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martes, 27 de abril de 2021

Una encuesta sobre género y traducción (6)

Sexta entrada de la encuesta sobre género y traducción.


Fabienne Bradu
(traductora francesa residente en Ciudad de México, México)

1)¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?

–Nunca he estado confrontada a semejante situación, ni creo que existe obstáculo alguno para traducir las obras de hombres en mi calidad de mujer. La verdad que no entiendo muy bien los reparos sobre esta cuestión. Es como si se dijera que los hombres escritores son incapaces de crear personajes femeninos y las mujeres, masculinos. Por fortuna, la imaginación y el rigor intelectual no tienen sexo.



Mariano Sverdloff
(traductor argentino residente en Buenos Aires, Argentina)

1)¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
Creo que determinados textos responden a una pauta que una determinada época considera ligada a la escritura "masculina", o a la escritura "femenina". Son atributos variables, arbitrarios, obviamente construidos históricamente (no es lo mismo la retórica de una supuesta "escritura femenina" en el siglo XIX, que en el XX, por decir algo). Por lo demás, ni lo masculino ni lo femenino, ni en general cualquier variación de lo genérico son propiedades transhistóricas de los textos. Muchas veces es más una descripción metalingüística (se le atribuye "lo femenino" a un determinado texto) que una realidad empírica comprobable (los romanos solían hablar despreciativamente de textos o discursos femeninos: naturalmente es una construcción metalingüística que carece de todo asidero). Dicho esto, quizá haya alguna resonancia entre algunas escrituras llamadas femeninas (pero también “masculinas”), que faciliten la traducción (por ejemplo, E. Dickinson y Silvina Ocampo). No tiene que ver con que ambas sean mujeres y escriban "en femenino", sino con que es posible pensar pautas comunes, aproximativas, entre las escrituras de ED y SO. Amplío: más que de rasgos genéricos a propósito del traductor, hablaría de posibilidad de trabajar con una determinada lengua de traducción desde un horizonte propio, entendiendo por horizonte propio el conjunto de reglas y expectativas estilísticas que estructuran el trabajo del traductor. En la definición de ese horizonte, entran en juego rasgos genéricos, desde ya, pero no siempre son determinantes, hay que ir caso por caso, y no me parece útil reducir la posición de traductor a tal o cual identidad genérica (a menos que el traductor decida politizar ese rasgo y ponerlo en primer plano: ahí el planteo es otro). Creo que los textos no son cuerpos, sino que más bien distribuyen en su superficie los signos de la corporalidad: recién pensaba en que un(a) traductor(a) al japonés de David Viñas debería distribuir en su texto los signos de lo que en Japón se considera “virilidad”, “violencia”, “polémica”, etc. El hipotético traductor al japonés de Viñas no debería “sentir la corporalidad de Viñas”, sino más bien saber que en el original hay una exacerbación de ese registro, y debería, por tanto, traducir a Viñas al código de la virilidad pendenciera japonesa, que yo ignoro (y lo dijo sin alegría, porque debe ser de lo más interesante). El traductor al japonés de Viñas no tiene por qué ser hombre, ni comportarse como un Yakuza, etc.

2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
Abundo en lo ya dicho en el punto anterior: el “género” en algunas épocas puede consistir en ciertas pautas estilísticas. Pero en otra no. Es decir: traducir Cumbres Borrascosas de Emily Brönte supone traducir una violencia que contradice lo que se esperaba de una “escritura femenina” en el siglo XIX. Porque en realidad todo el problema se retrotrae a si existe o no “una escritura del género X”. Creo que el problema debe plantearse así: tal época considera que el género X escribe de la forma A. Quizá lo que hay que traducir es esa expectativa epocal (traducir una novela “femenina” victoriana metiéndose en la retórica del “ángel del hogar”, independientemente de si el traductor o la traductora comparta o no esa construcción). En conclusión: no es que un género está especialmente habilitado para traducir a un género similar (hipótesis que considero absurda, incluso con ribetes identitarios y acaso biologiscistas) sino que determinados traductores tendrán más afinidad estilística con el estilo de tal autor, sea este Puig, Dickinson o Pizarnik. Ese autor estará marcado, probablemente, por la expectativas epocales sobre el género de su época, en el sentido de que los autores aceptarán o impugnarán tal pauta: el traductor debe estar atento a esa relación epocal también. Luego, cualquier traductor de cualquier género puede enfrentarse a cualquier texto escrito por un autor de cualquier género. Pienso por ejemplo en las brillantes traducciones/reescrituras que Anna Carson hace de Catulo. Por lo demás, no me parece interesante reponer la categoría de “fidelidad” en la traducción por medio del género (esta reposición supondría que se sería más fiel si alguien del género A traduce una obra escrita por el autor del género A). Después de Venuti, reponer la categoría “fidelidad” por medio del género (o de cualquier otra retórica identitaria), me parece cuando menos problemático.

3) ¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
No. La última mujer a la que traduje fue Barbara Carnevali, y los problemas tuvieron más que ver con el uso de la terminología filosófica.


Pedro Ignacio Vicuña
(traductor chileno residente en Santiago de Chile, Chile)

1)¿Existe algún rasgo genérico en la traducción?
–La verdad es que no entiendo bien la pregunta, en el sentido de si se refiere a las palabras en sus géneros gramaticales o a una perspectiva de género relacionada a la concepción antipatriarcal que está tan en boga por estos años. Si se trata del primer caso, la verdad es que, a menudo se enfrentan problemas, toda vez que, en poesía, que es lo que yo traduzco, el género gramatical de las palabras centrales o claves de un poema, es decisivo a la hora de tener que verse constreñido a cambiar el género o, de lo contrario, a cambiar el sentido evidente del poema. Digo evidente porque eso, muchas veces ocurre con las primeras lecturas, pero a medida que te vas adentrando en el poema, es probable que se pueda resolver sin tergiversar el texto original. Respecto de lo segundo, me parece que nos enfrentamos a una extrapolación que resulta de difícil discernimiento. Y el comentario pertinente es más afín a la siguiente pregunta.

2) Si así fuera, ¿podría comentar brevemente en qué consiste?
–Yo creo que al traducir, uno debe preguntarse qué se traduce cuando se traduce. De la misma manera que debe preguntarse si acaso las palabras tienen un valor único e inamovible y todos y cada uno entienden exactamente lo mismo al escuchar una palabra o leer un texto. Sabemos que eso no es así, sabemos que el lenguaje está necesariamente asociado a las experiencias personales de las palabras y sus significados, a las imágenes que las palabras nos producen que son todas extraídas de las experiencias personales, reales u oníricas, concretas o fantásticas, pero siempre personales. Esta constatación me hace estar absolutamente cierto de que bajo ninguna circunstancia uno traduce a un autor de manera cabal, en el sentido de que existiría la posibilidad de traducir un texto sin perder un ápice de lo que dice y significa el original. El problema de esto es que uno nunca sabe, ni puede saber, qué es exactamente lo que dice el original, a no ser que venga con un manual de instrucciones –y ni siquiera. Estoy absolutamente convencido de que uno, al hacer el ejercicio de verter un texto a la lengua vernácula, necesariamente traduce lo que uno ha leído en ese texto que quiere trasvasijar, es decir, las relaciones, conexiones, reminiscencias, sensaciones, temblores, odios, denuestos, etc. que ese texto que uno quiere verter ha producido en uno, de cual sea la manera en que eso se produzca. Uno traduce sólo lo que uno ha percibido del texto original; por más documentos, reseñas, estudios psicoanalíticos, de laboratorio, algoritmos o cualquier otra vaina, pretendidamente poseedora de la verdad, a la que uno acuda, uno siempre va a traducir lo que uno lee que, nunca es lo que exactamente el autor ha escrito o querido decir, esa posibilidad me parece un imposible ontológico. Creo que en realidad, la traducción es una recreación que se alimenta de la ilusión de querer ser un trasvasije del continente original (la lengua de origen) al continente que lo recibe (la lengua a la cual el texto se vierte), pero es sólo eso una tentativa siempre esquiva de traducir la verdad del otro. ¿Cómo puede, entonces, ser determinante el asunto de género a la hora de traducir? Me parece que el problema, o supuesto problema, de una traducción cruzada de género –mujeres traducidas por hombres, hombres traducidos por mujeres– es de suyo superficial o, por lo menos, falaz, en ese sentido, dado que no hay ninguna lectura que sea más verdadera que otra. Las hay más o menos profundas, más o menos afines al espíritu del autor, pero siempre es sólo una aproximación. En realidad, el asunto da para muy largo, pero si fuera posible hacer una traducción verdadera, tendríamos que convenir, necesariamente, que todos los lectores de la lengua vernácula del autor entienden sus textos de manera idéntica.

3)¿Se topó alguna vez con algún texto que no haya podido traducir por esa circunstancia?
–Ahora, por ejemplo, que estoy traduciendo a la poeta griega Eleni Vakaló, no tengo ningún problema, o tengo los mismos o similares a los que podría tener Natalia Moreleón. Vamos a tener lecturas distintas ¡qué bueno! Pero eso no inhabilita ni al uno ni al otro.


martes, 19 de mayo de 2020

Un blog dedicado a la literatura griega traducida

Letras de Grecia (http://pedrovicuna.blogspot.com/) es el blog dedicado a la traducción de poesía griega que lleva adelante el poeta y traductor chileno Pedro Ignacio Vicuña.

Allí, quien desee hacerlo, podrá encontrar impecables versiones, que van de Homero hasta los poetas griegos actuales, pasando por Constatino Cavafis, Odyseas Elytis, Miltos Sachtouris y muchos otros autores.   


lunes, 6 de abril de 2020

Una encuesta para traductores de poesía (XI)

Décimo primer día de la encuesta para traductores de poesía.


Elisa Díaz Castelo
Traductora de Ocean Vuong, entre otros poetas de lengua inglesa.  


1) ¿Por qué razón traduce poesía?
 Traduzco poesía porque me permite habitar el poema de un modo distinto. Cuando traduzco, siento que el poema revela una serie de capas geológicas que quizá son invisibles para el lector: su aparente linealidad adquiere cuerpo y espesor y el texto se revela no como una línea recta que uno recorre de inicio a fin sino como una habitación de cuatro paredes en la cual el traductor puede morar, dilatarse, y alargar su estancia durante días y noches.

 2)  ¿Cómo llega a la traducción? ¿Propone usted mismo al autor? ¿Recibe encargos de parte de la editorial? ¿De quién es la iniciativa?
 Empecé a trabajar en traducción poco después de terminar la carrera. Fue el primer empleo remunerado que conseguí. Unos años después, empecé a traducir poesía por gusto, por el deseo de paladear en mi propio idioma poemas escritos en inglés que me habían fascinado, inquietado, o que intuía que respondían a métodos de composición ajenos a los míos. Si bien algunas revistas me contactan para traducir ensayo y narrativa, en lo que se refiere a poesía siempre he sido yo la que ha tenido que buscar editoriales interesadas.

3) ¿Qué criterio emplean las editoriales para considerar la paga que usted recibe?
 No lo sé. En general ellas hacen una propuesta y yo una contra propuesta. En prosa es mucho más sencillo: se suele establecer una tarifa a partir de parámetros fijos como la cuartilla o el número de caracteres. Los parámetros en la traducción de poesía, al menos en mi experiencia, parecen ser más inciertos y volátiles y depender del capricho de las editoriales o de lo que ellas estén dispuestas a pagar. Y, como traduzco poesía por gusto antes que por trabajo,  suelo aceptar tarifas más bajas de las que aceptaría si de prosa se tratara.

4) ¿Hace usted algo para mejorar esas condiciones?
 Hace poco me incorporé a AMETLI, una asociación mexicana que agrupa y vincula a traductores literarios y defiende sus derechos. Debido a que los traductores solemos trabajar desde casa es más difícil formar una comunidad y comunicarnos, tanto para pedir consejos como para estar al tanto de editoriales que no pagan y así protegernos entre nosotros. La iniciativa de AMETLI me parece necesaria e importantísima en este tipo de gremios que se encuentran atomizados y subestimados.

5) ¿Conoce las políticas de subsidios a la traducción que tienen muchos países del mundo? ¿Los recibe?
Sí estoy al tanto de programas estatales de subsidios para la traducción en México, pero aún no los he pedido.

Andrés Ehrenhaus
Traductor de Shakespeare, Edgar Allan Poe y Dylan Thomas, entre muchos otros poetas de lengua inglesa.


1) ¿Por qué razón traduce poesía?
Siempre traduje poesía, incluso antes de dedicarme profesionalmente a la traducción. Me atrae justamente la pérdida aparente que se produce en el proceso, y el vértigo de la ganancia: de pronto, algo que era impenetrable para muchos se vuelve traslúcido, casi transparente. Poco a poco, casi sin quererlo, me fui especializando y ahora casi traduzco más poesía que prosa y, desde luego, con mucha mayor satisfacción. Es un trabajo minucioso y delicado, como de relojero antiguo, de copista de códices, y más para alguien convencido, como yo, de que en la fidelidad a la forma está el sentido y nunca al revés. Traducir poesía es, además, un ejercicio excelente de austeridad, economía de gestos y rigor sonoro que ayuda a mejorar también la traducción de prosa. 

2) ¿Cómo llega a la traducción? ¿Propone usted mismo al autor? ¿Recibe encargos de parte de la editorial? ¿De quién es la iniciativa?
En la mayoría de los casos llegué a través de un encargo. Prácticamente todos los poetas a los que he traducido me fueron propuestos por diversas editoriales y formaban parte de un proyecto previo en el que pocas veces intervine. En alguna ocasión la propuesta fue mía, pero curiosamente o tal vez no tanto, el proyecto no siempre se materializó. De modo que, en mi caso, la iniciativa es del editor y la decisión, mía. De todos modos, yo trabajo en muchos poemas y poetas por mi cuenta, a modo de gimnasia diaria o porque el reto me resulta especialmente atrevido y gratificante; esos poemas son como un experimento abierto, inacabado, siempre revisable y revisado. Lo hago como quien sale a correr o disfruta cocinando.

3) ¿Qué criterio emplean las editoriales para considerar la paga que usted recibe?
El criterio de las editoriales es simple, casi chabacano: la poesía no vende; ergo, la paga es frugal, mínima, penosa, miserable. La valoración concreta depende de cuánto hayan esquilmado a los traductores de poesía anteriores (uno incluido) y el argumento final es que “es lo que se paga” y que “incluso hemos sido generosos en tu caso”. Por generosidad entienden que se le hace un favor al traductor de poesía, sobre todo cuando traduce a un clásico o a un poeta famoso, porque su nombre relucirá más al lado –o debajo– de otro tanto más ilustre. Desde mi punto de vista, se comete un crimen agravado por la alevosía y la premeditación: quien gana prestigio es la editorial, el traductor se muere de hambre.

4) ¿Hace usted algo para mejorar esas condiciones?
Sin duda, peleo como gato panza arriba. Si no consigo mejorar la tarifa, el porcentaje de royalties y otros aspectos del contrato, al menos reparto algún rasguño. Además, mi mensaje es siempre colectivo: no me están maltratando a mí sino a la profesión en general y a la edición de poesía en particular. Hasta que no se pague el trabajo en relación al tremendo esfuerzo que implica (sin falsas pretensiones ni reclamos imposibles) no podemos ni debemos bajar los brazos. Si las editoriales quieren publicar poesía, y no hay duda de que quieren hacerlo, que paguen como corresponda.

5) ¿Conoce las políticas de subsidios a la traducción que tienen muchos países del mundo? ¿Los recibe?
Sí, conozco unas cuantas y alguna vez, cuando el autor y la lengua entraban en el ámbito de esas ayudas o subsidios, las recibí, directa o –casi siempre– indirectamente. Son un paliativo pero de ningún modo la solución al problema. La solución pasa por que los editores dejen de lado el discurso de la nula comerciabilidad de la poesía y asuman que la publican por otros motivos, de manera que la lógica retributiva no debe responder a criterios de mercado sino de prestigio y de trabajo especializado.

Pedro Ignacio Vicuña
Traductor de Giorgos Seferis y Odyssea Elytis, entre muchos otros poetas griegos. 




1)¿Por qué razón traduce poesía?
Creo que no hay sólo una razón. En algunos casos la motivación ha sido absolutamente personal: saber cómo suena un poema que me entusiasma por la riqueza de sus imágenes, o por los juegos semánticos, por ejemplo, en mi lengua materna. Otras veces la motivación es la convicción (errada quizás) de que esa determinada forma de pararse ante el mundo tiene que ser conocida por otros que no tienen cómo hacerlo si es que no es traducida, a veces traduzco a partir de la idea de que es necesario conocer otras creaciones que no pertenecen al ámbito de nuestra lengua. En la mayoría de los casos, me surge traducir la poesía que me gusta, la que me sobrecoge, la que siento emparentada con mi modo de percibir el mundo o que me revela algo que desconocía o apenas intuía. En fin, son muchas y diversas las razones y, quizás, en el fondo, inexplicables.

2) ¿Cómo llega a la traducción? ¿Propone usted mismo al autor? ¿Recibe encargos de parte de la editorial? ¿De quién es la iniciativa?
En parte propongo yo al autor, por las razones dichas anteriormente; en otras ocasiones me solicitan hacer algunas traducciones para antologías. Como, en general, traduzco poesía desde el griego, la demanda editorial es poca y hago muchos esfuerzos por encontrar donde publicarlas.

3) ¿Qué criterio emplean las editoriales para considerar la paga que usted recibe?
Es un criterio variable, depende del origen del impulso por publicar. En algunos casos el criterio es el de los precios por cuartilla que se pagan en el país de origen, cuando la traducción es solicitada desde ese lugar; la mayoría de las veces es por concepto del porcentaje de ventas, reales o estimativas. En Chile, el universo de la traducción es precario y, muchas veces, las traducciones no se valoran en el volumen de trabajo que implican.

4) ¿Hace usted algo para mejorar esas condiciones?
Las posibilidades de hacerlo son más bien escasas, especialmente en lo que se refiere a la traducción del griego, porque el interés concreto es, más bien, escaso.

5) ¿Conoce las políticas de subsidios a la traducción que tienen muchos países del mundo? ¿Los recibe?
Conozco las políticas de subsidio a la traducción de algunos países, pero no en profundidad. Conozco la que hubo en Grecia hasta antes de la crisis y conozco la de Chile que depende del Fondo del Libro, siempre mediada por una editorial. 

viernes, 28 de septiembre de 2018

Pedro Vicuña y la traducción de poesía griega

Foto de Matías Battistón

Pedro Vicuña, poeta, traductor y actor chileno pasó ayer por el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires para hablar de “La traducción como reescritura”. Lo hizo apelando a los problemas semánticos que plantea la lengua griega y explicando la manera en que él les buscó una solución en castellano. También se refirió los casos concretos de traducción de poemas Giorgos Seferis, Odysseas Elytis y Yanis Ritsos. Por último, antes de responder a las preguntas del público presente, comentó de qué forma la traducción de poesía griega había afectado su propia escritura de poemas.

Quienes desen ver y escuchar la grabación pronto podrán hacerlo en este link:  https://www.youtube.com/watch?v=NuyEBnyipa4 

Pedro Ignacio Vicuña (Santiago de Chile 1956) es actor, poeta, traductor. Entre 1974 y 1979 vivió en Grecia y luego en Chipre, hasta el año 1982- Luego de pasar una temporada en Venecia, regresó a Chile, de manera definitiva en el año 1986. Estudió en el teatro Nacional de Atenas, ha dirigido varias obras de teatro y es autor de varios libros de poesía, Fataj, publicado en Atenas en 1979, Estatuto del Amor, Chipre, 1980, Perix ton Teikhon (poemas griegos) en Chipre 1981, Notas de Viaje, Chile 1988, Fragmenta Memoriae, Chile 1995, Famagusta, Premio Alerce de la Sociedad de Escritores de Chile 1999, Bitácora del Otro Mar, Chile 2011. 
Traductor de poesía griega ha publicado una Antología de Giorgos Seferis en Editorial Visor, España, una Antología de Odysseas Elytis en Santiago de Chile, por Ediciones Tajamar, además de muchos encargos de Unesco y otras obras poéticas que se encuentran en manos de diversas editoriales chilenas. Ha traducido Las Suplicantes, de Eurípides, publicada en Chile en 2013, y es autor de algunas piezas de teatro: Los Jerarcas, Que me Vengan a Buscar y María versus Callas, esta última traducida al griego. Docente de Historia del Teatro y Teatro y Filosofía, ha traducido, también fragmentos de Safo, de Arquíloco y de Alceo que no han sido publicados, mientras está preparando una serie de antologías individuales de algunos poetas griegos de la “Primera Generación de Posguerra”.

lunes, 11 de diciembre de 2017

La traducción en Chile y sus traductores (I)

Con la idea de presentar un panorama de la traducción en Chile, a lo largo de esta semana el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires va a subir un breve cuestionario respondido por varios traductores trasandinos. El primero de ellos es Pedro Ignacio Vicuña (1956), poeta, traductor, actor y director teatral. A la fecha, ha traducido al castellano la obra de Odysseas Elytis, Georgios Seferis y de varios otros poetas griegos y chipriotas. Como poeta y escritor, ha publicado Fataj, Estatuto del Amor, Peix ton Teikhon, Notas de Viaje, Fragmenta Memoriae, Famagusta y Bitácora del Otro Mar.

     “No es tema, ni para las editoriales ni para el Estado” 

–¿Desde cuándo y por qué traducís?
–Comencé a traducir a mis 18 años, cuando conocí la poesía de OdysseasElytis. Mi primera traducción fue su poema “Aniversario”, que de tanto repetirlo en griego (lo aprendía de memoria para rendir exámenes de ingreso a la Escuela de Arte dramático del Teatro Nacional de Atenas), de pronto comenzó, solo, a salir en castellano, en una extraña mezcla en la que se “colaban”, entre los versos griegos otros que espontáneamente sonaban en castellano.  Entonces me di cuenta de que otros, como mis padres, por ejemplo, podrían gozar de una poesía que me cautivó y me abrió otros mundos; como ellos no hablaban griego, me propuse traducir esa poesía que me había sorprendidocon su serenidad y profunda osadía lírica. La razón para traducir, me he dicho a mí mismo muchas veces, sin que eso corresponda, necesariamente, a la verdad porque quizás la razón verdadera sea un misterio insondable, fue la de intentar probar cómo sonaba esa poesía en mi lengua materna. Me pareció que el intento fue exitoso y entonces seguí traduciendo. Hoy en día, he seguido haciéndolo porque me parece que desde el punto de vista de la creación literaria, la historia social tiene momentos que podrían ser muy similares o paralelos  –al menos entre Grecia y Chile que es lo que yo conozco– que se han afrontado desde la palabra y su interpretación del mundo desde lugares opuestos y quizás, en la poesía griega, pienso, haya alguna clave que nos permita mirar nuestra historia de manera distinta y más esclarecedora.

–¿Cómo elegís a los autores que vas a traducir?
–A veces tengo la impresión de que se eligen solos, ellos a sí mismos, en la medida que me resuenan en alguna parte del universo sensitivo. A veces la razón es, simplemente, cuando entiendo que proponen una mirada que me abre un nuevo entendimiento, que me produce algún descubrimiento que quisiera compartir con otros, con gente que quiero y que me importa.

–¿Qué relación hay entre lo que traducís y tu propia tarea como poeta?
–Es una relación ambivalente, porque para poder verter una lengua a otra debe producirse, en mi caso al menos, una reelaboración que pasa por la apropiación del poema del otro, recreando imaginariamente –en realidad imaginando– el estado de espíritu, de alma, el peso sensitivo que ha producido el determinado poema o verso. En ese sentido, siempre el poeta traducido mete una cuña en mi visión y percepción sensitiva del mundo, muchas veces proponiendo, en el inconsciente, formas o soluciones poéticas que quizás no hubiese encontrado con anterioridad. A veces la influencia se hace notoria y, entonces, instala una suerte de barrera autocrítica que frena la propia palabra y se instala un período de sequía que puede acompañarme por tiempos largos o en una suerte de gusano que se pregunta de manera persistente si lo que sale de la mano o de la boca es propio mío o es el otro que se apropia de mi cuerpo y mi voz para seguir hablando, ahora, en el nuevo idioma que ha encontrado.

–¿Cuál es el panorama actual de la traducción literaria en Chile?
–En verdad no sabría qué responder, cualquier cosa que se diga va a ser siempre una visión sesgada porque no hay un interés sistemático por la traducción que provenga, por ejemplo de las editoriales más formalmente establecidas. En mi caso personal, me toca lidiar con un hecho de suyo dificultoso: la literatura griega, en general, aparte de Cavafy (o Kavafis) no es ni muy difundida ni se perfila en el horizonte como algo que presente, a priori, algún interés, como si ocurre con el caso de las lenguas de la Europa occidental. Sin embargo, las editoriales más nuevas que han surgido desde la periferia del establishment editorial, muchas de ellas poniendo énfasis en la poesía, han comenzado a abrir una puerta importante para las traducciones. Por ejemplo Descontexto, con las traducciones de Juan Carlos Villavicencio y de Armando Roa, por citar a algunos; lo que hace Das Kapital, que incorpora a su catálogo traducciones de poesía, Ernesto Pfeiffer, etc. Creo que la cosa está empezando a cambiar gracias a las iniciativas de la edición independiente y, como siempre, se espera que el interés por las traducciones crezca todavía más. Creo que es muy importante que se desarrolle un gran movimiento de la traducción en Chile porque me parece una muy mala idea depender de las traducciones españolas que no siempre son muy felices.
                       
–¿En qué medida la industria editorial chilena se hace cargo de los traductores chilenos?

–No lo tengo muy claro, de hecho me llama la atención el que nuestro Consejo Nacional del Libro y la Lectura no promueva la traducción de obras extranjeras a nuestra lengua y se vea más bien interesado en la traducción de nuestras obras a otras lenguas, lo cual por cierto no está para nada mal, pero es insuficiente. Tengo la sensación de que esto se da porque no se entiende que la traducción literaria es un acto de creación, de recreación literaria que enriquece el panorama de la creación nacional y que se la entiende como algo de orden utilitario, un mero acto de decodificación cuyo nicho industrial ya ha sido ocupado por editoriales de otros países hispanohablantes. Me parece que, en realidad, la traducción como actividad no es tema, ni para las editoriales ni para el estado de Chile. 

sábado, 1 de septiembre de 2012

Blog chileno dedicado a la cultura griega

Pedro Ignacio Vicuña
Y ya que hemos estado hablando de Chile, vale la pena hacerse una pasada por Letras de Grecia (http://pedrovicuna.blogspot.com.ar/), el blog que el actor y traductor Pedro Ignacio Vicuña (1956), dedica a los autores griegos clásicos y, sobre todo, contemporáneos, que él mismo traduce y comenta.