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miércoles, 28 de agosto de 2024

El Ministerio de Cultura español y el Premio Nacional de Traducción 2019: María Dolores Udina Abelló vs. Carlos Manzano

Para entender plenamente esta noticia, corresponde aclarar que en España existe un Premio Nacional de Traducción, que se concede todos los años. Tal parece ser que, en 2019, la beneficiaria fue 
María Dolors Udina Abelló, lo que provocó una airada reacción del traductor Carlos Manzano, quien juzgó tener más méritos que la premiada. El resto es contenido leguleyo, finalmente resuelto el pasado 22 de agosto, tal como se señala en esta noticia, publicada por la agencia Europa Press.

Cultura confirma a Dolors Udina como Premio Nacional a Traductor 2019 que reclamó otro candidato que alegó "más méritos"

El Ministerio de Cultura ha confirmado la concesión del Premio Nacional a la Obra de un Traductor correspondiente al año 2019 a la traductora María Dolors Udina Abelló después de que el también traductor, Carlos Manzano, presentase un recurso alegando que él tenía "más méritos objetivos" y, por tanto, que era "merecedor del premio", como publica este jueves el Boletín Oficial del Estado (BOE).

Según refleja la sentencia de la Sala de lo Contencioso-Administrativo Sección Sexta de la Audiencia Nacional, con fecha 8 de marzo de 2024 a la que ha tenido acceso Europa Press, el aspirante Manzano --que había presentado su candidatura al citado Premio Nacional que otorga Cultura-- solicitaba que se reconociese "su derecho" a que el premio le fuera "concedido a él" al considerar que la concesión del galardón a Udina fue "arbitraria". 

"El demandante argumenta que los méritos objetivos que habría acreditado superan en cualquier caso los que justifica la favorecida por la decisión del jurado, lo que le haría, a su juicio, merecedor del premio. Relaciona los méritos aportados por cada uno y llega a la conclusión de que la concesión ha sido arbitraria y contraria al principio de igualdad garantizado en el artículo 14 de la Constitución", se explica en dicha sentencia. 

La Audiencia Nacional estimó en parte el recurso contencioso-administrativo interpuesto y dispuso que "se retrotraiga el procedimiento al momento inmediatamente anterior a la concesión del premio a fin de que por el órgano competente se motive de manera suficiente la decisión que se adopte, en los términos que resultan de esta sentencia". 

En 2019, el Ministerio de Cultura proponía a Dolors Udina como Premio Nacional a la Obra de un Traductor por "su trayectoria prolongada, prolífica y de alta calidad como traductora de lengua inglesa al catalán y castellano" y por ser un "ejemplo" en la profesionalización de la traducción literaria. 

Precisamente, en relación a los méritos aportados en su día, la sentencia detalla que "no hay ninguna valoración técnica --ni de ninguna otra clase-- acerca de su número o calidad que permita conocer las razones por las que fueron preferidos los aducidos por la premiada". "De este modo, se hace imposible conocer cuáles han sido los criterios utilizados para llegar a la decisión adoptada por el jurado y, en consecuencia, exponer razones fundadas para combatirlos, con la consiguiente indefensión para el interesado", añade. 

Por todo ello, Cultura reunió al Jurado el pasado 17 de junio de 2024 y concedió nuevamente la concesión del Premio de 2019 a Udina "por la excelente calidad lingüística de la traducción y la búsqueda incesante de la palabra justa, hasta alcanzar la riqueza de los matices que implica el original, hallando en sus traducciones la misma expresividad, ambigüedad y precisión de su creador". 

También destaca su "dilatada carrera y continuada en el tiempo, que comenzó en la década de los 80 del siglo pasado" y "los más de doscientos títulos publicados", como recoge el BOE, que subraya que, a su relevante faceta como traductora literaria, Dolors Udina añade la de la docencia en la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona, desde 1998", sin olvidar su labor editorial, entre 2000 y 2005 --años en los que fue editora de la versión catalana de la revista digital The Barcelona Review--, además de su actividad como articulista en revistas y periódicos como La Vanguardia, Diario de Mallorca, Diari de Barcelona, El País, Revista de arqueología y Quimera

Entre las obras de Udina publicadas del inglés al catalán, del inglés al castellano o del castellano al catalán y viceversa, junto con las traducciones del francés, destacan obras de autores como Jane Austen, Virginia Woolf, J. R. R. Tolkien, Ralph Ellison, Toni Morrison, Raymond Carver, Isaiah Berlin, Nadine Gordimer, J.M. Coetzee, Cynthia Ozick o Alice Munro. La presente orden agota la vía administrativa.



lunes, 28 de diciembre de 2015

Otra traducción española que, con suerte, no se va a vender en Latinoamérica

Lo que sigue es un artículo publicado por Carmen López en eldiario.es del 21 de diciembre pasado. Su lectura invita a algunas reflexiones. La primera: está claro que no hay traducciones definitivas y que siempre todas pueden mejorarse o, en el mejor de los casos, actualizarse. Pero no siempre es necesario andar metiendo mano porque a veces el resultado es óptimo. Sin embargo, la tentación suele ser mucha y la inteligencia, poca. No es lo mismo leer La señora Bovary (así se tradujo a principios del siglo XX) que Madame Bovary (así se tradujo siempre hasta que una traductora ibérica decidió volver al pasado y, de paso, ponerle salero a la cosa, como si los lectores de Flaubert buscaran salero). Tal vez haya ahora que decir que no es lo mismo leer Otra vuelta de tuerca (título mejorado por José Bianco respecto del original inglés, según opinion de Jorge Luis Borges, que algo sabía de la cuestión) que La vuelta del torno (como traducen con bombos y platillos, Alejandra Devoto, Jackie DeMartino y Carlos Manzano, para la editorial española Libros del Asteroide). En síntesis, ya nada asombra. Hablando de tornos, bien podrían haberle puesta La visita al dentista o Se arreglan rulemanes. La segunda reflexión hace a la historia de la traducción en España: es interesante saber que el engendro ya había sido utilizado antes por Celedonio Martínez Abascal en su traducción de 1985 para la editorial Fontamara. Claro, ahí él había puesto La vuelta de torno, y está clarísimo que en esa contracción de la nueva versión cambia todo... Con tal de ser originales –o al menos de creer serlo–, todo vale, incluso enmendarle la plana a un gran traductor que, curiosamente, no era español,encontrarle la quinta pata al gato y el pelo al huevo, para no hablar de esa petulancia y esa  necedad tan castizas de algunos colegas ibéricos y de muchos editores de ese origen. No importa, sigan participando..

Una nueva lectura de Henry James

En enero de 1897 la revista estadounidense Collier's Weekly publicó la primera entrega de una historia de fantasmas firmada por Henry James, un escritor ya reconocido en aquel momento. El último capítulo salió a la venta en el número de abril y a finales de ese mismo año se reunieron en un solo volumen titulado The Turn Of The Screw, que acabó convirtiéndose en el libro más famoso firmado por el autor y en un clásico de la literatura de terror.

La trama es de sobra conocida, incluso aunque no se haya leído el libro. La novelita de James se ha adaptado al cine y a la televisión en numerosas ocasiones, entre otros por el director español Eloy de la Iglesia en 1985. Asimismo, también se puede reconocer su influencia en filmes como Los Otros de Alejandro Amenábar o en uno de los capítulos de la serie televisiva Historias para no dormir de Chicho Ibáñez Serrador, titulado El muñeco. Incluso en un campamento de verano con niños y niñas compartiendo leyendas de miedo con una linterna iluminándoles la cara podrían aparecer sus elementos principales empezando por ellos mismos.

La nouvelle de James empieza con un grupo de amigos que, durante una noche de Navidad, se sientan ante el fuego del hogar para relatar historias de fantasmas. La que ocupa las páginas del libro está protagonizada por una joven institutriz que se muda a una antigua mansión para cuidar de dos niños huérfanos. Poco a poco la niñera empieza a sentir presencias que trastornan la personalidad de sus pupilos y que le generan una ansiedad que crece según va avanzando la narración. El libro da lugar a numerosas interpretaciones, comunes en este tipo de literatura, como son los deseos sexuales reprimidos o los trastornos mentales.

En 1945 José Bianco tradujo la obra al español con el título Otra vuelta de tuerca, aunque este ha ido cambiando con el transcurrir de los años y el criterio de los traductores o traductoras. En 2004 Juan Antonio Molina Foix lo tradujo como Vuelta de tuerca (editorial Cátedra) y el pasado mes de noviembre Libros del Asteroide lanzó una nueva versión titulada La vuelta del torno, traducida por Alejandra Devoto, Jackie DeMartino y Carlos Manzano, que ha tardado diez años en llevarse a cabo.

Según la editorial (el coordinador de la traducción, Carlos Manzano, declinó la invitación a realizar declaraciones para este artículo): "El título de esta edición busca transmitir con precisión la violencia que contiene el título original, el lento movimiento del mecanismo que puede acabar descoyuntando al torturado que es lo que, en definitiva, le sucede a lo largo del libro a su protagonista".

Luis Solano, editor de Libros del Asteroide, se enteró de que Manzano se había embarcado en este proyecto cuando se inició y fue siguiendo su proceso hasta que hace tres años pudo leer las tres primeras páginas traducidas: "Me quedé prendado y cerramos el acuerdo para publicarlo enseguida, aunque hemos tenido que esperar varios años para que los traductores diesen por buena la versión definitiva".

Un trabajo meticuloso
Este tipo de cambios en las traducciones de los títulos de los libros –por no hablar de las películas, que son un caso aparte– suelen suscitar comentarios cuando no polémicas, al menos en el sector de la traducción. Un caso puede ser, por ejemplo, el del famoso relato de Franz Kafka La metamorfosis también traducido como La transformación, que arrastra consigo extensos  argumentos que justifican una u otra adaptación al castellano.

José Luis López Muñoz tradujo The Turn Of The Screw en el año 2000 para Alianza Editorial (el mismo año que ganó el Premio Nacional a la Obra de un Traductor). Utilizó el título más conocido por los lectores en castellano, Otra vuelta de tuerca, ya que en su momento no se le ocurrió que fuese necesario cambiarlo. "El efecto del título sobre el lector siempre tiene algo de misterioso. Y, además, cuando un título se ha usado mucho tiempo, nos acostumbramos a él y cuesta cambiar. Es evidente que Otra vuelta de tuerca no es una traducción literal de The Turn of the Screw, de manera que el cambio es siempre posible, no sé ya si necesario o aconsejable", explica.

Por supuesto, y sobre todo teniendo en cuenta su dilatada carrera, también ha apostado por la modificación en algún momento. "Lo he hecho al menos en dos ocasiones. The Reivers, una de las novelas de Faulkner que he traducido a lo largo de los años para Alfaguara, se llamaba anteriormente Los rateros, pero en 1997 mi traducción se publicó con el título de La escapada. Hubo quien me criticó, aunque Los rateros era un título imposible que sólo servía para desorientar al lector. Más recientemente, en 2013, Alianza ha publicado mi traducción de Sense and Sensibility, de Jane Austen, con el título de Sensatez y sentimiento en lugar de Sentido y sensibilidad, que es el título español con el que de ordinario se conoce tanto la novela como su versión cinematográfica de 1995, con guión de Emma Thompson y dirigida por Ang Lee".

Aún no ha pasado el tiempo suficiente para que Libros del Asteroide pueda estimar el impacto que La vuelta del torno ha tenido en el público, pero Solano está convencido de su apuesta. "La intención con el nuevo título era llamar la atención de los lectores, señalar que esta versión es muy distinta a todas las anteriores, que cuando lo lees parece realmente otro libro; no se trata tanto de decir si el título estaba bien o no, sino de que el lector entienda que lo que proponemos es una versión radicalmente distinta (y mejor) a lo que se había leído hasta ahora", afirma.

No se puede saber, pero parece que Henry James se imaginaba que la adaptación de su historia a otras lenguas iba a conllevar numerosas disquisiciones. Irónicamente, cuando en el libro una de las oyentes del grupo reunido alrededor del fuego le pregunta al narrador por el título del relato, él contesta: "No tiene título". Más de un siglo después, aún se sigue buscando el adecuado en castellano.

miércoles, 11 de junio de 2014

"La lengua francesa no es precisamente la china"


La Revista de Libros (RdL) publicó el siguiente comentario del narrador, guionista y periodista español Robert Saladrigas a propósito de diversas versiones de Marcel Proust en castellano. Tal vez resulte interesante leerla luego de revisar la entrada de este blog correspondiente al 7 de agosto de 2010, firmada por Herbert E. Craig, y la entrevista con el traductor Mauro Armiño del 7 julio del mismo año.

Los riesgos de traducir a Proust


No me parece descabellado partir de la idea de que una obra de tan colosal envergadura como A la recherche du temps perdu, de Marcel Proust, es, al menos en teoría, intraducible. Lo presentí ya la primera vez en que tras hacer acopio de toda mi osadía, invertí varios meses leyéndola en su lengua original. De todos modos, debo admitir que antes me había iniciado en la traducción por entonces única y hoy clásica de Pedro Salinas (los dos primeros volúmenes de la serie debidos exclusivamente a Salinas y el tercero completado a la muerte del poeta por José María Quiroga Pla), proseguida en los cuatro últimos libros por Consuelo Berges. De manera que a los esfuerzos de Salinas y sus colegas debo la fascinación por el texto endiablado de un autor que siempre ha ocupado un espacio de privilegio en mi galería de mitos literarios. Al transitar ahora por los dos nuevos y simultáneos intentos de traducción, uno a cargo de Mauro Armiño (Por la parte de Swann y A la sombra de las muchachas en flor, acompañados por una cronología biográfica de Proust, tres utilísimos diccionarios sobre amistades y relaciones del autor, personajes y lugares de la obra y un copioso cuadro de notas) y el otro de Carlos Manzano (Por la parte de Swann), el somero cotejo de ambas versiones me llevó a la reflexión de que en lengua española Proust ha sido aparentemente afortunado por el interés que desde el principio desveló su obra pero al mismo tiempo, curiosamente, nunca ha conseguido el privilegio de beneficiarse de una exclusividad que según creo reclamaba a gritos. Su obra sigue desafiando la audacia de los traductores decididos a medir sus talentos fajándose, como los buenos gladiadores, con un adversario rocoso y una empresa monumental y compleja hasta estimular la paranoia, que al margen del entusiasmo, de los conocimientos que inviertan en ella, al menor descuido verán cómo su labor va a ser severamente cuestionada. Sin embargo, desde que Salinas se enfrentó por primera vez a La recherche... en 1917 (el primer volumen de la serie, Du cotê de chez Swann, había aparecido en las Ediciones Bernard Grasset de París en 1913), que recuerde se han comprometido con la obra, parcialmente o en su totalidad, José María Quiroga Pla, Fernando Gutiérrez, Consuelo Berges, Carlos Pujol, Jesús Albiñana y, por último, Mauro Armiño y Carlos Manzano, todos ellos con diferente predisposición y resultados. Lo cierto es que ninguno ha conseguido soslayar la polémica, quizás porque la perfección es sin duda una quimera o porque la tarea sea en la práctica poco menos que irrealizable. De todos modos y pese a que la versión de Salinas ha sido discutida e incluso en ocasiones desautorizada, conviene dejar sentado que marcó la pauta de las sucesivas y posteriores traducciones y lo hizo en una época en que la filología francesa todavía no se había pronunciado acerca de algunos de los problemas suscitados por el estilo de Proust; en consecuencia, no había trazada la línea maestra a seguir en el complicado trasvase de la novela a otras lenguas. Pero lo que me sorprende a estas alturas es que una obra que entraña cuantas dificultades se le quieran atribuir, en el curso del tiempo no haya motivado la devoción absoluta de algún traductor dispuesto a volcar sobre ella todo su tiempo, saberes y energías. Joyce, por poner el ejemplo de un autor también determinante y para mí aún más hermético, tuvo la inmensa fortuna de encontrar en lengua catalana a un joven filólogo, Joaquim Mallafré, decidido a dedicar ocho años de su vida a la obsesiva tarea de modelar una versión de Ulisses que sin dudarlo considero bastante superior a la francesa de Valéry Larbaud pese a que, como es sabido, éste la hizo bajo la tutela y las sugerencias del mismo Joyce. Lamento no sentirme capaz de legitimar en igual medida la traducción al castellano de José María Valverde, que, por supuesto, no invalida la primera de José Salas Subirats, aparecida en México, aunque durante bastante tiempo los ávidos lectores españoles de Joyce la consideráramos insatisfactoria. En el caso de Proust, sus traductores –exceptuando a Salinas– resulta que han llegado a La recherche... probablemente imantados por sus fulgores pero no con la vocación expresa de obligarse a sobrevivir sin mayores apremios ni ataduras en sus aguas turbulentas. Consuelo Berges se había consagrado casi por entero a la obra de Stendhal; Fernando Gutiérrez tradujo desde El doctor Zhivago de Pasternak (a partir de la edición italiana de Feltrinelli) a El Gatopardo de Giuseppe Tomasi de Lampedusa; el mismo Carlos Manzano ha desembocado en Proust tras forjar su oficio en Henry Miller primero y salvando después los terribles acantilados, por cierto paradójicamente  antiproustianos, de Céline... Ante tales ejemplos me pregunto sinceramente si es posible instalarse temporalmente en el vasto imaginario de Proust mediante un simple cambio de registro, sin tomarlo como único punto de referencia y tras haberlo explorado, desmenuzado, asimilado en sus numerosos afluentes, emprender el proyecto de adaptarlo a la lengua propia con la ineludible articulación de un estilo determinado que sea trasunto del original y, a la vez, resulte incuestionablemente veraz para quienes van a acceder a él desde otros supuestos filológicos. ¿Es acaso una idea descabellada cuando se trata de Proust, Joyce, Faulkner, Rilke o Hermann Broch, artistas copiosos que no sólo desbordan cualquier parámetro al uso sino que son fundadores de sus propios códigos lingüísticos y narrativos? Con la respuesta en suspenso, retomo el asunto que ha motivado la reflexión. Disponemos de dos nuevas traducciones de A la recherche... que al coincidir en el tiempo (por extraños azares de estrategia editorial) no arrojan luz sobre la cuestión sino que, al menos así lo considero, contribuyen a su relevancia. Para empezar, ambas versiones se muestran divergentes a partir del mismo título global de la obra. Mauro Armiño ha traducido A la recherche du temps perdu por A la busca del tiempo perdido, en tanto que Carlos Manzano opta por mantener el clásico de En busca del tiempo perdido. Por supuesto que no me siento legitimado para establecer matices en materia de filología castellana, pero tengo la impresión de que si bien el vocablo busca expresa correctamente la acción de buscar, antecedido por la preposición y el artículo, es decir, a la busca, creo que posee un significado ––¿estoy equivocado al aventurar que me suena más aplicable al terreno de la cinegética?– en todo caso distinto a la intención que Proust vertió en su A la recherche... Imagino que tal vez esa duda mía puede ser objeto de controversia. De todos modos, me parece que la sutileza a la hora de interpretar el título revela las ópticas diametrales con que los traductores han enfocado sus respectivos tratamientos del texto proustiano. Recuerdo haber leído que en el acto de presentación en Madrid de su trabajo, Mauro Armiño señaló que en la obra de Proust «las oraciones son muy largas y perversas y el español no está acostumbrado a este tipo de sintaxis». Lo que atañe a la naturaleza de las oraciones proustianas es algo archisabido. Evidentemente se refería a los culebreantes párrafos, engarzados con las célebres frases subordinadas, que han obligado a desistir a tantos lectores (españoles pero también incluso franceses) habituados a la comodidad de los estilos lineales. Sin embargo y pese a su advertencia, lo paradójico es que la versión de Armiño se caracteriza precisamente por su respetuosa fidelidad a las formas de la «más endemoniada» de las prosas francesas. ¿Más laberíntica y escurridiza que la de Paul Valéry en Monsieur Teste? Lo cierto es que en ningún momento Armiño trata de «dulcificar» o «resolver» de manera complaciente las derivas del texto. De habérselo propuesto es muy probable que hubiera desvirtuado irreparablemente el armazón estilístico que, por un lado, sostiene y por el otro substancia la obra. Por su parte, Carlos Manzano se ha decantado por la adaptación de los períodos proustianos a la sintaxis castellana, tal vez como vía para allanar en la medida de lo posible su lectura. Eso le conduce a reemplazar las subordinadas por incisos, señalados con guiones, y a echar mano de frases hechas y algunos vulgarismos para verter expresiones que en el tránsito pierden los matices originales. El propósito es sin duda loable y, en última instancia, refleja una toma de partido que naturalmente conlleva sus riesgos. Porque si bien no voy a negar que el texto se hace algo más próximo a la sensibilidad del lector español, tampoco negaré que la escritura de Proust, al ser alterado el orden que la sustenta, ve cómo su tensión interna se relaja. Me pregunto si en definitiva el trueque resulta verdaderamente rentable para alguien. O dicho con otras palabras: desde el apriorismo de que toda traducción comporta pérdidas irreparables, en lo que se refiere a la novela de Proust cuando uno decide entrar en ella sabe de antemano a lo que se expone –lo mismo sucede con las obras de Faulkner, Musil o Broch– y, una vez aceptado el reto con todas las consecuencias, quizás no sea aconsejable que nos alivien de sus escollos. Al fin y al cabo vencer por cuenta propia los obstáculos de la lectura forma parte del compromiso con la obra y el genio de su autor. Veamos gráficamente reflejado lo que acabo de señalar, mediante el cotejo de un fragmento cualquiera de Du cote de chez Swann que elijo dejándome guiar más por el azar que en función de su esencialidad. He aquí cómo fue construido por Proust: «Destiné à un usage plus spécial et plus vulgaire, cette pièce, d'où l'on voyait pendant le jour jusqu'au donjon de Roussainvill-le-Pin, servit longtemps de refuge pour moi, sans doubte parce qu'elle était la seule qu'il me fût permis de fermer à clef, à toutes celles de mes occupations qui réclamaient une inviolable solitude: la lecture, la rêverie, les larmes et la volupté. Hélas¡ je ne savais pas que, bien plus tristement que les petits écarts de régime de son mari, mon manque de volonté, ma santé délicate, l'incertitude qu'ils projectaient sur mon avenir, préoccupaient ma grand'mère au cours de ces déambulations incessantes de l'après-midi et du soir, où on voyait passer et repasser, obliquement levé vers le ciel, son beau visage aux jouès brunes et sillonnées, devenues au retour de l'âge presque mauves comme les labours à l'automne, barrées, si elle sortait, par une voilette à demi relevée, et sur lesquelles, amené là par le froid ou quelque trîste pensée, était toujours en train de sécher un pleur involuntaire.» En la versión de Mauro Armiño queda así: «Destinada a un uso más específico y más vulgar, esa habitación, desde donde de día se veía hasta el torreón de Roussainville-le-Pin, me sirvió mucho tiempo de refugio, sin duda porque era la única que me estaba permitido cerrar con llave, para todas aquellas ocupaciones que me exigían una soledad inviolable: la lectura, la ensoñación, las lágrimas y el placer. ¡Ay¡, ignoraba que mi falta de voluntad, mi salud delicada, y la incertidumbre que proyectaban sobre mi futuro entristecían más a la abuela que los leves descarríos del régimen de su marido, durante su incesante deambular de la tarde y de la noche, cuando se veía pasar una y otra vez, oblicuamente alzado hacia el cielo, su hermoso rostro de mejillas morenas y arrugadas, vueltas con el paso de los años casi malvas como los campos arados en otoño, cruzadas, si salía, por un velo recogido a medias, y en las que siempre estaba a punto de secarse una involuntaria lágrima puesta allí por el frío o algún pensamiento de tristeza». Y por último, desde el prisma de Carlos Manzano: «Aquel cuarto, destinado a un uso más especial y vulgar y desde el que durante el día se llegaba con la vista hasta el torreón de Roussainville-le-Pin, me sirvió por mucho tiempo de refugio –seguramente porque era el único que me permitían cerrar con llave– para todas mis ocupaciones que reclamaban una soledad inviolable: la lectura, la ensoñación, las lágrimas y la voluptuosidad. Por desgracia, no sabía yo que –mucho más tristemente que los pequeños incumplimientos del régimen por parte de su marido– mi falta de voluntad, mi delicada salud y la incertidumbre que proyectaban sobre mi futuro preocupaban a mi abuela, durante aquellos paseos incesantes de la tarde y de la noche, en los que veía pasar y volver a pasar –con el perfil alzado hacia el cielo– su hermoso rostro de mejillas morenas y surcadas de arrugas –que con la edad se le habían vuelto casi malva, como las tierras labradas en otoño– y cubiertas, cuando salía, con un velito a medias alzado y en las cuales había siempre, secándose, una lágrima involuntaria, provocada por el frío o por un pensamiento triste». Hay otra cuestión que sí me produce desconcierto. Es de dominio público que la tradición concede suma importancia a la frase con que Proust arranca el ciclo. Los más severos proustianos coinciden en el criterio de que con admirable sutileza el autor condensa en su brevedad las reglas del tiempo que serán determinantes a lo largo de todo el espectro narrativo. Pues bien, he aquí la primera frase de Proust: «Longtemps, je me suis couché de bonne heure». Se establece así con absoluta claridad que el narrador rememora, desde el presente en que escribe, el hábito que explícitamente inserta en un tiempo pasado, lejano, tal vez remoto. Por alguna razón que no consigo explicarme, Mauro Armiño construye la oración de la siguiente manera: «Me he acostado temprano, hace mucho». Además de forzar la sintaxis hasta extremos chirriantes, la frase de Armiño incurre en la contradicción de situar casi en tiempo actual o se sobreentiende que muy próximo, una acción que fue llevada a cabo hace mucho. Y prosigue ya en el tiempo verbal que corresponde: «A veces, nada más apagada la vela, mis ojos se cerraban tan deprisa que no tenía tiempo de decirme: "Estoy durmiéndome"». ¿Por qué semejante inicio forzado, absurdo, decididamente erróneo, que al leerlo produce auténtico sobresalto? Debo confesar que me asombra. Por el contrario, Carlos Manzano sí se ajusta a los esquemas bien señalados de la frase: «Durante mucho tiempo, me acosté temprano. A veces, nada más apagar la vela, los ojos se me cerraban tan deprisa que no tenía tiempo de decirme: "Me duermo"». Como puede advertirse, dejando a un lado la conflictiva oración inicial, el cotejo de la siguiente aporta sólo muy leves variaciones. Sin perder de vista la diferencia de enfoques a que hacía referencia más arriba, esta es la tónica dominante en ambas traducciones: en cualquier párrafo que elijamos para comprobarlo, los matices nos descubrirán alternativas a nuestro juicio acertadas junto a otras que por lo menos nos atreveremos a calificar de dudosas e incluso de insatisfactorias. Se ha dicho que las versiones de Armiño y Manzano no pueden aspirar a equipararse con la de Pedro Salinas, porque ninguna de las dos alcanza su altura. Opinión respetable pero me temo que no equitativa. Presumo que Manzano y Armiño emprendieron la traducción a partir de las ediciones de La Pléiade de JeanYves Tadié (1989) o las más recientes debidas a Jean Milly, ambas con un valioso aparato filológico al servicio del mejor entendimiento del texto proustiano. Salinas se vio obligado a trabajar sin soporte externo alguno, diría que a pelo, exclusivamente confiado en el dominio de los resortes de la propia lengua que no era ni mucho menos susceptible de amoldarse a los registros de Proust, origen como ahora es obvio, pero no entonces, de una nueva categoría estilística en el ámbito del francés literario. Por tanto, el esfuerzo tremendo que debe ser reconocido a los traductores de hoy –ambos siguen empeñados en la aventura de completar la obra– no es óbice para admitir que operan desde una situación en principio ventajosa respecto a Salinas, pero a la vez más comprometida por cuanto vienen obligados a asimilar los avances filológicos y académicos ya consolidados y a dotar sus respectivas versiones de la indispensable unidad de estilo que hasta ahora ninguna otra ha poseído y tanto se echa en falta. De manera que no se trata de superar lo que ya ha sido superado por el tiempo y el incesante aporte de orientaciones, sino de fijar métodos de trabajo y ajustar con la máxima precisión estructuras que, a ser posible, hicieran definitivo el trasvase a la lengua castellana de una de las más grandes obras de la literatura de todas las épocas. ¿Quiere decirse con esto que Marcel Proust acabará por ceder antes o después a los denodados intentos de quienes no vacilan en medir sus fuerzas con él a sabiendas de los riesgos que asumen? Lo considero probable, pero tampoco me atrevería a vaticinarlo. Sigo pensando que cualquier traducción realmente ambiciosa responde a un ideal de difícil alcance, aunque conviene plantearlo como un logro necesario desde la perspectiva de su utilidad. De todos modos, prefiero no olvidar las sensatas palabras que el poeta Josep Carner (extraordinario traductor de Charles Dickens al catalán) dedicó al asunto con saludable ironía y pragmatismo: «Aprendan lenguas. Eso tiene dos grandes ventajas. Una es que podrán traducir y la otra que, siendo conversadores en lenguas ajenas, prescindirán de las traducciones». En resumidas cuentas, la lengua francesa, la lengua en que Marcel Proust escribió A la recherche du temps perdu, no es precisamente la china.

miércoles, 24 de julio de 2013

De perros rabiosos, pomeranias y chihuahas

Céline (a la izquierda) y un amigo
El 21/07/2013, Guillermo Piro, fiel a su estilo, publicó la siguiente columna de opinión en el diario Perfil, de Buenos Aires. En ella habla del destino que tuvo en nuestra lengua la que acaso sea la más importante novela francesa publicada en el siglo XX.

Los traductores de Céline

La primera vez que sucumbí al influjo de Céline fue por el 81, cuando era feliz, trotskista y documentado. Internet no existía, de modo que podía pasar largas horas leyendo, en trance. Adolfo Bioy Casares, que digan lo que digan sus acérrimos defensores era un dandy pero de literatura no entendía nada, decía que los lectores de Céline eran gente a la que le gustaba que le gritaran. Una estupidez inolvidable, por más vueltas piadosas que le demos. Lo cierto es que los amantes de la literatura de Céline pocas veces tienen una idea clara de lo que es la literatura de Céline (algo extensible a casi toda la literatura traducida, pero hablemos de Céline). En aquel entonces había leído por primera vez Viaje al fin de la noche en la traducción del argentino Armando Bazán. Juan Carlos Onetti se ocupó oportunamente de destriparla diciendo, palabras más, palabras menos, que Bazán había conseguido apartar, amansar, adecentar, licuar a Céline. “Cualquier burgués progresista –decía Onetti–, cualquier buen padre de familia, puede comprar este Céline-Bazán, leerlo y darle permiso a su señora esposa para que lo haga.” Tremendo. Y, como si no hubiera quedado claro, se preguntaba cuánto tendría que ver el sucio perro rabioso llamado Céline con esa traducción, más parecida a un “bien criado pomerania”. Viaje al fin de la noche es de 1932 y Bazán traduce a Céline a comienzos de los años 60, por lo que su traducción cuenta con el gran peso que ejerce el estilo posterior de Céline. Para dar un ejemplo, la novela comienza con un “Ça a débuté comme ça. Moi, j’avais jamais rien dit. Rien. C’est Arthur Ganate qui m’a fait parler”, algo fácil de traducir hasta por alguien que no sepa francés (“La cosa empezó así. Yo nunca había dicho nada. Nada. Fue Arthur Ganate el que me hizo hablar”). Pero Bazán traduce: “La cosa empezó así. Yo nunca había dicho nada. Fue Arturo el que me tiró de la lengua”. Probablemente ése es el comienzo de la novela que Céline hubiera escrito a comienzos de los años 60, pero no en 1932.

La suerte de las traducciones al español de Viaje al fin de la noche es una historia de derrotas, al punto que podríamos asegurar que la novela todavía está esperando ser traducida. En los años 70 una novelista española, Carmen Kurtz, pergeñó una abominación que editó Seix Barral y que todavía puede verse en algunas librerías de viejo. Les recomiendo que le escapen a esa edición como si todos los ejemplares hubieran sido meados por elefantes. O cómprenlo y atesórenlo, como yo, para tenerlo a mano como prueba del día que decidamos mandar a los editores españoles a la hoguera.

Luego de un largo silencio, durante el que los traductores dejaron a Céline en paz, apareció en los 80 otro esperpento firmado por Carlos Manzano, editado por Edhasa. Si la traducción de Bazán parecía un pomerania, la de Manzano parece un chihuahua. De modo que, ignorantes en torno a lo que de Céline se trata, si efectivamente a ustedes no les gusta que les griten, vayan y aprendan francés. No es tan difícil y vale la pena si lo que se proponen es leer un libro como ése.

martes, 13 de diciembre de 2011

Las traducciones literarias al español, un arte complejo

Publicado en el semanario uruguayo Búsqueda del 6 de diciembre pasado y con firma de Silvana Tanzi, el siguiente artículo se apoya en una serie de ideas debidas a traductores uruguayos, españoles y argentinos, que opinan sobre la traducción y las condiciones en que ésta se lleva a cabo.

Los libros de los otros

Con los traductores literarios sucede algo injusto: si su trabajo es de calidad, suelen pasar inadvertidos. En general los lectores y la crítica literaria reparan en ellos cuando la traducción está llena de tropiezos lingüísticos y se aleja de la naturalidad de la lengua a la que se traduce. Cargan además con el mote de “traidor” que instauró la expresión italiana “traduttoretraditore”, pero ellos no son traidores, aunque tampoco puedan ser totalmente fieles. Su trabajo lleva años de lecturas, de dominio de la lengua extranjera y de la propia, de investigación sobre el autor y su cultura. “No sé por qué siempre se piensa mal de los traductores y sin embargo todos estamos de acuerdo en que la literatura rusa es admirable”, contestó Jorge Luis Borges en una entrevista de 1985 con Jorge Cruz en La Nación. Borges ejercía la traducción como una labor creativa y de reescritura del original, por lo cual fue elogiado y también criticado.

Salvo excepciones, el traductor literario es poco reconocido por las editoriales y está mal remunerado, por lo que debe combinar esta tarea con la docencia o con la traducción técnica o científica, que muchas veces resulta menos gratificante. Para conocer su trabajo, Búsqueda consultó a seis profesionales con años de experiencia en la traducción de obras literarias al español.

Entre España y Suecia
Roberto Mascaró es uruguayo y desde hace más de treinta años vive en Suecia. Poeta, docente y traductor, su nombre está asociado al último premio Nobel de Literatura, el poeta sueco Tomas Tranströmer, de quien tradujo toda su poesía al español. Respondió a Búsqueda desde Colombia, adonde llegó en una gira personal que él llama “Retropoesía”. “Consiste en participar en festivales y dictar talleres de poesía. Comencé en El Salvador y luego seguí por Guatemala y Honduras”, dijo. Mascaró traduce obras del inglés, del sueco y del francés, y también investiga los dialectos del castellano en América latina. Para él, la traducción es un género literario y un producto creativo, y el mejor traductor de un poeta es otro poeta. “Hay que trabajar de una lengua a la otra el mensaje poético, algo difícil para quien no escribe poesía. Es cierto que ha habido muy buenos traductores que no son poetas, pero sí lo fueron en sus traducciones. Eso hace de la traducción un género literario, y del traductor un escritor”.

Su amistad con Tranströmer y su conocimiento de la sociedad sueca le allanaron el camino para traducir una poesía cargada de silencios, “como un bosque nórdico en otoño”, según había escrito en la traducción de El bosque en otoño, que apareció en Montevideo en 1989 publicada por Ediciones de Uno. “Tranströmer representa el carácter parco, introvertido y silencioso de los suecos. Él reconoce en sus propios poemas que necesita de la soledad para escribir”.

Mascaró no se sorprendió por el Nobel otorgado a Tranströmer: “Era un premio esperado, había estado propuesto año tras año por más de una década. Cuando empecé a trabajar con su obra, ya era un poeta traducido a treinta lenguas”.

Miguel Sáenz nació en 1932 en Larache, ciudad al noreste de Marruecos, y desde hace cuarenta años vive en Madrid. Ha traducido del alemán el teatro íntegro de Bertolt Brecht, casi toda la obra de Thomas Bernhard y varios trabajos de Günter Grass, además de otros autores como Goethe, Joseph Roth, Franz Kafka o Salman Rushdie. Se inició como traductor literario en 1976 con Carta breve para un largo adiós, de Meter Handke, y desde entonces ha obtenido varios premios y reconocimientos.

“Que la traducción es un género literario lo dijeron Ortega y Gasset y Octavio Paz, pero nunca he entendido qué querían decir: la traducción pertenece necesariamente al mismo género que el original. Y para mí es un producto creativo y artístico: no hay contradicción entre esos términos”, comentó Sáenz. El mayor desafío que encuentra en su tarea es “mantener la necesaria honradez. Una traducción necesita su tiempo y hay que dársela”. Un buen tiempo le llevó traducir El Rodaballo, de Günter Grass: dos años. Por ese trabajo recibió en 1981 el premio Fray Luis de León.

En una montaña de la isla de Ibiza, vive desde hace más de doce años el traductor madrileño Carlos Manzano. Comenzó en la profesión en 1970 y se dedicó durante muchos años a la traducción de “literatura gris” como medio de subsistencia: “Documentos espantosamente escritos de organismos internacionales, los del sistema de las Naciones Unidas y de la Unión Europea”. Pero el verdadero “placer de los dioses” se lo brindaron las traducciones literarias. Entre las obras que ha traducido al español se encuentran Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline, y todos los tomos de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Pero la lista de losautores que tradujo del francés, inglés, catalán, italiano e inglés es extensa. Manzano tiene una opinión diferente sobre la creatividad en la tarea del traductor: “La traducción en general –y la literaria en particular– no es una actividad creativa, sino todo lo contrario. Es más científica que artística, porque exige el mismo rigor metodológico que las ciencias exactas: se puede demostrar punto por punto en qué es incorrecta y cuál sería la versión correcta y sustitutiva. Pero, a diferencia de otras tareas científicas, presenta la excepcional particularidad de que su resultado sí es artístico. En eso consiste precisamente su rigor: en transmitir con precisión el carácter artístico del original”.

Sobre las dificultades de evitar los “españolismos” (como “jilipollez” o “capullo”) al traducir la jerga o el lenguaje coloquial de las novelas, Manzano responde: “Ni siquiera lo intento. En España disfrutamos mucho con las particularidades coloquiales y jergales de allende el mar. Lo mismo deberían hacer ustedes”. Para Manzano uno de los autores más difíciles de traducir, justamente por el empleo del lenguaje hablado y coloquial en sus obras, fue Céline, del que tradujo casi toda su narrativa y por el que siente una “identificación absoluta” y admira la “expresividad, la genialidad, del lenguaje hablado, popular y jergal” que utiliza en sus obras.

Para Patricia Willson, traductora y docente argentina, una de las dificultades mayores es traducir el habla popular o infantil. “No es fácil reproducir efectos de oralidad sin ridiculizar a los personajes”. Willson ha traducido del francés obras de Roland Barthes, Flaubert y Sartre, y del inglés las de Mary Shelley, Jack London y Mark Twain, entre otros. Para ejemplificar la falta de reconocimiento hacia
los traductores, Willson cuenta una anécdota: “En el suplemento cultural de un matutino porteño se publicó un avance de mi última traducción de Roland Barthes. En una nota se explicaban detalles de la edición en francés y en castellano, pero no se mencionaba el nombre de la traductora. Como si Barthes, post mortem, se hubiera traducido a sí mismo”.

Escritor, traductor y crítico literario, Elvio Gandolfo nació en Rosario, Argentina, pero reparte su tiempo entre Montevideo y Buenos Aires. Tiene más de cien libros traducidos y entre sus preferidos “por el resultado” están Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O’Brien, Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos y los diarios de Henry James. “No comparto cierta queja sistemática y gremial sobre, por ejemplo, por qué no se pone el nombre del traductor en los comentarios bibliográficos cortos. Por supuesto que tiene que figurar. Hago un paralelo con lo que antes se llamaba diagramación y ahora se llama diseño. De inmediato te creés más artístico y jorobás más si te llaman diagramador”.

Jorge Fondebrider integra el Club de Traductores de Buenos Aires que se creó hace tres años y tiene un blog en Internet con el mismo nombre. “Es una ‘revista’ diaria que se ocupa de traducción, del estado de la lengua y de las políticas que giran a su alrededor, también del mundo editorial”.

Fondebrider se dedica a la traducción literaria del inglés y del francés. Se ha especializado en literatura irlandesa y traduce poesía. En 1999 publicó con Gerardo Gambolini una gran antología de poesía irlandesa, y ahora está traduciendo a Joseph O’Connor, hermano de la cantante Sinéad O’Connor. “Me está costando mucho porque escribe usando argot de Dublín y de los irlandeses de Londres”.

Para Fondebrider la mayor complicación como traductor está en el trato con las editoriales. “No terminan de entender que sin la mediación de los traductores, los autores que contratan no existen. Luego burlan la ley con contratos malos, pagan tarde y mal y, en líneas generales, no valoran el trabajo de los traductores”. Sobre lo mal que ganan los traductores coinciden todos los entrevistados. En España cobran derechos de autor, pero en Argentina no, a los traductores les pagan por millar de palabras (más o menos dos páginas y media de un libro) entre $ 60 y $ 150 (entre 2 y 3 dólares). En España se paga entre 7 y 14 euros la página y en Chile casi 11 dólares. “Varias de las editoriales se pusieron de acuerdo en mantener los precios muy bajos. Las editoriales chicas pagan mejor y hacen contratos decentes. Saben que el valor agregado de una buena traducción es la diferencia entre comprar  un libro argentino y uno español”, comenta Fondebrider.

Muchos de los traductores literarios harían suya la frase del escritor Italo Calvino al referirse a su labor como editor: “La mayor parte del tiempo de mi vida la he dedicado a los libros de los otros. Y me alegro de ello”. Sería bueno registrar sus nombres cuando se compre el próximo libro.