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lunes, 5 de abril de 2021

Traductores colombianos y textos clásicos

El pasado 14 de marzo Andrés Osorio Guillott publicó en El espectador, de Bogotá, el siguiente artículo. En la bajada de éste se lee: “Moby Dick, Sherlock Holmes, Frankenstein, Drácula, entre otros clásicos de la literatura han sido reeditados en Panamericana. La apuesta de la editorial es resaltar y visibilizar el rol de los traductores colombianos”.

La traducción y el sentido de una obra literaria

Volver a los clásicos de la literatura no por hacer caso a los llamados cánones, sino por seguir perpetuando las historias que mejor han reflejado la complejidad de la condición humana. Y detrás de poder leer a los clásicos, los cuales en su mayoría no son de nuestra lengua, están los traductores, los que hacen posible que podamos conocer esas grandes obras que han representado un tiempo, una idea, unas memorias de la historia.

Aunque Panamericana ha sacado una edición de lujo sobre obras colombianas, esta vez nos compete hablar de literatura universal, del trabajo que han hecho traductores como Juan Fernando Hincapié o Santiago Ochoa, quienes no solamente desde sus conocimientos entienden el sentido de un libro, sino que andan con diccionarios y hasta con mapas en mano para verificar cualquier detalle que pueda ser externo al oficio de traducción e interpretación.

“Había dos propósitos: el primero es hacer visible al traductor colombiano. Las grandes obras que consumíamos acá todas llegaban de otras latitudes. Siempre que hacemos un libro de estos el traductor per se tiene que ser de aquí”, afirmó Fernando Rojas, gerente general de Panamericana.

La última obra de la literatura universal que se publicó fue Moby Dick, de Herman Melville. Alejandro Alba, editor del libro, contó que: “Moby Dick es una novela que se escribió en un lenguaje arcaizante, está a la mitad del siglo XIX. Traducir el sentido y no solo el significado se dificultó mucho. Además entender las intenciones del autor. Es una gran dificultad entender el sentido de la obra, en qué tono habla el narrador. El traductor tiene que ser un muy buen lector, un buen conocedor de la lengua que traduce, de la cultura y el momento histórico en el que apreció determinada obra literaria. Una buena traducción es una gran manifestación de captar bien el sentido de la obra”.

Santiago Ochoa, traductor de Moby Dick, a la pregunta sobre qué es lo más complicado de editar y traducir este tipo de obras literarias, dijo que: “La traducción de autores clásicos de la literatura trae consigo la complejidad y riqueza propia de sus obras: recursos narrativos depurados, un tratamiento del lenguaje que suele ser novedoso, un léxico tan rico como innovador, contribuciones fundamentales en términos literarios, filosóficos y de muchos otros órdenes; conceptos que permanecen reverberando en las páginas del libro y en la retina del lector. En el caso de Moby Dick, habría que destacar varios factores que aluden a la complejidad de su traducción: es un libro surcado por un lenguaje y estilo arcaizante, que bebe tanto de Shakespeare como de la versión bíblica del rey Jacobo; esto, aunado a una narrativa que prefigura –y en la que puede vislumbrarse ya–, buena parte de la literatura del siglo XX. Adicionalmente, la traducción de más de 17.000 términos náuticos, muchos de ellos inexistentes en la lengua española, y la presencia continua de la polisemia propia del inglés, llevada por Melville a extremos hasta entonces casi desconocidos”.

Por su parte, y respondiendo a la misma pregunta, Juan Fernando Hincapié, quien hizo las traducciones de Drácula, Frankenstein y Sherlock Holmes, comentó que: “Respecto de la traducción, hay ciertos obstáculos que son inherentes al trabajo, y que desde luego varían de autor a autor y de contexto a contexto. El lenguaje, no obstante, sigue siendo la principal preocupación de un traductor. Con esto me refiero al tránsito de una palabra o una expresión de un sistema lingüístico enmarcado en una época, a otro sistema lingüístico y a otra época (en mi caso, español colombiano de este siglo). Puesto que ya he hablado en otras entrevistas de Drácula y Frankenstein, me referiré en esta ocasión a algo que sucedió en la traducción de las cuatro novelas de Sherlock Holmes. Para llevar a cabo algunas de sus investigaciones, Holmes se vale de una fuerza alterna, irregular, compuesta en su totalidad de street Arabs, para quienes es más fácil averiguar ciertos datos. No me sentía cómodo usando la traducción ‘árabes’, de manera que, junto con el corrector de estos libros (Gustavo Patiño, uno de los mejores en su oficio en el país) nos pusimos a averiguar el caso más a fondo. Resulta que no se trata de una referencia a su lugar de procedencia, sino más bien a su nomadismo, y por esto optamos por ‘vagabundos’ (también habríamos podido usar ‘gamines’). Haber dejado ‘árabes’ equivaldría a que un traductor del siglo XXII, al traducir al inglés una novela colombiana de esta época, tradujera el muy colombiano “chino” por chinese.

A ambos traductores se les preguntó también que además de los contextos y de los autores mismos, ¿qué rasgos diferencian a todas estas obras en cuanto al proceso de traducción y edición? ¿Cómo distanciarse de otras ediciones que ya se han realizado sobre estos libros? Hincapié afirmó que: “Ninguna traducción es final; las traducciones son apenas versiones de una obra. A mi modo de ver, es importante traducir los clásicos cada cierto número de años, porque los idiomas van cambiando. Son cambios muy lentos, y son apenas perceptibles, pero nunca se detienen. En este sentido, que una editorial como Panamericana haya apostado por un traductor colombiano, con un bagaje idiomático y un inventario léxico determinados por su lugar de nacimiento, su crianza y su formación (que, desde luego, tiene puntos afines con traductores de otras latitudes y otras generaciones, pero conserva algo que es único de su lugar de nacimiento, su crianza y su formación), es algo muy positivo”.

Mientras que Ochoa aseguró que: “Cotejé mi traducción de Moby Dick con catorce versiones en español, una en italiano, y otra en portugués. Creo distanciarme de otras traducciones al hacer uso de un español latinoamericano y tan neutro como me fue posible, al escuchar los ecos estrictamente personales que tiene para mí la obra de Melville, no solo en cuanto traductor, sino, y ante todo, en cuanto lector. Mi traducción se aparte de todas aquellas que conozco en un rasgo fundamental: es la primera en que Ismael, narrador del Moby Dick, se dirige, no a una multitud de lectores, sino a uno solo. El tratamiento en singular señala a un narrador que no dispensa a los lectores desde una posición de poder. Muy al contrario: denota y prefigura a un ser marginal, disidente, desertor, apátrida, errante, a un outsider que es, sin duda alguna, el hermano mayor, o quizá el padre, de personajes tan célebres como Gregorio Samsa, Mersault o Godot; en otras palabras, de la literatura del siglo XX. Hay también una diferencia notable en la traducción de la primera frase del libro, acaso la más célebre de la literatura: ‘Call me Ishmael’, que en nuestro idioma se ha traducido indefectiblemente como ‘Pueden ustedes llamarme Ismael’, y que yo traduzco como, ‘Dime Ismael’. El lector podrá inferir desde esta primera línea una otredad y un desplazamiento no solo en la forma, sino también en el contenido de mi traducción de Moby Dick”.

 

 


viernes, 4 de octubre de 2019

"Yo siento que el traductor es como un escritor que tiene que salirse de sí para entrar en otras cosas"


Curiosamente, sin firma, alguien de la revista colombiana Arcadia, entrevisto hace más de un año a Juan Fernando Hincapié, traductor de la primera versión de Drácula, del escritor irlandés Bram Stoker, realizada en Colombia. En la bajada de la nota anónima se lee: “Hablamos con el traductor y la editora de esta nueva edición. ¿Cómo traducir y acercar un clásico literario anglosajón a los latinoamericanos de hoy?”.

La primera edición de ‘Drácula’ hecha en Colombia

Drácula, el vampiro más famoso de la historia, arraigado en el imaginario popular y adaptado a infinidad de obras de teatro, películas y cómics, se volvió un fenómeno después de que en 1897 fue publicada la novela de Bram Stoker, que en la figura de un personaje monstruoso condensaba la tradición folclórica de los vampiros. El año pasado, la editorial Panamericana publicó una nueva edición de este clásico, por primera vez traducida por un colombiano: Juan Fernando Hincapié. Según su editora, Mireya Fonseca, esta edición busca brindarles a los jóvenes lectores colombianos una cuidadosa traducción con un vocabulario preciso, actual y de fácil comprensión, siendo lo más fieles posibles a la obra original. Arcadia habló con su traductor.

–¿Cuáles fueron los desafíos de enfrentarse a la traducción de un clásico traducido ya tantas veces al español?
–Cuando me propusieron el proyecto me entusiasmé. Leí la novela obviamente teniendo en cuenta que la iba a traducir y me di cuenta de que Stoker es un genio que se mueve muy bien entre registros: empieza con el diario de un abogado inglés y de repente corta la narración y el lector se encuentra con las cartas de dos mujeres que hablan sobre sus novios. Traducirla fue ver desde el fondo cómo fue escrita y estructurada.

–¿Cuál fue el mayor desafío?
–Reconstruir los personajes satélite que Stoker caracterizaba tan bien. Hay unos que hablan con inglés del siglo XIX, un inglés vernacular que para mí fue un reto. Podía tardar días buscando una palabra, porque son palabras que ya no se usan. Mi premisa fue hacerlo todo en el lenguaje más sencillo. Por supuesto, el estilo de Stoker es sencillo pero por mi premisa en el caso de los personajes satélite no traduje el inglés del siglo XIX al español de ese mismo periodo. Lo que quería era que el mensaje fuera claro y eso fue lo que busqué. Cuando uno traduce una obra la entiende desde el fondo; cada traducción es una versión del original.

–¿En esta versión cómo vemos la premisa que usted menciona al traducir?
–Básicamente se ve en que son mis palabras. Le pongo un ejemplo: en otras traducciones está la palabra “camarero”, todo el mundo sabe qué es un camarero pero no es una palabra que yo use mucho. Entonces simplemente la cambié a “mesero”. Busqué las palabras que uso naturalmente.

–¿Y cómo hizo para evitar oscurecer las sutilezas de las que se vale Stoker, como los diferentes puntos de vista y los diferentes registros de la novela?
–Digamos que eso es mérito de Stoker. Él puede redactar un recorte de periódico en el lenguaje que usualmente usan los periódicos, así como las cartas de dos jóvenes mujeres que se escriben sobre sus novios, y eso es maestría del escritor. Simplemente uno traduce el mensaje. De alguna manera, el oficio de un traductor es muy parecido al oficio de un escritor: tú agarras el mensaje, y si Stoker imparte cátedra en algo es en eso: en salirse de sí mismo y ocupar el lugar de otro. Yo siento que el traductor es como un escritor que tiene que salirse de sí para entrar en otras cosas. Se trata de una trabajo lingüístico muy cuidadoso.

–Cuando habla de salirse de sí y llegar a otro, ¿a qué otro llega en la traducción? ¿A los personajes, a la lengua, al escritor… a dónde?  
–A los personajes, a quién está narrando. La primera parte de la novela está escrita por un personaje muy serio que está enamoradísimo de su prometida y Stoker construye eso a punta de detalles. Cuando estás trabajando palabra a palabra, te das cuenta exactamente de lo que quiere hacer con cada una de las voces. Como traductor, estás viendo esto y lo único que quieres es aplaudir… Es un trabajo respetuoso con la obra, con el genio de otra persona. Tu trabajo es hacer que ese mensaje llegue de la mejor manera a la persona que no tuvo la oportunidad de leerlo en el idioma original.

–¿Cuáles son los desafíos de traducir del inglés al español, dos lenguas tan diferentes?
–Hay un trabajo lingüístico muy interesante, sobre todo cuando se trata de dos lenguas que no son tan parecidas. El español es todo lo contrario al inglés; fonéticamente es más sincero: una “a” siempre se pronuncia “a”, igual que la “i”, el resto de las vocales y las consonantes. En América hemos suavizado las consonantes que en españa sí son fuertes. Pero nuestra riqueza en el lenguaje está en los tiempos gramaticales: está por ejemplo el subjuntivo, que en inglés tiene unos usos muy específicos y restringidos. Hay diferencias sustanciales entre las dos lenguas. El inglés se basa mucho más en el sonido y es mucho más certero. En español tenemos más herramientas para decir las cosas.

–Desde la lengua, ¿cómo traduce esa riqueza fonética y gramática básica propia del inglés a una lengua rica en tiempos gramaticales y elucubraciones, pero menos expresiva fonéticamente?
–Es más difícil el asunto fonético porque el idioma también debe sonar bien y la traducción debe cuidar eso. Yo me guié por el instinto. Hay un caso muy famoso sobre el cuento de Edgar Allan Poe, ‘Murders in the Rue Morgue‘. Borges insistía en que era mejor traducir el título de la obra a ‘Los crímenes de la calle Morgue‘ en vez de ‘Los asesinatos de la calle Morgue‘ por la doble “s” de la palabra asesinatos. Suena mejor pese a que no es la traducción específica. También hay unos versos de Lorca que dicen: “Verde que te quiero verde”, ¿cómo traduces eso? ¿“Green that I want you green”? ¿Cuál es el sentido? El mensaje es lo más importante; una traducción literal de una lengua a otra probablemente resulta en un texto tosco. Hay algo que a mi modo de ver es una búsqueda instintiva en la traducción, algo que no se puede enseñar. Esto sí que es un desafío para el traductor.

–La construcción de significado no solo se crea con las palabras, sino con sus cargas semánticas y culturales. ¿Dónde se ve esto en la traducción?
–Hay cosas gramaticales que se saben. Estas dos lenguas tienen poco que ver la una con la otra, pese a que el inglés también tiene una base del latín. Esencialmente el español es un idioma activo: “Juan lava el carro”, mientras que el inglés se apoya mucho en las construcciones pasivas. Hubo muchas oraciones en Drácula que eran originalmente pasivas y tuve que cambiarlas gramaticalmente, siempre teniendo en cuenta también el sonido. El lenguaje tiene sus reglas pero no es un ciencia. Ahora bien, hay cosas que subyacen a cada palabra y eso lo sabemos todos los lectores. Espero haberlas capturado bien.

–El lenguaje tiene sus reglas pero siempre hay algo que se escapa, algo que es de sensibilidad e intuición…
–Más que matemático es que tiene una base lógica, aunque al ver el desarrollo de las lenguas uno se da cuenta de que ha sido totalmente anárquico, que las lenguas son de la gente y no de los académicos. El lenguaje es lógico hasta cierto punto, pero solo hasta cierto punto.

Desde la publicación de esta edición de Drácula, en la que trabajaron los colombianos Mireya Fonseca como editora, Gustavo Patiño como corrector y Juan Fernando Hincapié, el libro se ha reimpreso dos veces más.