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viernes, 1 de octubre de 2010

Un traductor elogia a otro traductor

Según señala la bajada que acompaña el artículo que firma Guillermo Piro en el suplemento cultural del diario Perfil, del domingo 27 de septiembre pasado, "la editorial Edhasa acaba de relanzar una ya clásica traducción de El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (foto), a cargo del traductor argentino Ricardo Pochtar, sin duda la mejor existente. Guillermo Piro, traductor del mismo libro, asegura en este artículo que la renuencia de un traductor a recurrir a las notas al pie es signo evidente de que se ha tomado su trabajo en serio".

 Contra las notas al pie

Hay una excelente traducción de El Gatopardo y no es la mía. Contra lo que las leyes del autobombo reclaman, quiero dejar constancia a los lectores desorientados que deberían evitar por todos los medios cualquier otra traducción de El Gatopardo que no fuera la traducida por Ricardo Pochtar, y que ahora acaba de relanzar Edhasa. Es un libro bello, tiene tapa dura, un prefacio de Gioacchino Lanza Tomasi –primo lejano de Giuseppe Tomasi di Lampedusa– y, sobre todas las cosas, no está traducido por mí.

No suelo ser tan generoso con la obra de otros traductores, más bien todo lo contrario. Creo que, salvo alguna excepción perdida por ahí, los españoles aún no han aprendido a traducir. No es que lo hagan mal, es que durante los años de dictadura franquista se nutrieron de las traducciones made in Argentina y un buen día se encontraron dispuestos y disponibles a encargarse ellos de un trabajo que no saben hacer –y que a este paso no aprenderán nunca–. No traducen para un solo país. No traducen para una sola ciudad. Traducen para una sola calle.

Pochtar es otra cosa. Para empezar es argentino y poeta. Nació en Buenos Aires en 1942 y en 1976 se trasladó a España. Estudió Filosofía en la Argentina y en Francia. Traductor del francés, inglés e italiano, publicó versiones del Zibaldone dei pensieri de Giacomo Leopardi y de El nombre de la rosa de Umberto Eco, entre muchas otras. La última noticia que tengo de él es que reside en Gijón, Asturias.

Si a esta altura hiciera falta escribir acerca de por qué es fundamental leer El Gatopardo significaría que la historia no sirve para nada. Es una novela que podría considerarse “histórica” –no es el momento de discutir eso, pero digamos que es una novela histórica– ambientada en la época del desembarco de Garibaldi en Marsala. Fabrizio, el príncipe de Salina, asiste entonces a la ruina de su propio linaje y a la aparición de una nueva clase social. Como la mayoría de las mejores novelas su trama puede resumirse así, en tres líneas. Pero no es de El Gatopardo propiamente dicho de lo que quiero hablar, sino de la traducción de Ricardo Pochtar.

Como todo buen traductor, Pochtar odia las notas al pie. No las notas al pie de las ediciones críticas, sino específicamente las notas del pie del traductor. Para un verdadero traductor son confesiones de debilidad, confirmación de que hay cosas con las que no han podido lidiar, rendiciones, derrotas. En un pequeño ensayo ("La traición del traductor", publicado por la revista digital Critica.cl) el propio Pochtar lo dice con estas palabras: “Odio las notas del traductor porque recuerdan su injerencia entre el lector y el autor: rompen la ilusión, incluso la del propio traductor, que se sueña invisible… Parecen, son –creo– nimiedades, pero pequeñeces como éstas pueden quitarle el sueño al traductor”. Para leer una buena traducción de cualquier cosa hay que evitar como la peste las traducciones españolas y las traducciones provenientes de cualquier parte del globo excedidas de notas al pie. La tarea del traductor consiste justamente en traducir y desaparecer de la escena, no en estar continuamente presente haciéndonos partícipes de sus dudas y problemas.

En un momento de la novela, Fabrizio sale de caza en compañía de don Ciccio, y éste le confiesa ciertas cosas “difíciles de tragar” (no vale la pena extenderse en eso). En italiano existe una expresión, inghiottire il rospo, que en el español rioplatense es fácilmente traducible por “tragarse el sapo”. El príncipe de Salina se “traga el sapo”, entendido en un sentido más literal del habitual. Esta es mi traducción: “Don Fabrizio se sintió invadido por una gran emoción: el sapo había sido engullido: la cabeza y los intestinos masticados descendían ya por la garganta; quedaban por masticar todavía las patas, pero eso era nada comparable con esto: lo peor había pasado. (…) Los huesitos del sapo habían sido más desagradables de lo previsto; pero, en suma, también habían sido tragados”.

Hasta ahora hablé de Pochtar y de mí, pero hay alguien más de quien es menester hablar. Se trata del otro traductor de El Gatopardo, Fernando Gutiérrez. Las ediciones de la obra de Lampedusa pululan, se multitplican, pero las traducciones existentes se reducen a tres: la de Pochtar, la de Gutiérrez y la mía. En la traducción de Gutiérrez el pasaje anteriormente citado es traducido literalmente, con más o menos variantes que la mía, pero (¡ay! ), lleva una nota al pie (y no es la única) que reza: “Ingiotire il rospo (‘tragar el sapo’) equivale a nuestra frase ‘hacer tripas corazón’”.

Ahora bien, en España la expresión “tragarse el sapo” no parece tener el menor sentido, y la que responde de manera más aproximada a su sentido es, en opinión de Pochtar, no “hacer de tripas corazón”, sino aquella de “tragarse la quina”. Pochtar no recurre a la nota al pie, sino que rescribe y recrea la metáfora del siguiente modo: “Don Fabrizio se sintió invadido por una profunda emoción: la quina ya estaba bebida, casi todo el contenido del frasco había pasado por la garganta; sólo quedaba un poco bajo la lengua, pero eso era nada en comparación con lo otro; lo más importante estaba hecho. (…) Las últimas gotas de quina habían resultado más asquerosas que lo previsto; pero, en definitiva, también las había tragado”.

Anthony Grafton, en Los orígenes trágicos de la erudición, sostiene que el “murmullo” de las notas al pie “es tan reconfortante como el zumbido agudo del torno del dentista”; su presencia provoca tedio (y otras cosas), y al igual que el dolor que provoca el torno, no es aleatorio sino direccional: es el costo que hay que pagar por los beneficios de la ciencia y la tecnología modernas. Grafton, genial productor de metáforas, compara a la nota al pie con el inodoro: es tan esencial a la vida civilizada como él, y como él “es un tema de mal gusto en la plática cortés y por lo general sólo llama la atención cuando se descompone”. La nota al pie suple a la credencial. En la impersonal sociedad moderna, en la que los individuos están obligados a confiar ciegamente en personas absolutamente desconocidas para obtener la mayoría de los servicios que requieren, las credenciales cumplen la misma función que antes era propia de la recomendación personal: dan legitimidad. Al igual que la jarra con agua y la exposición incoherente demuestra que el conferenciante tiene algo importante que decir, las notas al pie confieren al autor un aire de autoridad. Si el texto, entre otras cosas, está destinado a convencer, las notas al pie están destinadas a demostrar. En cierto sentido cumplen la misma función que los diplomas colgando de las paredes del consultorio del odontólogo, es decir, demuestran que el facultativo en cuestión es alguien “competente”, alguien a cuya voluntad uno puede someterse sin reparos. Son las marcas exteriores de la gracia.

La traducción que Ricardo Pochtar hizo de El Gatopardo de Lampedusa es perfecta en todas las variantes y todos los sentidos. No importa lo que cualquier traductor opte por hacer, su solución siempre es la mejor.

Hay una traducción de El Gatopardo ejemplar, que casi compite con el original. Y no es la mía.