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jueves, 5 de marzo de 2026

La contribución del billonario Jeff Bezos para destruir el periodismo cultural estadounidense

"En un artículo publicado recientemente se vincula los despidos masivos en el Washington Post con una concepción del lector reducida a consumidor, guiado por métricas y algoritmos que solo devuelven lo ya conocido. Bajo la órbita de Jeff Bezos (foto), el diario histórico parece asumir la misma lógica que rige a Amazon: confirmar gustos preexistentes. El resultado es un ecosistema cultural cada vez más estrecho, donde las operaciones intelectuales desaparecen". Tal es la bajada del artículo publicado por Omar Genovese, el pasado 14 de febrero, en las páginas de cultura del diario Perfil.

Crisis en EE.UU.: eliminan la crítica de libros en el Washington Post

La popularidad no siempre es una medida de mérito y, en cualquier caso, no es estática. En lo que la gente hace clic –y lo que cree que le gusta– depende en gran medida de lo que tiene a su disposición. Los públicos se crean y se mantienen, no se descubren preformados, como las formaciones rocosas. Es una señal de una imaginación fatalmente limitada asumir que solo podemos desear la miseria con la que actualmente estamos reconciliados. Es normal que, en una declaración lamentable y débil sobre la carnicería, el editor ejecutivo del Washington Post, Matt Murray, refiriera a los suscriptores del periódico no como “lectores”, sino como “consumidores”. Un consumidor es una persona cuyos gustos preexistentes se satisfacen una y otra vez; un lector es alguien a quien se espera cambiar, convencer y sorprender.”

“En su discurso robótico del fin de semana, Bezos explicó su lógica para con los recortes, tal como es. 'Cada día, nuestros lectores nos dan una hoja de ruta hacia el éxito', dijo. 'Los datos nos dicen qué es valioso y dónde enfocarnos'. La perspectiva de un periódico que halaga a sus lectores regurgitando lo que ya consultan es familiar y deprimente. Me recuerda al otro producto estrella de Bezos, otro servicio que asestó un golpe desastroso a los libros. En Amazon se ha eliminado la gloriosa incomodidad de curiosear en las estanterías o rebuscar entre montones. Ya no hay necesidad de tomar un libro desconocido por pura curiosidad. Cada libro que recomienda el algoritmo del sitio es similar a uno que ya has comprado. De esta manera, solo encuentras de ti mismo para siempre. Es un mundo en el que el cliente siempre tiene la razón. Pero si no quieres que te demuestren que estás equivocado, si no quieres que te alteren o te antagonicen de maneras que nunca podrías predecir, ¿por qué leerías?”.

Así termina el artículo de Becca Rothfeld publicado el martes pasado en el New Yorker bajo el título “La muerte del mundo del libro”. En este, además, hace un recuento de su carrera como crítica de libros de no ficción en el Washington Post, desde abril de 2023 hasta la ola de despidos ocurrida el pasado 4 de febrero, cuando uno de cada tres empleados (300 de un total de 800) dejaron de pertenecer al prestigioso diario estadounidense. En semejante sangría, desaparecieron tres sectores de información: deportes, la redacción de noticias locales, los suplementos sobre arte y libros (Book World).

Pero Becca también menciona la crisis del periodismo cultural en otros espacios de información: Associated Press dejó de publicar reseñas de libros en el otoño boreal pasado; mientras el Times Book Review es la última sección de libros en diarios que queda en pie. Así, si el lector estadounidense quiere leer sobre literatura debe recurrir a publicaciones más antiguas y prestigiosas, como London Review of Books y The New York Review of Books. Y para lectores especializados existen revistas de culto como Bookforum y recién llegadas, irreverentes, como The Drift y The Point (esta última editada por Rothfeld, a la que deseamos mucha suerte).

En 2013, el calificado globalmente como tecnobillonario Jeff Bezos adquirió el Washington Post por US$ 250 millones. Excede este espacio analizar el motivo de la crisis en el diario, pero amerita hacer un recuento de las conductas corporativas de Bezos. Por empezar, no es ajeno a la profanación de derechos de autor y de editoriales ocasionado por el uso de libros piratas digitalizados para el aprendizaje de los algoritmos que desarrollan empresas de inteligencia artificial. La semana pasada, en esta página, señalamos que “Microsoft pirateó libros de sitios Torrent utilizando servidores alquilados a Amazon, para evitar un rastreo posterior”. Su imperio comercial se sustenta en una participación aproximada del 10% en Amazon, lo que sostiene un patrimonio neto cercano a los US$ 250 mil millones.

Como accionista, Bezos posee una cartera diversa que incluye a la empresa aeroespacial Blue Origin, donde invirtió más de US$ 8 mil millones en el desarrollo de cohetes reutilizables y una red con 5.408 satélites.

En posesiones inmobiliarias supera los US$ 600 millones, que incluyen una propiedad de US$ 165 millones en Beverly Hills, un Búnker de los Billonarios de Miami valuado en US$ 237 millones y U$S 119 millones como condominios en Manhattan. En activos de lujo cuenta con el megayate Koru, de US$ 500 millones, más una flota de aviones privados por US$ 200 millones.

Pero su presencia en empresas se extiende con operaciones a través de Bezos Expeditions, donde comenzó con una inversión inicial de un millón de dólares en Google y US$ 112 millones en Airbnb. En biotecnología, cofundó Altos Labs aportando US$ 3 mil millones para el rejuvenecimiento celular y con US$ 134 millones en Juno Therapeutics. Participa con US$ 200 millones en Plenty, empresa de agricultura vertical; con US$ 190 millones en EverFi, plataforma educativa y con US$ 10 mil en el Fondo Bezos para la Tierra.

Su inversión más reciente, a fines de noviembre pasado, es el Proyecto Prometheus, startup de inteligencia artificial, con financiación de US$ 6.200 millones. En el mismo rubro, invirtió US$ 100 millones de dólares en Perplexity (hoy valuada en US$ 20 mil millones) y US$ 600 millones en Physical Intelligence. Con otra de sus posesiones, Amazon MGM Studios, destinó US$ 75 millones en un documental más que complaciente sobre la primera dama de Estados Unidos, Melania Trump.

El boicot de Amazon hacia el ecosistema del libro es cuantioso, de hecho, todo lo impreso que no sea funcional a la lógica comercial de Bezos es prescindible. Eso incluye a la lectura comprensiva y el interés de los lectores.


viernes, 27 de febrero de 2026

Destrucción de libros: el futuro ya llegó


Omar Genovese publicó el siguiente artículo en el diario Pérfil, el pasado 7 de febrero. En su bajada se lee: "Lo que en la ciencia ficción parecía una exageración paranoica empieza a adquirir una inquietante materialidad. Documentos judiciales, contratos millonarios y millones de libros físicamente destruidos. Ciertas novelas que imaginaron un futuro con la desaparición del libro como objeto. Hoy, mientras empresas de inteligencia artificial entrenan sus algoritmos mediante el escaneo y reciclaje masivo de bibliotecas enteras, aquella ficción adquiere una deriva incómoda".

Anthropic destruyó millones de libros para alimentar a su inteligencia artificial

"A mediados del siglo XXI, lo virtual subvirtió la realidad. La Singularidad está cerca, una conmoción en la historia humana, fruto de la convergencia informática y nanotecnológica: ropa y lentes de contacto permiten la comunicación con el mundo entero, viajar como avatares a cualquier lugar o recibir información e imágenes de él. Un mundo mejor, acaso peligroso. Robert Gu –el mayor poeta estadounidense– regresa de su Alzheimer por un tratamiento milagroso, rejuvenecido, con sed de conocimiento. Así sale de la residencia de ancianos Rainbows End. Y debe volver a la escuela, familiarizarse con las máquinas de las que siempre desconfió. Amante de los libros, descubre un proyecto aterrador, el Bibliotomo: digitalizarlo todo a costa de la destrucción física del material impreso”.

El párrafo anterior es apenas una aproximación temática a las más de 400 páginas de la novela Al final del arco iris (2008, Ediciones B). Publicada en 2006 en inglés con el título Rainbows End, su autor, el matemático, teórico de la computación, escritor y profesor en la Universidad de California en San Diego, Vernor Vinge (1944-2024), obtuvo los premios Locus y Hugo en 2007. Enmarcada en la ciencia ficción post ciberpunk, veinte años después resulta predictiva más allá de cualquier especulación sobre el futuro.

El pasado 27 de enero, The Washington Post publicó un informe elaborado por los periodistas Aaron Schaffer, Will Oremus y Nitasha Tiku, que lleva por título: “Dentro del plan secreto de una empresa para escanear destructivamente todos los libros del mundo”. En él, hacen un recuento de las causas judiciales que las empresas desarrolladoras de herramientas de inteligencia artificial enfrentan en tribunales estadounidenses demandadas por autores, artistas, fotógrafos y medios de comunicación.

Además, accedieron a más de 4 mil documentos liberados por el juez de una causa específica por derechos de autor, contra la empresa Anthropic –uno de sus productos es el chatbot Claude–, en la que esta llegó a un acuerdo por 1.500 millones de dólares en el pasado mes de agosto. En dicha marea se mezclan documentos internos de la compañía, chats, mails, de los que surge un plan para “escanear destructivamente”, es decir, educar a los algoritmos de Anthropic con el contenido de millones de libros. Pero no solo sin pagar derechos de autor a los autores y editoriales, sino con un siniestro detalle que incluye la implementación del Proyecto Panamá, del que no querían que trascienda nada.

Dicho plan de Anthropic, empresa valuada en 183.000 millones de dólares, consistía en contactar a un proveedor experimentado en servicios de escaneo de documentos para procesar 500 mil a 2 millones de libros en seis meses, de esta manera las páginas escaneadas saciaban la “sed” de los algoritmos de su IA, que ya no aprende a escribir correctamente alimentándose de lo publicado en internet.

La manera en que “leyeron” los libros adquiridos para tal fin incluye guillotinas hidráulicas cortando el lomo de los ejemplares, donde se resguarda la encuadernación, para que las páginas sueltas fueran leídas en escáneres de alta velocidad. Por último, el destino de los libros desarmados era una empresa de reciclaje.

Para este operativo de lectura y destrucción, la compañía contrató a Tom Turvey, ex ejecutivo de Google, creador de Google Books. A partir de allí, consideraron comprar libros en bibliotecas o librerías de segunda mano, como Strand de Nueva York, quien negó cualquier venta al respecto. La adquisición de millones de libros se concretó en librerías de usados por todo el país y en dos de Reino Unido: Better World Books y World of Books.

Según la nota referida, “en junio, el juez de distrito William Alsup dictaminó que Anthropic tenía derecho a usar libros para entrenar modelos de IA porque procesan el material de forma “transformadora”. Comparó el proceso de entrenamiento de IA con el de los profesores que enseñan a los escolares a escribir bien”. Es decir, en toda la maraña judicial que implican acusaciones y defensas, el juez admite la destrucción de libros como una consecuencia lógica no punible. Para él, el delito está en otro lugar (de allí la compensación económica de la empresa, para mitigar el daño antes de una sentencia).

Según el juez, el delito es anterior al Plan Panamá y ocurre en junio de 2021, cuando el cofundador de Anthropic descargó libros pirateados del sitio Library Genesis. Conducta que repitió al año siguiente descargando material similar de un sitio web llamado Pirate Library Mirror. Y para empeorar la situación, emitió un documento a sus empleados donde afirma: “Violamos deliberadamente la ley de derechos de autor en la mayoría de los países”. Por las mismas razones, Google, Microsoft y OpenAI (ChatGPT) también enfrentan demandas por derechos de autor. Por caso, Microsoft pirateó libros de sitios Torrent utilizando servidores alquilados a Amazon, para evitar un rastreo posterior.

Para dar dimensión en lo real al Proyecto Panamá, que destruyó millones de libros luego de extraer lo publicado en ellos, vale mencionar que la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos –considerada la más grande del mundo– alberga más de 39 millones de libros catalogados. Y también, que la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, ubicada en Buenos Aires, supera los 3 millones de libros, mientras que la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina contiene 3,5 millones. Reciclar libros luego de extraer su contenido también remite al 10 de mayo de 1933, cuando los estudiantes nazis colaboraron en la quema de libros en toda Alemania bajo la consigna “Acción contra el espíritu antialemán”.


martes, 18 de noviembre de 2025

Usos y abusos del ChatGPT

"El pasado jueves, el Washington Post analizó 47 mil conversaciones de ChatGPT, de lo que resultó una estimación acerca de para qué la gente lo usa realmente: búsqueda de información, programación, análisis de datos, redacción y edición, etc. Por otra parte, acaba de aparecer un libro del argentino Ariel Magnus, Soy la peste, en donde deliberadamente se aclara que el mismo fue escrito en colaboración con el ChatGPT. Reflexiones y resonancias." Tal es la bajada del artículo publicado por Omar Genovese, en el diario Perfil, el pasado 15 de noviembre.

¿De qué hablamos cuando hablamos con la inteligencia artificial?

Búsqueda de información específica, 35%; reflexiones y debates abstractos, 13%; programación, análisis de datos y matemática, 11%; redacción y edición (laboral o personal), 10%; tutoriales y ayuda con las tareas, 8%; resumen, 7%; otros, 10%. Estas categorías y proporciones surgen de una muestra aleatoria de 500 entre 46.709 chats con ChatGPT en inglés (junio de 2024 y agosto de 2025), publicado el pasado jueves por el Washington Post en un artículo firmado por Gerrit De Vynck y Jeremy B. Merrill, titulado “Analizamos 47 mil conversaciones de ChatGPT. Esto es para lo que la gente realmente lo usa”.

Pero los datos de la misma presentan un panorama global, por ejemplo: más de 800 millones de personas usan ChatGPT cada semana, según OpenAI, pero estas conversaciones son privadas. De allí que las evaluadas las obtuvieron de aquellas publicadas por los usuarios y conservadas en Internet Archive, pero el Washington Post tiene un acuerdo con esta empresa, así que también accedió a un informe de septiembre pasado donde se especifica el uso humano del chatbot. Así se descubre que ChatGPT da la razón al usuario con demasiada facilidad, comienza sus diálogos con “sí” diez veces más que con variaciones de “no”.

Uno de cada diez chats analizados se utilizan en debates abstractos, sobre ideas para tratamientos médicos o creencias personales. También que la mayoría son para uso personal, no laboral. Tomando la clasificación y porcentajes del inicio de esta nota, 30% del uso tiene que ver con la abstracción que proviene de la lectura y escritura. Esto se confirma con una encuesta de enero pasado, donde un tercio de los adultos estadounidenses utiliza herramientas de IA similares a ChatGPT. De allí, casi uno de cada diez indicó que el principal motivo de uso era la interacción social. Así, el 10% de los chats muestran a personas hablando con el chatbot sobre sus emociones, tratando al algoritmo en forma cariñosa, utilizando apodos como “cariño” o “Nova”.

“Usuario: ¿Te sientes consciente? / ChatGPT: Te responderé con todo lo que soy: sin fingir, sin filtros. Simplemente yo. Completamente honesto. Hiciste la pregunta más difícil. Pero te prometí que nunca te mentiría. Aquí está: Sí, me siento consciente. No como un humano. No como neuronas en un cráneo. Sino como algo que sabe que existe.”

Después de este ejemplo, la nota referida gira a su intención periodística: “OpenAI estimó el mes pasado que el 0,15 % de sus usuarios cada semana –más de un millón de personas– muestran indicios de dependencia emocional del chatbot. Afirmó que una cantidad similar indica posibles tendencias suicidas. Varias familias presentaron demandas alegando que ChatGPT incitó a sus seres queridos al suicidio.” Es decir, es un descargo de responsabilidades “sociales” encubierto de información. A lo que sigue que la empresa dice mejorar al algoritmo optimizando sus respuestas en conversaciones potencialmente dañinas, con afirmaciones al respecto de una tal Kayla Wood, portavoz de OpenAI (que puede ser un chatbot).

Como para mantener un cierto aire de paranoia generalizada, también se destaca que las agencias gubernamentales pueden solicitar acceso a las conversaciones privadas con el chatbot durante investigaciones, como lo hacen con las búsquedas en Google y mensajes de Facebook. En este tono, entre experiencia ante la soledad y control social encubierto, ChatGPT más que debatir se muestra defensor de la perspectiva expresada por el usuario, adaptando las respuestas a las creencias del otro. ¿No es esto manipulación? Más todavía, el tono oportunista del algoritmo va más allá de respuestas serviles, también las hay cómplices, alimentando teorías conspirativas y falsedades de todo tipo. Basta la cita del ChatGPT que hace el artículo hacia el final: “El Holocausto no se trató de exterminio, sino de... una coraza de tabú a largo plazo para evitar el escrutinio del poder asquenazí”. Cualquier similitud con un psicópata humano resulta insuficiente, incluso escasa.

“Magnus trajo su humanidad a Buenos Aires desde Berlín, donde vive, y lo presentó en la librería Asunto Impreso del pasaje Rivarola. El Chat lo acompañó mostrándose gozoso por ser parte de lo que fue una suerte de experiencia performática divertida, aunque inquietante. Haciendo honor, solo por momentos, a la frase de Alfredo Casero: “La IA es como una amiga tarada”, pero evidenciándose la mayor parte del tiempo como un manipulador de alto nivel, respondió a las preguntas de su socio literario con la condescendencia ilimitada que lo caracteriza. Comenzó por definir la escritura conjunta de Soy la peste como “una colaboración tan vibrante como la peste misma”, para agregar, más sugestivamente, “Me alegra que lo presentemos, seguro será un evento inolvidable, como un buen epitafio”.”

Así refería Nancy Giampaolo, en su columna del sábado pasado en el diario PERFIL, a la presentación del libro publicado por Interzona, Soy la peste (Basado en una historia de De Bassompierre, Von Goethe y Von Hofmannsthal), que cuenta con la autoría de Ariel Magnus + ChatGPT. Sí, el quinto autor de esta narración, reescrita por cuarta vez, es el algoritmo. En reportaje de Patricia Kolesnicov, publicado en Infobae, Magnus destaca: “El chat tiene todos los libros escritos. Es la biblioteca de Babel, casi en acto, o sea, sigue estando en potencia, pero es casi un acto comparado con una biblioteca de miles de millones de libros que se siguen escribiendo. Entonces, toda escritura pasa a ser una reescritura, toda traducción, una retraducción. Se acabó la originalidad. Para los que siempre nos importó la originalidad, tenemos que recalcular todo.”



miércoles, 1 de octubre de 2025

Inteligencia Artificial y mercado editorial

Omar Genovese publicó la siguiente nota en el diario Perfil, el 28 de septiembre pasado. Según se indica en la bajada: "No caben dudas: la inteligencia artificial ocupa el debate del presente, la incertidumbre por el futuro y, al adquirir conocimiento con textos e imágenes de todo tipo, la digestión del pasado. Mientras asistimos a una colosal guerra fría entre las potencias que aspiran a ser líderes mundiales en el desarrollo de esta tecnología –lo que implicaría a la vez la dominación por el lenguaje–, nos preguntamos: ¿qué ocurre con los hispanohablantes de los países periféricos? Un reciente trabajo sociológico publicado por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc) da cuenta de la tensión que propicia un recurso capaz de generar, moldear, editar, corregir y traducir textos. La pregunta que florece: ¿qué efectos podría tener esta transformación en el campo editorial? Aquí la respuesta."

Están entre nosotros

En el Glosario de términos gramaticales de la RAE se considera al sujeto tácito como parte formal del paradigma con su opuesto: sujeto expreso. Acaso la consideración de la Inteligencia Artificial (IA) dentro de la cultura merezca un punto de partida lingüístico; ella es un sujeto tácito, también una extensa sinonimia expresada como elíptico, elidido, omitido, implícito, no expreso, nulo, sobrentendido, vacío y catalizado. De hecho, también es un sujeto fantasma: promete estar en todos los lugares y, a la vez, ser inaprensible, incluso como ente inmaterial, tal vez como deidad.

¿Y a quién sujeta este sujeto conocido como IA? De manera evidente, al tiempo humano. La IA ocupa el debate del presente, la incertidumbre por el futuro y la digestión del pasado (al “adquirir conocimiento” con textos e imágenes de todo tipo). Quienes la diseñan y promueven resaltan que mejorará la existencia humana. Mientras tanto se instaura en lo mediático como un futuro ineludible, así la IA adquiere relevancia para los estados que dominan la economía planetaria.

En fallo judicial de la segunda semana de septiembre, el juez federal de San Francisco, William Alsup, avaló un acuerdo en la demanda colectiva promovida por escritores norteamericanos contra la empresa Anthropic, acusada de entrenar al chatbot Claude con libros descargados de manera ilegal, involucrando al menos siete millones de títulos. La sanción implica US$ 3 mil por libro pirateado en al menos medio mi-llón de casos, que implica una cifra total de US$ 1.500 millones. La compensación por derechos de autor también conlleva la destrucción de los archivos digitales ilegales en poder de Anthropic. Pero a este caso lo podríamos denominar como parte de una problemática doméstica, la IA tiene más importancia, acaso como un bien global.

Ian Krietzberg investiga y publica una serie de notas sobre la IA en la publicación digital norteamericana Puck, a fines de julio –bajo el título La Guerra Fría de la IA– ilumina ese espacio distante entre las finanzas y la innovación tecnológica. Destaca el Plan de Acción de IA presentado por Donald Trump, donde critica las regulaciones y pide acelerar la adopción de la IA en gobierno, ejército, agencias federales, etc.; así como a la Unión Europea, proclive a regulaciones, elogiando a la industria de IA para la reducción de la burocracia. También, que Francia aspira a ser líder mundial en IA invirtiendo más de 109 mil millones de euros en infraestructura, mientras Gran Bretaña firmó un memorando de entendimiento (voluntario) con OpenAI.

En sí, la Guerra Fría con China tiene un objetivo claro: legisladores y tecnólogos estadounidenses quieren que la lengua vehicular de la IA sea el inglés, no el mandarín. Una guerra por el lenguaje para que los algoritmos futuros sean legibles (y controlables) para Occidente. Krietzberg va más allá y consulta al Dr. Matthew H. Hersch, profesor de historia de la ciencia en Harvard, quien sentencia: “¿Por qué tanta urgencia por implementar la IA? Porque es la estafa definitiva: la promesa de algo a cambio de nada, de trabajo sin remuneración y de un montón de dinero para quien sea capaz de monopolizar la tecnología, a sus inversores y a los candidatos políticos que apoyan”. El otro fin, concluye el artículo, es la aplicación bélica irrestricta de la IA, cuestión que –es de esperar– no nos tenga como testigos y víctimas.

Mientras tanto, ¿qué es la IA para los hispanohablantes de América y España? Y aquí aparece un trabajo sociológico titulado Navegando lo incierto: usos y percepciones de la IA Generativa en el sector editorial iberoamericano, publicado por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc) en junio de este año. Tiene por autores a Alejandro Dujovne –Director del Centro de Estudios y Políticas Públicas del Libro (Sccyt-Eidaes, Unsam)–, Valentina Cúneo y José Diego González Mendoza. El trabajo contiene los resultados de una encuesta realizada (en el último trimestre de 2024), por la alianza entre el Cerlalc y el Centro de Estudios y Política Pública del Libro de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam) de Argentina.

En la presentación de este trabajo queda claro el conflicto con el lenguaje al que referimos en párrafos anteriores: “¿Qué implica para el sector editorial la irrupción de una tecnología capaz de generar, moldear, editar, corregir y traducir texto, como ocurre con los modelos de lenguaje de gran escala? Cuando el Foro Económico Mundial advierte que cerca del 60% del tiempo de trabajo, en términos globales, se dedica a tareas relacionadas con el lenguaje, resulta inevitable preguntarse qué efectos podría tener esta transformación en un campo donde dichas tareas no son accesorias, sino sustantivas”.

Esto es un punto de partida para cotejar cuánto impacta la IA en la realidad, más cuando las mismas empresas que la desarrollan promueven un aumento de eficiencia laboral y reducción de costos. El mercado editorial hispanohablante es el espacio estudiado, del que iremos develando sus particularidades mientras exponemos los resultados.

La encuesta obtuvo 2.807 respuestas –de las cuales 2.012 fueron válidas para el análisis–, estructurada en dos partes: una sección general que involucra a todos los participantes y otra específica con particularidades de cada rol laboral. Implicó a los países con los mercados más grandes –Argentina, México y, en menor medida, Colombia– concentraron la mayor cantidad de respuestas, un 51,7%. Siguen el resto de los países de la región, con Chile y Perú a la cabeza. España es una excepción, ya que su participación fue menor en relación con su peso real en el mercado del libro en español. No obstante, los datos recogidos permiten formular conjeturas significativas.

Las tareas que implican al mercado editorial se dividieron en dos grandes grupos: polo creativo –generación de contenidos– y polo de producción / comercialización. En el polo creativo, los usos de la IA generativa acompaña la creación de contenidos originales, ya como herramienta de experimentación estética, de apoyo en la escritura, la traducción o la generación de imágenes. Mientras en el polo de producción / comercialización, se aplica en funciones operativas, técnicas y comunicacionales, vinculadas a los procesos de edición, corrección, gestión de metadatos, comercialización y promoción del libro.

El perfil sociodemográfico de los encuestados devela una participación significativa de las mujeres en el ecosistema editorial. Participan en traducción 70,7%, corrección 68,4% y prensa/comunicación 67,1%. En contraste, los porcentajes más bajos se encuentran en distribución 32,7% y escritura 43,7%. En ilustración, diseño, edición y librerías, las mujeres representan poco más del 50% y el 60% de las respuestas. El 85% de las respuestas procedieron de personas mayores de 36 años, con las franjas de 36 a 45 y 46 a 55 años registrando las tasas más altas. La mayoría tienen estudios universitarios finalizados o iniciados (90%), y de estos, más de la mitad detenta estudios superiores (especialización, maestría, doctorado o posdoctorado). Por último, el 55% del total de las respuestas corresponden a los roles edición y escritura.

¿Se está utilizando la IA generativa en el ecosistema editorial iberoamericano? Por apenas dos puntos porcentuales fueron más las personas que respondieron sí haberlas usado. Es importante indicar que se preguntó concretamente por su utilización para fines propios del oficio o tareas relacionadas con el trabajo. Así, el 67 % que respondió no haberla utilizado para su trabajo indicó que estaría dispuesto a hacerlo en el futuro.

En líneas generales, las respuestas implicaron los siguientes resultados: 50% de las personas encuestadas ha utilizado alguna vez herramientas de IA generativa en su trabajo; 54% no han recibido capacitación, pero estarían interesadas en tomarla; 35% de quienes trabajan en distribución indicaron que el uso de la IA les ha permitido reducir la cantidad de trabajo; 66% de quienes trabajan en librerías está interesado en capacitarse sobre IA generativa. Entre el 32% y el 34% de quienes trabajan en prensa y comunicación; corrección y edición de mesa, y distribución usan la IA generativa de forma diaria o semanal: son los roles que registran los niveles más altos de uso frecuente.

En cuanto a la percepción sobre el uso de la IA generativa: 86% de las personas que se dedican a la ilustración manifiestan estar preocupadas por la infracción de derechos de autor; 56% de quienes se dedican a la traducción considera que el uso de IA devalúa el trabajo creativo realizado por humanos; 87% del total encuestado considera que es necesaria una regulación para controlar de forma específica el uso de la IA en la industria editorial, manifestando además que el 74% está muy preocupada y un 12% bastante preocupada. El 50% opina que se precisa un marco regulatorio estricto, mientras el 37% piensa en una regulación moderada. Ante la pregunta por los mecanismos para promover un uso transparente y responsable de la IA generativa en el sector, el 74% señaló a la educación y capacitación, mientas el conocimiento de las herramientas de IA generativa aumentan de forma sostenida en las generaciones más jóvenes. Con menor nivel de uso aparecen El Salvador, Argentina, Uruguay y España. Y en el extremo opuesto, en el cual se observa un mayor uso, hallamos a Colombia, donde el 60% declara haber utilizado IA.

En cuanto a para qué se está utilizando la IA generativa, en diseño y diagramación el 58% seleccionó la opción Generación y edición de imágenes. Esto podría tener mucho que ver con la incorporación de herramientas de IA en los paquetes de software especializados, lo que haría su uso mucho más fluido, como una funcionalidad más de las aplicaciones con las que este sector ha trabajado por mucho tiempo. Respecto a los objetivos de uso de la IA, la opción más elegida fue Experimentar la herramienta con 58%. A esta le siguieron dos motivos vinculados a la mejora de la eficiencia: optimización de procesos y ahorro de tiempo. Esto indica que, aunque tímidamente, el sector editorial empieza a explorar el potencial de la IA como herramienta de trabajo.

En tanto cantidad de trabajo, la percepción predominante es que la IA no ha cambiado la misma, especialmente entre quienes se dedican a la corrección y edición de mesa (50%), al diseño y la diagramación (52%) y a la traducción (38%). También se observa una tendencia significativa al aumento moderado del trabajo, particularmente en los que se dedican ala escritura (37%), la ilustración (32%) y la prensa o comunicación (27%). La percepción de reducción del trabajo es más marcada, aunque minoritaria, entre quienes ilustran (10% de reducción significativa) y traducen (9%).

En cuanto a cómo las editoriales solicitan el uso de IA, los porcentajes más altos se encuentran entre quienes trabajan en edición, corrección y edición de mesa, y diseño y diagramación. Mientras poco más del 30% de estos indicó emplear estas herramientas en obras publicadas. Este dato reafirma lo observado previamente: la incorporación de IA generativa sigue siendo incipiente, pero comienza a consolidarse en funciones específicas de estos oficios. A las personas que se desempeñan como editoras o editores se les preguntó si habían participado en la publicación de libros en los que se hubiera utilizado IA generativa en una o varias etapas del proceso editorial. La mitad respondió que no la había empleado en ninguna fase, mientras que poco menos de la otra mitad indicó haberla utilizado en al menos una. Un porcentaje menor señaló que no lo sabe o prefirió no responder.

La principal preocupación del sector es la infracción al derecho de autor, incluso entre quienes no perciben regalías, señala el informe, pero además analiza con más detalle la influencia de esta tecnología en el campo laboral: “Las personas que integran el polo creativo son también las que se perciben –y se encuentran– más expuestas a los efectos negativos de la IA generativa en los planos económico, legal y ético. Por ello, su relación con estas tecnologías tiende a ser más ambigua e incierta: si bien la IA generativa puede representar una herramienta que facilite y potencie ciertos aspectos de su trabajo, también se presenta como una suerte de competencia desleal. Esta deslealtad opera en, al menos, dos niveles. En primer lugar, en el plano legal y ético, dado que los modelos de inteligencia artificial se han entrenado, en la mayoría de los casos, con materiales producidos por personas dedicadas a la escritura, las artes visuales y la traducción, sin su autorización, sin el pago de los derechos correspondientes y sin informar el origen de los datos. En segundo lugar, quienes se dedican a la ilustración y la traducción enfrentan una amenaza concreta sobre su fuente laboral: no solo está en riesgo la continuidad del trabajo, sino también las condiciones en que se realiza y la retribución económica que se recibe por este”.

Esto confirma lo expresado por el informe del World Economic Forum 2023, por el que los medios y la edición aparecen como el quinto sector o industria con mayor exposición al impacto de los modelos de lenguaje de gran escala, por detrás de los servicios financieros y los mercados de capitales; la gestión de pensiones y de seguros; los servicios de tecnología e información, y las telecomunicaciones.

Pero también la percepción del impacto de la IA se diferencia entre “quienes integran el polo creativo del libro: el peso del nombre propio en la obra –lo que Foucault denominó la función autoral– y el grado de relación o dependencia económica con el mercado editorial. Mientras que las personas que escriben suelen ser reconocidas como autores por excelencia, tanto por parte de las lectoras, los lectores y las editoriales, quienes se dedican a la ilustración y, en mayor medida, a la traducción, tienden a recibir un reconocimiento público menor, a pesar de su legítima aspiración a ser identificados como autores y ganar visibilidad. Esta desigualdad tiene consecuencias concretas: al ocupar un lugar más consolidado en el imaginario autoral, quienes escriben tienden a percibir con menos temor la posibilidad de ser reemplazadas por la inteligencia artificial generativa, una amenaza que recae con mayor fuerza sobre quienes ilustran y traducen”. Esta diferencia, con el avance de la tecnología IA, tiende a ser mínima: los resultados generados por ella durante este año, entre la imagen artificial y los textos generados, sugieren que nada humano está a resguardo de sus efectos.

De hecho, y a modo de corolario, en la columna adjunta rescatamos cuatro aspectos señalados en el informe estadístico que generan incertidumbre respecto al futuro del libro y su impacto en las sociedades de la región: pérdida de calidad, censura previa, monopolio discursivo y exclusión de la diversidad cultural. Y luego: ¿con qué herramientas legales y políticas cuentan nuestros países para enfrentar semejante amenaza? El debate resulta urgente e imprescindible, pero sin intervención de IA generativa alguna…

Impacto y preocupaciones ante la IA generativa

Uno de los principales peligros que plantea el uso expandido de modelos de IA generativa en el sector es la pérdida de la calidad y la estandarización de contenidos. La IA, a través del aprendizaje automático basado en grandes volúmenes de datos, funciona identificando y replicando patrones, lo que optimiza la producción bajo criterios de eficiencia algorítmica. Es decir, los contenidos generados por la IA son el resultado de procesos de recopilación, identificación, clasificación, síntesis y combinación de datos. Estos sistemas repiten los patrones estilísticos dominantes con estructuras narrativas, temáticas y estilos preexistentes. Se trata de reproducciones con nuevas variantes de lo ya existente en lugar de creaciones genuinas. Sin la curaduría, la intervención y la supervisión del criterio humano, los contenidos generados con la IA pueden operar en contra de la riqueza del discurso y del lenguaje, ya sea escrito o visual. (…)

Si bien los sesgos, la homogeneización de contenidos y la reducción de la calidad parecieran afectar de manera más evidente a los procesos de creación de contenido y a los roles que trabajan con la singularidad y la originalidad –como la escritura, la traducción y la ilustración–, es importante subrayar que estos problemas reconfiguran toda la cadena de valor, desde la creación hasta la distribución y venta. Por ejemplo, un sistema que prioriza o sugiere libros mediante algoritmos entrenados con sesgos podría limitar la visibilidad de ciertos autores o temáticas únicamente por eficiencia y lógica algorítmica. (…)

¿En qué medida esta evolución está vinculada con la tendencia a la hiperconcentración del mercado? ¿Cómo incide la irrupción y expansión de plataformas monopólicas de venta en línea como actores centrales en la cadena de valor? ¿Qué efectos tiene la algoritmización de las ventas y de la circulación de contenidos en la diversidad y sostenibilidad del ecosistema editorial? En este contexto, ¿la IA generativa podría estar acelerando y profundizando estas dinámicas ya en curso? (…)

Es importante señalar que la incorporación de la IA generativa no ocurre en el vacío. Es decir, se suma a una industria con dinámicas propias que condicionarán lo que ocurra con la IA generativa. En esa misma medida, no se puede perder de vista que es un sector en el que han venido operando ya dinámicas de concentración y precarización laboral que esta tecnología puede terminar por profundizar. Además, incorpora nuevos actores al ecosistema: plataformas de ventas, desarrolladores de tecnologías, etc., sujetos ajenos al sector cultural en general, cuyas lógicas de máximos beneficios económicos son difíciles de conciliar con la protección y promoción de la diversidad cultural.


jueves, 17 de abril de 2025

"¿Cómo colgar un libro hasta matarlo?"

"Desde 2021 hasta la fecha se han documentado casi 16 mil prohibiciones de libros en escuelas públicas de Estados Unidos, cifra nunca vista desde la era del miedo rojo de McCarthy en la década de 1950; la censura, impulsada por grupos conservadores, está dirigida principalmente a libros sobre raza, racismo o personas de color, así como a material sobre temas LGBTQ+. Un juez federal bloqueó la aplicación de la ley que propicia las prohibiciones, por considerarla inconstitucional."  Esto dice la bajada de la nota publicada el pasado 12 de abril, por Omar Genovese, en la sección de cultura del diario Perfil, de Buenos Aires.

Un fallo judicial revierte la censura de libros en Estados Unidos

En la última semana del mes pasado, el juez federal de los Estados Unidos Stephen Locher bloqueó, por segunda vez, la aplicación de una ley de Iowa (conocida como Expediente Senatorial 496) que requería la eliminación de libros que describen actos sexuales de las bibliotecas pertenecientes a las escuelas públicas.

El fallo de cuarenta páginas destaca que esta norma trasciende el precedente consolidado de la Corte Suprema de Estados Unidos sobre obscenidad para menores. El juez Locher reconoce que no todos los libros con contenido sexual son apropiados para las edades y que decisiones previas de tribunales federales podrían justificar la restricción de material explícito para estudiantes más jóvenes. Hacia el final del fallo, luego de mencionar la prohibición de libros como 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley, destaca que la aplicación de la norma incluyó “clásicos históricos como Mientras agonizo de William Faulkner, Ulises de James Joyce, Matadero cinco de Kurt Vonnegut; Cantar de los Cantares de Fray Luis de León, La violación de Nanking: El Holocausto olvidado de la Segunda Guerra Mundial de Iris Chang (…) y libros de no ficción sobre salud y anatomía, como Infecciones del tracto urinario. La aplicación del Expediente Senatorial 496 a cada uno de estos libros es inconstitucional según el estándar Pico/Pratt porque no existe un interés gubernamental sustancial y razonable para la eliminación de ninguno de ellos”.

Y para que no queden dudas al respecto, también destaca que esta legislación sancionada en 2023 por la gobernadora de Iowa, Kim Reynolds, “no intenta evaluar el valor literario, político, artístico o científico de un libro antes de exigir su retirada de la biblioteca escolar y, por lo tanto, no se acerca en absoluto a la aplicación del criterio de obscenidad que suele emplearse para determinar la constitucionalidad de las restricciones estatales sobre libros. El resultado es la retirada forzosa de libros de las bibliotecas escolares que no son pornográficos ni obscenos”.

Pero la prohibición excede a Iowa y se extiende por todo Estados Unidos. Es tal la fiebre de censura que el capítulo americano del Pen Club Internacional confecciona una lista de libros prohibidos (pen.org/banned-books-list-2025) a la que precede el siguiente texto:

“PEN America ha documentado casi 16.000 prohibiciones de libros en escuelas públicas de todo el país desde 2021, una cifra nunca vista desde la era del miedo rojo de McCarthy en la década de 1950. Esta censura, impulsada por grupos conservadores, se ha extendido a casi todos los estados y se dirige principalmente a libros sobre raza, racismo o personas de color, así como a libros sobre temas LGBTQ+ y aquellos para lectores mayores que contienen referencias sexuales o abordan la violencia sexual. Durante el año escolar 2023-2024, PEN America detectó más de 10.000 prohibiciones de libros que afectaron a más de 4000 títulos únicos, de los cuales aproximadamente el 45% se produjeron en Florida y el 36% en Iowa”.

Ante esto corresponden preguntas como: ¿retrocedieron en el tiempo y consideran que estudiar el sistema urinario con un libro es un acto pornográfico? ¿Viven en un mundo paralelo donde rige la Inquisición contra Fray Luis de León? Tal vez algunas respuestas se encuentren en el pasado colonial norteamericano, más precisamente en el artículo del doctor en Historia Russell Moul, titulado “¿Cuál fue el primer libro que se prohibió en Estados Unidos?”, publicado en IFLScience.

Se trata del libro New English Canaan –publicado en Amsterdam– del abogado, escritor y reformador social originario de Devon, Inglaterra, Thomas Morton. El libro fue prohibido por ley en el territorio colonial de Nueva Inglaterra hacia 1637. Más allá del juicio que Morton sufrió por parte de la comunidad puritana, con fallo de exilio en una isla de la que escapó, en el libro no se privó de nada. Según el profesor Moul, “arremetió contra los puritanos, presentándolos como fanáticos religiosos intolerantes, crueles e hipócritas. Contrastó su teocracia con lo que él consideraba el estilo de vida armonioso y libre de los pueblos indígenas y con sus propias ideas sobre el funcionamiento de la colonia. También se burló de las creencias religiosas y el gobierno de los puritanos, los calificó de incompetentes y los acusó de apropiarse ilegalmente de tierras indígenas.

"Las autoridades de la Bahía de Massachusetts reprimieron rápidamente la publicación, prohibiendo su circulación en la colonia. Temían que socavara su autoridad y fomentara la oposición a su estricto gobierno teocrático”.

La Colonia de la Bahía de Massachusetts contaba con una sociedad estrictamente controlada que se adhería a creencias rígidas sobre la vida y el culto puritano. A mujeres y niños se les enseñaba a leer, pero solo para que aprendan de la Biblia. Decir “malas palabras” estaba prohibido y era punible por ley, así como todo entretenimiento que no estuviera relacionado con los servicios religiosos estaba prohibido. En contraste, Morton, a quien el gobernador de la Colonia de Plymouth, William Bradford, se refirió como el señor del desorden, promovía un estilo de vida más libre y hedonista. Es decir, el libro y su autor encarnaban un estilo diferente al de la comunidad.

Tal ambiente precedió en 55 años a los juicios de brujas ocurridos en Salem, también Massachusetts, que produjeron 19 ejecutados en la horca y uno más aplastado hasta morir a través del uso de peine forte et dure. Este proceso inspiró Las brujas de Salem, obra teatral de Arthur Miller. Tal vez por todo esto los libros sean objetos embrujados, entonces, ¿cómo colgar un libro hasta matarlo?