martes, 1 de septiembre de 2026
"Para mi que estaba mal traducido”
lunes, 17 de agosto de 2026
"Una universidad inglesa descubrió que el destino de su autoridad dependía de un oso ausente en el reglamento."
El oso de Byron
John Irving confesó una vez que cuando una novela suya comienza a perder impulso o amenaza con empantanarse, hace aparecer un oso. El animal altera el equilibrio de la historia y obliga a los personajes a reaccionar. La narración recupera velocidad. Resulta difícil encontrar una mejor definición del oficio de novelista: saber qué elemento inesperado necesita un relato para ponerse otra vez en movimiento. Mucho antes de que Irving descubriera ese procedimiento, Lord Byron había comprendido que un oso también podía resolver problemas fuera de la literatura.
lunes, 6 de julio de 2026
"El estilo, que elevó a algunos por encima de otros en situaciones jerárquicas, claramente patriarcales, ha sido y es replicable, y cada vez con mayor facilidad"
viernes, 6 de marzo de 2026
"El periodismo firma. Da la cara. Se equivoca en público. Pide disculpas o se hunde con su propio error"
En consonacia con la noticia publicada ayer, esta columna de Guillermo Piro, publicada en el diario Perfil, del 15 de febrero de este año.
Periodismo y contenido
Hay una confusión que se volvió costumbre, y como toda costumbre ya casi no se discute: llamar periodismo a cualquier cosa que se publique, y llamar diario a cualquier soporte. Todo es “contenido”. Un hilo, un video, un newsletter, una story, una reacción, un meme, un recorte, una opinión tibia sobre algo que pasó hace diez minutos. Contenido. Y en esa palabra cómoda, imprecisa, blanda, el periodismo se fue diluyendo como un whisky rebajado con agua de la canilla.
El periodismo –el de verdad, el que molesta– no nació para llenar espacios ni para optimizar métricas. No nació para acompañar marcas ni para generar conversación. Nació para contar lo que alguien preferiría que no se contara, algo sobre lo que George Orwell escribió una de las sentencias más incontestables de las que se tenga memoria: “Una noticia es algo que alguien no quiere que se publique. Todo lo demás son relaciones públicas”. El periodismo nació para hacer preguntas incómodas, para perder amigos, para ganarse enemigos, para bancarse llamados furiosos, cartas documento y silencios larguísimos. El contenido, en cambio, quiere caer bien. Quiere agradar. Quiere circular. Si no circula, fracasa.
El contenido es obediente. Se adapta al formato, al algoritmo, al humor del día. Si hoy rinde la indignación, se indigna. Si mañana rinde la nostalgia, se pone melancólico. El periodismo no debería rendir: debería resistir. Resistir a la simplificación, a la falsa urgencia, a la tentación del atajo. Resistir, incluso, al propio periodista cuando quiere opinar antes de entender.
El contenido suele empezar con una conclusión y después busca los datos que la confirmen. El periodismo empieza con una duda y tolera que la respuesta no cierre, no guste o no llegue nunca. El contenido se mide. El periodismo se sostiene. No porque sea romántico, sino porque es incómodo de medir, cifrar y calcular. ¿Cómo se mide una pregunta bien hecha? ¿Cómo se mide una investigación que no explotó pero dejó algo torcido para siempre?
Hay contenido brillante, ingenioso, divertido. No es un problema de calidad estética. Es un problema de función. El contenido acompaña. El periodismo interrumpe. El contenido llena el silencio. El periodismo lo crea. Donde hay demasiado contenido, no hay vacío para pensar. Todo está dicho antes de ser pensado, opinado antes de ser entendido, compartido antes de ser leído.
Además, el contenido no asume responsabilidades. Se puede borrar, editar, corregir sin dejar huella. El periodismo firma. Da la cara. Se equivoca en público. Pide disculpas o se hunde con su propio error. El contenido pasa de largo. Nadie le exige demasiado porque, total, era solo contenido.
Llamar periodismo al contenido no es un error inocente. Es una forma elegante de desactivarlo. Si todo es lo mismo, nada importa demasiado. Si todo es periodismo, el periodismo deja de existir como práctica específica, con reglas, con ética, con riesgos. Se vuelve una categoría estética, no política.
No se trata de nostalgia por una redacción llena de humo y egos, donde los periodistas escribían con dos dedos y con los pies sobre el escritorio, porque los que escribían con diez dedos y manteniendo la posición corporal correcta eran los mecanógrafos. Se trata de entender que informar no es producir, y que publicar no es investigar. Que no todo lo que aparece en una pantalla merece el mismo respeto ni goza de la misma impunidad.
El periodismo no compite con el contenido. Vive en otro lugar. Más incómodo, menos rentable, menos sexy, menos entretenido. Y por eso mismo, más necesario. Cuando el periodismo se disfraza de contenido para sobrevivir, pierde. Y cuando el contenido se hace pasar por periodismo, lo que perdemos somos nosotros.
miércoles, 13 de agosto de 2025
"Exploraciones de la inestabilidad autoral"
martes, 4 de febrero de 2025
"¿Qué política se desprende de la traducción?"
La siguiente es una columna de Damián Tabarovsky, publicada en el diario Perfil, de Buenos Aires, el pasado 5 de enero. Trata sobre el criterio de "novedad" y su evidente caducidad.
El estado del presente
Hay una frase de Marina Tsvietáieva que ya la he citado en al menos tres o cuatro artículos. Son pocos. Hay que repetirla de nuevo: “A propósito de los que supuestamente llevan un retraso de uno o tres siglos, citaré un solo ejemplo: el del poeta Hölderlin, que por los temas que trata, por sus fuentes e incluso su vocabulario, es un poeta de la antigüedad, es decir, llegó a su siglo XVIII con un retraso no de un siglo, sino de dieciocho. Hölderlin, que solamente ahora comienza a ser leído en Alemania, es decir después de que han transcurrido más de cien años, ha sido adoptado por nuestro siglo, y ciertamente no es antiguo. Tras haber llegado a su siglo con un retraso de dieciocho, se ha revelado contemporáneo de nuestro siglo XX. ¿Qué significa este milagro? Significa que en el arte es imposible llegar tarde; que no importa de qué se nutra, ni qué busque resucitar, el arte es por sí mismo avance. Que en el arte no hay retorno, que es movimiento continuo, es decir, irreversible”.
¿Cómo puede ser que un texto escrito en otra lengua, en otra época, en otro lugar, sea actual, aquí, para nosotros? Una primera respuesta es lo que podemos llamar “tentación esencialista”: los grandes textos perduran por siempre. Esta idea –que defienden autores como Harold Bloom o Steiner– es, además de conservadora, errónea. Es cierto que existen grandes textos, pequeños textos, textos mediocres. Pero siempre es el horizonte de la época el que otorga el sentido al texto, el que “decide” si lo vuelve grande o pequeño. El horizonte de la época es siempre el ahora, el presente. La tentación esencialista reposa en el mito de la sustancialidad de los textos, en que los textos cargan con un sentido que no se modifica con el tiempo. A diferencia de la mermelada, los grandes textos vendrían sin fecha de vencimiento (entre la mermelada y la literatura hay una continuidad que todavía no ha sido del todo estudiada). Pero, sobre todo, la tentación esencialista reposa en el mito del futuro. En la inteligencia del lector del futuro. En la apuesta de que lo que no se entiende en el presente en el futuro se entenderá. Como es evidente, en su tiempo no se entendió Finnegans Wake o a Raymond Roussel, y hoy son casi lugares comunes, lecturas “superadas”. ¿Por qué pensar que el lector del futuro va a ser más inteligente, culto, sensible, que el lector actual? Si los textos radicales de una época con el tiempo se vuelven triviales, es precisamente porque la lectura de ese lector del futuro se volvió trivial. Ni el pasado añorado, ni el futuro deseado. El presente es el único horizonte para la literatura y, por lo tanto, para la traducción.
Por supuesto que también hay políticas de la traducción. La ejercen las editoriales, el Estado, los traductores, los medios, la universidad. Cada una de esas instituciones marca su impronta, efectúa una potencia, y no sería demasiado difícil rastrear sus estrategias, sus conflictos, sus intereses. Porque si existe política de la traducción, eso implica que la traducción tiene un componente político. ¿Qué política se desprende de la traducción? ¿Qué política hacia la lengua, el idioma, el presente? Siempre pensé que la literatura, cuando es radical, politiza zonas del discurso que aparecen como apolíticas o políticamente neutras. Una traducción es ante todo una opinión sobre el estado del presente.
martes, 2 de julio de 2024
La reedición de un libro de Charles Bukowski
martes, 18 de junio de 2024
"Cada vez más distanciado del inglés y de la cultura que representa”
lunes, 17 de junio de 2024
"Me pregunto si una traducción tiene que ser inferior al original"
viernes, 29 de marzo de 2024
"Se escribe sin pensar en el lenguaje"
lunes, 14 de agosto de 2023
"Un equilibrio paradójico respira detrás de toda hoja en blanco"
viernes, 30 de junio de 2023
"Hace tiempo que vivimos en una lengua empobrecida y devastada"
El pasado 21 de junio, en el blog Artillería Inminente –del cual no hemos podido recabar dato alguno–, alguien subió un texto del pensador italiano Giorgio Agamben, publicado dos días antes en el sitio web de la editorial italiana Quodlibet, donde usualmente tiene una columna titualda “Una voce”. Desafortunadamente, no se consigna el nombre de quien tradujo.
Comas y llamas
A un amigo que le hablaba del bombardeo de Shanghái por los japoneses,
Karl Kraus le contestó: «Sé que nada tiene sentido si la casa se incendia. Pero
mientras sea posible, me ocupo de las comas, porque si la gente que tenía que
hacerlo se hubiera preocupado de que todas las comas estuvieran en el lugar
correcto, Shanghái no se habría incendiado». Como siempre, el chiste oculta
aquí una verdad que vale la pena recordar. Los hombres tienen su morada vital
en el lenguaje, y si piensan y actúan mal, es porque su relación con su
lenguaje está corrompida y viciada en primer lugar. Hace tiempo que vivimos en
una lengua empobrecida y devastada, todos los pueblos, como decía Scholem de
Israel, caminan hoy ciegos y sordos sobre el abismo de su lengua, y es posible que
esta lengua traicionada se esté vengando de algún modo, y que su venganza sea
tanto más despiadada cuanto más la hayan estropeado y descuidado los hombres.
Todos nos damos cuenta, más o menos claramente, de que nuestra lengua se ha
reducido a un pequeño número de frases hechas, de que el vocabulario nunca ha
sido tan estrecho y gastado, de que la fraseología de los medios de
comunicación impone su miserable norma por doquier, de que las cátedras sobre
Dante se imparten en mal inglés en las aulas universitarias: ¿cómo, en tales
condiciones, puede alguien esperar ser capaz de formular un pensamiento
correcto y actuar en consecuencia con probidad y prudencia? Tampoco es de
extrañar que quienes manejan semejante lengua hayan perdido toda conciencia de
la relación entre lengua y verdad y, por tanto, crean que pueden utilizar según
su triste beneficio palabras que ya no se corresponden con ninguna realidad,
hasta el punto de no darse cuenta de que están mintiendo. La verdad de la que
hablamos aquí no es sólo la correspondencia entre discurso y hechos, sino,
incluso antes, la memoria del apóstrofe que el lenguaje dirige al niño que
pronunció con emoción sus primeras palabras. Hombres que han perdido todo
recuerdo de esta llamada sumisa, exigente y amorosa son literalmente capaces,
como hemos visto en los últimos años, de cualquier vileza.
miércoles, 21 de junio de 2023
"La inminente proliferación de textos sin alma"
lunes, 2 de mayo de 2022
miércoles, 22 de diciembre de 2021
Pobres los periodistas culturales que sólo leen narrativa y creen que eso es toda la literatura
¿Sorprendo a alguien si señalo que entre toda esta gente que ofreció un total de 192 opiniones apenas hubo mención a 6 libros de poesía?
¿Me creerían si añado que en el caso de los libros escritos en otros idiomas no hubo ni una sola mención de traductor, como si los libros se hubiesen traducido solos, sin que nadie mediara para que quienes no saben leer en otros idiomas, pudiesen leer en castellano?
Lo primero habla a las claras de que son muy pocos los periodistas culturales que leen poesía o que siquiera la consideran literatura (lo de la literatura dramática ya es tan terrible, que se entiende perfectamente el desprecio de los dramaturgos por los suplementos culturales).
Lo segundo, en cambio, es indicativo de la torpeza de los editores a quienes probablemente no se les cruzó por la cabeza que quienes traducen son también escritores, aun cuando la Ley Noble, todavía vigente a falta de otra mejor, así los considera.
El fenómeno, claro, no es privativo de Argentina. Jonio González, un querido amigo que trabajó toda su vida en el mundo editorial, pero que además es poeta y traductor, publicó en su Facebook lo que sigue, a propósito de la misma encuesta de fin de año, esta vez realizada por el diario español La Vanguardia, de Barcelona: “El prestigioso diario La Vanguardia ha encargado a varios ‘expertos’ [sic] una selección de los mejores libros del año 2021 (véase la edición de hoy, págs. 28 y 29). Las categorías: Narrativa (en catalán y en castellano), Narrativa Traducida, Ensayo, Memorias, Crónica y ‘Libros de pandemia’ [sic]. Por supuesto, los nombres de los traductores ni se mencionan, lo que no debería sorprender, como tampoco, a estas alturas, el que no exista una categoría denominada Poesía, y ello a pesar de que este año han aparecido, por mencionar tres, Tiempo sin claves, de Ida Vitale, la Poesía esencial de Mircea Cartarescu (en traducción de Marián Ochoa), o (y perdón por el autobombo, pero es que la poeta se lo merece) Esperando mi vida, de Linda Pastan (traducida por primera vez al castellano en versiones de Rosa Lentini y un servidor). Me aburre, a estas alturas de mi vida, hacer análisis sobre algo que cada vez le importa a menos gente. Creo, o quiero creer, que los lectores de poesía no esperan los suplementos literarios (esa suerte de catálogos de supermercado de la ‘cultura’) para saber qué leer; sencillamente van a las librerías y exploran, hurgan, escarban, remueven y manosean, hasta que encuentran lo que ni sabían que buscaban, una puerta que da a otra puerta, que da a otra puerta, que da a otra puerta”.
Considerado uno de los más grandes escritores argentinos del siglo XX, Juan José Saer (me gusta recordarlo) solía decir que los narradores que no leen poesía son semi analfabetos. ¿Cómo habría juzgado a los periodistas culturales?
lunes, 25 de octubre de 2021
A propósito del poeta y traductor Henri Deluy
martes, 12 de octubre de 2021
Orígenes del mal francés: la autoficción
La autoficción se ha convertido en un fenómeno literario internacional que ha pasado a engrosar las listas de publicaciones en grandes y pequeñas editoriales. Paralelamente, ha generado que parte de la crítica literaria se haya consagrado a teorizarla o a disputarla. Convertido ya en etiqueta, el término es perfectamente reconocible por el lector avezado, aunque sus contornos parecen no estar todavía definidos.
Emanada de la tradición francesa, en su progresiva expansión han proliferado otros conceptos en su órbita, como faction, autobiografiction, autobiographical novel, fictional biography o autonovela.
Parece acabar generalizándose –quizás demasiado a la ligera– el término “autoficción” para definir aquellas obras que hibriden formas novelísticas y autobiográficas. Ante un debate complejo y las limitaciones espaciales de un artículo de estas características, trataré de ofrecer unas notas que considero de interés sobre su evolución, posibilidades, aplicaciones y controversias.
Orígenes de la autoficción
Fue en la contraportada de la novela Fils (1977), de Serge Doubrovsky, donde apareció por primera vez el término “autoficción” para designar una “ficción de acontecimientos estrictamente reales”.
Para distinguirla de formas sencillamente autobiográficas, Doubrovsky venía a completar el estudio de Philippe Lejeune sobre el pacto autobiográfico, donde afirmaba que no era posible la identificación entre el autor y el narrador-protagonista de una novela. Con esto, Doubrovsky no solo acuñó un término, sino que inauguró un debate crítico-literario encendido todavía hoy, más de cuarenta años después.
A pesar de los esfuerzos de los años sesenta por decretar la muerte del autor, la producción y publicación de las llamadas “escrituras del yo” ha conocido un desarrollo muy significativo desde la década de los setenta.
Philippe Gasparini apunta a un contexto sociocultural definido por fenómenos como el auge del psicoanálisis, la sensibilidad cultural postmoderna y el triunfo de la individualización y la globalización.
Manuel Alberca recoge también la consolidación del capitalismo globalizado, cuyos cánones dan centralidad a las identidades narcisistas y a la figura del autor, continuamente promocionada por los medios de comunicación.
Forma de experimentación e investigación
A pesar de haber hecho las delicias de la teoría literaria, la autoficción carece de una definición estable. Ana Casas explica que nace muy apegada a la autobiografía y que se consolida en los ochenta, cuando la novela coloniza el espacio autobiográfico. ¿Se trata, entonces, de una modalidad de la autobiografía o de la novela?
Parece haber consenso al considerarla una forma ambigua, entre lo factual y lo ficcional. Esto exige la negociación continua con el lector, cuya recepción del texto oscila entre la veracidad de la autobiografía y la verosimilitud de la narración. La autoficción plantea la posibilidad de proyectar una escritura del yo no necesariamente factual, de reconocer el carácter esquivo de la subjetividad y de ubicar al sujeto en un cuestionamiento perenne.
A este respecto, J.M. Coetzee sugirió en su conferencia “Truth in Autobiography” que el autobiógrafo que revela sus verdades ocultas corre el riesgo de extinguir su empresa. El Nobel sudafricano planteaba que estas narraciones deben sostener el siguiente pacto: el escritor se compromete a descubrir las verdades que se ocultan detrás de la experiencia humana pero, para ello, debe hacerlo de forma paralela al gesto de escritura.
Esta idea de descubrimiento, presente en algunas de sus novelas como Infancia (1997) o Juventud (2002), es lo que impele al autor a escribir y la que sostiene, a su tiempo, al lector en su lectura. Así, no es tan importante la autenticidad de los hechos narrados, sino el emplazamiento de la experiencia de lo real en el propio tejido narrativo.
La autoficción es, pues, un fenómeno de hibridación, de pertenencia genérica ambigua donde el juego entre veracidad y verosimilitud genera narraciones que subrayan las inconsistencias de cualquier relato del yo y serializan algunas estrategias narrativas muy sugerentes.
Un ejemplo clásico es París no se acaba nunca (2003), donde Enrique Vila-Matas escoge un género tan convencionalizado como las memorias para desafiar el proyecto realista en favor del dispositivo ficcional. En Los hechos (1988), de Philip Roth, la presencia del autor se desdibuja en beneficio de la reflexión metaliteraria. Y en Amo a Dick (1997), Chris Kraus despliega una escritura provisional para reflexionar sobre la creación artística femenina, invocando el potencial político del modo confesional.
En otras ocasiones, el gesto autoficcional viene motivado por cuestiones de investigación y negociación de sentidos históricos. De gran popularidad en las primeras décadas del presente siglo es la práctica autoficcional relacionada con la guerra civil española, la represión y la violencia de estado.
Así, podríamos debatir si incluir en la nómina autoficcional el clásico Soldados de Salamina (2001) de Javier Cercas, donde el autor se hace presente de manera no protagónica (en un gesto similar al practicado por Paul Auster o Michel Houellebecq). En la premiada Bilbao-NewYork-Bilbao (2008), Kirmen Uribe presenta una memoria intergeneracional de la guerra civil donde la historia se entreteje con elementos mitológicos, testimonios orales o los medios de comunicación. Y, en la más reciente Honrarás a tu padre y a tu madre (2018), Cristina Fallarás persigue su construcción identitaria a través de la elaboración de una genealogía que apela continuamente a silencios y vacíos de memoria.
Espacio para la imaginación política
La expansión de la autoficción ha coincidido con el creciente uso de internet como plataforma para la proliferación de escrituras del yo. Dentro de las cuestionadas literaturas digitales, los blogs personales son uno de los medios más populares a través de los cuales usuarios de todo el mundo publican sus vivencias. En contextos sociales de control estatal y censura se recurre a los blogs como espacio relativamente libre y potencialmente anónimo para la autoexpresión, la contestación política y la experimentación literaria.
Varios de sus usuarios han alcanzado el formato impreso: es el caso del egipcio Ahmed Naji, sentenciado a prisión por atentar contra la moral pública en su novela Istikhdam al-Hayah (2014), concretamente por un capítulo en primera persona con contenido sexual explícito. Significativamente, Naji tuvo que argüir que el texto fue interpretado como un discurso biográfico y no ficcional, de manera que se habían atribuido las acciones ficticias del protagonista a las de su propia vida.
Multitud de autoficciones están motivadas por la convicción del potencial colectivo de las historias individuales. Si bien en Amianto. Una storia operaia (2012) Alberto Prunetti cuenta la historia de su padre, un soldador que fallece a causa de la exposición al amianto, el subtítulo de la novela apela claramente a un sujeto colectivo: la clase obrera.
Muy particularmente, el discurso autoficcional ha sido ampliamente utilizado por mujeres escritoras, como forma capaz de visibilizar un gran rango de experiencias y subjetividades en un sistema político dominado por el patriarcado; muy en sintonía, por tanto, con la consigna de hacer de lo personal materia política. En español, novelas como La lección de anatomía (2008/2014) o Clavícula (2017) de Marta Sanz son ejemplos evidentes, al igual que obras firmadas por Cristina Rivera Garza, Gabriela Wiener o Lina Meruane.
Narcisismo neoliberal, narrativas aconflictivas
Es evidente que la autoficción ha conocido un crecimiento espectacular en los últimos años. Sin embargo, no faltan voces que alertan de la mano del mercado en la proliferación de novelas que, en definitiva, reproducen las lógicas del neoliberalismo y alimentan narrativas narcisistas del sujeto contemporáneo: discursos individualizadores vinculados a una sensibilidad abiertamente neoliberal. En el peor de los casos, el mercado literario explota el nicho de la diferencia, promoviendo la publicación en masa de narrativas de calidad cuestionable, desvirtuando el potencial político del género y, con ello, las luchas que lo acompañan.
Sin duda, además de sus posibilidades en materia de teoría narrativa, la crítica literaria debe entregarse a estudiar este boom y el mercado que lo consagra como síntoma del triunfo del individualismo alienante y la ideología adulterada.





