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jueves, 11 de julio de 2024

El tratamiento de la homosexualidad en la RAE

Francisco Molina Dìaz
Docente e Investigador del área del Lengua Española del Departamento de Filología y Traducción de la Universidad Pablo de Olavide, de Sevilla. publicó eel 28 de junio, en The Conversation, un interesante artículo sobre la manera en que la RAE, con su mentalidad troglodita se ha ocupado a lo largo del tiempo de las distintas palabras que se refieren a la diversidad sexual.

Cómo aborda la Real Academia Española a la diversidad sexual

Son frecuentes, sobre todo cuando hay cambios en el diccionario, las críticas a la Real Academia Española por xenófoba, racista, antisemita, machista, homófoba, misógina y cualquier otra acusación de incitación al odio o rechazo a un colectivo. Suele imputársele incluir acepciones ofensivas a la dignidad.

Quizás esta acusación surja por la extendida costumbre de no leer los prólogos, preámbulos, introducciones, avisos y advertencias que preceden a los diccionarios. Precisamente, en el preámbulo de la última edición del diccionario académico, la del Tricentenario, se afirma:

“La corporación […] procura aquilatar al máximo las definiciones para que no resulten gratuitamente sesgadas u ofensivas, pero no siempre puede atender a algunas propuestas de supresión, pues los sentidos implicados han estado hasta hace poco o siguen estando perfectamente vigentes en la comunidad social”.

¿Sería adecuado eliminarlos para que ningún hablante los conozca y, así, evitar usarlos? El preámbulo del Diccionario de la lengua española responde:

“Del mismo modo que la lengua sirve a muchos propósitos, incluidos algunos encaminados a la descalificación del prójimo o de sus conductas, refleja creencias y percepciones que han estado y en alguna medida siguen estando presentes en la colectividad. Naturalmente, al plasmarlas en un diccionario el lexicógrafo está haciendo un ejercicio de veracidad, está reflejando usos lingüísticos efectivos, pero ni está incitando a nadie a ninguna descalificación ni presta su aquiescencia a las creencias o percepciones correspondientes”.

El diccionario no es la obra moral que prescribe qué palabras usar; no es un catecismo, ni un libro de buenas maneras, aunque la Academia, en el mismo preámbulo, reconoce que “existe la ingenua pretensión de que el diccionario pueda utilizarse para alterar la realidad”. El diccionario refleja la sociedad que emplea la lengua, sus virtudes y sus vicios, sus bondades y maldades, y sus cambios. Por eso varía, reflejando salidas y entradas de palabras y sentidos, según el uso de los hablantes.

Palabras para definir el concepto
Ahora, tras el Mes del Orgullo LGTBI+, miramos cómo la RAE aborda la homosexualidad, que el diccionario define como “inclinación erótica hacia individuos del mismo sexo”, incluyendo lesbianismo ‘homosexualidad femenina’ y uranismo ‘homosexualidad masculina’.

Los dos términos tienen origen clásico, aunque los tintes idílicos de la antigüedad pronto se topan de bruces con la definición de uranismo en el diccionario de Alemany y Bolufer (1917). Primero se incluye como patología; se emplea, “principalmente, en medicina legal”. Luego se dice que es una “inversión sexual” sin origen físico, pura perversión, sin que los órganos genitales presenten “vicio de conformación”.

En los diccionarios de la RAE hay voces diversas para el hombre homosexual: bujarra, bujarrón, gay, homosexual, marica, maricón, mariquita y sarasa. Y también afeminado, bollero, invertido, lesbiano y tortillero. Estos últimos aparecen con variación de género, con formas masculinas y femeninas.

Los primeros en aparecer, en el Diccionario de autoridades (1726 y 1734), son afeminado, bujarrón, marica, maricón e invertido. En 1803 surge mariquita. Y en el siglo XX, sarasa (1925), bujarra (1927), homosexual (1936) y gay (1984). Todas siguen estando, salvo bujarra, que desaparece en 1992. No supone esto que la inclusión en el diccionario coincida con el momento de su aparición en la lengua española; el refrendo del diccionario se produce tras la comprobación de su uso frecuente.

Pero el lesbianismo también recibe voces despectivas, aunque menos y más tardías. La primera aparición de lesbiano se da en el suplemento del diccionario académico de 1970 y remite a amor lesbio: “Amor homosexual entre mujeres”. Tortillera se incorpora en 1985, y bollera en 1989. Ambas llegan marcadas como “vulgares”.

Definiciones que cambian con el tiempo
Pero no solo las incorporaciones o desapariciones de palabras en la lexicografía son interesantes. También lo son las definiciones y ejemplos que afloran.

En 1726, en el Diccionario de autoridades, para afeminado no se usa ninguna definición que aluda a la sexualidad, pero se asimila a lo femenino, inferior a lo masculino: “Inclinado, y reducido al génio y manéra de obrar y hablar de las mugéres […]. Lat. Debilis. Imbecillis. Infirmus”.

Homosexual, en 1936, se define como “sodomita”, y así llega hasta 1956; en 1950 es el que “busca los placeres carnales con personas de su mismo sexo”.

En 1989 se identifican afeminado y homosexual y aparece un sentido que acerca la homosexualidad al vicio: “Inclinado a los placeres, disoluto”. Y es que la sociedad española aún relacionaba la homosexualidad y perversión: en 1995 estallaba el caso Arny, un juicio de prostitución de menores en un bar de Sevilla en el que los imputados, todos ellos hombres homosexuales, y algunos famosos, fueron acusados sin pruebas y juzgados en los medios de comunicación, aunque la mayoría resultarían finalmente absueltos.

La débil voluntad que Autoridades asocia a la mujer está en las definiciones de marica y maricón. Marica es un hombre fácilmente manejable: “hombre afeminado y de pocos brios, que se dexa supeditar y manejar”. En 1803 se describe como hombre “de poco ánimo y esfuerzo” y en 1984, “homosexual, invertido”. Desde 1992 marica es un “insulto empleado con o sin el significado de hombre afeminado y homosexual”.

Maricón tampoco se libra de la supuesta abulia femenina: para Autoridades es “hombre afeminado y cobarde”. En 1884 se le añade “sodomita”, y en 1970, “invertido”. No conformes, en 1984 es “persona despreciable e indeseable”. En 1992 se mantiene la voz, pero al menos se indica que es “insulto grosero”. Y el bujarrón es “hombre vil è infame, que comete activamente el pecado nefando” (1726).

En definitiva, los diccionarios académicos, desde Autoridades hasta la edición del Tricentenario, incorporan y pierden palabras y definiciones relacionadas con la homosexualidad: la Academia no se erige en creadora de comportamientos lingüísticos, sino en reflejo de la actuación de los hablantes.

La lengua no es un ente estático; al contrario, es una de las realidades más dinámicas que conocemos y, como tal, cambia en función de la evolución de la sociedad que la usa. Precisamente por ello es por lo que la RAE realiza ediciones periódicas de su diccionario: el objetivo es reflejar cómo la lengua varía en función de los cambios sociales; y la percepción de la homosexualidad no escapa a esta transformación y deja por ello su reflejo en el tratamiento lexicográfico.

jueves, 6 de junio de 2024

"Lo que no soy es una coleccionista de rarezas"

La lexicógrafa Olimpia Andrés está a cargo de una obra singular que, seguramente, hará las delicias de los españoles (no de los hablantes de castellano del resto del mundo) y por eso es motivo de la siguiente entrevista, publicada por el periodista Luis Alemany, en El Mundo, de Madrid, el pasado 4 de junio. En su bajada se lee: "El Diccionario del Español Actual, una obra insólita hecha para describir el uso real de la lengua, llega a internet como un homenaje al ingenio de sus hablantes".

Olimpia Andrés, la mujer que "fotografía" el idioma español cada día desde 1970

Unas líneas de "Funes el memorioso", de Jorge Luis Borges: «Ireneo [Funes] empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran».

La lingüista Olimpia Andrés ha debido de desarrollar con los años una inteligencia borgiana que le permite hoy identificar los usos de las frases y las palabras con las que se encuentra en los periódicos y en los libros, reconocerlos como nuevos o, al menos, como anormales y, en ese caso, cotejarlos con otros textos que guarda en su memoria. Si, por ejemplo, Andrés lee Los vencejos de Aramburu y se encuentra que aparece la palabra «usufructo» pero no con el significado de un contrato mecantil sino como una relación amorosa ni comprometedora ni efímera, su cabeza se pone en marcha para recordar dónde más ha podido leer ese uso metafórico.

¿Por qué es importante esa asociación? Porque cada vez que Andrés da con dos textos (literarios, científicos o periodísticos) de autores diferentes que emplean un uso no convencional, éste entra en el Diccionario del Español Actual (DEA), la obra más sorprendente de todas las que describen el idioma español y ya accesible. El DEA ha estrenado su edición en internet gracias a la Fundación BBVA.

El Diccionario del Español Actual nació como proyecto en 1970 con el propósito de dar una foto fija del uso del idioma español en el periodo que fue de 1955 a 1975. Si los españoles de 1970 llamaban «arriba Eapaña» a los moños altos, alguien debía recogerlo así.

«En 1970 yo iba a solicitar una plaza de lectora en Francia. Se lo comenté a Rafael Lapesa, que había sido mi gran profesor y me dijo que no perdiera el tiempo, que me fuese con él a trabajar en el Diccionario Histórico de la Lengua. Entré como becaria el 4 de octubre y alí conocí a Manuel Seco, que me habló del DEA, que en parte es lo contrario del Diccionario Histórico. Me tentó varias veces y al final acepté. Y aún hoy le dedico todo mi tiempo, hasta que se me seca el cerebro después de seis horas seguidas de trabajo».

El DEA es ese diccionario en el que el verbo secar tiene una acepción como «Anular la eficacia del juego». Tuvo una primera edición en 1999 y dos ampliaciones hasta 2011, además de una derivada llamada Diccionario de Fraseología. Manuel Seco apareció siempre como director de la obra; Olimpia Andrés y su compañero Gabino Ramos fueron los coautores. Andrés también se acuerda del trabajo ingente de Carlos Domínguez y María Teresa de Unamuno. Después, Seco se murió, Ramós llegó a una edad en la que su prioridad debe de ser su salud, y Olimpia Andrés se quedó sola con la tarea de mantener vivo el Diccionario, y de digitalizar su método sin renunciar a la inteligencia analógica como guía de trabajo. Un diccionario no es un robot, explica.

Y todo, en un pisito de Ciudad Lineal, en Madrid, cuya biblioteca es significativa: hay diccionarios jurídicos en catalán, estudios sobre la brujería en Canarias, celtiberias de Carandell, novelas de Ferlosio, de Laforet, de Matilde Asensi, un libro de Lorenzo Caprile sobre bodas... Al ver la colección, se entiende que el oficio de lexicógrafo está basado en un trabajo muy metódico hasta el límite pero que su conocimiento se derrama por la realidad con alegría. «Lo que no soy es una coleccionista de rarezas, de sellos inencontrables. El lenguaje que aparece en el DEA está vivo», explica.

Una metáfora más para acabar: «Hay artículos del DEA que son como una catedral por su complejidad».

miércoles, 6 de diciembre de 2023

El prestigioso Oxford English Dictionnary al ritmo del reggaetón

Los responsables del Oxford English Dictionary parecen haber entrado por la variante y, como sus pares españoles, agregan palabras a su obra, pero con una vuelta de tuerca. Según el artículo de Pablo San Román, publicado en InfoBAE, el 25 de noviembre pasado, nos enteramos de que "reggaetón" ha entrado en la lengua, entre otras cosas. En la bajada se lee: "La nueva edición del Oxford English Dictionnary, máxima referencia de su idioma, contiene 1.904 términos de origen castellano. Entre ellos, figuran 'barrio', 'fiesta', 'guerrilla', 'macho' y 'galáctico'".

De “siesta” a “reggaetón”: hay casi 2.000 palabras del español en el mayor diccionario inglés

Barrio, fiesta, siesta, guerrilla, macho, patio, plaza, machete, armada, vista, nada, reggaetón, galáctico o tiki-taka son algunos de los casi 2.000 hispanismos incluidos en el Oxford English Dictionnary (OED), el principal referente de la lengua inglesa.

En total existen 1.904 palabras de origen español en el OED, “tras la inclusión en la última actualización del diccionario, en septiembre, de ‘frontenis’”, explica Danica Salazar, de origen filipino y una de las editoras de la biblia inglesa de la lengua. “El OED se actualiza cuatro veces al año y hay al menos una palabra de origen español en casi cada una de estas actualizaciones. En 2023, se han incorporado anticucho (un tipo de brocheta de origen peruano) en marzo, chiminea y derecho en junio, y frontenis en septiembre”, explica Salazar.

“Es chiminea, no chimenea. La forma adoptada en inglés es una variante utilizada en Argentina y Colombia”, precisa la lexicógrafa.

“Las palabras viajan”
La editora del OED y Javier Muñoz-Basols, profesor-investigador honorario de la Universidad de Oxford, son los coautores de un estudio, único en su género, llamado “Influencia croslingüística léxica”, sobre el contacto recíproco entre el español y el inglés.

El español tiene ocho variedades principales, que son el castellano, el andaluz y el canario, en España, el caribeño, el mexicano-centroamericano, el andino, el austral y el chileno, en América. “De esas ocho zonas dialectales, el español mexicano-centroamericano es la que posee mayor contacto histórico con el inglés”, señala Muñoz-Basols.

Pero también de manera recíproca, ya que hay palabras mexicanas como fajita, burrito y otro vocabulario gastronómico, sobre todo en Estados Unidos, que se utilizan de forma cotidiana, apunta el investigador español. “Digamos que las palabras viajan como si fueran mercancías o monedas de cambio”, añade.

En esas 1.904 palabras, aparecen términos como "nada", pese a que existe el equivalente “nothing” en inglés. “Es una de las palabras que más me ha sorprendido que aparezca. Con dos vocales iguales, y dos sílabas muy fáciles de articular. Hay testimonios de su uso en los países anglófonos desde 1867. Es una palabra muy sonora, que añade una expresividad adicional”, afirma Muñoz-Basols.En el castellano “hay un proteccionismo lingüístico que ha impedido la incorporación de términos. El diccionario de la lengua española es normativo, mientras que en el Reino Unido, el OED es un repositorio de la lengua, un diccionario de uso e histórico a la vez”, subraya.

En su opinión, el inglés --que no cuenta con una academia de la lengua como el español y el diccionario de Oxford es su máxima referencia-- es más receptivo a importar palabras de otros idiomas. “Se trata de una lengua receptora de préstamos. El diccionario de Oxford contiene más de 500.000 palabras, mientras que el de la lengua española estará en torno a casi 93.000. Esto no significa que tenga menos, pero el inglés no elimina palabras”, explica.

Lejos del francés
El español no es la lengua más exportadora de palabras hacia el inglés. El francés, e incluso el alemán, están muy por delante, como se indica en el propio diccionario de Oxford. El alemán aporta por el momento 3.944 palabras, mientras que el francés tiene 24.821, debido al contacto lingüístico histórico y temas como la moda o la cocina. También el italiano tiene más, con 2.293, mientras que el neerlandés aporta 1.611 y el portugués 446, enumera el profesor aragonés, que ahora trabaja sobre la influencia del inglés en el español con una beca en la Universidad de Sevilla.

En esa dinámica receptora del diccionario de Oxford, sus editores trabajan con miles de palabras cada año. En la última actualización del OED publicada en septiembre del 2023, se incluyeron más de 1.000 entradas nuevas, detalla Danica Salazar.

“Las candidatas pasan por un proceso de asesoramiento, donde los editores del OED utilizan varias fuentes de investigación para ver si hay evidencia suficiente de su uso”, comenta la editora, recalcando que aunque algunas palabras son recientes, se incorporan rápidamente por su “enorme impacto social”.