Mostrando entradas con la etiqueta Diego Fischerman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diego Fischerman. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de julio de 2016

Pititto/Mahler : otra pésima decisión del gobierno autónomo de Buenos Aires

Ángel Pititto/Mahler
Horacio Rodríguez Larreta
No es una novedad que el partido gobernante en la Argentina carece de referentes en el mundo de la cultura y por eso tiende a reemplazarlos por personajes del mundo del espectáculo o de la farándula. Tampoco, que esa situación que se da a nivel nacional, se reproduce en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, cada vez menos autónoma y cada vez menos ciudad. Ángel Pititto –no es un seudónimo– es Ángel Mahler –es seudónimo–, el músico que compone para las comedias musicales de trazo grueso de Pepito Cibrián, y acaba de ser nombrado Ministro de Cultura de la ciudad, de manera absolutamente inconsulta y caprichosa, por Horacio Rodríguez Larreta, el actual jefe de gobierno.
La designación se realiza luego de que el puesto quedara vacante con la renuncia parcial de Darío Lopérfido, quien acusó a las organizaciones de derechos humanos de hacer dinero exagerando el número de desaparecidos de la última dictadura militar argentina, sufriendo luego el descrédito en todo acto cultural que presidiera. Ahora bien, más allá del hipotético talento de Pititto/Mahler, carece de antecedentes para ocupar un cargo de gestión tan importante. Pero en la Argentina todo es posible. Por eso, por la gravedad del caso, se reproduce a continuación la columna de opinión que ayer publicó el escritor y crítico Diego Fischerman en el diario Página 12.

Las imposturas del “falso Mahler”

El cuarteto de cuerdas y el pianista, vestidos de riguroso frac, entran en el escenario del teatro de provincias. El programa incluye algunas de las canciones de las comedias musicales que Angel Mahler, el pianista, compuso junto a Pepe Cibrián (h) y sencillos arreglos de músicas de películas. Las notas del programa presentan al músico como “compositor y director de orquesta” y aseguran, igual que su currículum publicado en Internet, que “estudió piano con Evi Swillinger y orquestación con Manolo Juárez”. Todo es una impostura, desde el nombre falso del protagonista hasta lo que toca el cuarteto, pasando por el apellido de su supuesta profesora de piano –que se escribe con “z”–, y la mención a Juárez, que reveló en una entrevista con este diario publicada el 7 de noviembre de 2014, que lo echó de sus clases y alguna vez pensó en hacerle juicio por la fraudulenta utilización de su nombre.

Nacido como Angel Pititto, el autor de Drácula había dicho, también en Página/12, que la elección de su célebre nuevo apellido se debió a que “alguien me dijo que había un compositor con ese nombre y me gustó cómo sonaba”. No es director de orquesta: apenas marca los pulsos en sus propias piezas y en los pobrísimos arreglos de éxitos ajenos que pasea por teatros de la Argentina. La escritura de las cuerdas remeda las pistas con sintetizadores, sin contrapunto ni asomo de movimiento contrario en las voces. En sus obras, los acompañamientos del piano en arpegios, con un invariable crescendo al final, acompañan melodías cantables, que provienen en partes iguales de los estilos de Andrew Lloyd Webber junto al letrista Tim Rice y, claro, del inagotable Giacomo Puccini. Como en su nombre y en su curriculum espurio, lo que importa es la apariencia, que recurre al aura de prestigio de la llamada música clásica. Más allá de numerosos litigios por parte de músicos que trabajaron con él, por incumplimiento de obligaciones contractuales, el compositor auto bautizado como Mahler no goza de prestigio alguno en el medio artístico porteño. Se reconoce, sí, el éxito popular de sus comedias musicales, donde fue determinante el carisma del tenor Juan Rodó como su protagonista.

En el campo de la gestión cultural, en cambio, carece de antecedentes. Ha producido sus propios espectáculos y un disco de la Memphis. No se conocen sus opiniones sobre danza contemporánea, sobre óperas y conciertos ni sobre el teatro actual o el clásico. Nunca ha expresado públicamente sus ideas acerca del papel de los teatros públicos en la cultura de una ciudad o de la defensa del patrimonio cultural ni ha participado en debate alguno acerca de tendencias estéticas o políticas de financiamiento a emprendimientos en la materia. No es público habitual ni del teatro independiente de Buenos Aires, ni del Teatro Colón ni, en rigor, de ninguno de los organismos que, en el caso de prosperar su desatinado nombramiento, habrán de estar bajo su égida.

Buenos Aires, además de su peso como foco cultural en Latinoamérica, cuenta con una poderosa estructura oficial destinada a la defensa del patrimonio y el cuidado de la vitalidad actual de esas tradiciones. El Ministro de Cultura tiene en su órbita ni más ni menos que el Teatro Colón, el Complejo Teatral de Buenos Aires (San Martín, Alvear, De la Ribera, Regio y Sarmiento), la Sala 25 de Mayo, los Centros Culturales San Martín y Recoleta, la Usina del Arte, las orquestas Filarmónica de Buenos Aires, Estable del Teatro Colón, Académica y de Tango de Buenos Aires, la Banda Municipal, los Coros Estable y de Niños del Colón, el Ballet Estable de ese teatro y la compañía de Danza Contemporánea del San Martín, la compañía de títeres de ese mismo teatro, los festivales de tango, de cine independiente, de jazz y el FIBA (Festival Internacional de Buenos Aires), el ciclo de Música Contemporánea del Complejo Teatral, todas las bibliotecas municipales, la mayoría de los museos de la ciudad, la totalidad de la enseñanza artística, incluyendo el Conservatorio Manuel de Falla y, desde ya, los diversos programas de estímulo a la lectura y la creación literaria y los subsidios a la creación de teatristas y coreógrafos.

Angel Mahler no tiene experiencia, ni opinión que pueda conocerse, acerca de los campos específicos relacionados con ninguna de estas instituciones. Ante la magnitud –y al mismo tiempo la alta especificidad– de las responsabilidades de un ministro de esa área, en la ciudad, y teniendo en cuenta la tradición y el prestigio de Buenos Aires en ese campo, además del valor simbólico que muchos de sus habitantes le otorgan (aún) a la cultura, la designación del falso Mahler puede deberse a dos causas y ninguna de ellas es compatible con los deberes de una administración democrática. La primera, la más sencilla, es la letal combinación entre ignorancia y prepotencia que hace que en aquellos terrenos en que se lo ignora todo no se consulte a los más informados en la materia. Actores, músicos, dramaturgos, directores teatrales, bibliotecólogos, editores de libros, especialistas en mecenazgo, coreógrafos, bailarines y educadores podrían haber alertado a tiempo acerca de lo disparatado de tal nombramiento. La segunda causa sería aún más peligrosa. La elección del falso Mahler como ministro de cultura podría deberse a una provocación. El ámbito de la cultura es el único que ha expresado una oposición consistente al gobierno del PRO, que lo sabe enfrentado a sus designios y, para peor, lo considera incomprensible. Sería, simplemente, un castigo al sector de la población al que consideran más díscolo.


martes, 23 de julio de 2013

Cómo se ordena una biblioteca/discoteca (IV)

Después de Eduardo Stupía, de Luis Chitarroni y de Sergio Renán, el ciclo "Cómo se ordena una biblioteca/discoteca" continúa el jueves 25 de julio, a las 19 hs, con  entrada libre y gratuita como siempre, con la presencia del escritor y crìtico musical Diego Fischerman, lector empedernido y poseedor de una inmensa discoteca, cuyos secretos compartirá con los presentes.

La cita es, como siempre, en CCEBA . Florida 943 - C.A.B.A 

Diego Fischerman es autor de Efecto Beethoven: complejidad y valor en la música de tradición popular (Paidós, 2004, reeditado en versión ampliada en 2013), Escrito sobre música (Paidós, 2005, reeditado en versión ampliada en 2012), Después de la música. El siglo XX y más allá (Eterna Cadencia, 2011) y, en colaboración con Abel Gilbert, Piazzolla. El mal entendido. Un estudio cultural (EDHASA, 2009). Publicó el volumen de cuentos El principio del terror (Mondadori, 2010). Se desempeña como crítico musical y periodista en Página/12, y en diversas publicaciones argentinas y extranjeras. Fue editor de Revista Clásica entre 1999 y 2001. Coordinó las ediciones discográficas completas de Astor Piazzolla y Mercedes Sosa para los sellos Universal, Sony y Lantoower. Conduce los programas radiales Historias en modo mayor, en La 2x4, La discoteca de Alejandría, en Radio Nacional Clásica y Tren de noche (un programa de jazz con desvios y ocasionales descarrilamientos), en la Radio de la Universidad de Buenos Aires. Administra el blog Fischerman’s Tales (www.cuentosdelpescador.blogspot.com).
Ha participado en congresos sobre periodismo cultural invitado, entre otras instituciones, por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, presidida por Gabriel García Márquez. Ha dictado clases en distintas casas de estudio, entre ellas la Universidad “Adam Mickiewicz” de Polonia y la Universidad Austral de Chile. 

martes, 17 de enero de 2012

¿El traductor como intérprete?

Diego Fischerman es narrador y crítico musical. El sábado 14 de enero, en su excelente blog Fischerman's Tales (ver aquí) colgó una entrada a propósito de la interpretación musical, el disco y la grabaciones como formas de traducción. La reproducimos –con la misma ilustración con que se presentó–, aun a riesgo de endogamia, ya que es uno de los blogs que más calurosamente recomienda el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.

Traducir

El año pasado, durante su visita a Buenos Aires, Minae Mizumura, la escritora de la extraordinaria Una novela real (originalmente Honkaku Shosetsu, nombre que designa a las novelas clásicas adaptadas en Japón como literatura juvenil, con nombres, locaciones y hasta finales japoneses), decía que en toda traducción se pierde algo. Los artículos y discusiones de uno de nuestros blogs amigos, el del Club de traductores literarios de Buenos Aires rondan, por supuesto, estas cuestiones, de las que el propio título de la novela mencionada es una muestra. Lo que no suele decirse (traductores traidores y todo eso) en que en las traducciones también se gana algo. Y no me refiero a las posibles mejorías que Borges podría haber introducido en Faulkner, o León Felipe en Whitman (éstas últimas bastante dudosas) sino a algo mucho más prosaico. Yo, desconocedor de muchos más idiomas que los que conozco o podría conocer, soy un lector de traducciones. Sé que la música original de los textos de Akutagawa o de Tolstoi, entre muchas otras, me es inaccesible. Sé que no es una pérdida intrascendente (¿o es que acaso ese par de versos de uno de los tercetos de un soneto de Borges –"...la memoria es una forma del olvido/ que retiene el formato y no el sentido..."– podría sonar de esa manera en otro idioma?). Pero, también, sé que, no a pesar sino gracias a las traducciones, he leído a Akutagawa y Tolstoi. Acabo de terminar de leer una discutida novela de Jonathan Franzen, Libertad (editada en castellano por Salamandra) Según el New York Times se trata de la gran novela americana de las últimas décadas. Según otros, de un fresco (o una postal) más bien superficial y a la moda de la vida norteamericana contemporánea. Creo que la indignación de unos está sobreactuada en relación con lo que se considera la desproporción del ditrirambo de los otros. Me parece que no es la mejor novela de todos los tiempos pero sí una muy buena novela. Pero no es a eso a lo que voy sino a sus jóvenes "enrollados", a su música "súper guay" y, por supuesto, a sus "capullos" y "gilipollas" distribuidos de manera pareja a lo largo de más de 600 páginas. A la molestia inicial frente a los modismos españoles para traducir modismos estadounidenses juveniles, sobrevino una pregunta. ¿Habría una alternativa mejor? Finalmente, los dialectos urbanos de Madrid ya son casi convencionales. Es posible que entienda más el "gilipollas" o el "soplapollas" que algún equivalente dominicano o del Perú. Preferiría (y en realidad no estoy demasiado seguro) el local "pelotudo" pero entiendo que sería incomprensible o por lo menos violento para la gran mayoría de lectores en español de todo el mundo. Y tampoco sería deseable un neutro y educado español para la traducción de la acalorada puteada de un matrimonio en crisis o de dos amigas al borde del ataque de nervios. Finalmente, hay una gran cuota de costumbre, como se desliza en uno de los comentarios acerca del doblaje en el mencionado blog de los traductores. En mis juegos infantiles el Sargento Sanders hablaba, con la mayor de las naturalidades, de tú y con acento centroamericano. Y, a la luz de algún reciente experimento con algún texto clásico, no digo que esté mal (no tengo la autoridad para hacerlo) pero me cuesta bastante imaginar al Sargento Sanders gritando "che, rajá de la trinchera que vienen los nazis". Hay, sí, cosas gratuitas, como el título del libro de Alex Ross, The Rest is Noise convertido, porque sí, en El ruido eterno. Y es ahí donde se me ocurre pensar a la interpretación musical, y hasta al disco y la grabación, como traducciones. Sus distancias con la vivencia directa de la música, con tocarla con el propio aire o los propios dedos, con escucharla a pocos metros de distancia y, más radicalmente, con la pureza ideal de la partitura, implican, también, pérdidas. Todos sabemos que escuchar a Jimi Hendrix o Santana en Woodstock, pero en los equipos de audio de nuestras casas (o, peor aún, en el IPod o la computadora) no es lo mismo que haber estado allí. Pero sabemos también que, dado que no hemos estado allí ni podríamos estarlo jamás, la grabación es nuestra mejor opción. Buscamos, en todo caso, el mejor sonido posible, Y en el caso de las interpretaciones, como en el de los traductores, me siento lejos –y es una cuesrtión personal y, por lo tanto, discutible– de los que se sienten autores. De los que, ante la obra ajena, buscan, en lugar de su mejor expresión posible, la de ellos. De los que no se consideran vehículos (expresivos, personales, inteligentes pero vehículos al fin) de la obra sino, más bien, entienden como vehículo (propio) a la obra ajena.

jueves, 1 de octubre de 2009

¿Otra vez el cisne de Iberia?


En el muy interesante blog del crítico musical Diego Fischerman, está teniendo lugar una incipiente discusión a propósito del título que el traductor español Luis Gago le puso a su traducción castellana de The Rest is Noise, monumental obra del musicólogo Alex Ross. Por supuesto, se recomienda buscar la polémica allá donde se inicia (vale decir, en el blog en cuestión), pero es difícil resistirse a la tentación de someter los problemas de traducción que allí se discuten a los usuarios de este blog, quienes están invitados a ofrecer su punto de vista sobre la cuestión.

Al blog de Fischerman se accede yendo a http://cuentosdelpescador.blogspot.com/

"Descendamos y confundamos sus lenguas"

En una entrada anterior se hablaba de la traducción del título del libro de Alex Ross, The Rest is Noise, en la edición española de Seix Barral. La opción elegida por el traductor, Luis Gago, y los editores, fue El ruido eterno, una frase que, además de alejarse de la referencia de Ross a la famosa frase del protagonista, antes de morir, en la segunda escena del quinto acto de Hamlet, se distancia del sentido del título original. Un lector envió, con gentileza, el link a una página web llamada Retroklang donde Gago argumenta (favorablemente, es claro) acerca de su decisión. Su razonamiento es, además de endeble, curioso. Dice: "Leí todas las traducciones al castellano de Hamlet, incluida, por supuesto, la de Astrana. Todos los traductores optan por 'Lo demás es silencio' o 'El resto es silencio'. Francamente, Lo demás es ruido suena fatal (a mí). El resto es ruido suena aún peor. Un título tiene que sonar y The rest is noise suena, además de que, para un oyente inglés, es muy fácil establecer la asociación con el 'The rest is silence' hamletiano. ¿Cuántos lectores españoles asociarían 'El resto es ruido' con la frase final de Hamlet? Ninguno, me atrevo a aventurar. Moratín simplemente valía para conseguir un título que tenía que reunir al menos dos condiciones: 1) Incluir la palabra 'ruido'; 2) Tener una vinculación con la frase final de Hamlet. Ross, los editores y yo mismo pensamos que El ruido eterno era un título eufónico que reunía las dos condiciones. Quizá no sea el mejor, pero sí el menos malo". El criterio de buscar otra referencia a un mismo texto cuando la original es difícil de traducir o poco grata en la nueva lengua es habitual en el caso de títulos de films u obras teatrales. Lo que no la hace correcta ni deseable. Y no es un dato menor el hecho de que, más allá de su discutible eufonía e incluso de su referencia a Hamlet, "el resto es ruido" quiere decir algo diferente que "el ruido eterno". Eventualmente, en la imposibilidad de conservar un juego de palabras o una cita a otro texto al mismo tiempo que el significado, siempre es preferible optar por este último. Siguiendo el criterio de Gago, un título maravillosamente sonoro como Alice's Adventures in Wonderland bien podría trocarse en "Instrucciones para endulzar la cabellera", al fin y al cabo también relacionado con el sentido del texto. O por el más comercial "Una niña traviesa y confundida". Que a Gago no le guste como suena "El resto es ruido" (que a mí, por otra parte, me gusta bastante) no parece un argumento suficiente como para cambiarlo por otra frase de significado diferente, por más que esta guarde alguna relación con alguna frase de alguna traducción particular de Hamlet (no conozco la de Moratín y Gago no la cita en su defensa). Y aquí es donde se comete otro error. No se trata de cualquier frase de Hamlet sino de una bastante famosa, usada como título de por lo menos tres films (una adaptación de la obra de Shakespeare entre ellos), varias canciones e incluso de una banda de rock; una frase que, aunque Gago no lo crea, hasta un español podría conocer. Y aun si no la conociera y el lector hispanoparlante se perdiera ese guiño (o el señalado por Guillermo Bazzola acerca del uso de "rest" como silencio musical) no debería olvidarse que se trata de un libro sobre música, y no sobre Hamlet, y que la idea de que "el resto es ruido" no resulta ni de cerca reemplazable por la de un "ruido eterno". La eternidad del ruido es, en todo caso, la de Babel y aquel excesivo castigo de un dios soberbio cuando, sólo para evitar que los hombres y mujeres del mundo llegaran al cielo, resolvió confundir sus lenguas para que ya no se entendieran entre sí. Y creó a los traductores españoles.

martes, 25 de agosto de 2009

Séptima reunión del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires


El lunes 24 de agosto tuvo lugar la séptima reunión del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. En la oportunidad, Diego Fischerman habló de "Traducir lo intraducible: De la música al lenguaje y de unos lenguajes a otros".

La filmación completa del encuentro puede consultarse en www.ustream.tv/recorded/2042528

Diego Fischerman es periodista especializado en música y escritor. Publicó Piazzolla. El mal entendido (en colaboración con Abel Gilbert), Escrito sobre música, La música del siglo XX y Efecto Beethoven. Complejidad y valor en la música de tradición popular. Es autor asimismo de un volumen de cuentos, El principio del terror, próximo a publicarse.

El blog de Diego Fischerman es http://cuentosdelpescador.blogspot.com/


miércoles, 1 de julio de 2009

Una zona maltratada por la traducción


Diego Fischerman es uno de los más importantes críticos musicales de la lengua castellana. Director de la desaparecida revista Clásica de la Argentina, autor de Efecto Beethoven y de otros ensayos sobre música igualmente notables, escribe en el diario Página 12,así como en numerosas publicaciones de Latinoamérica y España. Además, administra su propio sitio de Internet (http://cuentosdelpescador.blogspot.com/), altamente recomendable.
El texto que sigue fue especialmente escrito para este blog.

De música sabemos todos

En la novela Amsterdam, de Ian McEwan, uno de los personajes es compositor. Y opina sobre música. Si el escritor inglés hubiera sabido que el libro se publicaría en Anagrama, traducido por Jesús Zulaika, tal vez habría evitado esos riesgos. De esa manera, Clive, un crítico de los rumbos tomados por la música artística de tradición europea y escrita a lo largo del siglo XX, no se hubiera encontrado condenando algo inexistente como las “secuencias tonales”, en lugar de las “series”. Es decir, “secuencia” y “serie” podría parecer lo mismo pero en música da la casualidad de que no lo es. También se habla más adelante del “tono” –y he allí una de las palabras más conflictivas del inglés, en relación con la música– y resulta que tono, en castellano, no significa nada demasiado específico. Puede ser un acorde, para los guitarristas de música popular, puede ser el modo expresivo (un tono oscuro, por ejemplo) o muchas otras cosas. Gran parte del vocabulario sobre música es metafórico (texturas transparentes, coloridos turbios, orquestaciones densas) y hay una parte que no. Y eso sin entrar en usos locales o propios de subculturas como el jazz, donde ni “sound” quiere decir sonido ni “cool” significa frío, de la misma manera en que “changes” no son cambios (o no sólo eso) sino más bien secuencias de acordes cambiantes. Con ustedes, la zona más desprotegida y maltratada de la traducción: los textos sobre música. Y es que a nadie se le ocurriría traducir un libro de medicina sin un diccionario específico al lado. En cambio de música sabemos todos.