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lunes, 4 de abril de 2022

"Ninguna traducción es fácil"

Hace unos meses, la poeta y traductora Laura Wittner publicó un libro donde, de manera fragmentaria, reflexiona sobre su trabajo. Recibió una gran atención de público y lectores y, pese a su timidez y renuencia, también participó en algunas entrevistas. Ésta fue realizada por Milena Henrich, para la agencia TELAM, que la publicó en su plataforma el pasado 17 de marzo. En la bajada se lee: “Se vive y se traduce se titula el último libro de la autora, en el que ensambla una escritura fragmentaria sobre la traducción literaria. ‘Traducir es meterse dentro de alguien. Hacerle un lugar, también, para que se meta dentro nuestro’, escribe en una de las anotaciones del material editado por Entropía”.

“Todo es jugar con palabritas. Buscarlas, escucharlas, pesarlas y ordenarlas”

Se vive y se traduce se titula el último libro de Laura Wittner, en el que ensambla una escritura fragmentaria sobre la traducción literaria y piensa en la vida mientras se traduce, o sobre la traducción mientras se vive, porque la traducción –ese mecanismo de traspaso que eligió como oficio y combina con su escritura poética– se empapa del encuentro y la entrega con un otro, una entrega que exige libertad y arbitrariedad, incluso sacrificio, dolor y un procedimiento continuo de buscar “palabritas” y texturas en el deseo y el trabajo de acceder a la intimidad de un lenguaje que es ajeno pero que también deviene propio.

“Traducir es meterse dentro de alguien. Hacerle un lugar, también, para que se meta dentro nuestro”, escribe Wittner en una de las anotaciones que se aúnan en este libro editado por Entropía en la colección apostillas. Mucho antes dice “traducir es pensar en una”, más tarde anotará “traducir es ir pegado a la espalda de alguien”. En otro momento: “Traducir es hermoso. / Traducir es horrible./ Traducir es desesperante”. Como la vida, la traducción no es una proeza utópica y no está ajena a las condiciones materiales, a la tristeza por la enfermedad terminal de un padre –a quien la autora dedica el libro–, al entusiasmo que genera la fascinación de un texto, al dolor del cuerpo, al tiempo –o a la falta–, al diálogo con otros, al trabajo colectivo que supone la pregunta por la traducción. Su amigo, también traductor y poeta, Ezequiel Zaidenwerg, dice en la contratapa de este volumen que estos textos son también “relatos para una teoría, vivida intensamente pero enunciada al paso, sobre la ambigua y amorosa ciencia de traducir, que es siempre una gimnasia colectiva”.

Además de traducir, Laura Wittner (Buenos Aires, 1967) escribe. Es autora de los libros de poesía Lugares donde una no está y Traducción de la ruta y para infancias publicó Mi tortugo y Justo antes de dormir, entre otros. En éste, su último libro, ensaya esas teorías como dice Zaidenwerg, que son reflexiones sobre el oficio, como cuando asegura, por ejemplo, que la traducción literaria es un quehacer artístico o exige con la misma dosis de esperanza exclamativa que resignación que para traducir antes hay que viajar al encuentro con ese paisaje que a otro embebió. Dice Wittner, además, que hay en la traducción cierta intuición, “nuestra única, mínima red”, ese reconocimiento que tiene cada traductor cuando sabe que un idioma no puede ser trasvasado a otro.

–Se vive y se traduce trabaja a partir de lo fragmentario y lo hace en distintos tiempos como si fueran ideas, textos, que venís escribiendo hace mucho. ¿Estos procedimientos te acompañan siempre o fueron pensados para integrar un texto así?
–El procedimiento me acompaña desde siempre. Anoto mucho y pienso anotando; no solamente cuando traduzco. De los fragmentos incluidos en el libro, al menos un tercio fueron escritos en distintos momentos de los últimos veinticinco años, sin que se me hubiera ocurrido la idea de engarzarlos. En archivos de Word que pasaron de computadora en computadora, en papelitos doblados en cuatro, en cuadernos viejos, en mi blog abandonado, en Twitter. Después un día se me ocurrió que podía rastrearlos y juntarlos, y lo fui haciendo muy de a poco: imprimí, recorté y pegué con plasticola los fragmentos viejos en un cuaderno, y a partir de ahí las anotaciones las hice en ese mismo cuaderno de tapa naranja, así como fueron surgiendo. Finalmente algún verano releí el cuaderno y me pregunté si, aumentadas y editadas, esas notas podrían interesarle o gustarle a alguien. Los parrafitos nuevos ya surgieron desde esta conciencia, con un poco más de sistema. Cuando Entropía aceptó publicarlo trabajamos la versión final junto con los editores.

–La traducción parece suponer muchas veces un ejercicio de entrega y apropiación, un posicionamiento ¿se puede traducir desde el desencanto? Cuando tenés la posibilidad de elegir, ¿soporta el cuerpo dolorido trabajar tantas horas del día en un texto con el que no surgen conversaciones interesantes?
–Es una pregunta muy acertada que yo misma me hice a menudo. Supongo que se podría intentar una respuesta de más sacrificio y humildad, o de cierto éxtasis ante la mera tarea de maniobrar entre idiomas, pero la verdad, para mí, es ésta: cuando era joven lo soportaba. Ahora ya no.

–Decís que “la traducción es siempre el nudo de un problema” ¿traducir es animarse a habitar las tensiones?
–Sí, es animarse y es meterse de cabeza en ese nudo y en esas tensiones: tocar, girar, tironear. Y después también distanciarse a ver si todo ese frufrú que produjimos tiene sentido, e incluso si entendimos bien el texto original en primera instancia. Desde muy cerca se puede ver mal, desde muy lejos se puede ver mal: ¡lo sabemos muy bien quienes tenemos miopía más presbicia y usamos anteojos de media distancia!

–Por ese doble movimiento en simultáneo de lectura y escritura, la traducción parece ser el camino, la posibilidad, de acceder a la intimidad del lenguaje. ¿Existe tal cosa?
–¿Si existe la intimidad del lenguaje? Me gustaría creer que sí. Lo único que me entusiasma es la intimidad, y supongo que en el caso del lenguaje cada cual puede inventarse la suya. Traducir me parece, sin duda, un buen acceso. Dos idiomas, un par más que seguramente se cruzan en el camino, leer, escribir y volver a leer... es íntimo, ¿no? Es casi promiscuo. En el mejor de los sentidos, claro.

–Y ¿cómo lo vinculás con la poesía, género que desplegás también?
–Todo es jugar con palabritas. Buscarlas, escucharlas, pesarlas y ordenarlas. Si estoy traduciendo parto de una colección de palabras ya dada por otra persona, pero claro; en otro idioma. Así que de todos modos tengo que meter mano e imponer mi manera, disimulando un poco la imposición. Es una especie de consigna: a ver qué hacés con esto. Pero las dinámicas son muy parecidas. Es muy cercana la intención y las reglas del juego son bastante cercanas también. Creo. Bueno, creo y descreo, según el día.

–En este libro, hay una defensa de la traducción literaria como quehacer artístico y la idea de que traducir es entrelazarse con muchas otras voces ¿la traducción transforma lo individual en una conversación de sensibilidades distintas en la medida que también es meterse adentro de alguien, como decís, y entonces deja de ser un acto individual para devenir en un encuentro comunitario?
–A mí me parece que sí. La traducción es una tarea muy solitaria en la práctica cotidiana: una persona que traduce una novela pasa horas, días, meses, años sentada sola frente a su monitor. Pero en realidad esa escena fue fundada y está rodeada por toda clase de lazos sociales, intelectuales y lingüísticos: el autor o la autora del texto a traducir, la editora o el editor en el idioma original y en el idioma de llegada, otras posibles versiones de ese mismo texto, la opinión de los colegas sobre alguna duda, o sobre algún procedimiento en particular que el texto exija o proponga, el diálogo con la autora o el autor, si están disponibles y, fundamentalmente, el diálogo con todo lo que fue traducido antes y está siendo traducido en ese momento, es decir la formación de ecos en el espacio exterior e interior del intercambio entre idiomas.

–¿Hay traducciones más fáciles que otras? ¿Se puede usar una valoración así para definir el procedimiento y búsqueda que supone el trabajo de la traducción?
–En mi experiencia ninguna traducción es fácil: cada una presenta un tipo distinto de dificultad, y lo que sí puede pasar es que quien traduce tenga más paciencia o más talento para cierto tipo de dificultad, o tenga una predilección por un tipo de dificultad por sobre otras. Si el texto es sencillísimo lo difícil es mantener ese mismo registro de sencillez; si es rimado hay que reinventar la rima; si está escrito con métrica regular (o irregular) hay que decidir qué hacer con eso, pensar cómo reproducir la música; si está repleto de referencias y citas hay que pasarse el año gugleando.

–En los últimos años muchos sellos independientes eligen a escritores y escritoras para traducir ¿hay un cambio en el abordaje de la traducción de lo literario al incorporar un doble ejercicio de resignificación con una traducción minuciosa, cuidada?
–Siempre hubo escritores que tradujeron, y también hubo y hay excelentes traductores que no eran/no son escritores. Tal vez la novedad en la última década, o más bien diría en las últimas dos décadas, es que algunas editoriales más chicas, de las llamadas independientes, decidieron publicar sus propias traducciones y eso, en algunos casos, las llevó a pensar la traducción: qué tipo de traducción quiero para mi editorial, con qué tipo de traductora o de traductor me gustaría trabajar, y sobre todo: ¿cuánto puedo pagar?

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Laura Wittner se dio el gusto y nosotros, también

Laura Wittner (1967) es, además de traductora, poeta. Y en estos días la editorial Gog & Magog acaba de publicar Lugares donde una no está (Poemas 1996-2016), suerte de poesía reunida, que se cierra con una serie de traducciones (de Patrizia Cavalli, Nicole Sealy, Frank O'Hara, Lydia Davis, Billy Collins, Giusi Quarenghi, Giorgio Vasta, Dylan Thomas y Raymond Carver) y con tres breves ensayos, el último de los cuales se reproduce a continuación. 

El volumen se presentará, conjuntamente con Viaje sentimental, de Sandro Barella, también publicado por la misma editorial, en la Casa de la Lectura, Lavalleja 924 (Villa Crespo), el próximo jueves 14 de diciembre, a las 19 hs.

Una locomotora llamada melopeia

(Publicado originalmente en La música de la poesía, de Ediciones Del Dock, en 2012).

¿Por qué me tira tanto la temática ferroviaria? ¿De dónde me viene esa constante inclinación a usar imágenes relacionadas con el tren? Porque me tira, me tira... ¿O será que en realidad tira de mí, igual que la locomotora da tracción a los vagones que la siguen? Tal vez es eso: un motor que impulsa mi escritura y mis lecturas. Delante va el motor y detrás los vagones, dejándose llevar. Pero dejándose llevar con cierta musiquita: ta-tán, ta-tán, quetrén, quetrén... Sí; es posible que me identifique con los trenes porque, como yo, tienen locomotora: la que los mueve y les propone un ritmo. Y a mí se ve que tienen que moverme, y moverme con ritmo.
           
La poesía que me gusta tiene tracción a música. Está hecha de versos que se pueden canturrear. Guardo en la memoria (entre tantas otras cositas sueltas) una colección de partes de poemas que sé que me gustaron o me gustan pero que no recuerdo palabra por palabra. Lo que recuerdo es su música, y ciertas características sonoras que vuelven a desplegarse en su totalidad cada vez que los releo. Y son muchas las veces que el impulso de releerlos lo provoca la aparición espontánea de su musiquita, como desde un almacén mental de larga data que se autoactiva en random en los momentos más inesperados –en la calle, caminando, bajo influencia de unos mazazos contra la pared o invocados por el traqueteo del carrito de bebé sobre diferentes modelos de baldosas–  y me ofrece pintorescos popurrís. (De larga data, aclaro, porque los elementos incorporados en la infancia y la adolescencia no sólo no se borran, sino que suelen ser los primeros en aparecer).
           
Para armar un ejemplo:*

Wanted, wanted: Dolores Haze.
Hair: brown. Lips: scarlet.
Age: five thousand three hundred days.
Profession: none, or "starlet".

Brillan las moreras y los carolinos,
se hinchan los sarmientos de las viñas prietas,
y hay en los caminos
y en las ríspidas sierras violetas
una triste alegría pagana
que es oro en la tarde y oro en la mañana.

Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.

Rage, rage, against the dying of the light.

allá va
allá va
un satélite en el cielo...

Rage, rage, against the dying of the light.

Y ya que lo cité: igual que Dylan Thomas, me enamoré primero del sonido de las palabras. También a mí me sedujeron, al principio, las formas sonoras de las rimas infantiles más que las peripecias de sus personajes. Y poco a poco pude ver que esas formas sonoras entraban en contacto produciendo toda clase de música. No sólo la agradablemente melodiosa, la de métrica regular y rima exacta, la equipada con acentos internos que vuelven a un poema “poema cantable” (como el cantabilísimoWanted, wanted de Nabokov). También la musical rispidez con que ciertas palabras se miden entre sí, se entrechocan o se suben una encima de otra:

What are the roots that clutch, what branches grow...

O esas líneas sueltas que se nos instalan como si fueran estribillos, resurgen una y otra vez convocadas por ¿qué? Nunca se sabe: una idea que se mueve por el mismo camino sonoro, la intención de decir alguna cosa con iguales altibajos... la intención, incluso, de moverse con iguales altibajos:

El pasto, el sábado, surcado por las huellas...

A esta hora dignísima de la noche...

La tuairrequietudine mi fa pensare
agliuccelli di passocheurtanoaifari
nelleseretempestose...**

¡“Nelleseretempestose”! Acá Montale, sin duda por medio de la alquimia, logra una música tan  breve y tan exacta que repetir esta sucesión de tres palabras es casi como comer un caramelo. Y no es sólo el sonido (hay frases donde sí); me parece que interviene, además, otra cuestión, que es la musicalidad surgida del feliz alineamiento de una idea con la manera en que es expuesta (cuando forma + contenido = música). Comparar una sensación de inquietud con pájaros que se chocan contra los faros en las noches de tormenta es ya, en mi opinión, una forma de composición musical. Decirlo con las palabras de Montale es lograr que esa composición ofrezca no sólo placer intelectual y auditivo, sino también una cierta voluptuosidad gustativa.

Y hablando de ponerse frases en la boca, pienso que existen incluso palabras que funcionan como microcanciones. Cada uno tiene, según su gusto, una serie de palabras que disfruta pronunciar, como quien canta o tararea. Sílabas incluso o, para oídos sutiles, sonidos sueltos. Cuando se escribe siempre están ahí a mano, como recurso para impregnar el entorno con su posibilidad musical, para impulsar la frase (quetrén-quetrén) o para dar la nota.

Esta muy breve reflexión me llevó del poema a la estrofa, de la estrofa al verso suelto, y de ahí a la frase aislada, a la palabra tentadora, al fonema solitario y sin embargo cantor. Sólo me queda incluir el silencio, que arma y desarma melodías a un lado y otro de la barrera de mutismo. Silencio músico que gira entre las ruedas del
                        quetrén...   
                                             quetrén...
                                            enlenteciéndolas, cuando vamos llegando a la estación,

cuando volvemos a arrancar.                    



*Se puede imaginar, entre fragmento y fragmento, el chillido de la púa sobre el vinilo cuando el disc-jockey lo mueve hacia atrás y hacia delante.

** (Los versos que cité pertenecen –en orden– a Vladimir Nabokov, Alfredo R. Bufano, Jorge Teillier, Dylan Thomas, Leónidas Lamborghini, T. S. Eliot, Jorge Aulicino, Rodolfo Edwards y Eugenio Montale).

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Última reunión del año del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y despedida del CCEBA

Laura Wittner, Alejandro Crotto e Ignacio Di Tullio son tres poetas argentinos que traducen poesía. No se ocupan de los mismos autores, ni proceden según un mismo programa. Por eso, ayer vinieron a la última reunión del año del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires para dialogar entre sí y dar cuenta de “Tres maneras de traducir poesía”.

La reunión estuvo precedida por un breve informe realizado por Estela Consigli, una de las traductoras que participó de la redacción del proyecto de ley de traducción que en estos días se trata en el Congreso nacional.

Finalmente, el Administrador de este blog cerró el encuentro haciendo un resumen de lo realizado en el CCEBA, del que con la velada de ayer se despide el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires al cabo de siete años de trabajo conjunto.

Quienes deseen ver lo ocurrido en la reunión pueden hacerlo en
http://www.ustream.tv/recorded/78414695

Se informa por último que las actividades públicas del CTLBA se retomarán en el mes de abril de 2016 en una nueva sede, aún por designar.
                                             
Laura Wittner (Buenos Aires,1967) es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires, coordina talleres de poesía y traducción y trabaja como traductora para diversas editoriales. Publicó varios libros de poesía y varios otros para chicos. Tradujo del inglés al castellano libros de Leonard Cohen, David Markson, Anne Tyler, James Schuyler, M. John Harrison, Harry Kressing, Michael Holroyd y Frank McCourt, entre otros, y poemas de Kenneth Rexroth. Frank O’ Hara, Charles Reznikoff y John Koethe. Lleva el blog www.selodicononlofaccio.blogspot.com.ar

Alejandro Crotto (Buenos Aires,1978) es Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires.Publicó los libros de poemas Abejas(2009), Chesterton (2013) y Once personas (2015) en la editorial Bajo la luna. Administra el sitio webwww.losporquesdelarosa.blogspot.com, dedicado a la poesía y a la traducción de poesía.

Ignacio Di Tullio (Villa Adelina, 1982) es poeta. Estudió Ciencias de la Comunicación y Literatura. PublicóAbrazo a la distancia (2006) y los ensayos breves de La música sin nombre (Trópico Sur Ediciones, 2013). Trabaja como profesor universitario y coordina talleres literarios y de escritura creativa. En 2011 tradujo junto con Inés Garland más de setenta poemas de la estadounidense Sharon Olds. Como fruto de ese trabajo, este año se publicará la antología La materia de este mundo.


jueves, 15 de julio de 2010

Un diálogo al galope

Para que haya un diálogo hacen falta dos. Y eso es lo que se lee en una brevísima entrada del blog de la argentina Laura Wittner (http://selodicononlofaccio.blogspot.com/2010/07/al-paso-al-trote.html) y en el comentario que una lectora española le deja a continuación... (Aunque en las últimas horas se sucedieron otros comentarios, con nuevos participantes.)

Al paso, al trote...

Traducir rápido es como galopar –  viene el impulso y te pone a teclear como si fueras un caballo espoleado y de pronto sentís que vas cubriendo terreno, llenás de letras la pantalla en blanco como el caballo deja doble huella en la tierra sin pasto.

(Claro que después habrá que volver sobre las huellas).

Comentarios

A veces, sin embargo, me parece una travesía ágil pero llena de incertidumbre... voy rápido y no sé si estoy haciendo justicia a lo que traduzco y deseo parar y volver sobre mis pasos... pero una vez en racha, lo único que puedo hacer es dejarme llevar. Ya aparecerá un escollo que me frene y me derribe de la montura.

María (Madrid)
13 de julio de 2010 19:56




Blogger Laura Wittner dijo...



sí, claro, por eso pronto volvemos sobre nuestras huellas... viste que en la velocidad siempre está, por debajo de la adrenalina, esa doble sensación de "estaré haciéndolo bien?" y "contra qué me chocaré?".
14 de julio de 2010 09:33


Anónimo Anónimo dijo...



Estoy revisando un traducción muy floja; tengo las piernas llenas de moretones y chichones varios en la frente. Imposible cobrar impulso.
Nora
14 de julio de 2010 13:42




Blogger Laura Wittner dijo...






ah, nori, no; si el texto de base está mal, es todo el trayecto al paso...
14 de julio de 2010 13:51

sábado, 26 de junio de 2010

De la poesía estadounidense a Toy Story 3


"Se lo dico non lo faccio, se lo faccio non lo dico" es el singular nombre que la poeta y traductora Laura Wittner, frecuente participante de las reuniones del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, le ha dado a su flamante blog, donde el lector podrá acercarse a muy buenas versiones de poemas de James Schuyler y de cuentos de Lydia Davis, y esto, sólo para empezar. Pero como además de dedicarse a la literatura y a la traducción, Laura también es madre, allá podrán verse sus crónicas cinematográficas, como la de la película que ilustra esta entrada.

Para los interesados, http://selodicononlofaccio.blogspot.com/

viernes, 21 de agosto de 2009

Donde se habla de qué estamos discutiendo


Las más de 390 visualizaciones que tuvo la entrada anterior de este blog, así como los innumerables mails recibidos, sin mencionar las muchas discusiones en Facebook, indican a las claras que la columna de Quintín en el diario Perfil del domingo pasado resultó irritante para mucha gente.

Por un lado, está la tirria que, por muy variadas razones, el columnista viene despertando desde hace tiempo en muchos lectores. Ese disgusto se ve probablemente exacerbado por una irritante manera de presentar los hechos, más propia de un compadrito que de un intelectual. En la ocasión, habla de un mal trabajo editorial, de una mala traducción, de dos poetas a los que juzga buenos y de otros dos a los que considera demasiado conocidos (con lo cual nos deja entrever la posibilidad de que por ello no son necesariamente buenos), etc.
Más allá de si la intención con la que escribe es aviesa o no, habría que decir que, cuanto menos, su manera de argumentar parece forzada y si atendemos a los problemas sintácticos que presenta, bastante ripiosa (cfr. los comentarios de la entrada anterior).

Lo peor, con todo, no es la mojada de oreja ocasional, sino el desprecio. En las palabras de Quintín hay una deliberada falta de consideración por el trabajo ajeno. En su descargo, hay que decir que no es el único. Todos hemos visto el triste espectáculo de las dos o tres líneas con las que muchos comentaristas, que no se han tomado el trabajo de revisar un original, descartan el trabajo de meses, sin medir el terrible daño que pueden estar causándole a la reputación del traductor, único sostén de su fuente de trabajo.

Tal vez Quintin no haya considerado que, en el mejor de los casos, antes de convertirse en texto publicado, la labor de Laura Wittner quizás haya transitado por las manos de al menos un corrector y de un editor, lo cual muchas veces agrega alternativas al resultado del trabajo. El problema en el caso específico de los traductores es que son casi los únicos que dan la cara y casi los únicos que reciben los palos. Por otra parte, si consideramos lo exiguo de la paga y las malas condiciones de trabajo, el único capital con el que cuentan quienes traducen es el que les otorga su prestigio personal. Flaco favor entonces le ha hecho Quintín a Laura Wittner –de quien dice no tener nada en contra– al señalar públicamente lo que él juzga como sus errores de traducción, materia por demás opinable, como la misma Laura ha demostrado en el descargo realizado en este blog.

Entiendo que escribir o traducir un libro, componer o interpretar música, filmar una película, dirigir una obra teatral o pintar un cuadro son todas actividades que, cuando se realizan con honestidad, se llevan a cabo con esfuerzo y ese esfuerzo debe ser tenido en consideración a la hora de emitir juicios honestos. Y si bien las distintas obras mencionadas pueden hablarnos más o menos directamente, provocarnos o no algún tipo de reacción, gustarnos o no, en todos los casos deben merecer nuestro respeto lo cual –claro– no implica que tengamos que estar plenamente de acuerdo con ellas; tampoco su resolución tiene por qué ajustarse a lo que nosotros juzgamos como lo más adecuado. Para plantear este tipo de objeción existen otros foros más pertinentes que la mera columna de opinión. Y la contratapa del suplemento cultural de Perfil es un lugar de opinión. La crítica, según me parece, exige un esfuerzo de otra naturaleza, una argumentación mucho más elaborada y, por supuesto, algún tipo de prueba que vaya más allá de lo que nuestro mero juicio nos hace suponer.

Creo que Quintín –quien tiene todo el derecho del mundo de juzgar, original mediante, otras soluciones para la traducción que tanto deplora– ha confundido los tantos. Como resultado, su columna ha desencadenado tal violencia en los lectores que las reacciones que hemos leído, por momentos desmedidas, terminan enchastrándonos a todos y llevando el debate hacia el lugar donde el columnista parece sentirse más cómodo: la descalificación. No es la idea de este blog y mucho menos la del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Supongo que lo sucedido termina ilustrando en qué tipo de marasmo puede convertirse la cultura cuando se desprecia el objeto de la crítica y se pierde de vista lo que se debate.

Jorge Fondebrider

miércoles, 19 de agosto de 2009

Las consecuencias de la pedantería sobre el trabajo ajeno



Dado que este blog se lee en varios países, para la siguiente entrada es necesario explicar a los lectores no familiarizados con el ambiente cultural porteño quién es quién en la siguiente historia y qué es lo que motiva este posteo.

Quintín es el seudónimo de Eduardo Antín, un licenciado en matemáticas aficionado al cine, quien, junto con su mujer, Flavia de la Fuente y Gustavo Noriega, en 1991 fundó la revista de crítica cinematográfica El amante.

Con posterioridad, en 2001, Quintín fue llamado por las autoridades culturales de la entonces Secretaría de Cultura de la ciudad de Buenos Aires para dirigir el BAFICI (el festival de cine independiente de la ciudad), tarea que cumplió en reemplazo del cineasta Andrés Di Tella, hasta que en 2004 fue destituido de su cargo por el entonces secretario de Cultura, Gustavo López. Tanto sus fanáticos como sus detractores señalan que fue un gran impulsor del festival en sus primeros años. También coinciden en mencionar la arrogancia del personaje.

Luego de su paso por la gestión pública, Quintín se dedicó a alimentar un blog donde no faltan las polémicas y, desde hace un tiempo, a opinar en la contratapa del diario Perfil sobre los más diversos temas.

Laura Wittner es poeta, escritora de cuentos infantiles y traductora. De perfil eminentemente bajo, se ha ganado un muy destacado lugar en la poesía argentina contemporánea.

Jorge Aulicino es uno de los más influyentes poetas argentinos contemporáneos. Como periodista, desde hace unos veinticinco años escribe en el diario Clarín, donde se desempeña como editor adjunto de la revista de cultura Ñ.

Ahora bien, con fecha del 16 de agosto de este año, en una de las columnas de contratapa de Perfil –un periódico de circulación nacional en la Argentina–, Quintín comentó la aparición de un libro traducido por Laura Wittner y lo hizo en los términos más severos, sin indicar si sus objeciones a la traducción fueron corroboradas con el correspondiente original a la vista para así juzgar los hipotéticos errores de la traductora.

La situación, de por sí enojosa –aunque, impunidad mediante, muy frecuente en la prensa cultural argentina–, deja mal parada a Wittner y sin posibilidades inmediatas de defensa. Aunque el diario en cuestión decida publicar sus razones en una edición posterior, otorga al opinador una módica victoria que no contempla el posible daño que sus dichos puedan haberle causado a Wittner, ya no en su vanidad, sino muy concretamente en su trabajo. Aun suponiendo que los errores de ésta fueran tales, ninguno de los señalados por Quintín altera en lo más mínimo la comprensión del texto criticado.

Por todas las razones esgrimidas, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires decide poner a consideración de los lectores de este blog la columna de Quintín, la respuesta de Laura Wittner y las reflexiones de Jorge Aulicino a propósito del gesto del columnista.


Bellas artes y de las otras

Me recomiendan Siete días en el mundo del arte, de Sarah Thornton, como una divertida introducción al mundo de las artes visuales, aunque me avisan que el libro está lleno de erratas. Es lo primero que uno comprueba al abrirlo: entre otros descuidos, en cada página aparecen palabras con un guión en el medio (“no-minaciones”) y otras mal separadas al final de la línea (“manip-/ula”), lo que vuelve irritante la lectura. Se trata de un error de principiantes en materia de composición tipográfica: en lugar de utilizar un programa que separa automáticamente las sílabas en castellano, lo hicieron a mano, como si utilizaran una máquina de escribir en lugar de una computadora. De ese modo, ante cualquier cambio que desplace una palabra partida del lugar original, ésta conserva el guión. Para colmo, permitieron luego la separación automática en inglés. Es insólito que Edhasa, una editorial conocida, se permita semejante chapucería.

Tampoco ayuda la traducción de Laura Wittner, que transcribe un idioma a otro sin dejar evidencia de que en el camino interviene un proceso de comprensión del original. Por momentos, el texto de Wittner parece un inglés compuesto de palabras españolas o un castellano con sintaxis americana: “Hemos tomado nota de cada pedido de reporte de condiciones”. “Cuando no hay nada que decir, eso mismo es la cuestión, lo cual produce una conversación interesante.” “Es también una sólida pieza; dentro de ella, Asher se ha ubicado en el calmo ojo de una multivocal tormenta.” Así resulta que en el mundo del arte hay “cosas sobrevaluables” y “cositas chocolatosas”, la gente se viste con “pieles vintage”, bebe “ginebra de endrinas”, utiliza “técnicas de marca” y, cuando va a comer afuera, reserva “una cabina”.

Encuentro el nombre de Wittner en otro libro, la Antología de la nueva poesía argentina que acaba de editar Perceval Press, la editorial californiana de Viggo Mortensen. Wittner es uno de los veintidós nombres de una lista que consolida el concepto de “generación del 90”. Los poetas más prestigiosos entre sus colegas tal vez sean Daniel García Helder y Sergio Raimondi, aunque los más populares son seguro Fabián Casas y Washington Cucurto. Wittner es la última (el orden es alfabético) y hay cinco poemas de ella en la selección. El primero se llama "Epigrama" y dice así: “Dijiste algo y entendí mal./ Los dos reímos:/ yo de lo que entendí,/ vos de que yo festejara/ semejante cosa que habías dicho./ Como en la infancia,/ fuimos felices por error”. No está nada mal.

Curiosamente, el primer poema del libro es de Mario Arteca, habla de Rómulo Macció y Aldo Pellegrini y tiene como subtítulo ¿Qué es, en realidad, la pintura?, lo que nos permite volver al libro de Thornton para decir que su recorrida por remates, escuelas, ferias y bienales tiene grandes momentos. En particular la visita al estudio de Takashi Murakami, un japonés que recuerda a Warhol por su obra y por actualizar la idea de que “ser bueno en los negocios es el tipo de arte más fascinante”. A diferencia de El artista, la película de Cohn y Duprat –la otra introducción a las artes plásticas de la temporada–, Thornton elude la mezcla de culpa, cinismo y falsa nostalgia por un arte no contaminado por el comercio. En cambio, no tiene problemas en llamar al dólar por su nombre y consignar brutalmente que el valor de una obra es lo que se paga por ella, sin que eso impida que los artistas intenten seguir creando. Mi pasaje favorito, de todos modos, es una cita de Peter Schjeldahl: “No vas a encontrar un buen crítico de arte en St. Louis. Para ser un buen crítico tienes que ser capaz de ganarte un enemigo por semana, y aun así nunca quedarte sin amigos. En EE.UU., eso pasa sólo en Los Angeles y en Nueva York. De otro modo, tendrás que mudarte todo el tiempo”. Extiendo la idea al cine y la literatura y me pregunto en qué categoría quedará Buenos Aires.


Respuesta de Laura Wittner

Me resulta muy fatigoso sentarme a escribir esta respuesta a las venenosas observaciones que hizo Quintín, en su columna de Perfil del domingo pasado, a mi traducción de Seven Days in the Art World, de Sarah Thornton (Siete días en el mundo del arte. Buenos Aires, Edhasa, 2009). Fatigoso porque me veo obligada a rastrear en el libro, tanto en inglés como en castellano, al menos algunas de las expresiones que él me critica; me veo obligada a redactar justificaciones para lo que hice o no hice; justificaciones con tonito de maestra ciruela sobre decisiones que, en su momento, tomé después de mucho investigar, pensar, consultar. Creo que lo que más fatiga me produce es tener que hacer todo esto sólo para responderle a un interlocutor que no parece haber investigado, pensado ni consultado antes de sentarse a escribir sobre lo mal que traduzco. Si mi interlocutor tuviera buenas intenciones y algo interesante para señalarme, este diálogo tendría más sentido.


Todos hemos leído más de un libro mal traducido. A veces lo notamos y veces no. Si conocemos el idioma en el que fue escrito, podemos darnos cuenta de cuál fue la confusión del traductor o por qué su decisión no favoreció al texto. Aun así, siempre es deseable verificar nuestras suposiciones comparando original y traducción si tenemos la intención de salir a denostar al traductor públicamente en un diario de circulación nacional.

A mí lo que me parece es que a Quintín “le sonó mal” este libro. Y dio por hecho que fui yo la que lo hizo sonar mal. Lo cierto es que Thornton ha intentado un tono propio, un tono particular en el que las elecciones léxicas y sintácticas no siempre son las predecibles para una investigación periodística en el idioma inglés. Su relato, además, está lleno de expresiones idiosincrásicas y palabras de jerga (urbana, académica, etc.) que en algunos casos no figuran en el diccionario y que van dando forma a cierto estilo urbano o “canchero”. Dado que no se me dio ninguna instrucción opuesta, lo que yo hice fue tratar de recrear ese tono y de respetar esa extrañeza que en algunos párrafos producían sus construcciones. Claro que no lo hice utilizando en castellano la sintaxis del inglés, como creo que quiere decir Quintín cuando me acusa de usar “sintaxis americana”. Yo utilicé la sintaxis castellana y no encuentro, en este sentido, errores de sintaxis en las construcciones que su nota señalan como incorrectas. De hecho me cuesta, en casi todos los casos, identificar qué es lo que Quintín objeta.

Así que vamos a un par de ejemplos. Esperen que me calzo los anteojitos de maestra ciruela.
“Hemos tomado nota de cada pedido de reporte de condiciones”. Decía el original: “We’ve taken note of every request for a condition report (...)”. ¿Qué pasa? ¿Como en inglés existe “take note of” en castellano no puede existir “tomar nota de”? ¿O es que como la primera traducción de “report” suele ser “informe” no se puede usar “reporte”? Existe en castellano “tomar nota” y existe el sustantivo “reporte” (“informe, noticia”); y –esto es aquí lo más importante, dado que, como acabo de decir, este libro incluye palabras que “no existen”– existe dentro de la jerga del mundo del arte (específicamente de las casas de subasta) el término “reporte de condiciones”. (“Es una información adicional al catálogo que consta de una descripción detallada de cada obra, realizada por expertos en restauración y conservación. Allí se discriminan técnicas, medidas, fechas, ubicación de la firma y un reporte detallado de las condiciones de la obra y está disponible para ser consultado durante la exhibición previa a la venta”. Extraido de un glosario de subasta que aparece en varias páginas web sobre el tema, entre ellas www.arteymercado.com).

Pasemos ahora a las “cositas chocolatosas”. “Así resulta que en el mundo del arte hay (...) cositas chocolatosas”, se mofa Quintín. No, Quintín, las cositas chocolatosas son lo que comen, como refrigerio, los alumnos de la clase de Michael Asher, una clase donde se critica grupalmente la obra de cada participante y que dura desde la mañana hasta pasada la medianoche. Las cositas chocolatosas son, en el original, “chocolate goodies” y los estudiantes las comparten para tratar de mantenerse despiertos y lúcidos. Me pareció que la elección del término “chocolate goodies” en ese contexto por parte de la autora ameritaba algo un poco más creativo que “golosinas de chocolate”. Además, algunos párrafos antes, ya se habían descripto o nombrado otros dulces con chocolate.

Y así puedo seguir respondiendo a los ejemplitos, aunque desde ya que yo pueda defenderme no significa que no pueda haberme equivocado; significa solamente que tuve la voluntad de hacer el trabajo lo mejor posible, que lo hice con seriedad y meticulosidad (y con gusto: sólo por gusto se elige una ocupación tan ardua) y por eso ahora respondo por lo que hice. Acá me detengo, sin embargo, por dos motivos: primero, porque creo que ni a Quintín le interesará leer cada una de mis explicaciones; segundo, porque me tengo que poner a traducir, que es como me gano la vida.



Comentario de Jorge Aulicino

Quintín, al revés del lector ingenuo (y todos lo somos, en algún momento de la vida y en algún momento de la lectura) ha leído en Perfil el trabajo Seven Days in the Art World, de Sarah Thornton, como lo que es: una traducción. Esto no es malo. El problema es que ha descalificado pedantemente la traducción sin confrontar ningún ejemplo con el original. Podría haberle dado un crédito a la traductora. Haber pensado que la sintaxis y el léxico de Laura Wittner intentaban representar en castellano la sintaxis y el léxico del original. Pero no ha dejado lugar a esa posibilidad. Señala que la traducción “transcribe de un idioma a otro sin dejar evidencia de que en el camino interviene un proceso de comprensión del original”. Y pasa a los ejemplos, que, puestos a continuación de esa frase, sugieren que el original ha sido comprendido por Quintín o, al menos, que él cree que hay en el texto de Thornton algo que no fue comprendido. ¿No es suficiente evidencia la versión en sí misma? ¿No podemos dar el testimonio por bueno hasta que se demuestre lo contrario? ¿No es acaso la versión la evidencia de cuánto comprendió Wittner el original o cuán poco comprensible éste es? ¿Sobre qué base podría decir alguien que tal o cual traductor no comprendió a Joyce o a Alighieri? Sólo sobre la de su propia comprensión, ¿verdad?; que debería convertirse en una nueva traducción, o al menos, en los señalamientos precisos de qué palabras y tramos el traductor no comprendió, dando asimismo en este caso las versiones “correctas” de esas palabras.

Este tipo de crítica, parte de la crítica literaria, es un remanso esplendoroso para el crítico. En él puede chapotear sin argumentar, sin fundamentar. Cuando además el chapoteo está acompañado por la sorna, la crítica se hace irritante. La verdad es que Quintín no brinda la evidencia que reclama a Wittner: no sabemos por qué Thornton ha sido mal traducida; por qué no fue comprendida.

Hay otras cosas que también irritan en la nota de Quintín. Una: Se interesa por ilustrarnos acerca de quién es Wittner, cita un poema de la traductora incluido en la reciente Antología de la nueva poesía argentina, de Perceval Press (señalando, sin ninguna otra necesidad que la mala leche, que Wittner es la última de la serie, porque ésta va en orden alfabético) y le perdona la vida con un “no está nada mal”. Dos: Pasa Quintín a elogiar algunas descripciones e ideas del libro de Thornton... que pudo disfrutar o tener por buenas gracias a la traducción de Laura Wittner (porque, repetido sea: nunca deja evidencia de que haya leído el original en inglés).

Quintín ha hecho un tonto brulote. Eso sería todo. Pero cabe pensar en la grave equivocación de este modo de leer una traducción: como esperando que se ajuste a un castellano correcto e inteligente -a una idea de lo correcto e inteligente- que llevaría a pedir que el comentario se convierta en reflexión ontológica, por ejemplo; o que la práctica de un lenguaje no convencional deba ser tachada y corregida por el traductor. Es un tema. Que Quintín aborda a la manera atrozmente bizarra de los preceptores de la lengua: no importa lo “mal” que escriba el autor; hay que pasarlo a “buen” castellano. Y hago la salvedad de que Thornton seguramente no escribe mal, sino en un estilo insatisfactorio para Quintín, cuya evidencia única, si no tenemos el original, es la traducción de Wittner.