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miércoles, 16 de agosto de 2017

Otra versión de Eliot, esta vez española


Publicada en la edición del 4 de agosto pasado de El Cultural, el suplemento del diario El País, de Montevideo, la siguiente reseña de Juan de Marsilio se ocupa de la reciente traducción de André Jaume de varios poemas de T. S. Eliot.






El sabor de los frutos tardíos

Las reediciones de los clásicos los acercan a nuevas generaciones lectoras. Mejor aún si la reedición aporta un abordaje crítico claro, riguroso y nuevo. Objetivos que Andreu Jaume, responsable de la traducción, introducción y notas de esta edición bilingüe logra con creces.

Thomas Stearns Eliot nació en Saint Louis, Missouri, en 1888. Estudió en Harvard y en 1914 se trasladó al Reino Unido, donde completaría una brillante carrera como poeta, crítico literario y dramaturgo, que lo llevaría al Premio Nobel en 1948. En 1915 contrajo matrimonio con Vivienne Haigh-Wood, de quien se separó en 1933 debido a serios trastornos mentales de ella. Vivió el fracaso matrimonial con culpa y tristeza, como recuerda Frank Morley, su compañero en la editorial Faber & Faber: “Hay veces en que un hombre puede sentirse como si se hubiera caído a pedazos y al mismo tiempo verse a sí mismo de pie en las calles escrutando los restos y preguntándose qué tipo de máquina saldrá si puede volver a juntarlos. Fue catorce años después, hablando de sus propios sentimientos, cuando Tom utilizó esa figura retórica”. Los Cuatro Cuartetos son la bitácora de la recomposición moral del autor del largo poema “La tierra baldía”.

En 1927 Eliot se hizo ciudadano británico y se convirtió a la High Church (Alta Iglesia), corriente del anglicanismo cuya liturgia se parece más a la de la Iglesia Católica. Esto implicaba desandar lo andado por su linaje: en el siglo XVII sus ancestros, protestantes extremos, habían viajado a América para alejarse de una Inglaterra que juzgaban contaminada de “papismo”. Este regreso y conversión son claves en el segundo cuarteto, “East Coker”, la localidad de origen de los Eliot, y en el cuarto, “Little Gidding”, en el que se hace un paralelo entre la Segunda Guerra Mundial y los conflictos civiles y religiosos ingleses del siglo XVII, en tiempos del Rey Carlos I y Oliverio Cromwell.

El poeta se casó en 1957 con Valerie Fletcher, su secretaria en Faber & Faber. Sus restos esperan juntos la resurrección en la St. Michael and All Angels’ Church, de East Coker.

EL CONTEXTO
Salvo por “Burnt Norton”, publicado en la sección de inéditos de los Collected Poems, de 1936, cuando buena parte de la opinión literaria inglesa daba por concluida la carrera poética de Eliot, los siguientes tres cuartetos fueron compuestos y publicados entre 1940 y 1942, es decir, en lo más arduo de la Segunda Guerra Mundial. Esto puede apreciarse de manera especial en el segundo movimiento de “Little Gidding”, el último de los cuartetos, ambientado en una noche de bombardeo en Londres (durante la Batalla de Inglaterra, Eliot sirvió como guardián de incendios, lo que lo obligó a largas noches en vela fuera de los refugios). Se cruzan en estos poemas las angustias y las esperanzas personales de Eliot, incluidos el fracaso de su matrimonio con Vivienne Haigh-Wood y su conversión al anglicanismo. También la guerra, entendida como una crisis de los mejores valores de Occidente e incluso de la Humanidad (Jaume es certero al señalar la influencia en estos poemas de los estudios de filosofía oriental, que Eliot había hecho en Harvard, lo que le permite proponer guías de abordaje de estos textos a quienes no compartan la fe cristiana del poeta).

En música, el cuarteto de cuerdas es una composición en cinco movimientos para conjunto de dos violines, viola y cello. Eliot se inspiró en los últimos cuartetos de Beethoven, como se lee en carta de 1931 al poeta Stephen Spender: “Me encanta saber que has estado con el Beethoven tardío. Tengo en el gramófono el ‘Cuarteto en la menor’ y me parece que su estudio es inagotable. Hay una especie de celestial o al menos más que humana alegría en algunas de sus cosas últimas que uno imagina para sí mismo como el fruto de la reconciliación y el alivio tras un sufrimiento inmenso; me gustaría hacer algo semejante en verso antes de morir”.

Estos poemas, divididos todos en cinco movimientos, se basan en la idea musical del ritornello, es decir, en la repetición, modificada y por ello desarrollada y profundizada de un tema. Llevan cada uno el nombre de un lugar visitado por el poeta. Salvo por “The Dry Salvages”, que da título al tercer cuarteto, y es un conjunto de tres promontorios en las costas de nueva Inglaterra en las que Eliot veraneaba de niño con su familia, los demás sitios están en Inglaterra. Esto es una clave de la personalidad poética de Eliot: asumirse británico no lo llevó a negar su origen norteamericano.

La clave de estos poemas es la búsqueda del “punto cero del tiempo”, es decir, de esos momentos en los que se tiene una intuición de algo estable y verdadero más allá del tiempo en fuga. Esta idea de un anclaje sólido, que niega la destrucción causada por el tiempo, puede verse en el motivo recurrente de “East Coker”, que comienza afirmando “En mi comienzo está mi fin” y concluye “En mi fin está mi comienzo”. O también, en el mismo poema, cuando muestra que quienes un día bailaron alegres al casarse y luego murieron siguen allí, nutriendo lo viviente: “De dos en dos, conjunción necesaria,/ tomados de la mano o el brazo/ de concordia augurio. Dan vueltas y vueltas al fuego,/ cruzando las llamas o formando círculos,/ salvajes y serios o salvajes y alegres,/ alzan pies duros con zapatos pobres,/ pies de tierra, pies calizos que se alzan con agreste júbilo,/ la alegría de los que llevan tiempo bajo tierra/ nutriendo la cosecha.”

Este volumen contiene también dos textos teatrales previos a la composición de los Cuartetos  los coros de La Roca y Asesinato en la catedral— lo que es uno de los mayores aciertos críticos de Jaume. La tesis del editor es que en esos trabajos para teatro halló Eliot el lenguaje adecuado para comunicar sus preocupaciones y angustias existenciales y metafísicas. Lo había ya intentado en el largo poema “Miércoles de ceniza” (1930). Pero el darse cuenta de que en el texto teatral confluyen las voces de los personajes, sea que dialoguen o monologuen y a través de esas voces la del autor, de modo tal que el público escucha algo que no le están diciendo de modo directo le dio la clave para el armado de estos poemas, por momentos teatrales, en los que varias voces se entrecruzan. Jaume es prolijo en este rastreo.

PARA POETAS Y TRADUCTORES 
Ya en la introducción, pero más aún en las notas, Jaume es generoso en citas de la correspondencia de Eliot en las que el poeta explica las dificultades técnicas que hubo de enfrentar en la composición de estos textos, así como también de las opciones que fue descartando en el proceso. Obrando de modo coherente, el traductor muestra con generosidad su propio proceso de traducción, y las ganancias y pérdidas en cada opción, tratando de conservar en lo posible, sin traicionarlos, el sentido y sobre todo la sonoridad de los originales ingleses. Y este aspecto, acaso poco interesante para un lector común, es valiosísimo para quienes se acerquen a este volumen desde la condición de poetas y/o traductores.

Como de costumbre, la editorial Lumen presenta un volumen de elegante diseño, bella tipografía y carente de erratas, mérito este último no pequeño, en estos tiempos de creciente descuido editorial.

lunes, 13 de junio de 2016

"Castellano 'neutro' o 'estándar' no es lo mismo que madrileño o porteño básico"

El pasado viernes 10 de junio, el escritor y periodista uruguayo Juan de Marsilio publicó en el suplemento cultural de El País, de Montevideo, la siguiente nota, donde se da cuenta de lo que es el SIELE, a quién le sirve y las reacciones que provocó en la Argentina.

Los dueños del idioma

No es noticia de primera plana, pero en el mundo de habla española (550 millones de hablantes) se libra en los últimos meses una batalla por el dominio del idioma. Según quién gane, será mayor o menor la soberanía lingüística de los países de habla castellana. Es una pena que este combate importe poco, porque los países pequeños como el Uruguay vienen perdiendo casi sin enterarse. La cuestión pasa por el surgimiento del SIELE (Servicio Internacional de Evaluación de la Lengua Española), y los riesgos que implica.

PARA QUÉ ACREDITAR.
Los sistemas para acreditar el dominio de segundas lenguas son necesarios. Si por trabajo o estudios una persona ha de manejarse en una lengua diferente a la materna (la más frecuente es el inglés), es justo que el empleador o la Universidad que lo admiten cuenten con garantías previas de su competencia idiomática. El problema, sobre todo en las áreas donde se habla un mismo idioma tanto en la metrópoli como en sus ex colonias, es quién y cómo se acredita.

La cuestión pasa por centralizar o descentralizar la evaluación, y decidir el peso de la metrópoli y sus criterios. En el caso del inglés, el poder cultural de los EE.UU. hace contrapeso y, pese a las bromas británicas sobre el extraño idioma que se habla al otro lado del Atlántico, si alguien acredita su inglés ante la Universidad de Michigan, por ejemplo, vale tanto como si lo hiciera ante Cambridge. Eso sí, coexisten dos exámenes internacionales, el TOEFL (Test Of English as a Foreign Language), para el “american english”, y el IELTS (International English Language Testing System) para el “british”.

En español hasta hace pocos meses existían el CELU (Certificado de Español Lengua y Uso), fundado en Argentina pero con sedes en Brasil, Alemania, Austria, Francia, Italia, Irán, Palestina, Singapur, Tailandia y EE.UU. (Chicago), y el DELE, del Instituto Cervantes de Madrid. A diferencia de la lengua inglesa, nuestra lengua reconoce como factor centralizador a la Real Academia Española, fundada en 1713, y cuya divisa “limpia, fija y da esplendor”, da pauta de su enfoque normativo.

En setiembre de 2015 tres instituciones (el Instituto Cervantes, la Universidad de Salamanca y la Universidad Autónoma de México) y una empresa (Telefónica, que brindaría, con las ganancias el caso, el soporte informático y de comunicaciones para la aplicación online de las pruebas) anunciaron su nuevo sistema de acreditación, que empezaría a funcionar en 2016.

El sitio web del sistema (https://siele.org), ofrece certificar la competencia en español como segunda lengua y también para hablantes nativos (cosa que el CELU no prevé). También afirma que es un sistema “universal” de evaluación del español. Al pie de la página anuncia que setenta y cinco instituciones de veinte países están asociadas, gran parte españolas. Algunas adhesiones, como la de la Universidad de Buenos Aires (UBA), han suscitado escándalo: se decidió sin la presencia de la Facultad de Letras, que se oponía. En Uruguay ninguna institución exige el SIELE, aunque si el estudiante lo solicita, hacen el trámite para rendir la prueba.
En cuanto a costos, el certificado del CELU se obtiene por quinientos pesos argentinos, mientras que el del SIELE cuesta ciento cincuenta euros, bastante más caro.

EL DISCURSO DEL REY.
“Faltaba en el universo de la enseñanza del español como segunda lengua o lengua extranjera un certificado ágil y de gran prestigio, que se situara en la línea de los que ofrece la lengua inglesa. Los equipos académicos de las tres Instituciones han trabajado, codo con codo, en un nuevo tipo de examen de carácter panhispánico en la línea abierta por las 22 Academias de la Lengua Española. Ellas han sabido plasmar en su Nueva Gramática la unidad que integra las distintas variantes en que el español se realiza”, afirmó Felipe VI en el lanzamiento del SIELE.

De seguro el Rey, que no es lingüista, no ha mentido a sabiendas. Pero como se ha escrito más arriba, esas certificaciones no faltaban, ni carecían de agilidad o prestigio. Ni buscaban ser excluyentes. Es poco respetuoso de la soberanía educativa de los países hispanohablantes ofrecer acreditación para la propia lengua materna. Es cierto que los diferentes sistemas educativos de la lengua –y de otras– muestran malos resultados en lectura, escritura y comprensión lectora. Pero no es menos cierto que, al aplicar un hispanohablante a un empleo, una beca o un curso en su propio idioma, hay suficientes filtros como para detectar que el aspirante no da la talla en su manejo del idioma.

Mientras que el certificado de CELU no caduca, el del SIELE debe renovarse cada dos años, con los consiguientes costos y, por ende, con los consiguientes ingresos para las instituciones que lo promueven y la empresa de telecomunicaciones que lo hace viable. No parece haber razón valedera para un plazo de renovación tan frecuente. En el caso de hablantes nativos, no se justifica siquiera renovación alguna. No hay causa posible de pérdida seria de competencia en la propia lengua que no se detecte en las restantes pruebas al aplicar a un concurso, beca, etc. Y si bien estaría justificado recertificar a quienes hablan español como segunda lengua, para prever la pérdida de competencia por desuso, una renovación cada dos años, con el consecuente desembolso, no se justifica.

EN BUEN CASTELLANO.
Es necesario que quienes hablan español como segunda lengua acrediten su nivel. Y también mejorar los métodos de enseñanza de la lengua materna. Lo que no es bueno es que haya instituciones y criterios hegemónicos, sin importar si son los de España, los de México o los de Argentina (si se pretendiera imponer el CELU también sería negativo). Porque buen castellano, útil para la traducción literaria o académica, bueno para redactar papers universitarios y tratados de comercio, conveniente para desarrollar obras ensayísticas de calidad… es eso plural y abigarrado que se habla, lee y escribe en los variados puntos de España e Hispanoamérica. Fue el de Azorín y Machado… y el de Onetti. Trata de “tú” pero también de “vos”. Dice “yo le miro a Usted”, pero en el Río de la Plata cambia “le” por “lo”, y todos entienden. A tan diversa unidad le convendría una evaluación plural.

No es bueno para nuestras culturas hermanas certificar con criterio único. Tampoco lo es que las grandes editoriales españolas compren los derechos exclusivos de traducción para toda Hispanoamérica. Y esto porque castellano “neutro” o “estándar” no es lo mismo que madrileño o porteño básico.

Por ejemplo, cuando el traductor de Gogol o Tolstoi, por ahorrarle trabajo al lector ibérico, escribe “ratafía”, bebida común en España, en lugar del licor ruso mencionado en el original, no sólo traiciona a ese original sino que, además de menospreciar a los lectores hispanoamericanos, les falta el respeto a los ibéricos, que podrían leer el dato en una nota al pie.

Es muy bueno que el lector uruguayo aprenda qué quiere decir eso de“¡cómo mola!”. Tan bueno como que en la Madre Patria se enterasen que el idioma, como se lo vive en este continente, también puede estar“de más”, como dicen los muchachos de Montevideo al toparse con algo excelente, que no necesita que nadie lo limpie, porque no está sucio, ni que le dé esplendor, porque brilla con luz propia. Y mañana dirán de otro modo, porque a la lengua, maravilloso animal viviente, nunca habrá quien la fije ni embalsame.