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martes, 23 de diciembre de 2025

Una entrevista con Pablo Braun, en los primeros veinte años de la librería Eterna Cadencia


El 20 de diciembre pasado, la librería Eterna Cadencia cumplió veinte años de actividad ininterrumpida. Su dueño, Pablo Braun (foto), concedió diversas entrevistas al respecto. Ésta, de Patricia Kolesnicov, fue una de ellas. Se publicó en InfoBAE, el pasado 14 de diciembre.

Pablo Braun, en el 20 cumpleaños de Eterna Cadencia: “Nací en cuna de oro, con la librería salí a otro mundo”

A veces hay buenas cosas que salen de malas cosas, se sabe. Pablo Braun sonríe con toda la boca hoy, parado entre los libros de Eterna Cadencia, la librería que abrió hace 20 años. Pero las cosas no empezaron así, salieron de un momento difícil. Una separación que fue también un momento de desorientación. Eso cuenta y se entiende, pero se impone la sonrisa.

La noticia, claro, es el festejo: Eterna Cadencia cumple 20 años este 20 de diciembre. “La veo como un espacio ya instalado, una referencia en el mundo de los libros”, dice Braun. Pero hace 20 años venía completamente de otro lado. De eso también hablamos.

Cierto es que esa librería montada en una casa vieja de Palermo se fue volviendo un lugar de encuentro, ya sea por su café, ya sea porque alojó presentaciones, charlas o porque desde ahí se gestó la editorial Eterna Cadencia -que dirige Leonora Djament y que publicó, por ejemplo, La virgen cabeza, el primer libro de la hoy consagrada Gabriela Cabezón Cámara- o porque, en colaboración con Filba, Braun, es decir Eterna Cadencia, armaron el festival literario FILBA, que ya es una marca de la ciudad. Sí, la librería está instalada.

Pero vamos al principio. Es 2004, ahí está Pablo Braun, que tiene más o menos 30 años y es parte de una familia importante, dueños de los supermercados La Anónima. Uno de sus primos, Marcos Peña, fue un figura central en el gobierno de Mauricio Macri. Otro, Miguel Braun, su secretario de Comercio. Estudió Administración de Empresas y tiene una silla asignada en la dirección de esos negocios. Ese es el destino que tiene marcado, pero -“me aburrí soberanamente”- no le gusta y por eso se ha ido y, con su mujer, ha creado la Fundación Temas, donde se ocupaban de asuntos sociales, particularmente en la Villa 21.

Y de pronto, se separó. Y se acabó todo. La pareja, la posibilidad de convivir con su hija, el trabajo. “Me quedé en mi casa, cerré la puerta y dije: ‘¿Y ahora qué hago?’ Y agarré un libro de la biblioteca. Empecé a leer como un enfermo de la cabeza. Leía casi ocho horas, nueve horas, diez horas, quince horas todos los días. Me quedé quieto unos meses y leí, leí, leí, leí, y lo único que hacía era ir a la librería, siempre a la misma.

-Ya te debían estar esperando.

-Llegaba y le compraba diez libros. Un día dije: “¿Qué tenés de George Simenon?" “Estos dos”. Yo estaba copado con Simenon y le dije: “Bueno, la semana que viene vengo y conseguime los que puedas, yo me llevo todo”. Me consiguieron treinta y dos libros...

-¿Y de ahí a tener una librería?

-Me di cuenta de que iba a la librería y dejaba de mirar los libros porque estaba mirando las luces, la disposición de las estanterías.. ¿Y si ponés una librería? Se me ocurrió un día, bañándome. No sabía qué hacer con mi vida y el mundo de lo que había estudiado no me gustaba.

Como el mundo que yo había estudiado no me gustaba...

-Lo que se esperaba de vos es que fueras un heredero.

-Ponele.

-Y tu cambio de escala fue brutal, si te hubieras quedado, hubieras manejado negocios enormes.

-La Anónima tiene unos once mil empleados y acá, entre las distintas cosas que hacemos: el blog, la editorial, librerías o distribuidoras en tres países, son trescientos.

Buscó una casa. Buscó un librero. El 20 de diciembre de 2004 empezaron las obras. “Yo me imaginaba algo como diez cuartos con diez libreros. Entrabas al cuarto de Historia y había un librero historiador, entrabas al cuarto de Filosofía, había un librero especializado y así. Después, me fui dando cuenta de que no había un mercado posible para eso. Pero el espíritu era que fuera un lugar tranquilo, no en una avenida, que la gente viniera, que recorriera, que pudiera hablar con los libreros, que se pudiera sentar. Terminó en esto: una librería más o menos normal, con bar”.

-¿Y cómo fue el encuentro con la realidad? Una vez que empieza a andar la librería...

-Me acuerdo el primer día que abrí y dije: “Bueno, carrada de gente que entra, después de un año de obra ya saben... Y abrí y no entró nadie. El primer día creo que entraron dos personas, de las cuales una sola compró: fue un libro de Paul Auster. Yo tenía que aprender a vender libros, tenía que aprender quiénes eran buenos libreros, quiénes eran malos, cómo se cobraba... Había escritores de la talla de Aira que no sabía quiénes eran. Pero era lector y fui aprendiendo. Y empezó a funcionar. Creo que la librería, al ser linda, atrae.

-El barrio ayuda.

-Pero la mayoría de los clientes se toman el trabajo de venir, no es que son del barrio. Pensá que abrí en diciembre: los regalos las gente los compra en las cadenas, así que vendimos poco. Después diciembre y enero, un desastre. Mis amigos sí, por única vez en su vida vinieron y compraron libros...

-¿Cuál es la diferencia entre una librería buena y una librería mala?

-Una librería tiene que tener bestsellers, pero yo siempre apunté a una librería que, que tuviera sobre todo longsellers, esos que se van vendiendo siempre porque son buenos...

-¿Qué es lo que le da el carácter a una librería?

-El carácter, para mí, lo dan sobre todo las mesas, lo que exhibís. Acá es sobre todo narrativa, porque es lo que más me gusta a mí. Las estanterías son todas medio parecidas, los editores te mandan lo mismo. Sobre todo cuando vendés en consignación. Ahora se hacen más compras en firme y ahí podés elegir, te podés distinguir.

-¿Por qué hay menos consignación?

-Porque se achicaron las tiradas. Y, en el fondo, está bien, para que los editores no soporten todo el peso. Lo digo como editor... Pero creo que en la cadena del libro los libreros son, somos, los menos desfavorecidos. Aunque vendemos objetos no deseados, o sea, estamos en un rubro muy complejo. Se vende muy poco y hay mucho romántico, como yo, que abre librerías. Entonces, hay más librerías de las que debería haber en términos, no sé, matemáticos. ¡Por suerte hay más! Pero en términos matemáticos... más editoriales, más librerías de las necesarias. Los editores ponen toda la plata, es muy finito el negocio. El autor, bueno, depende de cuánto venda. La verdad, creo que nadie en el mundo del libro gana plata de verdad.

-¿No?

-Todos sobreviven un poco, alguna librería le va un poco mejor, pero todas son apuestas románticas. Ningún editor después de editar un libro se compra un auto, paga un pasaje a Europa para toda su familia. Ni vendiendo libros, ni escribiéndolos, ni distribuyéndolos, ni siendo una librería. El negocio es demasiado chico.

-¿Entonces mostrás más lo que más te gusta?

-Los libros que se acercan mucho a mi gusto literario, que es más literario y más alejado del best seller. Best seller no vas a ver nunca la mesa, ya están muy bien exhibidos en un montón de lados. La gente que entra no los ve, se siente medio rara con eso y, en cambio, se siente muy cómoda para preguntar sobre lo que ve. Si vos mostrás que no tenés un montón de sagas, la gente que viene a buscar una saga no vuelve más. Y si vos mostrás que tenés ocho ediciones de Madame Bovary... esa gente vuelve.

-¿Vos decís que todavía se compra mucho el libro por lo que se ve?

-Y sí, muchas veces. Hay lectores que saben perfecto lo que quieren. Pero hay otros que vienen a dejarse llevar por lo que les propongan la librería y los libreros. Vengo, entro: “Che, ¿qué hay?, ¿qué leíste?“ Es una cosa linda y que yo siempre quise que pasara acá, que los clientes pudieran dialogar con nosotros, con los libreros. Cuando uno pone un libro en la mesa silenciosamente está diciendo: ”Este libro para mí está bueno y yo lo querría vender". Después está el que te pregunta: “Mi novia está pasando un mal momento y cumple años y tuvo un problema con no sé qué, ¿qué me recomendas?" Y ahí empieza una charla divina.

-O sea, te das el gusto de hablar de libros.

-Sí. A veces te metés en unos aprietos porque no tenés ni la más mínima idea. Pero para eso están los compañeros, para eso a veces secretamente está Google. Es una aventura linda, a mí me encanta. A mí, de todo lo que hago, lo que más me gusta es ser librero, por escándalo.

-¿Cambió el perfil del lector en estos 20 años?

-Sí y no. Vivimos unos 20 años de una aceleración insólita de la tecnología. Antes había pocos celulares. Lo tenías en el bolsillo, si te sonaba era porque alguien te llamaba o algo. No había Instagram ni Twitter, casi no había Facebook. Y no éramos muy adictos. Entonces, me parece que somos completamente diferentes lectores porque tenemos una disposición completamente distinta del tiempo. La ocupación del tiempo está dada por Netflix, por esto, por lo otro. Y hay que hacer fuerza para leer. Antes estabas aburrido, entonces se te ocurría leer. Ahora tenés que venir a hacer fuerza para decir: “Che, dejo de mirar Instagram y me dispongo a leer”. ¿Viste que siempre leer los tres primeros minutos son incómodos? Porque hasta que tomás ritmo... es mucho más cómodo Instagram, o lo que sea, ¿no?

-¿Y cómo va a ser dentro de veinte años?

- Yo me lo pregunto fuerte. Cuando Eterna Cadencia cumpla cuarenta años, si es que lo cumple, si es que llego yo para verlo, ¿se va a leer? Imaginate veinte años más de la tecnología autoeducándose para ser cada día más inteligente. Y nuestro grado de dispersión, ¿cómo va a ser? Para mí va a ser gigantesco.

-En resumen, el problema de 2004 terminó bien.

-Esa angustia de no saber qué iba a ser de mi vida fue resuelta con creces gracias a la decisión de abrir Eterna Cadencia, sin duda. Yo estoy agradecidísimo por haber elegido esto sin querer; lo que a mí me pasó acá fue espectacular. De verdad.

-Me imagino que también te debes haber vinculado con gente muy de otros ámbitos. Venís de grandes colegios...

-Totalmente, para mí fue salir a otro mundo. Nací en una cunita de oro, si se quiere, y en la literatura no hay mucha cuna de oro. Pero, a la vez, somos todos personas, qué sé yo. A mí me nutrió un montón. Yo soy el raro en la literatura y soy el raro con mis amigos.

-A ver...

-Estoy en los dos mundos, soy el progre en el mundo de la derecha y soy el fachito en el mundo de izquierda.

-Estuve en mesas redondas acá en las que se trató con dureza a ciertas posturas y cierta gente...

-Esos son mis amigos del colegio. Y mis amigos del colegio dicen: “Ay, estos tarados, el feminismo... Y ahí están hablando de mis amigos de la literatura. Siempre viví en medio, que es raro. Con sus pros y sus contras, porque estás incómodo bastante tiempo del día.






martes, 21 de octubre de 2025

Anuncios para la Feria del Libro número 50

Con firma de Patricia Kolesnicov, el artículo que sigue, publicado el 13 de octubre en InfoBAE, da cuenta de la presentación de la edición cincuenta de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que se realizará entre el 23 de abril y el 11 de mayo de 2026.

Tres escritoras para la apertura, Perú como invitado y la emoción de tener historia: así será la Feria del Libro número 50

Señales, señales. La Feria del Libro de Buenos presentó las novedades de su edición 2025 -¡la número 50!- en la Biblioteca Nacional, es decir, un ámbito que depende de Nación, algo tal vez impensable hace un par de años, cuando entre el encuentro literario y el gobierno de Javier Milei se intercambiaban acusaciones. Pero bueno, asunto superado. Lo importante es que se lanzó la Feria y se lanzó con algunos anuncios que hacen al festejo de ese medio siglo.

Las novedades son, básicamente -lo dijo el director del evento, Ezequiel Martínez- que se renovará la página web, que cambió el logo, que habrá un pabellón dedicado a estos 50 años, que en vez de Ciudad Invitada de Honor habrá País Invitado de Honor, y ese país será Perú. Y que no habrá discurso inaugural a cargo de un escritor sino -el 23 de abril, cuando abra sus puertas- una charla entre tres autoras que vienen figurando en premios internacionales, ferias, reconocimientos: Gabriela Cabezón Cámara, Leila Guerriero y Selva Almada.

Sí, estábamos en la Biblioteca Nacional, pero ¿dónde estaba Leonardo Cifelli, el secretario de Cultura de la Nación? No en el auditorio, en cuya primera fila sí se había sentado Gabriela Ricardes, ministra de Cultura porteña. Ricardes, desde el escenario, planteó que la fecha servía para “revisar un poquitito para atrás y entender que estamos planteando, sin duda, los cincuenta años por venir”. Mirar hacia atrás para mirar hacia adelante. Y se animó a más, a pensar “el futuro promisorio de tener una Feria del Libro en una ciudad que es una capital cultural global como Buenos Aires”. Vamos al futuro, entonces: “Bienvenidos los cambios, las innovaciones, las maneras de pensar, bienvenido probar, acertar y equivocarse. Bienvenidos a hacer todo aquello que tengamos en nuestras manos para que más lectores crucen ese puente”. Y, aunque la Feria es básicamente un evento privado, organizado y sostenido por las editoriales y los lectores, la ministra dijo algo que seguramente muchos esperaban escuchar: “Vamos a estar ,como siempre, apoyando, sosteniendo, colaborando...”

Pero ¿pasaba algo que no estaba Cifelli? Desde el entorno del secretario dijeron que no, que en 2026 volverá a estar el stand de la Biblioteca y, allí, la Secretaría de Cultura. Que si en 2025 Nación invirtió 1.500 millones de pesos en el encuentro, esta vez no se quedarán atrás. Ahí estarán con un escenario móvil donde se podrá ver a los elencos estables y a artistas emergente, harán talleres de todo tipo y también charlas y visitas. El Museo Nacional Bellas Artes y el Palacio Libertad realizarán instalaciones inmersivas. Y, por supuesto, estará la CONABIP, con su programa de compra de libros, que mueve la aguja en las ventas de la Feria.

Una pareja de baile le puso clima peruano a la mañana. Y, además, Perú presentó un video en el que destacan su literatura, sus autores pero también su antigua cultura. “El sol ancestral sigue iluminando los senderos milenariamente”, decía una locutora. Claro, cómo no. Y donde decían una frase que luego mencionaría el embajador peruano, Carlos Alberto Chocano Burga: “Todas las sangres”. Una frase que, hoy en día, es un programa político. Pero también es el título de una novela de José María Arguedas.

El video recordó al prócer en común: “San Martín y otros actores de la independencia abrieron el camino hacia nuevos futuros, no solo con gestos o batallas, sino con palabras, con símbolos, con relatos, con bibliotecas.” Y habló de Vargas Llosa, claro, entre otros.

El embajador de Perú, por su parte, agregó los nombres de dos poetas, Blanca Varela y César Vallejo. Y recordó que fue José de San Martín quien creó la Biblioteca Nacional del Perú y dijo que esa biblioteca “destinada a la ilustración universal, es más poderosa que nuestros ejércitos para sostener la independencia”. Otra que batalla cultural.

Finalmente habló Christian Rainone, el dueño de casa, el presidente de la Fundación El Libro. Quien, como corresponde, sacó pecho: “Más de un millón de visitantes cada año confirma que esta es la cita cultural más importante de la Argentina y una de las más destacadas del mundo de habla hispana".

Pero, como además de un gestor cultural Rainone es -y es sobre todo- el representante de un sector económico, aprovechó el micrófono para hacer un recordatorio: “La industria editorial enfrenta desafíos serios: el costo del papel, la escasez del papel, el peso del IVA sobre las librerías y un contexto económico muy complejo. Pero quienes trabajamos en este sector sabemos que el libro no es solo un bien económico. Es un bien cultural, social y democrático. Por eso seguiremos defendiendo políticas públicas y privadas que lo fortalezcan".

¿De qué habla? Desde la Feria se proponen hacer algo, fortalecer hábitos de lectura que tal vez no estén tan fuertes como nos gustaría. Entonces, están trabajando en crear un “chequelibro” para las escuelas, con el que los chicos que visitan el predio se puedan llevar un libro. Y algo parecido para los adultos mayores.

Aplausos, besos, augurios. En el público, editores, libreros, escritores, la gente de ese ecosistema de los libros que todos los años se encuentra durante tres semanas en la Feria del Libro: esta vez será entre el 23 de abril y el 11 de mayo. Todos listos para hacerlo de nuevo. Por vez número 50.

viernes, 7 de junio de 2024

"Ahora no hay libro que no se pueda traducir al alemán de manera extraordinaria. Pero costó diez años."

Michi Strausfeld
es agente literaria especializada en autores de Latinoamérica. Con la excusa de un reciente libro publicado, fue entrevista por Patricia Kolesnicov para Cultura InfoBAE. La bajada de la nota, publicada el día de hoy, dice:
Editó en Europa a gran parte del boom latinoamericano. Acompañó a Juan Rulfo, Tomás Eloy Martínez, Isabel Allende y Osvaldo Soriano. Ahora publica Mariposas amarillas y los señores dictadores, donde busca 'cuándo se jodió América latina'”

“Tardé siete años en publicar a Cortázar en Alemania porque no había traductores”

“El primer libro que contraté fue Rayuela, de Julio Cortázar. Y tardamos siete años en publicarlo porque no había quien lo tradujera”. Michi Strausfeld está sentada en un bar en Buenos Aires y cuenta esto sin énfasis, como si nada, en buen castellano y con un fuerte acento alemán. Es que esta señora de pelo corto y palabras precisas es parte de la historia de la literatura latinoamericana: en los 70 la vida la puso de narices frente a lo que todavía era para ella un Nuevo Mundo y ella, en vez de golpearse la nariz, se metió en ese mundo y se lo llevó al suyo, del otro lado del océano. “Me dije: ‘¿Para qué voy a seguir estudiando literatura inglesa o francesa si aquí hay todo un continente nuevo?’”

Strausfeld (1945) es una de las responsables, tal vez LA responsable de que la gran literatura latinoamericana del siglo XX haya llegado a Alemania. Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa, Tomás Eloy Martínez, Osvaldo Soriano, Isabel Allende son, simplemente, parte de su vida.

Un poco de eso, de ese camino, se trata Mariposas amarillas y los señores dictadores, el libro que poco a poco va saliendo en América latina. Y aunque hay episodios personales, allí Strausfeld va desarrollando los temas, los problemas, las marcas que atravesaron a esa generación de grandes autores que quisieron contar la historia de este continente. No es menor eso: ellos quisieron relatar de nuevo, pensar desde el siglo XX y desde sus convicciones políticas, qué pasó con estas tierras. Y Strausfeld para todo el mundo, Michiretoma estas ideas para buscar, de alguna manera, la respuesta a la vieja pregunta: ¿Cuándo fue que se jodió América latina?

La intención está clara desde el título: las mariposas aluden a Cien años de soledad, esa gran novela de Gabriel García Márquez, que Michi entiende en clave política. Y los dictadores, bueno, se entiende.

Me pareció que la idea de arranque de Mariposas... fue buscar “cuándo se jodió América Latina”. ¿Cómo aparece esa idea?
Bueno, yo quería más bien entender la Historia. Porque la historia de América Latina que nos enseñan en Europa es pobre, tenemos unos hitos y nada más. Entonces tengo mis informes de 40 años de lecturas... Nadie se acuerda de todas las novelas pero hay tres que hablan de Colón, por ejemplo. Y luego los conquistadores, la época colonial, las independencias y así para llegar a hoy. Y si me preguntas cuando se jodió América latina, yo creo que las raíces hay que buscarlas en la época colonial, porque ahí se desarrollan las estructuras que crearon los españoles y que han segmentado la desigualdad.

¿Diferentes a las que crearon los ingleses, por ejemplo?
Nunca los he comparado, pero los ingleses eran creyentes protestantes, con lo cual tú tienes que trabajar toda la vida duramente para ir al cielo. Los católicos lo llevamos un poquito más suave, así que hacemos lo menos que podemos, luego nos arrepentimos y vamos igual al cielo. Entonces hay otra ética del trabajo. Aquí llegaron españoles analfabetos -como Pizarro, analfabeto- que de repente eran dueños de un imperio. Entonces crearon una clase dominante y los de abajo eran los indígenas. Las desigualdades las crearon los españoles. Y la Iglesia, con su control. Piensa que durante tres siglos no se podían escribir libros en América Latina.

¿No?
Porque las imprentas estaban en Perú y México y estaban para imprimir la Biblia. La primera novela mexicana se publicó en mil ochocientos sesenta y pico. Los jesuitas escribían otro tipo de textos, pero no novelas. A Bogotá y a Perú, por ejemplo, llegaban libros de contrabando. Mario Vargas Llosa cuenta que El Quijote llegó en un barril de vino al Callao, al puerto de Lima.

Pero acá hubo una clase que fue a la Universidad, en el Alto Perú o en Córdoba, con algo estudiaban...
Sí, con la Biblia. En el fondo falta mucha información sobre el período colonial y pocos novelistas se han metido con esta época. Es como un hueco negro hace tres siglos ya. Y claro, luego vinieron las independencias, cambió todo. Pero que haces con un pueblo que no ha sabido, que no ha podido estudiar, que no ha podido hacer nada y de repente son independientes. Los criollos eran lo mismo que los españoles solamente nacidos en América Latina, pero hacían lo mismo.

Me interesó mucho cuando decís algo que puede ser polémico, que había elementos en la propia religión de los indígenas americanos que hizo que fuera posible que unos pocos soldados conquistaran imperios.
¡Eso fue la tragedia de México! El mito hablaba de un dios que se había ido, Quetzalcoatl. Es terrible, se había ido después de haber llevado a su pueblo a cierto bienestar. Se decía que iba a regresar desde el este y esta gente, los conquistadores, llegaba del este y además venía con caballos, o sea que ellos eran seres mitológicos. Y entonces Moctezuma les dijo “Dios, tú has vuelto a tu pueblo” Fue un malentendido, horrible. Y lo que hizo Francisco Pizarro con Atahualpa tampoco tiene nombre. Ya llevaban muchos años de guerra. La gente estaba cansada. Entonces Pizarro le pone la Biblia en la mano y Atahualpa dice “No me habla”, porque no sabía leer. Y entonces lo declaran hereje y lo mandan a morir, después de haber llenado una habitación de oro. Increíbles historias.

Sí, eso es una conquista.
Una conquista brutal. Porque, claro, eran los más pobres, venían de Extremadura, donde no tenían qué comer. Y de repente... Imagina a Hernán Cortés en el mercado de México. Pensaba que no veía bien, que estaba en un país de fábula.

También sostenés que la literatura latinoamericana estaba imbricada de política. ¿Más que otras literaturas?
Muchos autores de la segunda mitad del siglo XX verdaderamente querían contar sus historias porque sabían que nadie las conocía. Como Augusto Roa Bastos con Yo el supremo [NdelaR: Donde habla del dictador José Gaspar Rodríguez de Francia] ¿Quién había sabido algo de este señor? Bueno, las novelas de los dictadores, que son alucinantes a más no poder, pero también la cosa de esta naturaleza exuberante que no conocemos en Europa. El trópico. Saber que la lluvia de las mariposas amarillas es real. Es real. Y eso no lo cree nadie. Esto coincidía con la muerte de la novela, que había declarado la generación del 68 en Europa, que derivó en libros que eran el aburrimiento puro y duro. Y entonces de repente venía otra gente que contaba historias y las contaba con una naturalidad y una riqueza diferentes. Claro, conquistaron a los lectores. En Alemania tardamos un poquito más. Fuimos los últimos descubridores de América latina en cuanto a su literatura, cuando en Italia y Francia ya sabían mucho más. Pero no teníamos traductores suficientes. El continente nos quedaba un poquito más lejos y su literatura también.

¿Vos tuviste que ver con eso?
Mucho.

¿Y cómo llegaste a interesarte en América latina?
Había visto un documental sobre la Panamericana. La primera parte llegaba hasta Panamá y me tenía alucinada. Cinco años después venía la segunda parte. Cuando vi las imágenes de Machu Picchu dije “ahí quiero ir”. Así que no llegué por la literatura latinoamericana que en Alemania no había sino por piedras.

Entonces fuiste a Machu Picchu, fuiste a Perú y....
Conseguí una beca de tres meses con un grupo de estudiantes. Viajábamos por el país- Era el año 67. Había salido Cien años de soledad y todo el mundo hablaba de Cien años de soledad. En Perú leí a Borges, a César Vallejo. Lo básico porque yo no sabía nada. Y leí Cien años de soledad con un diccionario; no entendía ni la mitad. Y entonces me dije: “¿Para qué voy a seguir estudiando literatura inglesa o francesa si aquí hay todo un continente nuevo?” Y me metí. Después conseguí otra beca, para hacer un doctorado, y me fui a Colombia; viví dos años allí. Ahí empecé a entender mejor Cien años de soledad, que cuenta, en clave, la historia de Colombia. Tiempo después le presenté un plan de publicación a la editorial Suhrkamp y empecé a trabajar con ellos.

¿Y cómo era ese plan?
El primer libro que contraté fue Rayuela, de Julio Cortázar. Tardamos siete años en publicarlo porque no había traductor.

Es increíble porque tanto el español como el alemán son dos idiomas centrales...
Todavía no había forma. De todos modos, contraté los primeros títulos, que eran todos clásicos y recuperaba en el mercado lo que había sido publicado y ya estaba fuera de catálogo, como la obra de Juan Rulfo. Que no estaba libre pero no se publicaba más.

¿Te fue bien?
No, la colección no fue exitosa enseguida, exitosa fue después de Isabel Allende. Pero yo decía “eso es lo básico, los nombres que tienen que estar”. Roa Bastos, Carpentier... De Cortázar sólo había unos pocos cuentos mal traducidos y nada más. A (Juan Carlos) Onetti nadie lo conocía. Entonces empecé a a recuperar los clásicos que nadie conocía en Alemania e incorporé nombres como el de Manuel Puig, por ejemplo. Fue una labor muy lenta.

Me hablaste de Isabel Allende, a quien le dedicás un capítulo. Allende es una autora muy popular pero no canónica.
Yo no quería solamente publicar a los sacrosantos, quería tener al menos una novela de autor desconocido, joven, al año. Y entonces Isabel Allende fue mi descubrimiento de autora joven desconocida. El éxito de La casa de los espíritus en Alemania fue algo increíble. Salió en el 84 y se vendieron 500.000 ejemplares en tapa dura en seis meses. Y la gente me decía: “Ahora entendemos lo que es la dictadura de Pinochet”, porque también hay una lectura política de ese libro.

También publicaste a Osvaldo Soriano, otro autor muy popular.
Para mí siempre ha sido “me gusta” o “no me gusta”. Y Osvaldo Soriano me ha gustado mucho. Triste solitario y final es una bella primera novela y fue la apuesta por alguien joven, desconocido. A veces te equivocás, pero a veces das en la diana.

Y ahí ya tenías traductores.
Ya tenía traducción, y ya había salido toda una generación nueva de traductores. Ahora no hay libro que no se pueda traducir al alemán de manera extraordinaria. Pero costó diez años.

Y también conociste a los autores. ¿Cómo te llevaste con ellos?
Bueno, eso es un poco el regalo, tuve su amistad, su conocimiento, su cariño.

Hablame de alguno.
Rulfo leía muchísimo y era tan tímido... entonces soltaba recomendaciones. Y era un buen lector, excelente lector. Leía las traducciones al revés: detrás de una mala traducción, él veía el buen original, sobre todo con la literatura brasileña, sabía mucho de eso.

¿Otro?
Tomás Eloy Martínez,. Pasamos horas en el tren, viajando de lectura en lectura en Alemania, con Santa Evita. Era un contador nato y un chismógrafo nato, se deleitaba en ponerme al día de los últimos chismes. Cada cual me ayudaba un poco a su manera. García Márquez se daba cuenta de que yo no tenía idea de política y me daba clases de política. A Vargas Llosa lo he acompañado durante 40 años. Con Julio Cortázar estuve diez años, hasta que se murió. Y Octavio Paz, en fin, otro de los gigantes. No he tenido problema con ninguno de los grandes, ninguno.

Así que no se portaron como divos.
Nada, nada, nada. Vargas Llosa siempre muy cortés, muy amable, muy disciplinado. Y cuando comenzaba a contar... también era tremendo.

¿Estás siguiendo la literatura contemporánea latinoamericana?
Lo intento, pero ya no puedo leer todo. Y ahora se publica muy poco de América latina en Alemania. No sé si llegamos a diez libros entre todas las editoriales al año.

Entonces Michi Strausfeld habla de los cronistas ”la escuela formada por García Márquez y por Tomás Eloy Martínez” y habla del policial. Gustan, dice, “pero el interés ha caído mucho”.

Y sonríe y acaricia la tapa de su libro. “Y así he tenido la profesión más linda del mundo”, concluye.

Claro que sí.

viernes, 16 de agosto de 2019

Mauricio Macri dijo: "¡No se inunda más! ¡No se inunda más! ¡No se inunda más!", y nos ahogamos



Mientras el actual presidente acusa a la gente que no lo votó de la disparada del dólar (y al día siguiente se desdice y pide perdón, arguyendo haber dormido mal) y el secretario de cultura de la actual gestión, con un sentido de la oportunidad admirable, se vanagloria  de haber despedido a 1600 trabajadores de su sector, los libros, como todo en la Argentina, aumentan de precio y ponen en jaque a editores y libreros. Así se lee en sendas notas de Patricia Kolesnikov y Luciano Sáliche, publicadas en dos diarios de circulación nacional, el día de ayer.


I


El dólar y los libros:

crónica de un aumento anunciado

 

La mujer va a la librería a retirar el ejemplar que había encargado antes del fin de semana. Es lunes. Este lunes que pasó, el lunes que ya se sabe. El libro es importado, lo pidió a 1.400 pesos. En la librería le dicen que no, que lo sienten pero no: ya no hay precio, no saben cuánto vale, no.


Pero no son sólo los libros importados: la industria editorial argentina tiene sus costos atados a los del papel, que cotiza en dólares. Se mueve el dólar, se mueve el precio del papel, se mueve el valor de los libros. ¿Y no pasa nada? Pasa de todo: quizás uno compre leche cueste lo que cueste pero ¿novelas? Las ventas del sectoya cayeron, según la Cámara Argentina del Libro, entre el 35 y el 40 por ciento desde 2016. ¿Cuánto más bajarían si el precio sube? Algunos editores creen que la demanda no aguanta un aumento más.

“Todo tranquilo, todavía nada”, comentan desde una gran librería. Y así es: en estos días los editores de los grandes grupos se la pasaron de reunión en reunión y si se mira en los sitios web de venta de libros, los números no se han movido. “Hablemos el viernes”, piden en la industria. 


“Desde el lunes no hay precio de papel, los talleres gráficos no quieren trabajar, hay un parate”, explica Martín Gremmelspacher, presidente de la Cámara del Libro. “Si sigue así la gran mayoría de los editores vamos a aumentar y obviamente esto va a producir una caída en las ventas”.


¿Cuánto costarán los libros? Gremmelspacher calcula que un 20 por ciento más que ahora, si el dólar se estabiliza. Algo parecido a lo que creen en uno de los grupos internacionales que operan en el país: un libro promedio, explican, debería costar 20 dólares. Y un best seller como la última novela de Isabel Allende, Largo pétalo de mar, hoy sale 879, es decir menos de 15 verdes. Las editoriales se sostienen porque los equipos, la forma de producción, la elección de qué publicar ya se venían “optimizando”, dicen. “Hablemos el viernes”.

En este escenario, ¿se mantendrá la cantidad de títulos publicados? En otra gran casa editorial cuentan que por ahora “todo sigue igual”. Y que es así porque “septiembre, octubre y noviembre ya están en producción” y porque a comienzos de año ya habían ajustado el plan editorial para producir menos libros. Tampoco creen que se puedan acompañar los nuevos costos: “Estamos en un tope de precios”.

Tranquilos, dicen, hay que esperar a que las cosas se estabilicen. Sin embargo, en una librería de Recoleta avisan que “las distribuidoras de importados no nos están vendiendo”. Y otra de Palermo precisa: “los que traen libros de afuera ya avisaron que a partir del viernes cambian el precio, un 20 o 30 por ciento”.


“Otra vez”, repiten editores y libreros, “otra vez”, escriben por Whatsapp. Sí, ya han visto varios saltos parecidos. Un ejemplo: un libro de producción nacional como Las grietas de Jara, de Claudia Piñeiro, salía 49 pesos hace diez años, en agosto de 2009, y este miércoles -antes de que se efectivicen los aumentos- estaba a 669. Impresiona, pero no hace falta ir tan lejos: hace un año, el volumen que compila tres novelas de Emmanuel Carrère-El adversarioUna novela rusa y De vidas ajenas- salía 745 pesos. Ahora, 1.450. Y todavía no es viernes.


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II

 

“En diálogo con Infobae Cultura, editores y libreros analizaron el mercado del libro. ¿Suben los precios, en qué porcentajes, a partir de cuándo? ¿Qué lugar ocupa la materia prima –el papel, sobre todo– en esta cadena de actores? ¿Cómo repercute la devaluación del peso argentino en las novedades literarias de los próximos meses?”. Así dice la bajada de la nota que Luciano Sáliche publicó en Cultura InfoBAE en el día de ayer.

 

Cómo afecta la disparada del dólar 

a la industria editorial: 3 claves 

sobre el presente y el futuro de los libros

 

“No hay mucho que decir”, dicen todos. Si el pesimismo se hizo moneda corriente en los últimos años de la industria del libro, entonces hay que encontrar nuevas formas de caracterizar este sorpresivo escenario. Para el fin de semana que se realizaron las PASO, el dólar no superaba los $47, hasta que llegó la corrida bancaria, que aún continúa. Hoy, tras una suba del 9%, cerró en $63 pesos para la venta. En el transcurso de 2019 la moneda norteamericana acumula un incremento de 60,2%, unos treinta puntos por encima de la inflación del período. Y eso afecta el consumo. Y el mercado editorial. 

 

¿Qué ocurre con los libros, ese bien preciado y simbólico? En principio, los diversos actores oscilan entre la incertidumbre, la bronca y la resignación. Los análisis se agotan ante la cambiante coyuntura y algunos aseguran que ya ni siquiera sirve rezar. Infobae Cultura se comunicó con las grandes editoriales del país, con algunas más pequeñas, con distribuidoras de papel —la materia prima de la industria—, con librerías. La mayoría prefirió que sus diagnósticos y opiniones se publiquen sin su nombre en esta nota. Por eso, sabiendo que prima la incertidumbre, desarrollamos tres claves sobre el presente y el futuro de los libros.

El precio de los libros
A diferencia de lo que ocurre en los supermercados donde se remarcan los precios de un día para el otro, en la industria editorial existe una Ley de Precio Único, donde el valor final del libro se consensúa y se respeta en todo el país. En ese sentido, las librerías no pueden subir el precio sin consultar, lo que no quita que las editoriales puedan hacerlo. Sin embargo, si lo hacen, ¿de cuánto tendría que hacer? Eso se preguntan los editores. ¿De un 30%, 35%? ¿Alguien compraría un libro que salía $400 y ahora vale $1200? Todo indica que no.

“Si esto no nos termina de destruir, le pega en el palo”, comenta un editor. Por eso, estiman un aumento paulatino: en dos meses un 15%, o un 20% a lo sumo. Luego, más adelante, continuaría con otro incremento. Suponen, especulan. Nadie sabe qué va a ocurrir.

“Cada vez que hay una devaluación brusca, te quedás sin precios de papel, tenés que hacer malabares y ver qué mandar a imprenta. La diferencia, esta vez, es que me agarra enojado y cansado porque estamos arrastrando cuatro años de crisis”. El que habla del otro lado del teléfono con Infobae Cultura mientras camina por la calle es Carlos Díaz, director editorial de Siglo XXI. 

El acuerdo comercial entre librerías y editoriales es el sistema de consignación. Un “sistema medieval”, como lo llama otro editor. Las editoriales dejan sus libros y 180 días después cobran por el material vendido. El resto se devuelve. Eso no significa que el precio no varíe en ese tiempo, de hecho sí puede aumentar (siempre y cuando se acuerde entre ambas partes). Las editoriales liquidan a partir del precio que las librerías venden. 

Con el material importado ocurre otra cosa ya que los precios están totalmente dolarizados. Las distribuidoras son las que median entre los sellos extranjeros y las librerías. “Tenemos proveedores que incumplieron sus acuerdos. Es la primera vez que veo eso”, dice Cecilia Fanti, librera de Céspedes, en comunicación con Infobae Cultura. Y cuenta un caso: esperaba materiales acordados desde España y México con libros ilustrados para chicos. Luego de algunas vueltas, le suspendieron la transacción “hasta nuevo aviso”.

Las editoriales argentinas aún no han movido sus precios, pero sí algunas distribuidoras. “De los que pasaron nuevas listas de precios, el aumento es del 30% y es esencialmente material importado”, dice Fanti y agrega: “El fin de semana, que es el Día del Niño, vamos a disponer de menos material para ofrecer a nuestros clientes”.

El papel, la materia prima
Las papeleras trabajan con grandes cantidades. No suelen financiar a editoriales chicas y medianas, por eso estas le compran el papel directamente a la imprenta. Sólo las grandes, ante una suba del dólar sorpresiva, pueden stockearse en papel. Las pequeñas, en cambio, funcionan a partir de la financiación que les hace la propia imprenta.

En ese sentido, los editores de los grupos editoriales aseguran que tienen, ante esta suba desmedida y en continuado del dólar, un grave problema porque las papeleras se guardan sus productos porque temen, como ocurre en otras industrias, vender a un precio que al día siguiente se duplique.

“Prácticamente no tenemos precio del papel. Como es un commodity, es en dólar. Todos tienen el stock, pero no sabemos si se puede reponer”, dice Gaston Etchegaray, presidente del Grupo Planeta en el Cono Sur, en una breve entrevista telefónica con Infobae Cultura. Díaz de Siglo XXI cuenta que “las papeleras nos dicen: 'no hay precio para el papel'. O sino te lo dan en dólar, pero tampoco saben en qué dolar venderte”.

Las novedades de octubre
¿Y septiembre? Ya está todo impreso. Lo que preocupa no es lo inmediato, no es el mes que viene, sino cómo continuarán publicando de acá a fin de año. Octubre es un mes importante porque el domingo 20 es el Día de la Madre, pico en compra de libros dentro del calendario. Las grandes editoriales preparan su catálogo y las librerías agrupan a medida. Y las promociones. En este aspecto, lo mismo: incertidumbre. Las grandes editoriales continuarán publicando pero, aseguran, un poco menos. En el caso de las chicas y medianas, su cronograma es más extremista: piensan en cómo subsistir.

“Los once libros que íbamos a lanzar en septiembre confiesa Carlos Díaz, que ya están en imprenta, los distribuí en lo que va del año. En septiembre lanzaré cuatro y los otros los repartiré en el año. Hay veinte libros que saqué del plan de 2019.

“Estamos viendo día a día cómo sigue todo. Hay que ver las novedades de acá a diciembre. Por la dinámica de nuestro negocio cada mes hay novedades y si las sacamos y el mercado no responde y la gente está en otra cosa, es como que al poco tiempo el libro se pierde”, comenta Etchegaray de Planeta. “Ni hablar del parate de ventas en la calle. Y también otro tema: los derechos de autor en los libros extranjeros se modifica”.

Fanti, por su parte, cuenta que las librerías están “aguantando los golpes, hace ya más dos años. Veremos cómo se acomoda la industria y veremos qué ocurre en los 70 días que quedan hasta octubre y esperemos que no haya ningún otro salto. Pero esto… esto es un deseo”. 

 

 




viernes, 24 de mayo de 2019

La destrucción de libros como práctica editorial


El pasado 16 de mayo, Patricia Kolesnikov publicó un artículo en Clarín a propósito de la destrucción sistemática de libros llevada a cabo por las editoriales cuando no venden en el tiempo fijado la cantidad esperada. Aquí, la novelista y periodista da cuenta de las razones.

El peor final de los libros:
convertirse en papel picado

Todo empezó –o todo volvió, estas cosas vuelven– con una publicación de Alejandro Agresti –el director de películas como Buenos Aires Viceversa El viento se llevó lo que– en Facebook. Decía que su editorial, Penguin Random House, le avisaba por mail que iban a destruir los ejemplares que no habían vendido de su libro Si te digo te miento, de 2017. Unos mil sobre una edición de dosmil. “Podrían repartir esos ejemplares”, lamenta. En los comentarios muchos se asombran de que se destruyan libros. Pero es algo habitual.

“Yo los fui a buscar porque tengo espacio en casa”, dice María Rosa Lojo, autora de La princesa federal. Y porque no estoy preparada ni psicológica ni culturalmente para que se destruyen libros míos ni de otras personas. Prefiero donarlos o llevarlos a reuniones de lectores que no están en la Capital y adonde los libros no llegarían”. El día que fue, le dieron ejemplares de varios de sus títulos. Entre ellos algunos que antes habían tenido varias ediciones, como Árbol de familia o Finisterre.

“Hoy me avisaron que destruirán los 365 que les quedan de La otra playaPremio Clarín de Novela”, aporta Gustavo Nielsen como comentario a la noticia de Agresti. Muchos le dan ideas. “Hay que exigir que la editorial los tenga disponibles en recepción para que pase a buscar ejemplares quien quiera leerlos”, comenta Agresti. Serían muchos.

Nada personal, sin embargo. En una nota firmada por Gisela Antonuccio y que publicó Clarín en 2012, se presentan varias razones para que esto ocurra. Una es, sencillamente, la corrección de un mal cálculo (imprimieron de más) que no se puede sostener eternamente: el espacio es plata.

Pero ¿hace falta volverlos papel picado? ”No es rentable donarlos, representaría una gran cantidad de trabajo y de dinero. Es más barato destruirlos”, le decía entonces Pere Sureda,  que había sido responsable de la colección La Otra Orilla de la editorial Norma en España. Calculaba que en 2011 se habían destruido un millón de libros, de autores como Marcelo Cohen y Marcelo Birmajer y la nicaragüense Gioconda Belli.

También decía Sureda que es mejor no dejar libros dando vueltas como saldo porque les bajan el precio a los nuevos y perjudican la imagen del autor: las pocas ventas se lavan en casa.

Sin embargo no sólo se trata de malos cálculos. Un libro nuevo se tiene que ver. Tiene que tener presencia, ocupar lugar en los estantes de las librerías, se tiene que conseguir en las cadenas y en los sitios de culto, en la Capital y en los pueblos. Para eso hacen falta muchos ejemplares. Para eso hay que hacerlos. Después van a sobrar, ya se sabe, pero si no se hacen muchos no se venden algunos. “En palabras de la CEO de la editorial Simon & Schuster, Carolyn Reidy, (se trata de) 'el valor de generar showroom'“, explica un artículo que firma El Corcel en la página de Facebook de la librería Otras Orillas. 

Allí también cuentan que en Estados Unidos en 2015 “volvieron a los depósitos editoriales el 26% de las tiradas en tapa dura, el 20% de los tapa blanda 'finos' y el 48% de los tapa blanda baratos  que son la mayoría”, según la revista Publishers Weekly. 

“Cuando fui yo había ejemplares de Víctor Hugo Morales, de Julio Bárbaro, de periodistas deportivos, de gente híper mediática que tenía libros para retirar”, cuenta Lojo. “Pero no creo que los libros no tengan lectores, creo que tienen un destino y lo encuentran”. Lojo se llevó sus libros y puso anuncios en Facebook para dar conferencias con los temas que trabaja. “Me llaman de muchos lugares del interior y siempre puedo vender los libros y compensar tanto mi pérdida económica como mi pérdida emocional. Y encontrarme con lectores: logré darlo vuelta y resultó algo positivo. Si la editorial no se podía hacer cargo...”

Lojo analiza: hay algo en el sistema que no funciona con los autores “de catálogo”, los que tienen libros que se venden a lo largo del tiempo “y que son desplazados por la verdadera urgencia, que son las novedades”.

Hace un tiempo un editor experimentado comparaba la industria editorial con la industria láctea: un producto que tiene que estar en todas partes al mismo tiempo pero que se pudre rápido. ¿Un libro se pudre rápido? ¿No era justamente lo contrario, lo que atravesaba siglos, la trascendencia? Papel picado y lugar en los estantes. Ya lo dijo alguien por ahí: es el mercado, estúpido.