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viernes, 5 de septiembre de 2025

Libro ineludible de Luis Fernando Lara

Luis Fernando Lara es uno de los más destacados lingüistas mexicanos. Colabora en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México desde 1970.  Gran autoridad en lexicografía hispánica y un lúcido crítico de las academias de la lengua española, acaba de publicar El español de México, obra ofrece un panorama y una interpretación integral de la historia del castellano que se habla en su país, desde el siglo XVI hasta el XX: desde las condiciones previas a la Conquista y la conformación del Virreinato, que dieron lugar a la expansión del español por Nueva España, hasta la manera en la que la lengua fue evolucionando en el México independiente y su estado actual.

Explora el papel de las lenguas indígenas en todo ese proceso, valorando sus aportaciones, y también las varias maneras en las que los novohispanos y después los mexicanos han concebido su propia lengua. Hace una revisión somera de las principales aportaciones científicas que se han hecho en el estudio del español de México y, por último, esboza el papel del español mexicano como el polo de irradiación de la lengua, así como ante los principales efectos que puede tener en ella la globalización contemporánea. 

El volumen, de 295 páginas, fue recientemente publicado por El Colegio de México.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Una caprichosa mezcla de objetivos y criterios

Volviendo al Diccionario de americanismos, comercializado por la editorial Santillana, del cual se hablaba en la entrada del día de ayer, presentamos aquí lo que sobre éste escribió el  lingüista, investigador y académico mexicano Luis Fernando Lara. Su reseña de fue publicada en Panace@. Vol. XIII, n.o 36. Segundo semestre, 2012.

Diccionario de americanismos

El Diccionario de americanismos, dirigido por Humberto López Morales, se publicó en Lima en 2010. Obedece a un antiguo deseo de las academias de la lengua de contar con un diccionario diferencial de lo que conciben como vocabulario característico del «español de América», por contraposición al español de la Península, considerado «español general». En su preparación intervinieron muchas personas: los académicos de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) y un equipo de redacción situado en Madrid, compuesto por cerca de treinta lexicógrafos, aparte de su grupo de tecnología informática.

Para todo lector un diccionario sirve, ante todo, para facilitar la comprensión de voces que desconoce o cuyo significado, al menos, le resulta oscuro. De ahí que tengan utilidad obras en las que se ofrece una glosa aproximada del significado o una breve definición, siempre que el acervo de vocablos que contenga sea suficientemente amplio. El Diccionario de americanismos cumple con esta necesidad de sus lectores en la medida en que logra reunir cerca de 55 000 artículos correspondientes a palabras registradas, primero, en el acervo histórico de la Real Academia Española —28 000, según afirma su introducción—; después, en «casi 150 diccionarios de americanismos—generales y nacionales— publicados desde 1975 a la fecha» y otros más todavía inéditos, y también ofreciendo pequeños textos definitorios que ayudan a la comprensión de los significados.

Hace por lo menos medio siglo que varios filólogos y lingüistas hemos venido poniendo en cuestión el sentido de una obra de esta clase. Cuestionamos el planteamiento diferencial que lo sustenta, en cuanto supone que el vocabulario del «español general» corresponde, en su mayor parte, al peninsular, y dentro de éste, al que los diccionarios de la Academia Española han venido reuniendo desde hace tres siglos, en tanto que los americanismos —como también los andalucismos, murcianismos, canarismos, etc.— solo pueden constituir un vocabulario periférico, todavía marcado en muchos lugares de España e Hispanoamérica como proclive al barbarismo y siempre objeto de necesaria corrección. Si cuando se elaboró el Diccionario de autoridades, entre 1713 y 1729, no se hacía diferencia entre el vocabulario utilizado en América por peninsulares aclimatados en América, criollos y mestizos, y el utilizado por españoles en la Península, la concepción colonialista que introdujeron los borbones desde Francia, el correspondiente centralismo de Madrid y la extrema dificultad española —que persiste en gran parte de su público— para hacerse cargo de la extensión del ámbito americano y conocer su variedad cultural fueron perfilando una clara ideología, según la cual la metrópoli colonial se distingue de su periferia, tanto peninsular como americana, y, en consecuencia, las variedades del español en América solo pueden tomarse en cuenta por su particularismo, su pintoresquismo o su exotismo. De ahí que el «español general» preconizado por la Academia Española y sus satélites americanas no sea otra cosa que la manifestación de esa ideología. No se podrá hablar, objetiva y documentadamente, de un «español general» mientras no haya estudios descriptivos profundos de la realidad de la lengua española en los 20 países que la tienen como lengua nacional, estudios que las Academias no se han planteado llevara cabo y cuya necesidad ni siquiera parecen reconocer; mientras tales estudios no existan, no se puede proceder a una comparación entre todas las variedades —incluidas, por supuesto, las de España— que permitan deslindar un «español general» o «común» o «internacional», respecto del cual se reconozcan los particularismos de cada dialecto, incluidos, por supuesto, los españolismos, que claramente existen, y aquellos cuya difusión pueda realmente ser atribuida a toda América o a amplias regiones históricas americanas, que sería el caso de los americanismos.

López Morales dio a conocer en el opúsculo Diccionario académico de americanismos la «Presentación y planta del proyecto». En ella define el Diccionario de americanismos (DA) como un «diccionario dialectal —el español de América [el subrayado es mío]— y diferencial con respecto al español de España» (p. 70); de él se excluyen «términos que, aunque nacidos en América, se usen habitualmente en el español europeo (chocolate, canoa, tomate, etc.)».

El DA se presenta también como un diccionario descriptivo, en el sentido de no ser normativo. La Academia Española, en efecto, ha venido derivando de su normativismo histórico a un descriptivismo —acerca de cuyas características no parece haber reflexionado— que causa bastante confusión en una comunidad hispánica malacostumbrada al dictado académico. Como sucede con todos los diccionarios de la Real Academia, sus datos no son fruto de investigaciones amplias y rigurosas del léxico hispánico; si se piensa que los 28 000 vocablos del acervo madrileño se han venido reuniendo desde hace trescientos años, y los que provengan de los «casi 150» diccionarios consultados tienen características muy heterogéneas en cuanto a extensión, planteamiento, calidad y actualidad, es imposible considerar que se trate, en efecto, de un diccionario descriptivo, independientemente de su utilidad.

Llama la atención el modo en que su anormativismo —que sería la designación más exacta, en vez de descriptivismo— se relaciona con una extraña concepción de lo usual, definido explícitamente en relación con la frecuencia de uso de los vocablos:

Este Diccionario es usual, por lo que recoge términos —sea cual sea su significado— con gran frecuencia de uso manejados en la actualidad; también otros cuya frecuencia de uso es baja, más los que han sido atestiguados como obsolescentes […] Sin embargo, la colecta […] ha tenido que ser selectiva, dado el espacio limitado del que se disponía (p. xxxii).

Es claro que «frecuencia de uso» tiene para el DA y su director dos significados: por un lado, en lo que se refiere a la nomenclatura —o lemario, como les gusta decir a los lexicógrafos españoles—, esta debe haberse compuesto mediante una selección de datos del acervo madrileño, los diccionarios de americanismos consultados y algunas opiniones de informantes selectos en cada país hispanoamericano, que definieron su «actualidad»; la inclusión de voces «obsolescentes» contradice también ese criterio de frecuencia; por el otro, en lo que se refiere al orden de las acepciones de cada palabra, según explica López Morales en la página 80 de la «Presentación y planta»: «La frecuencia se medirá atendiendo a las cifras de hispanohablantes (no de habitantes)» de cada país americano; por la cual México, Colombia y Argentina definen lo más usual de las acepciones. Es decir, cualquier acepción de un vocablo, si se registra en México, aunque sea poco frecuente en este país, predominará sobre el resto de las acepciones de los vocablos. Una extraña multiplicación: una acepción poco frecuente en México, multiplicada por el número de sus hablantes, la vuelve más usual que cualquier acepción muy frecuente en Cuba o en El Salvador, por ejemplo. Además de que su criterio de la frecuencia es totalmente peregrino, los autores del DA no se han dado por enterados de la diferencia entre frecuencia y dispersión, un criterio elemental de la estadística lingüística: es más usual un vocablo muy usado en toda Cuba —mejor disperso—, que un vocablo apenas usado en alguna región de México —poco frecuente y mal disperso—. Sin embargo, cuando se trata de las marcas de uso regional o diatópico en cada artículo, se listan de norte a sur para «facilitar la observación de las correspondientes isoglosas léxicas»: desde los Estados Unidos de América hasta Argentina y Chile.

Así, el DA obedece a una caprichosa mezcla de objetivos y de criterios, disfrazada de razonamiento lingüístico riguroso. Si predominara el criterio legítimo de la frecuencia, la nomenclatura habría resultado muy diferente, y, cuando se trata de las acepciones de los vocablos, una agrupación por frecuencia da al traste con cualquier arreglo que permita facilitar el reconocimiento de isoglosas léxicas, pues todo orden basado en la mera frecuencia —y menos con esa idea de la frecuencia— da lugar a una extrema aleatoriedad en la comprensión de los significados. Así, por ejemplo, a danzón se le asigna como primera acepción una mexicana: «Música del danzón en compás de dos por cuatro y ritmo lento» (¡bonita circularidad de la definición!) y solo después aparece la cubana: «Baile popular parecido a la habanera»; como todos sabemos, el danzón nació en Cuba y de allí llegó a México, y basta con una buena definición del ritmo, la cadencia y la combinación de compases, unida a la nota de que es parecido a la habanera, para eliminar una acepción imprecisa y redundante, y permitir una isoglosa léxica con sentido, en vez de fragmentar el artículo en dos acepciones, ordenadas de norte a sur. Una isoglosa léxica, es decir, la línea que se puede trazar en un mapa uniendo las zonas en donde se utiliza un vocablo, no se puede restringir al significante de la palabra, sino que tiene que considerar su significado. La posible isoglosa de danzón parece corresponder a toda la cuenca del Caribe —al interior de México llegó por Yucatán— y es un fenómeno cultural más importante de lo que pueda señalar la coincidencia del significante.

Lo primero que llama la atención al abrir el diccionario es la gran cantidad de variantes, derivaciones morfológicas, significados diferentes y locuciones que enlista. Por ejemplo, a partir de arrollar, común en español, se encuentra arrollacalzones, arrollada, arrollado, arrollao. A partir de hablar, se registra hablachento, hablaculo, hablada, habladera, habladero, habladito, hablado, hablador, hablador,-a, hablaera, hablamierda, hablantín, hablantín, -a, hablantina, hablantino, -a, hablantinoso, -a, hablapaja, y 80 locuciones. Esa riqueza de datos, aunque debe manejarse con una cartesiana duda metódica, hace del DA una obra necesaria en toda biblioteca especializada en el conocimiento de la lengua española, a pesar de sus defectos.

La estructura formal del artículo, su microestructura, sigue las pautas comunes en lexicografía hispánica, por lo que es de fácil lectura. Cada artículo ofrece información de la lengua de procedencia de los vocablos, cuando se trata de orígenes amerindios o no españoles. Los verbos se citan en su forma infinitiva y se señala su funcionamiento sintáctico; de los sustantivos y adjetivos se ofrece su forma canónica masculina, pero seguida de la indicación de su forma femenina cuando la hay (feo, -a). Llama la atención el modo sistemático en que los nombres —sustantivos y adjetivos— dan lugar a entradas homónimas, en que se separa, por ejemplo, movida y movido,-a. Al hacerlo, movida, como sustantivo exclusivamente femenino, se separa de movido, -a que puede ser sustantivo o adjetivo, masculino o femenino. Si se atiende al significado, las acepciones agrupadas bajo I de movida comienzan por un significado mexicano: «Estrategia o maniobra que se realiza para llevar a cabo algún asunto»; sigue «Negocio sucio o ilegal» y solo aparece como tercera acepción «Movimiento que se hace de una cosa» —que sería el significado principal si se considerara una agrupación significativa de las acepciones—, porque se registró en Nicaragua —esta acepción es común en el español y, en consecuencia, tendrían que haberla dejado fuera del diccionario—. Luego aparece una acepción II: «Cita o romance secreto» y en III vuelve «Acción ilegal o inmoral», que debería formar parte de I. La acepción I.1 de movido, -a «Amante, persona con la que alguien tiene relaciones ilícitas o clandestinas» debiera haber formado parte de las acepciones de movida, y no corresponde al resto de las acepciones listadas bajo esta entrada, también dignas de consideración a partir del significado de mover. ¿No habría sido más correcto, semánticamente hablando, hacer un solo artículo movido, -a y englobarlas todas? En particular, la acepción I.1 de movido, -a atribuida a México hace suponer que un amante masculino es un movido, lo cual es falso. Este tipo de organización homonímica produce extrañamiento y muchas dudas: hablador en Costa Rica se glosa como «Habladera, palabrería»; hablador, -ra, como «Mentiroso», se registra entre otros países, también en Costa Rica. No se ve cuál habrá sido el criterio para dividir en dos homónimos.

Las acepciones se agrupan con números romanos, para mostrar la cercanía de sus significados, aunque el criterio de frecuencia los desorganice, y después con arábigos, para separarlas una por una. Cuando solo hay una acepción, parece inútil asignarle un número, lo cual consume espacio y da a la página un abigarramiento innecesario. No hay ejemplos, lo cual es un grave defecto de este diccionario, pues si ya es difícil imaginar en qué condiciones semánticas se pronuncian o se escriben los vocablos, dadas las grandes diferencias dialectales del mundo hispánico, al no haber ejemplos, el interés por comprender adecuadamente los significados de los vocablos y sus usos se ve completamente contrariado.

Para ilustrar el valor del DA haré una somera comparación entre lo que registra este diccionario y lo que registra el Diccionario de argentinismos, coordinado por Claudio Chuchuy para la colección del Nuevo diccionario de americanismos, dirigida por Günther Haensch y Reinhold Werner desde Augsburgo, al comienzo en colaboración con el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá, pero posteriormente adoptada por la Editorial Gredos de Madrid como Diccionarios contrastivos del español de América, cambiándoles el nombre y falseando el título, pues ahora el Diccionario de argentinismos (DArg) se nombra equívocamente Diccionario del español de Argentina (2000), a pesar de que no se trata de un diccionario integral del español de Argentina, como lo es el publicado por la editorial Voz Activa de Buenos Aires en 2008.

No hay duda de que han tomado en cuenta el DArg, aunque a veces sin consideración de los registros que ofrece y generalmente abreviando la información; así por ejemplo, en relajar, el significado «Causarle empalago a alguien un alimento o una bebida» no lo registra el DA en Argentina, aunque sí en Bolivia, si es que «Producir hartazgo un alimento o una bebida» es solo una formulación diferente del mismo significado; el significado argentino de «Hacer objeto a alguien de bromas o burla» (acepción II) tampoco aparece, aunque lo registra en Uruguay «Insultar, criticar o reprender duramente a alguien». No encuentro la razón para que, si el DArg ofrece una documentación, generalmente mucho más detallada en cuanto a registros dialectales y de nivel de lengua, no se integre al DA. Las diferencias en las definiciones de los significados pueden obedecer a interpretaciones diferentes de los lexicógrafos de ambos diccionarios. ¿Se puede pensar que, cuando el DA modifica su definición, lleva implícita una revisión crítica de la definición del DArg? En suri refiere a ñandú, en ñandú la descripción se abrevia —la paradoja del orden de países en el artículo lexicográfico: en México, los únicos ñandús que se conocen están en el zoológico o los vemos en algún documental; sin embargo, la marca Mx preside la definición—; luego agrega «Ar.no “hombre cubierto de plumas y colgantes que en las fiestas religiosas danza ante las imágenes en las procesiones”», e igualmente «Que no tiene dinero», acepciones que no registra el DArg; en cambio, el DA no registra el juego infantil «¿Suri me quieres comer?», ni hacer el suri, hacerse el suri. En el artículo de cachulero define «Cosa ordinaria, de mal gusto» y «Persona tosca o poco refinada» pero el DArg es más detallado: «Persona de extracción social humilde, especialmente la que es tosca y tiene poca cultura», y «Una prenda de vestir o un adorno, que revela mal gusto». En cambio, el DA no da aigüé, que registra el DArg, aunque sí ofrece achinado y cachi, que aparecen como voces afines a cachulero en el DArg.

En relación con los supuestos mexicanismos, para los cuales la mejor obra de referencia sigue siendo el Diccionario de mejicanismos de Francisco J. Santamaría (Porrúa, 1959), llama la atención que registre cabete «Cordón del zapato» en Puerto Rico y no en México, aunque lo incluya el Diccionario de mexicanismos (DM) de la Academia Mexicana (2010). En machincuepa ofrece «Voltereta, pirueta, maroma», un racimo de seudosinónimos, como lo hace el DM. Es una lástima que abrevie la definición de chipotle del DM que, aunque vaga: «Variedad de chile picante, de color rojo ladrillo, que se usa una vez secado con humo», es mejor que la del DA, tan vaga hasta volverla inútil: «Variedad de chile».

Entre la multitud de variantes que ofrece el DA destacan las formadas por variantes gráficas, por ejemplo: güilo, huilo «Tullido» en México y Nicaragua; cuitlacoche, huitlacoche, güitlacoche en México; huille, huilli en Chile; pero muchas otras son variantes festivas de vocablos, cuyo cuño social estable da lugar a dudas. Por ejemplo, registra estuche en Centroamérica como «Ataúd» y aunque señala que es popular, culto, espontáneo y festivo, lleva a uno a preguntarse si se entendería fuera de contextos festivos muy localizados; en cabús, después de su significado mexicano de «Último vagón de un tren de carga para uso de los tripulantes», asienta como metafórico un significado de «Hijo nacido tardíamente»; aquí se trata de un juego espontáneo, del cual no hay constancia de frecuencia de uso, que permita asignar ese significado al vocablo; lo mismo causa dudas estoque, que remite a estocada como «Mal aliento» en El Salvador; en Puerto Rico ¿se dirá estufa normalmente a un automóvil sin aire acondicionado? Jocho como «Hot dog» es una forma desconocida en México, aunque se haya podido decir alguna vez. Toma del DM la entrada dodge, para introducir una locución en dodge patas «A pie», que evidentemente no es una acepción de un vocablo *dodge ¡señalado como marca registrada! El DM ha seguido este procedimiento de manera irracional, y el DA lo sigue (¿o fue al revés?). En otras palabras, su afán de atenerse a lo que hayan registrado sus fuentes, sin ponerlas en tela de juicio, puede haber dado lugar a una verdadera inflación de formas y acepciones cuyo lugar más bien correspondería a estudios acerca de los juegos verbales en el mundo hispánico, en vez de darles cuño social en un diccionario.

El DA requiere una revisión crítica seria, rigurosa y con conocimiento de los métodos y los procedimientos de la lexicografía contemporánea; para los especialistas es una importante fuente de datos; para los lexicógrafos dedicados a elaborar diccionarios bilingües y los traductores a lenguas extranjeras, una obra riesgosa, pues puede inducirlos a atribuir correspondencias entre el español y las otras lenguas que no tienen sustento desde el punto de vista del cuño social de los vocablos registrados; para el público en general, una obra que sorprende por la acumulación de información que ofrece, pero que puede llevarlo a cometer errores de contexto y de cultura, si lo utiliza para dirigirse a hablantes de otros dialectos.

Bibliografía
-Academia Mexicana de la Lengua (2010): Diccionario de mexicanismos. México D.F.: Siglo XXI.
-Chuchuy, Claudio, y Laura Hlavacka de Bouzo (coords.) (1993): Nuevo diccionario de argentinismos. Tomo II de la colección Nuevo diccionario de americanismos. Santafé de Bogotá: Instituto Caro y Cuervo.
-López Morales, Humberto (2005): Diccionario académico de americanismos:presentación y planta del proyecto. Buenos Aires: Academia Argentina de Letras.
-Santamaría, Francisco J. (1959): Diccionario de mejicanismos. México D.F.: Porrúa.




martes, 30 de octubre de 2012

Para que los españoles no piensen que es sólo con ellos

Rebosante de juventud, la AML en plena sesión
Yanet Aguilar Sosa  publicó el 13 de junio pasado en El Universal, de México, el siguiente artículo donde se pone a parir a la Academia Mexicana de la Lengua. Como puede apreciarse, esto de las academias es contagioso.

Las dudas sin resolver de la AML

El lema de la Academia Mexicana de la Lengua sigue siendo el mismo con el que se estableció en 1875: “Limpia, fija y da esplendor”, igual al de la Real Academia Española (RAE), pero con una historia de acción, proyectos e impacto en la vida cultural de ninguna manera equiparable.

Contrario a la de España, la mexicana no tiene ni los recursos económicos, ni la injerencia para hacer del español un negocio; tampoco tiene los estudios ni las publicaciones de diccionarios y literatura clásica; ni la fuerza para incorporar más léxico del español mexicano al Diccionario de la Lengua Española, a pesar de que México es la nación con más hispanohablantes en el mundo. Uno de cada cuadro hablantes es mexicano.

Aunque por esa institución han pasado más de 300 estudiosos y escritores como Joaquín García Icazbalceta, Manuel Orozco y Berra, Justo Sierra, Emilio Rabasa, Luis González Obregón, Artemio de Valle-Arizpe, Antonio Caso, Federico Gamboa, Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán, entre muchos más, hasta hace poco los académicos empezaron a incidir en las decisiones que se toman en la RAE; antes no les daban ese privilegio, tampoco a los otros países de Hispanoamérica.

Sin embargo, son más los déficits que tiene esa institución. Ha producido y publicado un diccionario ambicioso, el Diccionario de mexicanos, coordinado por la académica Concepción Company Company y publicado por Siglo XXI y la UNAM, pero que desde su salida ha estado en la polémica por sus errores, que por cierto, ya serán corregidos, pues el volumen está en un proceso de “ampliación y corrección, en una edición muy severa”, a decir del director de la Academia y director de Siglo XXI, Jaime Labastida.

En lo interno, la Academia Mexicana de la Lengua también tiene pendientes, cuenta con 33 miembros, entre escritores, abogados, dramaturgos, periodistas y estudiosos de la lengua; de ellos sólo ocho son lingüistas, lexicógrafos, filólogos o gramáticos, y sólo seis son mujeres. El más antiguo de los académicos es Miguel León-Portilla –que ingresó en 1961– y el más nuevo Vicente Leñero recién ingresado el 12 de mayo. El chelista Carlos Prieto está próximo a ingresar formalmente.

Además, la Academia terminó el Diccionario español del estudiante y aunque lo entregó a la Secretaría de Educación Pública, ésta no ha dado una explicación de por qué no lo ha publicado.

Ese es un proyecto sin concreción, al igual que la gestión que han empezado para hacer del español la lengua oficial de México y la solicitud para que el gobierno mexicano firme el Convenio de Bogotá establecido en 1960, que lo obligaría a dotar a la Academia de una sede propia –su sede actual en Liverpool 76 está en comodato– y darle recursos fijos para su gestión.

Ese organismo que limpia, fija y da esplendor a la lengua, tiene una nómina anual de 9 millones de pesos, dos de los cuales son recursos etiquetados dentro del Presupuesto de Egresos de la Federación; los restantes provienen de apoyos de Conaculta y de la Fundación Pro Academia Mexicana de la Lengua.

La entidad, que está por firmar un convenio con el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas para hacer “diccionarios” y que gestiona la creación del Instituto Alfonso Reyes para que “enseñe el español hablado en México allende de nuestras fronteras”, como afirma Labastida, es cuestionada por el lingüista mexicano Luis Fernando Lara:  “¿Méritos? No le veo ninguno, creo que podemos vivir tranquilamente sin la Academia Mexicana”.

Español, gran negocio; no en México
Este idioma que hablan 441 millones de personas, que es lengua única en 18 países –en tres más es cooficial– y segundo idioma más estudiado del mundo, superado sólo por el inglés, se ha convertido en uno de los grandes negocios de España al considerarlo capital cultural intangible, pero no lo es de México.

Tal cantidad de hablantes convierten al español en una de las oportunidades de negocio más confiables de cualquier economía, lo sabe España que en 2007 reportó ingresos por 462 millones y medio de euros gracias a los extranjeros que llegaron a estudiar español; pero ese es un rubro que en México no se hace por falta de interés y de recursos.

Luis Fernando Lara, quien colabora en un libro que saldrá en Barcelona, titulado El dardo en la academia, que contendrá unas mil 400 páginas de críticas a las academias de la lengua, asegura que la Academia Española maneja muchísimo dinero y las grandes trasnacionales aprovechan su influencia para entrar en Hispanoamérica con el pretexto de la unidad de la lengua.

“El español se ha convertido en la punta de lanza de las grandes empresas españolas, al grado de que le dieron patente de corso a la Fundeu, la Fundación del Español Urgente, que es la que anda repartiendo consejos de cómo se debe escribir pero con un agravante que casi nadie a notado, que la Fundeu vende un sello de calidad”, señala Lara.

Adolfo Castañón, académico que hace unos días fue nombrado nuevo bibliotecario-archivero de la AML, asegura que en México siempre le están regateando el apoyo a las instituciones nacionales y que no se aprovecha a la Academia para capacitar a los maestros, por ejemplo, o a la sociedad en general; que no se piensa en capacitar a la gente para saber hablar, saber leer y saber escribir en su propio beneficio.

Por su parte, Jaime Labastida dice que en España la lengua está considerada un asunto de Estado y ven la lengua como un activo económico, pero México, de entrada, no tiene lengua oficial. “Si el español fuera visto como un asunto de estado la academia recibiría los recursos que le corresponden como están previstos en un convenio multilateral que fue firmado por todos los gobiernos durante el tercer Congreso de las academias, en Bogotá, en 1960”.

Sin dinero, pocos libros
El argumento al que siempre llega Jaime Labastida por la falta de acciones es “la penuria extrema” en la que trabaja la Academia; sin embargo, Luis Fernando Lara afirma que tiene que ver con que es “una corporación que no se ha metido, es muy conservadora y además parece que no les gusta entrar al debate. Los verdaderos asuntos del español es preferible que los discutamos abiertamente y entre especialistas, la lengua es un hecho público y no la podemos sustraer a un grupo de gente”.

Asegura que son muchos años para tan pocos resultados, pues si se trata de hablar de publicaciones, la Academia Mexicana sólo publica sus memorias, hizo un Índice de mexicanismos durante la gestión de José Luis Martínez y luego un primer Diccionario breve de mexicanismos hecho por Guido Gómez de Silva “igualmente malo que este segundo que sacó Concepción Company”, afirma Luis Fernando Lara, profesor e investigador de El Colegio de México.

El ensayista Adolfo Castañón asegura que “en materia de publicaciones se ha hecho lo que se ha podido en esas condiciones” y recuerda que además se han publicado anuarios; cita también la reedición que se ha hecho del Vocabulario de mexicanismos que hizo Joaquín García Icazbalceta.

“Los académicos mexicanos, también como profesionales y de manera individual, han tenido una injerencia muy fuerte en el ámbito editorial; por ejemplo en la Biblioteca del Estudiante Universitario que edita la UNAM o en la Biblioteca de autores griegos y latinos”, afirma Castañón.

Sin embargo, Luis Fernando Lara apunta que aunque la mexicana fue la segunda academia que se fundó en América, después de la colombiana, se pasó los primeros 140 años de vida sin hacer nada; acepta que hubo académicos valiosos como Joaquín García Icazbalzeta o Francisco Santamaría que publicó su Diccionario de mejicanismos, pero que incluso lo hizo antes de ser miembro de la Academia.

“O sea, son obras de personas, no como ellos dicen de la corporación. A la vez la Academia mexicana nunca ha tenido un papel importante en el estudio del español de México y tampoco ha contribuido a los debates importantes sobre el periodismo, el uso de nuevas palabras, la influencia del inglés, etcétera”, señala el investigador.

Para Jaime Labastida, la Academia ha hecho lo que ha podido: “Uno de los propósitos que tenemos ahora es constituir una comisión editorial de la Academia, claro que podríamos publicar mucho, los trabajos de los grandes académicos, muchos de los libros de García Icazbalceta que no están disponibles. Esa es una laguna que la academia puede llenar”.

Las omisiones y los pendientes
Muchos son los proyectos de Jaime Labastida al frente de la Academia, como la creación del Instituto Alfonso Reyes del cual ya ha hablado con la presidenta del Conaculta, Consuelo Sáizar. Ella está de acuerdo en que es la Academia la más adecuada para definir objetivos y estructura. “La Academia quiere contribuir, ni lo puede llevar por sí sola ni puede apropiarse de eso, no le corresponde”, dice Labastida.

Reconoce que el Instituto Cervantes enseña el español peninsular, con el acento español y la forma de construcción peninsular y que en México “deberíamos enseñar el español culto de México”, por lo cual ha propuesto la creación de ese instituto a semejanza del Cervantes de España, del Camus de Portugal, de la Alianza Francesa de Francia, el Goethe de Alemania o el Dante Alligeri de Italia.

Adolfo Castañón dice que un pendiente es lograr una página de la academia que responda a las consultas como lo hace la de la Real Academia de la Lengua; con todo, la mexicana ha respondido más de cinco mil dudas.

Aún así, Luis Fernando Lara ve faltas en la Academia Mexicana de la Lengua, por ejemplo, que no ha puesto ninguna atención a las carencias de la terminología; es decir, al estudio del vocabulario científico y técnico.

Varios estudiosos, muchos de ellos de la UNAM, han hablado de que es un problema serio el del vocabulario científico y técnico del español pues “cada país está bajo distintas influencias y entran diferentes soluciones de vocabulario llega un momento en el que nuestros científicos dicen: ‘hablar en español nos cuesta más trabajo, mejor usamos inglés’. Eso, a lo que nos va a llevar es a perder capacidad en la lengua”.

También Luis Fernando Lara cuestiona los criterios de ingreso a las academias, hay personas de muy diferentes conocimientos y no se pueden estudiar la lengua como se debe. “Para ingresar a la Academia de Medicina hay que ser médico, en cambio para ingresar a la Academia de la Lengua no hay que ser nada en particular”.

Lara asegura que la Academia Mexicana de la Lengua está a caballo entre que hay escritores y los que no son escritores; por lo tanto, su actividad siempre es “muy casuística”.

domingo, 9 de octubre de 2011

El castellano del siglo XXI es una lengua pluricéntrica y multipolar

Continuando con la polémica, en el mismo número especial de Ñ dedicado a pensar de quién es el castellano, se publicó el siguiente artículo de Luis Fernando Lara, un lingüista, investigador y académico mexicano que colabora con el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México desde 1970. Es miembro, desde el 2005, del Comité Internacional Permanente de Lingüistas (CIPL) de la Unesco y, desde marzo de 2007, de El Colegio Nacional. Además, fue el director del Diccionario del español usual en México.

Pensar la lengua del siglo XXI

Para todos nosotros, cuya lengua materna es el español, hablar o escribir es ante todo una práctica cotidiana y espontánea. Lo mismo sucede con los hablantes de otras lenguas, o con nosotros mismos, cuando aprendemos a hablar suficientemente una lengua extranjera. Practicada la lengua materna desde la más temprana niñez, no nos damos cuenta de que, conforme vamos recibiendo la lengua de nuestros padres y de la sociedad en que vivimos, vamos adquiriendo también una educación de la lengua, es decir, una manera o un conjunto de maneras de hablarla o de escribirla. La facultad de hablar una lengua, dice Noam Chomsky, es universal y natural al ser humano; sí; pero esa facultad sólo encarna, sólo se hace concreta con una lengua particular y esa lengua particular no surge sola de la cabeza de cada persona, sino que se va conformando en su aprendizaje y en su educación por una sociedad determinada. Sólo así aprendemos cómo hablar a los mayores, cómo hablar con la gente de nuestro barrio, de nuestra ciudad, de nuestra región; sólo así hacemos nuestras las tradiciones de la lengua de cultura, esa que reconocemos tanto en Cervantes y Sor Juana Inés de la Cruz, como en Sarmiento, José Hernández, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, o Rubén Darío, Ramón López Velarde y Tomás Segovia. Argentinos y mexicanos, españoles y cubanos, reconocemos en ellos nuestra misma lengua, aunque los acentos y las tonadas cambien, el vocabulario sea distinto o tengamos ciertas preferencias al formular una oración.

Tal capacidad de identificar en la variedad real una misma lengua no es efecto natural de la comunicación humana y ni siquiera de la asombrosa capacidad de comunicación que nos ofrece el mundo contemporáneo. Es resultado de una educación en la que privan dos valores sociales: el de la posibilidad de entendernos y el de la identidad –una abstracción– del español. El valor del entendimiento se gestó durante la Baja Edad Media, por el interés del rey Alfonso X “El Sabio” de Castilla, quien inauguró la prosa castellana (ciencia, jurisprudencia, historia), no para oponer el castellano a las lenguas vecinas –él mismo escribió en gallego-portugués– sino para lograr el entendimiento entre los pueblos que iban cayendo en sus manos conforme avanzaba la llamada “Reconquista” cristiana de la península ibérica. El valor de la identidad del español fue obra de Nebrija, quien la plasmó en su Gramática de 1492, y cuyo efecto se hizo sentir a lo largo de los siglos que duró la colonización española del continente americano. Fueron, en cambio, las independencias hispanoamericanas las que dieron lugar a la formación de un tercer valor social: el de la unidad de la lengua, gracias a un gramático cuya influencia se esparció por todo el continente: Andrés Bello. Preocupado sinceramente por lo que podría suceder con el español a partir del momento –casi simultáneo– en que se constituyeron nuestros países y nuestras nacionalidades hispanoamericanas, cuando hubo en América quienes, como Sarmiento o Alberdi, se preguntaron seriamente si la independencia de España no debiera implicar una total independencia lingüística, Bello escribió su gramática “para el uso de los americanos” con el objetivo de conservar una unidad de la lengua que siguiera facilitando el entendimiento entre todos los hispanohablantes. Desde entonces, el valor de la unidad de la lengua se ha impuesto sobre el valor del entendimiento –que no necesariamente es monolingüístico, como lo demuestra la obra del rey sabio– y es el que define su identidad.

Cuando en una sociedad hay necesidad y voluntad de entenderse con sociedades vecinas, la mutua inteligibilidad se construye y se aprecia: hay que pensar en lo que hacemos los hispanoamericanos cuando viajamos a Brasil, a Italia o a Cataluña: quizá no sabemos hablar portugués, italiano o catalán, pero gravitando sobre el asombroso fondo común latino, logramos darnos a entender con ellos y apreciar sus lenguas. Algo semejante hacemos cuando vemos películas españolas, argentinas, colombianas o mexicanas: obviamos las diferencias e incluso las celebramos. Cuando, en cambio, sobre el valor del entendimiento se sobrepone el valor de la identidad, nos encontramos con sociedades que se niegan a hacer el esfuerzo de entender a los demás, como a veces nos sucede en Francia. Quizá sea la identidad del francés, tan insistentemente buscada desde la época de Francisco I e incluso, exageradamente, durante los años inmediatamente posteriores a la Revolución francesa, el mejor ejemplo de lo que implica la defensa de la identidad de la lengua sobre la necesidad humana de entenderse. (Durante la Revolución se persiguió las variedades regionales francesas y se las prohibió como contrarrevolucionarias; hoy día, la cuestión de la identidad del francés parece ser el mayor obstáculo para que los francófonos de Quebec rompan la “esquizofrenia lingüística” de hablar su francés, pero tener que enseñar el francés de la Ile de France).

Algo semejante está sucediendo con el valor hispánico de la unidad de la lengua. Si la fundación de la Real Academia Española tenía como principal objetivo la celebración de la calidad de la lengua, tal como lo había mandado hacer el cardenal Richelieu para el francés casi cien años antes, desde el momento en que Bello enunció y defendió la unidad del español, la Academia se ha venido convirtiendo en guardiana de la unidad, pero una guardiana metropolitana y española, no hispánica, de un español cuya ortografía y cuyo léxico, principalmente, pretende dirigir. Así, desde mediados del siglo XIX las variedades hispanoamericanas, consideradas a priori como tendientes a la incorrección y al barbarismo, han venido subsumiéndose a la idea de que hay un “español general” definido por la Academia sobre el castellano de Madrid, principalmente, rodeado por los españoles periféricos de América (aunque así han tratado también al de Extremadura, Andalucía y Canarias). Menudean los diccionarios de americanismos (ahora piadosa y tramposamente rebautizados como “diccionarios del español de cada país” como Chile, Colombia, etc. Los únicos diccionarios verdaderos del español integral de un país son los de Argentina y México); la Real Academia presentó un nuevo Diccionario de americanismos a fines de 2010; tal obra, por bien que estuviera documentada y redactada –lo que no es el caso– no tiene por objetivo principal apreciar la variedad hispánica, sino seguir perpetuando la diferencia entre ese supuesto español general metropolitano y las diversas variedades hispanoamericanas.

La educación de la lengua en Hispanoamérica ha sufrido esa dicotomía entre el español académico, considerado como el ideal de la lengua, y los españoles que hablamos: ¿por cuánto tiempo corrigieron a los niños argentinos en la escuela para que no usaran sus imperativos mirá, subí, vení, y para que desarraigaran el voseo de su habla? ¿no fue nada menos que don Ramón Menéndez Pidal quien pensaba que si a los hispanoamericanos nos educaran “bien” podríamos aprender la diferencia castellana entre ese y zeta? ¿no fue Leopoldo Alas quien sostuvo que “los españoles son los amos del idioma”? ¿no es ahora la prensa española la que envía a Hispanoamérica sus noticias, en donde se habla de zulo y no de agujero, de paro y no de desempleo, de seísmo y no de sismo o de temblor; en donde se lee “el Real Madrid encajó tres goles del Barcelona”, que quiere decir, en español culto –he ahí la diferencia- “el Barcelona le encajó tres goles al Real Madrid”? ¿No llaman la atención las piruetas conceptuales de los libros de estilo españoles para justificar las dos preposiciones a por en “voy a por el pan” o para imponer el antietimológico leísmo (“le he visto”) al más general “lo he visto”?

Aceptada la dicotomía entre “español general” académico y “español periférico” americano, la capacidad financiera de la Real Academia, apoyada por la corona y las grandes empresas transnacionales españolas, no promueve la conservación de la unidad, sino la unificación del español, dirigida e impuesta desde España (la Fundación Español Urgente: Fundeu). Unidad y unificación no son lo mismo: la unidad ha existido siempre y con ella la variedad de la lengua, riqueza suprema de nuestras culturas nacionales; la unificación lleva a la pérdida de las diferencias culturales, que nutren al ser humano y son tan importantes como la diversidad biológica de la Tierra.

Culturas nacionales: desde que nacieron los primeros criollos, mestizos y mulatos en el continente hispanoamericano, las diferencias de colonización, las improntas que dejaron en las nacientes sociedades americanas los pueblo aborígenes, la explotación de las riquezas naturales, las redes comerciales coloniales fueron creando culturas propias, diferentes entre sí, aunque con el fondo común de la tradición española. Después de las independencias, cuando se instituyeron nuestras naciones, bajo diferentes influencias, ya francesas, ya inglesas; cuando los inmigrantes italianos, sobre todo, dieron su pauta a Argentina, Uruguay o Venezuela, esas culturas nacionales se consolidaron y con ellas su español, pues la lengua es, ante todo, constituyente. Así, el español actual de España no es sino una más de las lenguas nacionales del mundo hispánico. El español actual es el conjunto de veintidós españoles nacionales, que tienen sus propias características; ninguno vale más que otro. La lengua del siglo XXI es, por eso, una lengua pluricéntrica.

Pero además, por las mismas condiciones de la evolución y el desarrollo moderno de estas naciones, las capitales de algunas de ellas han adquirido un mayor poder de irradiación de la lengua sobre las demás, mediante su producción editorial y su producción cinematográfica, televisiva y radial: Barcelona, Bogotá, Buenos Aires, Madrid y México han sido desde el siglo XX, centros de irradiación del español; hoy hay que sumar a ellas, probablemente, Miami y Los Ángeles. Aun cuando no se disponga todavía de un estudio profundo y completo de los factores que vuelven a estas ciudades polos de irradiación, se puede afirmar su importancia en la conformación actual del español. En consecuencia, el español del siglo XXI es también una lengua multipolar.

Tales policentrismo y multipolaridad del español actual hacen de nuestra lengua un interesante complejo lingüístico como no parece encontrarse en otras lenguas del mundo, y requieren comprenderlos y tomarlos en cuenta en relación con los tres valores históricos del español: entendimiento, identidad y unidad. El policentrismo tiende a afirmar las variedades nacionales y ya se dan casos (esporádicos) de afirmaciones nacionalistas que pretenden distanciar su español en relación con los otros; la multipolaridad hace predominar las variedades nacionales de los polos de irradiación, a despecho de las demás variedades nacionales. Ambos hechos se manifiestan sobre todo en la traducción de obras en lengua extranjera, tanto literarias como científicas, así como en los doblajes y subtitulajes de películas y series de televisión. Se dan casos en que los hablantes de una variedad nacional reaccionan negativamente a las traducciones que reciben. La acción de los libros de estilo españoles, de las Academias y de la Fundeu promueve, claramente, la unificación de la lengua a partir de la variedad nacional española y sus polos de irradiación; poco a poco va creciendo la protesta en Hispanoamérica a ese afán de dirigir la unidad del español.

Hay otra solución posible: recuperar la lengua literaria, producto de su cultivo histórico desde el siglo XII. Esa lengua, que todavía se aprende en las facultades filosofía y letras, no debe considerarse como patrimonio español, sino como patrimonio de todos los hispanohablantes. En ella han escrito nuestros mejores autores: Borges y Fuentes, Sánchez Ferlosio y Arreola, García Márquez y Lezama Lima. La lengua literaria o lengua culta es sustancialmente una tradición, que renuevan los mejores hablantes de español; es una memoria educada de las mejores experiencias de la lengua, que forma la tradición culta del español. Como tradición, no es codificable; es decir, no se puede establecer una lista de “lengua correcta”, como lo pretenden los libros de estilo y la Fundeu. La lengua literaria se aprende en la lectura y en la práctica de la escritura, generalmente orientadas por un maestro,  en la escuela y en la universidad, y por lo tanto es variable; no sólo eso: se nutre de la variedad. Para que se conserve la tradición culta de la lengua no hacen falta agencias normativas dedicadas a su codificación; hace falta una educación abierta y libre.

La divergencia entre las lenguas nacionales, y la que se produce cuando los polos de irradiación se atienen, con miopía, a sus respectivas lenguas nacionales –se ve claramente en las traducciones españolas– se resuelve no imponiendo una codificación o una sola de las variedades, sino ateniéndose a la tradición culta, cuya única patria es la lengua. Que esta solución es más compleja y difícil de manejar, no hay duda, pero es mejor que el sometimiento a una variedad que se impone o a la dispersión de lenguas nacionales impermeables a las demás.

sábado, 30 de abril de 2011

Polémica alrededor de un nuevo diccionario de mexicanismos (III)

A la réplica de Concepción Company (reproducida ayer en este blog) la sucedió la contrarréplica de Luis Fernando Lara (foto), también en Letras Libres del mes de abril pasado.

Respuesta a Concepción Company

En el interés por reconocer los “mexicanismos” confluyen dos inquietudes: una, filológica, que busca conocer con la mayor profundidad posible qué vocablos y acepciones se utilizan en México de manera privativa, para descubrir corrientes léxicas ocultas que llegan de alguna región española, de las lenguas amerindias, del inglés, etc. y que se han arraigado solamente en el español de los mexicanos. El conocimiento que se obtiene así va a dar a la gran acumulación de datos que constituye la filología hispánica; es un interés científico. La otra, pública, que deriva de la educación mexicana desde el siglo xix, basada en la creencia de que el español metropolitano es el “buen español” y que el de los mexicanos está siempre expuesto a la incorrección; lo que en varios textos he llamado “conciencia del desvío”, que causa timidez, temor y sospecha de los propios usos. No solo a los mexicanos les pasa esto, sino a todos los hispanohablantes: castellanos, andaluces, extremeños, canarios, antillanos, argentinos, etc., que se educan bajo el temor a lo que censure la Academia. Esta “conciencia del desvío” se ve constantemente alimentada por una educación que no ha renovado sus concepciones de la lengua española, que otorga un valor excesivo al dictado académico y, en el caso de Hispanoamérica y la “periferia” española, no se ha convencido de que el español es tan lengua de la mayoría de los mexicanos y los demás hispanoamericanos, como de los europeos. La simple banderita española que se encuentra en internet o en las guías turísticas europeas o estadounidenses para indicar la lengua, refuerza la creencia de que el español es de los españoles y los demás no podemos tratarlo como propio. La poderosa actividad de la Real Academia Española durante los últimos años, su presencia editorial y en internet, el juego que le da la prensa, y una institución con patente de corso como es la Fundación del español urgente (Fundéu), patrocinada por el banco BBVA, han venido a renovar esa conciencia y, en realidad, a acorralar a cualquier ánimo de independencia intelectual, no solo en México, sino también en España. En estas condiciones, todo diccionario de regionalismos, como el de mexicanismos, se lee con una doble sensibilidad: la que lleva a confirmar la sospecha del desvío y la que goza ese desvío, precisamente como afirmación de una identidad mexicana.

Frente a esta situación, que es social, el autor de un diccionario de regionalismos tiene que hacerse cargo de la responsabilidad que implica la información que ofrece; por eso afirmar una identidad mexicana de la manera en que lo hace Concepción Company es, insisto, impulsar un estereotipo del mexicano que no solo no es verdadero sino tampoco conviene a nuestra educación, por cuanto refuerza la perversa “conciencia del desvío” y reduce la identidad a unos cuantos rasgos.

Pero hay que ver el Diccionario de mexicanismos también desde el punto de vista científico. Científicamente hablando, como dije antes, no hay justificación para deslindar los supuestos mexicanismos solo en comparación con la “variedad castellana” del español. Insisto en que esa “variedad castellana” no está bien estudiada; no hay, que yo sepa, un estudio siquiera comparable con el del Corpus del español mexicano contemporáneo de El Colegio de México; el Diccionario del español actual, de Manuel Seco (Ed. Aguilar) es la única obra basada en una recolección moderna de datos, pero no de la “variedad castellana” sino fundamentalmente de la prensa nacional española y de obras literarias de autores españoles, entre los que no solo hay castellanos. Por más que Company afirme que “metodológicamente, como punto de partida, parece razonable iniciar el contraste con el español europeo” y no con las demás variedades hispánicas, lo que oculta es la falta de datos de todo el ámbito hispanohablante que permitan el contraste y, en la práctica, todo se reduce a la posición académica que cree que lo que registran sus diccionarios (última edición de 2001) es el “español general” o el “español común”, que sirve como base de la comparación. He de agregar que la misma crítica vale para el reciente Diccionario de americanismos que publicó la Academia Española.

El diccionario de la Academia es una composición de aportes léxicos muy heterogéneos: arrastra todavía muchos vocablos y definiciones que provienen del Diccionario de autoridades (1734) y de otras ediciones posteriores; es por eso un diccionario pancrónico, es decir, un diccionario que, sin ser realmente histórico, mezcla vocablos y significados de diferentes épocas del español como si todos tuvieran el mismo uso en la actualidad; a la vez, ha sido siempre un diccionario selectivo y prescriptivo, orientado, como en su origen, al “uso de los buenos escritores” –a juicio de la Academia– que hasta apenas en este siglo se plantea adoptar una posición descriptiva. Como tal, nunca se ha propuesto reunir ni el vocabulario real de la “variedad castellana”, ni mucho menos el vocabulario del “español general”, es decir, de aquel que todos los hispanohablantes utilizamos sin diferencias importantes en su significado. Lo que registra corresponde, solo por coincidencia, a una parte de ese soñado “español general”. De modo que malamente puede servir, científicamente, como base de la comparación. Por ese motivo, muchos lingüistas y lexicógrafos contemporáneos consideramos que no tiene sustento el empecinamiento académico en escribir diccionarios de americanismos –incluido el de mexicanismos– mientras no haya suficientes datos de todas las variedades nacionales y regionales del español. ¿Por qué insisten las academias en ello? Porque priva la vieja distinción entre español metropolitano y español periférico o de las colonias.

Concepción Company sigue en sus trece: confunde el español de México con el mexicanismo; reconoce como “supranacionales” muchos de sus supuestos mexicanismos; si son “supranacionales” no son mexicanismos, sobre todo si se niega a considerar “mexicanismos de origen”. No tiene coartada válida, pero sorprende su argumento de que “es sabido que los seres humanos, dada la base biológica común y, por lo tanto, la común capacidad cognitiva, pueden coincidir en su concepción del mundo y en su capacidad expresiva y metafórica, y por ello hay mexicanismos que coinciden con empleos de otros países hispanoamericanos...”; supongamos que ese peregrino argumento fuera válido: si “coinciden” no son mexicanismos, pero en el fondo lo que revela es una seria falta de reflexión a propósito de la tradicionalidad de la lengua histórica. La capacidad expresiva y metafórica de todo ser humano es la misma, pero no produce esa clase de coincidencias; el léxico cambia y se ajusta a partir de su tradición histórica. Solo los colombianos llaman “agua aromática” a lo que los mexicanos llamamos “té” y, por más que nuestra creatividad léxica opere, cuando nos ofrecen un agua aromática en Colombia preguntamos qué cosa es esa; si leemos en Perú “terreno intangible”, vemos que no somos los únicos “metafísicos” en el mundo: si llamamos “materialistas” a los camiones que cargan material de construcción, los peruanos llaman “intangible” lo que no se debe tocar, lo reservado, no lo que no se puede tocar.

La “capacidad cognitiva” no alcanza para formar las mismas expresiones en cada región hispánica; hablar de esa capacidad para explicar las corrientes del vocabulario en el mundo hispánico es trivializar la cognición y desconocer la historia.

Igualmente sorprendente es su siguiente argumento: “acotar el concepto de mexicanismo a lo exclusivo de México, aunque metodológicamente es correcto, parece, conceptualmente, una posición bastante reduccionista, que conduciría a perder riqueza léxica, [etc.]”. ¿En qué quedamos? ¿Se trata de estudiar seriamente los mexicanismos, como lo pediría la filología hispánica, o de darse la oportunidad de agregar otros vocablos, que no son mexicanismos, para que su diccionario “no pierda riqueza léxica” (no la lengua real, cuya riqueza no pondrá en duda)? Su siguiente argumento ad hominem tampoco es válido: el Diccionario del español de México (dem) no afirma que el vocabulario que contiene sea mexicanismo, ni siquiera “exclusivamente mexicano”: es el español que hablamos y escribimos los mexicanos, correspondiente en su gran mayoría al uso común de la lengua española; afirmar que mesa y dormir “en cierto sentido” no son palabras del español de México supone que, cada vez que las usamos, estamos tomándolas prestadas de otro español, o que “cognitivamente” las hemos reinventado gracias a nuestra común capacidad humana, o que solo las citamos, como podríamos citar Weltanschauung o Zeitgeist. La doctora Company todavía no acaba de entender la diferencia entre un diccionario integral del español y uno de regionalismos; por eso más tarde afirma: “El dm [...] da cuenta y define el léxico del español de México.” El dem es un verdadero diccionario del español de México, el dm una confusa mezcla de datos.

Son, sin duda, español de México, pero no “mexicanismos”, por ejemplo, abocarse, usual en varios países más (v. drae, s.v. 8); cadencia ‘improvisación –ahora generalmente ya fijada– de un solista en algún momento de un movimiento de un concierto clásico (no al final necesariamente)’; erario ‘tesoro público’ (si acaso, lo mexicano será la posible redundancia: erario público); contralor (usado en Ecuador, Venezuela, Colombia, Nicaragua, etc. según la base de datos Corpus de Referencia del Español Actual –crea– de la Academia Española), cremar (usado en Argentina, Chile y Uruguay, según el mismo crea), vinícola (en el drae, nada menos, y sin marca de regionalismo), “y un largo etcétera”. No son mexicanismos strike, hot dog, hit, jeans o feeling: por lo menos strike, hit, jeans y feeling se utilizan internacionalmente y no solo en español. Sí parece, en cambio, mexicanismo derivado de una palabra inglesa cabús de cab ooze, cuyo significado es “vagón de ferrocarril que, en los trenes de carga, va a la cola del convoy...” (dem) y que hay que atribuir a la historia del ferrocarril en México, diferente de la española, la colombiana, etc. (¡no por coincidencia “cognitiva”!).

Me llama la atención que Concepción Company subtitule su defensa del Diccionario de mexicanismos “la estrecha, y a veces invisible, relación entre lengua, cultura y sociedad”, y que la comience explicándonos lo que quiere decir identidad. Me llama la atención porque sus afirmaciones a propósito de la “identidad” de los mexicanos son las más endebles de su introducción al diccionario. La identidad, según cita Company al drae, es el “conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás” (las cursivas son mías). Sin embargo, “los múltiples ángulos de la vida cotidiana, desde la vestimenta hasta la gastronomía, pasando por las relaciones económicas que se contraen entre los individuos, sus relaciones políticas y sociales, además de todas las demás manifestaciones culturales de un país”, que argumenta corresponder a la identidad, son más bien de la cultura. La identidad de una sociedad es una construcción imaginaria, largamente elaborada y criticada por el concurso de pensadores, escritores, artistas, historiadores, orientada por ciertos valores que, en el caso de México, se ha venido manifestando como un discurso tanto literario como pictórico y musical, impulsado sobre todo después de la Revolución. Desde Samuel Ramos hasta Octavio Paz y Roger Bartra, la identidad mexicana ha sido materia de discusión, a la vez que objetivo comercial, sobre todo en el cine, la televisión y la música industrial. En cambio, la cultura es el “conjunto de experiencias históricas y tradicionales, conocimientos, creencias, costumbres, artes, etc., de un pueblo o de una comunidad, que se manifiesta en su forma de vivir, de trabajar, de hablar, de organizarse, etc.” (dem, véase también la acepción 3 del vocablo en el drae, 2001). Es importante establecer esa distinción, para no caer en la confusión de Company. La cultura mexicana forma parte de las culturas hispánicas y todas ellas tienen una matriz heredada de España, pero modificada por sus propias experiencias y las influencias determinantes que han recibido; en el caso de México, de las amerindias y del inglés norteamericano. Como cultura es un abrevadero de las sociedades en cada época de su historia, es un horizonte de tradiciones y como tal no es definible de manera unilateral o mediante unos cuantos “ejes” interpretativos. La lengua es uno de los elementos centrales de la cultura; incluso se puede afirmar que la lengua es constituyente de la sociedad, pero la lengua en su conjunto, no una parte de ella; tratándose del léxico, es cultura todo el léxico, no una parte suya. Pensemos en lo que habría sido un diccionario de la lengua alemana durante el período del nazismo: la lengua alemana tenía desde muchos siglos antes vocablos como vernichtung ‘exterminación’, jude ‘judío’, zwangsarbeit ‘trabajo forzado’, führer ‘dirigente’, reich ‘reino’ y cientos más, que el nazismo utilizó para dar un sentido preciso a su discurso criminal; el hecho de que la lengua alemana dispusiera de ese léxico no lleva a pensar que los “ejes culturales” del alemán, que definen su identidad, sean el racismo, el totalitarismo y el militarismo. La perversión en el uso de la lengua alemana se debió a los nazis, no a la lengua, como no se cansaba de señalar Victor Klemperer en su paciente y angustioso estudio de La lengua del Tercer Reich. De unos cuantos cientos de palabras y todavía menos de las “pautas de lexicalización” de que habla Company, que no son otra cosa que técnicas del hablar, no se puede concluir una identidad, sea cual sea; menos se puede proclamar, como lo hizo, que sean la obsesión por el sexo, la cotidianidad de la muerte, la cortesía, el sarcasmo, la ironía y el machismo lo que caracteriza la identidad mexicana. Sexo, muerte, cortesía, sarcasmo e ironía son hechos universales; el machismo es una herencia ¿europea, cristiana?; la transgresión, que ahora nos hace el favor de resaltar, no caracteriza nuestra identidad, sino un momento del estado social en que nos ha tocado vivir. ~

viernes, 29 de abril de 2011

Polémica alrededor de un nuevo diccionario de mexicanismos (II)

El comentario de Luis Fernando Lara fue respondido también en Letras Libres (de abril de este año) por Concepción Company (foto), coordinadora del Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua.

Un diccionario a debate

El Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, más conocido como drae, define identidad en sus acepciones 2 y 3 (2001: s.v. identidad), como, respectivamente, el “Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás” y “Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás”.

La identidad, en el caso que nos ocupará, la identidad mexicana, se muestra en múltiples ángulos de la vida cotidiana, desde la vestimenta hasta la gastronomía, pasando por las relaciones económicas que se contraen entre los individuos, sus relaciones políticas y sociales, además de todas las demás manifestaciones culturales de un país. En una de esas facetas, el modo de comunicarse, la lengua, nos centraremos hoy, ya que, a través del estudio lingüístico, se pueden hacer evidentes, a la vez que matizar, aspectos culturales no fácilmente aprehensibles a primera vista. En efecto, una manera inequívoca de conocer el conjunto de rasgos propios de una colectividad, su identidad, es observar cómo se expresa y mediante qué rutinas o hábitos lingüísticos lo hace o lo ha venido haciendo por siglos. La lengua es el sistema que mejor permite acercarse, si bien nunca de manera directa, a la organización conceptual y a la visión del mundo del ser humano. Subyacente a esa organización conceptual, que es también una organización gramatical, está lo que es propio, inalienable y, por ello, identitario de un pueblo. El léxico y la gramática de un pueblo son una sedimentación de hábitos repetidos por siglos, un ritual comunicativo compartido por los individuos que integran una comunidad; la lengua es una ritualización (término y concepto surgidos en la antropología y acuñados para la lingüística por el estadounidense John Haiman), una herencia transmitida generación tras generación y recreada también en cada generación.

El artículo 1 de los Estatutos de la Academia Mexicana de la Lengua (en la página 175 de su Anuario) establece: “La Academia Mexicana de la Lengua tiene por objeto el estudio de la lengua española y en especial cuanto se refiera a los modos peculiares de hablarla y escribirla en México” (las cursivas son nuestras). El Diccionario de mexicanismos (dm a partir de aquí) de la Academia Mexicana de la Lengua (aml) (2010, Academia Mexicana de la Lengua y Siglo XXI Editores) es el primer resultado de autoría corporativa que atiende al cumplimiento de este artículo; fue realizado, bajo mi dirección, en el seno de la Comisión de Lexicografía de la aml y un buen número de aspectos lexicográficos, además de voces y significados, fue planteado y discutido en las sesiones plenarias.

Antes de mostrar cómo el dm hace evidente la estrecha relación entre lengua, cultura y sociedad, resumiremos brevemente las principales características de la obra (expuestas, en lo esencial, en la introducción del diccionario), ya que ellas permitirán entender mejor el objetivo de esta nota. Como punto de partida, el dm entiende por mexicanismos: “el conjunto de voces, locuciones, expresiones y acepciones caracterizadoras del habla de México, que distancia la variante mexicana respecto del español peninsular, concretamente, de su variedad castellana. Para efectos de este diccionario, mexicanismos son las voces, simples y complejas, las expresiones lexicalizadas [esto es, aquellas que no tienen un significado composicional o derivado del significado de las partes integrantes] y las acepciones que caracterizan la lengua, popular o culta, o ambas, de este país, fundamentalmente, en la variedad o variedades urbanas del Altiplano Central de México” (Introducción, xvi).

Un mexicanismo puede provenir de la lengua considerada patrimonial para el español, la latina, puede provenir del español europeo, puede provenir de las lenguas vernáculas mesoamericanas, puede provenir del inglés, del francés, del japonés o de cualquier otra lengua, pero el origen de la voz no fue un criterio considerado por el dm. Lo que otorga carácter de mexicanismo a una palabra o expresión es que la forma o acepción, o ambas, se empleen en México y no en el español europeo castellano, que su uso esté generalizado en nuestro país –particularmente, en la zona geográfica establecida como objeto central de estudio–, que los hablantes, cualquiera que sea nuestra escolarización o falta de ella, le hayamos otorgado, a través del uso continuado y sedimentado, carta de naturaleza, es decir, que los mexicanos usemos la voz o acepción actualmente y de manera cotidiana en cualquiera de los registros posibles que podemos emplear diariamente.

Expongamos los rasgos fundamentales del dm. Es un diccionario de uso y descriptivo y es diferencial contra el español europeo castellano. Es un hecho por demás sabido que fue el español de España el que arribó a tierras mexicanas a inicios del siglo xvi y por ello es un hecho insoslayable que ese español, junto con el importantísimo aporte de las lenguas indígenas mesoamericanas, se constituye en lengua madre del español mexicano actual. Metodológicamente, como punto de partida, parece razonable iniciar el contraste con el español europeo, para saber, justamente, qué nos diferencia de ese español y tomar conciencia de cuál es el léxico peculiar de México y cómo lo usamos. La Aml es consciente de que, metodológicamente, se podría haber contrastado con cualesquiera otras variedades hispanohablantes y que, en última instancia, un diccionario final de mexicanismos requerirá el contraste con todas las otras variedades hispanohablantes,(1) incluidas las europeas andaluza y canaria por su esencial y conocido aporte histórico al léxico mexicano y americano en general. Serán otras etapas futuras de investigación, en conjunto con la Asociación de Academias de la Lengua Española y con otras instituciones, las que hagan posible esta importante tarea.

El DM tiene definiciones no sinonímicas, es decir, no emplea el sinónimo correspondiente del español europeo, cuando lo hay, ni de ninguna otra variedad hispanohablante, porque la aml está plenamente consciente de que los mexicanos tenemos derecho de hablar y emplear el léxico propio de nuestra norma o, para ser más precisos, de nuestras varias normas. El dm es una muestra de esa toma de conciencia y de la defensa de nuestra autonomía lingüística. Las definiciones parafrásticas, o no sinonímicas, del dm significan que no hemos sujetado la descripción de nuestra realidad al dialecto de contraste, el castellano, porque, de haberlo hecho así, no solo hubiéramos empobrecido y limitado la definición, sino que no habríamos podido caracterizar adecuadamente el léxico y la realidad mexicana subyacente a él. Las definiciones fueron realizadas, hasta donde ello fue posible, con un léxico general o no marcado, capaz de ser entendido por cualquier hispanohablante, mexicano o no.

El DM marca con la abreviatura supran. ‘supranacional’ aquellas voces que, sin dejar de ser peculiares y extendidas en el español de México, son compartidas por otras variedades hispanoamericanas. Somos conscientes de que el problema es que un mexicanismo –cuyos varios ángulos de significado quedan expuestos en la introducción del dm–, sin dejar de ser mexicanismo, es también un americanismo. La explicación se halla en gran medida en la historia externa de la lengua y en el acontecer político y social de sus hablantes, así como en sus movimientos poblacionales. Es un hecho histórico bien conocido que el virreinato de la Nueva España abarcaba la actual Centroamérica y por ello compartimos con los países que hoy la integran numerosos vocablos y acepciones. También compartimos, por ejemplo, un número importante de voces con Cuba, porque es sabido que esta isla constituyó un lugar de asentamiento temporal o de tránsito para muchas personas que deseaban llegar a México. Es asimismo sabido que el náhuatl fue lengua de prestigio y su léxico llegó a otras zonas americanas, más allá de las que administrativamente pertenecían al virreinato de la Nueva España. Es, por último, sabido que los seres humanos, dada la base biológica común y, por tanto, la común capacidad cognitiva, pueden coincidir en su concepción del mundo y en su capacidad expresiva y metafórica, y por ello hay mexicanismos que coinciden con empleos de otros países hispanoamericanos, bastante alejados del nuestro en la geografía, como es el caso, por poner un ejemplo, de la expresión sin decir agua va ‘repentina e inesperadamente’, compartida solamente con Argentina y Uruguay. Todos esos caminos convergentes con otros países americanos deberán ser estudiados a futuro en perspectiva histórica y geográfica.

Por otra parte, acotar el concepto de mexicanismo a lo exclusivo de México, aunque metodológicamente es correcto, parece, conceptualmente, una posición bastante reduccionista, que conduciría a perder riqueza léxica, matices y precisión dialectal, y que conduciría también a sorpresas para el usuario general y a cuestionamientos por parte del especialista, puesto que voces genuinamente mexicanas, como banqueta, debieran estar excluidas de un diccionario de mexicanismos, si este se realizara con un concepto reducido y muy acotado, por el hecho de estar compartidas con algún otro país, muchas veces de Centroamérica; en el caso concreto de banqueta, con Guatemala. Saber qué léxico compartimos es también conocer mejor nuestra identidad lingüística y las trayectorias históricas de nuestro país.

Semejante problema de acotamiento y definición –un problema epistemológico en el fondo– presentan muchos diccionarios; por ejemplo, el Diccionario del español de México,(2) dirigido por Luis Fernando Lara (2010 y versiones anteriores, El Colegio de México) –que, en lo personal, considero muy bien hecho, sobre todo en sus definiciones, aunque, como cualquier obra, perfectible–, es un diccionario integral y por ello incluye voces del español general, como mesa, dormir, papel, ahíto, heterótrofo, hinduismo o jónico, además de mexicanismos, ya sean exclusivos de este país o supranacionales americanos. ¿El empleo de voces del español general, compartidas con otros 350 millones de hispanohablantes, americanos o europeos, anula su carácter de Diccionario del español de México? Creemos que no, porque tan mexicano es emplear mesa y dormir como papalote y chapopote, aunque las dos primeras no sean estrictamente mexicanas en su origen ni exclusivas de nuestro país, la segunda, papalote, se emplee también en varios países de Centroamérica y del Caribe y solo sea exclusivamente mexicana chapopote.

Todas las cuatro son español de México a la vez que las tres primeras, en cierto sentido, no lo son.

Por lo que respecta a la metodología empleada para recabar léxico, el dm es una obra que utilizó una metodología mixta. Por una parte, se sirvió de un corpus base de consulta, formado por obras de esta última década, y menos recientes, años setenta-ochenta y algunas anteriores, del que extrajo voces y acepciones y comprobó, mediante consulta con hablantes y búsquedas en medios electrónicos, que se usaran efectivamente en el español mexicano de hoy en día; ninguna de las obras fue vaciada en su totalidad. Cabe destacar que el dm no es un diccionario de corpus cerrado, es decir, aquel del que no es posible extraer información adicional de la contenida en el corpus. Por otra parte, en una gran medida, recogió el léxico empleado en el habla espontánea de diferentes registros sociolingüísticos y constató que sí fuera reconocida y/o usada por los hablantes de esos grupos sociales, económicos y educativos. Hay diccionarios de corpus cerrados, como el Diccionario del español actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos (1999, Aguilar) o el ya citado Diccionario del español de México; hay diccionarios que no se basan propiamente en corpus, la mayoría, como el drae o el Oxford –es cuestionable que las famosas tarjetas enviadas por correo postal, que fueron el punto de partida para la elaboración del Oxford, puedan ser calificadas estrictamente como corpus–, y hay diccionarios de técnica mixta, todos igualmente válidos, todos tienen aspectos favorables, todos son perfectibles.

El DM es un diccionario sincrónico, esto es, da cuenta y define el léxico del español de México de finales del siglo xx e inicios del siglo xxi, tanto voces simples, como complejas y locuciones. Marca en cada caso tanto el estatus categorial o gramatical de la voz o locución en cuestión como su estatus sociolingüístico. Es un diccionario que intenta abarcar el léxico de los hablantes en los múltiples niveles sociolingüísticos que conforman nuestra sociedad; intenta, asimismo, dar cuenta de los registros formales e informales del español mexicano actual, las voces y locuciones que empleamos los mexicanos todos los días, en los varios registros sociales y culturales, en definitiva, las que un hablante cualquiera puede emplear día con día. La aml describió, sin prejuicios de ningún tipo, el léxico empleado por los muy diversos grupos sociales que integran nuestra sociedad. La aml, cumpliendo con lo establecido en el artículo 1 de sus Estatutos, seguirá describiendo los modos peculiares de nombrar la realidad y la concepción del mundo en México.

El DM documenta mexicanismos que podrían ser etiquetados, grosso modo, como formales, del tipo parteaguas ‘momento o hecho decisivo que marca la diferencia entre un momento cultural y el siguiente’, emérito ‘profesor reconocido por sus logros académicos’, emeritazgo ‘calidad o condición de emérito’, imprudencial ‘referido a un homicidio, que se comete sin intención de matar’, erario público ‘dinero del Estado’, abocarse ‘centrarse por completo en una actividad o tarea’, bienes mancomunados ‘los que son patrimonio de ambos cónyuges y que se adquieren durante el matrimonio’, machimbrado, un tecnicismo, ‘proceso de hacer un entrante en una tabla y un saliente en otra para encajarlas’, cadencia ‘improvisación de un solista en la parte final del primer movimiento de un concierto’, además de cooptar, conferencista, contralor, contraloría, cremar, cremación, custodio, violatorio, violentar, vinícola, vocero, y un largo etcétera, bastantes de ellos no registrados en diccionarios anteriores. Otros que podrían ser considerados como mexicanismos generales o no marcados, tales como equipal, pararse, acordeón ‘apunte para ser usado disimuladamente en un examen’, parque ‘munición de armas de fuego’, espectacular ‘anuncio panorámico’, colegiatura, cuadra ‘distancia que va de una esquina a otra’, banda del equipaje, tarjeta de embarque, alineación, balanceo, furibundo, fúrico, camión ‘transporte público’, taquería, tlapalería, tomar, agarrar, ambos como verbos de significado bastante general porque tuvieron que sustituir al verbo coger, especializado para un significado sexual, hojalatería, machetero, migración, migrante, picoso, endémico, apapachar, platicar, torito ‘pregunta retadora’ y ‘centro de reclusión para hombres infractores del reglamento de tránsito por consumo excesivo de alcohol’, estacionamiento, por lo consiguiente ‘como consecuencia de lo anterior’, vulcanizar, y un larguísimo etcétera. Otros que se adscriben al ámbito informal de la vida cotidiana, tales como hechizo ‘falso’, hora feliz, escuincle, chafa, fresa, padre ‘bonito’, ‘agradable’, mano ‘amigo’, ¡aguas!, chido, híjole, alipús, el distributivo de a piocha, ahi muere, ahi nos vidrios (con pronunciación grave el adverbio ahí), simón ese para un sí enfático, el dese ‘objeto cuyo nombre se desconoce’, ¡achis!, para significar sorpresa, el ruco, para el anciano y no tan anciano, llevarse de piquete de ombligo, además de un casi inacabable etcétera. Finalmente, otros que pueden ser calificados de muy íntimos, muchos de ellos obscenos y vulgares, tales como aquellito, rapidín, a toda(s) madre(s), para indicar que alguien se siente muy bien o algo salió muy bien, pinche, pendejo, chingativo, chingaquedito, y muchísimos más. Es obvio que cuanto más informal e íntimo sea el registro, más mexicanismos habrá, porque es en esos registros coloquiales e íntimos donde la lengua se distancia más del español general y donde, por consiguiente, aflora con mayor facilidad la idiosincrasia léxica de un pueblo y se plasma con mayor libertad la identidad de una persona.

El DM da cuenta de mexicanismos en los varios niveles de la lengua, sin olvidar que las palabras tienen significante y significado y que funcionan como unidades, y es, por ello, arriesgado aislar los mexicanismos por niveles de lengua, pero así el lector de esta nota y el usuario del dm se podrá formar una mejor idea de sus contenidos y el tratamiento. Los niveles de la lengua, tradicionalmente considerados en la lingüística, son la fonética-fonología, la morfología, la sintaxis y la semántica. Hay mexicanismos fónicos, porque la pronunciación en México contrasta con la del español europeo; tales son los conocidos casos de video, futbol, beisbol, estratósfera, karate, entre otros, frente a los del español europeo vídeo, fútbol, béisbol, estratosfera y kárate. Morfológicos, cuando el español de México usa la misma forma pero con género distinto, como la bolsa (en España, el bolso), la tanga (en España: el tanga). Sintácticos, como es el caso de las múltiples locuciones o colocaciones fijas generadas con verbos de significado ligero o no específico, como dar: dar cran, dar el avión, dar el gatazo, dar entrada, dar baje, etc.; valer: valer gorro, valer sombrilla, valer madres, valer queso, valer un cacahuate, etc.; estar: estar más allá del bien y del mal, estar de manteles largos, estar en la pendeja, estar frito y sin manteca, estar por demás, etc.; mexicanismo sintáctico son también el uso simultáneo de algunas preposiciones, de a: de a tiro, de a cómo, de a gratis, de a cinco pesos, de a pechito, de a dedo, de a oquis, o el uso de colocaciones formadas por preposiciones y adverbios: desde ya, de ahi en fuera, por ahí de...; etc. Por último, mexicanismos que podrían denominarse semánticos, cuando la forma es la misma pero el referente o entidad denotada es distinta; por ejemplo, en México torta es ‘alimento de cierta forma y contenido’ o ‘glúteo’ y en España es ‘bofetada’; saco es prenda de vestir en México pero ‘costal’ en España; la pajarita de España es nuestro moño, y su moño es nuestro chongo; té es un genérico para infusión de hierbas en México y es solo el ‘negro’ en España; lejía es sosa cáustica en México y sirve para destapar cañerías, mientras que es hipoclorito de sodio diluido en agua en España y sirve, en lo esencial, para blanquear ropa; es decir, la lejía de España es nuestro cloro o blanqueador.(3)

El DM, dado que es un diccionario descriptivo, contiene numerosos extranjerismos, básicamente anglicismos, porque es un hecho insoslayable que el inglés es una lengua de adstrato que ha prestado, y sigue prestando, múltiples formas y acepciones al español, y que en México esos anglicismos por el hecho de ser empleados cotidianamente y tener una elevada frecuencia de uso han adquirido estatus de mexicanismos. Algunos se emplean en nuestro país como préstamos duros, sin adaptación fónica ni gráfica: strike, hot dog (un mexicanismo que ha generado otro mexicanismo, jocho), mouse, hit (tan mexicanismo es que ha producido el mexicanismo derivado hitazo), jeans (que convive con el mexicanismo pantalón de mezclilla), feeling, free ‘relación amorosa sin compromiso’, y un largo etcétera. Algunos, los menos, son anglicismos adaptados: jonrón, jaibol, catsup, etc. Queda reflejado en el dm que el español de México tiene una marcada preferencia por escribir y pronunciar las formas de la lengua inglesa sin adaptación alguna a la pauta del español, de ahí que el dm contenga la pronunciación entre corchetes al final de la entrada en cuestión.

Hablemos ahora brevemente sobre la segunda parte del título de esta nota y cuál es el papel de la Aml, y una de sus obras, el dm, en nuestra cultura y nuestra sociedad. Uno de los conceptos más fructíferos de la lingüística funcional en los últimos veinte años ha sido el de patrón o pauta de lexicalización –término debido al lingüista estadounidense Leonard Talmy, aunque planteado desde los neogramáticos a inicios del siglo pasado y aplicado por el estructuralismo de los años cuarenta y siguientes–, tanto porque pone en evidencia la jerarquía de las relaciones internas del sistema lingüístico, cuanto, sobre todo, porque pone de manifiesto la relación entre lengua, cultura y sociedad.

Por pauta de lexicalización debe entenderse que las lenguas codifican o formalizan mejor aquello que es cultural y cognitivamente importante en una determinada comunidad lingüística. O en otras palabras, lo que es importante para un pueblo encuentra siempre manifestación gramatical, ya sea mediante léxico, ya mediante mecanismos morfológicos, ya mediante recursos sintácticos, o bien mediante una combinación de los anteriores recursos. Para efectos de un diccionario, es un hecho que los aspectos culturales que son importantes para un pueblo producen más léxico, fenómeno conocido como relativismo lingüístico. Lo que me permití llamar en la introducción del dm “ejes culturales” del español de México no son sino pautas de lexicalización.

Se observan en el dm numerosas pautas de lexicalización, que indican dónde los hablantes mexicanos ponemos énfasis cultural y, por ende, lingüístico. Un aspecto estrechamente relacionado con este punto es que las formas matizan, e incluso adquieren, su significado en el uso real, ancladas en contexto, lingüístico y extralingüístico, y que la lengua cambia porque se usa. Las formas en aislado no cambian. Veamos algunos ejemplos de pautas de lexicalización. Una es la capacidad del español de México para reinterpretar la pluralidad como intensificación apreciativa o evaluativa: ¡moles!, ¡mocos!, ¡boinas!, ¡sobres!, ¡cuernos!, ¡sopas!, ¡changos!, ¡charros!, ¡órales!, ¡ándenles!, ¡quihúboles!, ¡híjoles!, ¡ya estufas!, etc. Esas -s no indican un referente plural porque no refieren a más de una entidad existente, ni a más de un oyente en el caso de -les/las, sino que son una marca de intensificación. Es un mexicanismo morfológico y semántico y también sintáctico porque esas formas se han convertido ya en interjecciones, es decir han cambiado de categoría gramatical. El camino histórico parece bastante claro: un plural es un multiplicador y de esa multiplicación se infiere una intensificación; habrá que investigarlo. Es una pauta tan rica y productiva que la misma estrategia de codificación se hace presente en varias categorías de la lengua: sustantivos, verbos, preposiciones y pronombres átonos, afijados a verbos, adverbios y a sustantivos.

Otra pauta indudable de lexicalización es la multitud de denominaciones para el órgano sexual, especialmente el masculino, más de 240 en el dm: ñonga, camote, camarón, badajo, birote, brocha, medidor de aceite, reata, la negra, la de hacer gente, y un numeroso etcétera; muy pocas para el femenino, una treintena escasa: raja, panocha, papaya. En consecuencia, hay en el español de México multitud de denominaciones para practicar el coito, muy especialmente cuando se quiere significar que es el hombre quien posee a la mujer. Esta fuerte pauta de lexicalización refleja la centralidad del sexo en la sociedad mexicana, y esta debe ponerse en relación con la gran cantidad de denominaciones para la homosexualidad, muy especialmente la masculina: joto, puñal, adorador de la yuca, mayate, muerde almohadas, soplanucas, que le hace agua la canoa, etc. Otra pauta es la multitud de formas para nombrar la muerte, muchas de ellas de un fuerte carácter festivo, tales como los conocidos colgar los tenis, enrollar el petate, entregar el equipo, chupar faros, bailar las calmadas, petatearse, etc., que no son sino muestra de que en México concebimos la muerte integrada a la vida. Otras pautas de lexicalización que encontrará el interesado son, por mencionar un par de ellas, la codificación de la transgresión a las normas: mordida, mocharse, arreglo, ponerse la del Puebla, pa’ su refresco, corta, brincarse las trancas, abogánster (5,580 resultados para esta palabra en una búsqueda rápida para México), perjudicial, coyote, coyotear, pollero, cooptar ‘sobornar’, colgarse ‘conectarse ilegalmente a una línea eléctrica’, no darse por mal servido, entre otras, o la atenuación cortés: con la pena, con permiso, a la orden, ¿mande?, por nombrar algunas. El hecho de hacer notorias las pautas de lexicalización del español en México es, en nuestra opinión, una virtud del dm. Otras obras de lexicografía hacen también evidentes pautas de lexicalización.

La AML no se complace en el léxico sexual ni se regodea en las palabras malsonantes o soeces ni fomenta el estereotipo costumbrista decimonónico del machismo, del albur o de la muerte festiva, ni avala el empleo de voz o acepción alguna, sino simplemente documenta y describe los hechos de lengua que son caracterizadores y peculiares de la forma de hablar actualmente en México. El estereotipo se debió formar hace mucho, y estos concentrados léxicos, muy posiblemente, datan de siglos atrás, porque es innegable que esas zonas léxicas reflejan zonas importantes para nuestra cultura y, por ello, son zonas preferidas por los hablantes, que crean y recrean más léxico para denominarlas, de ahí los mayores concentrados léxicos en el dm.

Un punto más: la Aml considera que debe ser motivo de reflexión y preocupación por parte de las autoridades de nuestro país la proliferación de expresiones que en México se emplean para denominar, incluso festivamente, la transgresión de las normas, porque su existencia y empleo significan que la infracción a la normatividad ha permeado profundamente la vida cotidiana y personal de muchos mexicanos, quizá de la sociedad toda. El hecho de hacer de la transgresión una práctica común amerita una reflexión sobre la sociedad que somos y que queremos ser. Un diccionario no es el lugar apropiado para tal reflexión porque solo da cuenta de los hechos de lengua. El dm solo muestra las rutinas y hábitos lingüísticos que son mexicanismos y diferencian el español de nuestro país del europeo castellano.

Lo anterior no merma el hecho de que el dm ha sido considerado por muchos usuarios (citamos un mensaje enviado a la Aml) como “una celebración del lenguaje informal, un recordatorio de su ingenio, su vitalidad y su riqueza”. En efecto, el lenguaje informal, por ser tan cercano, “nos es invisible, no nos damos cuenta de que lo utilizamos, y el diccionario [dm] lo hace visible”. El dm es un testimonio del léxico empleado en México a finales del siglo xx e inicios del xxi y es, en cierto sentido, una fotografía de la sociedad y cultura que subyacen en él.

Un diccionario es sin duda una herramienta para el mejor conocimiento de nosotros mismos. En la medida en que sepamos quiénes somos, cómo somos y por qué hablamos y nos comportamos lingüísticamente de una determinada manera, estaremos más seguros de quiénes somos y de cómo podemos situarnos frente al otro y ante nosotros mismos. Los mexicanos cruzamos cuadras y no manzanas, tomamos el camión y no cogemos el autobús, compramos zapatos cafés y no marrones, tomamos chelas y no cañas, tenemos pases de abordar y no tarjetas de embarque, recogemos el equipaje en una banda y no en una cinta, pero vamos por igual a la tortillería y a la panadería. Estar seguros de nosotros mismos es estar seguros de que estas expresiones, y varias miles más, son parte de nuestra idiosincrasia y tienen carta de naturaleza en el español de México. Estar seguros de cómo hablamos es saber en qué somos iguales y en qué somos diferentes frente al otro y a los otros, es, en definitiva, conocernos mejor y situarnos seguros de nosotros mismos, y más tolerantes, frente al otro.

El DM es una huella más en una ya larga, rica y continuada senda de tradición lexicográfica en nuestro país, tanto sobre mexicanismos como sobre español general, entre otros, el Vocabulario de mexicanismos de Joaquín García Icazbalceta, el Diccionario de mejicanismos de Francisco J. Santamaría, el Diccionario breve de mexicanismos de Guido Gómez de Silva, el Índice de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua, o los más recientes Diccionario del náhuatl en el español de México, coordinado por Carlos Montemayor, y Diccionario del español de México, dirigido por Luis Fernando Lara. Todos ellos son diferentes, todos ellos son complementarios, todos se inscriben en el esfuerzo de conocer mejor nuestra lengua.
La comisión de lexicografía de la Aml y la propia aml agradecen profundamente los muchos correos recibidos con valoraciones muy positivas, agradecen las observaciones y las sugerencias en ellos contenidas, pero sobre todo agradecen las críticas, porque ellas son las que ayudan a crecer y nos permitirán hacer una segunda edición mejorada del dm, que ya está en marcha. Agradecen asimismo a los hablantes su interés y su generosidad como informantes, ellos son la base y los protagonistas de nuestro diccionario, pero, por sobre todo, agradecen el interés que especialistas y no especialistas han mostrado por esta obra porque han ayudado a difundir este esfuerzo, difusión que era uno de los objetivos de la aml. Solo deseamos contar con los generosos apoyos institucionales que permitan alentar, mejorar y enriquecer esta obra a lo largo de las próximas décadas.

Notas

 1 El Diccionario de americanismos, de la Asociación de Academias de la Lengua (2010, Santillana) contrasta el español entre todos los países hispanoamericanos, además del hablado en Filipinas y en Estados Unidos, de manera que este contraste global ya está realizado, así sea una primera etapa y un primer resultado.

2 Subrayamos la forma de, porque ha sido comentado o reseñado en algunos medios bajo el título erróneo de Diccionario del español en México. El empleo de la preposición en implica que se usa en un ámbito, geográfico en este caso, pero no le pertenece o no es exclusivo de él; la preposición de significa, básicamente, origen, pertenencia o propiedad.

3 Agradecemos a Gabriel Zaid su nota sobre lejía en Letras Libres de enero, número 145, por hacer notar la inexactitud de la definición de esta voz en el dm, que quedará subsanada, si bien el empleo de lejía en nuestro país sí es mexicanismo, puesto que, como ya hemos dicho, no importa el origen etimológico de las palabras sino el empleo que hacen los hablantes, mexicanos en este caso, de ellas.