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jueves, 31 de marzo de 2016

"El regocijo con la bancarrota de lo real"

Aunque muchas veces publicado tanto en la Argentina como en España, Chile o México, siempre es bueno volver a Bruno Schulz. En la ocasión, a través de una nueva edición, traducida directamente del polaco por Enrique Mittelstaedt para la nueva editorial Dobra Robota. Así lo comenta Silvina Friera en la siguiente nota, publicada en el diario Página 12 del 28 de marzo pasado.

El tercer mosquetero

Una ola de empatía irresistible producen las historias concatenadas del “tercer mosquetero” de la vanguardia literaria polaca. La salud del padre de familia empieza a declinar mientras el pequeño hijo –el narrador– deviene gran prestidigitador gracias a una imaginación desaforada. Todo lo que observa lo transforma; traduce en palabras de una potencia inaudita el hechizo onírico de su peculiar modo de mirar. Hasta los personajes de reparto, una “chica idiota” de la calle, adquieren vuelo. “Tluja está acurrucada entre sábanas amarillas y trapos. En su enorme cabeza se eriza un manojo de pelo negro. Su cara se contrae como el fuelle de un acordeón. A cada rato, una mueca de llanto la acomoda en mil arrugas transversales, mientras que la sorpresa la estira nuevamente, alisa los pliegues, descubre la rendija de los pequeños ojos y las encías húmedas con dientes amarillos bajo el labio carnoso con forma de hocico” se lee en “Agosto”, el primer relato de Las tiendas de color canela del escritor polaco Bruno Schulz (1892-1942), amigo de Witold Gombrowicz y Stanislaw I. Witkiewicz –los otros mosqueteros de la experimentación–, traducido por Enrique Mittelstaedt y publicado por Dobra Robota, una nueva editorial porteña que debuta con este título en su primera colección (Des)formas Polacas, que incluirá nuevas, y a veces primeras, traducciones al español de literatura polaca, prosa y obras de teatro.

Hijo de un comerciante judío que regenteaba una tienda de tejidos en Drohobycz, una pequeña ciudad al suroeste de la Galitzia austrohúngara (después sería Polonia, actualmente es Ucrania), Schulz trabajó como grabador y dibujante antes de convertirse, con solo dos libros de cuentos, en un mito literario. En 1922, mientras daba clases de dibujo en el instituto de Drohobycz, empezó a exponer sus obras. Su primer libro, la novela gráfica El libro idolátrico, parece inspirado a medias por las pinturas negras de Goya y La Venus de las pieles de Leopold von Sacher-Masoch. En las cartas que intercambió con la poeta polaca Debora Wogel germinaron las narraciones de corte mitológico sobre las peripecias de un padre y un hijo que confluirían en Las tiendas de color canela, publicado por la editorial Rój en diciembre de 1933 (o 1934, como figura en la primera edición). La vía láctea de este libro es el padre. Schulz, que quería “madurar hacia la infancia”, contempla con ojos de niño a ese padre adorado, mago de barba blanca, que describe como un “hombre extraordinario”, un “maestro de la imaginación”, un hombre que libró “una guerra solitaria contra el elemento ilimitado del tedio que entumecía la ciudad”, “un prestidigitador metafísico”, un hombre extraño que defendía “la causa perdida de la poesía”. Ese padre que se estaba marchitando había empezado a achicarse “como una nuez que se seca dentro de su cáscara”. La comparación y la metáfora, en sus manos, es un material tan plástico que logra la titánica labor de estirar al máximo los fronteras hasta difuminarlas porque lo que adquiere relieve es un clima, un aire familiar, una atmósfera pregnante. ¿Escribe cuando dibuja? ¿Dibuja cuando escribe? Quizá el “secreto” consista en abrir el campo de batalla de los adjetivos, esas rígidas palabras que suelen clausurar más que intensificar los sentidos.

“Me quedó grabado en la memoria particularmente un cóndor, un ave enorme de cuello desnudo y cara arrugada cubierta de protuberancias –cuenta el narrador en el relato “Los pájaros”–. Era un asceta delgado, un lama budista que manifestaba en su comportamiento una dignidad imperturbable, regido por el ceremonial férreo de su noble estirpe. Cuando se sentaba frente a mi padre, inmóvil en la posición monumental de unos dioses egipcios ancestrales, con el ojo velado por una membrana blanquecina que movía sobre la pupila para cerrarse del todo en la contemplación de su majestuosa soledad, parecía, con su perfil pétreo, un hermano mayor de mi padre. La misma materia de tendones y piel dura y arrugada, la misma cara seca y huesuda, las mismas endurecidas cuencas de los ojos. Hasta las manos de mi padre, fuertes en las articulaciones, largas y magras y con las uñas curvadas, se parecían a las garras del cóndor”. Al igual que Franz Kafka, Schulz tenía una obsesión con la figura paterna que se percibe en los 15 relatos de Las tiendas de color canela. La diferencia entre el checo y el polaco es significativa: mientras el autor de “La metamorfosis” dilataba un retrato más bien opresivo y autoritario del padre, el polaco paladeaba un registro próximo al tono irónico, a veces ridículo y burlón, cuando encarna a un excéntrico demiurgo o se convierte en una cucaracha.

En el prólogo de esta edición de Dobra Robota –que publicará en breve el teatro de Witkiewicz, Ellos/ Obra anónima; y los relatos de Schulz, Sanatorio bajo la clepsidra–, se plantea que concebir el programa literario del escritor polaco como una fuga de la realidad que vivía, sería una lectura simplista. “No se trata de crear una realidad paralela, sino de debilitar su tejido para sugerir nuevas relaciones y consecuencias; en fin, se trata de construir una realidad igual de verosímil en lo que él denomina las regiones de la Gran Herejía. Y si bien todos los relatos tienen sus raíces en el mundo real, lo cual los dota de cierta verosimilitud, al mismo tiempo cada uno constituye un territorio fuera de la ley, ideal para cualquier abuso. Es la revuelta creativa contra el reino de la cotidianidad. El regocijo con la bancarrota de lo real”. Cuando estalló la Segunda Guerra mundial, Polonia fue dividida entre Alemania y la Unión Soviética. Durante el período estalinista, Schulz trabajó para la propaganda comunista produciendo dibujos y pinturas. “No necesitamos Prousts”, le dijeron cuando presentó a un periódico de lengua polaca un manuscrito que trataba sobre el hijo deforme de un zapatero. En 1940 Alemania invadió Drohobycz, pero Schulz se rehusó a abandonar su ciudad natal. Dos años después, en 1942, un oficial nazi asesinó al “tercer mosquetero” polaco, un escritor que convertía las palabras en extrañas y fulgurantes posibilidades.


miércoles, 19 de diciembre de 2012

Bruno Schulz: una vida póstuma renovada

Un artículo firmado por Álvaro Matus y publicado por La Tercera, de Chile, el 18 de octubre pasado, a propósito de la publicación de una traducción local del extraordinario narrador Bruno Schulz (foto; 1892-1942), realizada por Daniel Barros.

Luces del pasado

Aunque trata de un oficio muchas veces denostado, el trabajo de traductor es uno de los más nobles y necesarios que existen: para el autor es quien lo incorpora a otra lengua, a otra tradición, mientras que para el lector es quien le abre la puerta a un mundo desconocido e inaccesible. Es lo que ha hecho Juan José del Solar al trasladar a nuestro idioma las novelas de Robert Walser. O Sergio Pitol, traductor de Conrad, Henry James y Gombrowicz.

En Chile han aparecido traducciones que resuelven de manera ejemplar la tensión entre fidelidad y libertad. Pienso en el Aullido de Ginsberg a cargo de Rodrigo Olavarría, los ensayos de Beckett traducidos por Marcela Fuentealba y Leseras, la versión de Leonardo Sanhueza de los poemas de Catulo. A ellos se agrega el brillante trabajo de Daniel Barros, cuya traducción de La calle de los cocodrilos, de Bruno Schulz, se enmarca dentro de una tendencia mayor: el rescate en todo el mundo de la literatura centroeuropea de entreguerras.

Bruno Schulz nació en 1892 en Drohobycz, una pequeña ciudad de Polonia de la que prácticamente nunca salió. Los cuentos de La calle de los cocodrilos constituyen la historia alucinada de su familia y transcurren en ese ambiente gris, provinciano, donde el principal enemigo es el aburrimiento. Todo está contado a la luz de la rica imaginación de un niño cuyo padre comienza a comportarse de manera extravagante, obsesionando con la idea de salvar el mundo. Ante el desdén de quienes lo rodean, el hombre empieza a vivir cada vez más disociado de la realidad, mucho más cerca de las palomas y los maniquíes que de la insensibilidad humana.

La descomposición material y valórica que muestra Schulz se asemeja a la que narraron Joseph Roth, Robert Musil, Italo Svevo, Sándor Márai y otros narradores centroeuropeos que hoy están siendo profusamente reeditados. Y aquí volvemos al tema de las traducciones, pues permiten que las novelas originales tengan una vida póstuma renovada. Ahora bien, ¿a qué se debe este interés por historias protagonizadas por soldados orgullosos, funcionarios mediocres y amantes que se reúnen en balnearios donde nunca hace demasiado calor? ¿Qué relación hay entre ese gigantesco ropero apolillado que era el imperio de los Habsburgo, con sus mitos, jerarquías y burocracia, y el veloz, pragmático e informal mundo actual? ¿Por qué estos libros conectan con la sensibilidad de los lectores del siglo XXI?

El desmembramiento del Imperio Austro Húngaro fue algo más que el fin de un sistema de gobierno: lo que se desplomó fue una forma de vida, una cultura en la que convivía una población que hablaba cerca de 15 idiomas y que permitió la integración de católicos, musulmanes, protestantes y judíos. La intensidad con que se les movió el piso resulta equiparable a la que vivimos tras la caída del muro de Berlín, cuando todo se volvió más incierto: el mapa se volvió a ordenar (o a desordenar) y empezó el sálvense quién pueda, echando mano al nacionalismo (los Balcanes), a las guerras por el petróleo (EEUU en Irak), al terrorismo religioso (Osama y Cía.) y a la especulación financiera (la última crisis económica). A veces las traducciones responden a una demanda del presente: son una luz que proviene del pasado.