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domingo, 7 de junio de 2026

La Inteligencia Artificial y los protocolos panhispánicos; o sea, vaya uno a saber qué chantada

El 27 de mayo pasado, el diario InfoBAE publicó sin firma el siguiente artículo sobre la posición que ha adoptado la RAE a propósito de la Inteligencia Artificial. 

La RAE hace propios los desafíos de adaptar la IA al español

La Real Academia Española ha identificado a la inteligencia artificial como “el gran reto de nuestro tiempo”, según declaró Santiago Muñoz Machado en las jornadas preparatorias de la III Convención de la Red Panhispánica de Lenguaje Claro y Accesible, que se celebrará en octubre en la ciudad argentina de La Plata. Estas jornadas preparatorias han marcado el inicio de un programa estratégico que coloca la adaptación y supervisión de la IA en el uso del español como prioridad, al subrayar la inminente hegemonía de las herramientas automatizadas en la comunicación pública.

El lanzamiento de dos proyectos editoriales clave para la industria lexicográfica hispana: el Diccionario fácil de la lengua española, diseñado bajo los principios de lectura fácil e inclusión, y el Diccionario esencial en lenguaje claro, que reunirá entre 6 mil y 7 mil términos de uso común.

El acto ha contado con la participación de representantes institucionales, académicos y expertos en tecnología del lenguaje de toda Iberoamérica; entre ellos Rafael Felipe Oteriño, presidente de la Academia Argentina de Letras. Durante dos días, las ponencias se han centrado en la integración de la IA en la mejora de la accesibilidad lingüística, la optimización del procesamiento del lenguaje natural y la adaptación automática de textos para usuarios con distintas capacidades cognitivas. Destaca la presentación del Observatorio de Neologismos, una herramienta impulsada desde el proyecto LEIA, que monitoriza diariamente cerca de 1 millón de palabras extraídas de medios digitales para detectar nuevos usos permanentes en español.

Protocolos panhispánicos para validar la IA
Uno de los puntos destacados de estas jornadas ha sido la intervención de Francisco Marcos-Marín, director en funciones del Research Institute of United States Spanish (RIUSS), quien ha reivindicado la urgencia de dotar a la IA de protocolos panhispánicos de validación. Su propuesta requiere el uso sistemático de usuarios reales para contrastar y evitar errores o “alucinaciones de los modelos automáticos”. Marcos-Marín ha resumido su postura en una consigna de agenda institucional: “La Administración debe pasar de publicar a comunicar".

La visita institucional ha dado visibilidad a proyectos académicos con vocación aplicada: desde la Universidad de Alicante, Isabel Espinosa Zaragoza ha expuesto avances en la adaptación automática de textos orientados a la accesibilidad de personas con discapacidad cognitiva. Por parte de la Universidad Politécnica de Madrid, Mari Carmen Suárez de Figueroa ha detallado desarrollos en lectura fácil automática. Cecilio Garriga, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona y la Universidad Nacional de Colombia, ha presentado MarIATerm, un asistente lexicográfico basado en IA con funcionalidad de acceso ciudadano a terminología especializada.

La Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), organismo internacional de cooperación, representada por Ana Paula Laborinho, ha delineado directrices para una inteligencia artificial ética, inclusiva y lingüísticamente variada. El énfasis de la OEI se ha colocado en el alineamiento con principios de servicio comunitario y diversidad.

Español y legado digital: posicionamiento de la industria ante la IA

Durante la sesión temática sobre IA y tecnología del lenguaje, empresas y organismos han subrayado el papel del español como "vector cultural de 600 millones de personas", en palabras de Josetxo Soria, responsable de relaciones institucionales y públicas de inteligencia artificial de Google. Soria ha indicado que la transformación digital impulsada por IA supone una “revolución de gran calado” y ha afirmado que Google mantiene su compromiso con el idioma como patrimonio global: “Queremos cimentar ese desarrollo con un uso correcto del español en el mundo”.

En el plano operativo, han tomado la palabra representantes de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, la Universidad Carlos III de Madrid, la Universidad Complutense y la UNED, exponiendo líneas de trabajo en procesamiento de lenguaje natural, sistemas de pregunta-respuesta supervisados y visores terminológicos para captar tendencias léxicas y tecnológicas.

El bloque de innovación ha culminado con la intervención simbólica de un sistema automatizado de IA, programado para conversar en directo con la académica Asunción Gómez-Pérez. El sistema ha enfatizado su rol como soporte activo para mejorar la comprensión y adaptación del español: “Hoy puedo sugerir correcciones, ofrecer respuestas rápidas y herramientas para que el español se entienda como hasta ahora y os permita comunicaros”. La secuencia ha cerrado con la frase: “Bienvenidos al futuro del español; uno en el que nos entendemos aún mejor”.

martes, 11 de junio de 2024

Un filólogo español contra el triunfalismo de su país y más cerca de la realidad

El pasado 3 de junio, la agencia española EFE distribuyó un cable, firmado por Luis Ángel Reglero, posteriormente publicado por varios medios del mundo hispano; entre otros, InfoBAE, de Buenos Aires. Allí se habla de un libro del filólogo David Fernández (foto) que contradice el triunfalismo español respecto del crecimiento de nuestra lengua en el mundo

El reto del español frente a "bombas" demográficas de otros idiomas

El idioma español debe huir del triunfalismo sobre el aumento de su número de hablantes ante "bombas" demográficas, sobre todo en África, que harán que pierda peso frente a lenguas como el portugués y el francés, advierte el filólogo David Fernández.

Panhispania. Visita guida por un país que nunca existió, de editorial Catarata, es el último libro de este investigador y profesor universitario español, una contestación a cómo se vende en algunos informes el buen momento del castellano en el mundo.

Él mismo reconoce que ha participado en algunos de ellos para entidades como el Instituto Cervantes, institución estatal española dedicada a la difusión internacional de este idioma, en entrevista con EFE.

La letra pequeña de estos estudios refleja que el número de hablantes nativos, unos quinientos millones, "está en horas bajas, lleva dos décadas decreciendo", con lo que el español o castellano se ve ante el reto de ampliar a aquellos que lo tienen como segunda lengua, alerta el autor.

Que ahora son unos cien millones, entre los que estudian español o lo han aprendido en distintos niveles.

Aumentar su presencia internacional es una tarea "dificilísima", no por falta de interés en emprenderlo o por la hegemonía del inglés, sino también por el potencial de otras lenguas como el portugués y el francés.

"El español tiene que buscarse un refugio, pero tremendo, para salir indemne en la medida de lo posible de bombas demográficas que se están ya barruntando en el horizonte, sobre todo en el continente africano", observa.

Angola con el portugués y Níger con el francés son dos ejemplos de previsiones de Naciones Unidas "bestiales" en crecimiento demográfico: "En el continente africano es donde está las nuevas canteras de idiomas".

"Los datos triunfalistas muchas veces enmascaran tendencias que son bastante perniciosas para el español y a las que es imposible ponerles coto", recalca.

La mayoría de países hispanohablantes son contiguos, comparten fronteras en América, sin apenas dispersión geográfica, salvo España en Europa y Guinea Ecuatorial en África, a diferencia del inglés o el francés.

Entonces, "¿cuál es la utilidad de aprender esta lengua?", se pregunta.

Pues a su juicio ese es el trabajo del Instituto Cervantes y también la Real Academia Española, una tarea "diplomática" para fomentar su aprendizaje en otros continentes, ya que ahora el 80 por ciento de quienes estudian español como segunda lengua se concentra en Estados Unidos, Brasil y la Unión Europea.

Aunque de nuevo "sin mucho margen para el optimismo", porque "el aprendizaje de lenguas va a entrar en recesión, y de hecho, ya se ha devaluado muchísimo el saber idiomas", en palabras de David Fernández.

La inteligencia artificial avanza para la traducción automática y "es un secreto a voces dentro de la Real Academia" que el destino del español lo dictan cada vez más los gigantes tecnológicos, apunta el experto.

"Google, OpenIA y Apple analizan de forma automática el aluvión de macrodatos y toman decisiones instantáneas sobre el uso de las palabras", para generar "tendencias en el uso del idioma", al margen de lo que marque una academia como norma, subraya.

Además, el resto de países hispanohablantes no tienen equivalentes al Cervantes o la Real Academia para promocionar el español, con lo que "la política panhispánica" liderada por España "tiene menos predicamento fuera", señala.

"Estamos mandando mensajes erróneos", insiste, porque "que el reguetón esté en el número uno de Spotify no quiere decir que el español también lo esté: para ello hay que elevar el nivel en otros ámbitos como el científico, el cultural, el literario y no solamente la música".

La comunidad hispana de los Estados Unidos utiliza para ascender socialmente algo como la música latina, pero está por ver si "cuando llegue a la planta de arriba no se habrá dejado el español en la de abajo", porque muchos no consideran que para distinguirse como hispano necesariamente haya que hablar español, sentencia. EFE

lunes, 10 de junio de 2024

A falta de Gaby, Fofo y Miliki, la RAE recomienda cosas y supera los límites del grotesco

El pasado 21 de mayo, La Jornada, de México, publicó un cable de la agencia Europapress, donde se da cuenta de una nueva payasada de la Real Academia Española. 

La RAE publicará una guía con los 'enemigos' del lenguaje claro

La Real Academia Española (RAE) publicará la 'Guía panhispánica de lenguaje claro y accesible' por la que reivindica la "claridad" en el habla, especialmente para las instituciones y administración, y que incluyen una serie de recomendaciones a evitar como los incisos, las redundancias o los "extranjerismos crudos".

La presentación ha tenido lugar en la sede de la RAE, durante el acto de clausura de la I Convención de la Red Panhispánica de Lenguaje Claro que ha estado presidida por el Rey -y al que se le han entregado dos ejemplares de la guía-. El monarca ha calificado a este documento como "enormemente valioso" para la lengua española, el primer valor cultural compartido con cientos de millones de personas.

"Las conclusiones de esta convención servirán a todos los poderes públicos y entidades que prestan servicios de interés general para mejorar la transparencia de sus programas y actuaciones, lo que contribuirá sin duda a fortalecer la calidad de las democracias", ha defendido Felipe VI en su intervención.

El director del departamento de 'Español al día' y académico, Salvador Gutiérrez Ordóñez, ha sido el encargado de presentar este "mapa-guía", detallando que se trata de un documento con contenido como advertencias, recomendaciones, consejos y recursos dirigidos para obtener textos diáfanos.

En la guía se sigue siempre la norma fijada por los diccionarios, gramáticas y la ortografía de la RAE y ASALE y, como avances generales "para el logro de la claridad", se propone una formación buena en lingüística y en expresión de los profesionales.

También apunta a una mayor educación en las disciplinas científicas a los ciudadanos y por último se reclama el "papel mediador" de la prensa. No obstante, en el apartado de gramática se efectúa una selección de los temas que "mayores dificultades plantean a la claridad". Entre ellos, se abordan ejemplos con el foco puesto en gerundios, el género, el uso de oraciones pasivas, coordinaciones o subordinaciones.

Asimismo, Gutiérrez Ordóñez también ha avanzado que cuenta con una sección de discursos en la que se explican problemas frecuentes, tales como el párrafo largo, los incisos o las enumeraciones. Y, en semántica, se abordan conceptos "que subyacen a la opacidad lingüística" como presuposiciones, la ambigüedad, contradicciones, paradojas, eufemismos o redundancias.

"El respeto de las normas ortográficas es esencial para la claridad de los escritos", ha destacado el académico, quien ha aludido a la "influencia en la claridad" de la acentuación, la puntuación, el uso de las mayúsculas, frente al "efecto de opacidad causado por las palabras no biendigeridas que llegan de fuera", como los "extranjerismos crudos".

El director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, ha defendido la importancia de la celebración de esta convención, así como de la publicación de la guía, incidiendo en la necesidad de un mayor lenguaje claro en la administración. En especial, se ha referido también a la relación del habla con la igualdad de género.

Las “imposiciones” en el lenguaje inclusivo

El académico ha alertado que desde la institución "no se puede correr el riesgo de imponer formas lingüísticas que los ciudadanos no aceptan", ni diferenciar el lenguaje usual del lenguaje "políticamente correcto". "No podemos animar a fragmentar la normativa de la lengua que se ha mantenido unida sin perjuicio de sus variantes territoriales durante tres siglos", ha apuntado.

No obstante, ha recordado que la RAE ha modificado "intensamente" el diccionario para eliminar muchas definiciones hechas en tiempos históricos que no tenían la misma valoración social que hoy del sexo femenino. También ha advertido que muchas formas generalizadas en el lenguaje usual tienen alternativas de expresión que no alteran el sistema de la lengua y favorecen la visibilidad del sexo femenino en el lenguaje.

"Únicamente nos rebelamos contra las imposiciones o las transgresiones forzadas de reglas para proponer innecesariamente otras que no encajan en ese sistema de la lengua y que afean la expresión de un idioma tan bello como el español", ha concluido.

martes, 26 de marzo de 2019

¿Entenderán los visitantes extranjeros a los cordobeses?

Negrazón y Chaveta, íconos
 de la cultura popular cordobesa
El pasado 24 de marzo, Ivana Romero, enviada del diario Clarín para cubrir el Congreso de la Lengua, publicó la siguiente nota a propósito de la singular habla de Córdoba, según una investigación universitaria realizada zona por zona de esa provincia argentina.

“Más peligroso que cirujano con hipo”:
un atlas de las expresiones 
que inventaron los cordobeses

En Córdoba, el Fernet con Coca puede ser “Fernando”, “morocho”, “70/30” o “ferloncho”. Una persona que tiene boca grande es “jetona”, “trompuda”, “tiene boca de riñón” o es “trunchuda”. Si se destaca por el tamaño de su cabeza tendrá un “marote” o también “un galpón arriba”, “una piedra para trancar el mundo” o será reconocida como “cabeza de munición”. Un hombre lindo es un “papi”, un “potro” y además “ta bárbaro” y “ta rimbombante”. Una chica bonita es un “yeguazón”, un “camionazo” o “ta ricaza”.

En esta provincia hay grandes discusiones sobre si el bizcocho de grasa se llama así o “criollito” o “rasqueta”. Pobre de aquel que se haga una casa pretenciosa: “A cualquier rancho le ponen vidrios”, dirán los vecinos. Cuando las cosas en un pueblo están ordenadas, la gente suspira con satisfacción porque “cada chancho está en su estaca”. Claro que nunca falta el que anda por la vida “como bola sin manija”. O aquel que, preso de una gran excitación sexual, está “alzao como primer nieto”. Está el que mira de costado pero “ya quisiera el gato lamer el plato”. Y el problema surge cuando en un bonito acto regional aparece el loco de la zona, al que “le falta la línea de los cuatro”, como en un mal partido de fútbol. Ese sí que es “más peligroso que cirujano con hipo”.

El habla popular se construye como una compleja urdimbre donde se conjugan identidades, historias, paisajes. En ella también se adivinan las costumbres, el sentido del humor, la picardía, la observación tan afinada como corrosiva, la pertenencia a una geografía. Y si bien las distintas regiones comparten el uso de muchas frases y palabras, en otros casos cada una tiene su vocabulario propio y distintivo. Un grupo de docentes e investigadores de la Facultad de Lenguas de la Universidad Nacional de esta provincia puso todos estos elementos en el caldero y dio forma a una investigación sorprendente: “Las hablas de Córdoba: registro, conflicto y proyecciones”, que se acaba de presentar en el Festival de la Palabra, días antes del Congreso de la Lengua.

“Esto venía siendo un sueño de una colega que trabajó en dialectología latinoamericana, María Teresa Toniolo. Ella tenía como objetivo hacer un atlas etnolingüístico de toda la provincia de Córdoba y sin ese enorme antecedente, el proyecto actual no hubiese sido posible”, contó María Cristina Dalmagro, directora general de Las hablas en Córdoba, que llevó adelante el Centro de Investigación de la Facultad de Lengua que también ella dirige.

En 2017, el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la provincia realizó una convocatoria que permitió realizar este ambicioso trabajo a lo largo de un año. Más de cincuenta investigadores recorrieron cerca de 2500 kilómetros para indagar sobre los modos de hablar, las pronunciaciones, el léxico, el uso de los tiempos verbales y de los refranes en seis poblaciones seleccionadas: Cura Brochero, Villa del Rosario, Villa Tulumba, Córdoba capital, Huinca Renancó y Marcos Juárez.

“Seleccionamos cada lugar en función de obtener una muestra representativa de la diversidad. Por ejemplo, Huinca Renancó está atravesada por la colonización española llegada a fines siglo XVIIII pero Villa Tulumba conserva mucho vínculo con los pueblos originarios de la zona. Marcos Juárez tiene mayor cercanía a la inmigración italiana y por eso su tonada es diferente a la de Cura Brochero, cuya tonada es ‘del esdrújulo’ por el modo de acentuación”, enumeró Dalmagro.

En cada lugar hubo conversaciones con los intendentes, las escuelas, las bibliotecas y distintas organizaciones barriales que ayudaran a encontrar 12 personas (en Córdoba capital fueron más por la concentración demográfica) de cada localidad. Así se formó un grupo de 96 “informantes” (ese es el nombre que se les da en investigaciones antropológicas), de distintas edades, género y escolarización para que, a partir de sus vivencias, pudieran proporcionar historias de vida, recuerdos, datos de comidas, hierbas aromáticas y detalles propios de cada zona.

“Se videograbaron cerca de ochenta horas de entrevistas. Como resultado, recogimos más de un millón de palabras que son un reservorio enorme para próximas investigaciones”, agregó Dalmagro.

Los datos de la investigación se dieron a conocer en las jornadas Café Científico y también, en un domo ubicado en avenida Vélez Sarsfield, frente al shopping Patio Olmos, donde se despliegan juegos interactivos, que se pueden visitar hasta el 30 de marzo, de 12 a 20.

En la recorrida del domo, la gente puede contribuir a la construcción colectiva de un diccionario específicamente cordobés. ¿De qué manera? Ayudando a definir un glosario de 300 palabras ya seleccionadas. También puede jugar armando refranes desordenados y dichos populares. Este recorrido delicioso incluye frases como “defenderse como gato panza arriba”, “tragarse el sapo” o “tirar la chancleta”. También se propone asociar distintos términos que ofician de sinónimos. Un ejemplo bien cordobés: “mate cocido” y “yerbeado”. Además la carpa tiene un microcine donde se proyectan las entrevistas al centenar de vecinos de que formaron parte de la investigación.

Otra buena noticia es que se puede acceder a toda esta información a través de una página web: lashablasdecordoba.lenguas.unc.edu.ar. También hay una página en Facebook y la semana próxima será posible descargar en los celulares una aplicación que sintetiza las líneas más importantes de la investigación.

La música propia del habla en cada una de las regiones
Para llegar a construir este mapa del habla, los investigadores hablaron con la gente de seis localidades y los invitaron a describir diversas expresiones que los consultados usan y escuchan en situaciones de confianza, por ejemplo cuando conversan entre familiares o amigos.

En Cura Brochero, dos de las palabras más usadas son “apencarse” (es decir, aferrarse a algo o a alguien) y “echar moco” (o sea, mandarse una macana). Otra singularidad es que ahí se usa el diminutivo como forma de crítica. Así, por ejemplo, es posible decir “Conocí a la novia de Pablo. Es lindita pero antipática”. Las historias de la región se hacen presentes en sus fraseologías.

“Cuando canta el río Suncho, vaquita que encuentra a mano no vuelve más”, hace referencia a una gran crecida de este río que se llevó hasta las vacas.

En Marcos Juárez es muy popular “Más perdido que Chechi en la soja”. Chechi fue un personaje real de la zona que se perdió en un campo de soja y fue encontrado muerto durante una cosecha. En Villa del Rosario una persona ociosa está “más al cuete que teta de mula” porque, se sabe, la mula suele ser estéril. En Villa de Tulumba al queso con dulce le dicen “postre de los camioneros” y en Huinca Renancó, “postre de milico”.

En Córdoba capital se toma mucho “vino con pritty”. También es muy habitual la exageración “malondón”, cuando algo es demasiado malo o “chetazo” para alguien de clase muy alta. Además abunda el poco elegante pero sonoro “culiau” como manera informal de referirse a alguien.

lunes, 1 de junio de 2015

Panhispanismo: una idea de Franco con la que torpemente insiste la mal llamada "Madre Patria"

Acaso para matizar un poco las opiniones vertidas en algunas de las entradas de la semana pasada, tal vez valga la pena recurrir a la siguiente entrevista que Evan Romero-Castillo realizara para Deutsche Welle el 21 de marzo de 2010 con el Dr. Walther L. Bernecker, de la Universidad de Erlangen-Nuremberg.

“El panhispanismo es un concepto eurocentrista y obsoleto”

La historia de la consumación de las independencias latinoamericanas, muchas de las cuales cumplen 200 años entre 2009 y 2011, es al mismo tiempo la historia de un proyecto frustrado de manera recurrente: el de una integración de escala continental, desde el río Bravo hasta la Patagonia, pasando por las islas del Caribe, más allá de los intercambios comerciales y tan profunda como las raíces que comparten los pueblos de la región, al menos en el imaginario colectivo de los latinoamericanos.

Deutsche Welle conversó al respecto con el Dr. Walther L. Bernecker, profesor de la cátedra de Relaciones Internacionales y Culturas de Lenguas Romances en la Facultad de Derecho y Ciencias Económicas de la Universidad Friedrich Alexander de Erlangen-Nuremberg, y conocedor de la historia española, portuguesa y latinoamericana de los siglos XIX y XX.

–Deutsche Welle: Se suele decir que, al contrario de los países que hoy integran a la Unión Europea, aquellos en América Latina que se independizaron de la Corona española en el siglo XIX tienen un idioma, una cultura y también problemas comunes; se supone que eso debería haber propiciado el acercamiento entre todos ellos y favorecido el establecimiento de una alianza grande y fuerte. ¿Era el proyecto de una Latinoamérica unida realmente factible en el siglo XIX, una vez culminadas las batallas de emancipación?
–Bernecker: Las declaraciones de independencia dejaron claro que eso que conocemos como el Imperio español nunca fue una unidad. El único elemento de cohesión era la Corona española y, cuando ésta se debilitó, la posibilidad de mantener a este imperio unido se redujo a su mínima expresión. Uno pudo constatar tempranamente que las diferencias entre las distintas regiones que se independizaron de España eran más grandes que las semejanzas. Al final de su vida, Simón Bolívar se dio cuenta de que el gran sueño de una Latinoamérica unida –que él intentó convertir en realidad– estaba condenado al fracaso desde el principio.

–Deutsche Welle: Sin embargo, la aspiración de agrupar a los países latinoamericanos para que lograran hablar con una sola voz en la escena internacional siguió siendo vista como una ambición razonable y no como el delirio de un héroe de la Independencia. De hecho, muchas personas en América Latina todavía tienen la impresión de que los esfuerzos sucesivos por unir a los países emancipados de la región han sido saboteados sin pausa por Estados Unidos y las potencias europeas.
–Bernecker: En el marco de algunos desarrollos económicos yo no excluiría la posibilidad de que las dificultades de Latinoamérica puedan ser atribuidas a influencias externas, aunque eso amerita una investigación histórica sólida. Pero, en lo que a la unidad del subcontinente se refiere, está claro que no fueron influencias externas las que sabotearon o impidieron los proyectos de integración, sino las confrontaciones dentro de Latinoamérica misma y la falta de acuerdos en cuestiones fundamentales.

Empecemos en 1826, el Congreso de Panamá fue saboteado por los propios latinoamericanos; sus países no enviaron a sus representantes porque no tenían interés alguno en integrarse regionalmente o crear una gran unidad. La Gran Colombia se desintegró no por influencias externas sino porque los países que la formaban –Venezuela, Colombia y Ecuador– no conseguían negociar exitosamente entre ellos. Lo mismo aplica para las Provincias Unidas de Centroamérica, que se separaron en el curso del siglo XIX. En el siglo XX hubo decenas de intentos de crear unidades supranacionales y regionales, y todos fracasaron.

El antiguo mapa de la Gran Colombia, emblema de los proyectos de integración latinoamericana fracasados.

–Deutsche Welle: El impulso que llevó a las élites latinoamericanas a negociar entre sí para agrupar a sus países en una confederación tiende a ser denominado panhispanismo para contraponerlo al panamericanismo, percibido como la estrategia de Estados Unidos para arrogarse una posición dominante en el ámbito de la política continental similar a la que tenía el Imperio español en la época de la Colonia. ¿Qué argumentos existen a favor de la viabilidad del panhispanismo?
–Bernecker: Es importante tener los términos claros. La del panhispanismo es una noción que tiene su origen en España, no en Latinoamérica, y que alude a la creación de una gran comunidad que incluya a todos los países de habla hispana. Esta idea ha sido promovida sobre todo por regímenes no democráticos, como el del dictador español Francisco Franco, con miras a extender puentes hacia Latinoamérica.

La meta es recordarle a América Latina lo buena que España ha sido para ella, haciendo referencia a los llamados procesos de “civilización” y de ‘cristianización', entre otros argumentos que sólo pueden ser defendidos desde un régimen autoritario que censure el debate sobre el lado negativo de la Conquista y la Colonia. Como concepto, el panhispanismo es eurocentrista y obsoleto, no tiene futuro alguno porque supone que la iniciativa integradora proviene de la llamada “Madre Patria”.

El dictador español, Francisco Franco, quien –según reza en el texto– fue uno de los impulsores de esa noción de “panhispanismo” que los latinoamericanos rechazan por eurocéntrica.

–Deutsche Welle: Entonces, en su opinión, ‘panhispanismo' es un término con una carga simbólica e histórica pesada que no debe ser empleado como sinónimo de los esfuerzos por unir a los países latinoamericanos en términos sociales, económicos y políticos…
–Bernecker: El intento de “reunir” a Latinoamérica proponiendo a España como elemento cohesivo –y eso es lo que va implícito en el término “panhispanismo”– ha fracasado en los últimos años cada vez que España ha pretendido atribuirse la iniciativa de festejar acontecimientos como el quinto centenario del llamado ‘descubrimiento' de América o el bicentenario de las independencias latinoamericanas e imponer interpretaciones específicas de esos sucesos que le son favorables porque apuntan a la comunión que ofrecen el lenguaje, la historia y la cultura comunes, y omiten todo lo que es negativo. Pero esa pretensión ha sido rechazada por los latinoamericanos.

¿Qué se celebra en el bicentenario de las independencias latinoamericanas? ¡No se celebra nada! Este bicentenario conmemora guerras espantosas que se extendieron entre 1808 y 1824, en las que los criollos lucharon contra los españoles, en las que hubo miles de muertos y durante las cuales también hubo guerras civiles adicionales en América Latina. Los latinoamericanos han dicho: “Nosotros ya no somos enemigos de los españoles y los invitamos con gusto a las ceremonias, pero estas son nuestras conmemoraciones”, porque no quieren que España interfiera en las ceremonias con su evocación de los 200 años de la Constitución de Cádiz o de la revuelta de Madrid contra las tropas de Napoleón. ¿Acaso debe conmemorarse todo eso en la misma ceremonia? Los latinoamericanos han dicho que no.


viernes, 29 de mayo de 2015

"El selecto privilegio de no entenderse"

Juan Villoro, se sabe, es un escritor de genio. Lo prueba, una vez más, con este breve artículo que publicó acompañando el que publicamos ayer, en la misma edición de El País Semanal.

Chingando a toda pastilla

Mi padre nació en Barcelona, mi madre en Yucatán y yo en Ciudad de México. “La lengua común que nos separa”, dice un conocido refrán para referirse a los países que hablan español. Crecí con tres nombres para las mismas cosas. En nuestra versión lingüística de la Sagrada Familia, el padre, la madre y el niño usábamos tres palabras para el color de mi mochila: marrón, atabacado o café.

Naturalmente, había una jerarquía de los idiomas. Nuestro hábitat reproducía las aventuras del español en el mapamundi: mi padre hablaba con la autoridad de quien tiene “denominación de origen” y además es profesor; mi madre se las arreglaba para adaptar eso a las necesidades de la casa, y yo hablaba como podía. La Real Academia, las voces de provincia y el influjo de la calle se mezclaban en la mesa, con distintos grados de aceptación. Mi padre –que usaba la prestigiosa palabra “peonza” en vez de la vernácula “trompo”– ejercía los derechos de quien ocupa la cabecera y me censuraba por exclamar “¡chin!”. Esta expresión me parecía simpática, parecida al “glug-glug” con que se ahogaban las caricaturas. Como buen filósofo, mi padre me reprendía con explicaciones: “No uses ese apócope”. Durante años pensé que “apócope” era una injuria. Tardé mucho en saber que “chin” era una abreviatura del verbo más popular de México: “chingar”.

Disponer de modismos diferentes nos hacía sentir originales. Mi abuela yucateca usaba palabras mayas, le decía tuch al ombligo y xixa a las migajas. Nos entusiasmaba la posibilidad de ser incomprensibles. No éramos ricos, pero hablábamos raro. Por desgracia, los demás nos acababan entendiendo. No teníamos el lenguaje cifrado de los espías, la dramática tara de Babel o la alucinada elocuencia de los chiflados. Éramos comprensibles; es decir, banales.

He encontrado esa pasión por el lenguaje privado en tertulias con amigos hispanohablantes donde cada quien trata de ser único y hermético. Buscamos demostrar que en nuestros países nada se dice del mismo modo, hasta que descubrimos que llevamos horas hablando sin problemas de la dificultad de entendernos.

La verdad, es casi imposible que los variados herederos de Cervantes practiquen el selectivo privilegio de no entenderse. Un millón de palabras diferentes nos conducen a malentendidos y transitorias fugas de significado, pero cuando creemos estar en una selva oscura, volvemos al ordenado jardín de la lengua compartida.

Las diferencias existen, claro está. A veces jugamos a exagerarlas y otras a ignorarlas por completo. Me parece enriquecedor que en España se use el vosotros, se distinga la pronunciación de la “ce” y la “zeta” de la “ese”, y que el lenguaje se renueve con expresiones contraculturales como “a toda pastilla”, prueba de que la velocidad es adictiva.

Escribir desde América Latina supone un trato peculiar con los vocablos. Existen lenguas anteriores (el guaraní, el quechua, el náhuatl); en consecuencia, somos nativos en un lenguaje adquirido. La relación con las palabras es más frágil cuando ahí detrás hay otras palabras.

Expresiones españolas tan frecuentes como “que te lo digo yo” o “las cosas como son” carecen de fortuna en América Latina, porque la realidad y el lenguaje no siempre se hablan de tú. Cuesta trabajo ser literal en culturas donde las palabras fueron instrumento de dominación. Aprenderlas llevó a una apropiación peculiar, donde alterar el idioma significaba resistir.

La colonia vio nacer un español lleno de valores entendidos, alusiones indirectas, mezclas híbridas con las lenguas originarias. Inevitablemente, también aquí “las cosas son”, pero sobran maneras de decirlo y escribir adquiere cierta condición exploratoria. Esto fomenta la incertidumbre, pero también la creatividad y aun el disparate (recordemos el humor voluntario de Cantinflas para hablar sin sentido y el humor involuntario de los políticos, que declaran para ocultar los hechos).

Una de las mayores conquistas de la Academia Mexicana de la Lengua fue que se aceptara el uso de la palabra “españolismo”. También Castilla puede caer en excesos de regionalismo.

España tiene inmensos traductores (baste mencionar a Javier Marías y su Tristram Shandy o José María Micó y su Orlando furioso), pero son tantos los libros que ahí se traducen que con frecuencia parten de la hipótesis, más atribuible al desdén que a sueños imperiales, de que los españolismos son cosmopolitas. Fuera de la Península, resulta absurdo que un teniente del imperio austrohúngaro creado por Arthur Schnitzler diga que un hombre fornido es un “tío cachas” o que un rubicundo personaje de J. M. Coetzee tenga “michelines”.

Hay casos en verdad descomunales, como el de la novela de Don Winslow El poder del perro, ubicada en la frontera entre México y Estados Unidos, y donde los agentes de la migra y los sicarios hablan como personajes de una narcozarzuela, improbable Verbena de la Paloma con cocaína. En una obra tan dialogada como ésa, que se adentra en los bajos fondos, los regionalismos son válidos. Lo extraño es que no se acuda a los de la zona, que no pertenecen a una tribu exigua, sino al país con más hispanohablantes del planeta.

Como en la mesa de mi infancia, España ha ocupado la cabecera del idioma, pero la suerte de los platillos se ha decidido en diversos sitios. Me parece sintomático que el escritor de habla hispana con mayor influencia en los últimos años sea Roberto Bolaño. Sus detectives salvajes combinan localismos de todos los países. Con desenfado, uno de sus personajes mexicanos dice “guardabarros” por “salpicaderas” sin perder carta de identidad.

Muchos años después de enterarme de que “chin” es apócope de “chingar” –es decir, “joder”–, el español continúa su promiscuo y fecundo intercambio de vocablos. Aunque es prestigioso suponer que no nos comprendemos y que cada uno de nosotros habla un lenguaje propio, tarde o temprano entendemos los caprichos de un idioma que se la pasa chingando a toda pastilla.


jueves, 28 de mayo de 2015

Conmovedoras ilusiones del panhispanismo

A pesar de la frase de Antonio de Nebrija que, tomada del prólogo de su Gramática castellana (1492), ilustra esta entrada, Alex Grijelmo le pone garra y firma la siguiente nota aparecida en El País Semanal, la revista del diario madrileño El País, parte del Grupo Prisa, correspondiente al domingo 10 de mayo pasado.

Todas las voces del español

La lengua española goza de una gran unidad, casi nadie lo pone en duda. Dos hispanohablantes de cualquiera de los países que tienen este idioma como oficial y que acaben de conocerse se entenderán sin problema, a pesar de que de vez en cuando surjan en su diálogo tres tipos de palabras conflictivas (en muy diferente grado):

1. Las que uno de los dos no reconoce como parte de su léxico pero entiende perfectamente, sobre todo porque es capaz de deducir sus cromosomas: un español no se bañará en una “pileta”, pero sabrá a qué se refiere su interlocutor argentino cuando le proponga nadar un rato en ella.

2. Aquellas otras que se desconocen por completo: ¿qué querrá decir un mexicano que se refiere a su achichincle? (ayudante de poca monta).

3. Los términos que se conocen pero no significan lo mismo en según qué sitio (huiremos del verbo que surge de inmediato, pero podemos hablar de la “polla” –apuesta– o de la “cola” –trasero–; o recordar que cuando un venezolano “exige” algo, sólo está rogándolo encarecidamente).

En cualquier caso, se trata de pequeñísimas dificultades que se suelen superar con el contexto.

 De todas formas, ¿no estaría bien elaborar un Diccionario internacional de la lengua española que contuviese todas las palabras del español general (las que entiende cualquier hablante) y además el término más común o mayoritario en los distintos países y, aparte, los casos en que se dan divergencias entre ellos? ¿Y podría llamarse Diccionario del español universal?

Pues bien, ese proyecto existe. Desde 1997, y coordinado por el prestigioso lingüista mexicano Raúl Ávila, participan en él 26 universidades de 20 naciones (en España, las universidades de Alcalá y de Almería), algunas de ellas de países que no tienen el español como lengua oficial; pero nadie sabe cuándo se podrá terminar. El proyecto va caminando, y consiste en que esos centros académicos promuevan líneas de investigación que encajen con él.

El empeño se denomina oficialmente Difusión del Español por los Medios (DIES-M), un título modesto: ante la imposibilidad de abarcar con un sentido científico el vasto mundo del idioma, los filólogos involucrados se han dedicado a analizar el vocabulario de los medios de comunicación de todos los países, para extraer sus afinidades y sus divergencias. De momento, ya han comprobado que más de un 90% del léxico forma parte del “español general” (esas palabras como mesa, silla, soñar, dormir…). Y que también se dan divergencias, por supuesto; escasas, pero que acarrean sus problemas.

Juan Villoro, escritor y periodista mexicano, recuerda una anécdota de su compatriota José Emilio Pacheco, premio Cervantes en 2009. El poeta, fallecido en 2014 a los 74 años, solía contar su experiencia en un hotel de Madrid donde nadie entendió que pidiera “un plomero para componer la llave de la tina”. Lo que necesitaba, claro, era “un fontanero para reparar el grifo de la bañera”.

“En una sola frase”, explica Villoro, “casi todas las palabras eran distintas. Sin embargo, creo que normalmente se exageran las diferencias de vocabulario que se dan entre los países hispanos, pues la confusión suele ser más divertida que la claridad”.

Ese futuro diccionario que ahora parece más bien un sueño contendrá algún día el listado de las miles y miles de palabras comunes (“cabeza”, “zapato”, “bosque”, “casa”…) y también el de las variantes con mayor número de usuarios cuando se den distintas opciones para un mismo concepto; pero se cruzará este último dato con la dispersión del vocablo (es decir, con el número de países donde se emplee, pues no se considera suficiente con ganar por cantidad de hablantes, que para eso México se bastaría en la mayor parte de los casos). Por ejemplo, entre las variantes “acera”, “vereda”, “andén”, “sendero” o “banqueta” (todas las cuales nombran lo mismo), la ganadora sería “acera”, como se dice en España y otros países. Sin embargo, tanto España como México, que suman más de 144 millones de hablantes, perderían la batalla ante las opciones “ordenador”, “computador” y “computadora”. Ganaría “computador”, que no se oye ni en México ni en España.

En España se dice “coche”. Pero “carro” en México, Guatemala, Costa Rica, Panamá, Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Colombia, Venezuela y Perú. En Cuba usan “máquina” (también en la República Dominicana y Puerto Rico), mientras que “auto” se oye con mucha frecuencia en Argentina, Chile y Uruguay. Ahora bien, en todos esos países se conoce como equivalente general la palabra “automóvil”. Ésta sería, por tanto, la voz adecuada para un texto que aspirase a ser recibido como natural por el 100% de los hablantes, aunque sólo a un 35,5% le brote su uso en una conversación.

¿Y para qué serviría este empeño?: para que todos los fabricantes de aparatos o todos los laboratorios farmacéuticos o todos los subtituladores de películas o todos los redactores de noticias que trabajan en español con destino a un público internacional pudieran elaborar un solo manual o prospecto, o una sola traducción, un solo programa de contestación automática verbal en consultas telefónicas de vuelos o de hoteles… Eso implicaría un notable ahorro de costes y de tiempo. Y una mayor eficacia ante los hablantes de las distintas modalidades del español.

El proyecto, en resumen, pretende abarcar el estudio de las principales variantes del idioma, jerarquizadas por su grado de difusión internacional, nacional y regional a través de los medios. De tal modo, quienes fueran capaces de usar ese “español internacional” en la comunicación verían reducidas las barreras léxicas para sus proyectos, ya fueran editoriales, periodísticos o tecnológicos.

Por ejemplo, un traductor que lleve al español una novela del Paul Auster puede escribir en un momento dado la palabra “cerilla”; opción que le sonará extraña y hasta extravagante a un lector de México (quien diría “cerillo”); pero eso no ocurriría si la tradujese como “fósforo” (término usado en España y en casi toda América, y entendido por cualquier hablante). Si se pone “cerilla” en boca de un personaje de Auster, muchos hispanoamericanos pensarán que ha de tratarse por fuerza de un personaje español.

Porque, como sostiene Ávila, “los traductores parecen ignorar que también existen españolismos”. Y ese futuro diccionario habrá de marcar como tales algunos miles de esos vocablos que ahora la Academia muestra como integrantes del español general y que sin embargo sólo se usan en España: “mechero”, “bragas”, “bañador” o “cotillear”, por ejemplo.

José Antonio Pascual, vicedirector de la Real Academia, elogia este reto de Raúl Ávila: “¡Todo lo que suponga disponer del mayor número de datos posibles referentes al léxico sea bienvenido! Siempre me ha gustado esta idea de Raúl Ávila”. Pascual entiende que el proyecto no podrá abarcar todo el ámbito del español (el léxico de cada pueblo, de cada aldea). Por ello, “la elección de un amplio corpus de la prensa es lo indicado: no sólo por la comodidad que ello supone, sino porque es el más cercano a lo coloquial, mucho más cercano que, por ejemplo, la lengua literaria”.

Ese propósito de acercar las distintas variantes del idioma se parece mucho a lo que se ha llamado la busca del español neutro. Pero se llegaría a él con una base académica y científica; y no se convertiría en un idioma español de ningún sitio, sino en un idioma de todos o, al menos, de la mayoría. Un léxico común que no se piensa para las obras literarias (donde aflora la riqueza léxica peculiar de cada autor y de su entorno) y que tampoco tiene como objetivo acabar con las variedades nacionales o regionales, sino contribuir a una mayor cercanía de los pueblos hispanos cuando se quieran evitar los malentendidos en una comunicación internacional y masiva.

Los estudios parciales que ya se han ido concluyendo muestran que más del 90% del vocabulario que se usa en periódicos, emisoras y televisiones es entendido en cualquier otro país hispano. El propio Raúl Ávila abordó un estudio en 1994 sobre 430.000 palabras pronunciadas en la radio y la televisión mexicanas y concluyó que el 98,4% de los términos correspondían al español general. Por tanto, el vocabulario diferencial se quedaba en un 1,6%.

Juan Miguel Lope Blanch analizó en el año 2000 un total de 133.000 vocablos del área de Madrid correspondientes a la norma culta, y encontró que el 99,9% era vocabulario común a México. Otro de los estudios acometidos en este proyecto señala que el doblaje de la película La chaqueta metálica hecho en México habría servido perfectamente en España si nos atenemos al vocabulario (no así por el acento, claro). Por tanto, sólo se habría necesitado un trabajo de subtitulación y no dos, según el estudio que hizo el propio Raúl Ávila.

La doctoranda Luana Ferreira, neoyorquina de padres dominicanos,defendió el pasado abril en la City University de Nueva York una tesis (Densidad léxica: estudio comparativo entre la prensa hispana de Estados Unidos e Hispanoamérica) en la que se comparan tres periódicos estadounidenses en español (de Los Ángeles, Miami y Nueva York) con otros tres de la América hispana (México, Colombia y Argentina); y llega a la conclusión de que las palabras marcadas como ajenas al español general suponen menos del 1%. Según se lee en la tesis, se usan 10 anglicismos en la prensa norteamericana por cada 10.000 palabras; y el 99,8% de los vocablos escritos en los periódicos de Hispanoamérica y el 99,7% de los términos de la muestra estadounidense están registrados en el Diccionario de la Real Academia Española. A ello hay que añadir que, por ejemplo, ni “bicisenda” (Argentina), ni “carril bici” (España), ni “ciclopista” (México) figuran en el Diccionario, pero cualquier hispanohablante las entenderá cuando lleguen a sus oídos por primera vez.

“Todo esto significa”, interpreta Ávila, “que también la prensa norteamericana en español busca la unidad lingüística”.

Por ello, el filólogo mexicano expresa sin disimulos esta idea:
–Es muy importante mantener la unidad idiomática, gane quien gane y pierda quien pierda.

–¿EL PAÍS debería escribir entonces “computador” en vez de “ordenador”?

–Claro. En México perderíamos con “acera” en vez de “banqueta”, y ustedes perderían con “computador”; y nosotros también, porque decimos “computadora”. Y perderíamos ustedes y nosotros con “maní” en vez de “cacahuete” y “cacahuate”, porque “maní” se usa en más países y por más hablantes. Si usted quiere emplear un término del español internacional, diga “maní”, y diga “papa” en vez de “patata”. Pero la norma hispánica se tendrá que hacer entre todos, sin predominio de ninguno.

¿Y eso no acarreará que en cada país se dejen de emplear los términos específicos o diferenciados? Se supone que no. Simplemente, se trata de crear un registro internacional para facilitar la comprensión en casos muy concretos, no de arruinar la riqueza y diversidad de nuestra lengua.

Raúl Ávila recurre a un antiguo aforismo para remachar: “Todo lo que no es universal es folklórico”.

Las conversaciones entre hispanohablantes carecen de problemas de comprensión, pero hallarán menos dificultades cuanto más culto sea su registro. Sobre todo por el gran conocimiento pasivo que tenemos de las demás variedades (quizás un español peninsular no diga ni “platicar” ni “plomero”, pero entenderá perfectamente al mexicano que use esos términos; sobre todo en una situación comunicativa determinada). Además, en gran cantidad de casos deducimos los significados al percibir esos cromosomas que se descubren dentro de las palabras (si nos hablan de una persona “confiable”, ya entendemos que es alguien de fiar).

Humberto López Morales, secretario de la Asociación de Academias de la Lengua Española, escribió en su libro Aventura del español en América: “Hace ya muchos años que se viene echando en falta un repertorio léxico del español general”. Pero también prevenía contra el empobrecimiento: “Se piensa, equivocadamente, que la buscada neutralidad se consigue simplificando la lengua, reduciendo el vocabulario a mínimos insospechados”. Al contrario, esos trabajos contribuyen a resaltar la riqueza y la variedad del idioma: un solo concepto dispone de muchas formas para ser expresado.

Sin embargo, sostiene Raúl Ávila, los medios –desde la imprenta a Internet– siempre han promovido la unidad de las lenguas. Y su estilo no influye tanto en la gente: “El estilo de los medios es uno; y el de las conversaciones, charlas o pláticas en una cantina o bar, otro. Los medios promueven la unidad, pero los individuos tienen el recurso de la variedad, de acuerdo con el contexto y sin más limitación que el uso adecuado de un vocabulario íntimo. Recordemos que en algunas circunstancias se prohíbe decir malas palabras, pero en otras se prohíbe no decirlas”.

También se puede concluir que en cuestiones como los prospectos farmacéuticos o las instrucciones para usar un extintor con eficacia más vale asegurarse de que no haya equívocos. Y además, según los expertos aquí consultados, siempre resultará útil tener codificadas las afinidades y las diversidades de la lengua, para escoger de entre ellas según el caso; y, sobre todo, para que de esa manera crezca el conocimiento de los usos alternativos de una palabra hasta que incluso se puedan asumir un día como sinónimos. Así sucede ahora en España entre “juerga” y el americanismo “farra”, tomado ya como propio.

Y aunque ese Diccionario universal del español se demore, los estudiosos de nuestro léxico creen que no hay nada que temer, ni ahora ni luego, porque la facilidad de los hablantes para conversar sin problemas en todo el ámbito del español seguirá vigente sin que nada de esto los perturbe.





domingo, 9 de octubre de 2011

El castellano del siglo XXI es una lengua pluricéntrica y multipolar

Continuando con la polémica, en el mismo número especial de Ñ dedicado a pensar de quién es el castellano, se publicó el siguiente artículo de Luis Fernando Lara, un lingüista, investigador y académico mexicano que colabora con el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México desde 1970. Es miembro, desde el 2005, del Comité Internacional Permanente de Lingüistas (CIPL) de la Unesco y, desde marzo de 2007, de El Colegio Nacional. Además, fue el director del Diccionario del español usual en México.

Pensar la lengua del siglo XXI

Para todos nosotros, cuya lengua materna es el español, hablar o escribir es ante todo una práctica cotidiana y espontánea. Lo mismo sucede con los hablantes de otras lenguas, o con nosotros mismos, cuando aprendemos a hablar suficientemente una lengua extranjera. Practicada la lengua materna desde la más temprana niñez, no nos damos cuenta de que, conforme vamos recibiendo la lengua de nuestros padres y de la sociedad en que vivimos, vamos adquiriendo también una educación de la lengua, es decir, una manera o un conjunto de maneras de hablarla o de escribirla. La facultad de hablar una lengua, dice Noam Chomsky, es universal y natural al ser humano; sí; pero esa facultad sólo encarna, sólo se hace concreta con una lengua particular y esa lengua particular no surge sola de la cabeza de cada persona, sino que se va conformando en su aprendizaje y en su educación por una sociedad determinada. Sólo así aprendemos cómo hablar a los mayores, cómo hablar con la gente de nuestro barrio, de nuestra ciudad, de nuestra región; sólo así hacemos nuestras las tradiciones de la lengua de cultura, esa que reconocemos tanto en Cervantes y Sor Juana Inés de la Cruz, como en Sarmiento, José Hernández, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, o Rubén Darío, Ramón López Velarde y Tomás Segovia. Argentinos y mexicanos, españoles y cubanos, reconocemos en ellos nuestra misma lengua, aunque los acentos y las tonadas cambien, el vocabulario sea distinto o tengamos ciertas preferencias al formular una oración.

Tal capacidad de identificar en la variedad real una misma lengua no es efecto natural de la comunicación humana y ni siquiera de la asombrosa capacidad de comunicación que nos ofrece el mundo contemporáneo. Es resultado de una educación en la que privan dos valores sociales: el de la posibilidad de entendernos y el de la identidad –una abstracción– del español. El valor del entendimiento se gestó durante la Baja Edad Media, por el interés del rey Alfonso X “El Sabio” de Castilla, quien inauguró la prosa castellana (ciencia, jurisprudencia, historia), no para oponer el castellano a las lenguas vecinas –él mismo escribió en gallego-portugués– sino para lograr el entendimiento entre los pueblos que iban cayendo en sus manos conforme avanzaba la llamada “Reconquista” cristiana de la península ibérica. El valor de la identidad del español fue obra de Nebrija, quien la plasmó en su Gramática de 1492, y cuyo efecto se hizo sentir a lo largo de los siglos que duró la colonización española del continente americano. Fueron, en cambio, las independencias hispanoamericanas las que dieron lugar a la formación de un tercer valor social: el de la unidad de la lengua, gracias a un gramático cuya influencia se esparció por todo el continente: Andrés Bello. Preocupado sinceramente por lo que podría suceder con el español a partir del momento –casi simultáneo– en que se constituyeron nuestros países y nuestras nacionalidades hispanoamericanas, cuando hubo en América quienes, como Sarmiento o Alberdi, se preguntaron seriamente si la independencia de España no debiera implicar una total independencia lingüística, Bello escribió su gramática “para el uso de los americanos” con el objetivo de conservar una unidad de la lengua que siguiera facilitando el entendimiento entre todos los hispanohablantes. Desde entonces, el valor de la unidad de la lengua se ha impuesto sobre el valor del entendimiento –que no necesariamente es monolingüístico, como lo demuestra la obra del rey sabio– y es el que define su identidad.

Cuando en una sociedad hay necesidad y voluntad de entenderse con sociedades vecinas, la mutua inteligibilidad se construye y se aprecia: hay que pensar en lo que hacemos los hispanoamericanos cuando viajamos a Brasil, a Italia o a Cataluña: quizá no sabemos hablar portugués, italiano o catalán, pero gravitando sobre el asombroso fondo común latino, logramos darnos a entender con ellos y apreciar sus lenguas. Algo semejante hacemos cuando vemos películas españolas, argentinas, colombianas o mexicanas: obviamos las diferencias e incluso las celebramos. Cuando, en cambio, sobre el valor del entendimiento se sobrepone el valor de la identidad, nos encontramos con sociedades que se niegan a hacer el esfuerzo de entender a los demás, como a veces nos sucede en Francia. Quizá sea la identidad del francés, tan insistentemente buscada desde la época de Francisco I e incluso, exageradamente, durante los años inmediatamente posteriores a la Revolución francesa, el mejor ejemplo de lo que implica la defensa de la identidad de la lengua sobre la necesidad humana de entenderse. (Durante la Revolución se persiguió las variedades regionales francesas y se las prohibió como contrarrevolucionarias; hoy día, la cuestión de la identidad del francés parece ser el mayor obstáculo para que los francófonos de Quebec rompan la “esquizofrenia lingüística” de hablar su francés, pero tener que enseñar el francés de la Ile de France).

Algo semejante está sucediendo con el valor hispánico de la unidad de la lengua. Si la fundación de la Real Academia Española tenía como principal objetivo la celebración de la calidad de la lengua, tal como lo había mandado hacer el cardenal Richelieu para el francés casi cien años antes, desde el momento en que Bello enunció y defendió la unidad del español, la Academia se ha venido convirtiendo en guardiana de la unidad, pero una guardiana metropolitana y española, no hispánica, de un español cuya ortografía y cuyo léxico, principalmente, pretende dirigir. Así, desde mediados del siglo XIX las variedades hispanoamericanas, consideradas a priori como tendientes a la incorrección y al barbarismo, han venido subsumiéndose a la idea de que hay un “español general” definido por la Academia sobre el castellano de Madrid, principalmente, rodeado por los españoles periféricos de América (aunque así han tratado también al de Extremadura, Andalucía y Canarias). Menudean los diccionarios de americanismos (ahora piadosa y tramposamente rebautizados como “diccionarios del español de cada país” como Chile, Colombia, etc. Los únicos diccionarios verdaderos del español integral de un país son los de Argentina y México); la Real Academia presentó un nuevo Diccionario de americanismos a fines de 2010; tal obra, por bien que estuviera documentada y redactada –lo que no es el caso– no tiene por objetivo principal apreciar la variedad hispánica, sino seguir perpetuando la diferencia entre ese supuesto español general metropolitano y las diversas variedades hispanoamericanas.

La educación de la lengua en Hispanoamérica ha sufrido esa dicotomía entre el español académico, considerado como el ideal de la lengua, y los españoles que hablamos: ¿por cuánto tiempo corrigieron a los niños argentinos en la escuela para que no usaran sus imperativos mirá, subí, vení, y para que desarraigaran el voseo de su habla? ¿no fue nada menos que don Ramón Menéndez Pidal quien pensaba que si a los hispanoamericanos nos educaran “bien” podríamos aprender la diferencia castellana entre ese y zeta? ¿no fue Leopoldo Alas quien sostuvo que “los españoles son los amos del idioma”? ¿no es ahora la prensa española la que envía a Hispanoamérica sus noticias, en donde se habla de zulo y no de agujero, de paro y no de desempleo, de seísmo y no de sismo o de temblor; en donde se lee “el Real Madrid encajó tres goles del Barcelona”, que quiere decir, en español culto –he ahí la diferencia- “el Barcelona le encajó tres goles al Real Madrid”? ¿No llaman la atención las piruetas conceptuales de los libros de estilo españoles para justificar las dos preposiciones a por en “voy a por el pan” o para imponer el antietimológico leísmo (“le he visto”) al más general “lo he visto”?

Aceptada la dicotomía entre “español general” académico y “español periférico” americano, la capacidad financiera de la Real Academia, apoyada por la corona y las grandes empresas transnacionales españolas, no promueve la conservación de la unidad, sino la unificación del español, dirigida e impuesta desde España (la Fundación Español Urgente: Fundeu). Unidad y unificación no son lo mismo: la unidad ha existido siempre y con ella la variedad de la lengua, riqueza suprema de nuestras culturas nacionales; la unificación lleva a la pérdida de las diferencias culturales, que nutren al ser humano y son tan importantes como la diversidad biológica de la Tierra.

Culturas nacionales: desde que nacieron los primeros criollos, mestizos y mulatos en el continente hispanoamericano, las diferencias de colonización, las improntas que dejaron en las nacientes sociedades americanas los pueblo aborígenes, la explotación de las riquezas naturales, las redes comerciales coloniales fueron creando culturas propias, diferentes entre sí, aunque con el fondo común de la tradición española. Después de las independencias, cuando se instituyeron nuestras naciones, bajo diferentes influencias, ya francesas, ya inglesas; cuando los inmigrantes italianos, sobre todo, dieron su pauta a Argentina, Uruguay o Venezuela, esas culturas nacionales se consolidaron y con ellas su español, pues la lengua es, ante todo, constituyente. Así, el español actual de España no es sino una más de las lenguas nacionales del mundo hispánico. El español actual es el conjunto de veintidós españoles nacionales, que tienen sus propias características; ninguno vale más que otro. La lengua del siglo XXI es, por eso, una lengua pluricéntrica.

Pero además, por las mismas condiciones de la evolución y el desarrollo moderno de estas naciones, las capitales de algunas de ellas han adquirido un mayor poder de irradiación de la lengua sobre las demás, mediante su producción editorial y su producción cinematográfica, televisiva y radial: Barcelona, Bogotá, Buenos Aires, Madrid y México han sido desde el siglo XX, centros de irradiación del español; hoy hay que sumar a ellas, probablemente, Miami y Los Ángeles. Aun cuando no se disponga todavía de un estudio profundo y completo de los factores que vuelven a estas ciudades polos de irradiación, se puede afirmar su importancia en la conformación actual del español. En consecuencia, el español del siglo XXI es también una lengua multipolar.

Tales policentrismo y multipolaridad del español actual hacen de nuestra lengua un interesante complejo lingüístico como no parece encontrarse en otras lenguas del mundo, y requieren comprenderlos y tomarlos en cuenta en relación con los tres valores históricos del español: entendimiento, identidad y unidad. El policentrismo tiende a afirmar las variedades nacionales y ya se dan casos (esporádicos) de afirmaciones nacionalistas que pretenden distanciar su español en relación con los otros; la multipolaridad hace predominar las variedades nacionales de los polos de irradiación, a despecho de las demás variedades nacionales. Ambos hechos se manifiestan sobre todo en la traducción de obras en lengua extranjera, tanto literarias como científicas, así como en los doblajes y subtitulajes de películas y series de televisión. Se dan casos en que los hablantes de una variedad nacional reaccionan negativamente a las traducciones que reciben. La acción de los libros de estilo españoles, de las Academias y de la Fundeu promueve, claramente, la unificación de la lengua a partir de la variedad nacional española y sus polos de irradiación; poco a poco va creciendo la protesta en Hispanoamérica a ese afán de dirigir la unidad del español.

Hay otra solución posible: recuperar la lengua literaria, producto de su cultivo histórico desde el siglo XII. Esa lengua, que todavía se aprende en las facultades filosofía y letras, no debe considerarse como patrimonio español, sino como patrimonio de todos los hispanohablantes. En ella han escrito nuestros mejores autores: Borges y Fuentes, Sánchez Ferlosio y Arreola, García Márquez y Lezama Lima. La lengua literaria o lengua culta es sustancialmente una tradición, que renuevan los mejores hablantes de español; es una memoria educada de las mejores experiencias de la lengua, que forma la tradición culta del español. Como tradición, no es codificable; es decir, no se puede establecer una lista de “lengua correcta”, como lo pretenden los libros de estilo y la Fundeu. La lengua literaria se aprende en la lectura y en la práctica de la escritura, generalmente orientadas por un maestro,  en la escuela y en la universidad, y por lo tanto es variable; no sólo eso: se nutre de la variedad. Para que se conserve la tradición culta de la lengua no hacen falta agencias normativas dedicadas a su codificación; hace falta una educación abierta y libre.

La divergencia entre las lenguas nacionales, y la que se produce cuando los polos de irradiación se atienen, con miopía, a sus respectivas lenguas nacionales –se ve claramente en las traducciones españolas– se resuelve no imponiendo una codificación o una sola de las variedades, sino ateniéndose a la tradición culta, cuya única patria es la lengua. Que esta solución es más compleja y difícil de manejar, no hay duda, pero es mejor que el sometimiento a una variedad que se impone o a la dispersión de lenguas nacionales impermeables a las demás.