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miércoles, 13 de junio de 2018

A un año de haber asumido, una entrevista con Silvia Sesé, directora editorial de Anagrama


Publicada el 4 de junio pasado en el diario chileno La Tercera, la siguiente entrevista del periodista trasandino Gonzalo León con la editora Silvia Sesé (cfr. en este blog, entradas del 19 de mayo de 2010, 19 de abril de 2011 y 1 de mayo de 2018), tuvo lugar durante la reciente visita de la actual directora editorial de Anagrama, de España, a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

“Siento realmente una tristeza
porque Bolaño no esté en el catálogo”

Silvia Sesé se hizo conocida en el mundo editorial de lengua castellana cuando como editora del sello Destino, del Grupo Editorial Planeta, descubrió al escritor sueco Stieg Larsson y su saga Millennium. Rápidamente la saga se convirtió en el mayor éxito de ventas de los últimos años del Grupo Editorial Planeta, del que Destino forma parte. Desde ahí los ojos del mundo editorial pusieron los ojos sobre ella, por eso no fue extraño que tras la adquisición de casi todas las acciones de Anagrama por parte de editorial Fetrinelli fuera designada como directora editorial, reemplazando a su fundador y mítico editor, Jorge Herralde, quien se quedó con el 1%. Desde comienzos del año pasado ocupa tal cargo y Herralde asesora al sello que, durante su dirección, dio a conocer en América Latina y España a una vasta generación de escritores de otras lenguas, como Charles Bukowski, Amélie Nothomb, John Kennedy Toole, Richard Ford y Jane Bowles, y también autores de lengua castellana, que tuvo en Roberto Bolaño su caso más emblemático. Hoy Anagrama, pronto a conmemorar el medio siglo de existencia, se prepara para el futuro, de ahí que Silvia Sesé esté muy atenta a las innovaciones de la industria editorial, que tiene en los audiolibros un mercado a explorar y en franco crecimiento, pero también no descuida las traducciones ni menos el mercado latinoamericano, del que quiere incorporar autores nuevos. Esta charla ocurrió en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA).

–Llevas casi un año y medio al frente de Anagrama, ¿cómo ha sido el desafío de suceder a Jorge Herralde?
–En realidad Jorge viene todos los días a la editorial. Yo estoy al frente de la dirección editorial, pero con la ventaja enorme y el privilegio de tenerle a él ahí cada día para para charlar, para intercambiar opiniones, para pedirle consejo, para todo. Entonces digamos que es la manera más fácil de asumir una responsabilidad como ésta y la más natural es tenerle allí; por otro lado trabajo con el mismo equipo con el que ya trabajaba Jorge, aunque con algunas pocas incorporaciones.

–¿No hay complicaciones entonces?
–A ver, tiene su complicación, porque estamos en un momento para el mundo editorial que es difícil, de una crisis superada en cierta parte pero con una bajada de ventas y de número de ejemplares por libro, es decir de tirada, que ya no va remontar, que no va a volver a los años anteriores. Es un momento de cambio, donde cualquier pequeña cosa desestabiliza lo que es el catálogo y el resultado.

–Las industrias del libro de España y Argentina han vivido crisis. Según algunos, le pega menos a las editoriales pequeñas y medianas y más a las grandes, porque las grandes apelan más al lector ocasional y ese terreno ahora está en disputa con Netflix, internet y los videojuegos. ¿Estás de acuerdo con eso?
–De alguna forma sí, es cierto que está el gran lector que podemos contar, que es el lector de literatura, pero también ese lector tiene otros intereses y digamos que sus necesidades son cubiertos por muchísima más competencia, y en ese sentido es fantástico el nacimiento de un montón de editoriales independientes muy interesantes, que de verdad cubren un amplio espectro, pero la verdad es que el número de lectores no ha crecido, al contrario, se ha empequeñecido. Entonces sí, la crisis puede pegar más fuerte a las grandes cifras y las cifras pequeñas son más sostenidas y no hay variaciones tan enormes, pero por otro lado yo creo que en general sí ha disminuido la compra de libros de este grupo de lectores, que también está interesado en muchas otras cosas.

–Tradicionalmente Anagrama ha apelado a un lector de literatura…
–Pero Anagrama también ha conseguido durante sus casi cincuenta años grandes hitos, tanto para llegar como para crear lectores, con un tipo de propuestas literarias que han ido desde la literatura más sofisticada hasta la más nueva en algunos momentos, pero también con títulos que se han convertido en clásicos contemporáneos. Entonces yo creo que es un catálogo muy sólido, con clásicos grandes, que de alguna manera ha popularizado la editorial, pero también con éxitos enormes, que no solamente han ido a un lector específicamente literario, sino a un público más amplio.

–En una entrevista de hace algún tiempo Jorge Herralde destacaba como éxito de ventas La conjura de los necios, de John Kennedy Toole.
–Lo que sucede con un tipo de éxitos como éste es que cuando trasciende este número de lectores que nosotros pensamos que son los lectores literarios, la editorial crea una necesidad en un público menos sofisticado quizá que no esperaba comprar ese libro, entonces efectivamente se crean lectores al provocar el deseo de tener ese conocimiento. Y conseguir darle forma a ese deseo y de una forma continuada, durante años y con un catálogo sostenido, es una de las mejores cosas que ha hecho Anagrama, y también es lo que querríamos continuar.

–Las traducciones son muy importantes para la editorial, sobre todo de autores contemporáneos, en algunos casos rupturistas, que han abierto una línea de lectura para nuevas generaciones, pero por otro lado, está la literatura en lengua castellana, donde hay autores españoles y latinoamericanos. ¿Cómo se ecualiza estos dos mundos hoy?
–Para Anagrama, para Herralde y para lo que queremos hacer también, es muy importante estar atentos a literaturas que traen nuevas propuestas en todas las lenguas y Panorama de Narrativas es la colección amarilla ha abierto camino, sobre todo en literatura norteamericana, francesa, inglesa, italiana, y además lo ha hecho de forma sólida, sustentable, apostando por autores a largo plazo, que me parece es la forma real de crear ese interés entre los lectores, porque no suceden las cosas con un libro, con dos; con Richard Ford por ejemplo, Anagrama ha publicado todos sus libros y le ha seguido hasta que se consiguió una consolidación del autor en el público en español. Hace un año le dieron el Príncipe de Asturias, lo que demuestra que además de ser un autor muy querido por el público en español y a veces más conocido, puede que sea más apreciado y más vendido en español que quizá en su propia lengua.

–Eso es lo que hace cualquier editorial en un punto, ¿no? ¿Mover a sus autores?
–Sí, pero por otro lado es muy importante para cualquier proyecto editorial con voluntad de incidir es básico publicar en la lengua propia, porque realmente es ahí donde se juega el compromiso con la propia literatura, ahí está esa especie de interconexión entre el creador y la industria. Yo creo que el hecho de empezar con la colección de Narrativas Hispánicas y el estar comprometido con la publicación de autores españoles y latinoamericanos y darlos a conocer en los distintos países es lo que nos caracteriza.

–Kurt Wolff, el gran editor de Kafka, decía que había que publicar primero a los autores de la lengua a la que pertenecía.
–Es que es ahí donde se juega realmente el compromiso con la literatura. Además el editor es el primer lector: la traducción es fantástica y muchísimos lectores en España hemos conocido autores de afuera gracias a colecciones como las de Anagrama, pero realmente donde incides y donde más te la juegas es en la literatura en tu propia idioma, donde decides qué línea seguir, por dónde apostar, a quién apoyar. Ése es el trabajo más de editor.

–Anagrama está muy presente en el mercado latinoamericano, no solamente con las traducciones, sino con autores argentinos, chilenos, de todas las nacionalidades casi.
–Ricardo Piglia, que se publicó en otras editoriales pero creo que para muchísimos lectores, como yo, lo conocimos cuando apareció en la colección Narrativas Hispánicas, lo mismo con otros autores argentinos, chilenos y mexicanos. Y bueno, es lógico: el Premio Herralde de Novela tiene una gran tradición de latinoamericanos que lo ganaron, ahora mismo no recuerdo el número exacto que lo ganaron pero te diría que es fifty/fifty en latinoamericanos/españoles.

–A propósito de latinoamericanos y de autores que descubrió Anagrama y que supo vender muy bien, ¿cuál es la evaluación que haces del fenómeno Roberto Bolaño, que ya no lo publican ustedes, sino Alfaguara, y del que están editando cosas que había escrito en los 80, con lo que su obra póstuma podría alcanzar o superar la cantidad de títulos publicados en vida?
–Bueno, eso la verdad es complicado comentar con argumentos realmente de peso, porque tampoco conozco bien su obra, conozco los dos últimos libros que se publicaron, pero también nosotros apostamos por publicar póstumos. Ahora a mí Bolaño me parece un autor fundamental, importantísimo, siento realmente una tristeza porque no esté en el catálogo de Anagrama, pero esas cosas pasan y la vida sigue. Y por otro lado creo que Anagrama hubiese hecho lo mismo publicando esas dos obras, por lo menos, las que leí, porque me parecen suficientemente importantes para publicarlas. En ese sentido creo que Random House ha hecho lo lógico.

–¿Crees que Bolaño fue un escritor chileno, mexicano o español?
–A mí Bolaño me parece un escritor en lengua española. Yo lo he leído sin tener la exacta percepción de su nacionalidad, pese a que la sabía, pero esas cosas de pronto uno las olvida. Lo he leído como un escritor, repito, importantísimo en nuestra lengua, y no me ha importado si es chileno o mexicano; evidentemente es un escritor que aglutina muchísimas tradiciones y que pertenece a todos estos lugares.

–¿Qué tanto interés hay ahora en España por los autores latinoamericanos?
–Yo creo que vivimos un poquito de espaldas, quizá ahora no tanto: entonces ni aquí interesan tanto los autores españoles ni en España interesan tanto los autores latinoamericanos, tanto como debería, por importancia, por talento y por número. Pese a ello creo que hay muchos editores en España absolutamente atentos a la obra de muchos escritores de acá, como no puede ser de otra manera, porque hay verdaderos talentos y gente muy interesante. No sé por qué pasa, pero imagino que hay un tema con las diferentes modalidades de la lengua.

–¿Es sólo una impresión o parece que las traducciones que están haciendo las editoriales españolas no están, como se suele decir, tan “gallegas”, tan llenas de españolismos?
–Es verdad que los traductores y las editoriales están buscando maneras más neutras para soluciones posibles, en este sentido sí creo que hay una atención mayor hacia ello, pero también depende mucho de los libros. Porque hay novelas en las que se utiliza mucho slang y en ellas quizá es muy complicado que acabe siendo la mejor opción la más neutra, porque realmente tienes que poner un poco de carácter ahí, y ahí es donde más se juega en terreno resbaladizo, donde más se ve lo local y evidentemente las “gallegadas” o lo que sea, aunque también es verdad a veces se hace demasiado problema cuando nosotros hemos leído, y esto lo comenta Herralde a menudo, libros de Monte Ávila, de Sudamericana, con soluciones que no son las habituales en el español de España y no ha pasado nada: todos comprendemos, así que no lo veo tan problemático.

–¿Pero en esta traducción un poco más neutra de las editoriales españolas hay decisión editorial o un adecuamiento de los mismos traductores?
–No, hay una atención editorial, un trabajo interno para pensar cuál es la mejor opción.

–Hace unos años, cuando España aún no salía de la crisis editorial (hoy parece que lo ha hecho), el director editorial de Planeta Cono Sur, Ignacio Iraola, comentaba en una entrevista que a las sedes de Planeta en Colombia, Argentina y México se les pedía un mayor esfuerzo en las ventas de parte de la casa matriz. Anagrama, si bien no es una trasnacional, ¿qué espera de estos mercados?
–Directrices no hay, pero es cierto que ha crecido la parte que corresponde a la facturación total de países latinoamericanos con respecto a otros momentos de la editorial, por eso seguimos muy atentos a un mercado, porque no es solamente un tema de facturación sino un tema de voluntad, de presencia, de amplitud y de compromiso con las propias literaturas de nuestra lengua. Creo que siempre hemos estado muy cerca. De hecho Herralde ha estado cerquísima de Argentina y de México, especialmente. Lo que sí tenemos es una voluntad de estar más presentes con mejores precios, con una política de llevar autores a los distintos festivales.

–¿Cuáles han sido en tu experiencia los cambios que ha sufrido Anagrama desde que fue comprada por Fetrinelli?
–Fetrinelli es una editorial que sentimental e ideológicamente está muy cercana a Anagrama, pero además hay relaciones de amistad, personal y familiar, muy cercanas al propio Jorge. Por otro lado, Carlo Fetrinelli siente una fascinación por Anagrama, le ha gustado desde siempre, y quiere llevarla al futuro con un carácter que se mantenga y darle también todas las posibilidades tanto tecnológicas como de futuro para que se desarrolle. Y yo también las noto cerca, nada inclusivos en lo que sería catálogos, con mucho diálogo. En cuanto a la metodología de trabajo tenemos más apoyo, un editor con posibilidades de apoyarnos si queremos desarrollar más el mercado latinoamericano, de apoyar más algunas cosas que solos quizá no podríamos, pero en cuanto a decisiones en cuanto al catálogo eso sigue siendo nuestra.

–Por último, ¿qué proyectos están desarrollando?
–El año que viene cumplimos cincuenta años y queremos celebrarlos con proyectos, por un lado, conmemorativos pero también con proyectos de futuro y para eso ya hemos empezado con dos colecciones de alguna manera nuevas, aunque en realidad se trataba de revitalizar una colección que ya estaba: los cuadernos. Y, por otro lado, Anagrama Gráfica. Pero además estamos muy atentos al tema del audiolibro, sobre todo viendo distintas opciones, viendo cómo lo podríamos desarrollar. Estamos atentos a cómo podemos mejorar nuestra presencia en Latinoamérica, con solidez estamos trabajando en este sentido, y bueno, hay proyectos de asentar y de hacer más sólida la editorial, incorporando autores nuevos.

miércoles, 25 de abril de 2018

La contribución del gobierno de Macri a la ficción de la cultura argentina, en vísperas de una nueva Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

La Argentina es un país que ha pasado sensiblemente de la realidad al “como si”. De hecho, vivimos como si la cultura tuviera la misma importancia que en otras partes del mundo, pero nadie está demasiado dispuesto a pagar por ella. El Estado la financia cada vez menos, y cuando lo hace crea una ficción de gratuidad que termina por desalentar a los empresarios y productores, logrando en ese trámite, producir en los usuarios la ilusión de que es gratuita y que no vale la pena el esfuerzo de sostenerla.

Cada rubro de las llamadas industrias culturales tiene lo suyo. Y el sector del libro, también. De hecho, el escritor y periodista chileno Gonzalo León, en el artículo publicado en el diario Perfil el pasado 21 de abril –y que se reproduce a continuación–, da cuenta de ello. En la bajada se dice: “Las cifras preliminares no logran poner de acuerdo a los distintos actores, aunque todos coinciden en que 2017 fue otro mal año para el libro. La llegada de Amazon complicaría aun más la situación”.

 

¿Una crisis sin frenos?

 

El panorama de la industria editorial no es sencillo: algunos señalan que desde 2016, con las primeras medidas económicas del gobierno de Mauricio Macri, se frenó el consumo y comenzó la caída en las ventas de libros, mientras que otros indican que esto había arrancado en 2015. Sea como sea, la industria del libro lleva dos o tres años de caída. Si se observa, por ejemplo, el informe de la Cámara Argentina del Libro (CAL), que reúne a más de quinientos editores, libreros y distribuidores, el total de libros impresos, vale decir la oferta, viene cayendo sostenidamente desde 2015: de 129 millones en 2014 pasó bruscamente a 84, luego en 2016 a 63 millones y en 2017 a 51. En números, hay una caída de un 60% de la oferta. Algunos se precipitarán a decir que se debe a que el Estado, desde el último año de gobierno de Cristina Fernández, dejó de comprar libros de la manera que lo venía haciendo, fenómeno que se agudizó durante el primer año de gobierno de Macri. Sea cual fuere la razón, la industria del libro parece estar contra las cuerdas y no se explica cómo no cierran más librerías o más editoriales, ya que a la caída de la oferta se ha experimentado otra caída, la de la demanda, que en sólo dos años acumula un desplome de un 30%, según Martín Gremmelspacher, presidente de la Fundación El Libro, organizadora de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Sin embargo, y a diferencia de otros años, se estaría produciendo una divergencia acentuada entre los datos que miden la CAL y la Cámara Argentina de Publicaciones (CAP), las dos cámaras que entregan informes sobre el sector; una divergencia que se extiende a la percepción de las grandes, medianas y pequeñas editoriales.

Rodolfo Reyna, presidente de la CAP y director de Catapulta Ediciones, señala que en la Argentina no hay datos publicados de consumo en los puntos de venta como en otros países, por eso “es bastante más difícil procesar los datos y no queremos cometer errores”. De esta manera explica el retraso de la publicación del Libro Blanco de la Industria Editorial, que encargan a la consultora Promage y que debió salir antes del comienzo de la FIL.

De todos modos, se pueden comentar algunos datos o apreciaciones, entre ellos el más relevante “no sólo desde mi función en la cámara, sino como director de mi propia editorial, es que en los pasados dos años hubo una caída de la venta que acumula un 20%. Ese 20% se produce 15% en 2016 y 5% en 2017; si tú lo mides mes a mes es una curva que se atenúa y pareciera que hemos tocado una base sólida y que la caída no continuará”. Los primeros números de este año son bastante similares a los del año pasado, por lo que, de persistir la tendencia, “no creemos que haya ni crecimiento ni decrecimiento, en mi creencia deseo que hubiera más ejemplares vendidos. En Argentina, que tiene una enorme cantidad de puntos de venta, esa caída no va a continuar”. Algunos datos indican que 2018 sería un año “más predecible que los dos años anteriores”, porque tanto en Europa como en Estados Unidos ha habido una retracción del mercado del libro en un 20%, que, según Reyna, “tiene que ver con un cambio en el consumo cultural, que casi digo que combatimos más con Netflix que con otras editoriales. Hay un cambio en el paradigma de la lectura y por tanto de la compra”.

Por alguna razón Fernando Zambra, director de la consultora Promage que provee de datos a la CAP para la confección del Libro Blanco, es en algunas cosas más optimista que Reyna. Para él, pese a las quejas sobre todo de las grandes editoriales, 2017 estará más cercano a una caída del 5% que del 10%, “eso siempre en mercado interno, y puede ser que las grandes editoriales se quejen más porque ahora les tocó más a ellas: 2016 golpeó a todos, pero las grandes lograron pasarlo mejor, y 2017 fue al revés”. Ya desde finales del año pasado las grandes editoriales –Planeta y Random House– señalaban que su caída estaría por encima del 10%. Esta percepción se debe, según Zambra, a que “fue un año en el que no hubo grandes éxitos editoriales, y eso les pega especialmente a las grandes, probablemente las pequeñas y medianas tuvieron mayor capacidad de reacción”.

Pese al buen arranque del año, Zambra discrepa con Reyna en el sentido de que, para él, la incertidumbre persiste y frente a esa incertidumbre, “de dos años donde no hubo buenas noticias”, los grandes grupos han decidido ser más precavidos (las editoriales pequeñas ya habían tomado sus precauciones): “Todavía estamos en un período inestable: mientras la inflación no se controle y persista la incertidumbre, especialmente por las tarifas y por si se mantendrá el trabajo, las personas cuidarán más lo que consumen”.

El presidente de la CAP, por su lado, cree que el hecho de que 2017 les haya pegado a las grandes editoriales se debe a que cuando hay una disminución de los consumos y volúmenes las grandes son más lentas en responder: “Lo que pasa es que si vos tenés una estructura de edición con ciclos –pensá que desde la decisión editorial y hasta que el libro está en el mercado pasan más de doce meses– y seguís adelante sin tomar adecuadamente lo que te están diciendo las ventas, cuando te das cuenta ya es tarde, o se acusa el golpe con mayor fuerza”.

Ignacio Iraola, director editorial del Grupo Planeta, estima de partida que la caída para ellos fue de un 10% y observa que “siempre cuando viene una crisis afecta primero a las pequeñas y medianas y luego a las grandes. ¡Eso es lógico!”. Aunque observa que los primeros en advertirla fueron los libreros en 2016: “El problema básicamente es que la gente no tiene plata. Y el libro es la última cosa que se le pasa por la cabeza a la gente cuando tiene que consumir. Vos tenés librerías que están absolutamente agobiadas porque les subieron las tarifas de los servicios y hay una baja del consumo y una inflación que no para. Ahora imaginá que si el año pasado bajó la cantidad de gente que fue al supermercado, a partir de ahí te muestra la crisis que hay en el país”.

En cuanto a los números que entregan la CAP y la CAL, Iraola dice que desde su óptica pueden servir, pero “también sabemos que los números se pueden dibujar como pasó con el Indec, entonces ya desde el momento que digan que la caída fue del 5% cuando para nosotros fue el doble, hay una cosa que no calza”.

Para afrontar la crisis, y sobre todo la incertidumbre, Planeta ha hecho un ajuste, que se traduce  en una disminución de 150 títulos de un año para otro, porque no se puede mantener la oferta si la demanda no crece, “tratando siempre de ser certeros, de afinar al lápiz, de intentar vender más, pero así y todo nuestro plan editorial se redujo en un 15%”. Además se redujeron las tiradas, pese a lo cual siguen apostando a los best-seller: “Somos más cautelosos, porque precisamente no sabemos si tocamos fondo. Esta crisis, como la de 2001, siempre te obliga a estar un poco más atento, pero no podemos dejar de apostar, Planeta es así”.

Los datos que maneja Iraola con respecto a las ventas que permanentemente monitorea el grupo editorial indican que efectivamente enero y febrero fueron mejores que el año pasado, pero marzo ya no; según él, porque la gente “optó por salir en Semana Santa: ir a la playa o salir a comer, etcétera. Esa semana fue una lágrima, una de las peores semanas en años”. Marzo le hace dudar de que la caída de las ventas haya tocado fondo, y por eso más bien es escéptico. Si se toca fondo y se sale del hoyo, mejor. Observa que cuando hay un daño en el mercado, la cicatriz queda, por eso no cree que el mercado se recupere tal como estaba en 2014 o 2015: “Quizá haya que asumir que hay público que perdimos, tal como sucedió en España”.

Juan Manuel Pampín, tesorero de la CAL y gerente de Ediciones Corregidor, comparte con Iraola que no se va a recuperar mercado, pero no se refiere a 2014 o 2015, sino a 2011 o 2012, “después si comparamos 2017 contra 2016 la caída fue menor, es cierto, pero si la comparamos contra 2015 es espantosa”. Aquí coincide también con la apreciación del presidente de la Fundación El Libro de un 30%. Con respecto a que 2016 les pegó más a las pequeñas y medianas y 2017 a las grandes, disiente con ese diagnóstico, porque lo que pasa “es que las chicas y medianas sentimos más la crisis porque una editorial más grande puede achicar un departamento, poner diez empleados menos, pero la realidad de una empresa es distinta, trabajamos con un plantel mínimo, que ronda entre las tres y ocho personas”.

Esta apreciación la comparte Víctor Malumián, uno de las cabezas de Ediciones Godot, que este año arranca, al igual que otras editoriales pequeñas y medianas (Blatt & Ríos y Bajo la Luna, la primera retiró la distribución de Waldhuter en 2016 y la segunda de Galerna el año pasado), con distribución propia: “No sé si pegó más en las pequeñas o en las grandes, lo que es seguro es que nosotros no tenemos la espalda financiera para resistir la caída constante en las ventas. La distribución propia ayuda a mejorar la logística del libro, personalizar el trato con el librero y optimizar el volumen de títulos que tenés para que no estén en los lugares incorrectos. No creo que sea la solución a todo, pero creo que alianzas entre editores para reducir costos y aprender más rápido son un camino a recorrer”. Malumián aclara que la decisión de tener distribución propia fue una decisión muy meditada y que coincidió con la crisis del sector.

El cambio de conducta en los patrones de consumo también está afectando, según Pampín, al sector, ya que “hoy competimos por tiempo libre, competimos contra Netflix, contra Spotify, contra Facebook, y hace unos años eso no pasaba, porque vos competías contra las novedades de Planeta y Sudamericana”. A eso hay que sumarle la importación indiscriminada, la cual se observa principalmente de títulos de editoriales extranjeras, que son “rezagos, y eso es peligroso, porque el mercado español, por ejemplo, tiene tiradas mucho más grandes que las nuestras, entonces si envían tres mil ejemplares de un título, que a todo esto ya dieron por perdido, el daño que genera en cuanto a la competencia es muy grande”. Pampín observa que esta importación puede que esté llegando a un techo, pero la importación ligada a la producción local no, porque antes cuando uno pensaba hacer una producción en China o en India no pensabas en menos de cinco mil ejemplares de tirada, hoy en cambio “se hacen tiradas muchísimo más pequeñas”.

Las importaciones han crecido velozmente desde que asumió Mauricio Macri y se derogó la restricción al ingreso del libro extranjero, que según muchos había afectado la bibliodiversidad. El informe de la CAL consigna que en 2017 las importaciones representaron US$ 128 millones, mientras que las exportaciones tan solo US% 26,5 millones. Es decir que hubo libro importado que no le dejó lugar al libro argentino, y por otra parte el libro local aún no encuentra el modo de salir al mundo y ser competitivo.

Para Rodolfo Reyna, tanto las políticas de intercambio internacional como el valor de nuestra moneda impidieron la participación en los mercados internacionales: “Y en el caso del libro, si por varios años pierdes el cliente, el desafío luego es recuperar a ese cliente. Con el dólar a $ 20 recién estamos entrando a hablar, por eso creemos que el precio interno del dólar tiene que acompañar a la inflación, y eso por meses no sucedió, recién ahora hay una relación peso/dólar que nos hace más competitivos. Pero hoy, prácticamente, Argentina no exporta libros”.

El panorama del sector no es ni sencillo ni alentador, pero podría ser peor. La creencia de que se ha tocado fondo opera en dos frentes: por un lado como una declaración de optimismo y por otro como un modo de detener las estrategias para navegar en estas tormentosas aguas. Mientras no se toque fondo objetivamente, lo mejor será pensar como si la tormenta continuara. Mientras tanto, mañana lunes se conmemora el Día Internacional del Libro y arrancan las Jornadas Profesionales de la FIL, que inaugura al público este jueves. Tal vez esta feria pueda dar una muy buena noticia para la industria editorial.

Amazon, el fantasma que viene
La instalación de Amazon en Argentina es otra de las grandes amenazas para la industria editorial, una amenaza que podría darle una nueva configuración al sector. Si bien es el gran jugador del e-commerce, por el momento no está en ese negocio, lo que no quiere decir, según Fernando Zambra, que en un tiempo esté: “Creo que tendremos Amazon en Argentina dentro de un año o dos. Argentina, para la industria del libro, es uno de los mercados más grandes de América Latina, y si hay una idea de un país integrado al mundo y con una economía más abierta, va a ser de interés para alguien que quiera hacer un negocio en el mercado del libro”.

El presidente de la CAP cree algo similar a Zambra y especula que si Amazon tiene una oficina aquí, “necesariamente debe haber un plan estratégico detrás. De hecho habría que hacer la pregunta al revés: por qué Amazon no entró antes en Argentina. Y a mi modo de entender fue por el elevado costo del negocio de la distribución, ya sea en parcelas o por carteles”.

Juan Manuel Pampín señala que con el cambio de política que hay en Mercado Libre hacia el libro es claro que hay actores que se están preparando “muy fuertemente para la llegada de Amazon en el e-commerce, y la mayor ventaja que tiene Mercado Libre para competir es el precio único de los libros, entonces como eso es fijo, vas a competir por el servicio que tarde menos tiempo en despachar el producto, y Mercado Libre es más rápido. Las librerías que ya llevan un tiempo vendiendo por ese portal han demostrado mucha eficiencia”.
Amazon trabaja bastante con la autoedición y, de acuerdo al informe de la CAL, de todo lo que se publicó el año pasado 13% fueron autoediciones y otro 10% servicios editoriales, es decir que en conjunto forman un 23%, que constituye un apetitoso mercado para Amazon, que en Brasil entró no solo al negocio del e-commerce, sino al de la autoedición y los servicios editoriales.

“Caída de casi un 30% en los últimos dos años”
El año pasado, el presidente de la Fundación El Libro protagonizó un duro cruce con el ministro de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, en medio de la ceremonia de inauguración de la FIL, cuando señaló que el sector editorial estaba viviendo momentos muy delicados y que de concretarse el gravamen del IVA al libro, que planeaba el Gobierno, sería un “tiro de gracia”. La respuesta del ministro fue un seco “Conmigo no, Martín”, y agregó que no era el peor momento de la industria, que la industria había vivido momentos peores, como las dictaduras y las hiperinflaciones. Después de un año de ese cruce, Gremmelspacher no se arrepiente de nada:

—Mi descripción fue hecha con datos duros de la realidad, por tal motivo no me arrepiento. Independientemente de esto nuestras relaciones personales e institucionales son buenas y van más allá de los días de la Feria. En el año no es poco lo que logramos acordar, como el apoyo a los libreros que vienen a las Jornadas Profesionales y el Programa Libro% de Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip). Pero, justamente, la Fundación organiza el mayor encuentro anual de negocios, que son las Jornadas Profesionales, y eso solo indica que nos importa la situación. Además, todas las cámaras y federaciones del libro que nos conforman nos llegan con la preocupación de la caída en la producción y las ventas.

—Según los datos preliminares de Promage, la caída del sector será de un 5% en las ventas. ¿Cree que la industria editorial tocó fondo y que de aquí en adelante volverá a crecer?

—La caída respecto de 2016 está entre un 5 y un 10%, lo que da en los dos últimos años una caída aproximada de 30%.

—¿Cuáles son las estrategias comerciales que ha implementado la Fundación para promover el consumo de libros durante los días de la Feria? ¿Se puede promover la compra en una economía afectada por el consumo transversalmente?

—Respondiendo primero la segunda inquietud, nosotros trabajamos contra viento y marea, no bajamos los brazos, ni nos ponemos a pensar en un “para qué”, porque es peor. Salimos hacia adelante siempre. Luego, en la Feria hacemos varias acciones. Para los profesionales (libreros y bibliotecarios, sobre todo) tenemos los programas Librero/Bibliotecario Amigo, por el que pueden comprar al 50% (el margen habitual es un 10%, o más, menor para ellos); el envío gratuito para compras a interior o exterior; damos ayudas para viajar a los que vienen a hacer negocios, entre otras iniciativas. En los días de público, tenemos los chequelibros que damos a los visitantes, y que se pueden utilizar en librerías una vez terminada la Feria, y también hacemos acuerdos de promoción para descuentos con bancos y tarjetas (Ciudad, Provincia, tarjeta Naranja). Luego están las compras de Conabip, que por suerte se sostienen.

—¿Entre el año pasado y este ha ocurrido algo para que el desgravamen del IVA a los libros se vea afectado o el Gobierno desistió de esa iniciativa?

—Lo que sabemos hasta ahora es que el Gobierno desistió de gravar al libro con el IVA.


viernes, 7 de abril de 2017

Un Finnegans Wake anotado vía México

“Obsesionado por la misma maldición que atormentó a Salvador Elizondo, otro escritor mexicano traduce y explica la novela más intrincada de James Joyce con la única finalidad de acercarla al mayor número de lectores posible. Una empresa que bambolea entre la locura, la genialidad y el fracaso.” Eso dice la bajada de la nota firmada por Gonzalo León, a propósito de la edición anotada de Finnegans Wake, de James Joyce, realizada por el mexicano Juan Díaz Victoria (foto), que publicó el 12 de marzo pasado el diario Perfil, de Buenos Aires.

Estela de Joyce

Una de las características de la obra del escritor James Joyce (1882-1941) en Latinoamérica es que sus dos últimas novelas, el Ulises y el Finnegans Wake (FW) –que cambiaron la historia de la literatura–, fueron traducidas por desconocidos y amateurs. José Salas Subirat, un agente de seguros, tradujo por primera vez al castellano el Ulises, mientras que Marcelo Zabaloy, un ex rugbier bahiense, hizo lo propio con el Finnegans. Parece ser que ése es el derrotero de la obra de Joyce en castellano, que los desconocidos y traductores amateurs se hagan cargo de ella. A ellos se une ahora el escritor mexicano Juan Díaz Victoria, que está haciendo la edición anotada del FW para que lo inentendible se pueda entender, y para ello ya lleva diez años de arduo trabajo. Estela de Finnegans se llama el primer capítulo de esta edición anotada. “Estela” es el tercer significado de wake en castellano, después de “resurrección” y “despertar”; estela como seguir la huella, que es lo que significa la traducción para este escritor mexicano.

“Cuando estaba en la universidad leí la entrada del FW y me pareció un texto espléndido con un enfoque excepcional, desde ahí fue un escritor insigne para mí”, explica desde Cuernavaca Juan Díaz Victoria para luego afirmar decididamente que esta novela es “la obra más monumental de la historia de la literatura, sólo comparable con la Divina comedia o con la Biblia”. Por eso le molestaba que se dijera que era intraducible o que no decía nada. Cansado de esas excusas decidió emprender su propio trabajo. Reconoce que no es un libro fácil y que sus primeros lectores –Pound, Eliot y Beckett– no conseguían hallar los hilos de la trama: “El mismo Beckett, que estuvo al lado de él mientas la escribía, comentó que había que leer el FW como una instalación verbal. Con el material que tengo reunido hasta ahora, no estoy seguro de que pueda verse como una instalación verbal, porque cada una de las referencias tiene un sentido”. Agrega además que no ha encontrado nada que pudiera calificarse como errata, ya que todo, incluso lo que pudiera parecer una errata, toma sentido más adelante; es lo que este escritor denomina “mecanismo de redundancia”, y enfatiza que “cada una de las referencias tiene un sentido, no es aleatorio ni es ruido” y que desde luego “Joyce quiso complicar las cosas”.

Este escritor, tal como hizo Ernest Fenollosa para comprender el chino, dice haber descifrado este mecanismo de redundancia gracias a un método personal, intuitivo, como una especie de piedra Rosetta, en el que primero localiza lo que no es claro, introduce su método y luego para confirmar que está en lo cierto recurre a las cartas, las notas o al mismo texto de Joyce: “Por ejemplo, yo decía de pronto ‘esto viene de un sueño o de tal idioma o dialecto’ y más adelante, dentro del mismo FW, Joyce me daba la razón al mencionar el país o el lugar donde se hablaba ese idioma o dialecto”. En estos diez años, Díaz Victoria ha desarrollado empatía con la novela, encontrando su ritmo y sus referencias: “Jamás pensé que no decía nada y, profundizando, me di cuenta de que todo el texto era continuo y que estaba interrelacionado. Entonces me basé en lo que Joyce dijo: ‘Todas las palabras tienen un sentido y están por una razón’”. Este escritor ya había detectado la intención de “abrir un código y generar condiciones que hagan predecible lo que en una primera lectura resulta impredecible”. Eso es, para él, lo que desarrolló aquí.

Una edición anotada sirve para entender todo lo que a primera vista es inentendible; textos como la Divina comedia cuentan con ediciones anotadas, pero el caso del FW es particular dado que buena parte podría ser sujeto de anotación, de ahí las más de mil notas en el primer capítulo. El proyecto completo de Díaz Victoria podría alcanzar cerca de veinte mil notas en sus 17 capítulos. La importancia de esta edición está en la necesidad de “poner en concreto lo que está disperso”, es decir, de poner la máxima información posible al lector para que el Finnegans sea entendible. Una de las cuestiones que lo hacen inentendible es que no está escrito en un idioma, sino en varios idiomas, dialectos y juegos de palabras a los que Joyce se fue haciendo adicto: “Por ejemplo, a la palabra rori que sale al comienzo, por una modificación del latín que él hizo, le dio el arbitrario significado de ‘rojo’, y la usa para referirse a un atardecer. De todas las referencias posibles es la más compleja, la más arbitraria, y ahí vemos cómo Joyce se dispara en sus referencias”.

Lo curioso es que la trama del primer borrador del FW, como consigna Díaz Victoria en el prólogo de Estela de Finnegans, era “diáfana” y tenía un quinto de la extensión actual, es decir, 140 páginas: “Allí estableció una línea argumental en cada uno de los capítulos, pero luego los fue extendiendo y deformando; pero no fue una deformación gratuita, tenía un método, un mecanismo de redundancia”. Las notas dejan en evidencia esta deformación, notas que van desde la alta hasta la baja cultura: alusiones bíblicas, al Corán, históricas, geográficas y políticas, pero también a leyendas populares, al pop, a la masturbación y al alcohol.

Para Díaz Victoria, resulta curioso que los lectores se sigan aproximando con reverencia al FW cuando es un libro, como el Quijote, para reírse. Pero además es el texto más confesional de Joyce: ahí está su temor a perder o a ser engañado por su mujer, su atracción y repulsión por el pecado y la sexualidad, pero además allí confiesa que consumía marihuana por su glaucoma y también opio. Lo que en definitiva hace Joyce es proyectar “toda la historia del mundo por el ojo de su psique, hace pasar toda la historia de la humanidad por su vida. Pero hay algo curioso: si bien hay personajes que representen a su esposa, incluso a él mismo, no hay personajes sólidos que representen a su hijo; de hecho, el heredero masculino de él es el propio Joyce”.

miércoles, 22 de marzo de 2017

A algunos escritores argentinos jóvenes les está yendo relativamente bien en los Estados Unidos

El escritor y periodista chileno Gonzalo León firma la siguiente nota, subida al blog de Eterna Cadencia el 15 de marzo pasado. Su copete dice: “Samanta Schweblin fue nominada al Man Booker Prize, y esa es solo la punta del iceberg de un fenómeno emergente: la literatura argentina contemporánea, cada vez más traducida en un mercado alérgico a las importaciones. Gonzalo León conversó con autores, agentes, editores y traductores”.

Derribando muros

Según el índice Translation Database desarrollado por Chad Post, director editorial del sello independiente Open Letter, descartando las traducciones de clásicos y los libros de no ficción, Estados Unidos es uno de los mercados editoriales que menos traduce: entre ficción y poesía sólo alcanza el 0,7% del total de títulos publicados en un año, y si se amplía eso a no ficción ese porcentaje se eleva al 3%. El agente literario Guillermo Schavelzon fijó ese porcentaje en 67 libros en 2014. Si se compara esta cifra con otros mercados editoriales, la traducción en Estados Unidos es un fenómeno marginal, pese a la gran población latina y no latina existente: por ejemplo, en España las traducciones alcanzan el 28% de los libros publicados en un año, en Francia el 27%, en Turquía el 40%. El traductor y profesor de literatura latinoamericana Sergio Waisman adjudica esto a que Estados Unidos se ve como un exportador de cultura, pero además “hay factores históricos y culturales relacionados a la relación entre centro y periferia que afectan a esta situación”.

Frances Riddle vive en Buenos Aires y ha traducido a Leila Guerreiro y Martín Felipe Castagnet, entre otros autores argentinos, y coincide con Waisman en la explicación de que se traduzca poco en su país: “Exportamos cultura al mundo en escala masiva y aceptamos poquísimo desde el exterior. Las editoriales que publican traducciones son muy chicas, con dos o tres empleados, no pueden competir con las grandes editoriales; ni intentan hacerlo. Y publican traducciones casi diría como un acto político contra esa tendencia de ignorar la existencia de toda literatura proveniente de afuera”. Agrega que el mercado editorial está dominado por las llamadas “Cinco Grandes” que tienen muchos sellos subsidiaros y forman parte de empresas aún más grandes todavía. Estas compañías toman sus decisiones editoriales pensando en las ventas y no les interesa ningún autor extranjero, por más relevante que sea en su país. Por otro lado, la presencia e importancia de la colonia latina (cincuenta millones de latinos) no basta para estimular las traducciones: “En la Argentina hay una gran colectividad china, pero no por eso el argentino promedio tiene un conocimiento o un interés mayor por la cultura china. Creo que por lo general la cultura dominante de un país tiende a no prestar tanta atención a la cultura minoritaria”. La pregunta que debería hacerse, según esta traductora, es por qué en una escuela pública donde el 99% habla castellano ni siquiera se menciona la literatura escrita en ese idioma en el plan de estudios: “Quizás las Cinco Grandes editoriales piensen que el inmigrante promedio de clase trabajadora no lee. Pero una editorial en Texas, Arte Público Press, probó vendiendo sus títulos en castellano en supermercados de los barrios latinos y tuvo enorme éxito”.

Sin embargo, desde hace unos años los autores latinoamericanos comenzaron a ser traducidos, aunque, claro, con un marcado sesgo masculino: Roberto Bolaño, César Aira, Alejandro Zambra y la promesa en la que se está convirtiendo, según Riddle, Martín Felipe Castagnet: “No es casualidad que todos estos autores que nombro sean hombres. Se empieza a hablar de la falta de mujeres en la traducción al inglés. Leila Guerreiro, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin y Pola Oloixarac han publicado libros en los últimos meses. Y creo que hay más atención puesta en lo que están haciendo las escritoras en todo el mundo y con solo buscar muy poco en la literatura argentina ves que está lleno de escritoras increíbles”.


De hecho, a principios de marzo Mariana Enríquez junto a Samanta Schweblin (quien acaba de ser nominada al Man Booker international prize con Distancia de rescate) y Pola Oloixarac fueron mencionadas en una nota en el New York Times bajo el título de ‘Ficción argentina’. Las cosas que perdimos en el fuego, de Enríquez, fue traducida como Things we lost in the fire (Hoghart); ella reconoce que más allá de publicar en Estados Unidos, no tiene mayor idea de cómo funciona ese gran mercado editorial, tampoco sabe cómo se mueven los autores latinos que viven allá, pero sí sabe que “es un privilegio y una suerte que pocos consiguen. Aunque no tengo una fascinación tremenda ni un ataque de vanidad”. Sabe también que hay algo de “legitimación” al entrar al mercado de Estados Unidos, cosa que le irrita de cierto modo: “Insisto que es una suerte, pero no me parece más importante que publicar en Francia. Entiendo que puede ser más importante por cuestiones de mercado, pero eso a mí eso me excede”. Dentro de las satisfacciones que le ha dado entrar a este difícil y complejo mercado fue la traductora que le tocó: Megan McDowell, “que me parece buenísima”. Con respecto al eventual auge de autores latinoamericanos, descree de este fenómeno. En lo que sí cree es en el gran interés que hay por las cuestiones latinas porque en Estados Unidos dado que la población latina es enorme: “Es muy relevante cultural y económicamente. Además, en los últimos años ha sido más visible por varios factores. El dominicano Junot Díaz comió con Obama, que lo lee y es fan de La maravillosa vida de Oscar Wao”.

Martín Felipe Castagnet, al igual que Enríquez, dice que una de las ideas que más le entusiasma de haber publicado en ese mercado es que lo pueda leer Stephen King. Castagnet es el autor argentino más joven que ha publicado en Estados Unidos, y uno de los más jóvenes latinoamericanos. A diferencia de Enríquez, sí cree que en que la literatura latinoamericana puede estar al borde de un nuevo auge, “pero no hay que apresurarse a cantar victoria sólo por haber pasado el famoso embudo norteamericano. Tenemos las traducciones y están empezando a llegar las reseñas; ahora faltan los lectores. El verdadero auge es ser leído; ser publicado es sólo el paso necesario”. Lo que para Castagnet se está desarmando es la creencia de que los libros en castellano tienen que pasar por la vidriera española antes de desembarcar en los Estados Unidos: “Por eso la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es cada vez más importante, y atrae un público cada vez más heterogéneo (con algo de populismo, el agente literario Andrew Wylie bromeó que Guadalajara era la nueva Frankfurt; claro, era el invitado de honor, lo que también fue significativo)”. La Feria del Libro de Buenos Aires, en cambio, aún no es tan atractiva para editores y agentes editoriales como para justificar el viaje transcontinental. En contrapartida, dice, la Semana de editores de la Fundación TyPA así como el Programa Sur de la Cancillería, que fomenta las traducciones de títulos argentinos en el extranjero, “están cumpliendo un gran servicio al país”.

Silvina López Medin, además de haber traducido junto a Mirta Rosenberg Eros, el dulce-amargo, de Anne Carson, es editora del sello estadounidense Ugly Duckling Press (UDP), enfocado en traducir textos de poesía; entre los poetas que han traducido o se encuentran en proceso de traducción se cuentan Alejandra Pizarnik, Marosa di Giorgio, Amanda Berenguer y Arnaldo Calveyra. La editorial además tiene la colección Señal, que son plaquetas bilingües de poetas contemporáneos, como Luis Felipe Fabre, Pablo Katchadjian y Florencia Castellano. Esta editora señala que al fervor que causaron en el público estadounidense Borges, Bolaño y Aira, y más allá de New Directions –el sello que más latinoamericanos ha publicado–, hay otros autores y otras editoriales que están dando cuenta de un fenómeno muy interesante: a los ya desaparecidos Enrique Lihn, Clarice Lispector, Ferreira Gullar se les han unido o pronto lo harán: Hernán Ronsino, Julián López, Alejandro Zambra, Leila Guerreiro, Mariana Enríquez, Lina Meruane, Sergio Chejfec y Raúl Zurita, entre otros. Las editoriales que han puesto sus ojos en ellos han sido Melville House, Deep Vellum, Action Books, Open Letter, Archipelago y Pen Press.

López Medin dice que si se toma en cuenta la presencia argentina sólo el año en curso proyectado hasta mayo de este año se habrán publicado once autores, lo que es una suba importante, ya que el 2008 se publicaron siete títulos de argentinos y el 2015 dieciocho; entonces efectivamente hay un interés de las editoriales, sobre todo por lo argentino, “pero no sé si cabe generalizarlo, digamos que hay un interés genuino en ciertos sectores. Como suele suceder, y como muestran las estadísticas de traducciones de latinoamericanos al inglés (alrededor de 65% ficción versus 35% poesía), la poesía tiende a ocupar espacios más reducidos, pero intensos”. Este optimismo choca con la cifra de títulos en castellano traducidos al inglés: en 2014 fue de 67 y en 2016 de 66. “Los títulos de autores argentinos crecieron con mayor ritmo que el total de las traducciones, y son un componente importante, alrededor del 30%, dentro de los títulos latinoamericanos traducidos del castellano”. Es decir, la composición de los títulos latinoamericanos es lo que ha cambiado en beneficio de los títulos y autores argentinos.

Sergio Waisman ha sido el traductor de la obra de Ricardo Piglia y conoce cómo funciona este mercado más de lo que quisiera. Para él, lo más importante que ha sucedido en los últimos diez o quince años ha sido el surgimiento de editoriales independientes “que se están dedicando principalmente a publicar traducciones literarias, tanto de escritores ‘nuevos’ como de los más ‘consolidados’. El trabajo de algunas de estas editoriales ha sido realmente extraordinario: Open Letter, Archipélago y Deep Vellum [que publicó su traducción de Blanco nocturno, de Piglia], han logrado complementar no sólo lo poco que se publica tradicionalmente en traducción en los Estados Unidos en las Cinco Grandes, sino también lo que venía publicando la más famosa de las independientes, New Directions, y lo que venían (y siguen) haciendo las editoriales universitarias”. Este nuevo grupo de editoriales también incluye al New York Review of Books Classics, que recientemente publicó la traducción de Esther Allen de Zama, la excepcional novela de Antonio di Benedetto: “Lo curioso es que muchas veces los autores latinoamericanos más importantes en sus propios países no han sido editados en las editoriales grandes de los Estados Unidos: Juan José Saer y Ricardo Piglia serían ejemplos de esto”.

Precisamente estar atento a las cuestiones de mercado le ha permitido a Waisman darse cuenta de que ser publicado en Estados Unidos “no necesariamente refleja el valor literario de un dado libro o autor”, pero a la vez ser publicado en este mercado “le otorga un capital simbólico a ese libro y autor que luego parecería influir retrospectivamente en la determinación de su valor”. No es un asunto sencillo de entender. Por lo pronto, este traductor argentino está muy contento con la tarea de traducir El limonero real, de Saer, para Open Letter.

Frances Riddle agrega una cuota de optimismo al señalar que cada vez existen más programas universitarios enfocados a la traducción literaria y más organizaciones profesionales para traductores literarios: “Existe también una mayor conciencia sobre la falta de voces de afuera en la literatura angloparlante”. Se está incluso pudiendo vivir de la traducción, es decir, cada día es más profesional; de hecho no faltan traductores, sino al contrario, sobre todo para el castellano “por ser el idioma extranjero que más presencia tiene en Estados Unidos. Esto genera competencia: muchos traductores cuentan historias de haber traducido un libro para presentarlo a una editorial, pero otro colega presentó el mismo libro a otra editorial al mismo tiempo y logró cerrar un contrato antes”. Sin embargo, la mala noticia es que los editores están colapsados, porque los proyectos de traducción se multiplican y “ni tienen tiempo de responder a todos los mails que les llegan con muestras de traducciones”. Pese a ello, puede decirse que la industria editorial estadounidense va encaminada a derribar muros.