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miércoles, 3 de febrero de 2021

T. E. Lawrence y el misterio de R.A.

El 17 de enero pasado, en su habitual columna del diario Perfil, de Buenos Aires, Guillermo Piro escribió sobre el posible traductor de Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence (foto), e instaló un misterio a resolver.

El traductor imprevisto

El arte de la traducción acaba de recibir un nuevo embate, o mejor dicho una nueva humillación. Pero vayamos despacio, que las historias simples y con finales tristes son las que uno quiere sacudirse cuanto antes.

En 1922, luego de varias tribulaciones (el autor se olvidó el manuscrito en el asiento de un tren y tuvo que volver a escribirlo de punta a punta), se publicó en el Reino Unido The Seven Pillars of Wisdom, el libro donde Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, cuenta sus aventuras como cabecilla de la rebelión árabe contra los turcos, durante la Primera Guerra Mundial. Lawrence moriría en 1935, y en 1944 la editorial Sur publicó una versión de Los siete pilares de la sabiduría bastante buena, a juzgar por quien escribe esta columna, y enigmática, a juzgar por todo el mundo: en vez del habitual nombre y apellido del traductor la versión española está adjudicada a un misterioso R.A.

El dato naturalmente es menor, si no fuera por una corta serie de casualidades no menos enigmáticas. A comienzos de la década de los 90, cuando la editorial Sur ya estaba dando los últimos estertores y mientras yo trabajaba en una librería céntrica, le pregunté al corredor del sello fundado por Victoria Ocampo si no era posible encontrar algún ejemplar perdido de la traducción publicada en 1944, aunque también estaba dispuesto a comprar la reedición, de 1955. El corredor de Sur apareció pocos días después con un ejemplar encuadernado en francés, con notas al margen en lápiz y el conocido ex libris de Victoria Ocampo en la primera página (casualmente el mismo ex libris de T.E. Lawrence). Yo hubiese debido aceptar la oferta, pero me pareció que el corredor se estaba metiendo en problemas y le sugerí que volviera a dejar ese ejemplar donde lo había encontrado. Pero a partir de allí comencé a incubar la idea de que detrás de R.A. se ocultaba la mismísima Victoria Ocampo, que no se había atrevido a firmar la traducción debido a que la misma había sido hecha del francés (las anotaciones al margen en lápiz eran las típicas anotaciones de un traductor, no las de un simple lector: no comentaban nunca los hechos o las ideas, solo sugerían soluciones).

Naturalmente, Victoria Ocampo continuó aportando interpretaciones y comentando vicisitudes de Lawrence, ya sea en 338.171 T.E., de 1942, como en la versión, esta vez sí firmada por ella, del libro El troquel, así como en varios artículos publicados en La Nación. Pero en 2013 algo vino a echar por tierra mi teoría acerca de la Ocampo traductora de Los siete pilares: en una carta a Ezequiel Martínez Estrada (Epistolario, Interzona), la Ocampo afirma que la traducción de Los siete pilares le parece “execrable”. El adiós a la teoría de Victoria ocultándose detrás de R.A. alimenta nombres y apellidos descabelladados: Ramón Alcalde, Ramón Ayala, Raúl Alfonsín...

Sorpresivamente la editorial gallega Biblok publicó en 2019 la versión de Los siete pilares publicada por Sur atribuida a... Alfonso Reyes. La prova provante aparentemente es la mera coincidencia desfasada de las iniciales. Eso es todo. Mis amigos mexicanos me dicen que es una locura absoluta imaginar al escritor mexicano más egocéntrico de la historia aceptando publicar una traducción propia de manera anónima: Alfonso Reyes jamás se autoincriminó como traductor de Lawrence (sí de Laurence Sterne, de quien heredamos una hermosa versión del Viaje sentimental).

De modo que quien quiera que la lea, pero que sepa lo que hay que saber: el pobre Alfonso Reyes no tiene nada que ver con eso.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Victoria Ocampo, Lawrence de Arabia y R.A.


El 11 de agosto pasado, Guillermo Piro, en su columna dominical del diario Perfil, publicó una enigmática reflexión sobre una traducción atribuida a Victoria Ocampo que tal vez no es de ella, aunque todo indicaría que sí. No es un juego de palabras, sino un guante lanzado a los académicos que sólo confían en los documentos sin considerar que, a veces, inducen a error o no son tan importantes.

Problemas con las iniciales

Hay una novela de Friedrich Dürrenmatt, La promesa, fundamental, ante todo, porque demuestra que las novelas policiales son un fraude: en ellas todo encaja y al final, con el único auxilio de la lógica, se descubre al culpable. Por lo general, dice Dürrenmatt, lo que decide la suerte de un caso es el azar, no la lógica. Generalizando un poco y pasando por alto ciertos detalles podría decirse que con la investigación académica ocurre algo parecido: al final todo encaja. ¿Pero qué se hace cuando hay algo que no termina de encajar del todo?

Uno de mis libros preferidos es Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence. No tiene sentido que hable del libro porque a los fines de esta columna carece de importancia: lo que importa es la traducción. El libro, publicado originalmente en 1922, fue traducido por primera vez al español y editado por Sur en 1944 con traducción de un misterioso R.A. No se conocen más datos que esas iniciales, que remiten automáticamente a Ramón Alcalde o a Raúl Alfonsín. En cualquiera de los dos casos –posibles, por otra parte: el primero contaba en 1944 con 22 años; el segundo con 17; de acuerdo, en el caso de Alfonsín se trataría de un joven prodigio, pero son cosas que en la literatura no abundan aunque existen– no se comprendería a fin de cuentas la razón que los habría llevado a ocultarse detrás de las iniciales.


Cuando era librero tuve ocasión, a mediados de los años 90, de preguntarle al corredor de la editorial Sur, que ya no publicaba y se limitaba a distribuir el poco fondo editorial que le quedaba, si no habría por ahí algún ejemplar perdido de Los siete pilares. Para mi sorpresa, el corredor apareció días después con un ejemplar del libro, pero en la traducción al francés de Charles Mauron, de 1941. Lo tomé y revisé un poco, lo suficiente para darme cuenta de que se trataba de un ejemplar de la biblioteca de la propia Ocampo –quien había adoptado como ex libris el ex libris del mismísimo Lawrence: dos sables cruzados. El libro tenía infinidad de anotaciones al margen que planteaban alternativas a la traducción de determinado término francés. Lo que me llevó a pensar que, por alguna razón, la reina Victoria, que hablaba a la perfección tanto el inglés como el francés, había usado como referencia la traducción de Mauron para hacer la suya, y que por pudor no había osado firmarla más que con ese enigmático R.A.

Mi sospecha quedó confirmada cuando hace días, leyendo la correspondencia entre Albert Camus y Victoria Ocampo, editada por Sudamericana, con traducción y notas de Elisa Mayorga y Juan Javier Negri, en una nota al pie, al mencionar las dos obras de Lawrence, Los siete pilares y El troquel, se lee: “Ambas [...] fueron traducidas por Victoria y publicadas por Editorial Sur”. Alegría. Doy a conocer la confirmación de mi intuición y un amigo me retruca con un dato y un libro que desconocía: en la correspondencia Martínez Estrada-Victoria Ocampo publicada por Interzona en 2013 al cuidado de Christian Ferrer, la reina Victoria le comenta a su amigo santafesino que la traducción de Los siete pilares le resulta “execrable”.

Ante la lejana posibilidad de que alguien se refiera con un término tan duro a una traducción propia –no del todo imposible, dado que después de todo los traductores suelen ser despiadados consigo mismos y la traducción execrable fue publicada por Victoria; y tampoco es tan execrable como ella dice–, es innegable que las iniciales R.A. representan un problema al que la investigación académica debería dar algún día respuesta.

jueves, 8 de mayo de 2014

Problemas de los editores de T. E. Lawrence

T.E. Lawrence con camello
Guillermo Piro publicó la siguiente columna en su espacio dominical del diario Perfil, el 20 de abril pasado. Salam Waleikum, o Salamalekoum, o Salam Alaikum, o lo que sea.

Lawrence y el árabe

Es sabido que la ortografía de los nombres propios árabes puede variar considerablemente. Eso se debe a que en árabe sólo se admiten tres vocales y que algunas consonantes no tienen equivalente en otros idiomas. Los orientalistas decidieron adaptar una o varias series de signos convencionales para las letras y signos vocales del alfabeto árabe, transcribiendo, por ejemplo, Mahoma por Muhammad, muezzun por mu’edhdhin, o Corán por Qur’an o Kur’an. Ahora bien, este método es útil para quienes conocen suficiente árabe, pero inservible para los demás, por lo que en las traducciones sigue siendo recomendable escribir siempre las mejores aproximaciones fonéticas de acuerdo con la ortografía de la lengua corriente final.

Un mismo lugar, entonces, puede escribirse de distintas maneras, y esto no sólo porque los sonidos de muchas palabras árabes pueden traducirse de distintos modos, sino también porque los mismos nativos con frecuencia discrepan considerablemente entre sí en lo que respecta a la pronunciación de cualquier lugar que todavía no se hizo famoso o aún no quedó fijado por el uso literario (por ejemplo, una localidad próxima a Akaba se llama Abu Lissan, Abu Lisan, Aba el Lissan o Abu Lissal).

Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, tal vez uno de los mejores escritores británicos del siglo XX, para demostrar la sandez de los “sistemas científicos” de transcripción lingüística, a la hora de transcribir nombres propios adoptaba cualquier ortografía, sin ninguna cohesión y sin el más mínimo intento de mantener alguna concordancia. Cuando envió a su editor el manuscrito de Los siete pilares de la sabiduría, donde relata sus desventuras en Arabia durante la Primera Guerra Mundial, recibió como respuesta una lista de preguntas en las que se le solicitaba que tuviera a bien anotar las respuestas al margen con el fin de poder corregir las pruebas (los críticos reprochan con frecuencia las faltas de ortografía). Una pregunta del editor decía: “Yeddah y Yidda son usados indistintamente. ¿Es intencionado?”. Lawrence respondió: “¡Claro!”. Otra decía: “Bir Uaheida, ¿es Bir Uaheidi?”. Respuesta: ¿Por qué no? Era el mismo lugar”. Otra decía: “Usted dice que Nuri, Emir del Ruwalla, pertenece a la familia principal de Rualla. En la página 23 habla del caballo de Rualla y en la 38 dice que mató a un Rueli. En todas las menciones siguientes escribe Rualla”. Lawrence respondió: “Podría haber usado también Ruwala y Ruala”. Otra decía: “Yedha, el camello hembra, en la página 40 está escrito Yedhah”. Respuesta: “Era un animal espléndido”. La última pregunta dice: “En la página 53 usted habla de Meleagro, el poeta inmoral. Lo he corregido por el poeta inmortal, pero acaso usted ha querido decir inmoral”. A lo que Lawrence responde: “Sé de la inmoralidad. No puedo decir lo mismo de la inmortalidad. Haga lo que le parezca; de todas formas, Meleagro no nos perseguirá por difamación”


jueves, 12 de septiembre de 2013

Una hipótesis interesante y plausible


Guillermo Piro publicó en el diario Perfil, del 21 de abril de este año, la siguiente columna a propósito de una mítica traducción Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence, y su hipotética traductora para la editorial Sur.


Victoria Ocampo y los árabes

Hace unos días vi Phil Spector, la película que hizo para televisión David Mamet con Al Pacino y Helen Mirren. Pero no es de la película que quiero hablar. O sí, pero no. En un momento, al comienzo, Al Pacino lleva a Helen Mirren por los pasillos de su mansión (se hablaba poco antes del Minotauro y el laberinto, pero el hedor borgeano dura poco y enseguida se ponen a hablar de cosas más interesantes) y pasa al lado de un retrato de Lawrence de Arabia que conozco muy bien. Es el que Augustus John pintó de Thomas Edward Lawrence en 1919. No el retrato hecho con lápiz, sino el otro. Pacino-Spector dedica alguna breve frase a Lawrence, delante de ese retrato, y sigue su camino. Pero poco después el nombre de Lawrence vuelve al centro de la escena: “Como Lawrence, yo sólo quería privacidad”, dice Spector. (Hay otro grande del rock que también admiraba a Lawrence: Joe Strummer, que imitaba la capacidad de Lawrence para soportar el dolor físico).

Es conocida la historia de Lawrence y los árabes, plasmada muchas veces, incluso en vida del propio Lawrence y, hasta donde sé, en dos filmes: Lawrence de Arabia, de David Lean, con Peter O’Toole en el papel principal, y Lawrence después de Arabia, de Christopher Menaul, con Ralph Fiennes en el papel del más grande guerrero, escritor, traductor y homosexual británico de la historia. Esta última me la prestó Rodrigo Fresán, otro de los pocos lawrenceanos que conozco. Victoria Ocampo es otra, que incluso escribió un libro sobre él (338171 T.E.) y tradujo El troquel. Pero tengo una teoría que creo que –como se dice habitualmente–, ahora que los responsables están muertos, puedo darme el lujo de divulgar.

Desde hace años los especialistas se han devanado los sesos tratando de saber quién es el misterioso traductor de Los siete pilares de la sabiduría, el libro de Lawrence editado por primera vez por Sur en 1944. El nombre del traductor no figura; lo que figura son sus iniciales: “R.A.”. No podía ser Ramón Alcalde, y tampoco Raúl Alfonsín.

Un día, mientras trabajaba en la librería Gandhi, se me ocurrió preguntarle al corredor de la editorial Sur si no era posible que encontrara un ejemplar de alguna edición de Los siete pilares. Una semana después, el corredor apareció con un ejemplar del libro pero en francés. Me dijo que lo había encontrado en una biblioteca de la editorial. Al abrirlo, supe por el ex libris que era el ejemplar de Victoria Ocampo. Pero el ejemplar estaba atiborrado de anotaciones en los márgenes que, Dios me perdone, eran las anotaciones que sólo puede hacer un traductor. Le expliqué al corredor que lo mejor era que volviera a poner ese ejemplar donde lo había encontrado, y desde entonces sostengo que el misterioso “R.A.” no es otro que una Victoria Ocampo evitando reconocer que un libro escrito en inglés había sido traducido por ella del francés.

Lawrence dijo una vez que amaba el desierto porque era limpio. Señora Ocampo, esté donde esté, deje de avergonzarse, su traducción de Lawrence es limpia y además huele bien. Deberían reeditarla.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Manualidades


En sintonía con los sesudos debates sobre el castellano neutro, que tuvieron lugar en Buenos Aires durante la semana pasada, este blog vuelve sobre la cuestión, pero desde otra perspectiva. Así, en la entrada número 29 de la parte "Cuadros de una exposición", de su volumen Museo del chisme (Buenos Aires, Emecé, 2005), el escritor y cineasta argentino Edgardo Cozarinsky refiere la historia de una discusión entre Victoria Ocampo y Ricardo Baeza, cuya fuente proviene de un relato oral del escritor, crítico y traductor José Bianco, en su momento secretario de redacción de la revista Sur

Para acabar con la cuestión

A principios de los años 50, Victoria Ocampo decide publicar en Sur una traducción de The Mint, el relato autobiográfico de su admirado T.E. Lawrence, donde éste describe con crudeza la vida de cuartel de los piloto de la RAF.
Algunas obscenidades del texto la decide a publicar dos ediciones simultáneas del libro, para eludir la censura peronista: una levemente expurgada, de venta pública; otra completa, que se venderá por suscripción. Decide asumir ella misma la traducción, con la complicidad amistosa de Ricardo Baeza.
Una tarde de verano, en el jardín de Villa Ocampo en Mar del Plata, ambos traductores se enfrentan, cada uno ante su máquina de escribir, para resolver una cuestión espinosa.
En el libro se habla mucho de masturbación y Victoria quiere traducir "hacerse la paja". Baeza, siempre castizo, prefiere "hacerse la puñeta". Tras un intercambio de opiniones, Baeza esgrime un argumento que no puede sino ofender a su amiga: "puñeta" es más correcto porque deriva de puño, forma que adopta la mano del hombre en el acto de masturbarse. "Las mujeres también se masturban y al hacerlo su mano no adopta forma de puño", replica, airada, Victoria.
Continúa la discusión cada vez más áspera hasta qque la dueña de casa decide terminarla: "¡Basta! ¡Este libro sale en la Argentina y aquí nadie se haca la puñeta, en la Argentina todos se hacen la paja!".