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martes, 9 de junio de 2026

Nueva traducción de Adan Kovacsics: la última novela de László Krasznahorkai

Con firma de Fernando Chávez Espinach, la siguiente nota, publicada en La Nación, de Costa Rica, el pasado 27 de mayo, refleja el interés despertado por la última novela traducida del último premio Nobel. En la bajada, se lee: "El nobel László Krasznahorkai publica en español Herscht 07769, una monumental radiografía sobre el colapso europeo escrita en una sola frase continua.

El truco literario del nobel László Krasznahorkai que desafía las reglas de la escritura una vez más

La obra del reciente Nobel de Literatura László Krasznahorkai acaba de sumar un nuevo título en español. La editorial Acantilado publicó Herscht 07769, una de las novelas más ambiciosas y comentadas del escritor húngaro, traducida por Adan Kovacsics, quien ha traído al castellano la mayor parte de su obra.

La aparición del libro llega pocos meses después de que Krasznahorkai recibiera el Premio Nobel de Literatura 2025, reconocimiento que consolidó internacionalmente a un autor considerado desde hace años una figura central de la narrativa europea contemporánea.

Su obra, célebre por las frases extensas, la densidad filosófica y una visión inquietante de la civilización moderna, ha sido asociada con cineastas como Béla Tarr, quien adaptó varias de sus novelas al cine, incluida Sátántangó.

Herscht 07769 continúa varias de las obsesiones del escritor: el colapso moral, la fragilidad del orden social y la sensación persistente de que algo está a punto de derrumbarse. La novela se sitúa en Kana, un pequeño pueblo de Turingia donde un grupo neonazi altera la vida cotidiana de la comunidad.

Allí vive Florian Herscht, un huérfano ingenuo y obsesivo que comienza a escribir cartas a la entonces canciller alemana Angela Merkel para advertirle sobre una inminente catástrofe universal.

La música de Johann Sebastian Bach aparece como una especie de refugio espiritual dentro de una narración atravesada por la paranoia, la violencia y el deterioro social. Todo ello desemboca en una historia donde también irrumpen misteriosos lobos en las afueras del bosque, reforzando la atmósfera casi apocalíptica de la novela, anuncia la editorial.

Uno de los rasgos más comentados del libro es su estructura formal: Krasznahorkai construye prácticamente toda la novela en una sola frase continua, sin puntos finales, en un flujo narrativo que busca transmitir caos, pensamiento y ansiedad.ç

La publicación en español también reafirma la relación de larga data entre Acantilado y el autor húngaro. La editorial ha publicado títulos fundamentales de su trayectoria, entre ellos Melancolía de la resistencia, Guerra y guerra y El barón Wenckheim vuelve a casa.

Más que una novela política en sentido convencional, Herscht 07769 elabora una radiografía del desconcierto contemporáneo: extremismos, miedo ambiental, aislamiento y una sensación de crisis permanente que atraviesa la vida cotidiana europea.




jueves, 23 de abril de 2026

Una entrevista con el traductor Adán Kovacsics

El pasado 19 de abril, el diario La República, de Lima, publicó una extensa entrevista de Gabriel Ruiz Ortega con el escritor y gran traductor Adán Kovacsis, quien acaba de publicar en la editorial española Acantilado un libro sobre su propia vida y su experiencia en la traducción.



“Hay todo un elemento irracional en la traducción que una herramienta tan racional como la IA no es capaz de resolver”

El recordado escritor español Javier Marías solía decir que una de las maneras en las que un escritor podía mejorar su estilo de escritura era traduciendo a los grandes escritores. La esencia de esta impresión es compartida por el escritor y traductor nacido en Chile, de ascendencia húngara y nacionalizado español Adán Kovacsics. Kovacsics, en su último libro, llamado Acaece, sin embargo, lo verdadero (Acantilado/título que se inspira en los versos del famoso poema del escritor alemán Friedrich Hölderlin, “Mnemósine”) repasa su vida y su relación con la lectura. El testimonio de vida de Kovacsics es muy importante; de alguna u otra manera, lo hemos leído indirectamente, ya que es uno de los principales traductores al castellano de los mejores escritores contemporáneos. A saber, pensemos en el último premio Nobel de Literatura, el húngaro László Krasznahorkai.

“La traducción ha sido esencial. Yo hice el bachillerato en Viena, hice la carrera universitaria en Viena, todo en alemán. Si yo me hubiera quedado en Austria, habría sido un escritor alemán. Lo que hizo que me apodere nuevamente del castellano fue la traducción. Mi castellano estaba languideciente. Hablaba castellano, por supuesto, pero solo con amigos y con mi hermana. Ese fue un primer camino hacia la escritura”, declara Adan Kovacsics para La República.

En 1967, los padres de Kovacsics decidieron regresar a Europa, más que nada por cuestiones de vida, no por razones políticas. Kovacsics tenía 14 años y su lengua era el castellano. Primero fueron a Hungría y luego se establecieron en Austria. Estos datos son claves para entender su trabajo. Kovacsics no solo es uno de los mejores traductores literarios del mundo, sino que también hay que subrayar que esa labor la ha llevado a cabo con autores de altísima exigencia literaria.

“Mi relación con la literatura es eterna. Mi padre era un gran lector; nuestra biblioteca en Chile era inmensa. En Austria también. La lectura siempre ha sido parte de mi vida. Leía a Thomas Mann a los 15 años. También a autores húngaros, chilenos y españoles. Yo crecí con varias lenguas; la traducción estaba en mi mente permanentemente. Durante mucho tiempo escribía y no tenía la idea del libro, es decir, escribía porque me nacía, no pensaba en publicar. Quien me dio el empujón para publicar fue el editor español Jaume Vallcorba de Acantilado”, precisa Kovacsics. Al respecto, hay que subrayar que, en el imaginario literario en castellano, la editorial Acantilado, junto a otro puñado de editoriales, ha sido determinante en la formación de lectores exigentes (así suene a pose lo dicho).

En los años 80, Kovacsics empieza a traducir y no niega a su maestro, más bien le rinde homenaje: “Mi maestro fue un peruano, fue Juan del Solar. No me canso de decirlo. Cuando lo conocí, él vivía en Sitges. Cuando llegué a España, fui a buscarlo. Uno de los primeros libros que traduje era de Lou Andreas-Salomé. Mi esposa, la poeta Cristina Grisolía, Juan y yo éramos muy unidos. Juan revisaba mis primeras traducciones. Entre lo que había hecho y lo que salía publicado al final había un trecho largo. Yo traduzco como él me enseñó”.

Así como existen pocos autores capaces de decir que han cumplido (nos referimos a logros reconocidos por la crítica y los lectores) con la literatura, esta misma idea del mismo modo se podría proyectar en los traductores. Como indicamos líneas arriba, Kovacsics tiene en su haber varios gigantes. Al premio Nobel de Literatura 2025 sumemos el del año 2002, el también húngaro Imre Kertész. Al respecto, Kovacsics dice: “Hay un largo camino recorrido y yo sí siento que he cumplido con algún cometido, del cual al principio no era consciente, y eso es lo que hace más bello todo. Siento que mi misión fue traer al ámbito de la lengua española el mundo literario, cultural e intelectual, y la sensibilidad también, de Centroeuropa. He traducido a autores conocidos como Kafka y también a desconocidos. Yo sigo traduciendo, pero ya no como antes; estoy traduciendo a los autores que ya he traducido. A László Krasznahorkai lo conozco desde hace muchos años; el primer libro que traduje de él fue Melancolía de la resistencia. Me alegré cuando ganó el Premio Nobel de Literatura”.

Traductores como Kovacsics, que se enfrentan a portentos en donde se reúnen muchas referencias culturales, tienen que estar en un contacto permanente con la lectura. Así suena duro; cualquiera no puede traducir a los autores que ha traducido. “De ninguna manera. Hay que tener un abanico cultural muy amplio. Cuando un autor siente que está ante un buen traductor, que no solo sabe o domina el idioma, lo tranquiliza porque sabe que el traductor va a poner en otra lengua lo que ha querido decir”.

Kovacsics es de los pocos que nos pueden decir hacia dónde va la traducción en tiempos de IA y Google Translator. ¿Basta poner a László Krasznahorkai, Imre Kertészy Stefan Zweig en Google Translator, por ejemplo? “Hace poco di una charla en Granada, que se llamó “La traducción es un deseo”. Hay un deseo esencial de apropiarte de un texto literario a través de la traducción. Puede ser un poema de Leopardi, que lo trasladas del italiano a tu lengua. Ese es un deseo que no lo hace la IA. Es decir, traducir es hacer. Tú rehaces un texto, tú rehaces una novela, tú rehaces un poema a través de la traducción. Hay un deseo de leer, de apropiarte de un texto a través de la lectura, y hay un deseo de apropiarte de un texto a través de la traducción. Eso sigue vivo. Pensemos en la Divina Comedia. Supongamos que la IA traduce la Divina Comedia, que la pone en rima. ¿Qué saldrá de eso? No será lo mismo que la traducción de Ángel Crespo o la que hizo José María Micó, que no mantuvo la rima, pero sí el hexámetro, y salió una traducción maravillosa. Esto no lo hace la IA. Hay todo un elemento irracional en la traducción que una herramienta tan racional como la IA no es capaz de resolver”.

Acaece, sin embargo, lo verdadero, es un libro libre en discurso. En él, nuestro autor combina ensayo con narrativa. En estas páginas están presentes muchos autores, en especial centroeuropeos; también hay factores históricos que han ligado a Kovacsics con Europa central. Pero la publicación es, en su base, una celebración de la amistad con Imre Kertész. A ello, consignemos el respiro que la recorre y este no es otro que el de la poesía. “La poesía es la fuente de la literatura. Hay narradores natos que tienen prosa poética. Un narrador es distinto cuando tiene en su escritura la presencia de la poesía. La poesía te saca del lugar común, de lo trillado. La poesía está presente también en mi traducción. La palabra inicial siempre es poética”.

Esta lectura nos deja una certeza. Una gran certeza, en verdad. La literatura es un refugio para estos tiempos convulsos y rápidos.

Al respecto, Kovacsics dice: “La literatura es un refugio, pero no para huir, sino para que acaezca lo verdadero. La verdad de la vida se manifiesta en la literatura. Lo que va a quedar, como dice Hölderlin mismo, lo fundan los poetas. Lo que quedará, por ejemplo, de la experiencia del Holocausto, será la literatura. Lo que quedará estará en la literatura, no en otras partes, no estará en las ondas que vemos ahora”.

Entonces, de acuerdo con lo dicho, la literatura nos ayuda a no contaminarnos de lo que pasa hoy en el mundo. “Exactamente como lo dices”.

miércoles, 5 de junio de 2024

La vigencia de Kafka, según sus traductores

"Alberto Gordo y Adan Kovacsics dicen a La Razón que lectores continúan identificándose con ese poder inaccesible que comenzaba a gestarse en el siglo XX; comparten visiones de La metamorfosis, El proceso y El castillo." Tal es la bajada de la nota publicada pasado 31 de mayo, por Adriana Góchez, el en el diario mexicano La Razón

Centenario de Kafka, escritor que sigue hablando al presente

El mundo actual podría definirse como muy kafkiano, porque está envuelto en una realidad absurda, donde el poder es inaccesible y existen situaciones delirantes, propias de una obra del escritor Franz Kafka, quien supo reflejar y advertir las consecuencias del capitalismo, de ahí que siga tan vigente un siglo después de su muerte, centenario que se conmemora el 3 de junio.

En lo anterior coinciden los traductores Alberto Gordo y Adan Kovacsics, quienes en entrevista con La Razón consideran que el autor nacido en Praga continúa hablándonos en el presente.

“Fue el primero en plasmar ese mundo. Esa exposición del individuo a un poder inaccesible, arbitrario, la relación con la comunidad, las leyes inaprensibles, pero siempre presentes, todo eso es el mundo kafkiano”, compartió Adan Kovacsics, premiado en España y Austria por sus traducciones.

En La metamorfosis, Kafka lleva a los lectores a vivencias delirantes, pero no lejanas a la cotidianidad, como lo que vive Gregorio Samsa, quien despierta convertido en un insecto y su primera preocupación es no faltar a su trabajo. En el mundo real de quien lee, nadie se ha transformado en bicho, pero, ¿quién no se ha angustiado por cumplir con su labor en medio de una tragedia?

“Es una cosa muy de Kafka ser capaz de representarte el absurdo de la sociedad, porque qué cosa más absurda que mañana te caigas por unas escaleras, estés a punto de matarte, te ingresen y lo primero que pienses al día siguiente es ‘¿qué le voy a decir a mi jefe?’.

"A través de un relato como La transformación (La metamorfosis) es tan patente que la relación de Samsa es netamente absurda, no se altera porque esté de repente convertido en un bicho, sino ante la posibilidad de llegar tarde al trabajo, nos está mostrando algo mucho más complejo, lo absurdo de nuestras relaciones ante determinadas cosas… A veces nuestra realidad es absolutamente kafkiana y absurda”, comentó Alberto Gordo, traductor de Cuentos completos (Páginas de Espuma, 2024).

La metamorfosis, ha apuntado Juan José Millás en el prólogo de la edición de Nórdica Libros, si bien “a primera vista” es un “relato sencillísimo”, en el que “podría penetrar un adolescente cuya biografía lectora acabase de comenzar”, es a su vez, un relato complejo.

En El proceso y El castillo, obras póstumas publicadas por el amigo de Kafka, Max Brod, el autor se centra en alertar sobre ese poder al que los individuos y comunidades cada vez menos van a acceder. Además de presentar a personajes destinados a vivir en la imposibilidad de lograr sus objetivos.

“Sus obras están relacionadas con el poder y la dependencia, son elementos que no caducan, hoy se puede identificar con los poderes a los que estamos sometidos en el sistema capitalista, ese poder que no es tan identificable como antes, pero está ahí y nos somete, nos hace realizar lo que tenemos que hacer todos los días, dependemos de alguna manera de él, acertó a preverlo”, apuntó Alberto Gordo.

En lo anterior coincidió Adan Kovacsics, para quien ambas obras nos presentan este poder sin rostro que surge en el siglo XX. “Por eso resulta también cercano a los lectores de nuestro siglo, ésa es la enorme trascendencia de la obra de Kafka, logró interpretar por adelantado lo que ocurriría en las décadas siguientes, ese poder anónimo, burocrático, individuos puestos en ese poder arbitrario, incomprensible.

"Es importante ver que en Kafka no es el individuo el que está luchando contra un poder, sino que es la ley de la comunidad frente al individuo la que lo enfrenta”, comentó.

Kovacsics consideró que de los grandes autores del siglo XX, Kafka es el que más cercano ha estado a los lectores.

“Está más cercano a nosotros, es decir, de estos grandes autores del siglo XX, como Thomas Mann, James Joyce, Marcel Proust, el que más resalta es Kafka, por ese poder visionario que tenía. Luego también hay un aspecto casi estilístico, muy puro, no hay escritor tan transparente en su escritura como él, es curioso que su obra es muy enigmática, pero al mismo tiempo transparente”, comentó el traductor.

Aunque por mucho tiempo el también autor de América fue leído con solemnidad por la proyección que dio al mundo su amigo Max Brod, al crearle una personalidad dotada incluso de cierta religiosidad, en los últimos tiempos se ha reivindicado el humor que está presente en las obras de Kafka, lo cual ha contribuido a entender de otra manera sus textos.

“El humor atraviesa toda su obra, pero es un elemento que se ha soslayado a lo largo de muchos años, a partir de una interpretación que viene de Max Brod, quien empieza a crear esa imagen de Kafka como una especie de santo laico, un sacerdote de sotana raída, la cual contribuye que a Kafka se le lea con cierta solemnidad, cuando era una persona a la que le gustaba reír.

Esto se traduce en su obra, está el elemento lúdico en sus primeros cuentos, luego la ironía, un humor negro y después un humor absurdo”, remarcó Alberto Gordo.

Adan Kovacsics, para quien la gran narrativa siempre es cómica en el fondo, en Kafka este aspecto está siempre. “Hay escenas realmente hilarantes en El proceso, El castillo, La transformación o La metamorfosis, escenas cómicas.

"Se sabe que cuando leía sus textos le daba un ataque de risa, porque le resultaban cómicos”, añadió. Sobre este humor, incluso el escritor Manuel Vilas ha dicho que “Kafka es un luto cómico”.

Acerca de su estilo, Alberto Gordo ve en Kafka, “una originalidad radical” y Adan Kovacsics, una separación total del XIX que le permitió “una escritura totalmente nueva, muy del siglo XX”.

“Era muy minucioso y se nota al traducirlo, buscaba la precisión, siempre sus frases dicen más de lo que parecen decir en una primera lectura, muchas veces lo que parece absurdo, que no tiene sentido, sí que tiene un sentido; buscaba no escribir superfluamente, nada es gratuito, era llevar la historia hacia donde quería llevarla, eso forma parte de su estilo”, apuntó Alberto Gordo, quien también resaltó que el autor tuvo un proyecto literario muy concreto y eso se refleja en los textos que publicó, pero también en lo que no quiso que llegara a los lectores.

INFLUENCIA EN AMÉRICA LATINA
Los textos de Kafka llegaron a Latinoamérica en el siglo pasado y no tardaron en tener a grandes admiradores, entre ellos, el escritor Jorge Luis Borges, quien consideraba que los relatos del autor eran auténticas pesadillas; Gabriel García Márquez, quien tuvo su primer acercamiento con La metamorfosis, y Augusto Monterroso, quien concibió “La cucaracha soñadora”.

El argentino Ernesto Sábato consideraba que Kafka era uno de los "más originales escritores de todos los tiempos".

Para autores contemporáneos como Pergentino José (Oaxaca, 1981) es un referente. En su libro Hormigas rojas (2023) reconoce algunos elementos kafkianos.

"He tratado de tomar algunas cuestiones de Kafka, el efecto de extrañeza, de angustia, tratar de que no se vuelva una literatura fantástica sino donde hay una alteración de hechos. En hormigas rojas están estos elementos muy kafkianos de los ambientes y de la angustia", dijo a La Razón el autor, quien considera que los ecos de Kafka también pueden encontrarse en Josefina Vicens, en El libro vacío, sobre un personaje que intenta escribir un relato que nunca acaba; y en Yuri Herrera.

jueves, 23 de junio de 2022

Una charla sobre literatura con Adán Kovacksics

El el pasado 16 de junio, Ariana Harcwicz y Ariana Sáenz Espinosa publicaron en la revista Letras Libres un diálogo que mantuvieron con el traductor Adán Kovacsics. En la bajada de la nota se lee que se trata de “un referente en el ámbito de la traducción. Nacido en Chile y de ascendencia húngara, ha vertido al español la obra de Imre Kertész, Karl Kraus, y László Krasznahorkai, entre otros. Por esta labor recibió en 2009 la distinción Pro Cultura Hungarica del gobierno de Hungría, y en 2010 el Premio Nacional a la Obra de un Traductor del Ministerio de Cultura español. En esta plática, recorre la distancia entre el alemán de Kafka y un concierto de la Filarmónica de Leningrado”.

“La palabra víctima es una palabra de la cultura de masas”.

Hannah Arendt cuenta en un ensayo sobre Walter Benjamin que nada lo atraía en Estados Unidos. Solía decir que lo único que lo esperaba allá era que lo arrastraran de un lado a otro, exhibiéndolo como el “último europeo”.

Benjamin se suicidó en el pequeño municipio de Portbou, Comarca del Alto Ampurdán, no tan lejos de Vilanova i la Gertru. Ir a Vilanova, ciudad costera que nunca antes habíamos oído nombrar, no era solamente ir a conocer al escritor y traductor Adan Kovacsics, era ir al encuentro de Imre Kertész, de Kafka, de Klemperer, de Ingeborg Bachmann, por solo citar algunos de los escritores que como fantasmas imaginábamos reunidos bajo el sol y las palmeras de esa pequeña ciudad. También era convocar a Kovacsics como testigo y passeur del legado literario y filosófico de una Europa en destrucción.

El tren avanzaba desde Barcelona hacia Vilanova mientras conjeturábamos cómo sería el paisaje en el que se reescribe, se traduce, todo el horror acumulado en el siglo XX. Al bajar en la pequeña estación vimos un señor muy alto de sombrero negro, pañuelo atado al cuello, y tuvimos la impresión de ver al último europeo de pie en esa ciudad balnearia. Caminamos juntos mirando edificios para obreros construidos hace medio siglo, ventanas cerradas, túneles. Aquella ciudad balnearia apacible, con esa brisa de mar y niños jugando, era el paisaje elegido para traducir, para escribir las fosas comunes, los hornos crematorios, la desgracia de las torturas en las oficinas de la Gestapo y la Stasi. Ese paisaje era donde se producía la fuerza de la lengua. “El lenguaje es más que la sangre”, escribe Franz Rosenzweig, una frase que Klemperer retoma en el epígrafe de su diario.

Nos detuvimos en un hotel blanco con piedras celestes de estilo griego donde dejamos valijas con libros, las habitaciones de hoteles son tentadoras para el encierro de la escritura. Nos sentamos los tres, muy cerca del mar, a tomar café con leche rodeados de familias. Había algo anacrónico en la elección de Adán Kovacsics, traductor monumental y de una discreción absoluta, artista retirado del centro, aislado en la ciudad menos pensada para traducir las obras más desgarradoras de los siglos XIX y XX. En el camino de regreso lo imaginamos escuchando los últimos movimientos de Beethoven mientras afuera nadie, ni una sola persona allí recuerda la Hungría de 1942 o los suicidios con cianuro. Ahora que han vuelto los fantasmas de la guerra, la presencia de un solo hombre convirtió para nosotras Vilanova en un oasis.

ARIANA SAENZ ESPINOZA (ASE): Juan José del Solar vivía acá.
ADAN KOVACSICS (AK): En Sitges, era un gran traductor.

ASE: Es un refugio para los traductores que toman como “misión”, traducir todo ese legado espiritual occidental, ¿no?
AK: Yo traduzco a Canetti porque Juan José Del Solar empezó a traducir Canetti, yo traduzco a Kafka, porque él empezó a traducir a Kafka, después murió. Del Solar y yo decíamos que traducir a Kafka es como tocar Mozart al piano, porque si metes la pata, se nota mucho, mucho más que si estás tocando Liszt. A Liszt lo podés esconder, tapar, pero en Kafka cada palabra está rodeada de pureza.Aunque Kafka escribiera apuntes, cartas, relatos o novelas, todo lo que escribía salía de una misma fuente, absolutamente literaria y pura. Yo traduje todas las cartas de la primera parte, de 1900 a 1914, incluyendo gran parte de las cartas a Felice Bauer.

ASE: Había una especie de vampirismo en esa correspondencia con Felice, ¿no?
AK: El otro proceso de Canetti habla de eso, del vampirismo, de la necesidad de Kafka de hacerle escribir a ella. La había visto una sola vez en la casa de Max Brod y luego se estableció esa relación epistolar, lo que él necesitaba, lo que lo alimentaba era la correspondencia, las cartas, verla no le importaba un pepino. Con Milena fue diferente, era otra relación, había otro nivel intelectual, la torturaba menos. Fue más breve con Milena, más intenso, y en las cartas de su última amante, Dora Diamant, al parecer desaparecieron todas, fue todo hermoso con ella, lo acompañó hasta la muerte.

ASE: Uno de los traductores franceses de Kafka, Robert Kahn, fallecido en el 2020, dos o tres meses después de que se publicara la primera edición completa de los diarios de Kafka en su traducción, dijo que la traducción de Marthe Robert es muy hermosa pero que lo tradujo como si Kafka fuera francés, ignorando esa frase: “Soy el invitado de la lengua alemana”. Kahn quiso que se oyera en su traducción esa especie de..
AK: De distancia, ¿no? Eso que es lo extranjero, lo extraño en Kafka se manifiesta en esa llegada a un punto casi de neutralidad con el lenguaje. No hay casi ninguna contaminación local, sí hay elementos praguenses. Felice Bauer se reía de él porque esas fórmulas del alemán que él tenía eran de Praga, no del alemán del Reich, digamos. Pero habría que ver cómo hablaba Kafka, no hay grabaciones, por supuesto no podemos saberlo.

ARIANA HARWICZ (AH): Eso es algo que siempre me intrigó, cómo traducir a un autor sin saber cómo habla y al revés, cuánto puede ayudar escucharlo hablar, pensar.
AK: Una vez llamé por teléfono a un germanista praguense, le dije: oye, tengo que dar una conferencia, dime cómo hablaba Kafka, y entonces me dijo, tú escucha en internet a un escritor praguense que escribe en alemán, Johannes Urzidil, bueno, Kafka hablaba así. El alemán de Praga era un alemán muy especial porque era un grupo social muy cerrado, homogéneo, formado por burócratas del Imperio, comerciantes judíos, adláteres, universitarios, profesores y poca cosa más, era esa clase rodeada de checos. Era un alemán al mismo tiempo muy refinado pero sin mucha contaminación social, local, rural. En Kafka encuentras un lenguaje muy puro, muy neutro, y eso es lo extranjero en él.

AH: Me interesa mucho eso que decís porque hace un tiempo estaban tan de moda esas literaturas del auge de lo cosmopolita, del auge del internacionalismo, de la diversidad lingüística como operación principal de esas obras, en esa mezcla de jergas y técnicas. Hay escritores que legítimamente arman su lengua en esa operación, como Copi, pero muchos otros son productos de una demanda, de un interés político, del mercado, o lo hacen como una demostración, como pura destreza. En cambio, la tesis kafkiana no se trata de esa forma de extranjerismo.
AK: Claro, es todo lo contrario, su asimilación al alemán se manifiesta como algo pulcro, puro. En los apuntes de Canetti se ve con claridad de quiénes se nutría Kafka desde el punto de vista literario, lingüístico: de Kleist, por ejemplo, Grillparzer o Flaubert, de Robert Walser.

ASE: ¿Pero esa forma de pureza tenía un impulso místico, una visión del lenguaje elevada?
AK: Yo lo que he notado en él es que ningún lector alemán, sea de donde sea, del norte de Italia al norte de Alemania, se sentirá extraño en el lenguaje de Kafka. Lo que sentirán como extraño es otra cosa, es su frialdad, su violencia contenida, pero no es un tema con el lenguaje.

AH: “No es un tema con el lenguaje”. Cuando traducís a Kafka ya tomás en cuenta esa relación única que tiene Kafka con el alemán.
AK: Hay que traducir con mucha precisión, ahí no hay subterfugios posibles, eso de afrancesarlo por ejemplo,no te lo permite Kafka. Así como otros autores…
AH: Kertész por ejemplo.
AK: Claro, es todo lo contrario, su asimilación al alemán, muchos me lo han dicho, porque para ellos Kertész escribe un húngaro-alemán, y eso en él es muy consciente. Él no se nutría de autores húngaros, leía a Thomas Mann, a Camus, a Canetti, a Thomas Bernhard, que en un período es esencial para él. Textos como Kaddish por el hijo no nacido o La bandera inglesa, no se entienden sin el padrinazgo de Thomas Bernhard. Él lo dijo muchas veces, que le debe su repercusión al alemán.

AH: No al Kertész traductor, sino a sus traducciones al alemán.
AK: No hay un gran volumen de sus traducciones. Tradujo a Canetti, a Freud, a Joseph Roth, a Wittgenstein… Él trasciende como escritor, sus traducciones fueron publicadas destacando su importancia como escritor.
AH: El traductor como sombra del autor, en una misma persona.

ASE: ¿Quién leía a Wittgenstein en esos años en Hungría?
AK: La intelectualidad húngara era muy despierta, muy deseosa de conocer, imagínate un país que tiene una lengua tan rara, cómo está pendiente de cualquier cosa. ¡Conocían a Joyce antes que los irlandeses!

AH: Nosotras queríamos hablar de música.Rilke decía algo como que la música es el lenguaje por el que todas las lenguas acaban. Cuando traducís a Klemperer, Ingeborg Bachmann, a Kraus, a Zweig, ¿tomás en cuenta la relación musical?
AK: Depende a quién, cuando traduzco a Kertész sí. Para él la música es muy importante. Él no escribía, él componía sus obras, el tema de la composición es esencial en su obra literaria. Cuando él no llegaba a componer, se sentía muy frustrado. En La última posada él quería escribir una novela sobre la vejez al modo de los últimos cuartetos de Beethoven o al modo de los últimos cuadros de Turner, ¿y qué salió de todo eso? La última posada, que es un libro de la descomposición, pero no llegó a configurar su deseo.

AH: ¿Por qué crees que no pudo lograrlo, por qué no llegó?
AK: Por su enfermedad, por la dispersión a raíz del Premio Nobel. Él lo llamaba “una catástrofe de la felicidad”, Glückskatastrophe, deseaba volver a ese punto de anonimato que le permitió escribir Sin destino, Kaddish. Me decía: yo quiero volver a traducir, pero no porque quisiera volver a traducir. Lo que él quería era volver a ese punto en el que era un autor desconocido, volver a tener toda la libertad del mundo.

AH: En Kertész no había impostura, él de verdad quería volver a algo que es esencial, la condición marginal del escritor, aunque el Nobel también lo hubiera ayudado a legitimarse.
AK: Él deseaba la repercusión, eso le abrió las puertas al recibimiento en Francia, en Alemania, lo halagaba, él era muy abierto, lo llamaban por teléfono a toda hora, ¿te podemos hacer una entrevista? ¡Venga la entrevista! Pero se sentía mal porque mientras hacia las entrevistas, no escribía.

AH: Kertész decía: “El escritor hoy no llega al lenguaje, no encuentra hoy la formulación grandiosa de las grandes cosas”. Eso me interpela porque desata la pregunta sobre las condiciones en las que escribe el escritor contemporáneo. Kertész ya percibía la decadencia de hoy.
AK: Él percibía que se ha perdido la grandeza. Se ha perdido la búsqueda de las grandes preguntas del ser humano, eso que era lo que ocupaba siempre a la literatura, ahora se ha vuelto más pequeño, más particular. Eso es algo que Kertész veía, falta le grand style, del que hablaba Nietzsche, l’harmonie entre les forces. Kertész lo anhelaba, el vio eso en los 90. Por eso es importante su decisión, en la que yo insisto mucho y a veces no se me entiende, una decisión por la literatura, y no por la escritura memorialista. Por el arte, porque él estaba convencido de que solo allí se podía grabar y registrar lo ocurrido en los campos

AH: Pero esa no concesión en aquella época en Hungría fue una lucha.
AK: Era casi imposible lo que él pretendía, solo se podía “contar” lo ocurrido.

AH: Él dijo: “Mientras Hungría no quiera saber, no quiera asumir, y haga su autojustificación victimista, mientras no haya una conciencia húngara de las deportaciones, yo, autor del Holocausto, no puedo ser húngaro”. Esa posición política marca una ética. Hoy supuestamente las literaturas son políticas, hoy en plena politización de la escritura, la paradoja que veo es que no determinan una posición ética.
AK: Es que la politización de las literaturas hoy es precisamente lo limitante, porque se sitúan dentro de un espectro, de un rango. Kertész no se situaba dentro de ningún partido político, su eje está en la decisión por el arte y nunca dejar atrás la búsqueda del lenguaje de la experiencia, no dejarse avasallar por un lenguaje artificial, no dejarse avasallar por el lenguaje de la cultura de masas que habla del Holocausto, por ejemplo, aunque él use esa palabra, pero ese nombre sacro no refleja en absoluto lo que realmente ocurrió y él es consciente de ello.

ASE: Cuando decís que tomó el camino del arte es un poco proustiano, ¿él tenía elección? Era eso o liquidarse, volverse loco. Kertész opta por una ética invivible.
AK: Otros también se decidieron por la literatura, en el caso de Celan, de Jean Améry. Justo los suicidados. Kertész le dio muchas vueltas al suicidio.

ASE: En Liquidación dice: “El estado siempre financió la literatura para liquidarla”. Al final es lo que hizo el Estado con la sucesión de su obra.
AK: Eso es algo que me duele mucho, me duele no haber sido yo más decisivo en ese momento. Haber dicho: esto no es lo que se habló, era crear una especie de comité, de grupo que se ocupara del legado. Pero intervino una fundación en los últimos días de la vida de Magda [Ambrus, su viuda], le hicieron firmar un contrato y cedió todos los derechos a esa fundación. Ya no queda ningún hilo que una el legado de Kertész, conocedores de su obra, cercanos a él, con la institución.

AH: Hay algo como un trauma ético, un destino trágico finalmente, en que su obra esté en manos del oficialismo, del gobierno, del nacionalismo, todo lo que él y su escritura han combatido.
AK: Pero en sus últimos años de vida, al final, él se dejó llevar, y no hizo nada para evitarlo. Como cuando recibió el premio a la máxima condecoración de Hungría, no recuerdo su nombre, y ahí hubo bastante sufrimiento, hubo gente que se distanció de él, como su amigo el pianista András Schiff, que le escribió una carta en la que rechazaba que aceptara ese premio y cortaba la relación.

AH: Yo no sé si llamar a Kertész un autor anticontemporáneo por su lucha contra la victimización, esta lucha contra la tergiversación. Él había dicho algo como: “Si los personajes que escribimos son solo víctimas, son totalitarios porque se les sustrae la voluntad”.
AK: Él rechazaba la palabra víctima, la consideraba una palabra de la cultura de masas, que no reflejan con precisión lo que realmente ocurrió.
AH: Una distancia enorme con la utilización de la palabra victima hoy en la literatura.
AK: Hay que leer mil veces el final de Sin destino y de Kaddish, ahí está la radicalidad mayor, analiza y refleja y ayuda a la persona que se quiere ver a sí misma con radicalidad, sin concesiones. Yo creo que es un tipo de escritor que ve el final cuando escribe: si realmente hay composición, sabes a dónde vas. En Kaddish todo el in crescendo, desde el NO, como el comienzo de la Heroica, No, No, todo hay que mirarlo desde el punto de vista musical, y luego los dos clímax, dije a mi mujer, dije a mi mujer, No, todo eso es musical.

AH: Céline decía que el oficio del escritor se paga con la muerte. Es casi una labor carcelaria. Hay algo hoy en esta Europa que vivimos sin épica, de decadencia, sin grandiosidad, como un clima pretotalitario.
AK: Ese clima es el de Fiasco. Lo que va a pasar ya está allí.

ASE: Al final siempre es una relación con el tiempo. Proust, por ejemplo, elije la literatura antes que la vida, o la vida en la literatura. Kafka también tenía una visión profética respecto del tiempo, como se puede leer en una carta que le escribe a Milena de 1922. El ser humano, escribe, siente lo “fantasmagórico” en la humanidad y los seres humanos; para luchar contra esa especie de vampirismo, lo espectral, se mandan cartas. Pero el mensaje ya no llega al destinatario, llega vacío, no llega, la caída está consumada y el mundo está poblado de fantasmas que “beben los besos escritos hasta la última gota”. “Los fantasmas no morirán de hambre pero nosotros pereceremos”. Kafka ya había vislumbrado esa alineación del tiempo que estamos viviendo con la comunicación rápida, esa relación infectada que tenemos con el tiempo. En Sin Destino, Imre Kertész descompone minuto a minuto, quizás porque él también sentía que su tiempo estaba contado. Cada minuto era vivido como un indulto.
AK: Claro, exacto, lo más sencillo que te puedo decir de su obra es cómo vivir con la experiencia de Auschwitz a cuestas. Así de sencillo, y eso es “no vivir”. Él a veces, eso también lo dice en El espectador, y también en Kaddish, está agradecido por haber tenido esa experiencia tan grande que lo distingue, lo diferencia de otras personas
AH: Esa incongruencia es su singularidad.

ASE: ¿Y esa es la felicidad de la que habla al final de Sin destino?
AK: Bueno yo creo que ese es un tipo de felicidad. Ocurre que tú estás un año en ese lugar, en algún momento sientes felicidad, por algo, y eso hay que decirlo.

ASE: Sí pero Jean Améry, por ejemplo, en ese texto impresionante que es En las fronteras del espíritu, cuenta el sentimiento de euforia que vivió el día en que tuvo la ocasión o la “suerte” de poder comer sémola en Auschwitz. De repente sintió como una euforia muy intensa, pero rápidamente se empezó a dar cuenta de lo sospechoso, lo dudoso que tenía ese sentimiento de felicidad que al final se degradó.
AH: Jean Améry fue más lejos que Kertész. Desconfía incluso de ese minuto.
AK: Bueno en Améry está este otro factor, la pérdida de confianza en el mundo. Escribió un texto sobre la tortura. Allí dice que una vez que fue torturado pierde la confianza en el mundo, mientras que en Kertész esa confianza no estaba y estaba a la vez. A Kertész siempre lo vi como una persona de dos caras, pero no en el sentido abstracto como Dr. Jekyll y Mr Hyde, no, ¡yo lo veía! Estábamos aquí sentados, él se reía, y de pronto le veía la cara y se le había ensombrecido, pero se le había ensombrecido de verdad, porque tenía esa otra cara. Había confianza, alegría y vitalidad en él, y luego al mismo tiempo esa otra cara que era pura sombra.

AH: A mí lo que me impresiona es la frase que leíste hoy, que leímos en el tren. Bueno, obviamente que la tradujiste vos, Adán: “de Sócrates a Heidegger […], la cultura europea no vale nada sin la sombra del Holocausto, porque es esta sombra que mantiene con vida. ¿Qué? La Ley.” Ley con mayúscula. ¿Qué Ley?
AK: La ley ética. Quiere decir que, desde la experiencia del Holocausto y de su rescate en la literatura, en el ensayo, etc., en la conciencia de los pueblos donde hay un consenso en torno a que aquello fue un crimen, ese hecho constituye un eje para la Ley, para la ética, el Bien y el Mal, distinguir lo que es bueno de lo que es malo. Eso en los años 90 él lo veía así. Yo creo que al final ya no lo veía tanto. Yo noté que fue cambiando, porque veía que la tendencia del mundo iba a peor. Él tuvo esperanza y al final quizás ya no.

AH: Te uso de profeta ahora, o de oráculo. Yo lo que observo de Europa, soy judía, hace 15 años que vivo en Francia, pero también he ido a Varsovia, a Bucarest, es que esa consciencia de la que él habla, que se logró y se “reparó” entre comillas tardíamente en Francia, está disminuyendo, se está desmoronando, deshaciendo, si es que no cayó del todo. Y no solo por atentados antisemitas, decapitaciones o ataques, sino porque queda patente en el discurso, es sombrío.
AK: Yo creo que él intuía que esto podía pasar.
AH: Pero ¿cómo se puede escribir, no? Porque él decía que escribe con esa consciencia.
AS: Tenía cierto humor.

AK: Bueno, ya saben que él escribía comedias musicales, eso es impresionante. Pero él no quería saber nada con eso, cuando se lo mencioné alguna vez no quería saber nada. Pero eso es extraordinario, porque uno dice Sin destino, o Fiasco, pero están las comedias… porque incluso, yo tengo apuntado alguna cosa, algo escribiré al respecto. Es decir, cuando él empieza a pensar en Sin destino, uno de los primeros títulos es “Vacaciones en el campo de concentración”. Que algo de eso hay en Sin destino. Y para mí, ese es el título de una comedia musical. Ese título le vino porque él estaba escribiendo comedias musicales.

ASE: La escritora y sobreviviente húngara Edith Bruck trabajó en teatros y cabarets, como actriz y bailarina. Se las tuvo que arreglar como pudo con sus traumas.
AH: Sus traumas en el cabaret.
AK: Él llegó a decir que eso lo salvó del suicidio, el hecho de vivir en una dictadura. Bajo la dictadura comunista, las heridas de guerra o los traumas de los sobrevivientes no eran tomados en cuenta, los campos de exterminio no eran nombrados como tal, eran “campos donde se liquidó a antifascistas”, la versión oficial era esa, no se hablaba de la deportación de judíos. Todo ese mundo en el que él se formó y se constituyó como escritor lo salvó del suicidio. Y por eso los que estaban en Occidente, con Jean Améry, Primo Levi, Paul Celan, Zweig, Marai, etc., se suicidaron.

AH: Eso es cierto, se suicidaron casi todos. Él estaba ahí con el veneno, pero no lo hacía, no pasaba al acto. Y también Ingeborg Bachmann, es otra cosa.
AK: Ella no se suicidó. Yo lo que sé, de fuente bastante cercana porque soy muy amigo de una amiga de ella, que por cierto fue quien me dio a conocer a la obra de Kertész, Christine Koschel, que luego fue la que se encargó del legado de Ingeborg Bachmann, dice que la muerte de ella fue un accidente. Ella estaba muy medicamentada, porque tomaba todo tipo desustancias, y eso fue lo que precipitó la muerte. Prendió un cigarrillo y se quedó dormida, se incendió la cama.

AH: No sé por qué nunca aprendí piano, ¿vos aprendiste?
AK: Aprendí piano, pero después lo dejé, curiosamente cuando me fui a Viena. Qué paradoja, lo aprendí en Chile, pero cuando llegué a Viena estaba muy agobiado por todo el cambio, tener que aprender alemán, y entonces lo dejé. Y después tuve un tiempo en el que quería volver, iba a la Academia de música, pero al final preferí la lengua y la literatura

AH: Para sortear la gran censura estalinista, los escritores cruzaban la frontera con los manuscritos, se aprendían de memoria las obras. Pero otra cosa eran los pianistas, que tenían que sortear la censura, pero tocando. Estaba el terror también cuando tocaban, la mano suspendida sobre las notas, justo antes de empezar el concierto, imagino en las butacas del fondo a los agentes secretos.
AK: Pero por ejemplo Grigory Sokolov, de alguna manera, se formó en ese mundo. Yo escuché a Mravinsky con la Filarmónica de Leningrado cuando todavía se llamaba la Filarmónica de Leningrado, y Mravinsky era una cosa extraordinaria, una sonoridad, una seriedad. Eso también Kertész lo dice, lo que se ha perdido es la seriedad. Es algo que me llama siempre la atención, se ha terminado la seriedad… lo que no quiere decir que no haya humor, pero es otra cosa diferente.

ASE: Porque va en contra del divertimiento. Leyendo un ensayo del húngaro Lázló Földenyi, que tradujiste por cierto, sobre la relación entre arquitectura y totalitarismo, arquitectura y muerte, pensé en Jean Améry. En En las fronteras del espíritu decía que lo vivido era una experiencia estética también. En Auschwitz uno ya no contaba con una experiencia estética de la muerte. Percibía realmente hasta qué punto la estética es importante en las representaciones que acompañan cada etapa de la vida, y ahí era una experiencia brutal que arrasaba con todo lo que uno podía conocer antes, como un gran teatro. Y lo dice Kertész en Sin Destino: esos veinte minutos desde la bajada del tren, cuando todavía llegan con todo su bagaje cultural, se bajan del tren, pasan la selección y en veinte minutos ya tienen el traje puesto y ya forman parte de ese teatro. Los espacios de la muerte viviente: Kafka, De Chirico y los demás, el ensayo que tradujiste del húngaro Lázló Földenyi, habla de una relación con la arquitectura y esa pretensión que tienen las civilizaciones en querer crear ciudades ideales, y advierte que en ese ideal o en ese plano arquitectónico hay un componente mortífero. Hoy pasamos bastante tiempo con la cara hundida en el celular viviendo una experiencia estética donde la vida también se diluye. Cuando decíamos dentro del arte que hay una posibilidad de salvarse o de vivir o de ser, bueno es una forma de resistencia, en realidad.
AK: Es una forma de resistencia, así es. Y hasta qué punto quedas inerme si te sales de esa resistencia y quedas totalmente expuesto, vendido, cuando te sales de allí. Y a todos nos pasa, porque de pronto nos salimos, porque no estamos eternamente resguardados por el arte o por esa dedicación y en ese momento quedamos expuestos. Hay que ser conscientes.

ASE: Pero en la música es distinto, cuando uno va a un concierto está totalmente tomado. Por ejemplo Wagner, que vos decís que no lo soportabas, pero Imre Kertész sí lo soportaba.
AK: A Imre le gustaba, era muy wagneriano, iba a la ópera y sí le gustaba. En Wagner no sé lo que le gustaba, aunque me explicara trescientas veces, nunca llegué a entenderlo. Yo creo que era esa grandeza, esa opulencia, era cosa para mí ampulosa, pero al mismo tiempo era la conversión de todo en arte. La concepción de Kertész del arte tiene un poco de la concepción del siglo XIX.
ASE: Es El mundo de ayer del que habla Stefan Zweig.
AK: Sí, viene un poco de allí. Pero transformado por la experiencia de Auschwitz. Ya no podía ser lo mismo, eso es así. Todo lo que escribimos ya no puede ser lo mismo desde entonces.

viernes, 19 de junio de 2015

"Los motores que impulsan al traductor"

Un texto de Adán Kovacsics sobre Carl Dallago, traductor de Lao Tse, publicado hoy en El Trujamán. 

Una traducción en la Primera Guerra mundial


Es sabido que al estallar la Primera Guerra Mundial una mayoría de poetas, escritores y, en general, intelectuales austríacos mostró un incontinente entusiasmo por la causa bélica y lo proclamó en cientos y cientos de poemas, artículos, crónicas, manifiestos y escritos de índole varia. No todos, sin embargo, apoyaron ese fervor guerrero. Conocida es la postura radicalmente contraria del satírico vienés Karl Kraus, que expresó en su revista Die Fackel. Menos conocida es la que se manifestó en otra revista: Der Brenner. En la primavera de 1915 publicaba un número especial que resultó ser una forma sutil de posicionamiento antibélico, a pesar de no contener ningún texto que pudiera definirse de forma directa como tal. Ahí estaban, por ejemplo, los últimos poemas de Georg Trakl —entre ellos Grodek—, o un texto de Sören Kierkegaard titulado, no de manera casual, «Sobre la muerte». Ahora bien, los dos escritos centrales, por extensos, de aquel número provenían de dos colaboradores habituales de la revista, Theodor Haecker y Carl Dallago. El del primero se titulaba «La guerra y los líderes intelectuales» y polemizaba contra el lenguaje periodístico, la verborrea belicista, la supresión del nexo esencial entre palabra, pensamiento y silencio y la consecuencia de ello: el crimen de la guerra.

El segundo texto es la traducción de Dallago del Tao Te King (o Dào Dé Jing). Carl Dallago (1869-1949), nacido en Bolzano, fue un crítico de la sociedad burguesa y a partir de los años veinte se opuso decididamente al fascismo y al nacionalsocialismo. Anticlerical, pacifista, amante de la naturaleza, su paisaje eran los Alpes, donde vivió siempre, tanto en el lado cisalpino como en el transalpino.

Su versión alemana del Tao Te King es una manifestación más del insondable mundo de la traducción (e interpretación) de la obra de Lao Tse (o Laozi). ¿Cuántas traducciones se habrán hecho en el siglo xx? ¿Más de doscientas? Sólo en inglés, su número supera los cuarenta. Al mismo tiempo, la versión de Dallago es también una muestra de uno de los motores que impulsan al traductor: la pulsión de absorber una obra, de apropiarse de ella a través de la traducción. A través de esta, Dallago hizo suyo el Tao Te King. En aquella época, tal pulsión se imponía a otras consideraciones y escrúpulos: por ejemplo, los que vendrían dados por no tener ni la menor idea del idioma chino. Para crear su versión, Dallago se basó en las traducciones de Richard Wilhelm, de Alexander Ular y de Franz Hartmann que, no obstante, le parecían insuficientes.

Lo animaba en su empeño, como a otros, la intuición de que el ser humano de una época inicial poseía un saber que nunca más se alcanzaría, presente en el pensamiento de Lao Tse, de Heráclito, de Pitágoras, de los Upanishads, de los profetas bíblicos. Era cuando el hombre tanteaba la puerta del ser. Ese hombre había desaparecido, y Dallago quería acercarse a él a través del Tao Te King. De ahí que escribiera en la introducción a su versión frases como las siguientes: «Al principio es la perfección» o «El verdadero progreso es regreso».

«Dos rasgos fundamentales de mi personalidad —escribía allí— me hacían particularmente sensible a él [a Lao Tse]: mi convicción de la futilidad de la multitud como tal, así como mi fe en algo grande que une y que está en el ser humano. La una está relacionada con la otra». Y: «La cohesión externa impide que cobre vida aquello que une». Había allí una clara alusión a cuanto estaba ocurriendo en el ámbito político y militar en aquel momento. Mientras se movilizaba a masas humanas para que se enfrentaran entre sí, Dallago se refería al Tao Te King como «el reflejo de una lejana vida modélica», la cual «proclama quinientos años antes de Jesucristo aquello que une a los hombres». Y Dallago explica también, en su introducción, hasta qué punto la realidad de la guerra impregnó su trabajo de traductor y la elección de sus palabras. Muestra su versión de la sección número 71 del Tao Te King, que dice así: «Cuando los hombres ya no se toman en serio la muerte, la vida les muestra su terrible seriedad» y la compara con las traducciones anteriores, en las que la muerte, esa realidad cotidiana de la guerra, no está presente. Él sí utiliza la palabra «muerte» y se refiere expresamente a cómo ha sido banalizada por el periodismo en aquellos años de conflicto bélico.

Como señala Dallago: «La verdadera paz… necesita capacidades mucho más elevadas que la guerra».

miércoles, 30 de octubre de 2013

¿Existe o no la diferencia?

Una columna del traductor chileno Adán Kovacsics (foto) publicada el 18 de octubre pasado en El Trujamán. Allí se vincula la traducción al acto de escritura, una de esas posibles polémicas a la que nos tiene acostumbrados la profesión.


Escribir-traducir

En una extraordinaria y deleitosa conferencia que John Rutherford pronunció hace más o menos año y medio en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona en el marco del encuentro «El Ojo de Polisemo», el traductor del El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha al inglés se refirió a las dificultades con que se había topado en su carrera cuando se trataba de valorar la labor del traductor, tanto en general como en particular. Contó como botón de muestra que, en un proyectado prólogo para su versión inglesa del Quijote, señalaba que él había «escrito la traducción» siguiendo estos y aquellos criterios. Envió su texto preliminar a la editorial, y su editora le respondió comunicándole que una traducción «no se escribía». A lo cual Rutherford le preguntó qué verbo había de utilizar si una traducción no se escribía (ni se cantaba, ni se susurraba, ni se inventaba, ni se volcaba). Si mal no recuerdo, la editora propuso entonces algo así como «producir», que fue la palabra que finalmente apareció en el prólogo. No sé si reflejo exactamente el hilo del relato del traductor de Cervantes, pero así se me ha quedado grabado en la memoria.

Sea como fuere, Rutherford no se encuentra solo al relacionar el «traducir» con el «escribir». Son varios los traductores y también los teóricos para los cuales no existe, o apenas existe, diferencia entre la escritura y la traducción. De tal manera, esta queda entrelazada, como debe ser, en el vasto tejido de la literatura, de la que forma parte intrínseca como un género literario más.

Sin embargo, no conviene empecinarse en esta equiparación, que podría acabar desdibujando ciertas especificidades de la traducción, su particular relación con las lenguas y con el lenguaje en general, el hecho de que requiera el conocimiento de como mínimo dos idiomas, adentrarse en ellos y palpar por esta vía el núcleo de las palabras.

Precisamente en el foco, en el abismal punto medio entre las dos lenguas se toca el logos, el orden del universo que se manifiesta en el lenguaje. La palabra «casi» existe en los idiomas porque existe un «casi» en el mundo, lo mismo que «ayer» y «crepúsculo» y «tensión» y «vértigo». Y la forma de ese «casi» que está en el mundo es lingüística, la forma de los hechos es lenguaje. Y esto es precisamente lo que hace posible la traducción, la cual de lo contrario ni siquiera podría existir, se convertiría en una vacua traslación de signos sin fondo, de señales que no señalan (lo cual, por cierto, en muchas ocasiones ocurre).

Se podría argumentar, eso sí, que cuanto acabo de sugerir rige en general para la escritura y que también en esta se manifiesta el orden del mundo que expresan las palabras. Pues sí... Y, ojo, puede que al final acabe siendo el escritor un traductor. De todas formas, es en la traducción, precisamente porque esta se mueve entre lenguas, donde el logos se atisba de manera más clara, incomparable e inquietante.