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jueves, 19 de junio de 2025

Una nueva "edición oficial" en inglés de Mafalda



Según la noticia sin firma, publicada el pasado 17 de junio en Diarios Bonaerenses, "El icónico personaje creado por Quino desembarcó en el mercado angloparlante. El traductor, un irlandés que vivió dos años en Buenos Aires, comparó a la historieta con clásicos como Peanuts y Calvin & Hobbes”.

Mafalda llegó a EE.UU. con la primera publicación oficial de una editorial en lengua inglesa

A 60 años de su primera aparición, el icónico personaje creado por Quino, Mafalda, desembarca por primera vez de forma oficial en el mercado angloparlante gracias a la editorial Elsewhere, especializada en literatura infantil. La traducción estuvo a cargo del irlandés Frank Wynne, quien vivió dos años en Buenos Aires y se empapó del habla porteña. No es la primera versión en inglés, pero sí la primera a cargo de una editorial del hemisferio norte, ya que desde 2001 lo intentó De la Flor.

El primer tomo de la “Mafalda” de Elsewhere Editions ya está disponible en las librerías de EE.UU. y en su sitio web a un precio -accesible para los actuales estándares- de 18 dólares, y se espera que salgan otros cuatro volúmenes próximamente.

Wynne, que traduce a su idioma a Almudena Grandes y a autores franceses, contó a la agencia EFE que descubrió a Mafalda en los años ‘80 en París y se sorprendió que allí fuera todo un fenómeno literario.

Sobre la traducción, aseguró que trató de verter al inglés el habla porteña -que además tiene seis décadas, con todo el cambio generacional que eso supone- pero que hubo algunas “bromas imposibles”.

Y puso a la historieta argentina al nivel de Peanuts y Calvin & Hobbes. Las tres tienen en común que son “libros para adultos”, aunque revistan la apariencia de literatura infantil.

“Mafalda es una sátira de la sociedad que sigue funcionando hoy”, dice Wynne. “Tal vez no hay una guerra en Vietnam pero sí hay una en Gaza y otra en Ucrania”, en las que el lector puede reconocer las preocupaciones que obsesionaban a Mafalda, asegura.

Porque “Mafalda es muy política, habla de Vietnam, del capitalismo y del comunismo”, pero también es una nena con reflexiones ingenuas y amiga de sus amigos, aun cuando sean tan diferentes como la superficial Susanita, el soñador Felipe o el “galleguito” Manolito, un personaje quizás difícil de explicar al público estadounidense.

La historieta argentina vive un momento álgido: mientras la adaptación de Netflix de El Eternauta, obra de Héctor Oesterheld y Francisco Solano López, trepó a la cima de todas las listas, se sabe que la N roja prepara una serie animada de Mafalda dirigida por Juan José Campanella que podría llegar en 2026.

De siete a once
Mientras tanto, De la Flor comenzó a editar Mafalda & Friends en 2001. “Nos pedían traducciones hasta en los idiomas más insólitos, pero nunca pudimos interesar a las editoriales inglesas o norteamericanas”, contó en ese momento su fundador, Daniel Divinsky, a La Nación. Y destacó: “¡Nos decían que Mafalda se parecía demasiado a Peanuts, la tira del perrito Snoopy!”. Es curioso que ese argumento, en ese momento negativo, hoy en día se presente como parte del atractivo de la historieta.

Pero -según afirma la nota-, “desbordado por pedidos de turistas, estudiantes de inglés y fanáticos internacionales, Divinsky decidió que Mafalda ya no podía dejar de hablar la lengua de Shakespeare, por lo que la está haciendo traducir en la Argentina para luego exportarla”.

Y aseguró que “será una versión especial, con un máximo de siete tomos, porque tenemos que eliminar las referencias culturales demasiado fuertes. Y no sólo las políticas: hay que prepararla para que pueda ser disfrutada por gente que nunca en su vida ha visto un sifón”.

Casi un cuarto de siglo después de ese chiste lanzado en una entrevista, la imagen de Mafalda “volando” impulsada por el poder de los sifones fue la que eligió Elsewhere para publicitar su nueva edición.

Esos siete tomos previstos de Ediciones de La Flor se convirtieron en 11 y salieron hasta el año 2013. Todavía son relativamente fáciles de conseguir, pero habrá que ver qué pasa si la edición “oficial” en inglés se convierta en un boom editorial.

martes, 31 de marzo de 2020

Una encuesta para traductores de poesía (VII)

Séptimo día de la encuesta para traductores de poesía


Verónica Zondek
Traductora de Derek Walcott, Emily Dickinson, Ann Carson, Anne Sexton y Gottfried Benn, entre otros.

1)¿Por qué razón traduce poesía?
Traduzco poesía por distintas razones todas ellas emparentadas. Es decir, porque un libro o modo de escribir me entusiasma, me agarra y me dan ganas de ver si lo puedo trasladar al castellano para compartir con otros esa nueva pasión por una voz determinada; porque traducir lo que encontré me abre a un mundo o a un modo de decirlo que a su vez me estimula y me amplía o profundiza mi forma de entender; porque todo eso hace que me zambulla y transite en una especie de trance personal que me desconecta del cotidiano y me introduce en un espacio que me abstrae y conecta a la vez.  Esa sensación me encanta.  Muchas veces también trabajo con un poema o poemario que me parece está mal traducido y eso mismo hace que intente encontrar la voz, música y sentido que logre transmitir mejor su carga. Y, por último, tengo que confesar que también traduzco por puro enamoramiento con las palabras.  Pasar unas horas buscando un vocablo determinado o un conjunto de ellas, es algo que me enamora.

2) ¿Cómo llega a la traducción? ¿Propone usted mismo al autor? ¿Recibe encargos de parte de la editorial? ¿De quién es la iniciativa?
Llego por casualidad o por búsqueda intencionada a un autor determinado o acepto encargos de alguna editorial.  Esto último, sólo en el caso de que esos textos me atraigan del mismo modo que si los hubiese elegido yo.

3) ¿Qué criterio emplean las editoriales para considerar la paga que usted recibe?
Variados.  O se relacionan con alguno de los fondos que entregan los dineros y por lo mismo determinan el monto o, de verdad te buscan para traducir algo y te pagan en ejemplares o muy moderadamente. Esto en Chile es muy escaso ya que no se valora ni el tiempo ni el compromiso que se requiere para hacer una buena traducción literaria. Creo que nunca he recibido lo que yo considero un pago justo por este trabajo.

4) ¿Hace usted algo para mejorar esas condiciones?
Doy mis pequeñas batallas, pero, he llegado a la conclusión de que no hay que confiar mucho en el éxito de las mismas.

5) ¿Conoce las políticas de subsidios a la traducción que tienen muchos países del mundo? ¿Los recibe?
Conozco algunos subsidios y, en ocasiones, los he recibido.


Eiléan Ní Chuilleanáin

Traductora de Nuala Ní Dhomhnaill, Michele Ranchetti e Ileana Malancioulu, entre otros.

1) ¿Por qué razón traduce poesía?
Como poeta, envidio y dependo de otros poetas. Los traduzco para entenderlos

2) ¿Cómo llega a la traducción? ¿Propone usted mismo al autor? ¿Recibe encargos de parte de la editorial? ¿De quién es la iniciativa?
En muchos casos, proviene de mi propia lectura, y así selecciono poemas que parecen traducibles, para los cuales más tarde buscó una revista donde publicarlos. En el caso de un festival que hay en Italia y al que asisto todos los años, se me pide que traduzca a un poeta, pero tengo cierta influencia para elegir cuál. En Irlanda, me invitaron dos veces a traducir un libro seleccionado de la obra de un poeta de un idioma en particular, pero se me permitió elegir al poeta y elegir qué poemas irían en el libro.

3) ¿Qué criterio emplean las editoriales para considerar la paga que usted recibe?
El pago depende de si existe o no un subsidio de un organismo público. Si no, no hay pago. Me pagaron bien cuando traduje del italiano al irlandés, ya que hay un subsidio para los libros en irlandés.

4)  ¿Hace usted algo para mejorar esas condiciones?
Muy poco, aparte de garantizar que las traducciones que publico en la revista que edito se paguen correctamente.

5)  ¿Conoce las políticas de subsidios a la traducción que tienen muchos países del mundo? ¿Los recibe?
Literature Ireland me pagó una tarifa subsidiada cuando publiqué libros traducidos. 


Manuel Ollé
Traductor de poesía china.


1)¿Por qué razón traduce poesía?
Por un lado está el placer y la diversión y el aprendizaje que representa el poder practicar una modalidad de traducción literaria que siendo traducción sigue siendo inevitablemente escritura poética. En algunos casos lo económico no jugaba papel alguno (revista literaria precaria en lengua minorizada como el catalán), en otros sí lo jugaba. También es una oportunidad de transmitir a la propia literatura formas, voces, acentos que la vuelven más habitable.

2) ¿Cómo llega a la traducción? ¿Propone usted mismo al autoautor ¿Recibe encargos de parte de la editorial? ¿De quién es la iniciativa?
En casi todos los casos viene de propuestas editoriales o de revistas o festivales de poesía. También varias de estas propuestas fueron propuestas abiertas: acabé decidiendo los autores y poemas finalmente traducidos. Mi función era múltiple: traductor-antólogo-prescriptor.

3)  ¿Qué criterio emplean las editoriales para considerar la paga que usted recibe?
En los casos que involucraban a editoriales o instituciones (Festival de Poesía) un precio de conjunto, sin contar poemas o caracteres...

4) ¿Hace usted algo para mejorar esas condiciones?
Nada, la verdad.

5) ¿Conoce las políticas de subsidios a la traducción que tienen muchos países del mundo? ¿Los recibe?
Conozco alguna, las que ofrece para el catalán el gobierno catalán, sí. Y las de Taiwan y China, pero normalmente son para traducción al chino, y no me interesan.





viernes, 16 de noviembre de 2018

Frank Wynne compiló una monumental antología internacional de cuentos traducidos al inglés

El irlandés Frank Wynne (nacido en el Condado de Sligo en 1962) es escritor y traductor literario de, entre otros, Michel Houellebecq, Claude Lanzmann, Yazmina Khadra, Marcelo Figueras, Almudena Grandes, Andrés Caicedo, etc. Proviniendo del ámbito de la lengua inglesa, donde se traduce realmente muy poco, tuvo una idea extraordinaria: realizar una portentosa antología de cuentos de todo el mundo, que, con el título Found in Translation: 100 of the Finest Short Stories Ever Translated, publicó el sello británico Apollo, en septiembre de este año. 

Se trata de una antología monumental que incluye algunos de los mejores cuentos de muchas de las más importantes lenguas habladas en el mundo. Solamente del dominio del castellano, se incluyen textos de Miguel de Cervantes, Pedro Antonio de Alarcón, Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Guillermo Cabrera Infante y Roberto Bolaño, quienes comparten las 936 páginas del volumen con Gustave Flaubert, E.T. A. Hoffmannn, Ivan Turgeniev, Lev Tolstoi, Joaquim Maria Machado de Assis, Alphonse Daudet, Knut Hansum, Anton Chejov, Thomas Mann, Lu Xun, Dino Buzzatti, Samuel Beckett, Leonardo Sciascia, Italo Calvino, Vladimir Nabokov, etc.  


jueves, 10 de mayo de 2018

Michael Cronin, nuevo director del Trinity Centre for Literary and Cultural Translation

Michael Cronin es profesor de francés en el Trinity College de Dublín y el flamante director del Trinity Centre for Literary and Cultural Translation. El siguiente artículo fue publicado en The Irish Times, el 25 de abril pasado. Aquí se reproduce gracias a la traducción realizada por Julia Benseñor. 

La traducción literaria acerca
el mundo a Irlanda e Irlanda al mundo

“Necesitamos mantener esta conversación cosmopolita más que nunca. A los traductores lesinteresa más levantar puentes que quemarlos, derribar paredes que levantar muros.”

La famosa ocurrencia de Umberto Eco de que "la lengua de Europa es la traducción" adquiere una resonancia particular en la actualidad cuando el futuro de Europa está puesto en cuestión dada la presencia cada vez más explícita de un exclusivismo étnico en todo el continente.

A los traductores, por su parte, les interesa más levantar puentes que quemarlos, derribar paredes que levantar muros. Y en una época en la que sectores enteros de la humanidad pueden ser desechados con un simple rótulo (de migrantes), los traductores pueden a través de su trabajo darles voz a quienes no la tienen, darles nombre a quienes son anónimos.Lo hacen a través de la meticulosa tarea de volcar los escritos de otros realizados en las diferentes lenguasque existen en el mundo a otra lengua que pueda ser entendida. En otras palabras, contribuyen de manera concreta al desarrollo de la imaginación empática, a la capacidad de poder imaginar lo que significa ser otra persona, alguien diferente de uno mismo.

A medida que aumentan las interacciones globales, que miramos la cooperación ecológica coordinada a través del planeta y nuestras ciudades se vuelven más multiculturales y multilingüísticas, necesitamos esta forma de imaginación como nunca antes.

Los traductores literarios, al darles la bienvenida a los escritos de otros en su propia lengua y cultura, practican una forma indispensable de hospitalidad, una apertura al mundo que significa que continuaremos teniendo un planeta en el que se pueda vivir y celebrar. Por supuesto, a lo largo del proceso, los traductores también contribuyen poderosamente con su propia lengua y cultura. Lutero le abrió las puertas al alemán moderno con sus traducciones. Los traductores de la Biblia del rey James alteraron radicalmente el destino del inglés y los traductores franciscanos irlandeses que trabajaron en Louvain y en otros lugares tuvieron una influencia decisiva en la aparición del irlandés moderno.

Ayer celebramos la inauguración de una nueva sede del Trinity Centre for Literary and Cultural Translation en un casa georgiana bellamente restaurada de la calle Fenian, en Dublín. En una asociación entre la Escuela de Lenguas y Literatura y Estudios Culturales del Trinity, de Literature Ireland y de Dalkey Archive Press, este nuevo centro promoverá a los traductores literarios y culturales como profesionales creativos al servicio de conectar lenguas y culturas del mundo, acercando lo mejor de la literatura internacional a los lectores irlandeses y  llevando lo mejor de la literatura irlandesa a los lectores de todo el mundo.

El evento, que incluyó lecturas de la poesía de Seamus Heaney en ruso, húngaro, polaco y español de México, rindió tributo a las contribuciones de Heaney a la literatura en su doble rol de escritor y traductor así como reconoció suimportante apoyo para el desarrollo del Trinity Centre for Literary and Cultural Translation.

Cuando Irlanda se prepara para una Europa post-Brexit, la labor del traductor literario se vuelve más importante que nunca. Necesitamos saber más sobre la vida, la historia y la cultura de nuestros vecinos europeos si queremos desarrollar relaciones resilientes y duraderas que sobrevivan a las dificultades de la desconexión.  

Nuestros vecinos necesitan conocer el rico legado literario de la isla de Irlanda así como las riquezas que podemos poner sobre la mesa europea. Literature Ireland ha sido notablemente exitosa en su objetivo de hacer traducir más de 2.500 obras de literatura irlandesa a las lenguas del mundo. El país necesita los servicios de esas mujeres y esos hombres que tan diligentemente promueven lo mejor de nuestra literatura en sus diversas lenguas.

Ahora que nuestra isla se ha convertido en el nuevo hogar de hablantes de más de 160 idiomas que traen consigo sus diferentes historias y culturas, debemos ver a la traducción literaria como una parte indispensable de nuestra ciudadanía común. Dado que es deseable pero no siempre posible aprender las lenguas de quienes arriban a nuestra isla, podemos siempre recurrir a los servicios del traductor literario para comprender la historia, los orígenes y la profundidad cultural de los recién y no tan recién llegados a la sociedad irlandesa. La traducción literaria acerca el mundo a Irlanda e Irlanda al mundo. Sin duda, necesitamos esta conversación cosmopolita más que nunca.


Ver el original en
https://www.irishtimes.com/culture/books/literary-translation-brings-the-world-to-ireland-and-ireland-to-the-world-1.3472951

miércoles, 29 de marzo de 2017

Franz Kafka de la mano de un traductor irlandés

La primera reunión del año del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires tuvo como invitado a Mark Harman, traductor irlandés de literatura alemana, quien, de paso por Buenos Aires, eligió hablar de los problemas que le plantea Franz Kafka a los traductores.

Su breve exposición, seguida por una suerte de entrevista pública, abordó la historia de las traducciones de Kafka al castellano, inglés y francés, los errores inducidos por la particular lectura de Max Brod, las principales cuestiones estilísticas, la posible relación entre Samuel Beckett y Kafka, la idea de retraducción de un mismo título a través del tiempo y otras cuestiones afines, que pueden verse en el siguiente vínculo: https://www.youtube.com/watch?v=Mkn4gs3Bx7c&feature=youtu.be.

Mark Harman se desempeña como profesor de inglés y alemán en Elizabethtown College en Pennsylvania, Estados Unidos. Ha recibido diversos galardones por su labor como traductor. A lo largo de toda su carrera, investigó y escribió sobre autores israelíes y escritores en lengua alemana, con especial énfasis en la obra de Franz Kafka, sobre quien escribió y publicó más de 20 artículos. Su labor como traductor ha sido premiada y reconocida por numerosas instituciones, como la Modern Language Association, que en 1998 le otorgó el premio Lois Roth Award por su traducción de la novela The Castle (El castillo), de Kafka. También tradujo al inglés los libros Soul of the Age, una antología epistolar de Herman Hesse, Robert Walser rediscovered, con textos desconocidos del autor suizo y Letters to a Young Poet (Cartas a un joven poeta), de Rainer Maria Rilke.

martes, 15 de marzo de 2016

Alguien que tiene las cosas en claro

Sinéad Mac Aodha es Director of Ireland Literature Exchange. Como tal, en los últimos quince años ha desarrollado una extraordinaria tarea de promoción de la literatura irlandesa en el extranjero, estableciendo vínculos con editores y becando a traductores de todo el mundo para viajar a Irlanda, lo cual ha permitido la publicación de más de mil setecientos títulos irlandeses en las más diversas lenguas. Lo que sigue es una entrevista publicada por la revista The Stinging Fly, que aquí se ofrece en traducción de Julia Benseñor.

Preguntas y respuestas con Sinéad Mac Aodha

–¿Por qué la literatura traducida es importante?
–Ninguna literatura por sí misma tiene el monopolio de la excelencia. La literatura traducida es de vital importancia porque nos permite asomarnos al mundo tal como lo imaginaron los escritores a través del prisma de otras lenguas y culturas. Para decirlo de manera sencilla, la literatura traducida le permite al lector acceder a otros mundos. También fortalece a los escritores en su propia práctica creativa, ya que al leer obras traducidas tienen acceso a otras ideas y prácticas literarias. Desde la perspectiva de la organización Ireland Literature Exchange, la traducción de literatura es una carta de presentación fundamental para Irlanda. Alentamos a los editores de ficción del exterior a publicar lo mejor de la literatura irlandesa en la mejor traducción literaria posible. Nuestro trabajo comprende desde la poesía de Nuala Ní Dhomhnaill traducida al flamenco hasta la novela Skippy Dies de Paul Murray al ruso y las novelas de Samuel Beckett al chino.

–¿Cuál cree usted que es el aspecto más importante de una buena traducción?
–Creo que el aspecto más importante de una buena traducción es su capacidad para ayudar a los lectores a acercarse a la intención del original, más allá de cuán foránea pueda resultarles desde el punto de vista de la propia experiencia. Los mejores traductores literarios son biculturales: tienen un profundo nivel de comprensión de las dos culturas con las que trabajan. Nuestro programa de becas apunta a ofrecer a los traductores literarios la oportunidad de sumergirse en los modismos y geografías de la obra que están traduciendo.  Intentamos brindar el respaldo necesario para asegurar que su traducción sea de la mayor calidad posible. En los últimos diez años hemos llevado a los traductores a recorrer un pantano, a aprender a usar una bomba de agua, a arreglar los típicos techos de paja y a visitar los museos, las escuelas, las iglesias y los pubs que eran importantes para la obra que estaban traduciendo. También, toda vez que nos fue posible, les presentamos a los autores.

–¿Qué opina usted del término”intraducible”?  
No creo que haya ninguna obra intraducible: todos somos seres humanos, de modo que la escritura imaginativa de un ser humano debería ser inteligible para el resto. Sin embargo, algunas lenguas y culturas son ciertamente más difíciles de traducir que otras. A la vez, ciertas emociones y conceptos son más complicados para trasladar de una cultura a otra. Para citar la célebre frase de Anthony Burgess, “la traducción no es sólo cuestión de palabras; se trata de hacer inteligible toda una cultura”.

–¿Hasta qué punto el carácter irlandés de una obra contribuye a su éxito en el exterior a través de la traducción?
–Es difícil medir el carácter irlandés. Sin duda, Irlanda es famosa en el mundo por su excelente literatura, y sus escritores son my reconocidos en el exterior. Esto también sucede con muchos novelistas contemporáneos así como con muchos de nuestros extraordinarios poetas, dramaturgos y escritores de literatura infantil. Yo diría que posiblemente el único elemento común que engloba a toda la escritura irlandesa contemporánea es el excepcional dominio y uso imaginativo de la lengua que tienen nuestros escritores. La buena escritura irlandesa parece gozar de popularidad, ya sea que esté ambientada en una ciudad ficticia de 2053 o en un pantano del interior de Irlanda.

–¿Por qué cree que en Irlanda se publica tan poca literatura extranjera traducida?
–Creo que existen varios motivos que pueden explicarlo. En general, publicar traducciones tiene costos y riesgos adicionales, sobre todo en un mercado angloparlante. Pienso que este problema puede agravarse si también empiezan a escasear los lectores más calificados, ya que cada vez son menos las escuelas irlandesas que ofrecen un abanico amplio de opcionescurriculares para el aprendizaje de idiomas extranjeros.Sin embargo, en los últimos años, algunas cosas han cambiado sustancialmente y para mejor. Veo un cambio notable en Gran Bretaña que está publicando mucha más literatura traducida que antes. Los premios, como el Independent Foreign Fiction Prize, han contribuido a difundir la idea de que la literatura traducida es, a lo sumo, tan buena como la literatura en inglés. Aquí, en Dublín,  el International IMPAC Prize ha concitado el interés internacional por libros excelentes de todo el mundo escritos originalmente en otras lenguas. Este año, no menos de cinco de las diez novelas finalistas en el certamen fueron traducciones.Little Island está publicando buena literatura traducida para jóvenes, y hay algunas otras editoriales que también están abiertas a seguir sus pasos.  Irlanda siempre ha sido un país muy activo en el campo de la traducción de poesía: editoriales como Dedalus Press, The Gallery Press y Coiscéim vienen publicando sistemáticamente traducciones de poesía escrita en otras lenguas. John F. Deane, cuando era editor en Dedalus Press, publicó, en 1985, The Wild Marketplace, de Tomas Tranströmer, y, en 1994, For The Living and the Dead, este último traducido en colaboración con el propio Tranströmer.Ireland Literature Exchange acaba de mudarse al flamante Centre for Literary Translation en el Trinity College junto con sus socios Dalkey Archive Press y la Escuela de Lenguas, Literaturas y Estudios Culturales. La mera constitución de esta nueva alianza creativa y la publicación de este número especial dedicado a la traducción de The Stinging Fly son señales que auguran un futuro promisorio para la traducción literaria en Irlanda.

martes, 10 de septiembre de 2013

Un recuerdo para Seamus Heaney

El 30 de agosto pasado murió Seamus Heaney, acaso uno de los poetas de los últimos cincuenta años más renombrados en el mundo entero. Para Irlanda fue una jornada de luto nacional, pero para muchas otras personas en todo el planeta la desaparición física del autor de Wintering Out y de North significó un motivo de tristeza.

Heaney mismo fue traductor de once volúmenes de poesía en gaélico y de una versión del Beowulf, el gran poema épico anglosajón.

A modo de recuerdo, entonces, se destacan aquí las traducciones de su obra que pueden encontrarse en nuestra lengua.

De la emoción a las palabras. Ensayos literarios (traducción de Francesc Parcerisa, Barcelona, Anagrama, 1995) y Al buen entendedor: Ensayos escogidos. (traducción de Pura López Colomé. México: Fondo de Cultura Económica, 2006), son dos excelentes colecciones de ensayos procedentes de diversos libros. 

Asimismo, los poemas de Heaney, publicados en un orden totalmente aleatorio respecto de los libros originales, pueden leerse en Norte (traducción, prólogo y notas de Margarita Ardanaz, Madrid, Hiperión, 1995), La linterna del espino (traducción de Dídac Pujol Morillo, Círculo de lectores, Barcelona, 1995), Muerte de un naturalista (traducción de Margarita Ardanaz, Madrid, Hiperión, 1996), Viendo visiones (traducción de Pura López Colomé, México, Conaculta, 1998), El nível (Traducción de Pura López Colomé, México, Trilce, 2000), Luz eléctrica (traducción de Jordi Doce, Madrid, Visor, 2003), Campo Abierto. Antología poética (1966-1996) (traducción de Jenaro Talens, Madrid, Visor, 2005), Distrito y circular (traducción de Dámaso López García, Madrid, Visor, 2007), Sonetos (traducción, recopilación y prólogo de Pura López Colomé y Luis Roberto Vera; fotografías Martine Frank y Alberto Darzson. México, Equilibrista, 2008), Isla de las Estaciones (traducción de Pura López Colomé, México,  Calamus, 2009) y Cadena humana (traducción de Pura López Colomé, Madrid, Visor, 2012). 

sábado, 2 de marzo de 2013

Una encuesta para traductores (24)

En la anteúltima entrega de esta encuesta, una traductora irlandesa y un traductor argentino.

Lorna Shaughnessy
Aunque nacida en Belfast (Irlanda del Norte), vive en County Galway (República de Irlanda), donde enseña en la universidad local. Como poeta ha publicado Torching the Brown River (2008) y Witness Trees (2011). Como traductora, ha publicado fundamentalmente poesía; entre otros autores, Pura López Colomé, María Baranda, Manuel Rivas, Chus Pato, etc.

1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura?  ¿En qué se diferencian? 
Evidentemente la traducción literaria (y sobre todo la de poesía) exige no sólo conocimientos lingüísticos muy desarrollados, sino también una sensibilidad literaria muy desarrollada, y la misma amplitud de formación como lector en la literatura de ambos idiomas de la que necesita cualquier escritor. También son importantes los elementos lúdicos y de riesgo. Como cualquier escritor, el traductor tiene que saber ‘jugar’ con las palabras, y también arriesgarse para sacar resultados.
 ¿En qué se diferencian?  La traductora no tiene la misma angustia de empezar enfrentada a la página blanca, pero, por la misma razón, tampoco tiene tanta libertad, y tiene que trabajar dentro de esquemas y estructuras ya definidas por la autora. Hay que ser contorsionista a veces, y saber hacer malabarismos. A pesar de no empezar con la página blanca, yo diría que la traductora se arriesga más aún que la escritora. 

 2) ¿Debe ocultarse o notarse el hecho de que un texto sea traducción de un original? 
No me han resultado conceptos útiles a la hora de decidir estrategias par traducir. Como todas las prescripciones son excesivamente absolutas. Para algunas cosas habrá que ser invisible, para otras (quizá para aprovechar una posible compensación en el idioma de destino) más visible. En mi experiencia  la mayoría de los escritores no quiere que su obra sea traducida de una manera foreignising.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción? 
No. El momento en que ocurra, la traducción se convierte en versión. Para mí son dos cosas diferentes. Me encantan las traducciones que Paul Muldoon hizo de Nuala Ni Dhomnaill, por ejemplo, pero se han convertido en versiones de poemas de ella "en el estilo de’" Muldoon.

Eduardo Berti
Nacido en Buenos Aires, en 1964, ha publicado los libros de cuentos Los pájaros (1994, Premio-beca de la Revista Cultura) , La vida imposible (2002, Premio Libralire) y Lo inolvidable (2010), los aforismos y mini-prosas de Los pequeños espejos (2007) y las novelas Agua (1997), La mujer de Wakefield (1999, finalista del Premio Fémina), Todos los Funes (2005, finalista del Premio Herralde), La sombra del púgil (2008) y El país imaginado (2011/12), Premio Emecé 2011 y Premio Las Américas 2012. Como antólogo ha editado Nouvelles, antología del nuevo cuento francés (2006), Galaxia Borges (2007, en coautoría con Edgardo Cozarinsky) , Galaxia Flaubert (2008) , Los cuentros más breves del mundo, de Esopo a Kafka (2009), Fantasmas (2009) e Historias encontradas (2010), entre otros. Es director literario de la editorial La Compañía. Ha traducido los cuadernos de apuntes de Nathaniel Hawthorne, los Cuentos glaciales de Jacques Sternberg, el ensayo Novelas y novelistas de Harold Bloom, las Memorias de Joseph Grimaldi de Charles Dickens, Con Borges de Alberto Manguel y diversas novelas como Lady Susan, de Jane Austen, La muerte del corazón, de Elizabeth Bowen, o Gabrielle de Bergerac, de Henry James.


1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
 La traducción es escritura. No se puede traducir sin tener dotes de escritor. Pero hay ciertas dotes necesarias para escribir que el traductor no usa: son las que atañen a la invención “desde cero”o “totalmente libre” (entre comillas, claro) de un  texto. La escritura “de escritor”, desde ese punto de vista, es creación. La escritura “de traductor”, desde ese punto de vista, tiene más de re-creación: escritura propia a partir de una escritura ajena. Aunque el símil no sea totalmente exacto, suelo comparar a la escritura con la tarea creativa de los compositores musicales y la traducción con la tarea creativa de los intérpretes. De hecho, a veces me pasa que me siento frente al teclado, abro el libro que estoy traduciendo como si fuera una especie de partitura y me digo: “Bueno, toquemos un poco de Flaubert esta mañana…”.

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
 Resulta vano e imposible ocultar que un texto es una traducción. Y no veo la conveniencia ni la razón para hacerlo. En contrapartida, me molesta (como lector) cuando una traducción está saturada de “contaminaciones” de la lengua original: galicismos, anglicismos, etcétera. O sea, cuando se transparentan demasiado el texto y la lengua original y no hay verdadera recreación. En cambio, lo admito, no me disgusta cuando hay leves “marcas”, ligeras pistas, que no ocultan las huellas y los sabores originales… Lo ideal, a mi juicio, es un difícil término medio. Es decir, no caer tampoco en una “estandarización” del estilo personal del autor en nombre del supuesto ideal de que “no se note” que es una traducción.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
 ¡No! Yo prefiero, de hecho, que el traductor sea lo más invisible posible. La reina es la traducción. Es, en el fondo, como en los partidos de fútbol: cuánto menos visible es el árbitro, menos conflictivo es el arbitraje y mejor se nos hace el partido. Ya sabemos, claro, que hay árbitros “sacapartidos” que tratan de pasar inadvertidos a cualquier precio… Pero no hablo de eso. Hablo de una buena y concienzuda tarea que, en consecuencia, se haga poco y nada visible.


lunes, 9 de enero de 2012

Samuel Beckett traductor

En 2002, Javier Ortiz García, de la Facultad de Lenguas Aplicadas de la Universidad Alfonso X el Sabio, publicó el siguiente artículo en Quaderns. Revista de traducció  Nª 8. Hoy lo reproducimos. (Se recomienda asimismo consultar la entrada que sobre el mismo tema se publicó en este blog el 25 de junio de 2009.)



Samuel Beckett se traduce a sí mismo

Tradicionalmente utilizamos dos epítetos para medir la calidad de las traducciones teatrales: «fiel» y «buena». El primero se aplica para tasar cuán adecuadamente ha seguido el traductor el sentido o el espíritu del dramaturgo. Por el contrario, «buena» se utiliza como término genérico para valorar tanto lo que esa fidelidad nos cuesta en términos dramáticos, como la fluidez del idioma; es decir, el valor inherente que adquiere como obra en el contexto teatral. Como una especie de apunte semi-intelectual, estos términos nos permiten elegir entre diversas traducciones, quejarnos de la escasez de buenos trabajos o elogiar las escasas que nos parecen «buenas».

Buena y fiel. Fiel y buena. A pesar de su ambigüedad, estos dos términos pueden facilitarnos vagamente la tarea de la comparación. Por ejemplo, el término «fiel» se utiliza tan a menudo para describir cierta inclinación a la literalidad en la traducción (traducción palabra por palabra), como para sugerir una lealtad primordial al espíritu de la obra. El término «buena» no es menos equivocado que «literal»: las combinaciones y permutaciones de valores que puede llegar a adquirir son incontables.

Tampoco nos aclaran mucho estos términos en cuanto a las proposiciones y metáforas que controlan el trabajo del traductor. Es curioso que incluso en su sentido más primario la traducción lleva un fuerte componente de fe. Pero más allá de una intuición alusiva, la «fidelidad» sólo nos pone sobre aviso de la tarea del traductor que requiere de alguna manera una adhesión rigurosa a algo no especificado y, quizá, tampoco específico.

Nuestra matriz lingüística nos niega la oportunidad de considerar los medios a través de los cuales el idioma crea el efecto dramático. Desgraciadamente, para algunos de nosotros la traducción es la única cuestión que nos fuerza a considerar el modo en que las obras teatrales adquieren significado a través del lenguaje. Nuestras opiniones sobre la naturaleza del lenguaje y su funcionamiento implican, por necesidad, creencias en teorías mucho mayores sobre la naturaleza del lenguaje y su función en el teatro, por lo que nuestras ideas sobre la traducción son como sextantes con los que marcamos nuestra posición en un horizonte muy amplio. Es sólo el respeto que nos merece la traducción (volver a soñar el significado de una obra en un segundo idioma) la causa que nos lleva, al menos, a considerar el sueño original.

Eric Bentley
En su artículo “How free is too free”, Eric Bentley se ocupa de la trillada noción de «fidelidad» y, al defender su propia obra, intenta encuadrarla en una teoría de la traducción. El tipo de fe del Antiguo Testamento que él establece como modelo es precisamente el dogma paradójico que Kierkegaard demanda en su Guerrero de la Fe. Al presentar al traductor como «un mortal enfrentado a una tarea cuasi-divina» (Bentley, 1986: 5), Bentley está construyendo un marco a través del cual podemos ver al traductor volcado en sus diccionarios y casi justificando sus posibles errores al diseccionar la sintaxis del trabajo del maestro. Aunque mantengo con Bentley una fe quijotesca en la traducción que busca trasponer textos dramáticos en nuestro propio idioma, nuestro orgullo desmesurado nos lleva al límite de nuestras posibilidades, porque la traducción como tal está en muchos casos implícitamente más allá de nuestra capacidad:

La traducción perfecta sólo la puede hacer Dios —porque sólo Él conoce los dos idiomas a la perfección y sólo Él tiene el don divino de expresar lo mismo en los dos idiomas; es decir, que solamente algo dicho por Él en un idioma significará lo mismo para el lector/espectador de otro diferente (Bentley, 1986: 5).

Al comienzo (el traductor) debe aparecer omnisciente y todopoderoso, controlando los dos idiomas y los dos públicos en cuestión; debe ser Alfa y Omega, la A y la Z simultáneamente. Además debe tener el poder de destruir y reconstruir civilizaciones, ya que para traducir debe estar preparado para llevar a cabo dos milagros de transformación. No sólo se deben transformar los idiomas, sino que además los estados mentales, espirituales y emocionales de la sociedad para la que la obra se traduce deben aparecer exactamente igual que en los de la sociedad en la que el trabajo apareció en su origen. Sólo en caso de que este doble movimiento se consiga, la nueva versión será entendida con la misma precisión por los dos públicos. Bajo estas premisas, no quedaría otro remedio que aceptar el hecho de que la traducción sólo podría ocurrir por un acto divino. ¿O no? Porque si nos preguntamos escépticamente si el mismísimo Dios podría escribir una obra tan enraizada en su cultura que ni siquiera Él podría traducirla, habría que responder afirmativamente. Y Bentley admite que existen problemas a la hora de traducir (temporales o socio-políticos, por ejemplo) que requerirían milagros análogos a los divinos.

Debido a nuestra inevitable imperfección, Bentley aduce que «un humano no puede hacer una traducción perfecta, ya que un idioma no ofrece los equivalentes estéticos exactos a los de otro idioma» (Bentley, 1986: 7). Al enfatizar el valor de la palabra «estético» y su consecuente definición de la «dimensión estética» como «todo aquello que surte algún efecto» (Bentley, 1986: 7), Bentley nos lleva a una revisión del modelo de traducción, a fin de hacerlo más accesible al mundo real. Al limitar el alcance del traductor al significado denotativo del texto, Bentley intenta escapar al problema del significado connotativo; al reducir nuestra responsabilidad incluyendo sólo la transcripción del «efecto», trata de llegar al problema del idioma. Esta distinción es crucial para comprender por qué el esbozo de Bentley sobre una teoría de la traducción es erróneo.

Cuando afirma que lo que el traductor quiere capturar es un «efecto deseado» está dando por sentado que todas las obras —en todo momento— están constituidas de efectos deseados para los que el autor encontró objetivos connotativos en su propio idioma. Desde este punto de vista, los escritores no entenderían el idioma como el resto de nosotros; más bien, sus impulsos literarios aparecerían como fantasías moldeadoras, como formas abstractas que se convierten en idioma en el acto de transcribirlos al papel. La labor del traductor es, pues, la misma que la del escritor; llegar a conocer esas formas y reproducirlas en palabras.

Incluso en el caso de que aceptáramos este improbable escenario aparecerían una serie de supuestos igualmente difíciles de admitir. Entre ellos quizá sea el más importante la creencia de que el «original» es enteramente la creación consciente de su autor; es decir, que el escritor conocía cada uno de los «efectos deseados» y laboriosamente estableció cómo acoplarlos al idioma. Muy al contrario, Bentley se vería forzado a creer (en contra de su voluntad, creo yo) que ni la intención subconsciente del escritor ni la naturaleza y estructura del idioma en el que escribe pueden tener una relación con la «dimensión estética» de la obra de arte.

Por último, la idea de «efecto deseado» requiere un gran énfasis en la producción del resultado. «Haz que el público se ría; que llore; que se sienta bien… perohazles algo», dice Bentley (1986: 9). Esta mentalidad de show-business insiste en que no sólo perdemos sentido poético en la traducción, sino que también abandonamos su propósito por completo. Además, implica que el comercio esencial sobre el escenario se basa en el intercambio de un dinero por unas comodidades que incluyen todo, pero que no se pueden interpretar ni analizar. Al insistir en una relación cerrada entre «significante» y «significado», Bentley establece una teoría de la traducción que niega el mismo arte teatral; las buenas obras teatrales nos dejan sumergidos en ellas, no se nos echan encima.

El problema central de su teoría de la traducción es la localización del significado del texto según las intenciones del autor. La fe ciega de Bentley en la capacidad del escritor para conocer sus intenciones contradice aquélla más profunda en el idioma mismo y en su capacidad creadora. Como cualquier otro género literario, los textos dramáticos no son ideas platónicas meramente transcritas en papel; ni siquiera su significado existe fuera del idioma en el que fue escrito. Como ya hemos visto antes, pensar así es un error. La verdadera complejidad de los problemas inherentes a la traducción sólo afloran cuando comprendemos que las estructuras de los idiomas forman parte de la escritura.

Siguiendo con este mismo contexto, se pueden comparar los dos idiomas en cuestión con los dos ladrones entre los que el traductor es crucificado. Da la impresión que un idioma es un ladrón que, en contra de nuestra voluntad, se escapa con todas nuestras intenciones. Al tiempo que tratamos de pasar el botín de uno a otro, los ladrones parece que trabajan al unísono: mientras prestamos atención a uno de ellos, el otro nos deja sin blanca. A pesar de que nosotros, los traductores, estamos dispuestos a entregarnos por el bien de la traducción, nuestros esfuerzos son baldíos y, sin un modelo de salvación, los tres nos extenuamos. ¿Es posible, pues, la traducción?

Probablemente Samuel Beckett es el escritor y el traductor más cercano a la posición divina que Bentley describe. Creció siendo el inglés su lengua materna, aunque después de sus primeros escritos prosaicos, eligió escribir la mayoría de sus obras en francés. Además, desde muy temprano en su carrera emprendió las traducciones de sus propios libros. Conocía los dos idiomas tan perfectamente como podamos imaginar y, por supuesto, comprendía sus propias intenciones de las que era consciente y, presumiblemente, mantenía los mismos ideales al traducir una de sus obras que cuando escribía el original.

Sin embargo, sus obras son diferentes en muchos aspectos en su versión inglesa. En primer lugar, siempre son más cortas. Por ejemplo, en Waiting for Godoy Beckett eliminó dos secuencias musicales relativamente largas. La versión francesa de Endgame nos ofrece bastante más información sobre el chico al que Clov espía por la ventana que la traducción inglesa. La versión inglesa, más desoladora, se niega a ofrecernos esperanzas de futuro.

Por lo general, las traducciones de Beckett son incluso más escuetas, más rigurosas en cuanto a la economía estilística que las versiones en francés. Cuando en Endgame Hamm le pide a Clov «unas palabras» para concluir, éste le responde con una canción en tono sarcástico en la versión francesa; al traducir el texto, Beckett reduce el aspecto de vodevil y pone en boca de Clov su última e inexpresiva intervención. El aspecto más cómico, más disoluto del francés desaparece en el acto de la traducción; cualquier atisbo de regocijo que los personajes pudieran tener en sus representaciones francesas aparece erosionado y casi envenenado en inglés.

¿Por qué ocurren estos cambios? ¿Qué le lleva a Beckett a manosear escritos que ya de por sí son obras maestras? ¿Por qué se molesta incluso en traducir sus propios libros? Parte de las respuestas a estas preguntas radica en la propia naturaleza del proyecto de Beckett y en la razón por la que dejó de escribir en inglés: «El verdadero propósito por el que empecé a escribir en francés fue para empobrecer mi estilo un poco más» dijo Beckett en una entrevista. Un aspecto de este empobrecimiento al que alude Beckett es el menor vocabulario del francés: «en francés es más fácil escribir sin poseer un buen estilo», dijo en la misma entrevista.

Sus ataques al estilo tienen sus primeras manifestaciones en la superimposición de un mundo de vodevil en un paisaje agreste. La naturaleza absurda del musichall en sus obras satiriza todas las pretensiones artísticas, intelectuales y morales. Tal seriedad queda rebajada por el profundo escepticismo satírico de Beckett. Pero ese escepticismo pronto se transforma y las mismas herramientas de la farsa se convierten en los propios recelos del artista. Un segundo y más riguroso asalto al estilo se produce cuando se torna sobre sí mismo: al dudar de su propio material, disminuyen gradualmente las elecciones que baraja. Su insistencia en debilitarse a sí mismo (aduciendo el efecto de empobrecimiento que el francés ejercía sobre él) fuerzan sus reducidas opciones a una brillante economía estilística. En el desarrollo de Endgame podemos ver que desde el borrador original de dos actos (al final de los cuales Clov se marcha) a la más sombría y triste versión de un solo acto en francés, hasta la última versión inglesa se puede observar con claridad la línea trazada por Beckett en sus reescrituras. Endgame nace como una tragicomedia para pasar a convertirse en la traducción del propio dramaturgo en uno de los dramas sarcásticos (aunque divertido) más tristes escritos en inglés.

Ya hemos mencionado que una de las razones fundamentales por las que Beckett escribía en francés era el (relativamente) reducido vocabulario de ese idioma. Comparado con el inglés, sin embargo, las versiones inglesas de las obras de Beckett están escritas con un repertorio incluso menor. Por ejemplo, en Endgame la palabra finished aparece como equivalente de varios verbos franceses. Tiene esa palabra en la versión inglesa un efecto de eco, una especie de valor onomatopéyico que expresa certidumbre sobre lo que va a suceder al final de la obra. Cuando Beckett se obliga a traducir sus obras, se encuentra con la posibilidad de introducir en ellas una «debilidad estilística» incluso más severa. Me atrevería a decir que sus obras no se completan hasta que las traduce al inglés. Es curioso señalar que Beckett ni siquiera volvió a corregir las versiones francesas de sus obras después de escritas ni intentó reeditarlas; simplemente las dejó como borradores.

Mi principal argumento es que las traducciones al inglés formaban una parte integral del desarrollo total de la obra de Beckett. Si él comenzó a escribir en francés para «empobrecerse» literariamente, la traducción de sus propias obras le ofrecía una oportunidad de auto-negación todavía mayor; lógicamente, ésta le permitía una mejor economía estilística. Beckett aprueba la «pérdida» que nosotros suponemos que ocurre en el proceso de la traducción, porque él entiende que no tiene por qué ser una pérdida per se. Si él sale debilitado, la obra por el contrario aparece fortalecida.

Hasta cierto punto Beckett se encuentra en aparente equilibrio entre dos idiomas, posición habitual del traductor. El dramaturgo irlandés es capaz de mostrar una percepción simultánea de dos idiomas que domina, de tener consciencia de los dos mientras escribe. El idioma en el que escribe siempre está, pues, perseguido por el que no aparece. A pesar de que cuida la traducción en algunos aspectos (Voltaire es Berkeley en palabras de Lucky), deja intacta una referencia significativa a la Torre Eiffel. En la versión francesa de Endgame, Nagg utiliza en tono zalamero. Milord en vez de Monsier. Como Ruby Cohn ha señalado, puede que todos los nombres de Endgame giren en torno a la palabra nail. Nell se vería relacionado con el inglés, Clov con el francés (clov), Hamm con el latín (hamus) y Nagg aparecería como abreviatura del alemán Nagel. La única persona con nombre propio sería Mother Peg.

Estas referencias espectrales que aparecen y desaparecen por todo el campo lingüístico demuestran que la traducción es algo infinitamente más complicado de lo que Bentley pretende. Al traducir una obra literaria, a menudo afloran significados adicionales; ahí donde el original parece restringir el significado, la traducción puede, fortuita y ocasionalmente, abrir el texto, desvelando secretos desconocidos en una primera lectura.

Quizá hayamos guiado mal nuestra «fidelidad» en este caso, pero si nos aliamos con el ladrón que debe morir, estamos negando la posibilidad de una vida duradera al que deberíamos salvar. Debemos ser fieles a la nueva obra que estamos escribiendo, no a la antigua que languidece tras una pila de diccionarios. Está claro que Beckett es un caso excepcional que traduce su propia obra y que posee la licencia absoluta de reescribirla si así lo desea. Además, su brillante trabajo como traductor nos sugiere una nueva iconografía para la traducción. El paradigma de Beckett puede llegar a funcionar como un imperativo categórico kantiano: su libertad se postula a sí misma como una «ley universal». Liberados de la recta autoridad que nos hace la tarea casi imposible, nos encontramos ante la posibilidad de hacer nuestras propias elecciones éticas. Después de Beckett nos encontramos con nuestras propias alternativas éticas y estéticas al servicio, eso sí, del texto. Dice Ronald Barthes al respecto: «Un texto está hecho de múltiples escrituras, pero hay un solo lugar adonde se dirigen todas esas multiplicidades, y ese lugar es el lector y no, como en muchas ocasiones se ha dicho, el autor» (Barthes, 1967: 86). Para diseñar aquí un esbozo de una teoría de la traducción que toma al lector o, en nuestro caso, al traductor, como punto de referencia de la producción del significado, sigo a los críticos postmodernos como Barthes. Bentley ve el significado como algo fundamentalmente estático, como una parte de la esencia del trabajo que reside en las intenciones del autor. Yo pefiero argumentar una teoría del significado esencialmente teatral es decir, un significado que ocurre espontánea e implacablemente más que un efecto deseado y buscado de antemano. Donde Bentley encuentra la traducción como una pérdida inexcusable, yo veo una fértil interacción con la obra, una conversación orquestada entre los dos idiomas.

Porque, en último término, la traducción es interpretación, es la culminación de la crítica literaria. Al igual que cualquier lectura de una obra, la traducción es necesariamente una reescritura; en consecuencia, la traducción es una condición, no una opción o una tarea. No existen formas platónicas de la obra que nos exijan una fe ciega en ellas. Lo que sí existe es un texto que uno decide traducir y que ha de ser respetado. Las traducciones fuertes en el sentido de que se sobreponen a otras no pueden tolerar la indolencia. Al igual que una lectura crítica de una obra de teatro desbanca a cualquier otra lectura más débil, así las traducciones más fuertes prevalecen sobre las demás. La libertad en la traducción por la que abogo, irónicamente alineado con Bentley (que escribió su artículo para defenderse de las acusaciones de ser demasiado libre en algunas ocasiones), demanda que el texto original imponga nuestra atención. Estoy de acuerdo con Bentley en lo que beneficia a la práctica de la traducción; nunca se debe dejar sin traducir lo más difícil o lo que es «políticamente incorrecto». Pero la razón de la no omisión de las partes más difíciles o de lo que no nos guste no es que viole o distorsione las intenciones del original, sino que más bien se debe a la fe que tenemos en el trabajo que estamos realizando y al deseo de crear un texto nuevo tan poderoso o más que el que estamos leyendo simultáneamente.

Bibliografía
BARTHES, Ronald (1967). Elements of Semiology. Londres: Cape.
BECKETT, Samuel (1952). En Attendant Godot. París: Les Editions de Minuit.
— (1954). Waiting for Godot. Nueva York: Grove Press, Inc.
— (1957). Fin de Partie. París: Les Editions de Minuit.
— (1958). Endgame. A Play in One Act. Nueva York: Grove Press, Inc.
BENTLEY, Eric (1986). «How Free Is to Be Free?». Theater, 18, p. 4-11.
COHN, Ruby (1960). «Endgame: The Gospel according to Sam Beckett». Accent, XX,
p. 223-234.