Mostrando entradas con la etiqueta Diagnóstico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diagnóstico. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de julio de 2014

Del otro lado de la cordillera (8-final)

FOTO: Paulo Slachevsky
A modo de corolario de "Diagnóstico, posibilidades y perspectivas de la traducción literaria en Chile", unas palabras de Pola Iriarte, su tenaz organizadora, quien con su trabajo ha plantado un poderoso antecedente en su país.

Palabras finales

Para nadie que ejerza el oficio de traductor (literario) es un misterio que se trata esta de una actividad solitaria, en la que el traductor o traductora debe lidiar individualmente con el texto, acompañado/a de más o menos herramientas materiales o virtuales y guiado/a fundamentalmente por el instinto, las vivencias, los recuerdos de lecturas pasadas, las numerosas dudas y las escasas certezas.

En un país como Chile, con una industria editorial relativamente pequeña, un IVA del 19% al libro y una población con alarmantes índices de analfabetismo funcional, la soledad del traductor se transforma en invisibilidad. Y es que pareciera que en Chile nadie traduce literatura, ni poesía, ni narrativa, ni teatro, ni filosofía. Y no es cierto. Lo que ocurre es que se trata de experiencias aisladas, esfuerzos individuales de algunas editoriales que no logran articularse en líneas de trabajo sólidas y sostenibles regularmente en el tiempo. Hay algunas excepciones, es verdad, pero por lo mismo no logran romper el cerco ni resonar mucho más allá. Recientemente, la traducción que Óscar Luis Molina hiciera del Gran Gatsby para Editorial Tajamar fue publicitada como tal de manera sorprendente en varios medios de prensa. No tengo ninguna duda de la gran calidad de trabajo de Óscar, sin embargo me atrevo a afirmar que si llegó a los diarios fue más por la coincidencia con el entonces reciente estreno de una nueva versión cinematográfica del libro de Scott Fizgerald que por el interés de la prensa especializada de acometer una crítica a la traducción. 

Y fue a partir de esa sensación de inexistencia, que nos acecha incluso a los que buscamos los intersticios para ejercer este oficio esquivo, que nació la motivación por crear una instancia de encuentro para generar un diagnóstico y reflexionar sobre las posibilidades y perspectivas de la traducción literaria en Chile.

El camino hasta el encuentro del 10 de junio de 2014 en la Universidad Diego Portales no fue corto. Como suele pasar, muchos encontraban interesante, necesaria, urgente incluso, una instancia de este tipo, pero de allí a reunir los medios y convocar las voluntades concretas que se necesitaban para su realización había una distancia considerable. También estaba el problema de definir los contornos de una discusión que por incipiente (si es que siquiera cabe el epíteto), planteaba un inmenso campo de posibilidades. Finalmente los escasos medios financieros de que dispusimos junto a, debo reconocer, mis propias preferencias, dieron forma a un encuentro de una (larga) mañana centrado en cuestiones más políticas y gremiales que técnicas o teóricas.

La convocatoria alcanzada fue muestra suficiente de que hay en Chile muchas personas interesadas en esta discusión. A la Universidad Diego Portales llegaron esa mañana unas sesenta personas, entre editores, traductores, alumnos de la carrera de literatura creativa y escritores, y estoy convencida de que con mayores medios se hubiera logrado una convocatoria aún mayor.

Las intervenciones del público y los comentarios de pasillo dejaron también en evidencia que en Chile hay mucho por discutir en torno a la traducción literaria, y que de haber habido capacidad de gestión y financiamiento, hubiera sido muy bienvenido un encuentro  que hubiese considerado también otros aspectos que los que cupieron en la mañana del 10 de junio.

Quedan tareas pendientes, entonces, muchas, en realidad. Y seremos los propios traductores literarios, junto a los editores independientes, a quienes nos corresponda continuar con la posta. El primer desafío sería visibilizar a aquellos que hacemos traducción literaria en Chile y generar una instancia que nos permita establecer un diálogo constructivo para el futuro desarrollo de nuestro trabajo. Otro gran actor, hasta ahora ausente en este debate, es el sector gubernamental, que tendría mucho que aportar, específicamente a través de sus instituciones encargadas de las políticas culturales y del libro. Porque a la hora de hablar de traducción literaria, no solo está  juego la traducción al castellano (o al chileno) de obras escritas en otros idiomas, sino también la traducción y publicación de nuestros autores y autoras en otras lenguas.

Y si este encuentro tuvo una significación, más allá de dar inicio a una reflexión que esperamos encuentre continuidad, fue la de aunar voluntades y generosidades a un lado y al otro de las fronteras chilenas. Las institucionales desde ya, como las de la Asociación de Editores de Chile, el Goethe Institut de Santiago, la Universidad Diego Portales y el Fondo del Libro, pero también las de los colegas traductores argentinos, mexicanos y chilenos que aportaron comprometidamente a este debate.  





lunes, 14 de julio de 2014

Del otro lado de la cordillera (6)

El moderador Paulo Slachevsky, director de la editorial LOM
La segunda mesa redonda de "Diagnóstico, posibilidades y perspectivas de la traducción literaria en Chile" estuvo conformada por Armando Roa Vial, Cristobal Joannon y Oscar Luis Molina, tres conocidos traductores chilenos y, en el caso de los dos últimos, también editores. La moderación de esa mesa, preentada como "Traducción literaria en Chile. Un pasado olvidado y un presente en deuda", estuvo a cargo de Paulo Slachevsky, director de la editorial LOM. Se reproducen, a continuación, el texto de inicio del moderador y un fragmento de la intervención de Roa Vial.

Traducción literaria en Chile.
Un pasado olvidado y un presente en deuda

El título de la mesa que nos reúne da bien cuenta del camino y desafíos de la traducción  en Chile.

Un pasado olvidado. En nuestro país se realizaron y publicaron muchas traducciones entre los años 30 el golpe. Zigzag, Nascimento y Ercilla jugaron un rol clave en ello. Los libros traducidos entonces circulaban por Hispanoamérica. Años atrás, cuando visitaron Chile Jose Emilio Pacheco y Sergio Pitol, recordaban que cuando niños leían en México los libros chilenos. Destaco en esos años la presencia de refugiados de la guerra civil española  y del intelectual peruano Luis Alberto Sanchez que dirigió Ercilla.  Durante la Unidad Popular, Quimantu las masificó. El golpe puso un abrupto fin a ese periodo.

Un presente en deuda. Sin duda que en estos años, hay un renacer en el ámbito  de la traducción. Con traductores y editoriales, particularmente las independientes y universitarias, que buscan reimpulsar este que hacer. Pero aún falta mucho por hacer. Existe clara conciencia de que no es posible pensar una industria nacional del libro consolidada sin un impulso significativo de la traducción en el país. En Chile, con 6045 títulos nuevos según el ISBN del año 2012, apenas se editaron 255 traducciones, solo 131 al español, 3 al mapudungun. 4,2% del total de publicaciones son traducciones, y apenas 2,2% a lenguas locales. Se traduce menos que en los países de la lengua central del sistema internacional de traducciones, Estados Unidos de Norteamérica e Inglaterra, que se destacan justamente por dejar un menor lugar a la traducción, donde estas representan menos de un 5 % del total de las publicaciones.

El castellano ya es en sí un idioma semi periférico en este sistema, el que se caracteriza por ser fuertemente jerarquizado y con una estructura centro periferia como da cuenta Johan Heilbron en su artículo “el sistema mundial de traducciones” (en “les contradictions de la globalisation editoriale” sous la direction de Gisele Sapiro. Nouveau Monde editions, Paris, 2009).  En países semi periféricos normalmente las traducciones representan  más del 15% del total de las publicaciones. En tal sentido, por el dominio de la lógica colonial en nuestros países, vivimos una doble periferia, la del español en el sistema internacional, y la de Chile, dentro de la lengua, realidad que comparten muchos de los países del continente frente a España.

Sin una clara conciencia del rol de la traducción en el fortalecimiento de las industrias nacionales del libro, y estrategias para impulsar este que hacer, difícilmente cambiaremos la realidad del dominio de España en la industria de la lengua, con todo el costo que ello tiene a nivel de la creación en la palabra escrita y de la diversidad cultural que aporta este que hacer.

Son en tal sentido múltiples los desafíos que tenemos en la región, para lo cual una acción mancomunada de traductores, editores junto al Consejo Nacional del Libro y la Lectura, puede sentar las bases de otra realidad, apostando creativamente en proyectos más comunitarios y creativos como son las coediciones con traducciones y la compra de derechos compartidos, junto a políticas públicas que fomenten este que hacer hacia el castellano y desde el castellano. Nos corresponde descentrar la periferia y a la vez, pensando desde Latinoamérica,  colaborar en multiplicar los “centros” periféricos.

También es necesario, poner en cuestión desde el mundo de la traducción la sacralización del derecho a propiedad y la excesiva criminalización en les leyes de propiedad intelectual y derechos de autor, en particular la lógica de la exclusividad, que posibilita en general la circulación de solo una traducción de las obras contemporáneas. Siendo la traducción también una obra, no es posible que se autorice solo una versión de un poemario.

Para profundizar estos y otros temas en relación a la realidad de la traducción en Chile, tenemos el gusto de poder compartir con tres destacadas figuras de este que hacer, todos traductores y ensayistas: Cristóbal Joannon; Armando Roa Vial y Oscar Luis Molina quien sin duda ha jugado un rol de maestro en la materia.


FOTO: Paulo Slachevsky - De izq. a der., Roa Vial,  Molina y Joanon
Un fragmento de la intervención de Roa Vial

Ezra Pound no se equivocaba cuando afirmaba que las grandes épocas de la literatura correspondían a grandes épocas de traducción. Muchos textos seminales de nuestra cultura son traducciones y, sin lugar a dudas, la presencia de éstas ha sido fundamental para la circulación de las ideas y para articular diálogos que han enriquecido diversas tradiciones autóctonas. La traducción, lejos de ser un ejercicio derivativo, es un género con credenciales propias, que vincula la literatura a la noción de obra abierta, inacabada, susceptible de infinitas relecturas y reescrituras. En Chile el trabajo traductoril irrumpe desde los albores de la república con las versiones que Camilo Henríquez hiciera de textos de Milton, y se sostiene luego con figuras tan relevantes como Andrés Bello y sus traducciones de Victor Hugo; ya en el siglo XX la importancia de la traducción es plenamente asumida por nuestros poetas más importantes, como Neruda o Huidobro, iniciándose un trabajo sistemático que va a continuar con Nicanor Parra, Armando Uribe y Jorge Teillier hasta nuestros días. Este trabajo, a pesar de su relieve, se debe abrir paso silenciosamente y sorteando diversas dificultades. A las ya consabidas restricciones que significa la ausencia de una cultura del libro y del fomento lector, se añade en Chile un paupérrimo nivel de comprensión de lectura. Los estímulos a la traducción son nulos y urge tomar cartas en el asunto. Por lo pronto debería implementarse un sistema de recursos públicos destinados a incentivar la traducción y, también, las editoriales deberían ampliar sus fondos con colecciones que facilitaran el cultivo del género 


viernes, 11 de julio de 2014

Del otro lado de la cordillera (5)

La mesa "Pasado y presente de la traducción al castellano. España y América Latina" se cerró con la participación del narrador y traductor Andrés Ehrenhaus, quien, al cabo de más de 35 años de vida en España, se refirió a la situación de los traductores en la Península. 

Traducir en España:
la leyenda del santo traductor profesional

Voy a empezar partiendo mi intervención, como nos pedía un profesor de dibujo en el colegio secundario, en dos mitades iguales y agarrando, acto seguido, la más grande. Antes supongo que conviene que aclare un aspecto crucial del título, es decir, que defina qué entiendo por profesional en lo que hace a la traducción literaria o, como prefiero llamarla tautológicamente, la traducción autoral. Entiendo por profesional a aquel traductor, titulado o no, con o sin estudios específicos, etc., que intenta denodadamente ganarse la vida traduciendo (y en la mayoría de los casos no lo consigue). Es decir, al traductor que considera la traducción como su actividad principal, aún a pesar de que en la práctica sólo consiga que sea esporádica.

Tomo por ejemplo mi caso: yo doy clases en una universidad y, entre los cursos presenciales y los cursos online, la docencia ocupa cierta parte de mi tiempo; sin embargo, y aunque en algún momento mi actividad traductora decline un poco, diré siempre sin dudarlo que soy traductor antes que docente, e incluso antes que escritor. Así, de lo que se trata es de cómo se sitúa cada uno ante las contingencias del mundo, y cómo esas contingencias nos van perfilando.

Tengo la seguridad de que el hecho de haberme planteado la traducción como un modo de subsistencia en España no es ajeno a esta visión pragmática del objeto. No porque la cultura española sea pragmática en sí sino porque las características de la traducción ahí están íntimamente ligadas a -y condicionadas por- la realidad industrial de la edición de libros, lo cual tiene dos claras consecuencias: a) ofrece una posibilidad potencialmente más palpable de profesionalizar la traducción que en marcos menos industriales como Argentina o Chile, y b) dificulta o inhibe la ineludible necesidad de pensar en esa profesión en progreso de un modo no exclusivamente profesional o, para seguir con la taxonomía, “industrial”. Puesto que a) y b) son en cierto modo antagónicas, podemos decir que, por paradójico que suene, el profesionalismo se opone a la progresiva formación de una conciencia de la traducción en el profesional en ciernes.

Ya hemos delineado, pues, las dos mitades aludidas y la fricción con que conviven. Examinemos un poco más a fondo la mitad más obesa, la de la industria de la traducción en España. Para eso me voy a remitir a los números y su interpretación más palmaria, disculpándome de antemano por las ocasiones en que me pueda pasar de grueso en aras del expresionismo dialéctico. De todos modos, los datos que voy a citar son oficiales, provienen de los informes anuales de la FGEE, están publicados por el ministerio de Educación, Cultura y Deporte, y corresponden a los ejercicios 2013 o, en su defecto, 2012. Estos datos anuales han venido experimentando una mengua general de un 3 a un 5% anual a partir del pico de 2009; aún así, su envergadura, como se puede apreciar, sigue siendo considerable.

En España hay unas 2.300 editoriales privadas, que facturaron en 2012 unos 2.400 millones de euros; si eso estuviera repartido de burda manera matemática, estaríamos hablando de un millón anual de facturación por editorial, pero evidentemente no es así: en el desglose, se llevan la mayor parte las editoriales grandes que son, además y como es obvio, menos numerosas y, por tanto, facturan muy por encima del millón de euros anuales. El volumen de la facturación no implica un beneficio proporcionalmente mayor pero sí, como también es obvio, una mayor incidencia en el mercado en sí, que no sólo se manifiesta en la cantidad de títulos publicados o en sus tiradas sino también en una mayor capacidad de regular las prácticas consuetudinarias del sector. Quien más publica, contrata, imprime, vende, etc., más presiona y decide.

Veamos cómo. En 2013 se publicaron en España unos 80 mil nuevos títulos, de los cuales 10 mil corresponden a libros de texto. Del resto, un 22% son traducciones, es decir, el 22% de 70 mil = 15.400. Si consideramos que el traductor profesional promedio puede o suele o necesita traducir entre 3,5 libros al año (entendiendo por libro estándar un volumen de entre 200 y 300 páginas), podemos comprobar fácilmente que esa industria puede dar trabajo a unos 4.400 traductores al año. Por supuesto, el traductor estándar no existe o, si existe, no es necesariamente el más numeroso, así que encontraremos en este heterogéneo mercado laboral potencial desde traductores eventuales o esporádicos hasta verdaderos titanes de la traducción, súperprofesionales capaces de traducir 6 o más libros al año. Una industria así, con ese poder de producción, distribución, venta y promoción, requiere de unas condiciones muy determinadas para funcionar. A saber:

1-Los plazos de entrega, producción, etc., son cortos, a veces cortísimos.

2-El traductor no elige la obra sino que se la encarga el editor.

3-El traductor no se especializa ni profundiza en determinados autores o movimientos estéticos; a veces ni siquiera en determinados géneros.

4-Las tarifas están reguladas por el mercado y la libre competencia.

5-A pesar de que la LPI es elocuente y clara en su defensa del autor, no establece mecanismos eficaces de control de tirada y liquidación de derechos.

6-En general, los criterios de edición y traducción no están consensuados sino que vienen impuestos por la práctica consuetudinaria de la editorial.

7-Las facultades de traducción, en lugar de formar traductores profesionales, están generando un sector laboral titulado pero sin experiencia y, por consiguiente, dispuesto a aceptar tarifas amateurs.
-          
8-La traducción no goza de prestigio intelectual (por múltiples razones que podríamos o deberíamos revisar) y está constantemente sospechada.

9-La política cultural ligada a la edición se ha convertido (de hecho, lo viene siendo desde Nebrija) en cuestión estratégica de estado y es, por tanto, etnocéntrica e impermeable a los cuestionamientos o polémicas.

10-El traductor, en contra de lo que dice el siempre disponible Berman (se puede concebir la traducción sin teoría pero no sin pensamiento), es invitado a no pensar.

Así, el mercado ofrece un atiborrado panorama de oportunidades laborales en un marco de competencia acérrima y escaso margen de elección. Pero ni siquiera la sumisión a esas reglas le garantiza la subsistencia al santo traductor profesional. Imaginemos al traductor asiduo, que no llega a titán pero casi, porque es capaz de traducir sin problemas 4 libros al año. Digamos que estos libros son volúmenes promedio de unas 250 pp traducidas. Siendo como lo es que la tarifa media estándar es de 9 a 10 euros por página de 2100 caracteres (ojo: ni la más alta, que puede –o podía- llegar a los 18, ni la más baja, que ronda los 6), este traductor habría ganado unos 9.500 euros brutos al año, es decir, si les quitamos el 21% de impuesto a la renta, 7.410 euros, o sea, 617 euros por mes. A ello hay que restarle aún la cuota mínima de autónomo, que ronda los 290 euros. ¿Qué nos queda? 324 euros, que es lo que cuesta alquilar una habitación en un departamento compartido en Madrid o Barcelona. Ni hablar de comer, vestirse o, ¡detente lucifer!, comprar un libro o ir al cine. Ni, por supuesto, de tener hijos.

Hasta ahí los números que marcan a fierro la cotidianeidad “industrial” del traductor en España. Repasemos ahora brevemente la segunda mitad, la de la mirada sobre la profesión en sí, que es esencialmente más magra. De entrada, lo es porque el profesional en general, en tanto ser-ahí, no tiende a tomarse seriamente como objeto de análisis o, si lo hace, es desde una estricta perspectiva laboral (la profesión en el mercado) o, en todo caso, académica (no soy como pienso que soy o debería ser o en lo que soy o debería o podría o no quisiera ser sino cómo me dicen que debo de ser quienes se ocupan de estudiarlo y que a mí, en realidad, apenas me afecta). Ni siquiera la profesión en sí es digna de ser revisitada periódicamente si no es, en el caso específico de los santos traductores, para constatar y reafirmar los lugares comunes que la definen y confinan, el más paradigmático de los cuales es la invisibilidad. Puesto que la invisibilidad parecería redundar de manera directa en las condiciones laborales (legales, económicas, etc.) del profesional, ésta sí es objeto de queja. Puesto que de lugares comunes se trata, la casuística de la invisibilidad tiende a relacionarse causal y proporcionalmente –cuando se la relaciona- al prestigio cultural y la dialéctica de la fidelidad y la traición.

Hay excepciones. Como bien señala Alejandrina Falcón en su interesante y pormenorizado artículo sobre la experiencia de los traductores latinoamericanos (y, en especial, argentinos) en las décadas del 70 y 80 en España (y, en especial, en Barcelona) y sus repercusiones actuales en el campo de la traducción hispanoamericana, esta tensión entre las mitades a) y b) produjo en ciertos sectores del traduccionismo sudaca la necesidad de una reflexión más profunda o, para quitarle todo matiz ético, más urgente o deseperada acerca del papel del traductor como agente activo doble o triple en el escenario de las políticas editoriales, culturales y, sobretodo, lingüísticas. Vale la pena leer a fondo el artículo (Traductores del exilio: el caso argentino en España (1976-1983), revista Mutatis Mutandis, vol. 6, No. 1, 2013 http://aprendeenlinea.udea.edu.co/revistas/index.php/mutatismutandis/article/view/15174).

De manera tímida o balbuceante al principio, esta reflexión ha ido ganando cuerpo y a enviar mensajes que llegan en forma de olas cruzadas a unas costas y otras. Profesionales sensibles, no sólo del ámbito de la traducción sino correctores, lingüistas, académicos e incluso editores españoles empiezan, aunque más no sea por mero principio de contigüidad, a abrir los oídos al rumor descentralizante que se siente zumbar tanto desde dentro del macrosistema editorial y cultural peninsular como desde los centros de producción editorial y, por tanto, de traducciones de América Latina. Un rumor que, como apunta Falcón, pareció tender a resolverse al principio en favor de la mitad a) y que ahora, quizás porque la crisis europea obligó al sector editorial español a revisar la política de “burbuja inmobiliaria” y a perder ímpetu comercial (aunque no ideológico, toda vez que la Marca España sigue empujando tozudamente a contramano), vuelve a entrar en liza.

Sin duda esta perspectiva de alto condicionamiento profesional contrasta con la casuística latinoamericana. El traductor que acaba profesionalizándose ahí, en la medida de las posibilidades y oportunidades que la realidad editorial ofrece, arranca de un sustrato mucho más próximo a la materia de la traducción que a la traducción misma: se trata de poetas que empezaron a traducir a otros poetas afines, investigadores que se interesan por los ensayos de otros investigadores, narradores que traducen la narrativa que constituye su lectura habitual. Está, por tanto, bastante más cerca de la figura del traductor “literato” o “pulsional” que describe el ya citado Antoine Berman. Sin embargo, en estos mercados, donde la mitad a) no está tan al alcance de la mano y la fricción se resuelve aparentemente en favor de la mitad b), el santo traductor no sólo no garantiza para sí una mayor visibilidad cultural sino que, en cierto modo, la disuelve o nebuliza en el medio inestable del sistema libresco local, sumando a sus precariedades y vaivenes político-culturales los de los propios autores, cuyo aparente prestigio no alcanza para hacerles un lugar alimenticio en el mercado.

Sin duda, la manera en que se le haga frente y se trabaje para resolver la fricción entre conciencia profesional y responsabilidad cultural del traductor resultarán determinantes para la evolución y la pervivencia de la actividad sobre la que se sustenta la construcción sensible de una biblioteca universal en todas direcciones. parafraseando el viejo adagio marxista, también no pensar en lo que se hace es una forma activa de pensamiento.

jueves, 10 de julio de 2014

Del otro lado de la cordillera (4)

FOTO: Paulo Slachevsky - Pedro Serrano exponiendo
El segundo expositor de la mesa "Pasado y presente de la traducción al castellano. España y América Latina" fue el poeta y traductor mexicano Pedro Serrano, de quien, a continuación, se ofrece un fragmento de su intervención. 

Un recuento brevísimo

Durante la Colonia en México, y hasta bien entrado el siglo XIX, la traducción que se hizo fue de textos latinos. Con la Independencia empezaron a aparece traducciones del francés, inglés, italiano y alemán. No es casual entonces que hasta hace muy poco las lenguas que se estudiaban en las carreras de Letras Modernas de la UNAM hayan sido precisamente esas, y sólo hasta hace muy poco se introdujeron estudios de Letras Portuguesas. No fue sino hasta mediados de ese siglo, con la entrada al español de la poesía romántica, que empezaron a hacerse traducciones de poesía contemporánea, principalmente del francés. Para entender el salto abismal que se dio en unas pocas décadas, y que, como lo mostró Ángel Rama, abarca a todo el ámbito de Hispanoamérica, mencionemos nada más que el primer Manifiesto Futurista de Marinetti, publicado en el diario Le Figaro en París, fue traducido inmediata y simultáneamente por Rubén Darío y por Amado Nervo, y publicado respectivamente en Buenos Aires y en la Ciudad de México. No sólo ellos lo tradujeron, pero me interesa subrayar la atención modernista por la modernidad que se avecinaba, síntoma de que ellos ya eran parte de lo que pasaba en el mundo, que es la condición indispensable para que haya traducciones. Esta historia tiene su culminación en la revisión que en 1914 hizo Vicente Huidobro de la versión de Darío. Marietta Gargatagli la cuenta rápidamente en El Trujamán en 2002, y el Blog de Traductores Literarios de Buenos Aires, siempre atento y siempre reactivando lo necesario, el 11 de septiembre de 2011 recogió su nota. 1914 es un año revulsivo que no hemos terminado de investigar. No todo sucedió ahí pero todo ahí hizo cresta. Darío murió en 1916 y Nervo en 1919, ambos de 49 años. Fueron otros, Huidobro entre ellos, quienes tomaron la estafeta y continuaron lo que, con la muerte de ambos, desdibujó la proyección que el propio modernismo habría tenido en sí mismo, de haber continuado.

Pero esa es otra historia. Lo traigo ahora a cuento porque es síntoma de la urgencia de traducciones que empezaban a aparecer en español, y que desde entonces no ha parado. En el caso de México, y en el siglo XX, escribir poemas va casi junto con pegado con intentar traducir poemas. Gabriel Zaíd, en su Asamblea de poetas jóvenes  de 1980, notaba cómo casi todos los poetas reunidos habían ejercido la traducción. Dado que los mayores en esa recolecta no llegaban a los 30 años, supongo que casi todos querían decir que habían traducido uno o dos poemas. Pero la tradición venía de lejos. José Juan Tablada, un modernista que siguió avanzando, fijaba su atención en Japón e intentaba los primeros haikús en México. Y Alfonso Reyes, como lo señala Adolfo Castañón en su ensayo “Alfonso Reyes y la traducción”, publicado por la Revista de la UNAM daba mandobles en el griego de la Ilíada, en la lírica medieval inglesa y en la francesa, pero también en los poemas no tan anteriores de Robert Browning y de Stéphane Mallarmé. Junto con Reyes vino, terminada la Revolución Mexicana, el impulso cultural de muchos alrededor de José Vasconcelos. A Reyes le siguieron los Contemporáneos. Y Octavio Paz, que quiso recoger en un solo haz las aventuras de todos ellos, continuó con la encomienda. No se puede entender la poesía de Tomás Segovia, Gerardo Deniz, Ulalume González de León y José Emilio Pacheco sin su largo afán traductor. Tampoco se puede entender el entramado traductor sin mencionar a Rubén Bonifaz Nuño, traductor de La Ilíada y de La Eneida, y a Miguel León Portilla, introductor de la poesía prehispánica. Después de ellos, y ahora, en secuela de aquella Asamblea, han venido Alberto Blanco, José Luis Rivas, Silvia Eugenia Castillero, Selma Ancira, Francisco Segovia, Pura López Colomé, Aurelio Asiain, Francisco Torres Córdova y muchos otros, traduciendo ya de diversas lenguas. Una de las incursiones recientes en la traducción ha sido la fascinante entrada de poetas en lenguas originarias, que establece un nuevo diapasón de relaciones entre el español que se habla en la mayoría del país y las diversas lenguas que persisten en distintos puntos del territorio. Al mismo tiempo, la traducción de lenguas clásicas no ha dejado de producirse. La Biblioteca Scriptorum Graecorium y Romanorum de la UNAM acaba de publicar una nueva traducción de la Odisea, en versión de Pedro Tapia Zúñiga. Y el Centro de Estudios Clásicos de dicha universidad acaba de abrir una nueva colección de textos en sánscrito. Hubo durante cierto tiempo, en los años ochenta, un Premio de Traducción Literaria Alfonso X, que reconocía la mejor traducción hecha en el año correspondiente, pero no sé bien quién lo daba y hace mucho que desapareció sin dejar huella ni información (Tomás Segovia lo recibió en tres ocasiones, en 1983, 1984 y 1985, quizás por eso lo clausuraron). En su descargo, el año pasado se instituyó un Premio de Traducción Literaria Tomás Segovia, con 150 mil dólares otorgados a Selma Ancira. Tengo la impresión de que será de edición única, lo cual no me parece mal. Sin medra al valor de trabajo de Selma, el monto es escandaloso y no sirve para reconocer el esfuerzo de los traductores sino para que la funcionaria en turno se luzca premiando de manera discrecional a sus favoritos. Debería reducirse a una cantidad razonable y reconvertirse en un premio anual que revisara las traducciones literarias y de manera abierta decidiera entre los mejores libros traducidos en México durante ese periodo. Como mera anécdota cabe añadir que el premio se iba a llamar en un principio Sergio Pitol, pero éste no aceptó que se utilizara su nombre para un proyecto que no le gustaba y al que además ni siquiera se le había consultado). La Universidad Veracruzana sí tiene una colección que lleva el nombre de Sergio Pitol, y la Universidad de Nuevo León publica también una colección de traducción de poesía llamada El Oro de los Tigres, en homenaje a Rubén Bonifáz Nuño. La labor que las editoriales independientes están realizando por la traducción de poesía es en estos momentos central para entender el entramado de la poesía en México. La editorial Aldus con el Paterson de William Carlos Williams, o la editorial Trilce con la poesía de Seamus Heaney, son algunas de las muchas instancias en donde la poesía en español está viendo cómo florecen, en la suya, las otras lenguas. No quiero terminar sin mencionar el Periódico de Poesía de la UNAM que se publica en línea desde 2007, y que desde entonces ha publicado traducciones, y reseñas de traducciones, en cada uno de sus números.

Ver: 
Revista de la UNAM

Periódico de Poesía de la UNAM

miércoles, 9 de julio de 2014

Del otro lado de la cordillera (3)

FOTO: Paulo Slachevsky - De izquierda a derecha: Marisol Vera, Andrés Ehrenahus, Jorge Fondebrider y Pedro Serrano
La segunda mesa de "Diagnóstico, posibilidades y perspectivas de la  traducción literaria en Chile", cuyo título fue "Pasado y presente de la traducción al castellano. España y América Latina", fue moderada por Marisol Vera, actual presidente de la Asociación de Editores de Chile y responsable de la editorial Cuarto Propio. El primer expositor fue Jorge Fondebrider, el Administrador de este blog.

Un estado de situación

Empiezo con estadísticas: en la Argentina tenemos una tasa de analfabetismo del 1,9%. En buena medida esto se debe a que la educación es obligatoria (hasta la escuela secundaria incluida) y, fundamentalmente, gratuita (aunque se puede optar por las universidades privadas, que claramente son muy inferiores a las nacionales y, para muchos, una señal de que no se quiere hacer esfuerzos).

La cantidad y variación interanual (%) de títulos y ejemplares según registro de ISBN. Argentina entre los años 1994 y 2012 son las siguients: 

Año                          Títulos                                           Ejemplares
.                      Cant.               Var. (%)                      Cant.               Var. (%)
1994                9.640                                      48.089.996

2012           27.661              -12,72%         96.977.765                 -18,30%

Por lo demás, la última  encuesta indica que cada argentino lee un libro y medio por año.

Estos se adquieren en las 2000 librerías (antes de la dictadura de 1976, eran cerca de 6.000), distribuidas por todo el país, que, a pesar de la disminución de locales, sigue siendo la mayor red de Latinoamérica.

Debe observarse que, al menos dos veces por año, los chicos reciben gratuitamente libros en las escuelas a través de los Ministerios de Educación y de Cultura de la Nación y del Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Además, una y otra administración compran libros para las redes de Bibliotecas Públicas y Bibliotecas Municipales, dependientes de una y otra institución.

 En términos de eventos, además de varios festivales de literatura que tienen lugar a lo largo del año, tanto en la capital como en las provincias (FILBA, Festival de Rosario, Festival de Córdoba, etc.) hay una gran Feria del Libro anual en Buenos Aires (que recibe a más de un millón y media de visitantes), así como diversas ferias provinciales y municipales en casi toda ciudad del país.

Luego, todos los diarios de circulación nacional y buena parte de los de circulación provincial tienen su suplemento cultural, donde se promocionan y reseñan las novedades bibliográficas y donde tienen lugar buena parte de las polémicas más significativas.

Por último, existen asimismo programas de ayuda a la traducción, de los cuales ya se ocupará de hablar Diego Lorenzo en la mesa que le corresponde.

Dadas estas cifras y estos datos, hablar de la traducción en la Argentina, un país que, en razón de la diversidad de los orígenes de sus habitantes, podría decirse fundado sobre traducciones, implica hacer un poco de historia. Ésta se remonta al final de la colonia, donde, como en casi toda Latinoamérica, por más de un siglo la literatura y la traducción estuvieron en manos de sus gobernantes y de las clases ilustradas. A modo de ejemplo, recuérdese que en el Virreinato del Río de la Plata, en 1794, Manuel Belgrano tradujo las Máximas generales del gobierno económico de un reyno agricultor, de François Quesnay, un texto de naturaleza económica, publicado primero en España y luego en Buenos Aires. Luego, en 1810, a poco de realizada la Revolución de Mayo, se publicó localmente El contrato social, de Jean-Jacques Rousseau, traducido –y expurgado– por Mariano Moreno, también traductor de Constantin de Volney y del marqués de Condorcet. Así a través de un proceso de adaptación, apropiación y recontextualización, la literatura y el pensamiento europeos se acriollaron. Ese proceso ya se ve con toda claridad en Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría y José Mármol, quienes tradujeron y encontraron las palabras para describir el territorio de la patria en los textos de los visitantes británicos que, a su vez, habían descrito a la futura Argentina, tomando como modelo la prosa del naturalista alemán Alexander von Humboldt, y en ese curioso juego de influencias  –como bien señala Adolfo Prieto en Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina. 1820-1850– plantaron el germen de nuestra primera literatura. Domingo Faustino Sarmiento, en cambio, exploró acaso involuntariamente las posibilidades literarias del error: ya en la primera página de Facundo, anota “On ne tue point les idées”, frase de origen dudoso que atribuye a Hippolyte Fortoul –aunque otros atribuyen al Conde de Volney y, en otras oportunidades, a Denis Diderot–, que dice haber escrito con carbón al pasar por los baños de Zonda, en su huída a Chile, escapando del tirano Rosas, y que el autor de Recuerdos de provincia tradujo mal (“A los hombres se degüella, a las ideas no”).

Más adelante está Bartolomé Mitre, traductor de Dante, pero también de Victor Hugo, de Henry Wadsworth Longfellow, de Lord Byron, de Pierre-Jean de Béranger y de Horacio. Hay una anécdota que también habla del espíritu traductor argentino. A Mitre lo visita Lucio V. Mansilla, el gran escritor autor de Una excursión a los indios ranqueles. Al cabo de una larga espera, Mansilla recibe las disculpas de su anfitrión, quien se excusa manifestando lo ocupado que estaba con la primera traducción argentina de la Divina Comedia. Mansilla entonces lo exhorta: “Hay que darles duro a los gringos, mi general”. Más allá del chiste, eso era justamente lo que Mitre estaba haciendo: le estaba dando duro a los gringos, cuando, en la década de 1890, traducía al castellano culto de su época, empleando, acaso por influjo de la incipiente inmigración, italianismos que después se harían carne en el habla argentina. Y no me quiero olvidar aquí del político socialista Juan B. Justo, quien en 1898 tradujo en Buenos Aires el primer tomo de El Capital, de Karl Marx.

¿De qué habla todo esto? Probablemente, entre otras cosas, de un fenómeno con consecuencias mucho más perdurables de lo que en principio podría imaginarse y que, más adelante, se hará patente cuando Roberto Arlt convierta en potente prosa argentina el castellano de las malas traducciones españolas de Dostoievsky que él leía editadas por el sello TOR. O cuando el argentino José Salas Subirat (1900-1970), anticipándose en varias décadas a los traductores ibéricos, tradujo en 1945 por primera vez a un castellano periférico el Ulises, de James Joyce, sacándole provecho a esa circunstancia ya que, como señala el escritor Carlos Gamerro, “el Ulises original está escrito, no en una lengua o dialecto, sino en la tensión entre una variante desprestigiada (el inglés de Irlanda) y otra dominante (el inglés británico imperial) – relación que puede compararse, aunque no homologarse, a la que existe entre el español de España y el de los demás países de habla hispana”.

Y aquí entonces vale la pena hacer una importante afirmación que no es evidente para todo el mundo: las buenas traducciones realizadas en cualquier país son parte de la literatura de ese país y entran en una serie que comparten con los textos producidos por los escritores nacionales. Llevando entonces este caso a Chile, diría que tanto Egidio Poblete, como Angel Flores, Angel del Río, Eugenio Florit, María Angélica Grau, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Juan Salas, Orestes Vera, Braulio Arenas, Humberto Díaz Casanueva, Jorge Teillier, Miguel Castillo Didier  Armando Uribe, Rosamel del Valle, Waldo Rojas, Verónica Zondek, Gonzalo Millán, Pedro Ignacio Vicuña, Armando Roa Vial, Pablo Oyarzún, Oscar Luis Molina, Rodrigo Olavarría, Marcelo Pellegrini, Andrés Anwandter, Leonardo Anhueza, Braulio Fernández, Kurt Folch han hecho que su trabajo fuera literatura chilena.

Ahora bien, a esta historia hay que asociar la historia editorial argentina, que está íntimamente ligada a la historia de la traducción en el país. Muy en el principio, , los libros que llegaban a la Argentina se publicaban en casas de Francia (Hachette, Garnier, Viuda de Ch.Bouret, Armand Colin, A. Roger y F. Chernovitz, Louis-Michaud), Alemania (Herder), el Reino Unido (Thomas Nelson) o de los EE.UU. (Appleton), pero nunca de España.

Esas editoriales ofrecían libros en castellano, traducciones y originales que se importaron, hasta que, primero tímidamente y luego, en virtud de la progresiva alfabetización, los libros dejaron de ser un producto suntuario para convertirse en productos de primera necesidad. Por ejemplo, entre noviembre de 1901 y enero de 1920, con frecuencia semanal, el diario La Nación, de Buenos Aires, editó, a 50 centavos la edición en rústica y a un peso la de tapa dura, la colección “La Biblioteca de La Nación”, que constituye el primer proyecto editorial persistente en el tiempo del país. Luego, en 1916, Juan Carlos Torrendell (1895-1961) un catalán que había llegado a la Argentina siendo niño, funda la editorial a la que inicialmente bautiza con su apellido, denominación que se acorta luego a Tor, y que publica desde su fundación a 1971 unos 12.000 títulos. Luego, en 1922, el andaluz Antonio Zamora funda la editorial Claridad, a partir de la cual se conocieron cientos de títulos en el país.

El negocio, a la distancia, se veía bien. Por eso, en 1922, se instaló en Buenos Aires una delegación de Espasa-Calpe. Alentados por el impacto inicial de esta operación, los representantes de Emanuele Maucci, Ramón Sopena y Pablo Salvat, entre otros, empezaron a viajar a la Argentina, a Chile y a México desde España y ayudaron a capitalizar a sus casas matrices de la Península gracias a las ventas americanas, que equivalían al 50 por ciento de la producción editorial española.

En 1928, Gonzalo Losada llegó de España. Venía a hacerse cargo de Espasa, pero diversas diferencias con la casa matriz lo llevaron a separarse de ésta y a crear su propia editorial. Otro tanto ocurrió con Julián Urgoiti, quien pasó a ser director de la flamante Sudamericana. La tercera empresa que se creó en 1939 fue Emecé, fundada por el gallego Mariano Medina del Río. Tanto Emecé como Sudamericana tuvieron origen en capitales nacionales. Jacobo Saslavsky, Antonio Santamarina, Alejandro Shaw, Eduardo Bullrich, Carlos Mayer, Alejandro Menéndez Behety, Victoria Ocampo y Oliverio Girondo fueron los socios capitalistas de Sudamericana; la familia Braun Menéndez, de Emecé. Desde entonces, Losada, Sudamericana y Emecé fueron consideradas empresas argentinas (ahora ya no lo son).

El resto de la historia es conocida: entre las décadas de 1940 y 1970, las editoriales argentinas dominaron el mercado editorial en lengua castellana. Cada etapa de esa historia esta marcada por una intensa actividad traductoril. Mucha está ligada las editoriales antes mencionadas. Otra, a la revista y editorial Sur, de Victoria Ocampo. Hay también una gran labor desarrollada por pequeñas editoriales hoy desaparecidas (Viau, Assandri, Santiago Rueda, Juan Goyanarte, Siglo XX, Schapire, Columba, Jorge Álvarez, Del Mediodía, Rodolfo Alonso Editor, Marymar, Fausto, Calicanto, Goncourt, etc. ), cuyos catálogos fueron saqueados por las editoriales españolas y sus traducciones españolizadas para que los peninsulares pudieran entenderlas. También, una enorme masa de traducciones argentinas publicadas por sellos extranjeros con filiales en el país (como, por ejemplo, Espasa Calpe, Alianza Editorial, Monte Ávila, Siglo XXI, Fondo de Cultura Económica, etc.). Finalmente, llegó la debacle de los militares y sus quemas de libros, lo cual le dejó vía libre a España, que para esos mismos años salía de la dictadura de Franco. Ellos ocuparon todos los espacios que las editoriales argentinas iban dejando libres. Luego llegaron sus abusos. Primero, el dumping; vale decir la venta a precio vil en Latinoamerica del remanente de las ediciones españolas, lo cual aseguraba que las cuentas cerraran en las casas matrices e inundaba el mercado de nuestros países con ofertas con las cuales no se podía competir. Luego, la territorialización para la venta de derechos globales; las diferencias de tapa dura, tapa blanda, bolsillo y etcétera. En ambas operaciones intervinieron los agentes literarios españoles, quienes establecieron quién y cómo se repartían los derechos de autor y de traducción. De esa distribución quedaron cartas emblemáticas como las que enviaba la agencia de Carmen Balcells a las editoriales argentinas en 1978, en plena dictadura militar: “Me permito reiterarles a ustedes, porque al parecer no ha quedado suficientemente claro en nuestra comunicación anterior, que siguiendo los expresos deseos del señor Graham Greene se ha procedido ya a la división del mercado para esta obra”.

Para coronar esta catástrofe vino otra: la neo-liberal de la década de 1990, que desembocó en la gran crisis económica de 2001. Y como las multinacionales del libro ya se habían comprado todo y no publicaban libros en el país, y mucho menos de autores argentinos, vino entonces un lento resurgir que, en la actualidad, tiene como principales protagonistas a los pequeños y medianos sellos independientes (Bajo la luna, Eterna Cadencia, La Bestia Equilatera, Adriana Hidalgo, Caja Negra, Cactus, Cebra, Interzona, Cuenco de Plata, Katz Editores, Winograd, etc.), que son los que hoy traducen y retoman la vieja tradición argentina.

Llegados entonces a este punto, no nos queda otro remedio que admitir que, cuando se discute el tema de la traducción en ámbitos compartidos por editores, traductores y otros actores del mundo del libro, los problemas suelen enfocarse desde una perspectiva meramente económica: qué se traduce, qué tipo de derechos se compran –vale decir, para un país, para un territorio, para toda la lengua y, en todos esos casos, para una tirada de cuántos ejemplares–, cuánto cuesta comprar esos derechos, cuánto se paga la traducción, etc. Pero saber cuánto hay que invertir y evaluar cuánto se puede ganar es una parte del asunto que hace, fundamentalmente, a la perspectiva económica; el problema se resume así en una cuestión de mercado, con lo que lo único que se tiene es una  perspectiva de mercachifles y nada más.

Podemos también pasar a otra dimensión de naturaleza más política. Las preguntas, entonces, son otras. Por ejemplo, desde qué lugares se traduce, qué es lo que se traduce desde los lugares que traduce, para quién se traduce, con qué objeto y con quiénes. Porque, convengamos, no es lo mismo traducir a Platón o Ludwig Wittgenstein que a Paulo Coelho, Osho o Pilar Sordo: los traductores y los lectores en uno y otro caso serán otros. De hecho, ni siquiera hace falta irse a tales extremos: no es lo mismo traducir filosofía que historia, y no es lo mismo traducir literatura que antropología. En cada caso, así como habrá lectores con un determinado perfil, será necesario que haya traductores que puedan hacerse cargo de solucionar los problemas que cada especie determina. Por supuesto que, en cada caso particular, las expectativas de ganancia de los editores, serán diferentes. Un libro de Coelho se traduce rápido y sin diccionario. Con Hegel hace falta otra formación. Elegir publicar a uno u otro implica asimismo dotar a la editorial en cuestión de un sesgo determinado: en el primer caso se apuntará a ventas rápidas y masivas; en el segundo, a ventas acotadas y continuadas a través del tiempo, generalmente sostenidas a partir de una idea distinta que la de ganar dinero. Luego, traducir a Coelho es más barato que traducir a Hegel. Traducir mal a Hegel es carísimo.

Como se ve, el problema de mercado sigue estando presente, pero lo que pasa a ocupar un primer plano ya no es de manera exclusiva el dinero que se invierte y el que se gana o el que eventualmente se pierde, sino el impacto que esas traducciones tendrán en los lectores, con lo que también se abre la posibilidad de influir ideológicamente sobre otra realidad. En síntesis, hacer que un país o una región imponga sobre otras una manera propia de percibir la realidad a través de la lectura, así como unos valores determinados sobre otros valores posibles es una manera de simplificar el mundo y dominarlo para que el flujo de capitales circule en una única dirección.

Ésta no es una formulación general ni tampoco una hipótesis. Aquí van algunas estadísticas concretas: desde hace al menos tres décadas asistimos a un prolongado proceso de transformación del mundo editorial que se inició en los Estados Unidos contagiando luego a Europa. Si por un momento consideramos que España forma parte de Europa (no siempre los españoles, naturalmente acomplejados, lo ven así), desde allá llegó a las filiales latinoamericanas de los sellos editoriales españoles que, si uno analiza la actual composición de sus directorios, comprobará que tan españoles no son.

¿De qué hablan las estadísticas? Según los especialistas, las tendencias fundamentales pueden resumirse así: 1) un notable aumento en la cantidad de títulos y una importante disminución de las tiradas; 2) un cambio en las modalidades de venta; 3) una enorme concentración empresarial. Para abundar sobre este último punto, si echamos una mirada al mercado norteamericano –el mayor de Occidente– comprobaremos que está controlado por seis grupos que concentran el 80% de la torta. Estos grupos son 1) Bertelsman/Random House (división del  consorcio alemán Bertelsman), multimedia que nuclear radio, televisión, prensa periódica, música (BMG) y más de sesenta sellos editoriales sólo en los Estados Unidos (además de filiales en al menos doce países);  2) Holztbrinck/ GmbH: grupo alemán que posee medios electrónicos, prensa periódica y más de cuarenta sellos editoriales; 3) Hachette Book Group (subsidiaria de Lagardère) con prensa periódica (en Francia), radio, televisión y más de 17 sellos editoriales en los Estados Unidos; 4) Murdoch/Harper Collins (de Murdoch’s Corporation) que posee la cadena de televisión Fox, productoras cinematográficas como 20th Century Fox, televisión, prensa periódica y más de 30 sellos editoriales en los Estados Unidos, además de filiales en UK, Canadá, Australia e India; 5) Pearson Group (también multimedia con divisiones en los mismos países que Murdoch) y más de 16 sellos en USA, entre los cuales se cuenta Penguin Books (editores de la obra de Borges),  y 6) CBS/Simon & Schuster, multimedia con más de trece sellos en USA.  En este escenario, el espacio para la edición independiente es mínimo: apenas el 5% del mercado.

Este fenómeno, que, como he dicho, tiene su correlato en Europa, determina que, en términos del mercado global del libro (que incluye impresión, distribución, comercialización y venta, y donde los montos por traducciones ocupan un lugar más periférico) el primer lugar lo ocupen los Estados Unidos, con un mercado valuado en 27.445 millones de euros; el segundo lugar, China, con 10.602 millones de euros, y el tercero, Alemania, con 9.734 millones de euros. España se ubica en noveno lugar, con 2.891 millones de euros. Reunidos, Estados Unidos y Gran Bretaña (es decir, los países centrales de producción en lengua inglesa) suman un total de 31.525 millones de euros. (Datos tomados del informe Global Publishing Market, realizado por la consultora Rüdiger Wischenbart y presentado en la Feria del Libro de Londres en abril de 2012).

Estas estadísticas son para libros publicados. ¿Qué porcentaje de esos libros son traducciones? En líneas generales, el porcentaje de libros traducidos desde cualquier otra lengua al inglés en Gran Bretaña y los Estados Unidos apenas roza un 3% de la producción total. En cambio, en términos de extraducción –termino más bien feo que significa “traducción de libros propios al exterior” –, los autores de habla inglesa (en especial norteamericanos y británicos) se encuentran al tope de las listas de best-sellers en España, Italia, Francia y, por supuesto, en varios países de América latina.

Sólo para tener en cuenta en el panorama general, apuntemos que Francia, uno de los países con mayor tradición de extraducción del mundo, realiza el 60% de sus traducciones del inglés; en este marco, tres de cada cuatro novelas publicadas en Francia son traducidas del inglés. En tanto en Alemania, en 2007, el inglés mantuvo una posición de liderazgo, con el 60.2% de las traducciones (3.691 títulos), en especial novelas. En Italia, el panorama es semejante, aunque con ligeros ajustes: el inglés se lleva el 54.5% de las traducciones, seguido del francés, el alemán y el español (en ese orden).

En América Latina, de acuerdo con la formación del mercado editorial continental y con políticas culturales de larga data, los países que más traducen son Brasil, Argentina y México, en ese orden (aunque los volúmenes y niveles de facturación son significativamente menores que los europeos).

Supongo que no se puede esperar que la gran industria tome en cuenta a los traductores. En prácticamente todo el mundo la cosa es igual: se trata de un trabajo mal pago, realizado generalmente en condiciones precarias y no siempre por la gente más idónea. Se especula –vale decir, los editores especulan– con el hambre, el amor propio y la incomunicación de los traductores con sus pares para así poder fijar los valores del mercado cortando la cadena por el eslabón más débil, ya que nunca los argumentos utilizados para pagarles mal a los traductores podrían emplearse para el trato con las papeleras, las imprentas y, mucho menos, las distribuidoras. Sin embargo, así como los porcentajes de los autores tienden a bajar o son liquidados discrecionalmente, en el caso de las traducciones, sin ese eslabón no hay cadena, razón por la cual, por ahora resultamos imprescindibles, tenemos un saber que quienes están del otro lado del mostrador no comprenden y por el cual, aunque mal, tienen que seguir pagando.  Hasta aquí, entonces, el estado general de las cosas en el mundo entero.

martes, 8 de julio de 2014

Del otro lado de la cordillera (2)

FOTO: Paulo Slachevsky

Luego de las palabras de apertura de Pola Iriarte, las actividades de "Diagnóstico, posibilidades y perspectivas de la traducción literaria en Chile" se abrieron con una charla de Magdalena Cámpora, que se transcribe parcialmente a continuación.




Notas para contestar 
una pregunta de Pola Iriarte:
¿Por qué necesitamos 
nuestras propias traducciones? 

¿Qué quiere decir tener una traducción propia? ¿Qué está hecha acá? ¿Qué tiene un léxico vernáculo? ¿Es nuestra la traducción (hablo como argentina) porque hay voseo? ¿Es nuestra la traducción (hablo como latinoamericana) porque no decimos vosotros? ¿Esto quiere decir que hay que defender a rajatabla las particularidades dialectales, que constituyen lo propio? En principio, habría que contestar que no. Creo incluso que unir el problema de lo propio con el de las particularidades dialectales es hacerle el juego a las imposiciones editoriales que nos vienen de España.

Para empezar, la identificación de la especificidad de la lengua con la pertenencia nacional es una problemática que es histórica, y que en realidad ya está superada: reenvía a las discusiones transatlánticas de las décadas del 20 y del 30 sobre el meridiano intelectual de Hispanoamérica, que los españoles querían naturalmente hacer pasar por Madrid, por motivos ideológicos y sobre todo económicos.

Lejos quedó el tiempo en que España podía considerar, como lo quería Guillermo De Torre, “al área intelectual americana como una prolongación del área española[i]” y en el que, tanto en América como en España, se sobreentendía que la lengua literaria no debía hacerse eco de las grandes diferencias dialectales orales. Lejos quedaron, también, las discusiones sobre el nombre del continente: Hispanoamérica, Latinoamérica, según se buscara defender la tradición ideológica de la llamada lengua común o, al contrario, se buscara abrir hacia otras tradiciones ya más genéricamente latinas que, en casos como el de la Argentina con Italia o Francia, iban casi de suyo.

Quiero decir: el tener traducciones que respeten las particularidades de nuestra habla ya nada tiene que ver con el gesto histórico de la emancipación colonial. Hay un consenso, de ambos lados del Atlántico, sobre la naturaleza pluricéntrica del español como lengua que no posee una norma y un uso únicos, sino dos o más, iguales en prestigio[ii].

A esto me contestarán que si ya no existe el problema de la legitimación de la variante dialectal que hablamos, sí persiste el problema de la distribución y de la aceptación de las variantes de traducción americanas en un mercado editorial amplio, cuyas pautas en muchos casos se rigen por las normas hispánicas: como todo traductor americano que haya trabajado para España sabe, la aceptación pasa por su adaptabilidad al oído peninsular.

[Un comentario al margen respecto de esto: a ningún editor español se le ocurriría pedirle a García Márquez que descolombianice sus textos, pero sí se lo pedirá a un traductor colombiano. En épocas pasadas, la práctica era de hecho directamente “fusilar” la traducción peinándola de cualquier marca gramatical, léxica o prosódica latinoamericana.

Si viviéramos en un mundo donde la traducción tuviera el mismo estatuto que el texto original como trabajo de creación, esa limpieza lingüística sería impensable. Es de hecho impensable esa limpieza cuando el traductor es un autor: ¿quién se atreve acaso en Francia a tocar las traducciones de Poe hechas por Baudelaire, o en la Argentina la traducciones que hizo Borges de Faulkner o de Virginia Woolf, o incluso hoy en día las que hace Aira? El problema no está en el texto final, sino en el nivel de legitimación de quién lo produce.]

Pero volviendo más pragmáticamente a los problemas de distribución, es un hecho que las traducciones demasiado localistas, si bien son interesantes desde un punto de vista traductológico, son poco vendibles. Pienso por ejemplo en una versión de Pantagruel que salió hace tres o cuatro años en Buenos Aires, por Dedalus Editores, en la que el faubourg Saint-Marceau se convierte en el arrabal Saint-Marceau, y los comentarios soeces de Panurgo son traducidos por juegos de palabras sacados del mundo escolar argentino, por ejemplo la repetición muy rápida de la expresión “lápiz japonés”.

Se calcula que la literatura argentina contemporánea tiene en la Argentina 20.000 lectores potenciales: ¿cuántos de ellos estarán dispuestos a apostar por una traducción tan localista de Rabelais? Si uno reduce lo propio a las particularidades lingüísticas, hay menos lectores. Y eso es un problema, porque las traducciones, que están el inicio de la cadena editorial, dependen de su último eslabón, que es la venta.

Es evidente que por nuestras propias condiciones (lectorado finalmente pequeño y cautivo) no podemos ser todo lo etnocéntricos que queremos.

Lo que me lleva a la pregunta inicial: ¿qué es entonces una traducción propia? Podría ser interesante considerarlo en dos niveles, uno individual y el otro colectivo.

Desde lo individual, pensar la traducción como la construcción de un entramado que contiene muchas y variadas cosas que constituyen lo propio:

-Primero, obvio, la bajada de línea editorial que pega sobre la versión propuesta y que siempre va a ser específica, circunstancial, y va a estar adscripta a un espacio propio (qué es lo que se pacta con la editorial respecto del nivel de localismo lingüístico)

-Segundo, el propio idiolecto del traductor, que por más invisible que sea no deja de ser quien elige las palabras y su disposición gramatical en la lengua de llegada. Todo traductor tiene mañas, giros, señas que surgen de su historia, de su saber y de sus circunstancias de producción; el traductor argentino Marcelo Cohen[iii] llega incluso a comparar la traducción con la identidad: ambos son, dice, siempre un “agregado”, y “muchos de sus componentes provienen de elecciones o adherencias azarosas”;

-Tercero, la historia de las traducciones anteriores de ese texto. Mariana Dimópulos –a quien quiero nombrar porque discutí muchas de estas ideas con ella– siempre marca cómo la traducción de textos filosóficos tiene que tomar en cuenta la historia y los circuitos de transmisión de los términos. También: hay títulos, hay incipits que tienen una historia que hay que considerar– La metamorfosis siendo el caso más célebre;

Por último –y quizás este último punto del entramado sea un poco vaporoso, pero quiero decirlo igual porque es fruto de mi propia experiencia como traductora– creo que la traducción es propia cuando se arma una relación conciente entre el texto original y la lengua a la que se lo traduce. Me parece (pero es del orden de la intuición) que existen afinidades electivas entre ciertos textos y ciertas variantes dialectales cuya presencia termina negociándose en el texto traducido. Doy muy brevemente un ejemplo personal, que viene de la experiencia de traducción con Rojo y Negro:

Creo que Le Rouge et le Noir está escrito en un francés que contiene a priori, de antemano, su propia traductibilidad al español rioplatense; es una obra que se halla en el español rioplatense, aunque sin caer por supuesto en dialectismos exagerados (ni che, ni voseo). Esto, por varias razones que identifiqué en la práctica de traducción, por ejemplo 1) un sistema de tiempos verbales que encastra bien con el que usa Stendhal: formas simples en vez de compuestas, perfectos simples connaturales al Río de la Plata en vez pretéritos perfectos compuestos peninsulares que recargan; futuros perifrásticos que refuerzan el coloquialismo stendhaliano; 2) también (es consecuencia de lo primero), un patrón rítmico y tonal, una prosodia, que hace que cierta oralidad de superficie del estilo de Stendhal se trasluzca en la entonación, en la dicción, en el débit rioplatense; 3) finalmente, el léxico argentino que se nutre de palabras extranjeras y que tiene un eco perfecto en el rol de los extranjerismos[iv] en la prosa de Stendhal: los críticos[v] hablan de babeylismo, haciendo un juego con el apellido real del escritor, Beyle. Hay en Stendhal una superposición de la morfología de las lenguas que es constante; ese fenómeno se da, como bien se sabe, en el español de Argentina, donde abundan calcos gramaticales y sintácticos, en particular del italiano.

Posibilidad de pensar esta intimidad entre ciertas variables dialectales y el estilo de un texto, o en cualquier caso –y eso quizá sea más interesante- intentar justificar formalmente esa intimidad.

Esto entonces en cuanto a lo propio como entramado individual, que no necesariamente remite al localismo extremo, a la problemática excluyente de las variantes dialectales.

La segunda perspectiva para pensar lo propio es desde lo colectivo, cuando lo propio surge de un conjunto de acciones entre los distintos actores del campo editorial, entre las cuales pueden contarse: el desarrollo de un campo editorial fuerte, con capital, que pueda comprar derechos; elegir títulos; pagar traducciones nuevas; pagar propuestas, informes, lecturas de scouting a los traductores, que son muchas veces los primeros en manejar lo nuevo; permitir en consecuencia una circulación verdadera de textos, ideas, libros, y con ellos de autores y lectores, desde las Ferias de Libros donde se da el encuentro lector-autor, hasta los peregrinajes privados de lectores.

En suma: constituir lo propio al poder armar nosotros mismos el catálogo de títulos que traducimos, editamos, comercializamos, leemos.


[i] Guillermo De Torre, “Madrid, Meridiano intelectual de Hispanoamérica”, 1927.
[ii] Tener en cuenta quand même que para el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005), el 70% de los “errores” que se sancionan corresponde a usos americanos. Ver al respecto “Para una soberanía idiomática”.
[iii] “Nuevas batallas por la propiedad de la lengua”, 2007 (reproducido en la entrada de este blog del 23 de abril de 2010).
[iv] Artículo 3, Privilèges : « Cent fois par an, il saura pour vingt-quatre heures la langue qu’il voudra ».
[v] Éric Bordas, « Le babeylisme scriptural de Stendhal, ou le style comme langue étrangère », 2011.