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martes, 28 de octubre de 2025

Enriquezca su vocabulario

 

Nada mejor que empezar la semana, un día tarde, y señalando la curiosa traducción de la palabra "oferta" (cuya acepción más pertinente respecto de la imagen es "puesta a la venta de un determinado producto rebajado de precio"), por el offer en cuestión de la foto, que, siempre de acuerdo con los diccionarios, significa "preguntarle a alguien si le gustaría tener algo o si le gustaría que hicieras algo" o "proporcionar o suministrar algo". Por lo dicho, offer sería "ofrecimiento" antes que "oferta". Dicho lo cual, también podría haberse considerado la posibilidad de emplear sale, que significa, entre otras cosas, "liquidación·. La foto fue tomada en el muy moderno aeropuerto internacional de Santiago de Chile, donde muy pocas de las cosas que se ofrecen están en oferta. 

miércoles, 22 de noviembre de 2023

"Los expertos en IA han advertido en varias ocasiones que dicha tecnología no está lista para reemplazar a los traductores humanos"

Gizmodo es un sitio web de diseño, tecnología, ciencia y ciencia ficción. Se lanzó originalmente como parte de la red Gawker Media dirigida por Nick Denton y se ejecuta en la plataforma Kinja. El pasado 11 de septiembre fue noticia, a partir de una nota que Raquel Holgado publicó en el sitio 20 Bits. Allí se lee: "El portal web de noticias contaba con una sección en español, con reportajes exclusivos y con la traducción de artículos del inglés. Ahora, las traducciones se hacen automáticamente y han despedido a los trabajadores de habla hispana".

Traducciones a medias y textos sin sentido: así (de mal) está generando noticias la IA en el portal Gizmodo

El medio de comunicación Gizmodo, que cuenta con una versión en español, ha despedido al personal que traduce los artículos del inglés y los ha sustituido por inteligencia artificial, según ha informado The Verge. Los despidos se produjeron el pasado 29 de agosto a través de videollamada y demuestra que la IA sí que podría ser un problema para algunos empleados.

Cuando se habla de que la IA puede suponer una amenaza para algunos trabajadores, los expertos se apresuran a responder que principalmente servirán para agilizar las tareas repetitivas, pero que la intervención humana seguirá siendo necesaria. Sin embargo, hay empleados que sí que podrían verse más afectados y ser reemplazados, como ha ocurrido con los redactores de habla hispana de los artículos de Gizmodo.

Matías S. Zavia, ex escritor de Gizmodo, comentó a través de sus redes sociales lo que había ocurrido el 31 de agosto, días después de que lo echasen: "El martes cerraron @GizmodoES para convertirlo en una autoeditora de traducciones (la IA me quitó el trabajo, literalmente)".

El personal de la versión en español del medio de comunicación también redactaba contenido original en dicho idioma, por lo que no se dedicaban únicamente a traducir. Ahora, han sido sustituidos por IA y, en los posts en español, se muestra el siguiente mensaje con un enlace al artículo en inglés: "Este contenido ha sido traducido automáticamente del material original. Debido a los matices de la traducción automática, pueden existir ligeras diferencias. Para la versión original, haga clic aquí".

Víctor Millán, periodista y lector de Gizmodo, ha defendido el trabajo de sus compañeros de profesión. Según ha señalado en X (antes Twitter), los nuevos artículos traducidos automáticamente cambian del español al inglés de forma abrupta, por fallos en el sistema utilizado.

Los expertos en IA han advertido en varias ocasiones que dicha tecnología no está lista para reemplazar a los traductores humanos y que, a menudo, presentan fallos. No obstante, las malas interpretaciones del texto original no han impedido que Gizmodo y otras empresas recurran a la IA para reducir costes y despedir aparte de su plantilla. ¿La empresa reculará tras los problemas que se han comenzado a percibir o continuará apostando por la IA ciegamente?

jueves, 11 de agosto de 2022

Los traductores estadounidenses y dos ideogramas

El pasado 30 de julio, Omar López Mato publicó la siguiente nota en Ámbito, de Buenos Aires, donde recorre la historia de una palabra japonesa nacida de un error de traducción.

"Kamikaze", la historia de una palabra que nació de un error y terminó en desastre

El 15 de agosto de 1289, la flota mongol del Kublai Khan (1215-1294) que pretendía invadir Japón fue destruida por una tormenta. Este viento divino que defendió al archipiélago, pasaría a la historia con un nombre que se convirtió en sinónimo de miedo para sus enemigos y en honor para los japoneses: Kamikaze. Sin embargo, la difusión de este término nace de un error y terminó en un desastre.

La imagen de estos pilotos atándose a la frente la bandera del sol naciente, dio la vuelta al mundo. Era un símbolo de entrega total antes de concretar los ataques suicidas que sembraron el pánico entre las fuerzas aliadas durante la guerra en el Pacifico. La palabra kamikaze estaba en boca de todos... Sin embargo, los japoneses no usaban ese nombre para estos pilotos sino el tokktai («Unidad Especial de Ataque Shinp»).

La palabra kamikaze nace de un error, fue una lectura equivocada de los traductores norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial del kanji, uno de los tres sistemas de escritura japonesa junto al hiragana y el katakana. El error proviene de la incorrecta lectura de los ideogramas “dios” y “viento”.

Durante la invasión del Kublai Khan al Japón, un tifón destruyó la poderosa flota mogol que seguramente hubiese vencido con facilidad a las débiles defensas niponas. Este episodio fue conocido como “Viento Divino” y fue tomado como un designio divino, los dioses defenderían siempre a los habitantes de Japón.

Después de la batalla de Midway (junio de 1942), cuando la flota norteamericana pudo destruir 4 portaaviones japoneses, un acorazado y 275 aviones, el avance norteamericano fue imparable y la capacidad de recuperación de las pérdidas imperiales, limitada.

La superioridad americana se hizo más notable cuando dos años después, el 20 de junio de 1944, los japoneses perdieron 400 aviones y sus mejores pilotos. La capacidad de formar nuevos pilotos se vio comprometida también por un hecho biológico, los orientales tienen una mayor incidencia de miopía y el uso de anteojos en un piloto de guerra es un factor limitante. En 1939, el Dr. Tsutomu Sato (1902-1960) había ideado una forma de aplanar la córnea para bajar la miopía, mediante cortes en la misma. El método fue exitoso al principio, pero con el tiempo terminaba lesionando los tejidos y conducía inexorablemente a un trasplante de cornea. Justamente sus primeros pacientes fueron los aspirantes a pilotos que padecían miopía y fueron destinados por el ministro Hideki Tj a esta unidad entrenada para estas misiones sin retorno en aviones cuyos fuselajes eran terminados con madera, provistos de una sola bomba de 250 kg y sin el suficiente combustible para retornar a sus bases.

Estos soldados fueron la culminación de una tradición de la cultura del sacrificio extremo, cuando el imperio estaba amenazado por el agresor. Al morir gloriosamente, ellos se convertían en Eirei, es decir espíritus guardianes del país según el código bushid (?) de lealtad y honor. Muchos servidores de su majestad se sentían orgulloso de ser consagrados en el Santuario de Yasukuni que contiene la lista de casi 2.100.000 soldados caídos en acción.

Se calcula que 3.800 pilotos kamikaze murieron en estas misiones, causando la muerte de 8000 marinos aliados. Solo el 20% de los ataques japoneses fueron efectivos, la mayor parte de estos pilotos murieron en vano (aunque no todos los historiadores coincidan con estas cifras).

También hubo kairyu (es decir, submarinos con misiones suicidas), kaiten (torpedos dirigidos por humanos para guiar al explosivo hacia su objetivo –a expensas de su vida–), lanchas Shin'y (guiadas por pilotos dispuestos a morir en el impacto) y fukuryu (buzos entrenados para morir).

Como vemos, había una gran variedad de formas de dar la vida por el emperador. Pero la más temida, la que más desorientaba a los aliados, especialmente porque ponía en peligro a sus portaaviones, eran estos pilotos dispuestos a destruir al enemigo a expensas de su propia existencia.

La primera misión exitosa tuvo lugar el 19 de junio de 1944. Ese día, el portaaviones japonés Chiyoda lanzó dos ataques suicidas: uno de ellos hundió al USS Indiana.

Si bien fueron anunciados varios ataques ninguno tuvo lugar hasta el 14 de octubre de 1944, cuando al USS Reno fue impactado intencionalmente por un avión japonés.

Algunos historiadores señalan al contraalmirante Masafumi Arima (1895-1944) como el ideólogo de esta táctica, quien murió en la batalla del golfo de Leyte, al chocar su avión contra el portaaviones USS Franklin. El hecho fue promocionado por los medios japoneses y registrado como el primer ataque suicida, aunque, como ya dijimos, existían antecedentes de otras misiones y también resulta poco probable que la Marina Imperial haya enviado a un piloto de tan alta graduación a un ataque sin retorno.

Desde entonces el comandante Asaichi Tamai (1902-1964) se puso al frente de un grupo de 23 novatos como el primer grupo organizado de Kamikaze.

“Si uno pregunta por el// verdadero espíritu de Japón/ diré que han florecido como cerezos/ brillando con el sol del amanecer”. Este era el poema de Motoori Norinaga (1730-1801) –el gran escritor clásico japonés– para describir el espíritu de estos jóvenes dispuestos a dar su vida por la patria. De hecho muchas de estas naves llevaban una flor de cerezo como emblema.

Durante la batalla de Leyte también fue impactado el HMAS Australia, falleciendo el capitán australiano de la nave y el comandante de la flota John Collins. También fueron atacados el USS Kitkun Bay, el USS Fanshaw, el White Plains, el USS St. Lo y el USS Sangamon, entre otros.

Al final 7 portaaviones norteamericanos sufrieron algún daño pero de las 40 naves impactadas por los aviones suicidas, 5 se hundieron, 23 sufrieron daños importantes y 12 moderados.

La guerra suicida no solo fue en combate aire-mar, sino tuvo enfrentamientos aire-aire; los japoneses intentaron interceptar a las fortalezas volantes que bombardeaban Tokio. A fin de evitar estos ataques la Mariana imperial formó el Regimiento Aéreo N° 47 Shinten Seiku Tai, para detener a las formaciones B-29 antes de llegar a blancos en tierra japonesa, impactando directamente a los aviones de USA en el aire.

La táctica falló por la superioridad de defensa y maniobrabilidad de los aviones norteamericanos.

Los ataques siguieron contra la flota y el 11 de marzo un avión kamikaze que había volado casi 4000 km solo, impactó al USS Randolph. Durante la batalla de Okinawa, el 6 de abril de 1945, por lo menos 30 naves norteamericanas fueron hundidas o puestas fuera de combate. Uno de estos barcos, el destructor USS Laffey se ganó el sobrenombre de “La nave que no va a morir”, después de haber sobrevivido a seis ataques kamikazes.

La última víctima antes de la capitulación fue el destructor USS Callaghan en un ataque conducido por el vicealmirante Matome Ugaki (1890-1945).

Si bien estos ataques suicidas no ocasionaron un impacto significativo en el poder aeronaval aliado, el hecho de enfrentar este fanatismo, tuvo un importante efecto psicológico y de una forma u otra, fue tomada en cuenta por los norteamericanos al momento de decidir terminar la guerra con las explosiones de Hiroshima y Nagasaki. Los asesores del presidente Truman calculaban que la toma de Jampón implicaba 1.000.000 de muertes de las fuerzas aliadas...

Al capitular, los japoneses tenían 14.000 aeronaves dispuestas, listas o en preparación para llevar adelante ataques sin retorno.

Para crear este sentimiento de fanatismo patriótico, los medios crearon un relato ensalzando este espíritu con historias de coraje inusual o gestas inventadas para entusiasmar a estos combatientes a tomar una resolución extrema que también pasaba por no rendirse en caso de ser capturado o terminar su vida por mano propia A tal fin llevaban una katana o una pistola Nambú e invitaban a seguir el seppuku o ritual suicida de los samurái.

Daisetsu Suzuki, en su libro El viento divino, dice “intentaron superar su deficiencia de espíritu científico por la fuerza espiritual y física aplicada a través de tácticas kamikazes. La mentalidad no científica de los militares japoneses era común al resto del país. Esta táctica compensatoria estaba condenada a ser suicida. Lejos de ser motivo de orgullo debe quedar como una mancha sobre el pueblo de Japón”.

jueves, 2 de diciembre de 2021

De cómo los marcianos no vienen de Marte

El siguiente artículo, con firma de Blanca Espada, fue publicado el 21 de noviembre pasado en okdiario, de España. Según la bajada, “Un error en la traducción a la hora de explicar cómo era Marte, acabó generando que en Estados Unidos comenzara a hablarse de los marcianos”.

El error de traducción que creó la existencia de los «marcianos»

Los traductores lo saben bien: su trabajo, casi siempre en la sombra cuando se hace mal puede crear muchos problemas. Si bien es cierto que una excelente traducción suele pasar desapercibida porque fluye bien, un texto mal traducido hará que la lectura sea difícil y desagradable en el mejor de los casos, en el peor de los casos incluso cambiará la historia. Es el caso de la existencia de los “marcianos” de los que por lo visto se tiene creencia precisamente por un error de traducción.

Uno de los ejemplos más emblemáticos de cómo los malentendidos pueden conducir a puntos de inflexión de época fue descrito por Giovanni Bignami, un astrofísico y divulgador que murió en 2017, en su libro Los marcianos somos nosotros.

Todo comenzó cuando Giovanni Virginio Schiaparelli (1835-1910), astrónomo y director del Observatorio de Brera durante casi cuarenta años, observó Marte por primera vez con su telescopio y comenzó a dibujar su superficie. “En ese momento el ojo se colocaba en el ocular del telescopio, no en una cámara o una cámara de video, como hoy”, escribió Bignami, quien subrayó cómo lo que se veía (o se pensaba ver) luego se dibujaba a mano en una hoja. A los ojos de Schiaparelli, las diferencias cromáticas observadas en la superficie del Planeta Rojo eran atribuibles a la presencia de continentes y mares, estos últimos unidos por canales.

El éxito del trabajo del astrónomo italiano fue enorme, y sus palabras y dibujos llegaron al extranjero: aquí fascinaron a un rico diplomático estadounidense, Percival Lowell, que abandonó su carrera diplomática para invertir en astronomía (el Observatorio Lowell, en las montañas de Arizona, todavía está activo hoy). Antes de observar el Planeta Rojo con sus propios ojos, Lowell había leído sobre algunos “canales” fantasmas de los que hablaba Schiaparelli, pero había sido engañado por la traducción (incorrecta) al inglés, ya que el término “canales” no se tradujo como channel (o brazo de mar natural) sino como canal, término que implica un origen artificial completamente ausente en la versión italiana.

El desastre estaba hecho: después de la muerte de Schiaparelli, que ocurrió en 1910, Lowell comenzó a difundir teorías bastante imaginativas sobre la abundante vida que animaba al Planeta Rojo y de cómo los llamados desde entonces “marcianos” por ser habitantes de Marte, eran capaces de construir los canales observados previamente. Incluso debido a su posición social, en 1911 Lowell logró que un titular de página completa en el New York Times anunciara “Los marcianos construyen dos inmensos canales en dos años”. Las fantasiosas teorías nacidas de “un desatino lingüístico” fueron afortunadamente refutadas poco después por la fotografía astronómica, gracias a la cual se entendió que la superficie de Marte no era en absoluto como la había descrito Lowell y mucho menos que se tuviera constancia de la presencia de marcianos.

jueves, 20 de agosto de 2020

Una interjección que puede oler mal

 

El pasado 12 de agosto, Stephen Burgen, desde Barcelona, escribió en el diario inglés The Guardian sobre el malentendido que se dio entre David Simon (foto), creador de The Wire y The Plot Against America, y Pablo Iglesias, secretario general del partido político español Podemos y vicepresidente segundo del gobierno de su país. El artículo se reproduce con traducción de Julia Benseñor.

Un embrollo de traducción en Twitter

David Simon, el creador de la serie The Wire, no ha parado de sumar elogios con su última serie The Plot Against America.

Cuando David Simon escribió The Wire, se impregnó de la jerga callejera de Baltimore, pero eso no lo preparó para enfrentar las complejidades de la jerga del español peninsular, donde lo que suena a lenguaje agresivo puede no ser otra cosa que un cumplido.

El guionista estadounidense de televisión se encontró en Twitter en el epicentro de una tormenta que comenzó cuando Pablo Iglesias, el líder del partido de izquierda Podemos, fanático de The Wire, elogió The Plot Against America, la última serie de Simon.

Ésta se basa en el libro del mismo nombre de Philip Roth y narra el surgimiento de un régimen fascista en los Estados Unidos, en la década de 1940. Iglesias tuiteó que la serie demostraba que en verdad el fascismo nunca se había ido, lo que provocó una catarata de reacciones en favor y en contra del régimen fascista español de Francisco Franco.

Simon, que no tenía idea de quién era Iglesias, se encontró con que su nombre aparecía mencionado en cientos de posteos, mientras los usuarios de Twitter se dedicaban a intercambiar insultos en español y catalán.

Simon retuiteó el mensaje de Iglesias con el siguiente comentario: “Entonces, si no me traiciona mi poco español, a este tipo le gustó mi miniserie y me etiquetó. Y así, ahora, en este segundo día, mi cuenta de Twitter se llenó de franquistas e independentistas catalanes que se gritan unos a otros en idiomas que no son los míos. Bueno, ok. Volvimos a 1937. Muerte a los fascistas. No pasarán”.

Durante los intercambios del fin de semana, hubo cables cruzados cuando Simon malinterpretó el mensaje elogioso "Olé tus cojones" y le asignó, en cambio, el significado de “tus cojones apestan”. El guionista respondió insultando a la madre del emisor del mensaje hasta que alguien le explicó que olé no tenía nada que ver con oler.

“Bien, eso quiere decir que me pasé toda la mañana insultando a las madres y a la pobreza retórica de los franquistas y fascistas españoles en Twitter”, concluyó finalmente Simon. “Pero aprendí que ‘olé tus cojones’ es un elogio. Vaya una cosa por la otra”.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Para los amantes de los gatos y Roberto Carlos


A esta altura del año, al menos en la Argentina, la actividad traductoril, como casi todas las otras actividades ligadas a la cultura, comienza a ralear: todo el mundo está harto, se acerca el verano, etc. Por eso, casi siempre, este blog recurre a textos viejos para llegar a las vacaciones con alguna dignidad. Y en este caso recurrimos a una entrada del blog Ya está el listo que todo lo sabe, de Alfred López (Barcelona, 1965), quien en 2014 se ocupó de una canción popularizada por Roberto Carlos, en la que hay una palabra no traducida y que está ahí, solamente por motivos de rima, sin respetar el sentido del original.

El error de traducción que tiñó de azul

al gato de la famosa canción de Roberto Carlos


Hace cuatro décadas la canción titulada “Un gato en la oscuridad” que interpretaba el cantante brasileño Roberto Carlos alcanzó el número uno de las listas de discos más vendidos y escuchados de todo el país. Por si no os suena por el título, es aquella que dice… “El gato que está triste y azul…”

El tema había sido compuesto originalmente en italiano por Gaetano ‘Toto’ Savio y Giancarlo Bigazzi bajo el título “Un gatto nel blu” y que fue interpretada en el Festival de San Remo de 1972 por el propio Roberto Carlos.

Poco después salió a la venta un disco conteniendo la versión española de la canción y se convirtió en todo un bombazo en muy poco tiempo, siendo una de las canciones insignes y más representativas del cantante brasileño.

El pegadizo estribillo hablaba de un gato que estaba triste y azul, pero ¿por qué el gato era de color azul?… muy sencillo, por pura rima y capricho de Buddy y Mary McCluskey, las dos  personas encargadas de realizar la traducción del tema al español.

En realidad la versión original dice que el gato está en el cielo (un gatto nel blu) ya que en italiano también se utiliza la forma blu para referirse al cielo.

Lo paradójico es que en la primera estrofa del estribillo de la versión española dice “El gato que está en nuestro cielo” (Un gatto nel blu guarda le stelle) pero en la siguiente pasa de estar en el cielo a “triste y azul”, aunque en la versión original seguía estando por ahí arriba y sin hablar de ningún color en concreto.

martes, 23 de febrero de 2016

García Márquez y sus múltiples traductores

El primer párrafo del artículo de  Margret S. de Oliveira Castro y Conrado Zuluaga, publicado  por la revista Arcadia, de Colombia, el 4 de marzo de 2014, es francamente horrible por lo pobre y remanido. Sin embargo, quien decida avanzar cn la lectura se verá recompensado al descubrir una serie de malas traducciones que tienen por excusa la obra de Gabriel García Márquez. Vale la pena entonces leer hasta el final.


Elogio a una traición

Hay un viejo dicho italiano que dice, Traduttore, traditore, es decir, “Traductor, traidor”. ¡Pobres traductores! De seguro preferirían que se dijera: “Traduttore, trasformatore”. 

En árabe, difieren en algunos aspectos las versiones, se le llamaba turyumano torjoman a quien se dedicaba al complejo arte de “interpretar” lenguas, es decir, al traductor.  Con el paso de los años la expresión en español se convirtió en truchimán o trujimán. Y de significar “intérprete” pasó a designar a la “persona sagaz y astuta, poco escrupulosa en su proceder”.

Y mientras en México ser un trucha es ser muy listo y taimado, y en Argentina y Uruguay significa falso, fraudulento, en Colombia el trucho es un tipo astuto, pícaro. En  El general en su laberinto García Márquez pone en boca de Bolívar la siguiente expresión: “Claro que todos son unos santos varones al lado del truchimán de Santander”. Los traductores de la obra al inglés, francés y alemán, tradujeron este truchimán como “bastardo escurridizo” en inglés; como “crápula” en francés –o sea, según la academia española, ‘hombre de vida licenciosa’– y, por último, como “tramposo” o “tunante”, en alemán. Aquí ya puede el lector hacerse una idea más precisa de las trampas insidiosas de la traducción. Ahora bien, a la luz de este ejemplo, ¿los traductores al inglés y al francés en la cuestión de “el truchiman de Santander”, traicionaron a García Márquez? Si bien es cierto que no le atinan con la precisión del traductor alemán, logran reflejar la carga negativa que encierra el término.

Y con ese consuelo se tendrán que conformar los lectores de García Márquez en Australia, Uganda y la Conchinchina. Y, claro está, todos los lectores monolingües. Porque sin la traducción no tendríamos acceso a gran parte del patrimonio literario mundial. Sólo a través de los aciertos y de las aproximaciones –que en muchas ocasiones son errores crasos de los traductores- es la única forma de acercarse a laa literaturas de otros idiomas, sin tener que aprender, al menos, una docena de idiomas. Es la única posibilidad de que aquellos talentos maravillosos que fueron capaces de recrear una atmósfera y penetrar una intimidad puedan ser leídos por lectores de otras latitudes, ansiosos por alcanzar, así sea desde la distancia insoslayable de la lectura, las alturas alcanzadas por esos creadores.

Así como los conductores cuentan con la Virgen del Carmen para que los libre de las acechanzas de la carretera y las imprudencias de los demás conductores, los traductores también cuentan con un santo patrón, San Jerónimo, para que los ponga a salvo de la exhuberancia lingüística de un autor o de la proliferación de expresiones de un idioma. San Jerónimo sostenía que bastaba con captar el sentido de la palabra en un idioma para poder traspasarla a otro. Para él todo era traducible. Por su parte, Gregory Rabassa, traductor al inglés de García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Asturias y otros más –y del cual el Nobel colombiano ha dicho con una de sus frases pontificales que su versión de Cien años de soledad es mejor que el original en español– afirma que la traducción perfecta es imposible, que la gente pretende tener una reproducción exacta, pero lo más que el traductor puede lograr es apenas una aproximación. Sin embargo, se dice que fue gracias a las traducciones al inglés de Gregory Rabassa que fue posible la selección de García Márquez para el premio Nobel.

En cuanto a errores, hasta el traductor más experimentado puede cometer uno o varios desaciertos. El mismo San Jerónimo es responsable de uno de los más célebres en la historia. Al traducir el Antiguo Testamento del hebreo al latín, en el pasaje cuando Moisés desciende del Monte Sinaí con las tablas de la ley en sus manos, el libro de El Éxodo dice que el rostro de Moisés ‘brillaba’, ‘resplandecía’. Pero resulta que la palabra hebrea para brillo, resplandor, karán, tiene un gran parecido fonético con keren, que significa cuerno (recordemos que en hebreo se escribía sin vocales). El santo optó por la opción alterna y el pobre Moisés pasó de iluminado a cornudo. De ahí los dos pequeños cuernos que adornan la frente de Moisés en la prodigiosa escultura de Miguel Ángel en la basílica de San Pedro Encadenado en Roma. Sin duda, se trata de uno de los pocos errores de traducción inmortalizados en mármol, tal vez el único.

Después de eso hay que perdonar disparates como los siguientes:

•    En La mala hora, el empresario del circo declara “compramos a peso todo gato que nos lleven sin preguntar de dónde salió, para alimentar a las fieras”. Los traductores al inglés y al alemán tradujeron respectivamente: “compramos por libra”, el primero; “compramos según el peso”, el segundo. Aquí también, en la versión francesa el bollo limpio se transforma en tostada de pan blanco, las cananas en armas y un mosquitero de punto en mosquitero de encaje. En inglés será bordado.

•    Cuando en El otoño del patriarca se describe a los indios nativos, repitiendo el texto una frase de Colón: “son de la color de los canarios, ni blancos ni negros”, en inglés serán “canarios” como los pájaros. Eso sí, ni blancos ni negros. De la misma forma la burundanga se convierte en fruta (inglés), el coralibe en pescador de corales (alemán), la marimonda en homosexual (inglés), el rumbero en explorador (alemán), las tiendas en cantinas (francés) o carpas (alemán), las trinitarias no son buganvilias sino pensamientos (inglés y alemán), las cantinas de vereda son cafés con terraza (inglés), los labios yertos son delgados (francés y alemán) un zambapalo no es un riña o gresca sino una danza (francés e inglés) y las zapatillas no son zapatos de calle sino pantuflas (francés y alemán)

•    En Crónica de una muerte anunciada, el hermano del narrador “no olvidó nunca el trago mortal que le ofreció Pedro Vicario: “‘Era candela pura’, me dijo”. En la traducción francesa esa candela pura se convierte en cera hirviendo y el café cerrero en café de los cerros.

•    En El amor en los tiempos del cólera el lector se entera de que las mujeres de la clase de Fermina Daza “solían encerrarse en grupos a hablar de hombres y a fumar, y aun a beber aguardiente de a dos cuartillos hasta quedar tiradas por los suelos como una marimonda de albañil”.  No lo pondrán en duda ni un instante los lectores de la versión en inglés, en donde resultan bebiéndose hasta dos litros de aguardiente. Y las mujeres salen a la calle y soportan el sol abrasador del Caribe “sin más protección contra el sol que los paraguas de diario”. En la versión francesa dice literalmente “paraguas de papel periódico”.

•    En La mala hora “el camellón” donde los hombres se reunían a conversar, se convierte en la versión alemana en el abrevadero o bebedero de los animales.

•    En el cuento Blacamán el bueno, vendedor de milagros el narrador tiene “camisas de gusano legítimo”. Bien se sabe que eso significa que son de seda pura. Pero como en Cuba un “gusano” es un contrarrevolucionario, en la traducción alemana, Blacamán habla de sus “elegantes camisas de reaccionario”.

•    En El otoño del patriarca un “macaco” se convierte en la versión alemana en un “papagayo”, es decir que de mico se transforma en loro. Al viejo dictador “se le pasó la ventolera de preguntar si lo querían o no lo querían”. En inglés al patriarca se le pasó “la pedorrera”. Y la pava no es la mala suerte sino la hembra del pavo (francés y alemán).

•    En El general en su laberinto las “callecitas yertas” se convierten en la versión al inglés en “calles tiesas y angostas”. Y la mestiza en mulata (inglés), los zamarros son abrigos de lana de cordero (francés) y el huevo tibio no es ni frío ni caliente (francés y alemán).

•    En Los funerales de la mamá grande un personaje está tan peludo que parece un capuchino, pero ningún traductor lo asocia con el mono capuchino y lo traducen como religioso de la orden de san Francisco. Y los mamadores de gallo de la Cueva son criadores de gallos (inglés) o cebadores de gallos (alemán). Una franela no es una camiseta sino una camisa hecha de la tela de ese nombre (francés, inglés, alemán).

Esta relación podría eternizarse a la manera del cuento del gallo capón –una de las entretenciones en Macondo durante la peste del insomnio– pero como no se trata de elevar contra nadie un pliego de cargos, sino apenas de mostrar las dificultades insalvables que afrontan los traductores, es bueno recordar, aunque sea brevemente, otras desventuras de este oficio tantas veces vilipendiado.

Vera Székács, la traductora oficial al húngaro de toda la obra de García Márquez cuenta cómo tuvo que hacer grandes esfuerzos e intercambiar con el autor una nutridísima correspondencia para logar con éxito la traducción de Cien años de soledad, cuando todos los traductores del español de la editorial en donde trabajaba se negaron a hacerlo y debió ser ella quien afrontó el desafío y pasó de ser lectora en español a traductora oficial.

Los autores son conscientes de esos escollos que se les presentan a los traductores. A veces su opiniones ayudan, aunque a veces también confunden. En la edición brasileña deCien años de soledad hay dos episodios que ilustran esta circunstancia mejor que nada. En el último capítulo, cuando el sabio catalán pretende llevar consigo los baúles con sus cuadernos manuscritos, “se soltó en improperios cartagineses contra los inspectores del ferrocarril que trataban de mandarlos como carga,…” En la nota de pie de página dice: “Explicación del autor a la traductora: ‘Es una arbitrariedad mía: supongo que la lengua catalana es la misma que se usaba en Cartago, lengua fenicia de mercaderes malcriados. La traducción debe ser literal’”.

Unas páginas atrás, en el penúltimo capítulo la primera frase dice “Amaranta Úrsula regresó con los primeros ángeles de diciembre…” En la edición brasileña hay una maravillosa nota aclaratoria: “Explicación del autor a la traductora: ‘La traducción debe ser literal, porque todo el mundo sabe que los ángeles llegan en diciembre. ¿Acaso usted no los ha visto nunca?’”.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Un aliciente para pasar las vacaciones en Galicia


El 4 de noviembre  de este año el novelista colombiano Juan Esteban Constaín (foto) publicó una columna en el diario El Tiempo, de su país, donde comenta un episodio ¿singular? ocurrido en Galicia., donde todo indica que tienen extrañas costumbres grastronómicas o necesitan mejores diccionarios.


Traducción cunilingüe

La Voz de Galicia, un periódico, contó el episodio con toda seriedad, y no es para menos: el municipio gallego de Puentes de García Rodríguez (As Pontes) estuvo a punto de volverse el epicentro y la sede de una de las orgías más grandes y memorables de la historia universal. Todo por culpa de un error de traducción que ya tenía a medio mundo frotándose las manos, en el peor de los casos, y haciendo las maletas.

Lo increíble es que el error se produjo por traducir un texto del gallego al castellano, dos lenguas tan cercanas y en las que además una de las palabras traducidas, la causante de la confusión y la discordia (y la felicidad fallida de tantos), puede escribirse igual, sin complicarse la vida. Pero ya se sabe que los gallegos son gente de palabra y van hasta el fondo, conscientes además de que todo en España debe traducirse siempre, incluso cuando se trata de un solo idioma, no hablemos ya de dos.

Así que el ayuntamiento de Puentes decidió que este año iba a hacer un hermoso folleto para promocionar una de sus festividades emblemáticas, la Feria del Grelo, la cual se celebra el domingo de carnaval y en la que se les rinde un tributo a esa hortaliza y a toda la deliciosa tradición gastronómica de la región que la ha hecho protagonista de algunos de sus mejores platos. Porque allí se va a comer, y dicen que se come muy bien.

Pero esta vez, por un exceso de fe en la tecnología a la hora de traducir del gallego al castellano el texto del folleto de la Feria del Grelo, las cosas cambiaron de golpe y así quedó la publicidad: “El clítoris es uno de los productos típicos de la cocina gallega. En Puentes homenaxéaselle desde 1981, todos los domingos de Carnaval, con rapini, Feria que, con el patrocinio del Consejo de Puentes, de apoyo a los agricultores de la región, hace del clítoris uno de los productos estrella de la gastronomía local...”.

Se ve, claro, que es una típica versión del traductor de Google, que alcanza a descifrar muy rápido la idea general de lo que uno le mete pero que por supuesto se pierde casi siempre de las sutilezas y los matices de la lengua que hacen que cualquier texto, por sencillo que sea, tenga sentido. Por eso el fragmento transcrito resulta tan absurdo, todavía con la forma gallega del verbo homenajear, “homenaxéaselle”.

Pero lo mejor es aquello a lo que se le rinde el homenaje (“homenaxéaselle desde 1981”): el clítoris, que según el anuncio es uno de los “productos típicos de la cocina gallega”. Es más: la Feria del Grelo “hace del clítoris uno de los productos estrella de la gastronomía local”. Así quedó anunciado en la página web del ayuntamiento de Puentes, un municipio orgulloso como pocos de sus tradiciones y ahora también de sus traducciones.

El error estuvo, por supuesto, en no revisar bien lo que Google hizo del texto original que le habían dado, y nadie notó que el famoso y útil traductor virtual le impuso al ‘grelo’ la acepción portuguesa y vulgar de la palabra, que quiere decir eso: clítoris. Sin ningún filtro, y acaso en un verdadero acto de justicia poética, Puentes de García Rodríguez acabó invitando a su célebre Feria del Clítoris, mucho mejor que cualquier otra, ni se diga.

Y es que trasvasar las palabras de una lengua a otra tiene a veces ese peligro maravilloso: que las cosas queden mejor que como eran; que los errores o las equivocaciones terminen siendo un gran acierto, una promesa. Esa es una tradición, además, que empieza con el santo patrono de los traductores, San Jerónimo, quien hizo que Moisés bajara del Sinaí con dos cuernos en la frente y no, como decía el texto hebreo, con la cara radiante.

“Traductor traidor”, decían en una época los italianos. Pero es que eso fue antes de 1981.

viernes, 31 de julio de 2015

Una antología de metidas de pata

“A lo largo de la historia, los errores de traducción han creado conflictos diplomáticos y malentendidos que han durado siglos. Estos son los más relevantes.” Así dice la bajada, algo exagerada por cierto, del artículo anónimo publicado en El Confidencial, de España, el 11 de marzo de este año.


Los siete errores de traducción que cambiaron la historia

Cuando lees la traducción al inglés de los menús de raciones de los bares españoles no puedes más que soltar una carcajada. La tortilla de bonito se convierte en beautiful omelet, el pincho moruno en I puncture morish y el choco a la plancha se convierte en I collide to the iron.

Internet está repleto de chanzas sobre traducciones infames realizadas por gente que cree que Google Translator es igual de eficaz que C3PO, pero la cosa no tiene tanta gracia cuando están en juego asuntos serios.

Parece mentira que en un mundo globalizado, y en un territorio como la Unión Europea, se sigan cometiendo errores de traducción en cuestiones diplomáticas. Pero ocurre. En noviembre de 2013 toda la prensa española (dejándose llevar por las agencias) aseguró que un portavoz de la Comisión Europea había tildado de “basura” un anuncio del ministro Wert. En realidad, el portavoz de Educación, Dennis Abbot, había utilizado la palabra rubbish, que sí, puede significar “basura”, pero en ese contexto la traducción correcta habría sido “sandeces” o “disparates”. Y no es lo mismo, como se empeñó en corregir Abbot (sin mucho éxito).

Este error de traducción –por otro lado, muy conveniente para la prensa– no supera la categoría de anécdota, pero ¿qué habría ocurrido con una malinterpretación de este tipo en un contexto de guerra? ¿Qué sucede cuando se da por buena una mala traducción y todo el mundo cree que es cierta? Estos son siete de los errores de traducción más graves de la historia.

1. Los cuernos de Moisés
Durante el gótico tardío, y hasta bien entrado el renacimiento, los artistas cristianos dibujaron y esculpieron a Moisés con dos cuernos en la cabeza. Y todo debido a un error del que, paradójicamente, está considerado el patrón de los traductores: San Jerónimo.

Su traducción al latín de las versiones en griego y hebreo de la Bibliala Vulgata– ha sido el texto oficial de la iglesia católica durante milenio y medio (entre 382 y 1979), pero contenía un curioso error. La expresión hebrea keren or, que se refiere al estado resplandeciente del rostro de Moisés, fue traducida equivocadamente como “cuernos”. No tenía sentido pero ¿quién va a dudar de un texto sagrado?

2. La amenaza de Khruschev
En 1956, con la Guerra Fría en pleno apogeo, el líder soviético Nikita Khrushchev pronunció un discurso en la embajada polaca de Moscú, durante un banquete en el que estaban presentes numerosos embajadores occidentales. Los asistentes se quedaron de piedra cuando el líder comunista dijo: “Os guste o no, la historia está de nuestro lado. ¡Os enterraremos!”

En plena carrera armamentística la prensa occidental interpretó sus palabras como una amenaza directa, pero los soviéticos se apresuraron a explicar que todo había sido un malentendido. La frase de Khrushchev se había sacado de contexto.

En realidad, se trataba de una referencia al Manifiesto Comunista en el que Max asegura que la burguesía produce sus propios enterradores. La traducción correcta de su discurso –que no siempre debe ser literal– debería haber sido algo así como “os guste o no, la historia está de nuestro lado. Viviremos para ver como os entierran”. No es que sea la frase más amigable del mundo, pero se trataba de una proclama ideológica, no de una amenaza.

3. El sueño húmedo de Jimmy Carter
Cuando el presidente estadounidense Jimmy Carter viajó a Polonia, en 1977, el Departamento de Estado contrató a un intérprete ruso que sabía polaco, pero que nunca había traducido profesionalmente ese lenguaje.

En aquella época, Polonia seguía estando bajo la órbita comunista, y Carter trató de ganarse al pueblo con un discurso amigable. Pero al traductor le pudo el entusiasmo. Carter comenzó diciendo, “salí de los Estados Unidos esta mañana”, y el traductor dijo “he dejado Estados Unidos para no volver nunca”. Cuando el presidente dijo “he venido para conocer vuestras opiniones y entender vuestros deseos de futuro”, el traductor dio a entender que Carter deseaba sexualmente a los polacos. Incluso una inocente frase sobre lo feliz que le hacía estar en Polonia se convirtió en “estar feliz de ver las partes privadas de Polonia”. Fue un desastre.

La delegación contrató apresuradamente a otro traductor. Este sabía bien polaco, pero no inglés, así que volvió a hacerlo mal, pero no fue gracioso, simplemente era incapaz de traducir. 

4. Los canales de Marte
En 1877 el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli realizó una de las primeras descripciones de la superficie de Marte. El director del observatorio de Brera, en Milán, creyó ver antiguos “mares” y “continentes” en la superficie marciana, pero también “canales”.

En 1908, el astrónomo norteamericano Percival Lowell revisó el trabajo de Schiaparelli y llegó a la conclusión de que los canales habían sido construidos por seres inteligentes para llevar el agua, que escaseaba en la superficie marciana, desde los casquetes polares hasta las regiones desérticas. Esta afirmación desató la locura por los marcianos, pese a que provenía, claramente, de un error de traducción.

Schiaparelli nunca pensó que los canales de Marte fueran construcciones. En realidad el había empleado la palabra italiana canali que se refiere a una estructura totalmente natural como las gargantas o los cañones.

5. La palabra que hizo estallar la bomba atómica
El 26 de julio de 1945 las potencias aliadas durante la II Guerra Mundial publicaron la declaración de Potsdam, que trataba los términos de la rendición del imperio japonés y aseguraba que, si no se entregaba, se enfrentaría a una “pronta y total destrucción”.

La declaración era un ultimátum en toda regla. El primer ministro japonés, Kantaro Suzuki, convocó una rueda de prensa y dijo el equivalente a “Sin comentarios. Seguimos pensándolo”. El problema es que eso no es lo que entendieron los aliados. Suzuki cometió el error de usar la palabra mokusatsuque puede significar “sin comentarios” pero también “lo ignoramos y lo despreciamos”. Sólo 10 días después de la conferencia de prensa el presidente Truman reveló al mundo lo que significaba “pronta y total destrucción”. Nunca sabremos si una traducción correcta habría cambiado en algo las cosas.  

6. El tratado de Waitangi
En ocasiones los errores de traducción son inintencionados, en otras responden a los intereses de quienes pretenden cambiar el significado real de algo. En este último grupo se encuadra el Tratado de Waitangi, que firmaron los maoríes de Nueva Zelanda en 1840 y supuso, de facto, la transformación de la isla en una colonia británica.

Británicos y maoríes firmaron dos versiones del tratado, una en inglés y otra en maorí. Ambas copias son parecidas, excepto en lo que realmente importaba. La versión maorí dice que los nativos aceptan la permanencia de los británicos a costa de la protección permanente por parte de la corona. La versión británica dice que los maoríes se someten a la corona a cambio de la protección británica. ¿Truco o trato?

7. La palabra que costó 71 millones de dólares (y una vida)
En 1978, Willie Ramirez fue ingresado en un hospital de Florida. El paciente se encontraba muy grave, pero su familia tenía dificultades para explicar lo que le ocurría porque no sabía hablar inglés. Le dijeron a los médicos que creían que Ramirez sufría una intoxicación alimentaria, pero el personal –supuestamente bilingüe– del hospital tradujo “intoxicado” por intoxicated, que en inglés se usa tan sólo para personas que se han drogado o han tomado demasiado alcohol.

Aunque los familiares de Ramirez pensaban que éste sufría una gastroenteritis en realidad tenía una hemorragia intracerebral. Pero los doctores, al creer que el paciente estaba sufriendo una sobredosis, erraron por completo en el tratamiento. Debido a esta negligencia Ramirez se quedó tetrapléjico y el hospital tuvo que pagar una indemnización de 71 millones de dólares.