martes, 1 de septiembre de 2026
"Para mi que estaba mal traducido”
martes, 30 de junio de 2026
"Los megamillonarios de Silicon Valley construyen sus imaginarios del futuro con las armas de la ciencia ficción que consumieron de niños"
El pasado 26 de junio, el escritor Daniel Guebel publicó la siguiente columna en el diario Perfil. La reproducimos a continuación.
Pequeñas declaraciones
La escritura, la observación del proceso de escritura, y la lectura misma, están fuera del reino de las ciencias exactas y de la lógica, escapan al principio de no contradicción. La literatura crea verosímiles y esos verosímiles son espejos de realidades existentes, externas, anteriores al libro que leemos, pero también crea sus leyes propias, que se verifican poniendo a prueba nuestros sentimientos y nuestros sentidos, nuestra admiración y nuestro rechazo, nuestro desconcierto frente a las condiciones en que se producen, y se suman, agregan, y modifican lo existente. La autonomía propia de la ficción es una autonomía relativa, es un mundo dentro de otro mundo, y ese mundo primero se desvanece un poco, o mucho, mientras estamos leyendo. Nadie es como el Quijote, pero todos nos parecemos un poco. Don Quijote no existía como “entidad humana” antes de que Cervantes la inventara, pero la literatura crea realidades y personalidades, establece una relación dialéctica. O, si no nos gusta esa categoría, una relación combinatoria. De la cruza de la lectura de la Biblia y de su condición de soldado, Ignacio de Loyola da luz a La compañía de Jesús, que es el ejército intelectual de la Iglesia Católica. Las mejores interpretaciones de Freud, que funda una disciplina nueva, se realizan sobre biografías de difuntos y sobre textos literarios, mientras que Lacan afirma que el inconsciente -que bien podría ser una invención estética- está estructurado como un lenguaje, no sabemos cuál, y trama buena parte de la eficacia de su recurso terapéutico mediante algo que llama “lingüistería” y que a veces suena como juego de palabras, otras como poesía pura. El presidente norteamericano Donald Trump es hijo de una lectura hiperbólica de los mafiosos de las películas de Scorsese combinada con dibujitos animados, mientras que el presidente argentino Javier Milei es en sí mismo un personaje quijotesco, la atroz o milagrosa (según quien lo lea) encarnación viva de una quimera, quiere aplicar su ideal de la aniquilación del Estado gobernándolo. Los megamillonarios de Silicon Valley construyen sus imaginarios del futuro con las armas de la ciencia ficción que consumieron de niños, son tataranietos de Julio Verne. Esa relación entre el pasado y el futuro, su dinámica constante, construye literaturas y realidades extraliterarias, que luego la literatura provecha, y así….
Pero, ¿qué es la literatura? ¿Cuál es su poder, su efecto, su gloria y su desgracia? La literatura es un territorio de estricta libertad, de invención y de creación, y al mismo tiempo un testimonio del sometimiento más terrible a rigores que no conocemos y a impedimentos que nos hacen escribir de una manera y no de otra, que nos impiden ser geniales todo el tiempo, y que a veces nos obligan a escribir textos no tan buenos o sencillamente malos, lo sepamos o no. La sintaxis es una cárcel de la que no podemos escapar, el lenguaje nos oprime y el alfabeto es nuestro alivio y nuestro tormento. Y ¿qué es algo bueno y algo malo, en términos literarios? ¿Para quién, por qué? Y en esa combinación de éxtasis, vértigo, constatación, acierto, asombro y sentido, estamos.
martes, 17 de marzo de 2026
"Estirar una mano, agarrar un libro al azar, simplemente leerlo"
He aquí la columna publicada el pasado 7 de marzo por Daniel Guebel (foto), en el diario Perfil. Habla de un problema que todos tenemos.
La biblioteca y el tiempo
En mis años tempranos soñaba con apropiarme mágicamente de los superpoderes de los superhéroes de las historietas: quería la capacidad de reducirse hasta el tamaño de un hrönir de Atom, la velocidad increíble de Flash, la elongada capacidad metamórfica de El Hombre Elástico (cuya mayor aptitud sería un secreto inconfesable), pero sobre todo hubiera querido quedarme, aun a riesgo de dejarlo ciego, con su vista de rayos X que lo capacitaba para leer en segundos una biblioteca entera, condensar el saber del mundo en una serie de instantes. Desde luego, no dejaba de llamarme la atención que semejante capacidad de acceso al conocimiento no lo volviera siquiera tan inteligente como Batman, a quien jamás se lo ve tocando un libro. Eso planteaba delicadas cuestiones, entre otras las diferencias entre saber, hacer y placer, y que al menos revelaba que a todo poder lo corteja una pérdida.
A medida que pasaron los años y fui armando mi propia biblioteca pasé por distintas épocas, cada una jalonaba a su manera las etapas de la vida y las circunstancias de lectura. Pero como la columna es breve ahorraré los detalles. Tuve períodos en los que me pasaba el día entero leyendo, de a dos o tres libros por jornada útil. Así y todo, el número de ejemplares que se acumulaban en los estantes comenzó a superar mi capacidad de leerlos, y esa capacidad también decrecía a causa de los trabajos y las distracciones, sin contar con algo que me sucedió a partir de la paternidad. Hasta entonces, mis actividades de escritor no determinaban particularmente mis elecciones de lector. Pero desde entonces, en una especie de vértigo que no ha cesado, mis procesos de escritura me fueron llevando a leer los libros que necesitaba para escribir asuntos novelescos que precisaban informaciones y saberes de los que yo no disponía de antemano. Esa propensión inesperada dirigió mis procedimientos en distintas direcciones “especializadas”, suprimió en gran parte el placer puro de la lectura curiosa y desinteresada y la subordinó a un extraño sistema productivo, el de un escritor que estudia para dar placer a un lector hedónico, semejante al que él mismo era antes de empezar a escribir a tiempo casi completo.
En resumen, decidí tomarme un año sabático y leer lo que iba guardando para tiempos futuros. Volver a los inicios. Estirar una mano, agarrar un libro al azar, simplemente leerlo. Ni más ni menos que eso. Una vez tomada la decisión, prendí la tele: la dilación es una promesa de eternidades, en cambio la lectura es tiempo que el goce desliza entre los dedos que van moviendo las páginas, tiempo fugaz, irrecuperable.
miércoles, 4 de septiembre de 2024
"El tiempo es infinito pero el espacio de mi casa no"
miércoles, 18 de octubre de 2023
La grabación de una hermosa noche
Un agradecimiento especial para Leonora Djament, Virginia Ruano y Yanina Catellani, de Eterna Cadencia; Mateo Schapire, del Instituto Francés de Argentina y María Concepción Sudato, de la Alianza Francesa de Buenos Aires.
Aquí el link: https://www.youtube.com/
lunes, 9 de octubre de 2023
lunes, 18 de julio de 2022
"Podríamos haber creado una lengua tan distinta de la original como lo es el italiano del latín"
Ésta es una reflexión del narrador Daniel Guebel, publicada el 1 de abril de este año, en su habitual columna del diario Perfil, de Buenos Aires.
Lengua y
política
Leo un artículo acerca de las lenguas imaginarias (artificiales) en Argentina. Lo curioso del texto es que la página web donde aparece el artículo está salpicada de errores (“nurg” a cambio de “y” o de “o”, por ejemplo), que imagino deliberados, porque el dominio de esa página te ofrece acceso a “contenidos premium” pagando algunos verdes-Milei de circulación internacional cada año. Pero que un texto sobre esas invenciones invente una neolengua privada (xul solaresca) vaciando o sustituyendo términos sobre el español, al menos da que pensar.
Da que pensar que en nuestros comienzos como nación, en mixtura o rejunte con los pueblos originarios, podríamos haber creado una lengua tan distinta de la original como lo es el italiano del latín (quizá nos falten algunos siglos). A cambio de obrar esa fusión inventiva nos limitamos a conservar algunas nominaciones topográficas originales de los pueblos vencidos, a los que el empeño de los poderosos del dinero continúan desplazando de sus parcelas en favor de sus proyectos inmobiliarios, porque todo lo que no es de ellos es vacío, desierto a conquistar. Lo que queda son piedras, voces perdidas, registros fonográficos de sobrevivientes, ignorancia e ira.
Recuerdo haber leído hasta la mitad un libro de un autor argentino. El libro me pareció bueno y bien escrito pero lo dejé, y no dejo de preguntarme por qué, si durante años me preciaba de no abandonar nada a medio camino. Rápido me respondo que lo hice porque ya absorbí toda la información que ofrece a nivel sintáctico, en la organización de su frase. Recuerdo también una respuesta que me dio Dipi Di Paola cuando le pregunté por qué había abandonado la lectura de cierto libro: “Yo no leo argumentos, leo para ver cómo está hecho lo que leo”.
Conclusión falsa pero perentoria: del modo de leer se encuentra un modo de hacer la lengua y la literatura y la patria argentina.
miércoles, 27 de febrero de 2019
"Los libros leídos, esos que causan la impresión más poderosa, pueden, con el tiempo, disipar en el recuerdo el efecto consciente de su influjo"
jueves, 11 de octubre de 2018
Traductores visitan a Daniel Guebel en la tele
jueves, 27 de septiembre de 2018
Teresa Arijón, Bárbara Belloc y Jorge Fondebrider en la tele: un primer paso hacia el "Bailando"
jueves, 3 de mayo de 2018
Los azares que deparan las librerías de viejos
El 20 de abril pasado, el novelista Daniel Guebel publicó su
columna semanal en el diario Perfil,
de Buenos Aires. Trata sobre el director y guionista cinematográfico Billy Wilder (foto). Es esto que sigue.
De qué trata
Pegándole una ojeada a la vidriera, encuentro Nadie es perfecto, de Billy Wilder. Es el título de una de las tantas películas que Wilder filmó. Mi amor por el cine se ha reducido sensiblemente en el curso de los años, y solo recuerdo haber visto dos películas de él: Fedora y Sunset Boulevard. No obstante ese decrecimiento, Sunset Boulevard es una de mis películas favoritas y es un modelo narrativo que cito a la hora de recomendar, a la hora de instar a alguien a que se lance a escribir: sobre el plano de una pileta apenas iluminada en la noche flota un cadáver y se escucha una voz en off. El muerto narra su historia. La de un guionista fracasado al que los acreedores quieren cobrarle una deuda reteniéndole el coche. ¿Sacarle el auto a un americano? El guionista escapa a marcha forzada, y para ocultarse de la persecución se mete en el parque de una mansión de aspecto decadente que habita una vieja diva del Holywood del cine mudo, de la época de Cecil B. De Mille. Llega en el momento en que la vieja diva tiene que enterrar a su mono embalsamado, y confunde al guionista con el enterrador... Ese comienzo arbitrario lo convirtió en mi director preferido del que nada sé.
O sí sé algo: una frase y una anécdota. La frase: “Cuando uno está mal, escribe comedias. Cuando uno anda bien, tragedias”. La anécdota: Wilder dormía con un cuaderno y una lapicera en la mesita de luz, alerta siempre ante la posibilidad de que se le ocurriera un argumento. Una noche, despierta de un profundo sueño con el argumento íntegro de una película. Lo anota y luego sigue durmiendo, más que satisfecho, feliz. A la mañana, cuando despierta, se lanza sobre el cuaderno para leer su genialidad con los ojos perspicaces de la crítica matutina, y se encuentra con: “Chico conoce chica”.
Tomo Nadie es perfecto del exhibidor y voy a la contratapa. A cambio de los consabidos elogios y el esquicio biográfico que es de esperar, encuentro este diálogo:
“Samuel Goldwyn: ¿En qué está usted trabajando actualmente?
Compro el libro.







