miércoles, 5 de julio de 2023
Un excelente homenaje a Luis Chitarroni
jueves, 18 de mayo de 2023
A los 64 años, falleció el querido Luis Chitarroni
Hace unas horas se conoció la noticia de la muerte de Luis Chitarroni. Escritor, crítico y, sobre todo, editor, fue un auténtico erudito y una persona fundamentalmente honesta, con quien daba gusto tratar. A modo de homenaje, publicamos a continuación una excelente entrevista que mantuvo con Daniel Gigena y que fue publicada en el diario Perfil, de Buenos Aires, el 22 de diciembre de 2019. En su copete se lee: “Prestigiado hace décadas por ser un escritor para escritores, el editor Luis Chitarroni –uno de los baluartes de la cultura nacional– repasa en esta entrevista momentos centrales de su carrera, que son, a la vez, claves de lectura para comprender el pasado y el presente de la literatura argentina”.
Editor, crítico, narrador y docente,
Luis Chitarroni (Buenos Aires, 1958) concluye 2019 con la publicación de un
nuevo libro, La noche politeísta
(Interzona), que es su primer volumen de cuentos, y la salud recuperada después
de algunos trances. Con varios kilos menos y el mismo buen humor que lo ayudó a
convertirse en el editor más apreciado por los escritores argentinos, se
prepara para ofrecer un nuevo curso en el Museo de Arte Latinoamericano de
Buenos Aires, en 2020, sobre los escritores de los escritores. Las clases del
curso anterior, de 2016, fueron reunidas en un libro donde, como él dice, se
preservaron los “momentos de delirio de la oralidad”. Breve historia argentina de la literatura latinoamericana (a partir de
Borges), de Malba Literatura, condensa varios atributos: erudición, brillo
y capacidad de síntesis a la hora de cartografiar el mapa de la literatura de
América Latina a través del prisma borgeano.
Entre 2015 y
2016, en pocos meses, Chitarroni debió abandonar dos trabajos por pedido de
Pablo Avelluto. Primero, como editor en Penguin Random House y luego en el
directorio del Fondo Nacional de las Artes, como asesor en Letras. Desde
entonces, halló refugio en uno de los sellos independientes de mayor
originalidad en la Argentina: La Bestia Equilátera. A medias vintage, a medias
experimental, esa editorial puso en circulación títulos de Julian
MacLaren-Ross, Elliott Chaze, Elizabeth Taylor, Muriel Spark, César Aira y
David Markson, entre muchos otros. Así que se puede decir que uno de los
grandes aportes a la cultura argentina hechos por Avelluto es haber dejado
libre y a su aire a un artífice como Chitarroni.
—¿Qué reúne su nuevo libro de ficción?
—Lo llamé ciclo de relatos, porque
están todos débilmente vinculados. Son como una especie de reparación de El carapálida, porque el primer cuento
es sobre un presunto libro que escribió el narrador, que sería El carapálida. El otro cuento era “El
síndrome de Pickwick”. Entonces, los compañeros que se reconocen en esa novela
quieren vengarse por lo mal que los ha tratado. Hay otro que se llama “El mal
de uno”, que también es un regreso a los temas de la infancia, esta cuestión de
hacer una reconstrucción del itinerario. Mi idea cuando empecé a escribir El carapálida era, un poco, la de una
especie de narrativa autobiográfica que se ocupara de los momentos más
importantes, que son los menos significativos, de la vida. Uno era la escuela
primaria, y el siguiente, que se iba a llamar “Miopía progresiva”, iba a ser
sobre la conscripción, que me tocó justo hacerla con el comienzo del Proceso,
en 1976, 1977.
—¿Hizo el servicio militar?
—Hice la
colimba en el Distrito Militar Buenos Aires, que era el lugar donde incorporaban
a la gente, en la calle Balcarce, muy cerca de Michelangelo. Era un lugar
privilegiado, me lo decían, pero igual estuve un mes entero sin hablar con
nadie, hasta que después empieza la pequeña comunidad. Tiene algo de comunidad
y de ceremonia gay, donde vas protegiendo a los otros. Había un sistema de
autoprotección entre los soldados. Y después la maldición misma. Me tocó un
lugar en el que durante todo el año se hacía revisación médica, porque al revés
de la tontería que yo creía y que, en general, creíamos todos, que si vos no te
presentabas en la primera llamada te mandaban un regimiento a buscarte, en
realidad te iban llamando durante todo el año. Si vos no ibas, no ibas. De
haberlo sabido no me presentaba y esperaba la primera amnistía. Tuve que sobrevivir
ese año, los primeros meses en un estado casi de esquizofrenia, no hablaba con
nadie. Era como si te mandaran a prisión sin que hubieras cometido un delito.
—A medida que se iba integrando, ¿podía leer ahí
mismo?
—Sí, y había
entre los compañeros grandes lectores. Me acuerdo de alguien que leía a Proust
en la versión inglesa, la de Scott Moncrieff. Y había gente interesante, como
en todos lados. Había también tipos que ejercían una especie de mafia, que les
hacían prórrogas y eran más grandes que yo. Yo fui de la primera clase, 1958,
que hizo la colimba a los 18 años pero esos tipos ya estaban recibidos y no
podían dirigirse a ellos como a nosotros. Los paraban en seco. Todo eso está
narrativizado en “Miopía progresiva”. Es curioso, porque a mí me gustaba la
música progresiva, y la miopía que tenía fue progresiva hasta los 25 años.
Ahora, por ejemplo, la presbicia me corrigió la miopía, y puedo leer casi sin
anteojos. Siempre pude leer sin anteojos, porque la miopía te impide que veas
de lejos, pero de cerca, podés ver.
—¿Empezó a leer libros de muy chico?
—Sí, leyendo
cualquier cosa. En mi casa había muchos libros. Estaba la biblioteca de mi
hermano, que se repartía entre los libros de educación y los de fútbol, que
leía mucho, como los de Dante Panzeri; los libros de mi viejo, que eran las
colecciones que se vendían en los quioscos, además de revistas y enciclopedias.
El otro día hablábamos con Luis Sagasti de la colección Lo sé todo. Nos
preguntábamos qué era ese orden inventado por las enciclopedias. Porque el
orden de las enciclopedias era disparatado. Empezaban por el mamut y terminaban
con un viaje espacial, o la amistad, o alguna abstracción. Yo pensaba que tal
vez ese orden era el mejor de todos, porque la realidad no aparece en orden;
los amigos no aparecen alfabéticamente, nada tiene un diseño. Pensaba en Roland
Barthes, por ejemplo. Tampoco hay que tratar de no ser convencional cuando lo
convencional conviene más que ninguna otra cosa. Entonces, Barthes ordena
alfabéticamente. Pero en estas enciclopedias el orden es diferente. Mi viejo
había sido muy lector de Salgari y de Verne, y en esa época había una especie
de dogma de la clase media que era Stefan Zweig; había una serie de escritores
europeos, de pensamiento liberal, algunos trágicos, como Zweig, que se había
suicidado en Petrópolis junto con su mujer, y Herman Hesse, Thomas Mann. Esos
libros estaban en mi casa. Dostoievski, Tolstoi, y por supuesto, en ese momento
era un lector fervoroso, como mi padre, de Roberto Arlt. Mi hermano era borgeano
y lo despreciaba un poquito.
—Se imaginaba como lector de Borges desde la
adolescencia.
—Después uno
fue también cambiando de posición, y Arlt dejó de interesarme, no
completamente, porque considero que era genial, en especial por los atajos que
toma y por las cosas que hace, y la forma de tomarse la literatura. Borges era
un gran conocedor de la literatura, de la historia de la literatura y de la
intimidad de sus razonamientos y conquistas. Entonces lo que pienso de Borges
es eso, que más allá de que no le hayan dado el Premio Nobel, era un hombre que
sabía cuáles eran las estrategias para quedar, para sobrevivir. En ese sentido,
Arlt era un escritor adolescente, que te atrae porque no especula para nada.
Uno puede decir que Borges era un especulador y no ganó el Premio Nobel; le
tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. Era un momento
en el que él hacía pronunciamientos y la mayoría de los jurados que estaban en
Suecia simpatizaban con la izquierda, y él quedaba muy mal parado. Mi papá,
aunque no le gustaba Borges, quería que yo lo leyera y me regaló las Obras
completas el mismo año en que salieron, en la década de 1970. Ahí empecé a
leerlo seriamente, con esa especie de culpa que te dan las obras completas,
porque el libro pesa mucho, significa algo. Creo que uno debe leer lo más
desprevenidamente posible.
—¿Leer desprevenidamente es una especie de lema
de tu trabajo como editor?
—Absolutamente.
Una especie de deseo, porque en realidad, a medida que pasa el tiempo, te vas
sobrecargando de prejuicios, y estás menos desprevenido. La Bestia Equilátera
es un anacronismo. Publicamos a Elizabeth Taylor. Taylor era una escritora
increíble, sencillamente no había sido traducida al castellano. Ahora, también
tuvimos éxito con ella; quiere decir que no se había intentado publicarla. Y
eso que ahora, sobre todo las editoriales españolas, están traduciendo como
nunca, mucho más que antes. Antes había escritores que quedaban directamente
vedados por, a veces, la ignorancia de los editores. Este es un momento en el
que la ignorancia es costosa. Ayer me regalaron una novela magnífica de Eric
Schierloh, que es el director de la editorial Barba de Abejas, sobre Melville.
Y me despertó la curiosidad de por qué resulta Melville tan atractivo. Es un escritor
increíble y tiene como zonas oscuras, y a veces uno piensa que era un loco, o
casi un loco. Y el tiempo que tarda en reconocerse Moby Dick. Cuando salió Moby
Dick, fue muy maltratada por la crítica, no se dieron cuenta de que ese
libro es increíble, es como un pequeño Ulises, con la combinación de estilos.
El le escribió a Nathaniel Hawthorne, de quien estaba un poco enamorado: “He
escrito un libro impío y me siento inmaculado como un cordero”. Le dedica Moby Dick a Hawthorne. Era un personaje
carismático y muy atractivo, diría casi lo contrario que su contemporáneo
estricto, que era Walt Whitman.
—El anacronismo es evidente en el catálogo de La
Bestia Equilátera. Cuando era editor en Sudamericana, ¿las opciones que tenía
eran más acotadas?
—En realidad
era muy feliz, en el sentido de que podía editar mucha narrativa argentina. De
ahí salió Gustavo Ferreyra, María Martoccia, Daniel Guebel, gente que para mí
era un enorme placer editar. Pero, por otro lado, había una serie de
compromisos, era una época en que se editaba mucha literatura que se decía que
era, en ese momento, coyuntural, y muchísimos libros de periodismo.
—¿Tenía que ocuparse también de los libros de
periodismo?
—En la
primera época, en 1986, 1987, absolutamente de todo. No sólo era otro siglo,
también era otro mundo, donde se tardaba en hacer un libro, se tardaba en
corregirlo y, a partir del momento en que entraba en producción, vos perdías el
contacto con ese libro. Por lo tanto, las contratapas tenías que hacerlas a
partir de las “invenciones del recuerdo”, como el título del libro de Silvina
Ocampo. Tenía que hacer una especie de reconstrucción en la que había grandes
lagunas y ráfagas de olvidos. Había una colección que dirigía Arturo Infante,
que ahora está en Chile, que se llamaba “Saber y Superarse”. Era una colección
muy exitosa de autoayuda, y muy precoz, en un momento en que la autoayuda
recién empezaba a imponerse. Agradezco mucho haber estado en contacto con todo
ese material. Después se fue dividiendo el trabajo, estaba Paula Viale, otras
personas, la editorial fue creciendo y cada uno fue teniendo distintas
especialidades.
—¿Y quedó Ud. con la narrativa argentina?
—Exactamente.
De la narrativa extranjera había muy poco que pudiéramos editar. Primero porque
los derechos resultaban caros; segundo, porque era el momento de apogeo de
Anagrama en España. Muchos libros, de Truman Capote o Tim O’Brien, los teníamos
que hacer con participación. Cuando queríamos conseguir algún derecho, teníamos
una cantidad enorme de rechazos, porque el libro ya estaba vendido. Me acuerdo
de que cuando comenzamos con Ricardo Piglia una colección de policiales que se
llamaba “Sol Negro”, Ricardo eligió un libro, Neuromante, de William Gibson y, al mismo tiempo, lo elige Paco
Porrúa, que en ese momento tenía Minotauro en España. Entonces había que
editarlo en alguna de las dos colecciones. Creo que Ricardo tuvo la generosidad
de cederlo, o fue que nunca accedimos al precio que pedían. Porrúa era uno de
los editores más geniales que tuvo la Argentina y empezó haciendo una colección
en Sudamericana de algo por lo que nadie apostaba mucho, que era la ciencia
ficción. Yo diría que hasta tenía peor prensa que el thriller, porque ya había
habido una revolución del thriller norteamericano, y se valoraba. La ciencia ficción
que publicaba Porrúa era extraordinaria.
—¿Trabajaba con Enrique Pezzoni?
—Sí, él
tenía un problema porque era decano o jefe en Letras, entonces había uno o dos
días en que no podía ir. Pero en realidad, empecé cubriendo una suplencia,
porque él se iba a enseñar tres meses a Estados Unidos, y ahí había quedado yo.
El había sugerido que iniciáramos juntos el trabajo. Uno iba a la mañana, y el
otro iba a la tarde. Yo tenía dos trabajos, por supuesto, como corresponde en
este país. Trabajaba no me acuerdo en qué a la mañana, y a la tarde iba a la
editorial, y él se ocupaba de la facultad. Había un día, el miércoles, en que
nos encontrábamos y discutíamos el material leído. Con la exigencia de Enrique,
porque era muy silencioso y leía fluidamente en cualquier idioma, hasta en
alemán. Te sometía a su exigencia, no porque te estuviera probando, sino que la
conversación misma era un gran intercambio de lo que habíamos leído. Enrique
murió muy joven. No había sido alumno de él, sino que nos conocíamos de la revista
Sitio, una revista de psicoanálisis en la que él había colaborado. Creo que el
nexo fue Luis Gusmán. Era una revista en la que estaban Ramón Alcalde, Enrique,
Jorge Jinkis, Eduardo Grüner y Gusmán. Y ahí tuvieron la compasión de
publicarme. Mucho antes, yo escribía para revistas de rock, reportajes y, sobre
todo, notas sobre artistas extranjeros, de David Bowie a Joni Mitchell. Era una
revista que se llamaba Audio, sostenida por los avisadores de uno de los pocos
negocios florecientes en la dictadura, que era traer equipos de audio. Eso
permitía que yo escribiera sobre lo que quería. Las primeras críticas
bibliográficas aparecieron en Sitio, que tampoco duró mucho, habrá durado dos o
tres años. Ellos con gran generosidad me dejaban ocuparme de los temas que
quería. Eso también fue una cosa que uno debe agradecer.
—¿Cuando era editor rechazaba libros por escrito?
—Había
inventado una especie de editora que tenía un nombre alemán, Astrid o Ingrid,
que era la que se encargaba de dar las malas noticias. Escribía las cartas de
rechazo, aunque no me explayaba. Suele ser como una especie de función. Algunos
casos daban para explayarse, en el sentido de libros que creía podían
mejorarse, porque en general lo que vos ves es que hay libros que están mal
desde el comienzo y hay que reformularlos. Pero, por ejemplo, las fallas de
dispositio, de suministro de información, se pueden remediar perfectamente, se
pueden hablar con los autores. Me acuerdo del gran Eduardo Belgrano Rawson, del
propio Charlie Feiling o de Martoccia, que agradecías que te trajeran ese
material. Cuando Ferreyra trae su primera novela, que después se llamó El amparo y de la cual después escribió
la contrapartida, El desamparo, el
primer título era El receptor de carozos,
por un personaje al que cada tanto alguien le escupía un carozo. Era un
personaje muy humillado. Le dije que la novela era buenísima, pero con ese
título parecía una novela de Alberto Laiseca. Laiseca se animaba a llamar a un
libro Matando enanos a garrotazos,
pero Sudamericana era más convencional. Si bien había salido una novela de
Laiseca por la editorial, no la había editado yo, la había editado Enrique. Se
llamaba Aventuras de un novelista atonal,
que es de la vieja época.
—¿Llegó a contar la cantidad de libros que editó?
—Nunca. Ni
la cantidad de contratapas que hice. A veces forzosamente, y otras a
contratiempos, porque el libro ya estaba a punto de salir, y yo no recordaba
bien detalles, nombres, sobre todo, los lugares en donde ocurrían ciertas
acciones.
—¿Siente que cambió mucho la labor editorial de
ese momento, los años 80, 90, respecto de la época actual?
—No. Creo
que el editor siempre ocupa el lugar que tiene que ocupar. El editor debe ser
una especie de moderado consejero y también debe aprender a renunciar. A mí no me
tocó nunca un autor que se negara a colaborar conmigo si yo le decía algo
razonable. Había, claro, personajes que tenían algo de encantador y de
insoportable a la vez, como Quique Fogwill, que era una especie de
contradictorio. Sorokin había descubierto para la sociología rusa la figura del
contradictorio. El mejor guerrero en las comunidades indias era un
contradictorio; cuando le ordenaban algo, hacía lo contrario. Quique tenía un
poco de eso. Era una especie de contradictorio de la tribu. De él publicamos
Vivir afuera, Restos diurnos, que era una colección muy linda de cuentos, hasta
que se peleó conmigo, como se había peleado antes con Juan Forn. Entonces, el
editor es un consejero moderado que no trata de imponer nada. Vos le decís:
“Mirá, parece que la información que das en el capítulo dos sería mejor que la
dieras en el ocho, porque rompés cierta situación de suspenso que el libro
tiene”. Había casos en los que la lectura era muy pormenorizada. Un escritor
que era muy receptivo en ese punto, y muy atento, era Osvaldo Soriano, que
también editamos en Sudamericana. Porque era como un continuista. Quería que
vos le dijeras si había dejado una puerta abierta en el capítulo anterior y
nadie la había cerrado, quería saber cosas para las que en el cine se utiliza
al continuista. Las de él eran tramas muy apoyadas sobre la acción, entonces no
quería que se le pasara nada de eso. Pero yo era más distraído que él, así que
deben haber quedado muchas puertas abiertas por mi culpa, no la de Soriano, que
de verdad ponía una gran atención.
—Algunos escritores argentinos actuales hacen
carrera rápidamente.
—Ahora, en
general, los jóvenes autores tienen agentes, y los agentes rápidamente se
ocupan de conseguir traducciones, con lo cual son muy favorecidos. Yo siempre
contaba que César Aira tuvo que vivir haciendo traducciones durante toda su
vida hasta poder conseguir el estatus que consiguió publicando más de cien
libros, que los autores jóvenes consiguen con una cantidad asombrosamente menor
de traducciones. De las novelas argentinas que yo publicaba, salvo Soriano, que
tenía sus contactos en Francia y en Italia, al único que se publicó en Francia
fue a Belgrano Rawson por Fuegia. Y en gran medida, por unos editores que
creían que era un libro más documental de lo que es en realidad. En general,
ahí también funciona como una ley del malentendido de la traducción. Para
nosotros, en esa época de muy mala venta de narrativa fue una especie de best
seller. Creo que era una época peor que esta, porque ahora hay un montón de
editoriales emergentes o independientes, que se ocupan de la gente. Antes, en
las editoriales grandes tenías que ocuparte de toda la gente que escribía
porque no había salida, o llevaban su trabajo a Planeta o a Sudamericana. No
había alternativas. A lo sumo a Ediciones de la Flor, que era la más
independiente de todas. Cuando yo empecé a trabajar en Sudamericana, el editor
de De la Flor era Daniel Link.
—Sus primeras ficciones fueron tardías.
—Claro, no
porque no escribiera, sino porque no publicaba. Porque, en gran medida, El carapálida, que es mi primera novela,
de 1997, es muy tardía. Es un libro que me costó mucho tiempo terminar, y mucho
tiempo escribir, y mucho tiempo saber qué forma iba a tener. Quería que cada
capítulo estuviera predeterminado por un estilo distinto, que no sé si logra
entreverse. Y después, Peripecias del no.
Diario de una novela inconclusa es casi una solución que encontré a una
novela que se llamaba Las equidistantes,
que era una novela acerca de un corrector de pruebas a quien convierten en
editor de una revista que se llamaba Agrafa.
Entonces tenía mucha elaboración y nunca llegaba al tema, así que decidí
desordenar eso, provocar una especie de combustión interna e implosión, y dejar
esas esquirlas. Es un poco como, y esto es muy pedante decirlo, trabajaba
Jean-Luc Godard con el cine en la década de 1960, con el montaje como
asociación, por tramas, pero tramas de las que no importaba ya la resolución,
sino cierto momento, cierta combinación que a mí me convenía. Lo tardío de mi
experimento demuestra lo retardado que yo era.
—Muchas de las lecturas críticas de “Peripecias
del no” más bien narran las propias experiencias de esos lectores.
—Sí,
totalmente, de desciframiento. Y algunos se aburrían rápidamente del
procedimiento. Yo me acuerdo de las buenas. Por ejemplo, Piglia me escribió
antes que nadie, diciendo que le encantaba el libro. Y después salió una muy
buena de Beatriz Sarlo. También salió una muy buena de Matías Serra Bradford.
Pero en general, eran críticas desconcertadas. Y hubo muy buenos lectores, como
Rafael Cippolini. Era gente que estaba muy acostumbrada a ciertos desafíos de
vanguardia. Creo que Peripecias del no es tardía e infructuosamente un libro de
vanguardia, en un momento en el que a nadie le importaba. Hoy importa menos que
incluso en ese momento.
—¿Y qué importa ahora, si ya no importa la
vanguardia?
—Parece que
ha habido un regreso a ciertas narrativas más convencionales. Sin embargo, por
ejemplo, M, de Schierloh, se
emparenta con Peripecias del no. El
de Luis Sagasti, que se llama Leyden Ltd.,
es un libro de notas al pie de un libro que no existe, es decir que invierte
por completo la noción narrativa de Hemingway acerca de cómo debe ser un
relato. El decía que debe ser como un iceberg en el que lo importante pasa
abajo, mientras arriba, uno ve la superficie. Acá lo que ve uno es todo lo que
hay abajo, la nota al pie. Y es un gran libro. También se logró cierta gran
maestría, como puede ser Guillermo Martínez, o Pedro Mairal, hablo de gente ya
grande. O Samanta Schweblin, donde se nota cierta influencia anterior de
Liliana Heker. Es una gran apropiadora de la modernidad, te diría que como
nadie. Es alguien que sabe lo que pasa actualmente. Y eso también es un mérito
enorme. A mí me encanta también, aunque no sea tan joven, María Gainza, con La luz negra y El nervio óptico. Son novelas casi de no ficción, pero de mucho
tema.
jueves, 3 de noviembre de 2022
La Universidad Nacional de la Pampa convoca a un ciclo sobre las traducciones de Joyce en Argentina, que se puede seguir por Zoom
La Universidad Nacional de La Pampa invita participar del Ciclo de disertaciones en modalidad virtual titulado “Tras las huellas de Joyce: derivas de las traducciones del Ulysses en la Argentina", que se realizarán los jueves 3,10, 17 y 24 de noviembre a las 19 h. de acuerdo con el cronograma que se detalla debajo.
Enlace de inscripción: https://www.humanas.unlpam.edu.ar/actividades_academicas/90
Asimismo, solicitamos que nos ayuden con la difusión.
Especialistas invitados, fecha y título de las disertaciones:
Disertante: Luis Chitarroni
Fecha: 3/11
Título: "Dédalo en el umbral, Lipoti Virag en su laberinto"
Duración: un (1) encuentro de dos (2) horas.
Disertante: Marcelo Zabaloy
Fecha: 10/11
Título: “Ulises y Odiseo: traducir a Joyce”
Duración: un (1) encuentro de dos (2) horas.
Disertante: Lucas Petersen
Fecha: 17/11
Título: “Salas Subirat: Un traductor inesperado, una traducción histórica”
Duración: un (1) encuentro de dos (2) horas.
Disertante: Carlos Gamerro
Fecha: 24/11
Título: “Homero, Shakespeare, Joyce, Borges: padres, hijos, rivales y fantasmas”Duración: un (1) encuentro de dos (2) horas.
viernes, 30 de julio de 2021
"Las mejores editoriales confían en los editores"
martes, 20 de julio de 2021
"El mundo que existe del otro lado de la página"
La presente entrevista entre el crítico, novelista y editor Luis Chitarroni y el escritor y traductor español Eduardo Lago se publicó en Aptus, el 13 de enero de 2021. En esa conversación el traductor de John Barth explica por qué quienes traducen deben ser considerados escritores.
miércoles, 17 de febrero de 2021
Luis Chitarroni reflexiona sobre la traducción
El pasado 14 de febrero, el diario Perfil, de Buenos Aires, publicó el siguiente texto de Luis Chitarroni (foto), que repasa el mundo de la traducción y una serie de hechos de toda laya vinculados a ésta. En la bajada de la nota se lee: “El universo de la traducción en Argentina tiene nombres célebres (¿qué universo no los tiene?) y, tal vez por eso, intentos de pasar desapercibido, rehuyéndole a la notoriedad para evitar la ignominia o la cárcel, depende del grado de difamación. También misterios (otra vez: ¿qué universo no los tiene?), y un buen número de historias desopilantes.
Las traducciones apócrifas
"Ningún problema tan consustancial con las letras y con su modesto misterio como el que propone la traducción”. En el pórtico de su inmenso Después de Babel, George Steiner, que no lo hablaba ni lo escribía, se atrevió a ubicar en castellano esta modesta proposición de “Las versiones homéricas”, ensayo de Borges incluido en Discusión (1957).
La Agentina es una república traducida, tanto si se tiene en cuenta esa constitución que, maliciosamente afirmaban, se tradujo de la de algún estado norteamericano, como el Dogma socialista, del que Groussac sostuvo que “si se le quitara todo lo que pertenece a Leroux, Manzini y Lamennais, solo quedarían las alusiones personales y los solecismos”. Y como si aún causara gracia ese epitafio de la revista Martín Fierro: “En esa casa pardusca, vive el traductor de Dante… Corre, antes de que te traduzca”. Averiguar quién lo hizo (¿Ricardo Molinari?) parece más importante que si el traductor sabía o no la lengua del Dante. El hecho de que un presidente argentino haya asumido el papel de traductor contiene una ambivalencia… ¡qué maravilla y qué facilidad! ¡Qué prosapia de ilustres tiene la patria y qué fácil y ligero es traducir que hasta un estadista lo hace!
La tarea de los traductores en ocasiones contadas exige la comparecencia de hombre de acción. Richard Burton, el explorador, antropólogo precoz y espía, tradujo, entre otras cosas, La mil y una noches, y Lawrence de Arabia, arqueólogo y también espía (cuando se trata de ingleses, el espionaje no siempre debe incluirse por añadidura), La Odisea. En cuanto a sus elecciones, dependen a menudo del arbitrio y cierto grado de voluptuosidad o masoquismo de esos mismos hombres. Burton, de acuerdo con su reputación de antropólogo y sexólogo temprano, no solo tradujo Las mil y una noches sino también el Kama Sutra y El jardín del Edén, libros de un arcaico, aunque inspirado, erotismo postural. Aunque ambos trabajaron sobre –o contra– muchas versiones precedentes, las raras virtudes que comparten resultan innegables.
Como podemos apreciar, la acumulación de conclusiones falsas parece conducirnos rectamente a la verdad.
Borges subraya que la traducción de Burton de Las mil y una noches es una venganza de Galland y de Lane, los esforzados y remilgados predecesores. Pero acaso también la coartada sea apócrifa. Ayuda a ocultar a un precursor velado: John Payne, otro inglés que publicó su traducción apenas un año antes que Burton.
Payne es el lado oscuro de la historia. De una nerviosa honestidad inexpugnable, se encargó de felicitar al capitán por sus excesos empíricos, aunque un tanto exhibicionistas, en las notas al pie, de esos relatos que él –el sigiloso John Payne– se limitó a traducir sin otro auxilio que el conocimiento del árabe.
En la Argentina, dos escritores, que son –o fueron– traductores de actividad perpetua y dan muestras de diferencias dominantes y de casi invisibles parecidos son Marcelo Cohen (Purdy, Ballard, Larkin, Roussel) y César Aira (Austen, Tate, Cheever, Spiegelmann, ¡Carrie Fisher!). Se ocuparon de paso de una larga lista de “encargos” que merecen una bibliografía aparte. Si bien el primero da muestras de simpatía con el material de trabajo, el último en rara ocasión lo hizo: Hebdómeros de Giorgio de Chirico y El señor de la luz, de Maurice Rénard, cuya traducción nos regaló en 2011, son excepciones. Rara vez prologan.
Elogio sombrío de lecturas comparadas.
Lo apócrifo tiene un hálito más reservado. El papá de Borges tradujo las
Rubayattas de Omar Khayam, que aún multiplican las ediciones piratas. De la
traducción de Fitzgerald al inglés, tan insosteniblemente elogiada. ¿Tradujo
Borges de veras todos esos títulos que llevan su firma? A menudo, él mismo ha
contado que no. Quienes se ocupaban, no siempre, del trabajo “duro” de
traducir, eran Leonor Acevedo, su mamá, salvaje unitaria, o María Kodama, su
mujer, discípula disciplinada. A lo sumo, él practicaría una corrección de
altura, diagonal, y el añadido de la firma, tal vez para otorgarle al salario
un valor adicional. ¿Las “marcas” de estilo borgeano en el Orlando de Virginia
Woolf son toques personales o rasgos de familia?
El gran rasgo adicional es que a menudo, si se tratara de un escritor menos o igualmente famoso, la firma garantice la calidad del texto vertido. Julio Cortázar tradujo a Marguerite Yourcenar, a Walter de la Mare y a André Gide y, en compañía de su mujer, Aurora Bernárdez, a Edgar Allan Poe (aunque a ella no se la nombre). Es una tarea que cayó en el olvido, aunque muchas ediciones “salvajes” las hayan saqueado. Eran tiempos en que la tarea no estaba tan mal paga como hoy. Con la plata que ganaron, Aurora y Julio se compraron, según cuenta ella, el primer departamento en París.
La traducción de Poe es también el tema atenagórico/panóptico de Zettel’s Traum, la novela enorme de Arno Schmidt, en la que muchos de los dilemas de la traducción se discuten, entre ellos el de que sean los libros de lenguaje más convencional los que más rápido se traducen. Y el raro carácter distintivo en la transmisión de autoridades de la lengua que los traductores tienen. Arno, sin nombres falsos, tradujo a sus “dilectos”, como Fenimore Cooper (el odio de Mark Twain) y Bulwer-Lytton. Y hasta al hermano menor de uno de sus dilectos, el diario completo de Stanislaus, hermano de James Joyce, libro que alguna vez tuvo como título uno extraído del Antiguo Testamento, El guardián de mi hermano.
También se corre el riesgo de aceptar el encargo por una sola vez. Tal cosa ocurrió con Cabrera Infante, que no firmó con su seudónimo cinematográfico, G. Cain, su traducción amañada de Dubliners. Una nueva se anuncia, de Edgardo Scott, en Godot. Onetti, empantanado en sus traducciones anónimas hasta el punto de hacer casi solo la revista Marcha, tradujo con su nombre The Very Earth (La verdadera tierra), de Sherwood Anderson, y acaso no satisfecho, o absorbido por sus tareas de novelista, no volvió al oficio, aunque muchos sostuvieran que su estilo verdadero era una traducción de Faulkner a un rioplatense educado por ríos y deltas distintos. ¿El Borges de Las palmeras salvajes?
Poetas de renombre y traductores sin lengua.
Mario Lancelotti , traductor de la mejor poesía alemana, entre otros, de los Himnos tardíos de Hölderlin, me contó una vez que, con unos amigos, habían “armado” un círculo de traductores, de acuerdo con el cual el que estaba más “necesitado” económicamente era aquel de quien ponían el nombre y quien cobraba la tarea. Es curioso que una de las primeras traducciones de Walter Benjamin, de Editorial Alfa, de Montevideo, haya aparecido también en su reedición de Edhasa, Barcelona, titulada Angelus Novus, traducida por H.A. Murena, de quien, a pesar de sus colaboraciones con Vogelmann, no se sabía que supiera alemán.
La idea de que no es posible traducir sin saber los idiomas de los que se traduce fue puesta en tela de juicio varias veces en el siglo XX por Pound, por Auden, por Lowell. Vladimir Nabokov, que tenía un desprecio innegable por esas proezas penosas, había inventado para estos dos últimos un apellido compartido: Lowden.
A veces, el prestigio del traductor oblitera. En una literatura poblada por traducciones tempranas, como la inglesa, los mandatos solían cumplir un raro designio. El encargo que Lawrence de Arabia hace a Robert Graves de que tradujera El asno de oro, de Apuleyo, por ejemplo. Era uno de los libros que habían acompañado, ocultos en alforja o aldaba, la rebelión del desierto.
Apuleyo se tradujo del latín, pero el inglés que resulta, de acuerdo con la descripción del propio Graves, es un inglés de purple patches, ornamental y kitsch, cuyos estallidos desconciertan o encandilan la prudente luz de la buena prosa.
Tal cosa no ocurre, según se cuenta, en la literatura checa. Franz Kafka tenía una instrucción clásica no muy sólida a causa de cierto descuido de los profesores de alemán en Praga. Y acaso esa resistida inasistencia favoreciera el método de invención kafkiano, auxiliado por la inconstancia perfeccionista (en gran medida, la mayoría de sus narraciones quedaron inconclusas hasta la fecha de su muerte), y el invento limitado por una especie de concisión jurídica. La muerte es infalible con los puntos finales.
Mapas
dibujados por espías.
Durante años, Góngora le reprochó a Quevedo su traducción de Anacreón.
Era intercambio consecuente, porque Quevedo llamaba al idioma del cordobés “la
culta latiniparla”. En una partida de cartas que no abolirá el ajedrez, Pierre
Ménard traduce esa condena conceptista La
boussole des precieux.
Una buhardilla oscura y escarpada en la calle de las librerías de viejo del viejo Londres, Charing Cross, le bastó a Arthur Machen, de prestigio aun no consolidado ni evasivo, para traducir al inglés las memorias de Casanova. El prestigio que Machen ha adquirido como narrador es el nombre de una clave o consigna entre connoisseurs. Pero tardío, posterior.
Las malas condiciones de un buen estilo están todas presentes en la traducción de Machen de Casanova, no su conocimiento de la lengua de la que vierte. Creo que Proust decía que los mejores poemas están escritos en una lengua extranjera. Es cierto, por lo menos en dos sentidos: procura una versión opaca y homogénea, generosamente insustituible, y propone los requisitos que Fray Luis de León supo exigir. Machen había aprendido su francés de un oblicuo y raramente profético Ménard, sostiene en Things Near and Far (Cosas de cerca y de lejos).
En muchas ediciones posteriores a la original de Casanova, en seis tomos, el nombre del hombre que hizo el trabajo por un salario miserable ha sido borrado. Machen dice que no hay manera de entender la época de Casanova, que era la de la Enciclopedia, volteriana y deísta, por lo menos en lo intelectual, si no se leen las memorias de Casanova, libro o libros que, cuando quiso adaptar al cine, aburrieron a Fellini hasta el hastío.
Sin embargo, el manuscrito que dos hermanos “editores” londinenses le alcanzaron a Arthur Machen en esa buhardilla de Charing Cross había tenido ya una larga trayectoria. El propio caballero de Seingalt, Jacques o Giacomo Casanova, en una época plagada de monstruos de su tipo (Cagliostro, St. Germain), lo había soltado muy a su pesar. El manuscrito, que conservó Brockhaus en Alemania, tuvo el lujo, como el Cervantes con el de Avellaneda, de competir con un contemporáneo apócrifo.
Otro pícaro de características semejantes competía en el modo de “pintar la época” de manera inolvidable. Con vehemencias, pleitesías y mentiras parecidas a las de Giacomo. Después, algunos de los episodios, como la huida del presidio inquisitorio de Los Plomos, fueron distribuidos, por algunos, a Stendhal, enigmático y magistral “plagiario”, de modernidad inalcanzable. Bien podría haber sido también uno de los escribas “negros” de Alexandre Dumas pére.
Tantas plumas al acecho.
Madame d’Urfé, Madame de Chatelet, Madame du Deffand… Sin intento de parodia, ¿qué siglo no es un siglo de manos? Los mejores momentos de las memorias, aparte de la suave torpeza generacional con la que Giacomo Casanova supone extraer el mal gusto, estremecen en los bordes, no en la plenitud de la página, como ocurre con Pepys, que tiene una pasión amatoria y un poliglotismo apócrifo parecidos. Son esos momentos en que confunde la verdad con su experiencia y da por cierto aquello que huye en rebaño y abandona el vacío pleno de lo empírico imperial, sustituido hoy por una verdad de apuro, que los historiadores y sociólogos han repuesto, piezas de un jigsaw puzzle.
Formas y
firmas.
Todo se decía, todo se escribía, se decía más de una vez en ese siglo
redundante, tan redundante como este, con sus redes sociales. Solo hay que
agregarle ciertos perifollos, embelecos, arabescos y cascabeleos de la época.
Modelos y modales. Que no se crea que eso es estilo.
En algún lugar, Pevsner establece que el estilo proviene de una imprevisión repentina y que el resto es el curso de un ostinato, el rigor del continuo sobre las líneas férreas del tiempo disfrazado, no ya de experimento sino de flecha. Transcribir esa improvisación le sienta a la traducción de Machen. Parece tener que ver con su rutina de buhardilla, con sus visiones de una ciudad de Londres que acepta la extinción fulgurante de la Londres cavernosa del siglo XIX y emprende a paso lento el continuo de una falsa invasión al pasado.
La templanza y la opacidad amigadas con cierto aire de engaño, o por lo menos de ambigüedad, convienen a las traducciones canónicas. Eso suele ocurrir, y favorecer la difusión, sin otro mérito de grandeza para el traductor. Y suelen adoptarse y perder el nombre del traductor. En cierta ocasión, Bianco, editor de la revista Sur, casi secretario de Victoria Ocampo, después de comprobar que una gran cantidad de traducciones anónimas que se publicaban en la revista pertenecían a Borges y a Bioy, comenzó a mirarlos con recelo y a tratar muchas de las señoras trilingües de la alta sociedad con la misma tolerancia, dando por sentado que “ellos” las habían hecho. Peor le fue a Javier Marías, que supuso la intervención de Bioy y Borges en la fragua secreta del estilo de Thomas Browne solo porque en las ediciones de Religio Medici que él consultó faltaban unos fragmentos de la vieja edición de Faber and Gwyer, la de la biblioteca de Bioy.
De legiones y de nombres.
Recuerdo haber conocido a José Bianco poco después de que ganara un juicio por la publicación de unas historias de Henry James que tradujo como nadie, en gran medida porque acaso el escritor y el traductor tuvieran con la ambigüedad una relación estrecha parecida, y contuvieran el aliento ante sombras disfrazadas. Estaba, raro en su carácter, exultante.
En una época, contábamos las traducciones de Aníbal Leal y creíamos en
la versión de una comitiva de imprudentes galeotes trabajando a sus órdenes, o
algo parecido a esa sentencia de Scott Fitzgerald sobre Waldo Frank: “Creí que
era el nombre adoptado por una cohorte para asistir a todos los coloquios y
congresos de literatura del mundo”.
A veces, las editoriales (ahora sobre todo los autores/traductores)
hacen acopio de traducciones anteriores, ya vueltas casi anónimas, o inventan
un nombre que se ocupa de las que nadie quiere comprobar siquiera si son
correctas, o lo arman con los elementos más a mano, John Smith, como hacían los
productores de Hollywood, por un film que no admitiera el nombre de un director
con reputación y prestigio, alguien que anduviera por ahí.
A veces se imponen otros motivos. Cuando la traducción de Lolita
apareció la primera vez en Sur, Enrique Pezzoni, a causa de una prohibición
municipal de la circulación del libro, era profesor en más de una escuela, y
tuvo que optar por el apellido Tejedor.
Otro de los editores/traductores con mejor olfato, Paco Porrúa,
acaudalaba hasta una última corrección, postergada siempre, títulos, por
ejemplo, de Bradbury, que bien sabía volver a bautizar en castellano, y que
cuando se publicaban llevaban el nombre de traductor de Francisco Abelenda. A
veces delegaba esa tarea en Marcial Souto.
Traductor “resistente” era José Luis Echeverry, a quien debemos los
tomos de Freud que hicieron tantos recorridos por las mesas de los bares de
Corrientes en los años de la dictadura. Se había impuesto que esa era la
traducción “correcta”, no la de López Ballesteros, que había congratulado en su
tiempo el propio Sigmund. La traducción directa del alemán de Echeverry venía
avalada por la Standard Edition en inglés, que habían trabajado Alix y John
Strachey, la cuñada y el hermano de Lytton.
Después, la de López Ballesteros recuperó la consideración de los
lectores, y el revisionismo volvió a instruir desde los tomos pardos de
Aguilar, elegantes y encuadernados. Las “épocas” y las modas duran menos que
las vidas, pero alcanzan a relevarse con mayor velocidad.
Nombre falso. Durante años, Guillermo Piro y yo estuvimos perplejos por
la traducción de Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence. En la
edición de Sur decía: “Traducción: R.A.” Fantaseamos que se trataba de Ramón
Alcalde, que tan buenas traducciones había hecho para la literatura argentina
en las ediciones de Carlos Lohlé, como La locura de un genleman y Las memorias
de un enfermo nervioso, de Schreber. Pero las que traducía, o las que había condescendido
a firmar, llevaban su nombre.
Hace poco emergió una nueva traducción de Los siete pilares, con el aval
territorial de un nombre muy admirado, Alfonso Reyes. Eso da R.A. al revés,
reduccionismo con ínfulas cabalísticas.
¿Habrá tenido tiempo el polígrafo mexicano, a quien buenos poetas
traductores (Juan Almela/Gerardo Deniz) encuentran culpable en algunas de sus
múltiples “traiciones” de tantos descuidos y desdenes por la verdad, y hasta de
“préstamos” transcritos sin mención del damnificado, de traducir la obra de
Lawrence entera y sin deterioro. ¿Será de veras él el exhumado? Piro dio una
vez con la solución verdadera del enigma cuando encontró la edición en francés
de la traducción de Sur muy anotada y subrayada por la propia Victoria, admiradora
confesa maltratada por Christopher Isherwood en The Condor and the Cows. La
traducción había sido tan mala que el acrónimo se impuso. Como ocurre con toda
revelación, esta se escapó rápidamente de su dueño.
Cuando tradujo La Odisea al inglés, Thomas Edward Lawrence solo se
atrevió a hacerlo como T.E. Shaw. Todo nombre falso es el inicio de una
genealogía de apócrifos . Hay quienes sostuvieron entonces que el padre
verdadero del heroico espía en disfraz agareno era George Bernard Shaw, algunos
de cuyos recursos irónicos el heroico espía en disfraz de agareno habría
remedado. No el de ser longevo.





