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lunes, 31 de octubre de 2022

Una dura reseña seguida de varias reflexiones


El pasado 27 de octubre, el prestigioso e influyente diario inglés The Guardian publicó una reseña sobre la edición inglesa de la novela Nuestra parte de la noche –Premio Herralde 2019– de la argentina Mariana Enriquez (1973), originariamente editada por Anagrama, de España, que la editorial Granta, 
aprovechando la inminencia de Halloween –festividad asociada con el terror acaba de lanzar con bombos y platillos, y una gran campaña promocional en el Reino Unido. En síntesis, para quien sepa leer, hay aquí una serie de “números puestos” –Premio Herralde, Anagrama, Granta– que, en el iletrado mundo literario de la lengua castellana, estarían hablando a priori de un éxito garantizado, siempre y cuando uno confunda ventas con éxito literario. 

Sin embargo, el novelista británico Sam Byers (1979) le echó un balde de agua fría a esa fantasía, escribiendo una reseña durísima que, probablemente, ningún crítico de lengua castellana se habría animado hacer pública. Para muestra de los lectores, traduzco y copio el final de esa larga reseña, que no se limita a la autora, sino también a su traductora:

“La traductora, Megan McDowell, se las ha ingeniado con todos los libros anteriores de Enríquez, pero esta vez algo falla. ¿Es ‘una depresión adulta que lo derrumbó en la cama’ [en el original, an adult depression that collapsed him into bed] realmente un inglés impecable? ¿Y qué debemos pensar cuando se nos dice, hilarantemente, que en el curso de aprender a cocinar, Gaspar ‘se aventuró minuciosamente en un pastel de papas’ [en el original, ventured painstakingly into a potato pie?]

“Algunos podrían argumentar que una novela de terror, como aspira a ser ésta, debe juzgarse menos por la sofisticación de su lenguaje y más por su capacidad para emocionar. Pero la narración tiene una forma tan vaga como sus oraciones. La sección uno se basa en la mejor escena del libro: Juan invocando a la Oscuridad en una orgía de violencia sagrada. Aquí, mientras los fantasmas de la ‘guerra sucia’ de Argentina se vuelven cada vez más insistentes, y el poder oculto afianza la capacidad de una élite privilegiada para torturar y oprimir, la fusión de alegoría política y gore de Enríquez parece cohesionarse brevemente. Pero ha quemado sus mejores ideas y descargado toda tensión narrativa. Durante las 500 páginas restantes, está a la deriva, reciclando los motivos de la novela, reelaborando su propio material pasado y condenando a sus personajes a un estancamiento sensiblero.

“Enríquez no es la única que intenta, a través de las convenciones de género, revivir la gran y ambiciosa novela literaria. Karl Ove Knausgård intentó algo similar en The Morning Star y Hanya Yanagihara en To Paradise. El problema es que, como ellos, parece pensar que un barniz comercial obvia la necesidad de dotar de vida al lenguaje. El resultado es lo peor de ambos mundos: ni emoción ni poesía, ni ritmo ni el placer de la prosa.”

Todo esto, que de ninguna manera pretende ser gracioso, mueve a una serie de conclusiones.

La primera es que, más allá de que quien escribe estas palabras esté o no de acuerdo con el juicio de Byers, da gusto saber que, en algunos países, el periodismo literario todavía puede ser independiente y crítico, aun cuando perjudique los intereses de empresas que cuentan con un cierto poder y están reputadas como prestigiosas.

La segunda es imaginar que lo que quizás valga en una lengua no tenga interés en otra, lo que nos llevaría a preguntarnos las razones de que así sea. Y esas razones, en muchas oportunidades, necesitan el adecuado contexto –la correspondiente “traducción”– para entender y, en una de ésas, revisar nuestros propios juicios bajo otra luz. Esto va en todas direcciones. No sólo sorprenden los “éxitos en castellano; también llaman la atención los libros considerados importantes en inglés, francés, italiano y etc. Eso habla de las necesidades de cada cultura y sociedad en particular, lo que no siempre resulta extrapolable a otras culturas y sociedades.  

La tercera es considerar cuál es la importancia de los premios. Borges solía decir que un libro premiado no era necesariamente malo, lo que deja abierta la posibilidad de que tampoco sea necesariamente bueno. Si, por caso, uno recorre sistemáticamente las obras premiadas en muchos de los premios más consecuentes –y el Premio Herralde no es una excepción– comprobará que muchos de esos libros, en su momento tan festejados, no toleran una segunda lectura, ya liberados del lastre de la publicidad.

Por último, son pocas las veces en que la prensa siquiera considera la existencia de quien traduce. Cuando esto sucede, por lo general, es para destacar errores. Convendría quizás comparar el original de Mariana Enriquez con la versión de Megan McDowell, traductora estadounidense de Alejandro Zambra y Samanta Schweblin, entre otros escritores latinoamericanos “de éxito”, para saber en qué medida el juicio de Sam Byers es justo. Se puede hacer. 

Jorge Fondebrider

viernes, 8 de abril de 2022

"Mientras más lejos voy del cono sur, más insegura me pongo con el español"

El pasado 16 de febrero, Pablo Retamal N.  publicó en La Tercera, de Chile, una entrevista con la traductora estadounidense Megan McDowell, a propósito de la traducción de una novela del autor trasandino Alejandro Zambra. En la bajada se lee: “Desde esta semana en Estados Unidos se encuentra la última novela de Alejandro Zambra, Poeta chileno, traducida al inglés. Quien realizó el trabajo de llevar el libro al público anglo fue la oriunda de Kentucky, que vive en Santiago desde 2004 y también ha trabajado con Mariana Enriquez, Samanta Schweblin y Lina Meruane. ¿Cómo se logra traducir un libro tan cargado de chilenidad? Aquí McDowell responde”.

Megan McDowell y la traducción de Poeta chileno, una conversación continua

Desde ayer, en los escaparates de las librerías de Estados Unidos, los lectores se pueden encontrar con Poeta chileno, la última novela de Alejandro Zambra ya en idioma inglés vía Viking. Detrás de esa traducción está Megan McDowell, quien ha traducido todos los libros del maipucino.

Nacida en Kentucky, Estados Unidos, McDowell de algún modo ha hincado los dientes de su trabajo de traducción en autoras y autores latinoamericanos. Junto a Zambra, también ha traducido a Mariana Enriquez, Samanta Schweblin y Lina Meruane. Vive en Chile desde 2004, en Santiago.

Poeta chileno es una novela que contiene mucha chilenidad. ¿Cómo fue el proceso de traducirlo? McDowell lo explica a Culto. “En general, hay que tener en cuenta que un angloparlante va a experimentar esa chilenidad de forma distinta que un lector chileno. Eso no significa que algo se haya perdido necesariamente, sino que ha cambiado, y hay distintas maneras de experimentar un libro. Además, no creo que deberíamos subestimar a los lectores –que algo resulta nuevo o desconocido no quiere decir que vaya a ser imposible de asimilar–. Esas son como reglas generales al momento de traducir”.

“Con Poeta chileno específicamente, es más complicado, porque el libro interroga esa identidad nacional, y ese cuestionamiento se va a leer diferente dentro de Chile que fuera. Además, esa ‘invisibilidad’ que solemos pedir de una traducción, que –en mi caso– se lea como si se hubiera escrito en inglés, no es posible, porque el lenguaje mismo juega un papel importante como rasgo cultural y nacional”, añade Megan.

En este sentido, McDowell rescata a uno de los personajes del libro. “Es muy importante el personaje de Pru, quien actúa como interlocutora y está activamente persiguiendo esa pregunta ¿qué es la chilenidad?, ¿qué se siente ser un poeta chileno? A través de su experiencia y sus entrevistas, podemos escuchar a los chilenos explicando la chilenidad a una extranjera, que nos dice mucho sobre ellos como personajes además de sobre la identidad nacional”.

–Sobre el personaje de Pru, ¿te comentó Alejandro si acaso fuiste la inspiración? porque tienen una biografía muy similar.
–Yo no soy Pru, pero creo que de alguna forma sí. Alejandro vivía en Estados Unidos, entonces conocía ese mundo. Yo nunca he vivido en Nueva York, que es el mundo de Pru. Él me hacía preguntas. En la novela, hay un recuerdo que tiene Pru, cuando está caminando con sus padres en Carolina del Norte, ese es un recuerdo mío, no con mis padres, yo viví en Carolina del Norte y le describí ese lugar. Hay cosas chicas así, pero yo me identifico con la experiencia de ella, de hablar español, de conocer ese mundo literario pero no ser parte.

McDowell cree que de alguna manera, Poeta chileno marca un cierto giro en la carrera de Zambra: “Formas de volver a casa fue el libro que consagró el concepto de ‘Literatura de los hijos’, y se trataba (para generalizar demasiado) de interrogar a la generación anterior, de contar una historia histórica/política desde la perspectiva personal/familiar. de los que lo heredaron. Se trataba de cuestionar ideas heredadas de culpa e inocencia, y del silencio que reinaba en el ámbito personal y público en Chile, el silencio de la complicidad, del miedo, del ocultamiento”.

Poeta chileno me parece que marca un giro, un giro de la mirada desde esa complicada herencia hacia la siguiente generación –agrega McDowell–. El personaje de Gonzalo encarna una especie de fracaso de una generación, pero de alguna manera ese fracaso no es un fracaso sin esperanza, es un fracaso digno. Nos quedamos con la sensación de que la generación de Vicente va a poder hacer mejor las cosas, que las preguntas que están haciendo están más cerca de las preguntas correctas. Si observas las actitudes de Gonzalo y Vicente hacia la educación, verás que ambos trataron de frustrar las expectativas y abrirse camino como poetas, pero el concepto de Gonzalo sobre las opciones que se abrían para él era limitado, su idea de rebeldía todavía era bastante conservador. La negativa de Vicente a ir a la universidad puede parecer imprudente y temeraria, pero es valiente de una manera que Gonzalo no podía imaginar”.

La traductora también señala que la educación es otro concepto clave en la obra de Zambra. “También puedes ver un cambio allí: mira Facsímil vs. Poeta chileno. Ambos resaltan una preocupación por el estado quebrado de la educación en Chile, y ambos son extremadamente divertidos. Pero la perspectiva en Facsímil es mucho más brutal y pesimista –más guiada por una perspectiva de Gonzalo– mientras que Poeta Chileno se atreve a ser cautelosamente optimista al mirar hacia la generación de Vicente”.

–Ya has traducido antes a Alejandro, ¿Cómo suelen trabajar?
Sí, este es el sexto libro que he traducido de él, ya llevamos casi 15 años trabajando juntos. Empezó siendo alguien a quien escribía mails muy tímidos para hacerle preguntas sobre sus textos, las menos posible para no molestarle. Ahora es uno de mis mejores amigos, alguien a quien quiero y admiro mucho. El proceso de traducción se ha vuelto cada vez más colaborativo. Ahora (me enorgullece decir) Alejandro me manda borradores y versiones previas de sus textos, y pide mi opinión. Y mientras voy traduciendo hago lo mismo, con Poeta chileno, por ejemplo, cuando corregía mi borrador le mandaba cada capítulo con mis dudas, y él leía y respondía. Todo el proceso es como una conversación continua. Hago todas las preguntas que se me ocurren, muchas veces solo por curiosidad.

–¿Has notado una evolución en tu proceso como traductora?
–En general, mi proceso para realizar una traducción ha cambiado con el tiempo, sí. Involucra más roles –no solo traductora, sino también escritora cuando es necesario– como con Facsímil o con los poemas en Poeta chileno, cosas que no se pueden traducir “literalmente”. También editora –paso mucho, mucho tiempo leyendo y releyendo la traducción y puliendo el inglés–. La transferencia de un idioma al otro es solo la primera fase.

–Vives en Chile desde hace años, ¿sientes que el castellano de acá de alguna forma se “coló” en la traducción?
–Yo no tengo problema con dejar ciertas palabras en español, muchas veces palabras “chilenas” como pololo o cuico, y las explico dentro del texto, lo que se llama un stealth gloss en inglés. También hay una cuestión de ritmo, el español que tengo en mi cabeza es el chileno, porque aprendí aquí y vivo aquí. En un principio, me sentía más cómoda traduciendo un libro chileno. Ahora con el tiempo me acomodé con el argentino también. Pero mientras más lejos voy del cono sur, más insegura me pongo con el español.

McDowell apunta que en el proceso, hubo palabras con las que tuvo que lidiar. “Con Poeta chileno era necesario hablar sobre el idioma, como con la palabra padrastro. Yo ya tenía esa impresión de que era una ‘mala palabra’ porque en Chile, me fijé que cada vez que hablaba de mi madrastra o mi padrastro, la gente me decía: ‘Megan, no hay que decir eso, tienes que decir ‘la mujer de mi papá’'. Y yo me preguntaba por qué, si hay una palabra que nombra esa relación. Para decir eso en inglés la palabra es stepfather y no tiene esa mala connotación, entonces había que explicar que en español la palabra padrastro significa directamente ‘mal padre’”.

–¿Es Poeta chileno tu libro favorito de Zambra?
–Sí. Pero también cada libro de él que he traducido ha sido mi favorito en el momento.

–¿Consideras que en estos tiempos es más rápido que a un autor(a) de Latinoamérica se le traduzca al inglés?
–Sí. Hay más editoriales independientes, muchas enfocadas en la literatura mundial y en la traducción contemporánea. En el pasado, hace dos generaciones, quizás, un escritor tenía que ser consagrado para llegar a ser traducido. Hoy en día no es así, las personas que traducen ya no son tan académicos y la traducción no pasa mayormente dentro de las universidades. Eso tiene que ver con el éxito de escritores como Knausgård, Ferrante, Bolaño, y más recientemente, del español, los Zambra, Schweblin, Enriquez, etc (mis ejemplos son libros que traduje yo pero hay más, por supuesto, como Valeria Luiselli, Fernanda Melchor, muchos más). Eso cambió las expectativas de las editoriales, incluso de las grandes. Hoy, editoriales como Simon & Schuster o New Direction están buscando los próximos Ferrante. Quieren descubrir escritores antes que se vuelvan más conocidos.

–¿Y crees que se ha valorizado más el rol de las y los traductores?
–Ha existido un cambio también en los lectores. Antes existía esta idea de que los lectores no querían leer traducciones, por eso siempre se escondía el nombre del traductor y no se quería que se supiera que el libro venía de otro país. Era un círculo vicioso, pero ahora se está abriendo. Los lectores están buscando la traducción, en eso han influido los premios, como el Booker, que desde el 2015 se comparte con el traductor.

–¿En qué te encuentras trabajando ahora?
–Estoy terminando las correcciones de Nuestra parte de la noche de Mariana Enriquez. Después termino de traducir el nuevo libro de Carlos Fonseca, Austral. Después me vuelco a Diez, de Juan Emar, que fue comprado por New Directions.

jueves, 1 de julio de 2021

"La idea de las literaturas nacionales es complicada"

El pasado 27 de junio, Ana Clara Pérez Cotten publicó en el sitio de la agencia TELAM la siguiente entrevista con Megan McDowell. En la bajada se lee: “La traductora norteamericana está radicada en Chile y trabaja con  gran parte de la nueva generación de escritores latinoamericanos, entre ellas las argentinas y multipremiadas Samanta Schweblin y Mariana Enriquez. En los últimos años, quedó nominada tres veces para el Booker Prize, que reconoce a la par a los escritores y a los autores. ¿Hay un nuevo boom en la literatura de nuestro continente?”

“Hay que confiar en los lectores porque son capaces de vivir con algo de ambigüedad”



Norteamericana pero radicada en Chile, tradujo –además de las mencionadas Enriquez y Schweblin– la obra de Alejandro Zambra y Lina Meruane, posibilitando así que aquellos libros cruzaran las fronteras. ”Me cae bien la capacidad que tienen de experimentar sin tomarse demasiado en serio y sin perder de vista lo fundamental de contar una historia: cautivar al lector y hacer que se involucre en una narración ajena”, define al corpus de autores que traduce.

Defensora de una concepción de la traducción más cercana a la interpretación que a la de una operación de equivalencias, los cuentos que traduce McDowell aparecen en The New Yorker o en The Paris Review desde hace años. Ganó el premio English PEN y el Valle-Inclán y quedó nominada tres veces para el Booker Prize, que reconoce a la par a los escritores y a los autores.

Zambra fue el primer autor latinoamericano que tradujo. Leyó Bonsai mientras cursaba su magister en traducción en Texas y le escribió para pedirle permiso para encarar la traducción, pero cómo ya estaba encaminado ese trabajo, el escritor chileno le mandó La vida privada de los árboles. En 2011, la editorial Open Letter aceptó la traducción de McDowell y la publicó con el título The private lives of trees. Con Zambra inauguró también una política de trabajo: acompaña a los autores a lo largo de los años, sigue y acompaña la obra.

Radicada en el barrio de Nuñoa, en Santiago de Chile, pasó la pandemia traduciendo dos libros largos mimados por los lectores latinoamericanos durante los meses de encierro y aislamiento: Poeta chileno, de Zambra, y Nuestra parte de la noche de Enriquez. “El tatuaje, una rayuela, es por el libro de Cortázar, que fue muy importante para mí. Me lo hice en un viaje a Buenos Aires hace muchos años. Mi hermana gemela tiene uno parecido”, cuenta sobre cómo tradujo aquella experiencia literaria en una marca en su cuerpo.

–¿Te considerás “especialista” en literatura latinoamericana?
– Soy un poco reacia al término “especialista” porque soy muy consciente de todo lo que no sé. Me siento más cómoda traduciendo la literatura latinoamericana, eso sí. En particular la de Chile y Argentina, y mientras más lejos vamos del sur, más insegura me pongo. Traduzco a autores latinoamericanos porque vivo aquí, y el español que tengo en mi cabeza es chileno porque aprendí aquí. Ahora tengo unos dejos argentinos, mexicanos, colombianos. También son los escritores que me interesan, en su mayoría, aunque no todos.

–Tradujiste la obra de Mariana Enriquez, Alejandro Zambra, Lina Meruane y Samanta Schweblin, entre otros. Eso te debe dar un panorama del estado actual de la literatura latinoamericana. ¿Cuál es tu evaluación?
–Es una pregunta difícil de responder porque siento que cada uno de ellos tiene un proyecto diferente y aprecio ese carácter único. Creo que la idea de las literaturas nacionales es complicada, y si hablamos de una literatura latinoamericana, la clasificación se vuelve tan amplia que quizás es insensible. Solo puedo decir que lo que me gusta a mí de los escritores que traduzco es su capacidad de sorprender. No soy una persona que quiere leer cosas que me confirmen las ideas sobre lo que es una historia y cómo se cuenta, prefiero leer libros que me sorprenden a cada nivel: de la palabra, la frase, la forma, la trama.

–Cómo llegás a los autores que traducís? Pareciera haber cierta curaduría...
–Es una combinación. A veces hay alguno que sé que quiero traducir, y busco editorial activamente. Otras veces, es la editorial la que me ofrece el proyecto. Tengo una política: una vez que empiezo a trabajar con un escritor, sigo traduciendo sus libros. Eso significa que hoy en día los nuevos libros de mis escritores me mantienen ocupada, y es difícil tomar nuevos proyectos, aunque me gustaría y pienso hacerlo. Cuando estaba empezando mi carrera, tenía que ser más activa en buscar. Siempre está orbitando la pregunta de cuánto debería explicar. Mariana trabaja mucho con las leyendas y mitologías del litoral, como sucede en los cuentos “El aljibe” o “Telaraña” en Las cosas que perdimos en el fuego y también en Nuestra parte de la noche. Mi política, en general, es contraria a los pies de página y cosas así. Entonces a veces suelo explicar mínimamente dentro del texto si puedo. O no explico. Al traducir, hay que confiar en los lectores, no necesitan ser mimados, que les den todo en bandeja, porque son capaces de vivir con algo de ambigüedad. Hay que pensar siempre en la experiencia de lectura. Otras veces, hay que trabajar más algunas cuestiones del lenguaje.

–Durante aquella charla hubo una breve performance del cuento “El aljibe” y al terminar definiste a la traducción “como un arte de interpretación, como la actuación”. ¿En qué se basa ese arte? ¿Cómo lo mejoraste con la experiencia?
–Sí, es un arte de interpretación. Tal como sucede con la actuación, se empieza con una obra escrita y el trabajo consiste en descifrar y canalizar las voces en ese texto. Un actor lo hace con su voz, un traductor lo hace con las palabras de otro idioma. Es útil pensarlo así porque mucha gente suele pensar en la traducción cómo una operación de equivalencias, que esto es la traducción de lo otro, pero con literatura no es así. Tal como un músico empieza con una pieza construida de notas y la hace suya, un traductor hace lo mismo con un libro. Con el tiempo, gracias a trabajar con tantos escritores tan buenos, es que un escritor como Alejandro o Samanta siempre sabe porqué está ahí cada una de sus palabras. Yo tengo que hacer lo mismo, interrogar cada palabra, cada frase. No puedo decirme “bueno, esto se traduce así y punto” sin entender qué está haciendo esa frase justo ahí. La traducción es un constante proceso de tomar decisiones: ¿Es esta la mejor palabra? ¿Cuáles otras palabras podrían funcionar? ¿Cuáles son todas las resonancias que tiene esta idea en español y cómo las puedo recrear en inglés? Una termina pensando sistemáticamente en el lenguaje. Tengo ideas muy arraigadas acerca de los adjetivos y las preposiciones, pienso mucho en las palabras chicas que suelen pasar desapercibidas. También hay que sentir la música y el ritmo de las palabras, los silencios.

–A partir de los premios y las traducciones, a veces pareciera que asistimos a una suerte de “segundo boom” de la literatura latinoamericana en el mundo. ¿Coincidís con esto? ¿Por qué crees que, en los últimos años, los autores latinoamericanos son tan bien recibidos por los lectores de otras latitudes?
–Mientras más hablamos de un nuevo boom, más real va a ser ese boom porque el llamado Boom Latinoamericano fue un fenómeno de marketing también, una forma de hablar de un grupo pequeño de escritores –muy buenos, eso sí– que dejó a muchos otros afuera. No creo que los escritores de hoy puedan ser clasificados bajo ningunas características comunes como los del Boom: la literatura latinoamericana es amplia y variada. Pero sí pienso que los lectores de hoy son más abiertos a la traducción en general y no piden que los libros coincidan con una idea preconcebida de lo que deberían ser. Hay una corriente contemporánea que va hacia la inclusión, que quizás tiene que ver con la globalización y la híper-conexión (y sí, claro que hay otra corriente opuesta que conduce a la xenofobia y la exclusión). Creo que los lectores anglos, algunos, un sub-grupo creciente, tienen curiosidad y quieren saber qué está pasando más allá de las fronteras nacionales. También es obra de las editoriales, muchas veces las independientes, que se interesan en la traducción en general. En español, hay iniciativas de promoción que han ayudado bastante, como los listados del Bogotá 39, de Granta, o el Programa Sur en Argentina. Esas listas siempre son controversiales, pero sin duda ayudan a orientar a los editores en otros idiomas.

martes, 11 de febrero de 2020

Traductoras estadounidenses de literatura chilena

El pasado 6 de enero, el narrador y periodista chileno Antonio Díaz Oliva publicó el siguiente artículo en el diario La Tercera, de Santiago de Chile, donde se pasa revista a las traducciones y traductoras de literatura chilena. Según la bajada de la nota, "De Los detectives salvajes a Space invades, las letras locales han encontrado quienes las conecten con el mundo anglo: un grupo variopinto de mujeres desarrolla hoy este trabajo.

Megan McDowell


Era 2009 y Megan McDowell cursaba una maestría en traducción en EEUU. Aprovechando las vacaciones de verano, viajó a Chile para hablar con editores, libreros y lectores. Buscaba un autor para traducir, y un nombre se repitió más que los otros: Alejandro Zambra. De vuelta en EE.UU, se decidió por La vida privada de los árboles. El resto fue una serie de coincidencias: presentaría parte de la traducción en una conferencia con cuatro personas en el público. Entre ellas, eso sí, estaba el editor Chad Post, de Open Letter, quien terminó publicando el libro.

“Y he sido la traductora de Alejandro desde entonces”, dice McDowell, quien actualmente vive en Santiago y ha trabajado también obras de Lina Meruane, Álvaro Bisama, Arturo Fontaine, Alejandro Jodorowsky, Paulina Flores y Alejandra Costamagna.

Jessica Sequeira
Megan McDowell no es la única traductora anglo de la literatura local. A ella se suman Jessica Sequeira, Sophie Hughes y Natasha Wimmer. Esta última, de hecho, la precede: en 2007 se publicó su traducción de Los detectives salvajes, que fue un éxito en varias latitudes. Le seguirían 2666 y otros títulos bolañianos. “Me parece que la literatura chilena tiene en este momento mucha vitalidad”, dice desde Nueva York Wimmer, quien recientemente tradujo a Nona Fernández [Space Invaders, 2019]. “Y la manera en que los escritores jóvenes se enfrentan a la historia del país tiene relevancia para los lectores norteamericanos, que atravesamos un momento político lleno de peligros”.

Sophie Hughes
Sophie Hughes, por su parte, vive en Inglaterra y solo ha trabajado con Alia Trabucco. Aunque eso le bastó para poner a la autora chilena en el mapa anglo: su traducción de La resta fue finalista en el Man Booker International. Y ahora traduce Las homicidas.

“No he vivido en Chile, ni siquiera he visitado Chile, y he leído con suerte una docena de autores chilenos”, dice Hughes. “En el mundo anglo hay algunos nombres por encima de los demás: Roberto Bolaño, Alejandro Zambra y Lina Meruane. Supongo que Pablo Neruda e Isabel Allende siguen siendo probablemente los dos chilenos más leídos en el Reino Unido y EEUU, para sorpresa de nadie, aunque tal vez para la frustración de otros”.

Jessica Sequeira, en tanto, ha traducido a autores muertos. Obra suya es una de las pocas traducciones de Adolfo Couve al inglés, así como un libro de poemas de Teresa Wilms Montt. “Me atraen las obras que difuminan la distinción entre poesía y prosa”, dice Sequeira, que tiene residencia en Santiago.

Traducción y política
“Debemos evitar publicar solo ‘literatura política’, para que la world literature -un término terrible- deje de ser un eufemismo de ‘literaturas tercermundistas’”, dice Hughes. “En un mundo ideal, el término world literature no existiría.”

La traductora de Trabucco se refiere a la “literatura mundial”, etiqueta con la que a veces se cataloga a las obras traducidas desde otros idiomas al inglés. Hughes no es la única que ha meditado sobre la relación entre la literatura traducida y la política. O, en el caso local, entre la dictadura de Augusto Pinochet y la cantidad de libros chilenos sobre el tema que se publican en inglés. De hecho, a la hora de escribir este artículo se revisaron los autores traducidos en los últimos cinco años, y casi todos son libros sobre Pinochet. O sobre los niños crecidos bajo la dictadura, como Alejandro Zambra y Nona Fernández; o post-dictadura, como Paulina Flores, Diego Zúñiga y Alia Trabucco, quienes continúan la estética y temática de los primeros.

No es un problema únicamente chileno. En palabras de Fredric Jameson, las historias individuales y privadas del “tercer mundo” son siempre leídas desde EEUU y Europa como “una alegoría de la nación”.

“La triste verdad es que en EEUU la gente sabe muy poco de Chile, y lo que sí saben es que sufrió una dictadura militar bajo Pinochet”, asegura McDowell. “Por lo tanto, los libros que tratan de la dictadura, o incluso simplemente la mencionan, son más fáciles de ubicar en un contexto, para interpretar y conectarse”.

Natasha Wimmer
“No se puede separar el valor político e histórico del valor literario”, comenta por su lado Natasha Wimmer. “Además, en este momento, cuando el autoritarismo levanta cabeza en EEUU, los lectores norteamericanos buscamos modelos para enfrentar y entender este fenómeno”.

Desde Inglaterra, Hughes dice que parece haber un mercado más grande para las novelas chilenas sobre la dictadura, así como para las novelas mexicanas sobre el narco, pero de igual forma para la literatura española que cuenta la Guerra Civil y para los países escandinavos que producen novelas policiales. “Sin embargo, los editores independientes, en mi experiencia, tienen sus ojos puestos principalmente en la calidad”, dice. Y Sequeira lo pone de esta manera: “En general, más personas leen libros sobre primeros ministros que sobre poetas, y eso no es necesariamente algo malo. Los libros más vendidos en inglés son a menudo, también, libros ‘políticos’, por lo que no veo esto como un problema geográfico”.

“Es parte del contexto chileno, y creo que es difícil de ignorar”, agrega McDowell. “Supongo que tendríamos que preguntarnos cuánto tiempo debe pasar antes de que leamos una novela cien por ciento libre de la dictadura”.

jueves, 19 de julio de 2018

"La primera argentina en ganar el premio estadounidense que honra el legado literario de Shirley Jackson"

Con fecha del día de ayer, Daniel Gigena publicó el siguiente artículo en el diario La Nación, de la Argentina, donde se habla de un nuevo premio para la escritora argentina Samanta Schweblin, esta vez por una traducción al inglés.

Samanta Schweblin fue premiada en Estados Unidos

Un nuevo reconocimiento internacional se suma a la obra de la escritora argentina residente en Berlín Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978). Su novela Distancia de rescate, publicada en 2014 en la Argentina, obtuvo el premio Shirley Jackson en la categoría de novela corta. Traducida al inglés por Megan McDowell, la novela de Schweblin fue rebautizada Fever Dream y cuenta la historia de una madre y sus hijos en un ambiente rural que se ha transformado en un escenario de "pesadilla agrotóxica", producto de la contaminación, aunque también la novela fue leída como una reformulación original de los cuentos de fantasmas. La autora es la primera argentina en ganar el premio estadounidense que honra el legado literario de Shirley Jackson.

Pero no es la primera vez que Fever Dream compitió por un premio internacional. El año pasado, integró la lista de los finalistas del Man Booker Prize International, que finalmente ganó el escritor israelí David Grossman. Este año, su novela se impuso a otras firmadas por Tade Thompson y Stephen Graham Jones, entre otros. La obra de Schweblin compartió el premio con The Lost Daughter Collective, de la escritora estadounidense Lindsey Drager.

Desde Alemania, donde vive desde hace seis años, la autora dijo a La Nación: "Hay algo todavía más especial que ganarse un premio literario, y eso es ganarse uno que lleva el nombre de una de mis autoras norteamericanas preferidas". Shirley Jackson (1916-1965) es una escritora de relatos de horror y ciencia ficción; en su obra, la extrañeza cubre la atmósfera de las historias de manera inadvertida. "Fue una alegría inmensa recibir esta noticia y se sintió como un mimo de la propia Jackson, o así me gusta pensarlo", dijo Schweblin. "Ahora tocan días de muchos nervios, de los nervios lindos, porque estoy cerrando un nuevo libro. Es una novela, y saldrá en los primeros días de octubre", anticipó.

miércoles, 22 de marzo de 2017

A algunos escritores argentinos jóvenes les está yendo relativamente bien en los Estados Unidos

El escritor y periodista chileno Gonzalo León firma la siguiente nota, subida al blog de Eterna Cadencia el 15 de marzo pasado. Su copete dice: “Samanta Schweblin fue nominada al Man Booker Prize, y esa es solo la punta del iceberg de un fenómeno emergente: la literatura argentina contemporánea, cada vez más traducida en un mercado alérgico a las importaciones. Gonzalo León conversó con autores, agentes, editores y traductores”.

Derribando muros

Según el índice Translation Database desarrollado por Chad Post, director editorial del sello independiente Open Letter, descartando las traducciones de clásicos y los libros de no ficción, Estados Unidos es uno de los mercados editoriales que menos traduce: entre ficción y poesía sólo alcanza el 0,7% del total de títulos publicados en un año, y si se amplía eso a no ficción ese porcentaje se eleva al 3%. El agente literario Guillermo Schavelzon fijó ese porcentaje en 67 libros en 2014. Si se compara esta cifra con otros mercados editoriales, la traducción en Estados Unidos es un fenómeno marginal, pese a la gran población latina y no latina existente: por ejemplo, en España las traducciones alcanzan el 28% de los libros publicados en un año, en Francia el 27%, en Turquía el 40%. El traductor y profesor de literatura latinoamericana Sergio Waisman adjudica esto a que Estados Unidos se ve como un exportador de cultura, pero además “hay factores históricos y culturales relacionados a la relación entre centro y periferia que afectan a esta situación”.

Frances Riddle vive en Buenos Aires y ha traducido a Leila Guerreiro y Martín Felipe Castagnet, entre otros autores argentinos, y coincide con Waisman en la explicación de que se traduzca poco en su país: “Exportamos cultura al mundo en escala masiva y aceptamos poquísimo desde el exterior. Las editoriales que publican traducciones son muy chicas, con dos o tres empleados, no pueden competir con las grandes editoriales; ni intentan hacerlo. Y publican traducciones casi diría como un acto político contra esa tendencia de ignorar la existencia de toda literatura proveniente de afuera”. Agrega que el mercado editorial está dominado por las llamadas “Cinco Grandes” que tienen muchos sellos subsidiaros y forman parte de empresas aún más grandes todavía. Estas compañías toman sus decisiones editoriales pensando en las ventas y no les interesa ningún autor extranjero, por más relevante que sea en su país. Por otro lado, la presencia e importancia de la colonia latina (cincuenta millones de latinos) no basta para estimular las traducciones: “En la Argentina hay una gran colectividad china, pero no por eso el argentino promedio tiene un conocimiento o un interés mayor por la cultura china. Creo que por lo general la cultura dominante de un país tiende a no prestar tanta atención a la cultura minoritaria”. La pregunta que debería hacerse, según esta traductora, es por qué en una escuela pública donde el 99% habla castellano ni siquiera se menciona la literatura escrita en ese idioma en el plan de estudios: “Quizás las Cinco Grandes editoriales piensen que el inmigrante promedio de clase trabajadora no lee. Pero una editorial en Texas, Arte Público Press, probó vendiendo sus títulos en castellano en supermercados de los barrios latinos y tuvo enorme éxito”.

Sin embargo, desde hace unos años los autores latinoamericanos comenzaron a ser traducidos, aunque, claro, con un marcado sesgo masculino: Roberto Bolaño, César Aira, Alejandro Zambra y la promesa en la que se está convirtiendo, según Riddle, Martín Felipe Castagnet: “No es casualidad que todos estos autores que nombro sean hombres. Se empieza a hablar de la falta de mujeres en la traducción al inglés. Leila Guerreiro, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin y Pola Oloixarac han publicado libros en los últimos meses. Y creo que hay más atención puesta en lo que están haciendo las escritoras en todo el mundo y con solo buscar muy poco en la literatura argentina ves que está lleno de escritoras increíbles”.


De hecho, a principios de marzo Mariana Enríquez junto a Samanta Schweblin (quien acaba de ser nominada al Man Booker international prize con Distancia de rescate) y Pola Oloixarac fueron mencionadas en una nota en el New York Times bajo el título de ‘Ficción argentina’. Las cosas que perdimos en el fuego, de Enríquez, fue traducida como Things we lost in the fire (Hoghart); ella reconoce que más allá de publicar en Estados Unidos, no tiene mayor idea de cómo funciona ese gran mercado editorial, tampoco sabe cómo se mueven los autores latinos que viven allá, pero sí sabe que “es un privilegio y una suerte que pocos consiguen. Aunque no tengo una fascinación tremenda ni un ataque de vanidad”. Sabe también que hay algo de “legitimación” al entrar al mercado de Estados Unidos, cosa que le irrita de cierto modo: “Insisto que es una suerte, pero no me parece más importante que publicar en Francia. Entiendo que puede ser más importante por cuestiones de mercado, pero eso a mí eso me excede”. Dentro de las satisfacciones que le ha dado entrar a este difícil y complejo mercado fue la traductora que le tocó: Megan McDowell, “que me parece buenísima”. Con respecto al eventual auge de autores latinoamericanos, descree de este fenómeno. En lo que sí cree es en el gran interés que hay por las cuestiones latinas porque en Estados Unidos dado que la población latina es enorme: “Es muy relevante cultural y económicamente. Además, en los últimos años ha sido más visible por varios factores. El dominicano Junot Díaz comió con Obama, que lo lee y es fan de La maravillosa vida de Oscar Wao”.

Martín Felipe Castagnet, al igual que Enríquez, dice que una de las ideas que más le entusiasma de haber publicado en ese mercado es que lo pueda leer Stephen King. Castagnet es el autor argentino más joven que ha publicado en Estados Unidos, y uno de los más jóvenes latinoamericanos. A diferencia de Enríquez, sí cree que en que la literatura latinoamericana puede estar al borde de un nuevo auge, “pero no hay que apresurarse a cantar victoria sólo por haber pasado el famoso embudo norteamericano. Tenemos las traducciones y están empezando a llegar las reseñas; ahora faltan los lectores. El verdadero auge es ser leído; ser publicado es sólo el paso necesario”. Lo que para Castagnet se está desarmando es la creencia de que los libros en castellano tienen que pasar por la vidriera española antes de desembarcar en los Estados Unidos: “Por eso la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es cada vez más importante, y atrae un público cada vez más heterogéneo (con algo de populismo, el agente literario Andrew Wylie bromeó que Guadalajara era la nueva Frankfurt; claro, era el invitado de honor, lo que también fue significativo)”. La Feria del Libro de Buenos Aires, en cambio, aún no es tan atractiva para editores y agentes editoriales como para justificar el viaje transcontinental. En contrapartida, dice, la Semana de editores de la Fundación TyPA así como el Programa Sur de la Cancillería, que fomenta las traducciones de títulos argentinos en el extranjero, “están cumpliendo un gran servicio al país”.

Silvina López Medin, además de haber traducido junto a Mirta Rosenberg Eros, el dulce-amargo, de Anne Carson, es editora del sello estadounidense Ugly Duckling Press (UDP), enfocado en traducir textos de poesía; entre los poetas que han traducido o se encuentran en proceso de traducción se cuentan Alejandra Pizarnik, Marosa di Giorgio, Amanda Berenguer y Arnaldo Calveyra. La editorial además tiene la colección Señal, que son plaquetas bilingües de poetas contemporáneos, como Luis Felipe Fabre, Pablo Katchadjian y Florencia Castellano. Esta editora señala que al fervor que causaron en el público estadounidense Borges, Bolaño y Aira, y más allá de New Directions –el sello que más latinoamericanos ha publicado–, hay otros autores y otras editoriales que están dando cuenta de un fenómeno muy interesante: a los ya desaparecidos Enrique Lihn, Clarice Lispector, Ferreira Gullar se les han unido o pronto lo harán: Hernán Ronsino, Julián López, Alejandro Zambra, Leila Guerreiro, Mariana Enríquez, Lina Meruane, Sergio Chejfec y Raúl Zurita, entre otros. Las editoriales que han puesto sus ojos en ellos han sido Melville House, Deep Vellum, Action Books, Open Letter, Archipelago y Pen Press.

López Medin dice que si se toma en cuenta la presencia argentina sólo el año en curso proyectado hasta mayo de este año se habrán publicado once autores, lo que es una suba importante, ya que el 2008 se publicaron siete títulos de argentinos y el 2015 dieciocho; entonces efectivamente hay un interés de las editoriales, sobre todo por lo argentino, “pero no sé si cabe generalizarlo, digamos que hay un interés genuino en ciertos sectores. Como suele suceder, y como muestran las estadísticas de traducciones de latinoamericanos al inglés (alrededor de 65% ficción versus 35% poesía), la poesía tiende a ocupar espacios más reducidos, pero intensos”. Este optimismo choca con la cifra de títulos en castellano traducidos al inglés: en 2014 fue de 67 y en 2016 de 66. “Los títulos de autores argentinos crecieron con mayor ritmo que el total de las traducciones, y son un componente importante, alrededor del 30%, dentro de los títulos latinoamericanos traducidos del castellano”. Es decir, la composición de los títulos latinoamericanos es lo que ha cambiado en beneficio de los títulos y autores argentinos.

Sergio Waisman ha sido el traductor de la obra de Ricardo Piglia y conoce cómo funciona este mercado más de lo que quisiera. Para él, lo más importante que ha sucedido en los últimos diez o quince años ha sido el surgimiento de editoriales independientes “que se están dedicando principalmente a publicar traducciones literarias, tanto de escritores ‘nuevos’ como de los más ‘consolidados’. El trabajo de algunas de estas editoriales ha sido realmente extraordinario: Open Letter, Archipélago y Deep Vellum [que publicó su traducción de Blanco nocturno, de Piglia], han logrado complementar no sólo lo poco que se publica tradicionalmente en traducción en los Estados Unidos en las Cinco Grandes, sino también lo que venía publicando la más famosa de las independientes, New Directions, y lo que venían (y siguen) haciendo las editoriales universitarias”. Este nuevo grupo de editoriales también incluye al New York Review of Books Classics, que recientemente publicó la traducción de Esther Allen de Zama, la excepcional novela de Antonio di Benedetto: “Lo curioso es que muchas veces los autores latinoamericanos más importantes en sus propios países no han sido editados en las editoriales grandes de los Estados Unidos: Juan José Saer y Ricardo Piglia serían ejemplos de esto”.

Precisamente estar atento a las cuestiones de mercado le ha permitido a Waisman darse cuenta de que ser publicado en Estados Unidos “no necesariamente refleja el valor literario de un dado libro o autor”, pero a la vez ser publicado en este mercado “le otorga un capital simbólico a ese libro y autor que luego parecería influir retrospectivamente en la determinación de su valor”. No es un asunto sencillo de entender. Por lo pronto, este traductor argentino está muy contento con la tarea de traducir El limonero real, de Saer, para Open Letter.

Frances Riddle agrega una cuota de optimismo al señalar que cada vez existen más programas universitarios enfocados a la traducción literaria y más organizaciones profesionales para traductores literarios: “Existe también una mayor conciencia sobre la falta de voces de afuera en la literatura angloparlante”. Se está incluso pudiendo vivir de la traducción, es decir, cada día es más profesional; de hecho no faltan traductores, sino al contrario, sobre todo para el castellano “por ser el idioma extranjero que más presencia tiene en Estados Unidos. Esto genera competencia: muchos traductores cuentan historias de haber traducido un libro para presentarlo a una editorial, pero otro colega presentó el mismo libro a otra editorial al mismo tiempo y logró cerrar un contrato antes”. Sin embargo, la mala noticia es que los editores están colapsados, porque los proyectos de traducción se multiplican y “ni tienen tiempo de responder a todos los mails que les llegan con muestras de traducciones”. Pese a ello, puede decirse que la industria editorial estadounidense va encaminada a derribar muros.