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lunes, 8 de junio de 2026

"Otro problema es la injerencia cada vez mayor de los algoritmos en la decisión de lo que publican las grandes editoriales"

"El mítico editor y agente literario de 80 años, hoy dedicado en España a la consultoría de escritores, diagnostica los problemas de la industria del libro, analiza la mega-concentración editorial, el peso de los algoritmos y el rol de las editoriales independientes. Los cambios urgentes que habría que hacer." Tal es la bajada de la entrevista realizada por Patricio Féminis a Guillermo Schavelzon, publicada el pasado 20 de mayo en la sección de cultura del diario Tiempo Argentino.

“Hay que cambiar el modelo de negocio del libro”

Son las 9 am y el ex editor y agente literario Guillermo Schavelzon, de 80 años, ya planea actividades sobre el mundo editorial: “Llevo dos horas trabajando. Todavía tengo jet lag”, sonríe. “Willie”, como le dicen los amigos, es una figura fundamental de la edición de libros en Argentina: se inició en la legendaria editorial Jorge Álvarez, fundó Galerna y se exilió en México; luego trabajó para editoriales españolas como Alfaguara y en los ‘90 fue gerente de Planeta Argentina. Entonces dio un giro y se convirtió en agente literario, luego en consultor y vive en Barcelona hace veinticinco años. ¿Cómo fue su fugaz regreso a Buenos Aires?

Habló tres veces en la 50º Feria Internacional del Libro (“que tiene una magia y un interés de la gente que no es común en el mundo”) y brindó la charla “El ecosistema editorial de hoy. Lo que ya no funciona y los cambios que necesitamos”, para la web de noticias editoriales Señalador y la editorial Ampersand en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA): lo entrevistó el director general de Siglo XXI Editores, Carlos Díaz, y Schavelzon dijo: “Con las crisis económicas en Argentina, los editores argentinos dejaron de jugar fuerte en el mercado internacional de los derechos de autor”.

Schavelzon y Díaz reflexionaron sobre los cambios en la industria del libro y abordaron desafíos y caminos de salida en momentos de crisis, además de describir la mega-concentración editorial y el rol de las editoriales independientes. Al día siguiente, a las 9, Schavelzon -de cabello corto blanco, bigote y anteojos- profundiza su diagnóstico junto a Tiempo Argentino: “En la cadena de valor del libro -el autor, el traductor, el corrector, el editor, el diseñador, la fabricación, la distribución, la librería y el lector- todos están en crisis. El autor está ganando poco, el lector está pagando un sobreprecio por el libro y hoy hay una devolución en el mundo de entre un 40 y un 50 por ciento de los libros que se fabrican”.

Y eso tiene dos problemas: “El primero es la huella de carbono que se produce -dice Schavelzon-. O sea, el libro tiene el doble de logística porque no se vende. Y el segundo es un problema financiero: el libro vuelve sin ningún rendimiento. El derecho de devolución no fortaleció a las librerías, que siguen siendo débiles, aunque si ese derecho no existiera cerraría la mayoría. Hoy, el derecho la devolución es utilizada para que las grandes editoriales comerciales decidan qué venden las librerías y eso las uniformiza. Y estos problemas llevaron a la gran aceleración de rotación de los libros. A eso hay que cambiarlo”.

Schavelzon abre otro foco: “En los años ‘70 se fabricaban en Argentina 50 millones de libros. Hoy se fabrica la misma cantidad, pero la población es el doble. ¿Cómo se sostiene esto? Se multiplicó por cuatro el número de títulos y se bajó por cuatro el tiraje de cada libro. Antes se hacía un promedio de 10.000 ejemplares por título y la mitad se exportaba. Hoy se hace 1.500 por título. ¿Esto qué implica? La pérdida de rentabilidad de todo el circuito: las editoriales pierden dinero. Además, a las independientes les cuesta consolidarse y son castigadas por las grandes editoriales a través del descuento: si las librerías compran más les dan más descuento, pero las más chicas compran poco y la fragilidad es brutal”.

Y en Argentina “el cambio es mucho más urgente que en España -sabe Schavelzon-, porque el editor y el librero español tienen acceso al crédito y pedir dinero a un banco cuesta menos del 3 por ciento anual: solicitar financiamiento es sostenible. Eso no pasa en la Argentina. Entonces, hay que cambiar el modelo de negocio del libro y eso se hace con el consenso de los distintos sectores: las editoriales ganarían un 30 por ciento más. La sobreproducción es una bola de nieve espantosa. Yo estoy convencido de que las grandes editoriales serían las primeras en hacerlo, porque trabajan como locas pero ganan poco o dependen de que haya una coyuntura de consumo floreciente. Y estos son períodos de altibajos económicos”.

Otro problema que ve Schavelzon es la injerencia cada vez mayor de los algoritmos en la decisión de lo que publican las grandes editoriales. “Hasta hace veinte años, los libros se publicaban por el olfato del editor o de la editora, y de cada diez libros publicados tenía éxito uno -dice-. Ahora la información algorítmica es tan agobiante, tan clara y tan definida, que ha reemplazado la capacidad de decisión del editor. Y lo que dice el algoritmo no es lo que la gente quiere leer: es lo que se vendió. La inteligencia artificial es una herramienta poderosísima que nos puede ayudar mucho, pero difícilmente reemplace totalmente la capacidad de control sobre el lector. Veremos qué pasa en el futuro”.

Schavelzon y Díaz
Schavelzon conoce la dificultad de los editores locales para insertar a los libros en el mercado internacional: “Desde los negocios son muy pocos los que miraron a la Argentina como si estuvieran sentados en Londres. Pero si podés ver el negocio del libro desde afuera, no importa dónde estás. Entonces, hay que utilizar ese talento editorial y de diseño para imaginar productos para todo el mundo. Hoy, en que la población se duplicó y no se exporta nada, se produce una situación asfixiante. Y los libros no deberían hacerse sólo para el propio país. Los cambios se generan cuando las cosas están mal: hoy es una buena oportunidad”.

En lo que concierne a exportación de libros también pesa el rol -presente o ausente- del Estado: “El Programa Sur, algoritmos de decisión de Cancillería, hizo que se produjeran 2.000 o 3.000 libros de autores argentinos en todo el mundo, en todos los idiomas. El programa aún existe, pero con un presupuesto ridículo y se acabó la traducción. Y que se traduzca a escritores argentinos no es sólo importante: es una estrategia nacional”, concibe Schavelzon. ¿Qué piensa, a la vez de la concentración editorial en el mercado español? “Es brutal, pero las ventas de los dos grandes grupos -Planeta y Penguin Random House- son menos de la mitad del total, y la otra mitad, 3.000 millones de euros anuales, está en manos de editoriales independientes”.

El mercado español “es muy maduro, muy estable, con una situación económica que permite financiarse a unos costos muy razonables. Pero también ellos enfrentan este problema de la devolución”, dice Schavelzon. Hoy ya no trabaja en Barcelona como agente literario, y también dejó su rol de asesor en la venta de derechos de novelas a cine y televisión: se dedica a la consultoría para autores. ¿Qué extraña de la agencia? “La relación con los escritores. Me desentendí del trabajo administrativo de la agencia literaria, que es la parte oculta del iceberg. A la oficina la dirige Bárbara Graham y le va muy bien”.

En su rol actual de consultor para escritores, ¿qué tareas abarca Schavelzon? “Ellos tienen una enorme cantidad de problemas que yo les ayudo a resolver. ¿Qué es lo que yo aporto? Conocimiento del negocio y sentido común”, define. ¿Cuál es uno de los problemas acuciantes que los escritores tienen que resolver? “Los contratos firmados sin leer -prosigue Schavelzon-: eso implica que el escritor cede una cantidad de derechos, que van desde la traducción hasta una gran variedad de posibilidades que tiene una obra. La máxima posibilidad es la adaptación al cine y televisión”.

Y esa instancia “implica que los escritores puedan vivir de su trabajo. Ningún escritor mediano, en el mundo, vive de las regalías por ventas de derechos de autor. Pero si no desarrolla esos otros aprovechamientos de su obra no obtiene esos ingresos”, dice. Y amplía: “Para los autores con los que yo trabajo, que en la jerga llamamos la ‘mid list’, vender una novela para un medio audiovisual puede implicar más o menos como vender 50.000 ejemplares de un libro: la realidad cambia brutalmente. ¿Y cuántas novelas llegan a vender 50.000 ejemplares? Muy pocas”.

¿Qué satisfacciones le dio a Schavelzon haberse volcado, hasta hace siete años, a las adaptaciones de libros al cine y la televisión? “Recibí muchas enseñanzas -siente-. Pero los escritores no suelen estar conformes con la adaptación de su libro a una película o una serie: tienen que entender que ambas cosas no son la versión audiovisual de una novela. Es una obra del guionista, de un productor y de un director. Son las reglas del juego de este negocio y un modelo diferente”. Es más: “Hoy las producciones audiovisuales no son más una obra absoluta de quien dirige, como estamos acostumbrados los que somos más viejos”.

Aunque Schavelzon no es nostálgico: siempre mira hacia adelante. ¿Cómo imagina sus años futuros en el sector de los libros? “Creo que lo que puedo y debo hacer es lo que estoy haciendo, que es tratar de rescatar algo de la experiencia y de la tradición para que la gente que empieza en el mundo editorial no arranque de cero. A mí me interesa ayudar a quienes entran al mundo de la edición. Ese es mi objetivo central. El mundo de las multinacionales del libro es muy duro, pero se puede trabajar para cambiar las cosas”.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Una verdadera clase magistral en la Feria del Libro

"En una conferencia magistral, el editor argentino, referente en la industria, reflexionó sobre los riesgos de la sobreoferta, el precio del libro, el cambio de paradigma en la venta y el rol de los influencers, entre otros temas." Eso dice la bajada de la nota, publicada sin firma en InfoBAE el pasado 3 de mayo, que resume una conferencia dictada por Guillermo Schavelzon en el marco de la 50ª Feria del Libro.

"Hoy se publica el doble de libros de los que se pueden vender"·

La crisis del sector editorial argentino y su impacto en la producción y circulación de libros fue el tema central de la conferencia magistral ofrecida por Guillermo Schavelzon en el marco de la edición 50 de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

El editor repasó seis décadas de transformación en la industria —desde la modernización que impulsó Jorge álvarez en los años sesenta hasta la actualidad— para advertir que la rentabilidad y el equilibrio entre tradición cultural y mercado se encuentran en un punto crítico nunca antes visto.

En diálogo con Verónica Abdala, Schavelzon señaló que la pérdida de rentabilidad está relacionada en forma directa con fenómenos de concentración y sobreproducción, lo que derivó en una baja sostenida de los tirajes: “En 1974 se publicaron 50 millones de libros con un tiraje promedio de 10 mil ejemplares. En 2025, se volvieron a publicar 50 millones de ejemplares, pero con un tiraje promedio de 1.700”, afirmó.

El editor, que comenzó su carrera hace 61 años en la legendaria Jorge Álvarez Editor, remarcó la importancia del catálogo como sustento cultural y económico de cualquier proyecto editorial, y advirtió sobre el riesgo que representa la superabundancia de títulos: “Hoy se publica el doble de libros de los que se pueden vender. Eso tiene un problema ecológico, pero sobre todo un problema comercial gravísimo: el precio del libro está falsamente inflado para financiar este sistema. Es un problema financiero, no literario”, dijo Schavelzon, enfatizando la necesidad de un cambio de paradigma en toda la cadena del libro.

En el encuentro, “50 años de lecturas y escrituras en Argentina”, propuso que la solución a la crisis editorial actual debe ser colectiva —editores, libreros, escritores y lectores— y basada en el rescate de la tradición y en la actualización de modelos de negocio.

Para él, los desafíos del presente no anulan la oportunidad de innovación: “Nada es para siempre, ni este gobierno, ni esta política, ni nuestros catálogos, si no los hacemos bien. Sí, es posible. Generemos polémica, generemos conciencia de que esto es posible y que hay que hacerlo en todos los que tenemos alrededor y algo de ahí va a salir”.

Durante la conferencia, recalcó la gravedad de la concentración y el predominio de los grandes grupos sobre el sector independiente, lo que impacta tanto en la diversidad de la oferta como en la viabilidad económica. A su juicio, “la concentración y la industrialización de la edición nos ha producido un daño cultural y una situación difícil. Sin embargo, la mejor librería independiente, chiquita y selecta necesita de algunos best sellers comerciales para pagar el alquiler. El ecosistema del libro no puede prescindir de las grandes editoriales”.

En cuanto al impacto directo en los autores y trabajadores del sector, el editor fue explícito: “Al autor se le paga el 10 % de venta al público. Esto no se resuelve subiéndolo al 15. Hay que encontrar otras formas de remuneración. Los editoriales independientes la necesitan urgente, porque no puede ser que cuando apuestan a una nueva voz y tienen éxito, el segundo libro se lo lleve una editorial más grande. Eso no puede ser. Es posible que las editoriales ganen más y es posible que los correctores, los traductores, los diseñadores, los editores y los autores ganen más. Es posible. No es una utopía absurda, pero es un cambio que no sé cómo se hace”.

Schavelzon también evaluó críticamente los sistemas de consignación y devolución vigentes en el sector minorista, herencia de dinámicas instauradas hace casi un siglo. “El libro funciona con un sistema por el cual el librero en todo el mundo puede devolver en cualquier momento los libros que no vendió. En Argentina es más perverso porque se deja el libro en consignación. Esto se inventó en Estados Unidos en la época de la Gran Depresión, hace cien años. Cien años después lo seguimos aplicando. No puede ser. El mundo no tiene nada que ver con el de hace cien años”.

La sobreproducción, acelerada por la digitalización y las estrategias comerciales orientadas al marketing, lleva a una “bola de nieve” financiera que afecta incluso a los grandes grupos internacionales. “El presidente internacional de Nueva York de Penguin Random House mandó en febrero una carta a todo el personal diciendo: ‘El grupo vendió el casi 3 % más en el año 2025, pero perdió el 19 % de valor la empresa’”.

Entre las transformaciones más profundas, Schavelzon apuntó a la pérdida de centralidad del editor como figura gestora de calidad y portadora de criterio literario. El avance de los algoritmos y el predominio de los departamentos comerciales modificaron la matriz de selección de títulos: “Toda la vida se publicaba por algo que se llamó el olfato del editor. En la época en que se publicaba siguiendo ese criterio, de cada diez libros había un éxito. Ahora los algoritmos no han mejorado el olfato: de cada diez, sigue habiendo uno. La decisión editorial en las grandes editoriales la toma el departamento comercial y de marketing”.

Respecto de los nuevos modos de circulación y prescripción, el editor reconoció la importancia de las ferias —destacó el “éxito brutal” de la Feria de Editores Independientes— y el peso de las comunidades, pero cuestionó la pérdida del rol del librero como prescriptor literario ante el avance de los algoritmos y los influencers. “Las librerías chicas curan su contenido y cumplen la función de recomendar. ¿Quién recomienda hoy además de los libreros de verdad? Los influencers, que ninguno leyó ningún libro que recomienda, porque las editoriales les pagan”.

Al analizar la situación de los autores, traductores y correctores, subrayó la precarización creciente: “La situación es discriminatoria. El único que puede escribir es el que alguien lo financia. Es muy injusto, porque escribir es un trabajo y debe ser remunerado razonablemente”.

El retiro del Estado y la reducción de programas de apoyo representan, según Schavelzon, uno de los mayores riesgos para la supervivencia del sector. Destacó el ejemplo del Programa Sur, que permitió financiar la traducción y publicación de unos 2.000 títulos de escritores argentinos en el exterior a través de un apoyo de USD 3.000 por obra. “Después, Argentina editora fue grande y potente porque había apoyos a la exportación, porque la exportación de libros no es solo un generador de divisas, es la construcción de una imagen de país atrás de la cual van otros empresarios a hacer negocios”.

Para Schavelzon, los cambios deben ser promovidos de manera colectiva: “Los cambios no los puede producir nadie solo. Los tiene que producir el conjunto. Tiene que haber organizaciones que reúnan a cada eslabón y tienen que sentarse en la mesa y llegar a acuerdos...”.

El editor concluyó que la única vía para salvar la vitalidad de la industria reside en el apego a la tradición y el aprovechamiento del talento local: “La tradición y el talento es lo único que nos puede salvar”.

En la conclusión de su intervención, Schavelzon compartió: “Es muy difícil definir la figura del editor, porque deben confluir inquietud, capacidad emprendedora, cultura, conocimiento de la historia, del mundo de los negocios, por lo menos del negocio del libro, y una enorme pasión y paciencia. Así son y han sido los editores”.


martes, 15 de diciembre de 2020

El agente literario Daniel Schavelzon es otro que opina

El 10 de diciembre, Daniel Gigena publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, una nota y entrevista con el agente literario Guillermo Schavelzon, donde se habla, entre otras muchas cosas, del futuro del libro.


“Las librerías, como las escuelas, nunca sobran”

Después de décadas de trabajar primero como librero y luego como editor en la Argentina, México y España, Guillermo “Willie” Schavelzon (Buenos Aires, 1945) fundó en Buenos Aires una agencia literaria. Debido a la suma de circunstancias personales y la internacionalización del negocio del libro, se trasladó a Barcelona, una de las capitales del libro en lengua española, y se asoció con Barbara Graham. La agencia literaria Schavelzon–Graham representa la obra un centenar de escritores de ficción y no ficción (la mayoría en lengua española) o de sus herederos, como en el caso del uruguayo Mario Benedetti, Leopoldo Brizuela y Juan José Saer. Entre otros, Claudia Piñeiro, Martín Kohan, Jorge Lanata, María O’Donnell, VladyKociancich, Agustina Bazterrica y Juan Sasturain, el colombiano Santiago Gamboa, la peruana Grecia Cáceres y los chilenos Pablo Simonetti y Óscar Contardo figuran entre los que delegan sus asuntos comerciales a Schavelzon–Graham.

 

En 2005, junto con la filial local del Grupo Planeta y el escritor Ricardo Piglia (cuya obra hoy representa), Schavelzon fue condenado por la Justicia argentina a pagar una indemnización al escritor Gustavo Nielsen por el affaire en torno de Plata quemada. Nielsen, finalista del Premio Planeta con La flor azteca, denunció que el premio había sido “arreglado” en favor de Piglia. La Justicia determinó que había existido predisposición del premio en favor de la novela basada en la historia real del asalto a un banco bonaerense, contratada desde 1994 por un sello del grupo editorial. Aquel episodio de 1997 fue el comienzo del fin de los días de Schavelzon como director editorial de Planeta y el preámbulo de su debut como agente literario.

 

Además de desempeñar su tarea (y muy bien, según afirman varios de los autores que representa), Schavelzon es alguien que piensa acerca del mundo del libro, que anticipa debates y discute lugares comunes de la industria. En su blog, dedicado a la edición, los libros y los escritores, publica artículos sobre el mercado editorial, el oficio de editor y la “cocina” de los éxitos literarios. En el más reciente, que lleva el apocalíptico título de “El fin del concepto de publicación, tal como lo entendíamos hasta ahora”, reflexiona sobre las consecuencias de la forzada (por la pandemia) reconversión digital. Desde Barcelona, y días después del miniescándalo protagonizado por su colega estadounidense Andrew Wylie, la Nobel de Literatura 2020, LouiseGlück, y el editor español Manuel Borrás, Schavelzon responde las preguntas de La Nación

 

–¿Cómo viviste este año de pandemia en lo personal y desde lo profesional?

–Tratando de comprender lo incomprensible, y con mucho trabajo para tratar de entender el futuro del mundo del libro.

 

–El libro electrónico no cambió finalmente la industria del libro. ¿Lo hará la creciente digitalización?

–El libro electrónico, que parecía la gran amenaza del libro de papel, no logró cuotas de mercado significativas. Al igual que el audiolibro, es un soporte más, bienvenido, porque suma al total, aunque no alcanza a reemplazar la pérdida de ventas de libros de los últimos diez años, que es muy elevada. El libro estaba en crisis antes de llegar la pandemia, que encontró a todos ya muy debilitados.

 

–¿Qué hace exactamente un agente literario y en qué beneficia la carrera de un escritor?

–Un agente literario es un profesional al servicio del escritor, cuyo objetivo es conseguir el mayor número de lectores posibles, en todos los países, idiomas y soportes, incluidos los audiovisuales, tan importantes en este momento. Todo esto no puede darse al mismo tiempo, ni rápido, ni para todos, es un trabajo de acumulación que alguna vez hay que comenzar. El agente es un gestor, los objetivos son siempre de máxima. Esta es la teoría, la práctica es más compleja, intrincada y personalísima.

 

–¿Todos los autores de cierto renombre deberían estar representados por un agente?

–No lo creo, aunque es una pregunta que habría que hacer a los escritores. Los agentes existen porque los escritores demandan sus servicios. Los escritores se dedican a escribir, un trabajo aislado, individual, que requiere mucho esfuerzo y sacrificios, a veces es incompatible con la familia, los amigos, las noches y los fines de semana. No imagino a un escritor dedicándose a vender y administrar su obra o negociando con una gran plataforma audiovisual.

 

–¿Qué conclusiones sacaste del affaire Louise Glück/Pre-Textos/Andrew Wylie? El agente siempre queda como el villano de la historia.

–Me pareció una polémica sin sentido. ¿Criticar a una poeta por querer ganar dinero con su obra, cuando por primera vez en su vida puede hacerlo? ¿O querer cambiar de editorial, si no estaba satisfecha? La escritora sigue siendo muy buena, la editorial también. El dinero no resta credibilidad al hecho literario. Todo editor elige a quien publica, de la misma manera, una autora, cuando puede, elige una editorial, o delega la decisión en su agente.

 

–En un texto reciente publicado en tu blog señalás que se termina la era de la publicación tal como la conocemos. ¿Qué factores motivan este cambio?

–No podría sintetizar lo que requiere de una extensa explicación. El cambio tiene que ver con los sistemas de comercialización, cuando el 50% de los libros vendidos en el mundo están en manos de una sola empresa de venta online, sería imposible que las cosas no cambiaran radicalmente. Esa empresa es Amazon.

 

–En tu opinión, ¿se producen demasiados libros e incluso sobran librerías?

–La sobreproducción ha sido una estrategia, no un error. En el mundo analógico, las grandes pilas de libros venden libros, para eso había que fabricar muchos ejemplares, sabiendo que iban a sobrar. Los sobrantes no eran sorpresa, era algo previsible en ocho de cada diez títulos. Esto es parte de lo que va a cambiar, porque Amazon no necesita hacer pilas de libros para vender. Las librerías literarias, tampoco. En cuanto a las librerías, nunca sobran, como no sobran escuelas. Lo que vendrá es una transformación, un proceso de reconversión. En las grandes cadenas por falta de rentabilidad, como ha sucedido en Estados Unidos, donde las más grandes cerraron, o en Europa, donde la FNAC cambió su eje por la tecnología. A ningún inversor le interesa un negocio que no sea rentable. Los libros de calidad se venderán en las librerías más chicas, que conocen bien a sus clientes y saben recomendar, son aquellas que seguirán abiertas, aunque ganen poco. Es un momento de gran oportunidad: estarán en espacios acotados, fuera de las grandes avenidas y de los centros comerciales. Los algoritmos no han resultado buenos prescriptores, las redes tampoco. Los lectores vemos cómo se equivocan las recomendaciones de Amazon, porque están diseñadas para el consumo masivo, algo que, en la edición, no sé si seguirá existiendo.

 

–¿Por qué varias editoriales y, en particular, muchos autores optan por la venta directa de sus libros?

–Los autores se autopublican y venden directamente porque están hartos de no encontrar editor. Las editoriales, venden directamente porque es un buen negocio, esto es parte de lo que llamo reconversión.

 

–¿Cuál es el negocio en la industria del libro y quiénes son los que realmente ganan?

–El negocio no es muy grande, en los grandes conglomerados siempre es la línea que menor margen aporta. Estos entraron al mundo del libro intentando transformar una actividad cultural, en una industria masiva, centrada en el ocio y el entretenimiento. El negocio fueron los grandes bestsellers, esos libros que vendían, solo en español, tres o cuatro millones de ejemplares. No sé si este fenómeno se podrá mantener, porque esos lectores ya han cambiado sus hábitos de consumo cultural: ven series de televisión. Los bestsellers sostenían a la gran industria editorial y a las cadenas de librerías, fue algo importante para todos. Esa pérdida no será reemplazada con libros.

 

–¿Cambió la figura del editor en las últimas décadas? A veces tienen más prensa que los escritores y en los últimos años en muchos de ellos se despertó una voluntad de enseñanza.

–No lo veo así, el editor era una figura mucho más pública antes que ahora. El editor hoy está condicionado por lo comercial, por la necesidad de facturación. Solo el pequeño editor independiente puede seguir haciendo lo que le gusta, aunque para aprovechar esta oportunidad tendrá que aprender a administrar mejor, no dedicarse solo al catálogo.

 

–Representás a varios autores argentinos. ¿Cómo ves la literatura argentina actual?

–Me preocupa lo que tan bien dijo Martín Kohan: “Ser escritor es fácil, es barato, es accesible, es inocuo; si les da satisfacción serlo, adelante; el ingreso es irrestricto. Que no haya más lectores, en cambio, me parece más preocupante, y parecería indicar que muchos de los que quieren escribir literatura argentina no están interesados en leerla”.

 

–¿Qué te lleva a aceptar a un escritor como representado?

–Las agencias que creen conveniente leer todo lo que sus clientes escriben tienen el límite de esta posibilidad. Hay muchas formas de ser agente, el de Glück representa a 1200 escritores, y parece que no lo hace mal.

 

–¿Vas a publicar un libro con tus textos?

–El blog es un formato en el que me siento cómodo. Yo no soy escritor, solo un observador del mundo del libro, no creo que publicarlo como libro de papel pueda aportar algo más.

  

lunes, 17 de septiembre de 2018

El zorro opina sobre las mejoras que hay que hacer en el gallinero


Como todo el mundo sabe, Guillermo Schavelzon es un agente literario argentino establecido en Barcelona. Con un largo pasado en diversas editoriales de uno y otro lado del Atlántico, ahora, ya ubicado del otro lado del mostrador, sigue siendo funcional a la lógica de las multinacionales, para las cuales trabajó durante muchos años. Tal vez bajo esa luz deban leerse sus opiniones, publicadas en Página 12 del 12 de septiembre pasado opuestas a las manifestadas en un artículo que Silvina Friera, publicara en el mismo medio unos días antes (ver entrada de este blog del 10 de septiembre de este año).

Una salida ante 
“el derrumbe y la catástrofe”

“La industria del libro vive un momento de franca desesperación”, dice la nota en que Silvina Friera reúne la opinión de un calificado conjunto de editores (Página 12, 8 septiembre 2018).

Muy diferente fue la historia cuando la edición argentina, a mediados del siglo XX, fue capaz de apoyarse y apoyar la excepcional capacidad de creación que había –y sigue habiendo– en el país, de traducción, de oficio editorial y de vanguardia cultural. Por eso, logró que casi todas las grandes obras literarias y de pensamiento de la época (Freud, Proust, Joyce, Dante, Camus, Sartre, Kafka, Mann, Marx, Gramsci, Althusser, Levi-Strauss...) se tradujeran y publicaran, por primera vez en español, en la Argentina, igual que los grandes best sellers internacionales (Dale Carnegie, Lin Yutang, Saint Exupery, Wilbur Smith, Stephen King, Ira Levin, Tolkien, Bradbury, Charière...). Eso fue factible, entre 1950 y 1970, porque las editoriales publicaban para vender en todos los países de lengua española, no solo para el mercado local. Dos tercios de la facturación de Emecé, Sudamericana, Rueda, Siglo Veinte y Paidós eran por ventas al exterior.

Hoy, el principal problema es “el derrumbe” del mercado nacional, como dicen los editores, porque ningún país de mercado reducido puede sostener una industria editorial vendiendo solo en el mercado nacional. Al ser así, todo depende siempre de la coyuntura, y solo se conocen períodos excelentes o dramáticos, altibajos que no son desconocidos para las editoriales argentinas. Pero hay otro mundo posible, que está casi al alcance de la mano. Las posibilidades que ofrece una lengua común para 400 millones de personas es algo sin igual. No creo que se pueda decir que los editores tienen que ser comprensivos, porque “el país está sufriendo”; eso sólo lo dice el FMI. Quien sufre no es el país, sino los pobres, los de antes y los nuevos. Este mismo plan económico, basado en “la épica del ajuste”, aplicado en España durante los recientes diez años de gobierno del Partido Popular, ellos lo consideran un éxito: aunque la mitad de los menores de 30 años no tienen trabajo, el número de millonarios (los que declaran más de 30 millones de euros al año) se disparó en un 76%, “y las grandes fortunas crecen sin parar” (ABC, 19.6.2018).

Seguir reclamando apoyos al Estado no funciona: no los ha dado ni los dará; no le interesa darlos, ni en momentos de desesperación ni de prosperidad. La industria editorial argentina tiene que conseguirlo por sus propios medios. Para poder crecer de manera sostenida, necesita un mercado internacional, lo que hoy en día no es difícil de lograr ni se necesita ser una gran editorial. No me refiero a las grandes multinacionales, a las que no se les puede pedir que exporten desde la Argentina, para lo que tendrían que trasladar lo que ahora son beneficios en países de moneda estable y sin inflación a uno de gran inestabilidad. Pienso en el resto de las editoriales, que representan un porcentaje nada despreciable, tanto a las que tienen un proyecto cultural como comercial. En la actividad editorial, no alcanza con sobrevivir, se necesita crecer, ya sea publicando cada vez más o haciéndolo cada vez mejor.

Para vender en otros mercados hay que ofrecer un catálogo atractivo, lo que requiere salir al mercado internacional de derechos de autor (de “contenidos”,  como dicen los productores de televisión) en el que Argentina tuvo, hasta los años ‘70, un excelente lugar. Luego, con un peso sobrevaluado, el negocio fue importar, y las editoriales argentinas desaparecieron del mercado internacional de los derechos de autor, dejándole todo a España. Exportar libros argentinos no quiere decir libros de autor argentino. Aunque si una editorial tiene una buena red de exportación, estará en mejores condiciones de incluir autores locales en su oferta. Exportar libros es un negocio, exportar autores argentinos es una acción cultural. Se requiere un esfuerzo para modificar el concepto de “exportación”, olvidarse del correo, de los paquetes y de los conteiners. La exportación física de libros es lenta, costosa, burocrática, y poco rentable. Es de un siglo que ya pasó.

Algunas editoriales están aprovechando las posibilidades de las nuevas tecnologías, enviando archivos digitales para que, en otros mercados, se haga la cantidad de ejemplares que se pueda vender, ya sea cincuenta o cinco mil. Es sencillo, las reimpresiones son rápidas, los costos son constantes, no hay problemas de papel ni de calidad. Además, no hay fletes, aduanas, controles burocráticos ni gastos de envío. Cada vez hay más empresas en España (un mercado más grande que el de todos los países latinoamericanos sumados) que dan este servicio a editoriales chicas y medianas de otros países. Esto es hoy la exportación, un negocio optimizado, sin stocks, sin requerimientos logísticos que ya no hay o son muy caros, donde la eliminación de gastos permite márgenes que aseguran concentrarse en la actividad esencial del editor: elegir qué publicar, contratar, encargar, desarrollar proyectos, traducir, diseñar, hacer todo el proceso previo a la impresión; lo que, en definitiva, es lo estratégico de la edición. Trabajos que no dependen de la localización, solo de una buena conexión a internet. Esto es lo mejor del aporte de las nuevas tecnologías: la digitalización de la edición, que no tiene nada que ver con el libro digital.

Cuando no existía internet ni se podía imaginar lo que llegaría años después, lo esencial se lo escuché decir a José Manuel Lara Bosch, entonces vicepresidente del grupo Planeta: “A América Latina hay que mirarla siempre en forma conjunta; si miras a un solo país, tienes un infarto cada cinco años”. Nunca tan válida como hoy esta concepción de la actividad editorial. Para exportar ya no hay que preocuparse por las tarifas de transporte ni por tener enormes depósitos donde guardar los libros, ni intentar sostener un precio estable en dólares. Hace dos semanas, un libro costaba 20 euros, y hoy cuesta 12. El gobierno, en lugar de intentar transformar el desastre en una alternativa, alentando la exportación de libros, les puso una retención.

Hace treinta años, España se quedó con todos los mercados del libro en español, que la Argentina y México no tuvieron posibilidades de sostener. Hoy España ya no parece una amenaza, mientras que su gran mercado interno (celosamente cuidado por quienes lo dominan) se convierte en una oportunidad. La amenaza está en otro lado, los libros vendrán cada vez más de China, el país que actúa más a largo plazo, por lo que no me llamaría la atención que comience a ofrecer facturar y cobrar en pesos argentinos.

Creo que hay que poner todos los esfuerzos en desarrollar una nueva forma de exportación y vender libros en todos los países. Publicar para el mercado local es como hacer malabarismo. El libro es un producto sin demasiadas ventajas diferenciales más allá de su contenido, pero tiene una: se puede producir y fabricar en cualquier lugar, algo que no podrían hacer los sojeros, por poner un ejemplo. La edición argentina tiene una oportunidad para volver a lograrlo.

jueves, 7 de septiembre de 2017

"El concepto de exportación (libros embalados dentro de containers) está perimido"

Un artículo de Patricia Kolesnicov publicado en el diario Clarín,  del  30 de agosto pasado, retoma la tan mentada crisis del libro argentino, de la que se ocupaba la entrada de ayer, pero lo hace desde otra perspectiva: las ventas fuera del país. En la bajada de se lee: “Los altos costos locales influyen y también el cambio tecnológico. ¿Para qué trasladar papel?”.

Por qué es tan difícil vender libros argentinos al exterior

Lindo lío se armó cuando, por uno de esos pases mágicos que gustaba hacer Guillermo Moreno, una mañana de septiembre de 2011 nos despertamos con la noticia de que había algo así como un millón de libros varados en la Aduana. Habían cambiado de sopetón las reglas del juego para importarlos y, mientras tanto, allí esperaban. Los motivos eran comerciales: la balanza del sector era negativa y el ex secretario de Comercio había decidido tronchar por lo sano. La medida siguió mientras siguió el anterior gobierno y tuvo sus resultados: en 2015 las importaciones habían bajado de un pico de 117 millones a 40,2. Pero, ah, las exportaciones, que en 2011 habían sido de 41,5 millones se fueron a 27,12 en 2015. La política había cerrado fronteras, y las había cerrado en los dos sentidos. Aunque algunos libros se empezaron a imprimir en el país – ese era el objetivo de la medida– , los títulos cuyo volumen no ameritaba una impresión, vinieron menos. Y así nos empobrecimos todos. Y los libros nuestros dejaron de surcar los mares.

Hace unos días, la Cámara Argentina del Libro presentó su informe semestral y hubo preocupación: la venta de libros había caído cerca del 25 por ciento y la producción de ejemplares, también. ¿Qué pasó con las exportaciones?

De 13,5 millones de dólares del primer semestre de 2016, pasaron a 14,1 millones. Un poco más que un año atrás pero mucho, mucho menos que en 2011 y aún que en 2015.

¿Hay que preocuparse? ¿Cuando no se exportan libros no se exporta literatura?

Guillermo Schavelzon
Un especialista en vender derechos de autores argentinos, Guillermo Schavelzon, toma los datos con pinzas. Schavelzon representa autores, tiene una agencia en Barcelona, y desde allí responde: “Yo creo que la Cámara del Libro no habló de dificultades de vender literatura argentina al exterior, sino de vender libros argentinos. Este es un tema fundamental. Vender literatura argentina es una cuestión cultural, vender libros es industrial y comercial”.

Según Schavelzon, lo que se exporta no son necesariamente los libros escritos en estas pampas. “Ningún país desarrolla la exportación de libros en base a sus propios autores sino a obras internacionales cuyos derechos adquiere para vender en los demás países. Para comprar contenidos universales hay que tener un sistema cambiario libre y fluido, poder pagar sin las infinitas reglamentación y tramitaciones de los últimos diez años, que hoy siguen exactamente igual de complicadas, llenas de trabas, en fin, ningún vendedor de esos contenidos tendrá en cuenta a un país que paga mal, y es comprador inestable: unos años compra, otros no”.

Problemas comerciales, más que problemas culturales, dice Schavelzon. De un negocio altamente globalizado y que está cambiando al ritmo de la digitalización y el abaratamiento de la impresión “on demand”, es decir, en cantidades muy pequeñas:en algunos países un editor puede mandar a hacer muy pocos ejemplares de un libro – digamos, 200–  sin que el costo le reste competitividad. Solucionado el problema de la escala, ¿para qué trasladar kilos de papel?

“La otra cosa que sucede – dice Schavelzon–  es que el concepto de exportación (libros embalados dentro de containers) está perimido, y las editoriales no pueden verlo. Los libros se fabrican en el país en que se venden.” Finalmente, las fluctuaciones de la economía pegan en una industria que planifica a largo plazo. “El tercer problema – dice Schavelzon–  es que llevamos muchas décadas con una oscilación de la moneda siempre imprevisible, un año imprimir en argentina es barato, otro es caro. Así no se moderniza la industria gráfica, nadie tiene confianza en un proveedor argentino y los negocios, por lo menos los del mundo del libro, requieren estabilidad a largo plazo. Una edición de diez mil ejemplares, impresa en España, más los fletes y los gastos de aduana, puesta en el depósito del editor en Buenos Aires, le cuesta un 30 por ciento menos que imprimirla en Argentina”. La industria pide que le quiten el IVA al papel y a otros fragmentos de la cadena de la producción y venta de los libros. Eso, dicen, ayudaría.

Schavelzon concluye: “¿Cómo no va a caer la exportación? Lo peor de todo es que esto sucede de la misma manera desde hace treinta o cuarenta años. Volviendo al principio: no es muy difícil vender literatura argentina al exterior, cuando es buena. Lo difícil es vender libros argentinos.

martes, 7 de abril de 2015

Una lectura diferente del problema español

El 26 de enero pasado, en su blog, el agente editorial Guillermo Schavelzon subió a su blog  la siguiente entrada que, desde otra perspectiva, ofrece un punto de vista distinto de lo que diferentes participantes del mundo editorial español vienen diciendo de muy diversas maneras. Quien desee leer el original, puede hacerlo en (https://elblogdeguillermoschavelzon.wordpress.com/)

Malestar en el mundo de la edición. El editor, el autor

La larga crisis económica y la gran caída en la venta de libros (en España), vienen enmascarando un malestar, una sensación de confusión que se vive en el mundo de la edición, al principio erróneamente atribuido a la llegada del libro electrónico.

El editor enfrenta hoy una divergente y a veces desconcertante presión, tanto de las exigencias del mercado –a las que tiene que atender para mantener su trabajo–, como las que son consecuencia de una nueva forma de funcionamiento y organización, producto del gran crecimiento de los grupos editoriales, para los que la mayoría de los editores trabaja.
Esta presión se ejerce desde todas partes. Desde arriba, por los accionistas, para obtener mayor rentabilidad (más ventas y menos gastos). Desde los costados por los agentes comerciales, que aunque no lean, parecieran saberlo todo sobre qué hay que publicar y qué no, y desde abajo (la ubicación es sólo un esquema) por los lectores. Pero no por los lectores de toda la vida, que siguen comprando libros cuando les interesan. La presión sobre el editor viene de los lectores que no conoce ni llegará nunca a conocer, esa gran masa de compradores ocasionales que, cuando se moviliza, cambia el resultado económico de todo el año.

Encontrar a esos lectores eventuales no es una operación literaria, sino comercial. Tiene que ver con el marketing, el posicionamiento, los estudios de mercado, un sofisticado trabajo de seducción fallido la mayor parte de las veces: encontrar escritores trabajables como Brand Business (negocio de marca), un concepto que hasta hace unos años era ajeno al mundo editorial.

El malestar del que hablo no es producto de la llegada de la edición digital, ni del avance de la piratería, como dicen algunos editores cuando los lectores no les favorecen con sus elecciones. La llegada del e-book, esta innovación perturbadora, como lo llama Clayton Christensen, no cambió demasiado las cosas, pero las complicó, funcionando como un acelerador de esa confusión general, generando una crisis de identidad en muchos editores, que llegaron a pensar si su saber tendría futuro laboral.

La crisis es algo inherente a la edición
No podemos, mirando hacia atrás, atribuir a la crisis económica lo que sucede, porque en realidad la edición está siempre en crisis.  No es una cuestión coyuntural, es identitaria, lo que diferencia a la edición de cualquier otra actividad industrial: los valores intangibles con los que trabaja.

La edición está en constante cambio. Los editores a veces no llegan a comprender la inestabilidad de su profesión, es un trabajo turbulento que requiere abundantes dosis de adaptación, improvisación y flexibilidad. Tres habilidades de por sí difíciles de aplicar, más aún si están atravesadas, como en la gran empresa de hoy, por reuniones de presupuestos, de organización, presentaciones a diversos comités, convenciones, y decisiones colectivas tomadas con muy diversos criterios de racionalidad, que absorben casi todo el tiempo laboral. Sin embargo, los grandes éxitos casi siempre llegan gracias a las intuiciones de un editor, no a las adquisiciones decidas en un comité. Sin embargo, al editor de hoy, no le queda tiempo para lo esencial.

Por eso –en todos los países– las editoriales que más rápido muestran capacidad de adaptación, improvisación y flexibilidad, son las de menor tamaño, las que suelen tener un solo propietario-editor que toma las decisiones. También son las que corren más riesgos, se pierden cuando crecen, el propietario no sabe delegar decisiones secundarias, o se hacen inmanejables y las tiene que vender.

Esa innovación perturbadora, la edición digital, comenzó hace unos años cuando presionados por los fabricantes de dispositivos electrónicos de lectura, grandes consultores de Estados Unidos convencieron al sector editorial de que el e-book tendría un efecto arrollador, y en poco tiempo acabaría con la edición tradicional. Lograron su objetivo: una venta millonaria de dispositivos, y la movilización de grandes inversiones en el desarrollo de plataformas digitales de las cuales, en unos años, la mayoría dejó de existir. Porque el gran negocio ha sido vender dispositivos, tabletas, no e-books.

El propietario de Facebook acaba de decir que en el mundo digital  lo normal es fracasar, pero no dijo lo caro que se paga ese fracaso. Tenemos muy presente los grandes éxitos del iPad, el Kindle, los pocos nombres propios (Apple, Google, Amazon) que lideran en dispositivos de lectura (no en e-books)  Pero ¿quién se acuerda de Papyre, Rocket, Softbook, iLiad, Librius, EveryBook, Ebookman, Hanlin, los fracasos de Sony, Phillips, Samsung y tantos más?

Es cierto que en Estados Unidos el 25% de los libros que se venden son de formato digital, sin embargo la venta de libros en formato tradicional  sube un 5% cada año. En el mundo hispanoamericano pasan los años, y el libro electrónico no llega al 3% anual.

Una de las consecuencias de mirar tanto al modelo de negocio de Internet, fue el traslado inmediato de algunas de sus verdades indiscutibles. Presionados por la exitosa estrategia comercial y el crecimiento vertiginoso de Amazon, el mundo de la edición decidió que lo esencial era estar más cerca del cliente, lo más enfocado posible en el consumidor.

Así para el editor su cliente es el lector, y en ese esfuerzo descomunal por acercarse (del que todavía no queda claro el resultado final), se alejó del autor, relación que durante más de un siglo había sido fundamental. La  relación del editor con el autor está desestabilizada, dice Michael Bashkar.

El mundo digital también exportó a la edición tradicional el término contenidos, sin considerar que no se hablaba de algo nuevo. Se trataba de información, textos, ilustraciones, manuscritos,  historias que contar. Muchas cosas cambian de nombre, sin que dejen de ser lo mismo. Sería como no comprender que el selfie existe desde que se inventó la fotografía, con el nombre de autorretrato, o fotos de uno mismo. Poco importa que cada tanto las cosas cambien de denominación, mientras no se pierda lo conceptual. Contenidos es exactamente con los que, desde hace cien años, vienen trabajando los editores.

Otra nociva importación del mundo online, fue la idea de eliminar la intermediación, lo que cuesta comprender, ya que entre el autor que se auto-publica en digital y el lector que adquiere el e-book, ¿qué es lo que hacen Amazon, Apple, Google, sino intermediación? Lo que estuvo detrás de esta declaración, fue la decisión de quedarse con lo que tenían otros, para incorporar esos márgenes a su negocio y así ganar más.

El asunto es qué intermediarios agregan valor y cuáles no. Si eliminar la intermediación es ofrecer a los lectores libros difíciles de leer, mal escritos, sin edición porque no han pasado por el proceso de valor que aporta un editor, no parece que sea muy ventajoso para el lector. Los malos libros ahuyentan a los lectores, incluidos los del mundo digital.

El gran peligro de esta estrategia de eliminar intermediarios, que podría sonar tan bien si eso bajara los precios de venta y aumentara la difusión, es que los que  las empresas de venta directa quieren eliminar –y están haciendo todo lo posible por lograrlo– es ese intermediario que llamamos librerías, porque consideran que el margen que tienen (30 al 40% del precio de venta) es el mayor de toda la cadena comercial del libro. Ni el editor, ni el impresor, ni el autor, ganan un porcentaje similar, pese a lo cual a las librerías les está costando sobrevivir. Eliminar las librerías sin duda sería muy bueno para la cuenta de resultados de Amazon, pero destructivo para todos los demás, desde el autor al lector.

La actividad editorial se compone de una fragmentación de funciones, no importa que se realicen o no inhouse. No hay tecnología que haya podido reemplazar a un buen traductor ni a un buen diseñador, y mucho menos al autor. Con la librería es igual.

El agente literario
Hace quince años, cuando los editores no pudieron más con la cantidad de propuestas que recibían, las grandes editoriales, desde su página web, sugerían a los autores dirigirse a “un agente literario establecido”, delegando así el papel de filtro inicial, de validador de posibilidades editoriales, de sustitución –de alguna manera–, del trabajo del antiguo comité editorial, aquel en el que los comerciales no podían ni entrar (Gastón Gallimard). Esa política la tomaron las grandes editoriales cuando una casa líder como Doubleday de Nueva York, estaba recibiendo más de diez mil manuscritos no solicitados al año. Gallimard, cinco mil.

Hasta hace unos años la misión principal del agente era conseguirle editor a sus clientes. Hoy los mayores esfuerzos del agente están en ayudar a que no se desestabilice la relación entre el autor y su editor.

El autor
Aunque la función del autor ha cambiado menos que la del editor, no puede sustraerse  a la sensación de malestar y confusión. Solo por considerar el estado de las cosas, ya está inmerso en ellas. Bastante trabajo le dio el cambio de las herramientas de trabajo, pero eso poco modificó su función, y menos aún su producto final.

El autor siente la presión de sus editores por un lado, y la del saldo de la cuenta bancaria por el otro. Además de las cuestiones de la vanidad, la frustración y todo lo que se pone en juego en un creador cuando quiere encontrar su público, o cuando siente que lo está perdiendo. También cuando no quiere hacer concesiones, pero tiene que encontrar alguna forma de vivir, todo lo que lo somete a una gran tensión.

El editor
Lo que ha cambiado para el editor es mucho, y afecta a su identidad: ya no puede definirse como un publicador, alguien que pone contenidos en circulación. “Publicar” pasó a ser una operación informática sencillísima, casi un click, como puede comprobarse en cualquier blog o programa gratuito de auto-publicación.

En la diferencia notable, sustancial, entre cualquier texto o libro auto-publicado, y un libro que llega a una librería o a una plataforma digital luego de atravesar el sofisticado camino al que lo somete el proceso editorial, está la explicación del rol y el valor que agrega el editor.

En 2012 la casa de subastas Christie’s de Nueva York vendió un libro en 8 millones de dólares. Se trataba de un ejemplar de The birds of América, de John James Audubon, publicado en 1827, el producto final de un proyecto industrial. ¿Qué fue lo que se vendió?¿Qué adquirió el comprador?  Ciertamente, no el contenido, disponible en Amazon por 7,90. Compró el libro físico, un formato, una edición en papel, de excepcional calidad.

A nivel educativo y cultural, los especialistas insisten en señalar el lugar esencial del libro de papel. Incluso para copiar, como sería el caso de un trabajo escolar, requiere ser leído y vuelto a escribir. En la no lectura digital del mal usado cortar y pegar, se encuentran gran parte de los problemas de aprendizaje de hoy.

La conclusión de Michael Bhaskar, editor digital sin trayectoria anterior en el mundo de la edición tradicional, y por lo tanto sin nostalgia por “una era dorada de la edición”, no ofrece dudas: Hasta ahora los editores han sobrevivido. Incluso han prosperado. La mayoría de los lectores están muy felices con los libros impresos que descansan en sus libreros. El modelo de negocio es sólido.

Nota:
La originalidad de cualquier idea de este texto, como muchas de las cuestiones comentadas, se debe atribuir al libro de Michael Bhaskar, La máquina de contenido. Hacia una teoría de la edición desde la imprenta hasta la edición digital. México, Fondo de Cultura Económica, 2014






martes, 27 de diciembre de 2011

Una sarta de obviedades presentadas como consejos

Publicada en la sección Flora & Fauna de la revista Ñ, la siguiente notícula de Patricia Kolesnikov incluye una serie de consejos ofrecidos por el agente literario Guillermo Schavelzon. Habrá a quien le interesen.

Para vender libros en Francia
no describa la Torre Eiffel

Un dato: si usted es, pongamos, un escritor argentino y  quiere que sus libros se traduzcan al francés, no sitúe la trama en París. No lo dice esta cronista, lo dice Willie Schavelzon, probablemente el agente literario argentino más importante. El agente que un día levantó campamento y se fue a Barcelona –donde se corta el bacalao literario– y hoy representa a una larga lista de estrellas entre las que brillan Paul Auster (¡Paul Auster!), Ricardo Piglia, Marcos Aguinis, Héctor Tizón, Elena Poniatowska, Adrián Paenza, Pacho O’Donnell, Pola Oloixarac, Andrés Neuman, Martín Kohan,  Marcelo Kohan, Pablo De Santis, Oliverio Coelho.

Entonces, Dato 1) No sitúe sus novelas en los países a los que quiere venderles derechos. “Muchos escritores dicen: ‘Esta novela voy a hacer que ocurra en París porque así les interesa a los franceses’. Y es impecable el París que cuentan porque fueron, investigaron, pero eso a los franceses no les interesa. Cómo ve París un argentino, es una problemática nuestra, ellos están muy satisfechos con cómo la ven ellos”.

Sin embargo, dice, si se consigue un editor que contenga su ansiedad por hallar realismo mágico en cualquier latinoamericano, Dato 2): es posible vender derechos afuera. De hecho, “es un buen momento para escritores argentinos y latinoamericanos.Nunca hemos conseguido tantos contratos como en los últimos dos o tres años”.

¿Qué pasa? “La crisis europea es tan fuerte que la gente culta, en Europa, mira para otros lados”. A China, obvio. Y a América Latina. Salvo en Inglaterra, que tiene las malas costumbres del mundo angloparlante. Porque, Dato 3) “Hay países que son exportadores de cultura pero que no están dispuestos a recibir nada. Estados Unidos publica unos 120  mil títulos al año, de los cuales apenas 300 son traducciones”. ¿Para tanto? “Los norteamericanos, dice Schavelzon, son absolutamente autorreferenciales y los británicos son norteamericanos de segunda. Antes era al revés, ahora son bastante menos cultos. Desde que se rompió la ley de precio fijo, sólo publican best-séllers... ”

Esto es problemático. El inglés es un puente: editores de lenguas con pocos hablantes descubren los libros cuando están en ese idioma. El negocio se muerde la cola: “Los norteamericanos nos dicen en la agencia: ‘No me ofrezcan ningún libro que no haya sido vendido ya para otros cinco idiomas’”.

Otro viento que sopla en las velas de una literatura son sus escritores de éxito. Dato 4) “Interesan los best-séllers latinoamericanos cuando tienen un aporte cultural local”. Un ejemplo: “En el siglo XX, el que más hizo por la literatura chilena fue Roberto Bolaño”. ¿Cómo? “Tuvo éxito”. Entre nosotros, “una escritora como Claudia Piñeiro tiene un éxito tan grande en Alemania que ha abierto caminos a otra gente”.