijote, cuando las figuras de los protagonistas (don Quijote, Sancho, Rocinante) o de algunos episodios (el combate contra los molinos de viento) hicieron conocer la historia a “lectores” que nunca la habían leído.
—Las ilustraciones que acompañan su libro vuelven al ejemplar un gabinete de curiosidades en sí mismo, a la manera de una pequeña cámara de maravillas portátil. ¿Qué puede decirnos sobre ese tipo de obras, y sobre todo, sobre la edición de su libro en castellano?
—Las reproducciones de los mapas eran indispensables para la comprensión de su relación con el texto de las obras que ilustran. Las dos ediciones de mi libro (en francés por las Ediciones del Collège de France y en español por Ampersand, quien por cierto ha construido un magnífico catálogo de libros sobre los libros) son preciosas y espero que los ojos viajeros de sus lectores las disfruten.
—Luego de leer su libro, uno creería que es muy grande la deuda de la cartografía con la literatura. ¿Está de acuerdo?
—En varios momentos del libro hago hincapié en las dificultades planteadas por la introducción de mapas en los libros entre los siglos XVI y XVIII. Deben estar impresos con una prensa particular, en un taller que no es el taller de la imprenta del texto, ya que los grabados de cobre no pueden estar puestos en la composición tipográfica. Aumenta así el costo de la impresión y el precio del libro. Tampoco era fácil introducir mapas en un libro impreso. Debía ocupar una página entera o aparecer como un frontispicio o bien como un “hors-texte” insertado en el libro mismo y que el lector podía desplegar. Más allá de esto, la idea según la cual las palabras de un texto tienen la capacidad de producir imágenes mentales en la lectura hizo parecer inútiles a los mapas en su momento. Es a partir del siglo XIX, con las nuevas técnicas de la imprenta, que se generalizará la presencia de los mapas en las ficciones (particularmente entre los libros destinados a los jóvenes lectores). Anteriormente, los mapas son más bien raros y las obras consignadas en mi libro deben considerarse como excepciones.
—¿Qué diferencias –pero sobre todo semejanzas– generales encuentra usted entre las cartografías literarias entre los libros que analiza en su libro?
—Los mapas incluidos en los textos ingleses (desde la Utopía de Tomás Moro hasta Gulliver y Robinson Crusoe) muestran los viajes de un viajero singular, presentado como un individuo bien real. Producen efectos de realidad que dan crédito a la ficción, borran la frontera entre el mundo del texto y los conocimientos o experiencias de los lectores, generando la suspensión de la incredulidad. Por otro lado, participan con sus imposibilidades o inverosimilitudes de los mecanismos que, irónicamente, desbaratan la autenticidad proclamada por el texto. Es esta contradicción sutil y divertida la que incitó a introducir mapas en obras utópicas, satíricas o morales. Por su parte, en los textos franceses el proyecto fue diferente y ubicó los mapas en un registro alegórico que no confunde a la fábula con la realidad. Propone equivalencias entre lugares y sentimientos, topografía y afectos, itinerarios cartográficos y viajes espirituales o sentimentales.
—¿Tiene usted predilección por las cartografías surgidas de España, Francia o Inglaterra?
—Como historiador, siempre intenté imaginar cuál era la interpretación que los lectores de los siglos XVI, XVII y XVIII, en diferentes contextos sociales o nacionales, podían haber hecho de lo que leían y miraban. Se trata de un ejercicio difícil, amenazado por el peligro del anacronismo. ¿Es legitimo de descifrar el mapa de “Tendre” insertado en la novela Clélie publicada en 1654 como un “viaje óptico” guiado por las figuras geométricas (círculos, elipses, conos), o como la representación del corazón humano o del cuerpo femenino? ¿Debemos pensar que esas “lecturas” del mapa, propuestas por interpretaciones críticas contemporáneas, fueron también interpretaciones posibles para los lectores del siglo XVII? ¿O más bien, que son anacrónicas y arbitrarias? Esas preguntas lanzan un desafío difícil para una aproximación histórica. Es la tensión entre apropiaciones documentadas y sentidos inconscientes la que me interesa, inclusive si la prudencia propia oficio del historiador me hace preferir las primeras.
—¿Por cree usted que ha sido tan fecunda la relación entre la novela europea y la cartografía imaginaria?
—Como escribe Franco Moretti, la geografía literaria puede tener dos objetos diferentes. El primero es ubicar las obras en la geografía de su producción y circulación. Esta perspectiva lleva a elaborar una cartografía de sus ediciones, traducciones y presencias en las colecciones privadas y las bibliotecas. El segundo objetivo se focaliza sobre la geografía interna de las obras, los lugares de las intrigas, los viajes e itinerancias de los personajes. En ambos casos, es posible o necesaria una cartografía, pero una cartografía construida en el presente del análisis. Lo que me había llamado la atención era una realidad diferente, histórica: la presencia de mapas en las ediciones de obras de ficción (novelas, sátiras, utopías) ya sea en sus primeras ediciones o bien mucho tiempo después de su publicación (es el caso del Quijote). Es con la vinculación entre estas tres cartografías (la de la circulación de los libros, la de los espacios internos de las ficciones y la de los mapas presentes en las ediciones antiguas) que podemos entender la relación entre la novela europea y la geografía en lo referido, tanto a la edición como en los imaginarios.
—¿Qué mapas fantásticos de la antigüedad literaria se encuentran entre sus predilectos?
—Me encantan los fragmentos de mapas que el editor veneciano Valgrisi introdujo en su edición del Orlando furioso en 1556. Sobre algunos de los grabados que ilustran los cantos del poema aparecen partes de mapas geográficos. En algunos casos, el lector debe seguir la imagen de abajo hacia arriba como si viajara con el héroe: Rodamonte bajando por el curso del Ródano antes de embarcarse para África o Rinaldo viajando río abajo por el Po hasta Ostia. En un cierto sentido, la composición iconográfica hace que el lector “entre” en el mapa.
miércoles, 14 de septiembre de 2022
Una entrevista con Roger Chartier por su nuevo libro, publicado por Ampersand
El pasado 10 de septiembre, Carlos Daniel Aletto publicó, en el sitio de la agencia TELAM, una entrevista con Roger Chartier, a propósito de la aparición de El pequeño Chartier ilustrado, volumen publicado por la editorial Ampersand.
martes, 3 de octubre de 2017
Roger Chartier por dos (II)
lunes, 2 de octubre de 2017
Roger Chartier por dos (I)
"Proteger las
huellas del pasado en el presente es político"
Sobre la mesa están esos objetos que
viajan con él: el peluche algo maltrecho por los viajes y los años, y el
diccionario que recuerda la década de 1980, cuando fue a España a realizar un
curso de verano y se reencontró con el idioma que había estudiado de chico.
Roger Chartier es un referente de la historia de la lectura y de la
investigación en edición, y vino al país invitado por el Instituto Francés.
Algunas de sus muchas obras son La historia o la lectura del tiempo y Libros,
lecturas y lectores en la Edad Moderna. La Universidad Nacional de Rosario
le otorgó hace unos días el título de doctor honoris causa. Es
director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (Ehess)
y da clases en varias universidades de prestigio, como las de Montreal, Yale,
Berkeley y Harvard.
Descansa sus manos sobre los apuntes de la charla que
preparó para dar en la Alianza Francesa y sobre un libro bien cuidado que lo
acompaña para la ocasión: Vidas imaginarias, de Marcel Schwob.
Cuenta que le sirve para pensar en la literatura y la historia en relación con
el pasado.
–¿Cómo
lee? ¿Marca los libros?
–Tengo un respeto excesivo por la composición
tipográfica. Los puedo subrayar o indicar, pero no los escribo. Hoy, cuando
estamos frente al mundo digital, las prácticas de escribir y leer se
entrecruzan. En inglés ya está la palabra reater (to read y to
write). Yo prefiero escribir sobre papeles o al final hago un índice
personal, con páginas que me parecen sintomáticas; algo que se hacía desde el
siglo XVI. En cierta tradición, el libro era un objeto que tenía su identidad,
que se debía respetar, encuadernar, cuidar. Eso va en contra de otra práctica
del siglo XVI, que consistía en una técnica de lectura que se apoderaba del
texto: se hacía una mención en el margen del tema, de la frase o del párrafo y
luego eso se pasaba a un cuaderno personal para hacer un nuevo uso del texto.
Se llamaba "la técnica de los lugares comunes". Hoy eso es algo que
se debe evitar, pero en el Renacimiento los lugares comunes se debían identificar
porque eran una verdad universal.
–Una de las charlas que dio en la Argentina
gira en torno a los modos en los que se construye hoy la historia y cómo se
ubica ahí la literatura. ¿Qué pasa con ese cruce en la actualidad?
–Los historiadores han descubierto, tal vez con
tristeza, que no tienen el monopolio sobre la presencia del pasado en el
presente; que hay otras formas que son más poderosas que los libros de los
historiadores en general. Por un lado, la memoria, la de los individuos, o la
memoria institucionalizada de monumentos y lugares y, por el otro lado, la
literatura, el cine y la televisión, que dan una presencia del pasado desde la
ficción y tienen una fuerza particular. La pregunta para los historiadores es
qué papel deben tener en relación con esas otras formas de presencia del pasado
que no corresponden necesariamente a los criterios de la investigación
científica.
–¿Es una cuestión de legitimidad?
–Los historiadores afirman que la producción en torno
del pasado, verídica y controlada, debería ser dominante porque da una
presencia de realidad. Hemos visto que muchas veces a través de la historia de
la literatura de ficción, las novelas reivindican una relación con el pasado
más comprometida y enérgica que los textos inertes de los historiadores. Puede
ser una forma de competencia, como ocurre con la memoria, que muchas veces
reivindica una relación con el pasado más comprometida, más vinculada con
historias colectivas, que el texto histórico. Es una configuración que puede
abrir una reflexión sobre el lugar particular de cada una de estas formas de
presencia del pasado. En los países de América Latina hay situaciones que
adquieren una fuerza muy particular.
–¿Cuáles serían?
–Cito a Alejandro Katz: "Una sociedad fuera de la
historia es también una sociedad que está fuera de la política, que ha perdido
la política como el recurso fundamental para la resolución de los
conflictos". Los años setenta y ochenta han dejado una huella que no puede
desaparecer. Inclusive si algunas veces existe la intención de intentarlo. Me
parece que aquí está el núcleo. Hay una voluntad ideológica de reescribir una
historia que se fundamenta sobre datos que aseguran un saber más adecuado del
pasado tal como fue. Es una tensión que existe de manera fuerte, por ejemplo,
en las columnas de muchos periodistas que intentan reconstruir una historia de
esos años en la cual no se hace hincapié en la dictadura como tal sino en la
condición histórica, explicando esta situación. La mayoría de los historiadores
afirman, en contra de muchos periodistas, que hay una especificidad
irreductible de la tiranía y la crueldad de la dictadura. Por un lado, hay una
condena moral de lo que pasó; por otro, la tentación de reescribir esa historia
para hacer menos violenta a la dictadura, tratando de entenderla como respuesta
a los movimientos revolucionarios. Es una ilustración perfecta de esa disputa
de ese pasado todavía presente y de cómo debemos considerarlo.
–¿Ocurre algo comparable en Francia?
–Sí. En Francia el equivalente sería la manera de
incorporar a la historia nacional el período de Vichy, el período de
colaboración. Allí se llegó al punto extremo de la negación del Holocausto. La
manera de reincorporar esta historia depende de la configuración política de
cada país luego de la caída de la dictadura.
–Si en el mundo digital el libro pierde cierta
rigidez, ¿el modo de pensar la historia puede adquirir rasgos similares?
–Eso se puede responder pensando en las dos
identidades del libro, como objeto material y como discurso. Como objeto
material, la apuesta es que con la digitalización de los textos hay una
tentación de olvidar los libros que han llegado a emitir estos textos en el
pasado. Una ambivalencia. El texto digital es un extraordinario recurso, por un
lado, para leer textos que no se podría encontrar de otra forma, pero esa
moneda tiene su revés: se lee en un dispositivo que no tiene nada que ver con
las formas en las cuales los lectores del pasado han leído estos textos y los
pensadores han escrito. Si la tentación de la digitalización lleva a la
destrucción de los objetos impresos, se produce una pérdida del pasado en el
presente. Hay bibliotecas que, porque tenían el microfilm como sustituto, han
pensado que podían dejar lo material. La biblioteca es el lugar en el que se
puede mantener el vínculo con el pasado, con la obra en su forma material, con
las lecturas a través del tiempo.
¿Cómo puede pensarse eso en términos políticos?
Pensar la protección de estas huellas del pasado en el
presente supone decisiones políticas. Políticas de bibliotecas públicas, que
pueden ser las defensoras de los libros de hoy; políticas para defender la
edición. Y esto se vincula con la segunda definición del libro, la de los
discursos: la obra que llamamos libro. Para mí hay una tensión esencial, porque
la lectura frente a la pantalla es fragmentada, segmentada, hipertextual y la
concepción de los textos va a adquirir una identidad segmentada. El fragmento
se autonomiza y la relación con el objeto desaparece. Ahí hay una segunda forma
de ruptura con el pasado, que pensaba una obra como totalidad. Nadie estaba
obligado a leer todas las páginas, pero la forma impresa del libro o el diario
implican una percepción de una totalidad. Cuando estamos frente a la realidad
digital, el fragmento no se refiere a ella. Sin la necesidad o el deseo de
entrar en la totalidad, el concepto de libro obra podría perderse. Es una
posibilidad magnífica para inventar una nueva forma de cultura escrita, pero la
pérdida con la relación del pasado aparece cuando eso se aplica a una novela
del siglo XVII o un diario del día de hoy. La biblioteca, la librería mantienen
la presencia de esos objetos. Hay dos maneras de leer. Ambas tienen su
necesidad, pero son muy diferentes. La clásica está vinculada al concepto de
espacio y el lector viaja. La lógica del mundo digital pasa por la temática:
una palabra, un tema. Se entra directamente en la unidad textual de la que se
quiere apoderar. No es tanto un viaje o, si lo es, es un viaje hipertextual.
–¿Cómo se va resolviendo esa tensión?
–Cada técnica tiene sentido a través de sus usos, ya
lo mostró Benjamin. No hay un inexorable determinismo. Por un lado, hay
discursos que intentan convencer de que se debe preservar una relación con el
pasado como entendimiento de nuestras propias herencias y a la vez se debe
pensar el provecho de que por primera vez conviven tres formas de escritura:
manuscrita, tipográfica y digital. Frente a esto, existen prácticas inmediatas
que se hacen sin pensar, que hacemos todos en cada momento del día. Ahí la
tendencia fundamental es la digitalización de las relaciones sociales. Se ha
transformado nuestra relación con las administraciones, con el mercado, entre
los individuos: las redes sociales implican usos inmediatos y la redefinición
de las categorías más tradicionales de amistad, identidad, privacidad. Yo no
creo que se deba menospreciar eso. Esto no pasó con la invención de la
imprenta. El mundo entero puede volverse digital. Me parece una pregunta para
la cual nadie tiene una respuesta.
–¿Dónde se empieza a buscar esa respuesta?
–Tal vez entre las generaciones que entraron al mundo
digital a partir de una experiencia previa en el mundo impreso y manuscrito,
que pueden tener conciencia de que son universos diferentes, o en la famosa
generación de los nativos digitales que ya han entrado en el mundo de la
cultura escrita a partir de la experiencia inmediata de lo digital, y que están
menos atravesados por una definición desde la diferencia.
–¿Cuáles fueron las profecías no cumplidas del
mundo digital?
–Que paradójicamente no se han movilizado los recursos
digitales con la fuerza que podrían tener. Si se piensa en obras, el mundo
digital puede proponer posibilidades de invención absolutamente fuertes,
multimedia, que podrían explotar en nuevas formas de ficción. Esto hasta ahora
es experimental.
–¿Por qué cree que no termina de explotar ese
universo de posibilidades narrativas?
–El mundo digital permite textos abiertos, móviles,
maleables y que reconocen la participación del lector en el proceso creativo
hasta la desaparición de la identidad autoral, pero el mundo electrónico se
piensa a través del mundo impreso. Hay una diferencia morfológica pero hay una
voluntad de imponer los mismos criterios: nombre de autor, propiedad literaria,
que inmoviliza textos móviles, que le impide al lector entrar en la obra
porque, sino, ¿cómo se justificaría la propiedad del autor? Se utiliza al libro
electrónico dentro de las categorías heredadas y se menosprecia su capacidad de
inventiva.
–En algún momento habló de los lectores
virtuosos. ¿Quiénes serían?
–Cuando a la gente le preguntan sobre su vida como
lector hay dos relatos. Uno es el de los virtuosos, la gente que nació en un
mundo donde los libros eran omnipresentes y no recuerdan cuándo empezaron a
leer porque leyeron desde siempre. En ese relato se acumulan los libros citados
y la escuela no desempeña un papel particular. Es más, las lecturas escolares
les parecen impuestas, aburridas y desde ahí se construye la descripción de las
lecturas robadas, excitantes, prohibidas.
–¿Cuál sería el otro modelo de lector?
–No me gusta hablar de mí, pero yo sería más este
segundo modelo: gente que nace en un mundo donde hay pocos libros, donde hay
textos impresos que no son libros: diarios y revistas. La narrativa se
transforma completamente porque el acceso al libro es una conquista y la
escuela desempeña un papel esencial porque es el lugar donde hay libros,
menciones de obras, y desde ese momento las experiencias de lectura más
intensas no son contra o antes de las lecturas escolares sino que derivan de la
escuela. En este caso, los libros deseados de una manera u otra se vinculan con
la escuela. Estos lectores han conquistado la relación con la biblioteca, con
los libros, con lo escrito a partir de una experiencia anterior en la cual los
libros no eran objetos comunes. Esas dos narrativas remiten a condiciones
sociales diferentes que son traducibles en una sociedad de la lectura.
Podríamos hablar de herederos y conquistadores.
domingo, 16 de agosto de 2009
Crear una identidad propia

–Me parece que las traducciones son una fuente muy importante a la hora de realizar una historia del modo en que los textos fueron comprendidos, interpretados, usados. La traducción, en lo que tiene de decisiones más técnicas, en tanto que elección de una palabra, la forma un género, un registro de lengua, refleja en realidad un horizonte de expectativas. En el caso de la traducción del Buscón de Quevedo hice un estudio, no de la traducción francesa de Scarron,
sino de las adaptaciones que los editores propusieron a un público más amplio bajo la forma de la literatura de cordel. Hay dos niveles de traducción: la traducción lingüística Quevedo-Scarron y la traducción editorial de un texto para un público que va desde el aristocrático, burgués de librería, hasta los lectores de la literatura de colportage.
Volviendo al tema de la literatura nacional, resulta evidente que es a través de las traducciones que se construye una imagen del otro. En el ejemplo del Buscón, se ve cómo Scarron ha reforzado el texto español de Quevedo utilizando elementos del Quijote, de la literatura burlesca, imponiendo criterios y categorías que venían de otra tradición, pero, también, llevando la traducción a un contexto «realmente» español. Hay una forma de españolización de la obra de Quevedo para marcar ese origen del texto a través de las diferencias afirmadas. Lo que me parece fundamental es esta concepción de la literatura nacional a partir de otras literaturas, pero no para decir que existen otras, sino para establecer un marco particularmente diferenciado en el que crear una identidad propia.


