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lunes, 9 de abril de 2018

Los sordos hablan sobre del origen de la sordera

Maribel Marín Yarza publicó la siguiente nota en El País, un muy mal diario que se edita en España y que, a fuerza de mentir, sufre un desprestigio creciente. Lo hizo el 6 de abril de este año y alguien puso la siguiente bajada en su artículo: “¿Por qué cuesta encontrar la obra de un autor salvadoreño en Bogotá? ¿Sigue siendo el Atlántico una frontera editorial insalvable? Radiografía de un mercado separado por la lengua”.

 Ahora bien, desde el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires proponemos otra: “¿Por qué miente alevosamente Claudio López de Lamadrid, que dirige un grupo editorial que publica libros en México que no se exportan a la Argentina y viceversa? ¿Qué sentido tiene escuchar lo poco interesante que tiene para decir Julio Ortega, uno de esos intelectuales latinoamericanos afincados en los Estados Unidos y del todo funcionales al establishment español? ¿Por qué considerar lo que dice hipócritamente Pilar Reyes, que no exporta los libros de Alfaguara de un país a otro de Latinoamérica, salvo que sus autores –oh casualidad– ganen premios como el Alfaguara? Para no hablar del inexplicable cortesano Juan Cruz, charlatán de feria siempre dispuesto a contarnos cómo conoció a éste o a aquel y cómo se sentía el día en que los conoció. En síntesis, ¿por qué darles entidad y crédito a todos estos tipos que son precisamente el problema y la razón de que las cosas sean como son?

 El difícil viaje del libro en español 

Al académico Javier Marías no le dieron auténtico crédito como escritor en América Latina hasta que en 1996 estalló en Alemania el éxito de Corazón tan blanco (1992), su séptima novela. Al colombiano Fernando Vallejo llegaron realmente los españoles cuando Francia se rindió en 1997 a su sexta ficción, La Virgen de los sicarios (1994). También les costó reconocer el genio de Ricardo Piglia. Hacía dos décadas que el argentino, fallecido en 2017, era un referente al otro lado del charco para cuando, ya sesentón, su talento cruzó el Atlántico con el cambio de siglo… 

Este suma y sigue de reconocimientos tardíos es el reflejo de un mal que padece desde hace décadas el mercado del libro en español, convertido en uno de los diez más poderosos del mundo, sin acabar de lograr que las literaturas de los países que lo integran se traten como hermanas. Internet, el incipiente negocio del e-book, la eclosión de festivales, premios y ferias, y el innegable empuje de las políticas públicas —leyes del libro, redes de bibliotecas, IVA cero al papel en todos los países salvo en tres, entre ellos España…— han animado la circu¬lación de los autores y sus libros en una región de desarrollo socioeconómico muy desigual. Pero la enfermedad aún no ha remitido. El gran público español rara vez se aventura más allá de los autores del boom; y el latinoamericano, más bien los latinoamericanos, no suelen darse por enterados del potencial de los escritores ocultos tras las listas de más vendidos, sean españoles o de naciones vecinas.

¿Cuál es el origen de esta sordera?

“En España no interesa nada la literatura latinoamericana y en Latino¬américa interesa aún menos la española”, dice Claudio López de Lamadrid, director editorial de Literatura Random House. “Más que de desinterés, hablaría de unas características de los mercados a ambos lados del Atlántico que dificultan la visibilidad, como es la sobreabundancia de títulos que se producen”, disiente Marianne Ponsford, directora del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC). Julio Ortega, profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Brown (EE UU), añade al debate otra perspectiva que interpela a medios y editoriales: “La lógica del mercado se basa hoy en evitar el riesgo, la apuesta, el compromiso con un autor y su obra. Prefiere apostar por los malos libros de un autor de algún renombre y evita el riesgo de los mejores y más jóvenes. Lo más penoso es que la prensa cultural, que acompañó con brío la internacionalidad de las nuevas letras, no tenga una política más crítica de la producción editorial, con lo cual ha perdido la fe del lector. Debería haber espacio para los best sellers y para las pequeñas editoriales, donde está el futuro”. 

 Con epicentro en España, un valor superior a los 3.700 millones de euros, según CERLALC, y una formidable incontinencia editora —publica al año alrededor de 185.000 títulos de todos los géneros, 79.000 en España—, el del libro en español es un mercado interdependiente —editoriales españolas vadearon la crisis gracias a América Latina— que sufre un importante y lógico desequilibrio a ambas orillas del Atlántico. Si en 2015 el 36% de las exportaciones españolas de libros impresos tuvo como destino Hispanoamérica, apenas el 1,2% de las latinoamericanas desembarcó en España —el 59% de lo exportado quedó en la región—. “La cifra es misérrima”, apunta Ponsford, y eso quiere decir “que hay espacio para crecer”. En todos los campos, también en el de la literatura, del que no hay datos desglosados comparables. 

De entrada, hay obstáculos que salvar en la base del negocio: unos paupérrimos índices de lectura, un escaso respeto por los derechos de autor y un irregular despliegue de la industria en Hispanoamérica que a veces hace que el camino más corto entre Colombia y Bolivia pase por España. “El gran reto es que América Latina se conecte entre sí, y México y Argentina tendrían que tomar el protagonismo. Es fundamental pensar en el viaje del libro de norte a sur, no solo cruzando el Atlántico”, dice Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara. A esa asimetría hay que sumar el impacto de barreras arancelarias, dificultades de distribución, elevados precios de transporte y frenos a la importación —la Argentina de Kirchner fue paradigma—, que en naciones muy inestables en lo económico (hiperinflación) y lo político (Venezuela, Cuba) pueden acabar por convertir el libro en objeto de lujo. “Puede darse el caso de que un ejemplar que en España cuesta 10 euros esté en Chile al equivalente a 10 euros si ha llegado a través del distribuidor y a 30 si ha sido importado”, explica Julián Rodríguez Marcos, editor de Periférica. 

 Quizá La uruguaya, de Pedro Mairal, sea una de las novelas recientes que mejor ilustran la fragmentación de este mercado que gobiernan los colosos Planeta y Penguin Random House. Publicada con éxito originalmente por Emecé (Planeta) en Argentina, no llegó a España a manos de la multinacional, sino de Libros del Asteroide. “Hoy, quienes dominan el cotarro quieren lectores-consumidores. Ya no existe alguien que diga: ‘Esta obra va a hacer canon, esta va a romper la tradición”, dice Ana Gallego, profesora de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Granada. “Ahora circulan muy poco los autores más transgresores y si están en el mercado es gracias a las editoriales independientes, que con un lector hiperformado, mucho más culto, están garantizando la bibliodiversidad”. 

Periférica, Alpha Decay, Páginas de Espuma, Laurel, Sexto Piso, Eterna Cadencia, Adriana Hidalgo… Desde los noventa, los sellos independientes se han ido haciendo fuertes. Con apuestas singulares en la lengua y en traducción y acuerdos de coedición y distribución, están contribuyendo a construir el nuevo canon de lo que Carlos Fuentes dio en llamar el territorio de la Mancha. “Si publicamos a tanto latinoamericano es porque hay en ellos un voltaje literario que aquí no es tan evidente. Al no tener una industria como la entendemos aquí, los autores no tienen que hacer caso al mercado, y eso ha generado textos más hondos y atrevidos”, opina el editor de Periférica. 

 El trabajo de estos sellos de nuevo cuño ha venido a complementar el que llevan décadas realizando veteranas como Anagrama y Fondo de Cultura Económica o los grandes conglomerados. Con casas locales en casi todos los países del territorio del español y catálogos con un corpus común y virajes locales, también han creado algunos programas para visibilizar propuestas más literarias enterradas en la jungla de novedades. Alfaguara y Literatura Random House (Bertelsmann) lanzaron en 2015 El mapa de las lenguas, un proyecto por el que cada uno publica cada mes la obra de un autor latinoamericano y la distribuye a la vez en formato e-book y en las librerías más literarias. “Solo con El mapa de las lenguas publicamos tres veces más nuevas voces de literatura latinoamericana que cualquier editorial”, defiende López de Lamadrid. “Pero la realidad es la que es. Hay mucho papanatismo. Si la autora de Black out, en vez de llamarse María Moreno, se llamará Mary Brown, y el libro, en lugar de transcurrir en Buenos Aires, sucediera en Nueva York, aquí sería la bomba. Y allí ocurre lo mismo. Los tres últimos premios de la FIL han reconocido a extranjeros. Está muy bien premiar a Norman Manea, Claudio Magris y Emmanuel Carrère, pero hay autores lo suficientemente importantes en español como para tener que premiarles a ellos. Dejaron que se muriera Piglia sin dárselo”, dice López de Lamadrid. Juan Cruz, periodista de El País y director entre 1992 y 1998 de Alfaguara, más que papanatismo advirtió en esos años una “conspiración perversa” entre las editoriales y los medios. “Si resulta que los periódicos, que siempre estaban proclamando que había que publicar a los nuevos, cuando llegaban los nuevos los dejaban de lado porque no vendían, las editoriales decían: ‘Vamos a traer a los conocidos’. Era un círculo vicioso horrible. Hay que excitar al lector desde las editoriales y los medios” 

 El sector ve en Internet el gran mirlo blanco para estimular la circulación del libro. No hablan sólo de las plataformas de suscripción y el e-book,que, aunque tiene sus problemas —acceso a los terminales, piratería e IVA más elevado que el libro físico en España— en lengua española experimentó el pasado año un crecimiento global del 7%, tiene un coste menor de producción que el papel, un precio más asequible y hace posible el sueño de todo editor de que todos los títulos estén disponibles en cualquier momento en todas partes. Hablan de que la Red ha comenzado a cambiar la relación entre lectores, editores y escritores, y ha hecho, como dice Pilar Reyes, que ya no tenga que “estallar un éxito literario en Francia para que lleguen los ecos de esa información. El lector tiene ahora absoluto acceso a lo que se publica fuera de su país y tiene algo que decir”, observa. “Hoy ya no son solo el crítico o el suplemento literario quienes prescriben. Hay blogs que prescriben, hay un intercambio entre los lectores. Y, además, el editor puede analizar qué le interesa a ese lector. Y eso es importante. No olvidemos que la literatura es ofrecerle a la gente algo que no sabe que quiere y hacer que lo quiera”. 

Hubo un momento, en los sesenta, en que el editor Carlos Barral acertó en ofrecer a los lectores en español lo que no sabían que querían. Animado por el sueño de llegar a un público potencial de hoy 500 millones de personas y el bagaje de la amistad —fue América Latina quien abrió las puertas a editores e intelectuales españoles que huían de la Guerra Civil—, comenzó a publicar desde España a un puñado de autores de aquel continente y los puso a circular por toda la geografía del español con acuerdos con sellos locales. Con el Premio Seix Barral a Vargas Llosa por La ciudad y los perros en 1962 inauguró una nueva era en la que no solo abrió los ojos del lector hacia los autores del boom (García Márquez, Cortázar, Fuentes, Donoso…), sino también hacia sus predecesores. De repente, cuando aún resonaban los ecos de la revolución cubana, la literatura latinoamericana se puso de moda en España y dio el salto a la traducción. “En plena censura, el lector español volvió la mirada hacia América Latina porque había ciertos aires de libertad”, apunta Marisol Schulz, directora de la Feria del Libro de Guadalajara (FIL).

El momento político, en efecto, explica ese acercamiento. Pero tampoco puede obviarse que aquellos autores, muchos residentes en España, rompieron moldes en un momento en el que tampoco había demasiadas propuestas en la lengua. Ahora se produce mucho más y es más difícil hacer que un libro sea visible. “Y hoy, además, la literatura compite con muchas cosas. Pensar hoy que el paradigma es el boom es un error. Hay que juzgar estos tiempos dentro de lo que son, atomizados, dispersos”, afirma Pilar Reyes. Los tiempos han cambiado tanto que, aunque España sigue siendo la puerta de entrada a Europa, ya no se ve desde Latinoamérica como un lugar de consagración, según la periodista argentina Leila Guerriero. “El mercado latinoamericano ahora es importante para el escritor latinoamericano. Y si durante un tiempo algunos autores españoles fueron su referente, ahora beben de otras fuentes; la literatura norteamericana y la propia latinoamericana”. En el otro extremo está el lector que, a juicio de Ana Gallego, ha vivido un proceso paralelo de distanciamiento. “El autor español es poco valorado en Latinoamérica. Se ha quedado la imagen del escritor costumbrista. Por otra parte, el lector común español está poco o nada interesado en el autor latinoamericano actual, sigue pensando en la literatura latinoamericana bajo los estereotipos del boom: literatura exótica y de compromiso político. La cuota de lo exótico la están ocupando ahora los nórdicos o los asiáticos”.

El desapego comenzó con la muerte de Franco (1975), la apertura del país y el florecimiento de la literatura en la Península. Con Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes, Javier Marías, Soledad Puértolas, Luis Landero… España se concentró en lo propio. Y Latinoamérica bastante tenía con asumir su regresión política y los movimientos de la antigua metrópoli, que en un momento de poderío económico generó puntos literarios de consagración —¬premios, suplementos…— y comenzó a absorber sellos en el continente americano, alumbrando entre otros a Alfaguara Global, emblema del panhispanismo editorial. “Una de nuestras obsesiones era que los libros no viajaban en América Latina, y Alfaguara Global, impulsada por Isabel Polanco [de cuya muerte se cumplen ahora 10 años], hizo que al mismo tiempo un escritor chileno tuviera sus libros en México, Nicaragua, Colombia y Argentina”, explica Juan Cruz. Él fue quien recuperó, tras 25 años, e hizo trasatlántico el Premio Alfaguara, galardón que, como dice por experiencia el autor colombiano Juan Gabriel Vásquez —lo ganó en 2011—, “rompe todas las barreras de circulación de los libros”. “Poco a poco, otras editoriales fueron imitando nuestras políticas”, continúa Cruz. “Las cosas han cambiado a mejor y un factor decisivo ha sido la FIL”. 

Decía, pesimista, Ricardo Piglia que en la era del autor-performer, que se mueve de feria en premio y de premio en festival, “viajan los escritores, no viajan sus libros”. Pero la sensacional proliferación de espacios para el debate —que en opinión de Santiago Tobón, de Sexto Piso, es positiva, pero también el “síntoma de la imposibilidad de una oferta permanente”— ha servido para que “la ficción viaje a la zaga de sus autores y se quede en el territorio que visita”, como confirma Cristina Fuentes, directora internacional del Festival Hay. “Siempre nos parecerá poco”, subraya Ponsford, que pide políticas de estímulo a la lectura. “Siempre nos quejaremos porque queremos más, y eso está bien. Pero ese flujo crecerá en la medida en que crezcan nuestras economías, se consoliden los sectores editoriales locales y se abran más las fronteras”.

 Ahí es nada.



viernes, 23 de junio de 2017

Con lugares comunes, incorrecciones políticas y errores, Juan Cruz presenta a Aurora Bernárdez

“Un libro recopila textos de la mujer de Cortázar, junto a una larga entrevista con el músico y cineasta Philippe Fénelon. A la sombra del escritor, nunca publicó su obra”: así dice el copete de la nota que publicó en el pasquín El País, de Madrid, el pasado 15 de junio. el español Juan Cruz, un tipo dedicado a comentar chismes de la farándula literaria, que siempre se ocupa de relatarnos sus estados de ánimo (como si nos fueran a interesar) cuando se encuentra con tal o cual, informándonos de paso que trata por su nombre de pila o apodo al objeto de su artículo, para que sepamos que los conoce en la intimidad. Puede que para la lógica de consumo editorial haga falta gente así: petimetres que se dan aires y que viajan con salero de una feria literaria a otra como si tuvieran alguna importancia. Pero lo que no corresponde es que cometan errores u omisiones, como le han hecho saber al coso éste los lectores que comentaron su nota on line. Préstese especial atención a la eterna confusión entre los gentilicios “porteño” y “bonaerense”, algo en que no debería incurrir alguien que viene todos los años a Buenos Aires, y, sobre todo, al inteligente comentario de Paco Morillo. Algún día, Aurora Bernárdez también escapará de la estupidez.

Aurora Bernárdez escapa del silencio

Aurora Bernárdez (Buenos Aires, 1920-París, 2014) era como de papel, frágil, y era de una potencia increíble, dotada de una memoria implacable. Ese fue su espíritu de traductora: ni una palabra ni un dato fuera de lugar. Ella decía que estaba hecha “de papel”, pero era también de hierro. Descendiente de emigrantes gallegos, en 1952 conoció a Julio Cortázar, un joven larguirucho de aspecto adolescente con el que hablaba de libros y de gente en el London bonaerense. Se casaron un año más tarde y se separaron en 1968, pero regresó a su lado y hasta su último suspiro vivió junto a él.

Aurora Bernárdez acompañó a Julio Cortázar en excursiones profesionales –eran traductores de la ONU– por todo el mundo y fue su musa. No fue La Maga de Rayuela; La Maga, en realidad, parece que fue mucha gente. Pero sí fue, por ejemplo, la mujer que le dijo en la India que hay escaleras que solo sirven para bajar, y esa ocurrencia dio de sí el relato Instrucciones para subir una escalera, incluido en Historias de cronopios y de famas. En 1968, ella volvió a Buenos Aires, pero regresó pronto a París, su centro del mundo. Volvió junto al escritor cuando este cayó enfermo y se quedó solo –había muerto el último amor del autor de Rayuela, la escritora y fotógrafa Carol Dunlop–. Lo acompañó en ese dolor final. Era 1984. Luego se convirtió en su albacea.

Aurora nunca habló en público, ni de Cortázar ni de nada que sintiera que era secreto. Acudía a homenajes al escritor bonaerense –como el que se celebró para relanzar su obra en la Fundación March de Madrid en 1993– y permanecía silenciosa, como una efigie. En privado, era un torrente de memoria y datos. Hizo una excepción a aquel silencio público: mantuvo una larga conversación con su amigo Philippe Fénelon, músico y cineasta, su amigo desde principios de los años ochenta.

La casa de París
Ella conocía el trabajo de Fénelon. La admiración por lo que este había hecho, en el cine y en la música, la llevaron a ponerse ante la cámara para una charla insólita que se realizó entre 2004 y 2005 y que ahora forma el núcleo de El libro de Aurora, que publica Alfaguara, editado por Fénelon y por Julia Saltzmann, la editora argentina que durante años ha sido la responsable de la edición de las obras de Cortázar.

El cineasta encontró suficiente material que ahora junta en la casa parisiense de Aurora, la misma en la que Cortázar escribió Rayuela. Ahí había, también, “una especie de diario que ella había empezado en los años cincuenta; estaba escrito en distintos cuadernos, algunos de escritura casi inexistente porque ella había utilizado unos lápices verdes que se fueron difuminando con el paso del tiempo”.

Esa casa, histórica también por haber sido vivienda de Rayuela, sufrió un gran desorden, dice Fénelon, en la década previa a la muerte de Aurora, en 2014 en París. “Y fue muy complicado recomponer las decenas de versiones que había sobre un mismo texto”.

Al final, ha recuperado para El libro de Aurora esos escritos descompuestos, las poesías –“que no están nada mal”– y los diarios, algunos de los cuales se refieren a vivencias con Cortázar o a discusiones que suscitaba la personalidad del autor.

“Escribía sus sueños, sus lecturas y sus agendas diarias”. Destruyó agendas anteriores al año 1979. ¿Por qué? “Por la misma razón por la que destruyó las cartas de Julio cuando se separaron: eran 60 cartas. Luego se arrepintió”.

Al final, volvieron juntos en circunstancias dramáticas para Cortázar. “En realidad, nunca hubo una separación oficial; ella regresó a Buenos Aires y se reinstaló con una relación previa, que siguió sin funcionar. Y volvió. Como trabajaba en la Unesco, como Julio, se seguían viendo”, señala Fénelon.

Tras una conversación en la que ella está con Octavio Paz y otras personas relacionadas con la cultura, se habla de la personalidad de Cortázar, Aurora anota: “Las virtudes personales de Julio, bien conocidas por quienes lo estimaban e ignoradas por los demás, no son lo importante: lo que cuenta es la obra. En lo otro hay más posibilidades de duda. E incluso, ¿quién puede meterse a decir, con certeza, cómo era un hombre? En el caso de Julio, sus actos fueron a veces contradictorios: muchos de ellos te sorprenderían. No es el caso de convertirlo en paradigma. Le hubiera repelido. De lo que hay que hablar es de la obra. Para lo demás: silencio”.

Ella no quería hablar de todo lo que había pasado en su relación. Imagino que fue muy triste para los dos, seguro. Se liaron con problemas de los que ella no quería hablar.

El libro de Aurora es lo más lejos que ha estado esa mujer tan privada y tan hacia adentro de mostrarse también como una mujer para afuera.

Algunos comentarios a la nota de Juan Cruz

Adalberto Carbos Agozino:
La confiteria o bar "La London" donde escribía Cortazar se ubica en la esquina de las calles Av de Mayo y Perú. En el centro de la ciudad de Buenos Aires, a 500 metros de la Casa Rosada, sede del Gobieno Nacional. Por lo tanto, no es bonaerense sino "porteña". Los bonaerenses son los nacidos o residentes de la Provincia de Buenos Aires. Los nacidos o residentes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires reciben el nombre de "porteños". Gracias.

Edgar Allan:
¿No quedamos en que ya no había "mujeres de"...? Se puede hablar de Aurora Bernárdez como traductora, y los que nos interese ya sabemos que era esposa de Cortázar, y muy buena esposa por cierto, pero a ver si se aclaran ustedes con ustedes mismos.

Guillermo de Ockhan:
Todos los que leíamos a Calvino en español conocíamos y valorábamos el trabajo de Bernardez.

Paco Morillo:
Otra vez el rollo políticamente correcto de "gran mujer tapada por gran hombre". Ni J.C. tapó a nadie, ni A. B. era una desconocida. Fue una traductora muy buena y prestigiosa, y sus traducciones son su obra. Si no publicó literatura propia fue porque no le dio la gana. Es más, aunque no fuera conocida por sus traducciones, si hubiese querido publicar cosas suyas, lo habría tenido muy fácil, precisamente por estar casada con J. C.

Rasi Nari:
Los españoles siempre tendremos que agradecerle a Aurora sus maravillosas traducciones en una época oscura de nuestro país en la que el acceso a los idiomas extranjeros por parte de la mayoría de la población era problemático y a determinados autores solo los podíamos leer en aquellas ediciones argentinas de Losada que luego fue adaptando y publicando Alianza. Mi mayor respeto y admiración para esta verdadera dama de la literatura.

Nicolás Bianchi:
"El País" sigue, sistemáticamente y sin acusar recibo, confundiendo 'bonaerense' (gentilicio de la PROVINCIA de Buenos Aires) con 'porteño' (lo propio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires)....dos entidades territorial, política y jurídicamente distintas. Además de que Cortázar nació en Bélgica, un detalle menor en este caso...