El escritor y ensayista Fernando Alfón,
frecuente colaborador de este blog, nos envió el siguiente artículo donde,
probablemente, pone el dedo en la llaga y presente argumentos que no todo el
mundo va a querer aceptar. Se trata, una vez más, del lenguaje llamado
inclusivo.
La
guerra contra Todos: antecedentes
fascistas del lenguaje inclusivo
Hacia
1861, al proclamarse como un Reino, Italia carecía de una lengua nacional.
Aunque el toscano ya oficiaba como una variante de prestigio y servía para
actos públicos y oficiales, a lo largo y ancho de aquel territorio, se hablaba
diversos dialectos.La llamada lengua italiana de entonces, como hoy día,
no era sino la preferencia de ese dialecto. El italiano se hizo a partir
del toscano, aunque solo lo hablara el ínfimo porcentaje de italianos cultos de
aquella zona central de la Península. La razón de su prestigio provenía de los
célebres poetas que habían escrito en ese dialecto: Dante, Boccaccio, Petrarca.
Su prevalencia, luego, se puede explicar por el desencuentro de las facciones
políticas desde la temprana Edad Media, el analfabetismo generalizado, la
imposibilidad de establecer una lengua nacional que no fuera el latín y
etcétera.
Esa
es la situación lingüística con la que se encontró el régimen fascista al arribar
al gobierno, en 1922, cuando Benito Mussolini asumió el cargo de presidente del
Consejo de Ministros Reales de Italia. Al imaginar una nueva nación, única e
indivisible, el fascismo proyectó esa unidad en la lengua. Una norma única para
todo el pueblo italiano. Cohesionar y nacionalizar la lengua para cohesionar y
nacionalizar al nuevo Reino de Italia.
A
partir de la presunción decimonónica de que cada nación debe tener su lengua
nacional, el Reino encaró una ambiciosa reforma, italianización de la
lengua, cuyo principal objetivo fue imponer el italiano (el toscano) como
única lengua oficial del Estado. Para lograrlo, el fascismo persiguió tres
objetivos: desprestigiar el resto de los dialectos –piamontese, lombardo,
veneciano, napolitano, siciliano–, hostigar a las minorías lingüísticas –la
alemana del Alto Adigio, la franco-provenzal, la occitana, la sarda-catalana,
la slava– y reprimir la influencia lingüística extranjera –anglicismos,
galicismos, españolismos–. Toda esta reforma se justificó en la proclamada autarquía
lingüística. El régimen lo impulsó desde el primer año de su gobierno, pero
atravesó tres estadios de intensidad: defensivo, propositivo y beligerante. El
primero se limitó a una defensa de la italianidad; el segundo aventuró una serie
de palabras y formas que sustituyeran las regionales, minoritarias o
extranjeras; el tercer estadio, ya desplegada la Gran Guerra, fue de carácter
punitivo: sancionar y combatir todo aquello que se le resistiera.
Ya
en los albores del año 23 apareció una serie de decretos orientados a la
implementación de esta reforma. El 11 de febrero, por ejemplo, el impuesto a la
publicidad de una actividad industrial, comercial o profesional se agravó por
cuatro cuando se hiciera en lengua extranjera (Decreto 352, artículo 4). En
otro del 1° de octubre se lee que «En todas las escuelas primarias del Reino,
la enseñanza se imparte en la lengua del Estado» (Decreto 2185, artículo 4). Este
último decreto estaba enmarcado en una vasta reforma de la educación –Riforma
Gentile–, cuya meta era conducir a los alumnos «daldialettoallalingua».
Al
año siguiente, 1924, apareció la radio y, dos años más tarde, el cine, y ambos
debieron resignarse a los requerimientos del régimen: evitar los dialectos, las
lenguas minoritarias y los forestierismi. En 1926, el presidente del
Senado del Reino, Tommaso Tittoni, publicó «La difesa della lingua italiana»,
donde exhortaba a la eliminación de todos los neologismos. Luego, el régimen
fundó L’Ente Italiano per le Audizioni Radiofoniche (L’EIAR), para uniformar la
pronunciación en la radio y en el cine. Unos años más tarde, 1931, la Scenaillustratade
Florencia exhortó a sus lectores: «Difendiamo la lingua italiana». Poco tiempo
después, el periódico romano La Tribuna lanzó un concurso en el que se
premiaba el mejor modo de sustituir una voz extranjera. El periodista Paolo
Monelli comenzó con «Una parola al giorno» en la Gazzetta del Popolo, que
culminó, un año más tarde, en el Barbaro dominio, libro en el que se
reunían unas 500 palabras exóticas con sus respectivas voces «autárquicas», y
en cuya tapa se alzaba una caricatura de Dante, parado sobre Italia,
despotricando contra la vastedad de parole esotiche.
En
octubre de 1935, cien mil soldados del Ejército Italiano invadieron Etiopía y
pocos meses más tarde, el rey Vittorio Emanuele III fue proclamado Emperador.
El suceso no ofrecía límites a la italianización, y hasta algunos
puristas imaginaron a la africana Abisinia pronunciar en toscano. Entusiasmado
con este tipo de aventuras, hacia 1936, Gabriele D’Annunzio, dador de varios
neologismos mussolinianos, sustituyó la palabra sándwich por tramezzino.
Después, el lingüista Bruno Migliorini, propuso la sustitución de chauffeurpor
autista. Son solo algunas de las voces usuales del nuevo léxico del fascio,
cuyas listas comenzaron a crecer de forma vehemente.
En
mayo de 1937, el Ministero della Stampa e della Propaganda pasó a
denominarse Ministero della Cultura Popolare, temiblemente conocido como
Minculpop. Aquel año, las multas por la exhibición pública o el uso
comercial de voces extranjeras, que hasta entonces se multiplicaban por cuatro,
pasaron a multiplicarse por veinticinco (Regio Decreto del 9 de septiembre). El Touring
Club Italiano, entonces, creyó oportuno rebautizarse Consociazione TuristicaItaliana
y la Società Anonima Magazzini Standard amputó su rd finales, Standa,
para evitar las puniciones.
El
primero de septiembre de 1939, los alemanes invadieron Polonia y desataron la Segunda
Guerra Mundial. La suerte del Reino de Italia estaba echada. Desplegados los
primeros movimientos bélicos, el fascismo radicalizó su reforma lingüística. A
partir del 23 de diciembre de 1940 (ley 2024), quedó establecido que «Art. 1:
Se prohibe el uso de palabras extranjeras en los títulos de empresas
industriales o comerciales, y actividades profesionales». «Art. 2: Se prohibe el uso de palabras extranjeras en
rótulos, carteles, anuncios y cualquier forma de publicidad en general, por
cualquier medio que se realicen. [...]. Los avisos, letreros, listas y
cualquier escrito en general, exhibidos dentro de locales públicos o
comerciales, deben estar escritos en italiano». En el artículo quinto se lee
que «Los infractores de las disposiciones de esta ley serán castigados con una
pena de hasta seis meses de prisióno una multa de hasta 5.000 liras».
La
severidad de la norma exigió al máximo la imaginación de las sustituciones,
dando lugar a algunas inverosímiles –como ilgiocodella palla ovale,para
no decir rugby; disco su ghiaccio, en vez de hockey; o pallacanestro,
para no decir basket–. Ya se usaba la italianización calcio para
nombrar al football, pero ahora era obligatoria. El penalty pasó
a llamarse calcio di rigore, y en vez de un goal se producía un rete.
Offside se dijo fuori gioco; y corner, angolo. Los
italianos dejaron de tener parquet, para resignarse a un pavimento di
legno; en vez de whisky, tomaban acquavite, y en las
panaderías ya no vendían croissant, ahora solo se ofrecía el cornetto.
Para no decir l’insalata russa, se impuso la patriótica insalata tricolore.
La imaginación pudo haber sido
falaz, pero no afectó su osadía; también se les ocurrió que, en vez de William
Shakespeare se dijera Guglielmo Scuotilancia; en vez de Louis
Armstrong: Luigi Braccioforte; y en vez de Benny Goodman: Beniamino Buonuomo. Hay
prueba documental de todo esto. No invento ni exagero, me limito a la austera
descripción de los hechos. Para colaborar con todos estos rebautizos, la Accademia
d’Italia fundada por Mussolini presentó, en 1940, un listado de palabras
extranjeras donde se les acomodan sus sustituciones y al año siguiente publicó el
primer tomo del Vocabolario della lingua italiana (A-C).
Vamos
ahora al punto de este ensayo; al meollo por el cual era necesario trazar esta
crónica. En italiano, el pronombre masculinosingular de tercera persona es lui
(el), mientras que el femenino es lei (ella). El de
segunda persona, tu, no marca género; y en su forma de respeto, Lei (usted),
tampoco, aunque tome la forma del pronombre femenino. Cuando el fascismo
emprendió la abolición del Lei, lo hizo acusándolo de provenir del
hispánico usted, introducido durante el período que se consideraba el Secolibui
(época oscura) de la dominación española en Italia. Pero no hacía
falta ser lingüista para sospechar que el problema del Lei no era su
extranjería, sino su aparente femineidad. El régimen, entonces, descreyó de su
función universal y obligó a que se lo reemplace por el pronombre voi.
Ese
nuevo enemigo de la autarquía lingüística –una autarquía que no podía
sino ser viril– irrumpió el 15 de enero de 1938, cuando el literato florentino,
Bruno Cicognani, proclamó la «Abolizione del Lei» en el Corriere della
Sera. Traduzco algunos de sus párrafos.
«Hoy
que Italia se ve impulsada a una conciencia más profunda de su verdadero ser y
a la reconquista de su antigua grandeza, que Italia logre también esto: la
erradicación y abolición de un uso que, no solo va en contra de la ley
gramatical y lógica, sino que es un testimonio de siglos de servidumbre y
abyección».
«Porque
esta aberración gramatical y sintáctica no era más que el resultado de la
incorrección, la artificialidad de las costumbres, los sentimientos, las ideas
y las palabras que nos llegaban de España en aquella época: “el maldito
españolismo de la tercera persona”, tal como lo llamó Leopardi».
«Al
arraigar el españolismo, no solo arraigó el uso del lei, sino que el
estilo y el lenguaje se redujeron a esa cosa repugnante y ridícula que todos
conocemos».
La
diatriba contra el Lei abundaba en improperios, pero cerraba con una
exhortación: «Es ahora o nunca. La Revolución fascista se propuso devolver el
espíritu de la raza a sus auténticos orígenes, liberándolo de toda
contaminación. Pues bien: que se cumpla también esta purificación; volvamos,
incluso en esto, al uso de Roma, al tu como expresión de lo universal
romano y cristiano. Y que el voi sea una señal de respeto y
reconocimiento de la jerarquía».
El
régimen estaba exultante y, no falto de cosas para odiar, ahora había
encontrado una cosa más, aunque fuera un pronombre. Poco después de la
publicación de este artículo, el secretario del Partido Nacional Fascista,
Achille Starace, dictó disposiciones tendientes a la prohibición del Lei
en el GIL (Gioventù Italiana del Littorio) y en el Partido, publicadas en el
«Foglio di disposizioni» del 15 de febrero de 1938. Entusiasmado con esta
demonización del Lei, Mussolini exhortó a sus intelectuales a sumarse a
los esfuerzos iniciados por Cicognani. El primero que recogió el guante fue Bruno
Migliorini, y publicó «Il Lei in soffitta»
[«El
Lei en el ático»], en el número de marzo de Critica fascista, la
revista del régimen. «Así como todo plan maestro de ordenación de un centro
urbano requiere demoliciones y reconstrucciones, las nuevas formas de
tratamiento (o, como dicen los lingüistas, de alocución) requiere una
demolición y una reconstrucción. Abolido el lei; el uso del voi y
del tu se organiza de una manera nueva. La segunda norma se formula por
ahora de manera general: tu equivale a camaradería; voi, a
superioridad ojerárquía». El 14 de abril de ese mismo año, una
circular de la Presidencia del Consejo de Ministros, firmada por Mussolini,
prescribía la supresión del Leipara todos los empleados del Estado y de
los organismos públicos.
El
15 de noviembre de 1938, la revista femenina Lei, de un lustro de
existencia, fue obligada a cambiar su nombre, que desde entonces se llamó Annabella.
El comediante napolitano, Totò, en el curso de uno de sus monólogos, se
preguntó si algún día, caminando por la calle, tenía la suerte de encontrarse
con Galileo Galilei, ¿debería llamarlo, Galileo Galivoi? Un jerarca que
estaba en el público le abrió una causa que el propio Mussolini, con los
últimos vestigios de humor que le quedaban, desestimó.
En
noviembre de 1939, el fascismo montó una muestra escolar que defenestraba al Lei.
La muestra fue emplazada en la Casa Centrale de Balilla, en Turín, un edificio
racionalista, en cuya fachada enseñaba, con letras monumentales, Mostra anti-Lei.
En un corto conservado en el Archivo Storico Luce, se puede ver la apertura de
la muestra, donde los niños ingresaban al edificio y suben por su espléndida
escalinata, contemplando las gigantografías y maquetas del voi y del tu.
La muestra exponía dibujos de ilustradores turinenses que satirizaban la lucha
frontal del voicontra el Lei. En una caricatura se ve unas bolas
de bowlingrotuladas voiy tua punto de derribar unos bolos
titulados Lei. En otra, un hombre atormentado se arranca el Leide
la boca con una pinza. En otra, un árbol enseña una parte de su tronco decrépito
con el Lei, mientras que su parte florida con el voi. En otra, un
hombre fornido sujeta un pulverizador titulado voi, en el momento que
fumiga a un burgués, un snob y un servil, los tres rotulados con un Lei. En
otra, Dante Alighieri aparece enojado tachando el Leide un manuscrito. Los
niños se matan de risa con los dibujos y aprenden a despreciar aquello que está
ahí, dispuesto para el desprecio.
¿Qué
otro antecedente más directo de aquel rechazo al Lei, el actual rechazo
al todos? ¿Qué otro espejo más representativo para ver lo que puede
suceder cuando un movimiento político emprende el exterminio de un pronombre?
Huelga enumerar las evidentes diferencias entre aquel Estado totalitario y los
actuales Estados que, ajenos al fascismo, incurren en la tentación de probar
con alguno de sus métodos. Las diferencias nos
consuelan; preocupan las semejanzas. No están las multas y la presencia
intimidante de los fusiles; pero cunden los cuadernillos, los protocolos y las
cancelaciones. Sé que en este mismo momento se está tramando una muestra contra
el todos: ¡adelante: he aquí sus antecesores!