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miércoles, 11 de mayo de 2022

¡La edición convulsionada!

Como recordarán los lectores, la mente del narrador y traductor Andrés Ehrenhaus hierve permanentemente a muy diversas temperaturas. Pero, en ocasiones, los resultados de tales hervores se limitan a un baño María que arroja productos como el que sigue, cuya pertinencia, se comprenderá, es absoluta. 

¡Alarma mundial! ¡La traducción al alza! (Y Saccomando dijo mierda 2) 

¡La edición convulsionada! ¡Se dispara el precio de la traducción! En los últimos tiempos, los indicadores globales vienen señalando un ascenso firme y sostenido de los costos de edición debido al alza experimentada por la traducción, específicamente la así denominada “literaria”, que los expertos relacionarían con la crisis de desabastecimiento y la tendencia inflacionaria a nivel mundial. Acontecimientos como la ulterior pandemia y el actual conflicto bélico habrían incidido de manera conspicua en la escalada de precios de los isumos autorales, de los cuales la palma se la lleva la ya mencionada traducción literaria, que amenaza con subvertir las reglas ya tradicionales de la edición de obras vertidas a una lengua distinta de la original. El sector industrial está evaluando toda clase de opciones alternativas y ya se escuchan voces airadas que manifiestan su preocupación ante un fenómeno de índole aparentemente imparable. Un alto cargo de uno de los principales conglomerados editoriales, que ha preferido permanecer en el anonimato, abundaba en ello de la siguiente manera: “El hecho es irreversible y tenemos que rendirnos ante la evidencia, de lo contrario nos encaminamos a una situación de no salida. Sin traducción no hay edición de obras extranjeras, que representaba hasta ahora alrededor del 75% de nuestra producción, así que vamos a tener que reducir el gasto en otros insumos más contingentes, digamos, como el papel, los costos de imprenta, la promoción, los gastos de representación e incluso, mire lo que le digo, nuestros propios salarios. ¡Imagínese el descalabro que esto supondría!” A la luz de estas confidencias, no sorprende su voluntad de anonimato. 

Otros apuntan a una profunda reformulación de los márgenes proporcionales que inciden en toda la cadena de venta del libro. Se trataría en este caso de renegociar con distribuidoras y librerías y demás intermediarios de la cadena unos porcentajes insostenibles y basados en normas y circunstancias totalmente desactualizadas, toda vez que la incontenible marea de incrementos autorales afecta tanto a las tarifas por encargo como a los porcentajes de los así llamados “royalties”, que en las últimas semanas ya han superado la legendaria barrera de los dos dígitos. Ello ha abierto un nuevo frente interno en el seno de las corporaciones y lobbies de editores, algunos de los cuales estarían reclamando medidas más drásticas e inmediatas, como por ejemplo la implementación de amplios descuentos fiscales en todo lo relativo a la creación o, incluso, la aplicación de una amnistía impositiva aplicada, valga la redundancia, a los insumos autorales. Medios afines a las administraciones estatales no han avanzado ninguna hipótesis al respecto, dados las repercusiones que tales medias (calificadas de “salvavidas pinchados” en los mentideros oficiales) podrían llegar a tener. 

Pero no acaban allí los devaneos y las tribulaciones editoriales. Puesto que la traducción literaria es, a efectos financieros, como el oro, el petróleo u otras materias primas, es decir, un bien cultural cuyo valor simbólico se condice con su valor de mercado, sujeto a fluctuaciones pero nunca contestado en su esencia, no han faltado aquellos que, con un criterio un tanto oportunista y casi se diría trivial, han intentado operar prescindiendo de ella, con las consecuencias ya por todos conocidas. Tal es el caso de una conocida casa editorial que lanzó hace apenas unos meses una colecciónde clásicos universales “traducidos a  la nada”, es decir, idénticos a los originales en todo, coma por coma y errata por errata. Huelga mencionar que esta operación, basada en una banalización de la menardización propuesta como un juego ficcional por una de nuestras luminarias universales, obtuvo una respuesta tan desastrosa por parte del público que la susodicha casa fue a la quiebra y ahora está en convocatoria de acreedores; tal fue su descalabro y desprestigio que no hay megagrupo que quiera fagocitarla. También resuenan aún en la memoria los inanes esfuerzos de otros sellos por adaptarse a las exigencias de sus asesores financieros y sus directores comerciales y “despersonalizar” las traducciones, poniéndolas en manos de máquinas y motores informáticos, lo cual acabaría de un plumazo con el problema de tarifas y derechos. ¿Quién no recuerda el reciente batacazo que se dieron las lujosas ediciones a todo trapo de Alicia a través del vaso mirador, Agarra veintidós (Coge veintidós en la edición española), La ciencia de los gays o Harry Potter y el medio príncipe de sangre, por reflejar apenas algunos ejemplos? El fracaso, claro está, fue sonado. “¿Sabe que pasó?”, confiesa uno de los responsables del traspié, “Cuando quisimos someter las traducciones no humanas al sabio criterio de correctores y editores de mesa con experiencia, descubrimos que los viejos habían muerto de inanición [sic] y los jóvenes directamente no existían: el oficio estaba baldío”. 

Sea como fuere, y dada la potencia tanto cualitativa como cuantitativa del sector de la traducción literaria, las soluciones pasarán indefectiblemente por reducir costos y percentiles superfluos... o asistir al fin de la edición global de libros de otras lenguas y culturas (incluidas la nuestras, claro, ¡que tampoco se traducirán!). 

Suerte en pila.

viernes, 6 de mayo de 2022

Los escasos márgenes que arroja la industria

Andrés Ehrenhaus, del otro lado del Atlántico, reflexiona sobre el discurso de Guillermo Saccomano en la Feria del Libro y sus consecuencias.

Entonces Saccomano dijo mierdra

De acuerdo, Saccomano dijo mierdra./ En casa del burgués no se menciona/ la guita, no se dice cuanto cuestan / las viandas que te tiran a la boca. / Te invitan a la cena, no vengás / a armar quilombo al pedo, no podés / hablarles de su retención anal / y revolear el timbo a lo Krushev./ Hacé como los otros, que pusieron / el énfasis en la literatura / y en la emoción que esconde un libro adentro/ y no en las plusvalías de la industria./ Mas no, fue y dijo mierdra Saccomano;/ habrá que ver si incide en el mercado.

Cada vez que alguien va y sacude el árbol, de sus ramas caen toda clase de cosas inusitadas durante un tiempo quizás demasiado breve pero fructífero y aprovechable. Lo que Saccomano sacudió no fue, obviamente, la conciencia burguesa sino el manual de usos y buenas costumbres del dinero blanqueado en cultura. Y lo que cayó fue la hojarasca que lo proteje o disimula: que nadie diga que lo que hace la industria (lucrarse del trabajo autoral) no es en beneficio de todos. Obvio que el negocio editorial es un negocio a medias; vender armas o fármacos caducados arroja márgenes mucho más amplios. Pero vender libros no deja de ser un negocio. Lo que tenemos que empezar a preguntarnos los autores es si lo nuestro también lo es, o puede serlo. Hasta ahora, la respuesta viene siendo que no. Es decir, es un negocio pero ajeno, por magro que sea. Y para nosotros, es un más que magro medio de subsistencia.Si en el epectro autoral incluimos a los traductores, lo magro ya se torna en miseria. Eppur se traduce.

Es inadmisible, es decir, para escribirlo con todas la letras, una reverenda tomada de pelo, que nos corran siempre con los escasos márgenes que esa industria arroja. Ya no más. Me importan un pepino sus márgenes: me preocupan los míos. Ningún traductor puede vivir dignamente de su trabajo autoral. Pocos escritores pueden hacerlo. No obstante, la mayoría de editores tienen sueldos aceptables. Hay algo ahí que no cierra. O nosotros no sabemos administrar nuestro patrimonio o ellos le mienten al fisco. La pregunta clave es: ¿podemos vender más caro nuestro trabajo autoral? Sí, dije culo, o sea, dije vender. ¿Podemos equilibrar a la alta eso que para nosotros es su valor de uso y para ellos su valor de cambio? ¿No radicaría ahí la verdadera revolución autoral? Basta de hablar de derechos de autor cuando esos derechos arrojan miserias. Con la moral no se come. Menos que con el prestigio, para parafrasear a Saccomano.

Todo el mundo sabe que para que un negocio rinda hay que reducir costos e incrementar beneficios. Si un libro no puede venderse a precios desorbitados y el papel está carísimo, ¿qué eslabón de la cadena de variables es el más lábil y, por tanto, el más apretable? La respuesta está soplando en el viento.

Que los burgueses se epaten causa gracia y una íntima pero efímera schadenfreude, que poco sirve para vivir mejor. La cuestión no pasa, entonces, por epatarlos sino por sentarse a discutir seriamente las condiciones de una nueva realidad de explotación y lucro de nuestras craciones autorales. Hay que darle vuelta a la cuestión del prestigio y la ganancia moral: que eso se lo lleven ellos y a cambio nos den guita, más guita. No queremos aplauso, queremos más guita.

Igual que ellos.

jueves, 5 de mayo de 2022

Un debate que no va a existir porque a algunos, amparándose en el "buen gusto", no les conviene que exista


Hubo muchas repercursiones del discurso de Guillermo Saccomano en la inauguración de la 47 Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Los interesados podrían, por ejemplo, consultar lo que publicó el editor Hugo Levín en Cultura InfoBAE, lo que escribió el editor Ariel Granica en La Nación. También los diversos puntos de vista de escritores e intelectuales del más variado pelaje; entre otros, Alejandro Dujovne en el diario.ar; lo que opinaron Ezequiel Martínez, Alejandro Katz, Gaby Comte, Agustina Bazterrica, Esther Cross, Cecilia Szperling y Norma Morandini en Clarín; lo que escribió el poeta Eduardo Mileo en Prensa Obrera. También, las opiniones en Cultura InfoBAE de Federico Andahazi, Esteban Schmidt, Leticia Martin, Guillermo Martínez, Diego Maquiera, etc., etc., etc. Quien así lo desee, puede buscar en todos esos medios cada una de las declaraciones y juzgarlas sin intermediación alguna.

Ahora bien, leyendo todos esos comentarios, como considerando todas las conversaciones no registradas por la prensa, da la impresión de que hay dos posiciones muy claras, cada una de las cuales tiene distintos matices: por un lado, la de muchos editores que, preocupados por el negocio y amparándose en lo que pomposamente llaman “la industria del libro”, tienden a señalar que Saccomano no está lo suficientemente informado y que sus puntos de vista son infantiles, lo que hace que él no sea un interlocutor válido para discutir nada (hay también quien se apoya en lo que algunos interpretaron como una falta de modales, un comportamiento tramposo, etc.); por otro, está el punto de vista de un buen número de los escritores (con las excepciones del caso) que señalan, que lo que Saccomano sostuvo (y hay quien cree que de manera desmañana) tiene la suficiente importancia como para dar lugar a un debate más amplio.

Sin embargo, nada parece indicar que ese debate vaya a suceder porque toda esa gente que "realmente sabe" no tiene demasiadas ganas de tener que discutir con escritores y traductores que, al fin y al cabo, son apenas piezas menores de esa industria o, como solía decir un editor de Adriana Hidalgo, "la argamasa sobre la que trabaja el editor". 

Por otra parte, ese debate llevaría a tener que discutir porcentajes y comprobar si es justo que un escritor gane entre un 8 y un 10% del valor de tapa de un libro, un traductor entre el 1 y el 4%, un editor entre un 25 y 30%, un distribuidor más de un 35% y un librero del 35 al 50% en razón de sus bocas de expendio. Todos dicen que tienen gastos y que arriesgan; también que los libros no son un negocio. Pocos, salvo Saccomano, son capaces de afirmar públicamente que un libro muchas veces se escribe o traduce a lo largo de varios años, en los que hay que comer, pagar cuentas y cumplir con obligaciones tan importantes como las que tienen los otros miembros de esta cadena de producción (para utilizar una terminología grata a los industriales del libro). 

Lo problemático, lo que en opinión de toda esa gente ofendida no puede ni debe decirse, es que sin escritores y/o traductores no habría libros. Ésa es la única parte de la ecuación que no puede reemplazarse. Todas las otras, sí.

Jorge Fondebrider

viernes, 29 de abril de 2022

Guillermo Saccomano inauguró la Feria del Libro


Hoy se inauguró la 46 Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y hubo los discursos de rigor: Ariel Granica, presidente de la Fundación el Libro, de Enrique Avogadro, Ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Tristán Bauer, Ministro de Cultura de la Nación y de la señora que presidía la delegación de escritores de La Habana, ciudad invitada en la ocasión. Fueron discursos protocolares, donde se presentaron los problemas del sector y cada cual alabó su propia gestión comentando todo lo que hizo por nosotros durante la pandemia. Después habló Guillermo Saccomano, escritor a cargo del discurso de fondo, que reproducimos tal cual como se publicó en el diario Página 12 (faltan algunas perlas, que Saccomano improvisó sobre la marcha, como las menciones a Guillermo Cabrera Infante y Reynaldo Arenas, escritores cubanos omitidos en el discurso de la “compañera” jefa de la delegación extranjera).

Discurso de apertura de la 46 Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

Meses atrás, en febrero, ante la inminencia de esta Feria, Silvina Friera publicó en Página/12 un artículo donde desarrollaba la problemática de la falta de papel que afecta muchos países. A la escasez de papel, producto de la pandemia y el aumento en los costos de energía en el mundo, se le suman en nuestro país los problemas habituales: la industria del papel es oligopólica, el papel se cotiza en dólares, y aun cotizando en dólares, tiene inflación y ningún tipo de regulación desde el Estado. En consecuencia, para las editoriales pequeñas y medianas se torna muy difícil planificar la edición e impresión de libros. La falta de papel se debe a la menor producción de las dos empresas productoras de papel para hacer libros. Una es Ledesma, propiedad de la familia Blaquier/Arrieta, una de las más ricas del país, apellidos vinculados con la última dictadura en crímenes de lesa humanidad, además de relacionados con la Sociedad Rural, escenario en el que hoy estamos. La otra empresa es Celulosa Argentina. Su directivo es el terrateniente y miembro de la Unión Industrial José Urtubey, conectado con la causa Panamá Papers. Los oligopolios han producido menos por problemas internos y por la pandemia. Y cabe destacarlo: han destinado su producción a papel para embalar o para cajas, y no tanto al papel de uso editorial. Para hacer un libro de unas 160 páginas, con una tirada de 2.000 mil ejemplares, se necesitan entre papel interior y papel de tapa más de 150.000 pesos de inversión. Un editor independiente proponía como solución la intervención del Estado. Por ejemplo, la creación de una papelera del Estado. Pero, por supuesto, como no ocurrió en el escándalo Vicentin, es improbable que suceda su intervención. Sería un hallazgo, en la crisis que atravesamos, crear una papelera con participación del Estado, que nuclee a los cartoneros y a las cooperativas.

Al leer esta noticia me pregunté qué tenía esto que ver conmigo, con la hoja en que empezaba a escribir este texto una noche en el bosque. En los últimos treinta años, desde que me afinqué en Villa Gesell, esta “tierra elegida” como la llamábamos con mi amigo Juan Forn, escribo con una birome negra en un cuaderno de hojas lisas. Me gusta el fluir de esta escritura en silencio, una grafía que se vincula con el dibujo, y el dibujo, a su vez, me devuelve a mí mismo. Así me pregunto quién soy, y si esta ignorancia no es la que induce a la búsqueda de un sentido que a menudo se me rehúye. La escritura, conjeturo, debe saber más de mí que yo. Tal vez esta sea la razón por la que en los últimos años me dediqué a la lectura y escritura de notas sobre poesía. En tanto, con la birome negra en un cuaderno, escribí en la ciudad, en micros, en trenes, en el mar y también en el bosque. Y fue en el bosque donde mi escritura se volvió más reconcentrada y, a un tiempo, abierta, tratando de conectar en un modo zen el uno con el todo. El monje taoísta vietnamita Thich Nhat Hanh dice que la hoja donde escribo contiene el árbol del que proviene, desde la semilla, pasando por la lluvia, el sol, las estaciones, una historia concerniente a la naturaleza ante la que no puedo hacerme el distraído. Intentaré evitar irme por las ramas.

Hace un instante comentaba el silencioso acto de la escritura con el destino final que uno puede, con suerte, atribuirle: la publicación. A qué precio, vale preguntarse. En un posteo de un editor independiente leí que imprimir un libro de 290 páginas cuesta tres cuartos de un millón de pesos, aproximadamente más de 700.000 pesos. Además, vaya detalle, no son pocos los autores que pagan una parte de la edición con tal de ver publicada su obra.

Debe haber sido en noviembre. Cuando fui convocado a la inauguración de esta Feria experimenté sentimientos contradictorios. Me acordé de la biblioteca de mi padre perseguido político en la casa de un Mataderos de calles de tierra, hedor de frigoríficos y curtiembres. En esos años fue la toma del Lisandro de la Torre y la insurgencia barrial ante los carriers y los tanques. La biblioteca estaba en el fondo de casa, en un galpón lindante con el gallinero, era vasta y en sus estantes, tablones hasta el techo de cinc, cargadísimos, convivían, entre otros, Bakunin y Zola, Barbusse y Dostoievski, Maupassant y Marx, Arlt y Martínez Estrada. Me vi más tarde, a los quince, cuando empecé a trabajar de cadete en una agencia de publicidad. Me detenía en las librerías de la avenida Corrientes y en los puestos de usados de Tribunales. Cuando el dinero no me alcanzaba robaba los libros. A los quince iba formando mi propio programa de lecturas: Sartre, Hemingway, Camus, Pavese, Vitorini, Duras, Pasolini, Guinzburg, Faulkner, Woolf, Mc Cullers, O´Connor, Hamsun. Descubría a Gelman, Bustos, Bignozzi, Bailey, Porchia, Thenon, Urondo y Pizarnik. Leía El Escarabajo de Oro y La Rosa Blindada. Era el tiempo de, entre otros, Castillo, Guido, Dal Masetto, Hecker, Rivera, Orpheé, Puig, Lynch, Briante, Gallardo, y Piglia. Siempre pensé que el premio mayor para una escritora o un escritor debe ser que una piba, un pibe, detecten mañana tu libro en una bandeja de usados, ese entusiasmo al encontrar y encontrarse. Todavía lo sostengo. Desde esta construcción de mi escritura hablo esta noche.

La Feria siempre me generó tensión. Y no sólo porque uno se topa con un injuriante pabellón Martínez de Hoz, que homenajea al esclavista y saqueador de tierras indígenas, antepasado del tristemente célebre economista de la última dictadura. Decir Feria implica decir comercio. Esta es una Feria de la industria, y no de la cultura aunque la misma se adjudique este rol. En todo caso, es representativa de una manera de entender la cultura como comercio en la que el autor, que es el actor principal del libro, como creador, cobra apenas el 10% del precio de tapa de un ejemplar. En esta Feria se han escuchado y se siguen escuchando discursos bien intencionados acerca de la función del libro, de su trascendencia, su empleo como objeto tanto de placer como de herramienta educativa. En fin, discursos que pronto habrán de ser olvidados.

Cuando fui convocado planteé dos cosas: leer los discursos de quienes me antecedieron y el pago de honorarios. Sólo pude leer, gracias a la inquietud de Ezequiel Martínez, a los últimos cuatro o cinco discursos. La organización de la Feria, presumo, no conserva los anteriores, lo que puede interpretarse como desidia hacia lo que esas voces reclamaron en cada oportunidad. Con respecto a mis honorarios, a Ezequiel, además de honesto periodista cultural, hijo de un gran escritor, no puso reparo. Es más, coincidió en que se trataba, sin vueltas, de trabajo intelectual. Y como tal debía ser remunerado, aunque hasta ahora, como tradición, este trabajo hubiera sido, gratuito. No creo que mencionar el dinero en una celebración comercial sea de mal gusto. ¿Acaso hay un afuera de la cultura de la plusvalía?

Quiero aclararlo, en los años que llevo publicando debí demandar a varias editoriales, incluyendo alguna progresista, para recuperar los derechos de publicación de un libro una vez vencido el período del contrato y otros incumplimientos de cláusulas acordadas. En esas demandas me asistió el amigo Oscar Finkelberg, un especialista en derechos de autor. Tomás Eloy Martínez supo agradecerle a Finkelberg en una dedicatoria haberle probado que los derechos de autor son también derechos humanos.

Nuestra relación con los editores es siempre despareja. Nos sentamos en desventaja a ofrecer nuestra sangre, no otra cosa es la tinta. El editor es propietario de un banco de sangre compuesto por un arsenal de títulos publicados siempre en condiciones desfavorables para quienes terminan donando prácticamente su obra.

De manera que, desde que recibí el ofrecimiento de intervenir acá, no pude menos que, todo un trabajo, todos los días dedicarme a pensar de qué iba a hablar, qué decir. En principio, me dije, debía y debo agradecer a quienes me propusieron como forma de reconocimiento a mi producción. Pero elegí, elijo, ahondar en la tensión. Es decir, elijo la sinceridad. Más tarde, a través de algunos amigos, algunos editores, y no daré nombres, supe de quienes se opusieron al pago. Su argumento consistía en que pronunciar este discurso significaba un prestigio. Me imaginé en el supermercado tratando de convencer al chino de que iba a pagar la compra con prestigio. Entre quienes cuestionaban el pago de honorarios no faltó quien planteara que, de pagar, la cifra dependería de la extensión del discurso. Me pregunté a cuánto podría reducirse la suma si yo decidía resolver el discurso, en modo patafísico, con un aforismo. Además, convinieron esos editores, si se me pagaba, se establecía un antecedente que perjudicaba los intereses de la Feria. ¿Qué los sorprendía? Es que quienes me precedieron en este lugar, comprometidos con la defensa del libro, nunca habían cobrado. El uso que de estas figuras hizo la Feria en función de su propio prestigio ha sido mala fe ideológica y no se obviar. Por tanto, soy el primer escritor que cobra por este trabajo.

Como se apreciará, me limito a narrar hechos y describir. Procuro una narración realista que puede ilustrar los porqués de mi tensión en esta Feria y preguntarme cuánto en ella, más allá de las presentaciones de libros, mesas redondas y debates, es su real interés en la literatura, su significación. A esta Feria, queda claro, le importan más los libros que más se venden, que, como es sabido, suelen ser complacientes con la visión quietista del poder. Conviene quizá que lo aclare: la literatura que me interesa – trátese de ensayo, poesía, narrativa -, ilumina, perturba, incomoda y subvierte.

Otra situación que no se puede soslayar es que las sucesivas crisis económicas han afectado no sólo la industria editorial. No es una novedad que nuestro país ha superado el 40% estadístico de pobreza y que la línea de hambre es impiadosa. En su introducción a Los Hechos del Rey Arturo y sus Nobles Caballeros de Thomas Mallory, John Steimbeck escribió: “Hay muchas personas que olvidan, cuando crecen, lo mucho que les costó aprender a leer. Quizá se trate del mayor esfuerzo emprendido por un ser humano, y debe afrontarlo cuando niño. Un adulto rara vez sale triunfante de esa empresa, la de reducir la experiencia a un orbe de símbolos. Los seres humanos han existido durante mil millares de años, y sólo han aprendido este prodigio en los últimos diez últimos millares de los mil millares”. Corresponde entonces preguntarse si un chico con hambre está en condiciones de realizar esa operación, asimilar conocimiento cuando no ha asimilado alimento.

Al mismo tiempo, si retornamos a la crisis del papel, no podemos dejar de lado el crimen impune de las políticas extractivas que sustenta el estado y contribuye al desastre de la naturaleza. No me desvío demasiado: hace un tiempo también leí en The Guardian que la estadística de millones de fugitivos de los desastres climáticos supera los millones de refugiados por desastres bélicos: aproximadamente dieciséis conflictos bélicos en la actualidad. En nuestro país los incendios forestales son tan graves como los efectos asesinos del gaseo pesticida. A propósito, les recomiendo el libro del fotorreportero Pablo Piovano. En esas imágenes espectrales de seres deformados podrán observar eso que los medios invisibilizan, una tragedia ninguneada y oculta que no es tan espectacular como las secas de cuencas aquíferas y los incendios. Tampoco, se me dirá, es pertinente traer acá la indigencia de los pueblos originarios y sus territorios que históricamente les pertenecen y les fueron expropiados a partir del genocidio roquista. Sin embargo, tanto el asesinato de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel como la represión sobre el pueblo mapuche están en línea directa con esta estrategia de expoliación y entrega de recursos.

La teoría literaria, sostiene el marxista irlandés Terry Eagleton, es, ni más ni menos, que teoría política. Leída desde esta perspectiva, desde sus orígenes, nuestra literatura está signada por la violencia política: el indio, la mujer y el inmigrante son las víctimas y han sido y siguen siendo muchas veces escamoteadas. Toda nuestra literatura, incluso aquella que se define como de evasión, aunque se haga la otaria, también tiene que ver con la violencia política. Es que, me digo, si escribimos no podemos jugarla de inocentes. Si me remito a los versos de John Donne queda claro por quién doblan las campanas. Doblan por nosotros.

Otra pregunta me queda picando: ¿es una paradoja o responde a una lógica del sistema que esta Feria se realice en la Rural, que se le pague un alquiler sideral a la institución que fue instigadora de los golpes militares que asesinaron escritores y destruyeron libros? En lo personal, creo que esta situación simbólica refiere una violencia política encubierta.

Cuando pregunté, antes de venir, por qué la Feria se realiza aquí y no en otro espacio, Ariel Granica, hijo del editor exilado en el 76, tuvo el gesto solidario y comprensivo de explicarme que no hay otro lugar de magnitud capaz de albergar tantos expositores y facilitar el ingreso de una multitud. De producirse un cambio de geografía, me dijo, dependería de la colaboración del estado en facilitar un predio afín. Le cité el ejemplo de la Feria de Guadalajara. Y Granica me informó que dicha Feria, a diferencia de esta, dispone no sólo del respaldo sino también del apoyo económico del estado mejicano.

Si la Feria le paga una fortuna a la Rural, esto justifica la cuantiosa cifra del alquiler de los predios de los expositores. De modo que quien visita esta Feria, debe contemplar que al costo de la entrada debe sumarle el precio del libro. Alguna vez esta Feria tuvo como lema propiciar la relación del autor con el lector. La sombra del dinero enturbia, como vemos, la naturaleza de esa conexión.

Quiero, en este relato, plantear otra pregunta: si este es el cuadro de situación de la Feria, que no es nuevo, en medio de esta crisis económica que depreda nuestro país, ¿quiénes son los lectores que llegan al libro sino los de una clase media pauperizada siempre y cuando no gasten demasiado en la gaseosa y los panchos?

Acá se habla de los riesgos de la industria, se repite retórica la necesidad del acceso a los libros, se habla y se habla. Parafraseando a Greta Thumberg, blablablá. Pero cómo hablar de lectores, me pregunto, si se elude desde los estamentos gubernamentales la enseñanza y el aliento de la lectura, que no se arregla ingenuamente repartiendo fascículos literarios en las canchas ni con una candorosa primera dama leyendo cuentos a los chicos de vacaciones en Mar del Plata. No me voy a detener acá en los exabruptos facistas de la ministra de educación porteña, tampoco en el menosprecio del ministro de cultura porteño por los premios municipales a la labor de creadores en literatura, teatro, música y artesvisuales, subsidios a menudo en riesgo. Pero no puedo pasar por alto a un reciente ministro de educación nacional que, al encarar una enésima reforma educativa, declaraba no hace tanto que estábamos ante un “proceso de reorganización” pedagógico. “Los límites de mi lenguaje son los de mi mundo”, escribió Wittgentein, pensamiento que ese ministro seguramente ignorará. Subrayo los términos del ministro: “proceso de reorganización”. Tzvetan Tdorov afirma que un país que ha padecido campos de concentración tiene el corazón comido por gusanos. Me pregunto entonces cuál es la calidad educativa en nuestro país que ha sufrido ya suficientes reformas educativas para que, encima, un ministro, pueda expresarse en estos términos. No creo necesario extenderme abarcando la situación siempre precaria de los docentes en el país donde fue asesinado el maestro Fuentealba y en los últimos años otros maestros murieron por la explosión de las garrafas en escuelas convertidas en comederos.

La literatura que me gusta no baja línea. Y, lo que escribo en esta hoja, tampoco baja línea. Simplemente soy descriptivo, estas son las cosas que se juegan para quienes elegimos este oficio. Inexorable, la tensión me impulsa hacia un nervioso desorden enumerativo. Asumo el riesgo de ser malentendido y juzgado como aguafiestas. Pero, a pesar del frenesí y la euforia de la organización y su expectativa en la facturación, nuestro presente no tiene mucho de festivo. Quienes me han leído saben que, acá, ahora, persisto en sostener una contrariada coherencia. Estoy convencido, estos datos y anécdotas tienen que ver con la escritura. No la determinan, pero inciden más de lo que me gustaría cuando viene el momento de publicar.

A pesar de todo, no soy pesimista. Son varias las generaciones que, en el presente, desde la diversidad y la disidencia, están generando escrituras cuestionadoras. La crisis que afecta a la industria es tanto una realidad como la de quienes, a pesar de las dificultades colectivas y personales de toda índole, persisten en la escritura y creen que, si bien la escritura no puede transformar el mundo, puede hacerlo un poco mejor.

La vida es breve, uno escribe contra la fugacidad. Escribir es el intento muchas veces frustrado de capturar instantes de belleza, registrarlos para que sobrevivan a pesar de la finitud. Se escribe en soledad, pero no ajeno a las contradicciones de lo social. Hace falta una gran tolerancia al fracaso para este oficio. “Escribo porque sufro”, dice John Berger. Y lo dice “con la esperanza entre los dientes”. Y esta es una verdad que no se transa.

Mientras escribía este texto, para aliviar la tensión, con la conciencia de que este discurso pronto será olvido, salí a la noche, al bosque. Me acerqué a un árbol añoso, lo toqué, respiré la oscuridad. Al volver a la mesa, a la birome negra y a la hoja, algo había pasado, una especie de gratitud. Y seguí escribiendo. No cambiaría este oficio por nada.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Saccomano/Becker: Boy meets girl

Cómo llegar a la Casa de la Cultura del Fondo Nacional de las Artes
Carla Imbrogno nos manda la siguiente información y nosotros, diligentes, la hacemos circular por este medio. Así que no digan que no les dijimos.

Saccomano >< Becker :: La trastienda de una traducción 

La Fundación TyPA y el Goethe-Institut invitan a espiar los entretelones del proceso de una traducción: un encuentro de trabajo e intercambio entre el escritor argentino Guillermo Saccomanno y Svenja Becker, la traductora alemana que está en Buenos Aires traduciendo la novela El oficinista (2010). 

Miércoles 7 de noviembre a las 18hs.
Casa de la Cultura del Fondo Nacional de las Artes,
Rufino de Elizalde 2831, Ciudad de Buenos Aires.

Entrada libre y gratuita.

Cuando un traductor traduce una obra, desarrolla inevitablemente un vínculo íntimo con el autor. Cuando se trata de obras de autores vivos, los matices de esa relación a veces presente, a veces a la distancia, son muchos y, por lo general, un misterio para los futuros lectores. Hubo casos emblemáticos de autores y traductores que fueron amigos cercanos; otros en los que solo se acercaron por un trabajo en particular, sin contar las veces en las que no existe contacto alguno.  

¿Cuán importante es para un traductor conocer personalmente al escritor para tener una comprensión más profunda de su obra y lograr una mejor traducción? ¿Cómo funcionan esos encuentros de trabajo cuando suceden? ¿Qué cuestiones le consulta un traductor a un escritor? ¿Qué pasa cuando el traductor propone nuevas lecturas del texto?  ¿Y qué dudas le puede plantear  el escritor al traductor?

La propuesta del encuentro es compartir con el escritor y su traductora el detrás de escena del  proceso de traducción y conversar sobre la relación entre estas dos figuras claves para la literatura.Esta actividad se realiza en el marco del programa En tránsito: Residencias de traductores Buenos Aires – Berlín, una iniciativa de la Fundación TyPA y el Literarisches Colloquium Berlin, con el apoyo del Goethe-Institut Buenos Aires, Mecenazgo cultural - Buenos Aires Ciudad, Fundación Proa, Techint y la Casa de la Cultura del Fondo Nacional de las Artes

Svenja Becker se formó en la Universidad del Sarre y en la de Valencia. Comenzó a traducir durante sus estudios y desde 1999 traduce en forma regular para las editoriales más prestigiosas de Alemania. Ha traducido a Gabriel García Márquez para la editorial Kiepenheuer & Witsch y, desde el 2001, es la traductora de Isabel Allende, de quien lleva volcados al alemán 9 títulos (para la editorial Suhrkamp). Ha traducido, además, novelas de Hernán Rivera Letelier y Carla Guelfenbein, y prosa breve de Augusto Monterroso, Roberto Arlt, Natalí Tentori y Juan Carlos Onetti (de quien también tradujo la novela Para esta noche). Participó de numerosos seminarios de perfeccionamiento y workshops de traductores, y  co-organizó distintos taller de traducción.

Guillermo Saccomanno nació en Buenos en 1948. Se inició como guionista de historietas, género que aún hoy practica. Publicó, entre otros libros de ficción, Situación de peligro, Bajo bandera, Animales domésticos, La indiferencia del mundo, El buen dolor, El pibe, La lengua del malón, El amor argentino y 77. Su obra obtuvo distintos reconocimientos: Premio Revista Crisis de Narrativa Latinoamericana, Premio Club de los Xllll, Segundo y Primer Premio Municipal de Cuento, Premio Nacional de Novela, Premio Dashiell Hammett de Semana Negra (Gijón). Su novela El oficinista fue galardonada en el 2010 con el Premio de Narrativa Breve Seix Barral, España. La crónica Un maestro, una historia de vida, recibió este año el Premio Rodolfo Walsh también en Semana Negra (Gijón). Su reciente novela Cámara Gesell se transformó desde su publicación en un suceso de crítica y público. Sus relatos fueron adaptados al cine y traducidos a diversos idiomas.