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lunes, 30 de mayo de 2022

Antonin Artaud, traducido en Chile

El pasado 20 de mayo, Pablo Retamal N. publicó en el diario La Tercera, de Chile, una reseña a una reciente antología de Antonin Artaud, compilada y traducida por Galo Ghigliotto para la editorial Alquimia, del editor Guido Arroyo. Puede leerse a continuación.


Poemas y una carta a Hitler: Artaud, la escritura que quema preguntas

 “Ahí donde otros proponen obras yo no pretendo otra cosa que mostrar mi espíritu”, fue lo que anotó Antonin Artaud al inicio del poema que abre su célebre libro El ombligo de los limbos (1925), como una especie de declaración de intenciones de su trabajo creativo, amén de su espíritu inquieto y exploratorio.

Nacido en Marsella, en 1896, Artaud fue uno de los escritores franceses relevantes de la primera parte del siglo XX. Poeta, sí, pero también ensayista, dramaturgo y escritor de interesantes cartas. Pero con él, pasa lo mismo que con otros escritores de antaño: su obra es difícil de rastrear debido a una dispersión editorial.

Hoy, la chilena editorial Alquimia Ediciones acaba de sacar a las librerías un volumen que contribuye a subsanar esa situación. Deriva Artaud, se llama, y compila poemas, cartas inéditas en castellano, manifiestos, ensayos, fotografías y otros escritos del francés, el mismo que inspiró el nombre del célebre álbum de Pescado Rabioso, de 1973. Los textos fueron traducidos por el destacado escritor chileno Galo Ghigliotto, quien además hizo el prólogo.

“La gracia particular de este libro radica en tres zonas: primero, la selección y el montaje de textos propuestos, se eligió una suerte de misceláneos de la obra de Artaud, desde sus poemas más comunes a cartas, manifiestos. Es un viaje. Otro rasgo es la traducción de Galo Ghigliotto, es muy distinto cuando un autor es traducido por otro escritor, por la sensibilidad estética de la traducción, en ese sentido, es un libro que fluye muchísimo en términos rítmicos”, señala a Culto el poeta Guido Arroyo, director de Alquimia Ediciones.

“Por último, este libro está acompañado de una serie de fotografías, está el pasaporte, los padres, la hermana, retratos, autorretratos –agrega Arroyo–. Pensamos un montaje visual que permite a los lectores y lectoras acercarse a la biografía de Artaud para potenciar este efecto de deriva. Es ideal tanto para la gente que quiera profundizar en algunas zonas de Artaud, como para lectores que lo quieran leer por primera vez”.

Consultado por Culto, Galo Ghigliotto –también director de Ediciones USACH– comenta qué fue lo más complejo de traducir de Antonin Artaud: “Es un escritor de gran profundidad, lo que le lleva a producir versos y frases medio espirales que giran muchas veces sobre sí mismas, haciendo que el sentido esté a punto de perderse. Pero no lo pierde. Ser fiel a esa velocidad de la idea en la frase, es un asunto no sé si complejo, pero al menos desafiante”.

Artaud fue un autor bastante arrojado. “Mi rabia no cambiará las cosas por completo / sí, las cambiará por completo / lo cual significa que vendré a ser lo que no dejo de lamentarme / de no haber sido”, anotó en su poema “Mi rabia” (1946); o en su manifiesto llamado “¡La revolución primero y siempre!” (1925) donde alabó a la Rusia de Lenin y criticó a los países occidentales, recientes vencedores de la Primera Guerra Mundial. Aunque sus dardos apuntaban a la superestructura sociopolítica. “Queremos proclamar, antes incluso de contarnos y ponernos a trabajar, nuestro desapego absoluto, y en cierto modo nuestra purificación, de las ideas todavía muy frescas que están en la base de la civilización europea e incluso de toda civilización basada en los insoportables principios de necesidad y deber”.

Ese rasgo de constante inquisición a su tiempo es algo que destaca Galo Ghigliotto: “Creo que Artaud presenta una escritura del ‘respondimiento’, es decir, nos presenta respuestas a una serie de preguntas que no podemos ver o que ya ha ‘calcinado’. En El ombligo de los limbos declara: ‘la vida se trata de quemar las preguntas’. Artaud viene a romper estructuras y luego explicar porqué lo hizo. Todo ese ejercicio de golpe y desintegración da como resultado una escritura llena de partículas diversas, polvo y fragmentos, que hacen tan valiosa su poesía, su dramaturgia, etc”.

Por su lado, Guido Arroyo opina: “Es una obra que carece de límites, tanto estéticos como temáticos. A la vez, es una escritura que siempre abordó áreas muy visitadas por la literatura occidental, tópicos como la muerte, el sentido de la existencia, los límites de las adicciones, pero siempre lo hizo desde una forma luminosa y profundamente original. Es una de las obras en que si uno logra ingresar y develar las capas estéticas que propone, el lector se vuelve un seguidor inapelable de la obra y eso lo vuelve muy atemporal”. 

Las habladurías del mundo

Entre los interesantes materiales que incluye Deriva Artaud, hay una carta que el francés le escribió al mismísimo Adolf Hitler, “posiblemente en septiembre de 1939″, se indica en el libro. La redactó a mano, en una época en que el Führer llevaba 6 años como canciller, ya había desplegado todo su poder para establecer el Tercer Reich, y además, son los días en que Alemania invadió Polonia, hecho que hizo estallar la Segunda Guerra Mundial.

La carta se quedó en los papeles que Artaud escribió durante su paso por el hospital siquiátrico Villa Evrard y nunca fue remitida a su destinatario. De hecho, el tono es bastante ambiguo, parte de ella señala:

“Naturalmente, querido señor, esto es más que una invitación: es sobre todo una advertencia. Por favor, siéntase a gusto de hacer como todo Iniciado de no tener en cuenta o de hacer como que no tiene en cuenta. Yo me guardo. ¡Guárdese!”.

También hay una carta a los rectores de universidades europeas, en 1925, publicada en la revista La Révolution surréaliste, en un modo emplazatorio. “Europa se cristaliza, se momifica lentamente bajo las bandas de sus fronteras, sus fábricas, sus tribunales, sus universidades...La culpa es sus sistemas mohosos, de su lógica de dos más dos igual cuatro, la culpa es de ustedes: Rectores, presos en la red de los silogismos. Ustedes fabrican ingenieros, magistrados, médicos a quienes se les escapan los verdaderos misterios del cuerpo, las leyes cósmicas del ser, falsos eruditos ciegos en la ultratierra, filósofos con la pretensión de reconstruir el espíritu”.

¿Por qué trascendió Antonin Artaud? responde Galo Ghigliotto: “Hay un verso de El ombligo de los limbos que me llamó mucho la atención y por eso va de epígrafe en el prólogo: ‘Ahí donde otros proponen obras, yo no pretendo otra cosa que mostrar mi espíritu’. Creo que si el espíritu de un creador logra llegar al público de manera contumaz, ya sea a fanáticos o detractores, no podemos más que asimilar una parte de él. Artaud vivió en base a mostrar ese espíritu de todas las maneras posibles y consiguió traspasar su época, continuar creando a través de otros”.

Desde su verja, Guido Arroyo opina: “La obra de Artaud terminó siendo trascendente porque apelaba a una suerte de giro radical o de cambio de paradigma en términos de como llevar una estética a zonas más reflexivas. En su escritura uno no puede encontrar respuestas, sino senderos que se van ampliando y que permiten mirar desde otra óptica la relación con la temporalidad, los límites del sujeto, las percepciones tan moralmente chicas que manejamos en torno a temas como la locura, el uso no recreativo sino funcional de las drogas. Esa escritura proyectó un punto de inflexión siempre vigente”.

lunes, 5 de junio de 2017

Gran proyecto editorial chileno, hoy recordado

A pesar de la verbosidad habitual, en la columna de Damián Tabarovsky publicada en el diario Perfil, el 28 de mayo pasado, se da cuenta de la publicación de un libro sobre la editorial chilena Nascimento, acaso uno de los más interesante proyectos editoriales trasandinos del siglo XX. Por eso vale la pena leerla.

Un proyecto loco y genial

La escena fue así, y casi que podría interpretarse como un pedido de disculpas (de paso aprovecho y serán dos): estaba caminando por un pasillo en la reciente Feria del Libro, apurado, tenía una cita en El Galeón a la que estaba llegando irremediablemente tarde. Doblé luego en ese pasillo y me encontré en medio de un gentío, vasos en mano, celebrando algo en algún stand, que agravaba aún más mi retraso. De repente, del medio de la masa obstaculizante,  apareció Guido Arroyo, poeta y editor de las buenas ediciones Alquimia, en Chile. Reparé entonces en que estaba en medio de un brindis ofrecido por el stand de aquel país. No tuve tiempo de explicarle a Guido que estaba apurado cuando él ya había sacado de su mochila un libro para regalarme, me dio alguna explicación sobre su contenido, yo respondí algo balbuceante, guardé el libro y me fui, de un modo bastante descortés. Aprovecho entonces esta ocasión que tan gentilmente me otorga el grupo Perfil (ahora que Perfil compró una radio, ya me siento dentro de un grupo: de aquí a poner y sacar ministros y jueces de la Corte Suprema como Clarín, sólo un paso) para pedirle disculpas a Guido. Y ya que estoy, también a Marcela Fuentealba, editora y crítica, con quien en octubre, en Santiago de Chile, me ocurrió una situación similar (saliendo yo de una librería de viejo en la calle Merced, apurado por llegar a una cita, siempre retrasado, casi me la llevé por delante, y apenas si mantuve conversación, con una descortesía que, lo juro, no me caracteriza).

Volviendo a Guido, apenas alcancé a escuchar algo sobre no sé qué editor chileno y seguí raudo a mi destino. Cuando llegué al café, mi cita arribó con media hora de retraso, tiempo ideal para sacar de la mochila el libro que me había regalado. Era Nascimento. El editor de los chilenos, de Felipe Reyes F. con prólogo de Roberto Merino, Ventana Abierta Editores, Santiago de Chile, 2014 (ahora que me doy cuenta, mezclé la anécdota de Guido con la de Marcela porque en aquella librería de viejo de Santiago yo había comprado una edición algo enmohecida de El chileno en Madrid, de Joaquín Edwards Bello, publicado precisamente por Nascimento). El libro de Reyes F. narra la historia de esa editorial, clave en la cultura chilena de la primera mitad del siglo XX (aunque continuó editando hasta principios de los 70), en la que publicaron, entre otros, Neruda, Gabriela Mistral, Pablo de Rokha, Manuel Rojas, Nicanor Parra, Teresa Wilms Montt y Eduardo Barrios, quien funcionó de hecho como editor en las sombras o como recomendador de una gran influencia sobre Carlos George-Nascimento, editor y propietario de la casa. Primero librería, luego imprenta y finalmente editorial, Nascimento fue uno de esos proyectos locos y geniales que ocurrían en América Latina en esos años (la autodenominada edición independiente actual no le llega a los talones a proyectos como ese, o como aquí Santiago Rueda, editorial de la que sé que Lucas Petersen –autor de la gran biografía de la traducción de Ulises de Joyce por Salas Subirat– se haya investigando su historia).

El libro de Reyes F., estructurado a partir de minibiografías de los autores de Nascimento y su relación con la editorial, es una impecable descripción de la vida literaria y cultural chilena de esa época.