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jueves, 14 de mayo de 2026

"A mi criterio, no hay nada en la mesa o en la silla que las haga femeninas y que haga masculinos al estuche o al vaso”

"En la presentación de su libro Don de lenguas en la Feria del Libro de Buenos Aires, el escritor sudafricano rescató una hipótesis: que nombramos las cosas en masculino o femenino porque así las veían nuestros antepasados. Su coautora, Mariana Dimópulos, lo discutió." Tal es la bajada del artículo publicado por Patricia Kolesnikov en InfoBAE, el pasado 11 de mayo.

El Nobel John M. Coetzee cuestiona si el lenguaje inclusivo es una forma de amnesia voluntaria

Algo sabía -seguro- la periodista Flavia Pittella sobre lo que el escritor John M. Coetzee -Premio Nobel de Literatura 2003- piensa sobre el papel de las márcas de género en el idioma y, por qué no, de los intentos que hace el lenguaje inclusivo para modificarlos. Algo sabía, pero no todo.

Porque este martes, en la presentación de Don de lenguas -el libro que el sudafricano escribió con la argentina Mariana Dimópulos- Pittella hizo una pregunta y la respuesta de Coetzee -o eso pareció- fue más allá.

“John -dijo la periodista- vos sugerís que el género gramatical podría codificar algo antiguo sobre cómo nuestros antepasados percibían el mundo como animado, sexuado, vivo, con fuerzas. Si eso es así, el proyecto actual de borrar el género del lenguaje equivaldría a una especie de amnesia voluntaria. ¿Quién decide lo que una lengua puede permitirse olvidar?"

Qué pregunta, ¿no? Si efectivamente las marcas de género -que Tierra sea una palabra en femenino y no en masculino- tienen que ver con una manera de ver el mundo, quién dice que es hora olvidar que alguna vez se lo vio así?. ¿O sí, ya es hora porque el pasado no pisa el futuro? Y, además, claro: en distintos idiomas la atribución de marca de género cambia...

Responde Coetzee, que creció en inglés, una lengua que no tiene género: “Aludes a la campaña, si podemos llamarla así, así, para limpiar el lenguaje y eliminar los aspectos innecesarios como el género. ¿Por qué debe haber género en el lenguaje? Esta cuestión ha desconcertado a los pensadores desde la antigua Grecia. La última vez que recibió una atención realmente seria por parte de los lingüistas fue hace tiempo, en el siglo XIX, cuando filólogos alemanes, influenciados por el Romanticismo alemán, argumentaron que el género en el lenguaje nos permite obtener percepciones únicas sobre cómo nuestros antepasados prehistóricos veían el mundo".

¿Por qué? ¿Cómo vinculaban los lingüistas las marcas de género con las percepciones prehistóricas? Dijo Coetzee: “Decían que en el nacimiento de las culturas humanas, nuestros antepasados veían un mundo que, hasta su nivel más profundo, era un mundo sexuado. El hecho de que en algunos idiomas un elemento sea llamado masculino y en otro idioma se le llame femenino solo indica que en esos dos idiomas, en el pasado remoto, la gente veía estos elementos sexuados del mundo de manera diferente. Así que para estos estudiosos alemanes a los que me refiero, la asignación de género a los sustantivos, por ejemplo, no era un proceso arbitrario. Al contrario, reflejaba una visión del mundo profundamente arraigada que ha sobrevivido hasta hoy en estas formas de género que ahora consideramos innecesarias“.

Las palabras, claro, no son indiferentes. Si alguna vez la manera de percibir el mundo creó una palabra, ahora la palabra también hace a nuestra manera de percibir el mundo.

“Es interesante -dijo Coetzee- que cuando se hacen experimentos con hablantes en lenguas que tienen género, se les presenta un objeto que no han visto antes y se les pregunta: ‘¿Es masculino o femenino?’, la mayoría tiende a coincidir en que tal objeto es masculino y tal otro es femenino. No digo que sea una prueba sólida, pero sí indica que en algún lugar todavía hay una percepción del género, una especie de género sexuado en el fondo de la mente de las personas. Luego preguntas quién decide qué se borrará del lenguaje. Diría que eso realmente es una cuestión política. Si en algún momento, en el futuro remoto, el español pierde el género, será por una cuestión de quién tenga el poder para imponer eso y quién tenga el poder para resistirse... no podemos predecir estas cosas".

No, una convención

Desde Berlín, donde vive, su coautora, Mariana Dimópulos, presentó otra postura. Pittella invitó: “Desde el punto de vista de una escritora y traductora principalmente al español, ¿cuál es tu mirada acerca de este punto? Es el género solo gramatical, convencional?"

“Yo tengo una mirada muy de hablante de una lengua con género gramatical”, arrancó la escritora. “Y para mí que digamos ‘la mesa’' en lugar de ‘el mesa’ en castellano es puro convencionalismo”.

Dimópulos, que también es traductora, explicó: “En términos puramente lingüísticos, a mi criterio no hay nada en la mesa o en la silla que las haga femeninas y que haga masculinos al estuche o al vaso”

En cambio, dijo para alguien como Coetzee “que ha crecido en una lengua donde ese género casi no existe, quizá resulta un posible lugar para comprobar la antigua tesis de que las lenguas naturales definen nuestro modo de ver el mundo”.

En general, dice, sobre este tema se han puesto ejemplos clásicos: “¿Vemos nosotros distinto que un alemán a la Luna y al Sol, dado que un alemán diría el luna y la sol? Bueno, yo creo que no, pero hay gente que cree que sí“.

En definitiva, dice Dimópulos, “más allá de la cuestión del convencionalismo o no, a mí me interesa pensarlo como una antiquísima pregunta en la Filosofía del Lenguaje que se mezcla con el problema de Babel, con el misterio de que la humanidad habla tantas lenguas. Se dice que hay entre seis mil y siete mil lenguas en el mundo. ¿Y qué significa eso para la humanidad como un todo cuando creemos que esa diferencia es capaz de transformar nuestra mirada sobre el mundo? ¿Nos podemos poner de acuerdo alguna vez si eso fuera verdad?"



martes, 7 de abril de 2026

Una reseña de Mercedes Álvarez sobre un libro escrito a cuatro manos por Coetzee y Dimópulos


La editorial El Hilo de Ariadna (que esta ligada a propietarios del MALBA), acaba de publicar Don de lenguas, un libro donde dialogan J. M. Coetzee y Mariana Dimópulos, escritora y traductora argentina. Otra escritora, la excelente poeta y narradora Mercedes Álvarez, hizo la reseña para la revista Ñ, del pasado 2 de abril.

Coetzee y Dimópulos: la traducción en la encrucijada

Vivimos en una época de ignorancia. Inmersos en el oscurantismo propio del momento, y en la lógica de las redes sociales, con su simplismo rayano en la imbecilidad que fomenta la permanente puesta en escena de una opinión sin contenido, nuestro pensamiento crítico se ve reducido prácticamente a nada. Por contrapartida, entonces, los intelectuales van mutando sus discursos. Frente a aquello que casi nadie abordaría, y mucho menos entendería, el ensayo ha ido adquiriendo un perfil cada vez más explicativo.

La didáctica, parece, es el signo de los tiempos. Don de lenguas, de Mariana Dimópulos y J.M. Coetzee, no está exento de ese tono. Hermenéutica al alcance de todos, podríamos decir, la premisa de este diálogo escrito parte de la traducción de El polaco de Coetzee, que Dimópulos tradujo. Entre ambos tuvieron la idea de que el original se retirara a las sombras, y las traducciones se hicieran del español y no del inglés. Es decir, que la traducción ocupara el lugar del original. El plan no tardó en fracasar. Los editores de Polonia, Francia, Japón, entre otros, se negaron a traducir del texto español.

“Si se hubiera tratado de un libro redactado en albanés y traducido al español”, escribe Coetzee, “los editores habrían estado dispuestos a dejar de lado el principio de la lengua original y habrían encargado traducciones del español, no tengo dudas. ¿Por qué el compás de espera, entonces? Respuesta: porque el ‘original’ no estaba escrito en albanés, una lengua ‘menor’, sino en inglés, una lengua ‘mayor’ y de hecho, quizás, la lengua dominante hoy”.

El resultado del experimento, a todas luces fallido, dio el puntapié a esta conversación. La centralidad de la lengua inglesa y su mercado es uno de los temas sobre los que pivota, pero de ellos se desprenden otros. Así, el diálogo pasa por diferentes instancias. La marginalidad de ambos autores, por ejemplo, respecto de la lengua materna los lleva a la reflexión sobre el papel de los Estados nación en la creación de lenguas uniformes, y la actualidad los deposita, necesariamente, en los debates relacionados con el género, lo que concatena con otro tema central: ¿Hasta qué punto la traducción puede traicionar al texto original?

¿Qué estamos leyendo en realidad cuando leemos una traducción? Coetzee trae a colación la idea de Derrida, de que pensar el texto fuente como depositario de un sentido original que puede reproducirse con fidelidad en otro idioma es un despropósito. Dimópulos no duda en ir en contra de este escepticismo, cuestionando la premisa de Derrida de terminar con la preeminencia del autor.

En concordancia con la didáctica de los tiempos que corren, concluye: “En su momento se pensó que el enfoque daría lugar a una mayor libertad social, lingüística y política. Creo que produciría exactamente el efecto contrario en el contexto actual, dado que hoy necesitamos mayor orientación que en esos días, cuando a las culturas centrales –la francesa y la alemana, por ejemplo– se las percibía como extremadamente rígidas. Yo diría que nuestra tarea es más bien la opuesta”. Palabras que, más allá de lo expuesto, no sorprenden, ya que Dimópulos es traductora de filosofía, y se la conoce por sus traducciones al español de Walter Benjamin.

Para concluir, Coetzee habla en estas páginas sobre la uniformidad de estilo que se encuentra en las traducciones de lenguas extranjeras al inglés, concluyendo que el estilo de prosa se “acomoda” para que resulte cómodo a los lectores británicos y estadounidenses. Seguramente es así, ya que en español no estamos exentos de espantosas traducciones que básicamente, suenan todas iguales. Mal de muchos. En fin. Faltaría, en estas páginas, hablar del ritmo. Porque, como expuso Henri Meschonnic, “los mismos principios que hacen que se traduzca la Biblia detestablemente hacen que se traduzca detestablemente a filósofos. Detestablemente poemas”.

Meschonnic vino a poner de relieve que la ausencia del ritmo en casi todas las traducciones de la Biblia sumen a sus lectores en la más profunda ignorancia del sentido. Hubo quien le reprochó su elitismo, a lo que él respondía: “elitista para todos”. Pero Meschonnic era un discípulo de Saussure, y un crítico de Heidegger. Nada que ver con el diálogo entre Dimópulos y Coetzee.

Así que, por no sobreimprimir al texto que nos ocupa juicios que no vienen al caso, diremos que, puestos a pensar la traducción, se pueden decir muchas cosas. El diálogo de Dimópulos y Coetzee tiene la cualidad de poner sobre la mesa, de manera amplia, debates que nos permiten pensar qué hay en juego cuando nos llega a las manos un ejemplar de un libro traducido.

martes, 18 de junio de 2024

"Cada vez más distanciado del inglés y de la cultura que representa”

Como ampliación al artículo publicado ayer, una nota de la agencia EFE, luego reproducida por Infobae Cultura, el pasado 17 de junio, donde J. M. Coetzee vuelve a reflexionar sobre la traducción y explica sus deseos de borrar de sus textos toda marca que remita a la cultura inglesa. Según el texto de la bajada, "El Nobel sudafricano, que recibió el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Murcia, reflexionó sobre las lenguas, las traducciones y se preguntó si “toda escritura tiene que pertenecer a algún lugar".

Coetzee se distancia de idioma inglés y de “la cultura que representa” por pertenecer a un “antiguo colonizador”

El escritor sudafricano John Maxwell Coetzee, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2003, aseguró este lunes que, a pesar de haber creado toda su obra en inglés, se siente “cada vez más distanciado” de esa lengua y “de la cultura que representa”. Coetzee, que este lunes recibió el título de Doctor Honoris Causa por la española Universidad de Murcia (sureste), reflexionó sobre la posibilidad de que un libro y su traducción puedan ser equiparables, sin distinguir el original del traducido.

La Universidad de Murcia, con esta distinción, reconoce su brillante trayectoria y su contribución a las letras con una obra que trasciende los límites tradicionales de los géneros literarios, según defendió su padrino en la ceremonia, el profesor José Carlos Miralles Maldonado, catedrático de Filología Clásica, y se convierte en la primera universidad española que le otorga esa distinción.

Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) hizo una reflexión sobre el papel que juegan las lenguas en el desarrollo de la persona y destacó cómo en el continente africano “la lengua de la educación, los negocios y el gobierno es, por lo general, un idioma heredado de un antiguo colonizador, normalmente el inglés o el francés”, que difiere de la lengua materna. Él mismo experimentó esa realidad en su propia familia, donde en casa se hablaba el neerlandés y el alemán, que eran las lenguas maternas de sus abuelos, y el inglés “en el mercado”.

Aunque domina ese idioma, del que ha sido profesor y en el que ha escrito toda su obra literaria, aseguró que cada vez siente más que sus libros “no ‘pertenecen’ a la lengua inglesa ni a su cultura”, como tampoco pertenecen, por ejemplo, a la lengua ni a la cultura francesa las traducciones que de ellos se hacen al francés. “A medida que envejezco, me encuentro cada vez más distanciado del inglés y de la cultura que representa”, insistió, y se preguntó si es cierto que “toda escritura tiene que pertenecer a algún lugar”.

Para contestar a esa cuestión, el autor de En medio de ninguna parte, Desgracia o Elisabet Costello, entre otras, relató cómo hizo un experimento junto a la traductora que habitualmente lleva su obra al español, Mariana Dimópulos, cuando publicó su novela corta The Pole. Entre ambos, revisaron tanto el original como la traducción para tratar de borrar “todas las huellas de pensamiento específicamente inglés, de modo que al final no pudiéramos detectar cuál era el texto original y cuál la traducción”.

El experimento, aseguró, “fracasó”, puesto que el resto de traducciones se hicieron a partir de la obra en inglés y The Pole, como el resto de sus novelas, siempre se consideró escrita en esa lengua originalmente, pero Coetzee valoró que, a nivel conceptual, ese experimento dio lugar a reflexionar sobre si es posible que la traducción de un libro pueda llegar a ser mejor que la obra original.

lunes, 17 de junio de 2024

"Me pregunto si una traducción tiene que ser inferior al original"

"El autor sudafricano será investido este lunes Doctor Honoris Causa por la Universidad de Murcia, en un reconocimiento a su carrera literaria como el que la Academia Sueca le tributó en 2003 al concederle el Nobel". Tal es la bajada de la entrevista que Pascal Vera realizara con J. M. Coetzee, publicada el 16 de junio pasado por el diario La Opinión de Murcia. Allí, entre otros temas Coetzee se refiere a la traducción. 

"El Quijote trazó una línea de demarcación entre el romance y la novela que se ha mantenido hasta nuestros días"

Aun residiendo desde hace más de veinte años en Australia, a 10.000 kilómetros de su país de origen, nunca se ha sentido John Maxwell Coetzee alejado de su Sudáfrica natal, país en el que nació hace 84 años y en el que se desarrolla buena parte de su obra. En torno a aquella tierra y sus gentes gira su narrativa. Y también, desde luego, de la problemática del apartheid, un tema vergonzoso que concitó la repulsa mundial y del que hizo el escritor un tema recurrente en su ya ingente producción literaria. De hecho, cuando en 2003 le concedieron al premio Nobel de Literatura, la Academia Sueca hizo constar que se le otorgaba por «la brillantez a la hora de analizar la sociedad sudafricana», y reconoció que «su obra está fuertemente marcada por la época del apartheid, lo que, lejos de darle carácter local, la convierte en universal».

Su repulsa a cualquier tipo de racismo convierte su vida y su obra en la de un ciudadano solidario y, como se suele decir, ‘del mundo’. Enamorado de la obra de Dostoievsky, Kafka y Pirandello, y sobre todo, del Quijote –una novela que califica de «asombrosa» por el momento tan temprano de la historia en la que está escrita–, aboga por seleccionar cuidadosamente nuestras lecturas, dado lo breve de nuestras vidas.

Luchador infatigable contra la censura, califica la tauromaquia como una «matanza ritualizada» –«¿qué otra cosa son los toros si no?»– y asegura no entender por qué el ser humano descuartiza y come animales muertos.

La soledad, el aislamiento, la vejez, la muerte… son a menudo los temas de las novelas de este escritor que posee en vida el marchamo de clásico y que mañana será investido por la Universidad de Murcia nuevo Doctor Honoris Causa, en una ceremonia en la que actuará como padrino José Carlos Miralles Maldonado, catedrático en el Departamento de Filología Clásica de la Facultad de Letras de la UMU.

–Afirma que leer en traducción será siempre una experiencia de segunda mano, sobre todo cuando el original ha sido elaborado con sumo cuidado, pero leer la traducción de una gran obra literaria siempre va a ser mejor que no leerla, ¿no?
–Me pregunto si una traducción tiene que ser inferior al original. Si es cierto que la traducción es habitualmente inferior, es porque el escritor del original pone más cuidado y atención –y también pasión– que el traductor. En el caso de mi novela más reciente, El polaco (2022), mi intención era que la traducción al español no fuera en absoluto inferior al original, y colaboré con mi traductora para conseguir este fin. Además, puedo señalar también que las traducciones al alemán de mis novelas recientes, realizadas por Reinhild Boehnke, son, en mi opinión, tan buenas como las originales.

–También afirma, con total ironía, que, después de mucha práctica, escribe buenas frases en inglés. ¿Es la experiencia requisito indispensable para la excelencia?
–Por excelencia supongo que se refiere a la excelencia como novelista. No: hay muchos novelistas buenos e incluso excelentes cuyo repertorio estilístico es limitado o que no tienen buen oído (es decir, que son sordos al potencial rítmico o musical de la prosa) o cuya prosa tiene otros puntos débiles. Los puntos fuertes de estos escritores residen en otra parte: en la composición dramática, en la perspicacia psicológica, etc.

–Ha asegurado en más de una ocasión que lamenta que el inglés se haya apoderado del mundo.
–No me opongo al uso del inglés como lingua franca en la diplomacia, el comercio o el turismo. A lo que sí me opongo es a la extinción de las llamadas ‘lenguas menores’ en favor del inglés. Me desagrada especialmente el efecto que el dominio mundial del inglés tiene en los países anglófonos, donde fomenta la creencia de que es necesario dominar una sola lengua, es decir, el inglés.

–Le quiero preguntar también por su opinión sobre la tauromaquia, ya que ha calificado las corridas de todos como «una matanza ritualizada».
–Las corridas de toros son obviamente una matanza ritualizada, ¿qué otra cosa son si no?

–En los últimos tiempos he leído cosas suyas hablando con crudeza de lo que nos permitimos hacer con los animales los seres humanos para alimentarnos.
–En cuanto a la alimentación, sigo al filósofo griego Plutarco: «Me parece extraño que los seres humanos descuarticen los cadáveres de los animales y se los coman».

–Usted es muy crítico también con la censura, con ese afán por parte del poder por silenciar distintos aspectos que no casan con su credo.
–Mi libro sobre el tema de la censura fue escrito en los años ochenta. En él hablo de los efectos de la censura del Estado en la literatura, que considero deplorables. Desde entonces, los regímenes de censura literaria han desaparecido más o menos en todo el mundo, como consecuencia de la menguante importancia de las obras literarias en la vida pública. Reconozco que esta opinión puede ser demasiado optimista, ya que en Estados Unidos existe un movimiento reaccionario que pretende impedir el acceso de los niños a escritos ‘radicales’ sobre raza y género. Esperemos que este movimiento sea efímero.

–Usted ha afirmado que Don Quijote es la novela más importante de todos los tiempos. ¿Podría decirnos qué es lo que la hace tan importante?
–Es notable que, de forma tan temprana en la historia de la novela, surgiera un autor que identificó y exploró con la mayor claridad y poder el gran tema subyacente del género: la desilusión o la ruptura de la ilusión. Cervantes trazó en el Quijote una línea de demarcación entre el romance (el género de la ilusión, o en el lenguaje de Cervantes, del «encantamiento») y la novela, una línea de demarcación que se ha mantenido hasta nuestros días.

lunes, 24 de julio de 2023

"Los poderes en la industria editorial se negaron"

El pasado 3 de julio, Sergio C. Fanjul publicó en el diario madrileño El País un artículo referido a la charla que el escritor sudafricano J. M. Coetzee y su traductora argentina Mariana Dimópulos tuvieron en el Museo del Prado, en razón de la residencia del primero en la institución. La bajada dice: "El escritor sudafricano es el primer autor, dentro de un nuevo ciclo, que está pasando tres semanas en la pinacoteca para escribir sobre la relación entre pintura y literatura".

El Nobel Coetzee se traslada al Museo del Prado: “Es imposible traducir imágenes en palabras”

En la pantalla se proyecta el cuadro San Jerónimo leyendo una carta (1627-29), de Georges de La Tour. En el lienzo San Jerónimo, vestido de rojo, se abisma sobre un papel, absorto, mientras sujeta los anteojos en la mano. Estamos intentando traducir esta imagen a palabras en un artículo periodístico y esa es precisamente la pregunta que se hace el escritor J. M. Coetzee. ¿Es posible traducir una imagen a palabras, a un bloque de texto? “La respuesta es no. Se puede encontrar una forma sustitutiva, pero no traducirla”, dice. Antes se ha proyectado el célebre cuadro sobre la construcción de la torre de Babel, de Brueguel el Viejo, tan utilizado en el sector literario. Así que ahora Coetzee se pregunta. “¿Se ha librado la imagen de la maldición de Babel?”. Y se responde: “No lo creo, la imagen puede ser más falsa que la palabra”.

El premio Nobel sudafricano de 83 años, muy bien llevados, mantuvo este jueves una charla en el Museo del Prado sobre las relaciones entre la literatura y la pintura con su traductora al español, la filósofa y escritora argentina Mariana Dimópulos. Antes de comenzar, Coetzee tuvo la cortesía de dar los agradecimientos en un español de difícil traducción, ya que estamos con el tema, pero esforzado: prometió más y mejor a la próxima. La conversación fue extraña, porque fue una conversación leída, cada uno de los contertulios repitiendo las frases que llevaban impresas en un papel, lo que dio cierta sensación de ortopedia. El evento se celebraba para inaugurar el proyecto Escribir el Prado, con la colaboración de la Fundación Loewe, y transcurrió como una especie de lección de filosofía del lenguaje que recordaba a las divagaciones de Ludwig Wittgenstein o a los experimentos literarios de Georges Perec. Una de las discusiones trató sobre la posibilidad de escribir la mirada del retrato del papa Inocencio X de Velázquez. Conclusión: también es imposible.

“Necesitamos las palabras para entender las imágenes”, dijo Dimópulos. La prueba es el propio museo, donde necesitamos como mínimo las cartelas para saber lo que estamos viendo (y aunque los textos museísticos muchas veces, sobre todo en el arte contemporáneo, no sean de fácil lectura). “Las imágenes dominan cada vez más nuestro mundo, lo que puede dar a entender que las imágenes son igual de importantes que las palabras. Nuestro cerebro, de hecho, traduce constantemente entre palabras e imágenes, pero no sabemos cómo”. Coetzee quiso añadir una tercera variable a la práctica literaria: no son solo palabra e imágenes. Es también la música, la música de las frases.

El invitado confesó que se siente incómodo en idiomas que no tienen fórmulas de trato de respeto, como usted (en ingles you no diferencia entre tú y usted). Y observó algo curioso: en las historias escritas podemos saber cuando se pasa de la distancia a la intimidad, cuando se pasa del usted al yo, entre dos personajes. Pero en inglés eso no se especifica. “Quien traduce eso al español”, dijo Coetzee, “tiene que conocer bajo la superficie de la vida de los personajes, incluso más de lo que los conoce el autor, de modo que hace una aportación semiautoral”.

También contó que quería que ninguna traducción de su última novela, El polaco (Hilo de Ariadna), fuese inferior a su original en inglés. Y que, “como dueño de los derechos de autor”, pidió que todas las traducciones manasen de la traducción en español. “Pero los poderes en la industria editorial se negaron, porque es como un artículo de fe que se debe traducir del original”. A Coetzee no le cabe duda de que si este libro se hubiera escrito en una lengua “menor, por ejemplo, el albanés”, las editoriales no hubieran tenido problema en traducir del inglés. “Se hubieran saltado sus principios. ¿Por qué? Porque el inglés es, tal vez, la lengua más importante en este momento. Fui el perdedor en ese combate. Es de lamentar”.

Residencia en el Prado
Imagínese disponer de tres semanas para perderse en la contemplación de las colecciones del Museo del Prado. Si Andy Warhol se jactó de ver el museo en unos minutos, Coetzee, residente en Adelaida, Australia, se afinca en Madrid durante 21 días para “interpelar desde la imaginación narrativa” las colecciones del Museo, según informa la institución. A partir de esta estancia escribirá un texto, el primero de una colección publicada en la revista Granta que se centrará en explorar esos vínculos entre la escritura y las artes plásticas. Un buen entretenimiento cultural podrá ser, durante los siguientes días, visitar el museo para ver si uno se cruza, además de con la princesa Margarita Teresa de Austria y las meninas, con el Nobel sudafricano. Coetzee es el autor seleccionado para inaugurar el proyecto, con Valerie Miles, editora de Granta, como asesora literaria, que invitará a escritores de prestigio internacional a sumergirse en esta experiencia.

En la presentación, el exministro Javier Solana, presidente del patronato del Prado, le auguró muchas dificultades a la hora de traducir a palabras este museo. “Es una tarea compleja”, sentenció. Describió a Coetzee como un autor duro, difícil de leer, aunque de su gusto. “Casi siempre encuentro algo que tiene que ver con la vida de verdad. Creo que es un hombre que cree en el género humano. También en sus desgracias, pero con la convicción de que podemos elevarnos y dejar de sufrir en algunos momentos. De que podemos ser felices”.


lunes, 17 de octubre de 2022

Ya es costumbre: la última novela de J. M. Coetzee, publicada en castellano antes que en inglés

El pasado 3 de octubre, Adriana Lorusso publicó en la revista Noticias –donde es editora de cultura– una breve entrevista con J. M. Coetzee, a propósito de su última novela, publicada primero en castellano antes que en inglés. Según la bajada, “El escritor sudafricano ya publicó tres libros en castellano, en Buenos Aires, antes que en el mundo”.

Breve entrevista con el Nobel y una novela casi argentina

Él, Witold, es un pianista polaco que viaja por el mundo interpretando a Chopin. Ella, Beatriz, es una mujer de mediana edad, rica, miembro de una sociedad de beneficencia. Su encuentro en Barcelona será el comienzo de un romance, cruzado por los malentendidos y las traducciones incorrectas. Un amor maduro, hecho de distancia y reticencia, de entregas y rechazos que resulta mucho más profundo de lo que sus protagonistas hubieran podido imaginar. En El Polaco, el premio Nobel sudafricano, John Maxwell Coetzee, construye una historia deliciosa sobre la seducción y los relatos paralelos que se cruzan en un encuentro amoroso. Una narración ligera, con gran sentido del humor, pero tan profunda como para dejar plantada en los lectores la pregunta sobre la ficción y la verdad de los sentimientos que nos atraviesan.

La gran curiosidad de esta novela es que sale al mundo, por primera vez, en español; editada por un sello local, El Hilo de Ariadna. Y no es el primer título de Coetzee que ve la luz entre nosotros. “Mis tres libros más recientes han sido publicados en la antes que en el mundo de habla inglesa –explica vía mail a Noticias el escritor–. A través de este esquema de publicación, así como por mi asociación con la Universidad de San Martín (adonde estuvo a cargo de la Cátedra Coetzee, Literaturas del Sur), he ganado un número de lectores fieles y perceptivos en la Argentina, que conocen muy bien mi trabajo”.

Nacido en Ciudad del Cabo en 1940, Coetzee se crió entre Sudáfrica y los Estados Unidos. En los dos países fue profesor de Literatura, actividad que hoy continua ejerciendo en Australia, su país de residencia.

–¿Le preocupa lo que la traducción hace de sus libros?
–Hay teóricos que afirman que la traducción siempre es inadecuada, que el texto traducido siempre tiene un deficit comparado con el original. En mi opinión, este presunto déficit varía de un caso a otro. El déficit puede ser más grande, por ejemplo, en la poesía; pero en el tipo de prosa que yo escribo creo que la diferencia entre el original y la traducción, en manos de un buen traductor, puede ser más pequeña o directamente no existir. Hay muchos idiomas en los que trabajo muy cerca de mis traductores y creo que las versiones que producen no son, de ningún modo, inferiores al original.

–Beatriz en El Polaco es seducida por el deseo de Witold. El retrato de su reticencia es central en la novela. ¿Podemos leer allí una reflexión sobre cómo nos contamos el amor?
–Como todos sabemos, nuestras vidas eróticas nunca son simples. Los sentimientos de Beatriz hacia el hombre que se enamoró de ella son complejos, eso es lo que el libro intenta explorar.

–¿Qué tienen de usted Beatriz y Witold?
–Al crear una obra de ficción, muchas veces el autor puede aprovechar su experiencia del mundo. Algunas características de los personajes que habitan la ficción pueden ser tomadas o aún robadas de personas cuyos caminos han cruzado los del autor. En definitiva, las energías que animan a esos personajes vienen de adentro del escritor.