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lunes, 29 de julio de 2024

Eduardo Berti y su pasión por las palabras

"Otras palabras. Jugar y crear con diccionarios es el último libro publicado por Eduardo Berti. Se trata de un recorrido apasionante por los que él llama "antidiccionarios" desde Flaubert a Adolfo Bioy Casares y muchos otros autores menos conocidos. Erudito y divertido." Tal es la bajada de la entrevista que Mónica López Ocón mantuvo con Eduardo Berti, puiblicada por Tiempo Argentino, el pasado 27 de julio.

"Como las leyes, los diccionarios también cambian"

«Acento»: el humo de la pronunciación (Le Carnaval du dictionaire, Pierre Véron). «Golf»: juego para ratones que se han vuelto ricos, (Gregerías, de Ramón Gómez de la Serna.) «Amirante»: parte de un buque de guerra que se encarga de hablar, mientras el mascarón de proa se encarga de pensar. (Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce)

Estas tres definiciones corresponden a lo que Eduardo Berti llama diccionarios alternativos, personales y también antidiccionarios. A estos diccionarios sui generis está dedicado su último libro: Otras palabras. Jugar y crear con diccionarios (Adriana Hidalgo)

En él Berti muestra una apabullante erudición que no está puesta al servicio de la rigidez académica, sino del juego y la diversión. Es muy poco probable, por no decir imposible, que exista otro libro como este, verdadero gabinete de curiosidades del lenguaje.

Si no fuera el enorme escritor que es, seguramente Berti sería mago, inventor de objetos imposibles o creador de juguetes que jamás se le ocurrieron a nadie. También podría dedicarse a hacer tutoriales que enseñaran a realizar objetos de origami plegando palabras, a convertir todos los acentos de un libro en un aguacero y a transformar los paréntesis en sonrisas.

Consejo para el lector: si llega a sus manos un ejemplar de Otras palabras, no lo preste porque no se lo van a devolver. El consejo puede parecer egoísta pero está dictado por el sentido práctico. El libro de Berti se lee de un tirón, pero la lectura no se agota allí. Como las enciclopedias y los diccionarios, es un libro de consulta, de esos que uno saca de la biblioteca y lee nuevamente cuando se quedó con una inquietud sobre un tema específico o, sencillamente, cuando siente deseos de deslumbrarse otra vez.

Diccionarios según Berti
Me cuesta entender cómo hiciste un libro que tiene un trabajo enorme, que pone en evidencia una gran erudición y que, a la vez, tiene una escritura tan atrapante.
–Para mí esto último era un propósito, que resultara entretenido de leer, de modo que me alegra que lo digas. 

A la vez, Otras palabras me obligó a cuestionarme conceptos. Por ejemplo que el diccionario no es un libro objetivo, sino que tiene una carga de subjetividad y que los conceptos que aparecen en él están profundamente ligados con la época. Vos das el ejemplo de un diccionario que le otorga a la palabra ocio apenas unas líneas y muchas a la palabra trabajo. Eso ya te dice algo.
–El diccionario no es objetivo porque es una creación humana que está vinculada a una cultura, a una época. Hay un grupo que decide qué palabras son las que van y cómo se definen. Es inevitable que los diccionarios tengan un componente subjetivo, pese a que el propósito es que sean lo menos arbitrarios posible. Además, las lenguas cambian, entonces resulta imposible fijarlas. Si las sociedades cambian, cómo no van a cambiar los diccionarios. Sería algo contradictorio, sería casi utópico pensar que los diccionarios no cambian. Esto no implica que sean inútiles, sino que, como las leyes, también cambian.

–¿Los antidiccionarios cuestionan la supuesta objetividad de los diccionarios?
–Creo que sí. El origen de Otras palabras fue mi pasión y mi gusto por los antidiccionarios, como yo los llamo para generalizar, o por los “otros” diccionarios. El libro se llama Otras palabras, pero se podría llamar "Otros diccionarios" u "Otras formas de hacer y usar los diccionarios". El libro comenzó por mi pasión por esta otra tradición de los diccionarios. Interesarme por esto me llevó inevitablemente a preguntarme si estos otros diccionarios son una alternativa a los diccionarios con D mayúscula. Imposible no preguntarse por los diccionarios oficiales, si uno se va a interesar por los otros. Creo que los antidiccionarios, si bien son muy distintos entre sí, todos desconfían de ciertas ideas que uno puede tener alrededor de los diccionarios. Desconfían de ciertas virtudes que se les asignan a los diccionarios oficiales: no se equivocan nunca, son neutros. Los antidiccionarios sacuden los cimientos de estos conceptos de diversas maneras, muchos de ellos con humor, otros con definiciones más poéticas, con una mirada más absurda, con comentarios al pie. En algunos casos se trata de inventar otras definiciones y, en otros casos se hace de cuenta que se toman las definiciones al pie de la letra pero los que hacen temblar las convicciones son los ejemplos. También se inventan neologismos para mostrar lo arbitrario de una lengua: por qué en algunas culturas hay una palabra para un caballo de tal color, por qué no hay una palabra para una determinada acción. Las variantes son muchas.

Recordé un fragmento de José Pedroni que dice: “me interesaba el diccionario en tres o cuatro palabras”. Se refería a palabras relacionadas con lo sexual. Quizá ya no sea así, pero hace mucho los chicos buscaban en el diccionario un saber sexual. Aunque la solemnidad de los diccionarios parezca lo menos relacionado con el sexo.
–Sí, hay un montón de lecturas “subversivas” que se pueden hacer con los diccionarios, desde buscar palabras sexuales o guarangas, como decíamos cuando éramos chicos, hasta buscar malentendidos o contrasentidos. Además, como cuento en el primer capítulo, hay muchos juegos que se hacen a partir del diccionario. Esto, pese al gran trabajo que hacen las academias con los diccionarios, siempre hay un momento en que muestran sus pies de barro, sus aporías y contradicciones. Hay construcciones imperfectas en todas las obras humanas, entre ellas, la lengua.

–Además, una cosa es el diccionario y otra muy distinta el uso de la lengua.
–Exactamente. El uso es otra cosa. Y ahí entramos en el uso poético literario, en todos los usos que no son el uso práctico de la comunicación.

–En el libro decís que el siglo XIX es el siglo del diccionario y, en consecuencia, de los antidiccionarios porque hay una crisis del lenguaje. ¿Cuál sería esa crisis?
–En que se empieza a dar la conciencia cada vez mayor de lo que luego los lingüistas van a formalizar como la arbitrariedad del signo lingüístico y la arbitrariedad de las lenguas, pero sobre todo la idea de que las palabras no son tanto la imagen de las cosas, sino la imagen nuestra de las cosas, el carácter subjetivo del lenguaje. Esto se da en un momento en que en la Viena de fin de siglo aparecen una serie de escritores y de textos, desde ensayistas como Karl Kraus hasta la Carta de Lord Chandos que reflexionan sobre esto y que incluso instalan esa crisis. A partir de esta crisis se instala de una manera más amplia la desconfianza hacia la palabra.

–Como vos mencionaste antes, los antidiccionarios subvierten la palabra instituida. Me encantó una de las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna que dice que un tornillo es un clavo peinado con raya al medio. Se trata de una desautomatización de la percepción que era el ideal del arte de los formalistas rusos.
–Exactamente, el extrañamiento. No creo que Gómez de la Serna quisiera hacer un diccionario con su suma de Greguerías, pero sí que gran parte de ellas responden de manera muy lúdica a la forma de la definición. Lo que creo que hace y en eso es un maestro, es mirar el mundo como si viera por primera vez, con un gran extrañamiento. Además, tiene un don para las analogías y comparaciones que es increíble. En él se conjugan muchas cosas: el humor surrealista, el extrañamiento de los rusos, la herencia de la poesía española… Y no me extraña encontrar ecos de él en escritores como Cortázar, por ejemplo cuando da consejos para subir una escalera. Ahí hay un extrañamiento pero puesto de una manera más narrativa, menos poética. Lo que tiene Gómez de la Serna es una síntesis increíble. Adoro las Greguerías y siempre vuelvo a ellas. Las llamo «Ramonerías» y me he animado humildemente a escribir algunas. En la reedición que se hizo en España de La vida imposible le agregué al final unas cuantas Ramonerias como si hubiera un mono imitando a Ramón (risas).

–Los diccionarios tienen algo lúdico que en algunas estéticas o movimientos se vuelve sustancial, por ejemplo, en la OULIPO (Talleres de Literatura Potencial, por su sigla en francés). Vos decís en el libro que para escribir una novela como La desaparición de George Perec, en que prescinde de la “e”, que es la letra más frecuente en francés, el diccionario es una herramienta muy útil precisamente porque tiene un potencial.
–Sí, de hecho la primera idea formal inventada por el grupo está íntimamente ligada con un diccionario. Es S+7 que en su versión original S era sustantivo y se trataba de remplazar cada sustantivo de un poema conocido porque esa era la gracia. Se trataba de subrayar todos los sustantivos y de reemplazarlos por el séptimo consecutivo de un diccionario. Es decir que el diccionario estuvo desde el arranque de OULIPO como herramienta, pero usado de una manera que no es la que estaba prevista cuando se hizo el diccionario. El uso de ese diccionario está ligado más bien a la idea de desvío. Lo que me resulta muy interesante es que un diccionario, que supuestamente sirve para fijar. El método está en franco retroceso porque ya casi no hay diccionarios en papel, por lo cual ya no es tan fácil saber cuál es la séptima palabra que viene.

miércoles, 6 de octubre de 2021

Desacomodar los protocolos de escritura y estimular procedimientos alternativos

El pasado 30 de septiembre, Emilia Racciati, publicó en la agencia TELAM la siguiente entrevista con el escritor y traductor Eduardo Berti (foto) . En la bajada se lee: “No hay manera de escapar y El viaje de invierno & sus continuaciones son trabajos que proponen relecturas y prolongaciones de las obras de Boris Vian y Georges Perec a cargo de los autores del taller de literatura potencial Oulipo, que tiene entre su filas al argentino Eduardo Berti, traductor de estos dos títulos que se publican ahora en la Argentina. 

Oulipo, el colectivo creativo que reinventa las ficciones de Georges Perec y Boris Vian 

El lenguaje y la matemática conviven en las formas creativas impulsadas por los integrantes de Oulipo, el ”Taller de Literatura Potencial” creado hace 21 años en Francia, consolidado como un laboratorio lúdico del que se desprenden trabajos como “No hay manera de escapar” y El viaje de invierno & sus continuaciones, relecturas y prolongaciones de las obras de Boris Vian y Georges Perec a cargo de los autores del colectivo que tiene entre su filas al argentino Eduardo Berti, traductor de estos dos títulos que se publican ahora en la Argentina.

Síntesis creativa entre la imaginación de un escritor –Raymond Queneau– y el rigor científico de un matemático -François Le Lionnais-, Oulipo irrumpió en 1960 para desacomodar los protocolos de escritura y estimular procedimientos alternativos en los modos de encarar un relato. Con adeptos tan célebres como Perec –autor de La disparition, un texto en el que no aparece nunca la letra e-, Italo Calvino, Paul Fournel y hasta Marcel Duchamp, el colectivo fue desplegando un repertorio literario basado en “restricciones” formales que paradójicamente alentaban una suerte de “libertad” creativa.

De esa experiencia que sobrevive hasta el presente acaban de llegar al país No hay manera de escapar y El viaje de invierno & sus continuaciones, dos títulos que tienen como traductor al escritor, periodista y editor Eduardo Berti, el único argentino que integra Oulipo desde 2014. “Fueron dos experiencias de traducción muy distintas porque yo también soy autor de varias páginas de No hay manera de escapar, mientras que no participé en la gestación de El viaje de invierno & sus continuaciones, dado que el libro se publicó antes de mi ingreso a Oulipo”, dice a Telam.

No hay manera de escapar es una novela creada en coautoría: el escritor, ingeniero, poeta y dramaturgo francés Boris Vian escribió los primeros cuatro capítulos antes de morir, en 1959, un año antes de que Queneau y Le Lionnais crearan Oulipo. Esos capítulos, más una escueta sinopsis, llegaron a manos del colectivo y los herederos del autor de “La espuma de los días” autorizaron, 60 años después, la continuación y publicación de la historia.

Sobre el trabajo de traducción del título editado por Caja NegraBerti explica que tuvo tres distancias diferentes con el texto: “Primero traduje los cuatro capítulos iniciales (los que escribió Vian y son el punto de partida de la novela) como si fuesen 'ajenos'. En la etapa siguiente, fui pasando de una 'segunda distancia' (textos escritos por los demás oulipianos, en los que intervine en la etapa de 'edición') a una 'tercera distancia': la de las páginas o frases propias. O sea, una autotraducción”.

La historia en la que un hombre regresa a su ciudad después de la guerra y se encuentra con los asesinatos de sus exnovias va construyendo, en sus 16 capítulos, un policial que enfrentó a Berti con los dilemas de la traducción de un texto en el que también pasaba sus palabras de un idioma a otro.

“Jacques Jouet escribió un 'centón' a partir de la obra de Vian: un texto hecho con frases que él sacó de distintos libros de Vian, una especie de collage. Por otro lado, yo escribí otro “capítulo-centón”, pero a partir de mis propios libros en su traducción al francés: un collage con las traducciones que hizo Jean-Marie Saint-Lu de mis novelas y mis cuentos. Algunas partes de mi centón sobrevivieron. Así que, cuando me puse a traducir 'No hay manera de escapar', me vi en una disyuntiva: usar la versión original en castellano de estas frases o no. Opté por olvidarme de la versión original (hasta donde me era posible, claro) y traducir lo que 'sonaba' mejor en el marco de la novela”, detalla.

En el caso de El viaje de invierno & sus continuaciones (Eterna Cadencia), la obra retomada y continuada pertenece a Perec (París, 1936-1982), quien publicó en 1979 un relato breve sobre la fascinación de un profesor de literatura llamado Vicent Degrael por un libro que llevaba como título, justamente, “El viaje de invierno”. El autor de ese libro, escribía Perec, era Hugo Vernier y había sido plagiado por casi todos los poetas del siglo XIX.

Uno de los integrantes de Oulipo, Jacques Roubaud, decidió escribir un cuento a partir de ese relato a modo de homenaje cuando se cumplieron diez años de la muerte de Perec. Ese cuento es el primero de esta serie de continuaciones de ese relato del autor de La vida instrucciones de uso.

Otro de los integrantes del colectivo que escribió uno de los relatos que dan continuidad a la historia es Daniel Levin Becker, cuyo texto es “El viaje oscuro”.

“Fue muy interesante leer muy de cerca, mientras lo traducía, un texto que no estaba constreñido en sí mismo, pero que daba una visión bastante íntima (por no decir totalmente transparente) del funcionamiento interno de una mente que adoptó voluntariamente unas restricciones absolutamente disparatadas. Me atrevería a decir que este trabajo también me permitió apreciar la importancia del inconsciente, o algo parecido, en la escritura restringida (y en la escritura en general)”, dice el oulipiano sobre el relato en el que trabaja el vínculo entre los sueños y la literatura y cómo esa suerte de alianza permite reflexionar sobre las bifurcaciones que atraviesan un proceso creativo y plantearse la pregunta por la originalidad.

Valérie Beaudouin es otra de las autoras que da continuidad a esa obra de Perec pero lo hace con seudónimo: “Mi presencia en El viaje de invierno y sus continuaciones es fantasmática. Una encarnación póstuma de Hugo Vernier”, define en diálogo con esta agencia.

El texto firmado por Vernier, el autor creado por el narrador francés, lleva como título El viaje infernal por lo que se puede inferir que se trata del creado por Beaudouin, docente y escritora francesa.

“Estudié la estructura narrativa de esa colección de novelas cortas, que es como un laberinto con incursiones y bifurcaciones. Es una obra abierta sin la estructura enmarcada de un libro como 'Si una noche de invierno un viajero', de Italo Calvino. En su novela, Calvino inserta los relatos dentro de una meta-novela o relato-marco que cuenta la historia de amor entre el lector y la lectora y la búsqueda del libro. En el viaje, no tenemos esa novela-marco que explícita los vínculos entres la diferentes novelas. El lector establece por si mismo la red de vínculos entre los diferentes episodios”, grafica la autora.

Pero, ¿cómo retomar los universos de estos autores como Vian y Perec desde la perspectiva oulipiana? Para Berti, se trata de dos casos diferentes. “Perec es unos de los miembros más resonantes de Oulipo: ingresó en 1967, formó parte de la 'segunda generación' con Jacques Roubaud, Marcel Bénabou o Paul Fournel (quienes ingresaron entre 1966 y 1971) y su aporte al grupo fue sumamente valioso. En cierto aspecto, él parece haber hecho una 'tentativa de agotamiento' de Oulipo, ya que (además de las restricciones que aportó) retomó todas o casi todas las ideas existentes, las exploró, les buscó nuevas aristas, experimentó combinaciones, etc”.

Mientras que “el caso de Vian es muy distinto porque murió en 1959, quince meses antes de que en noviembre de 1960 se fundara Oulipo. Es casi seguro que Vian habría sido miembro de Oulipo. Cuesta pensar lo contrario. Y, por cierto, cinco oulipianos como Raymond Queneau, Jacques Bens, Noël Arnaud, Jacques Duchateau y Paul Braffort fueron amigos suyos y grandes defensores de su obra”, apunta.

Al argentino radicado en Francia le cuesta un poco más imaginar qué le habría aportado Vian al grupo y, en contrapartida, de qué forma Oulipo podría haber influido en su trabajo.

“Una pista interesante puede estar en cuando él inventaba 'falsos autores norteamericanos' como Vernon Sullivan. Y en el hecho, muy oulipiano, de que primero Vian publicó 'Escupiré sobre vuestra tumba' como si él fuera el traductor al francés de una novela escrita por un estadounidense y, años más tarde (cuando la verdad salió la luz), llegó traducir al inglés el texto de la novela para producir de este modo una 'falsa versión original'. Estos juegos (que ponen en duda las nociones habituales de autoría, algo muy típico de ciertas obras oulipianas) nos inspiraron mucho cuando completamos y terminamos la novela inconclusa de Vian. Por cierto, nuestro libro trae una serie de notas al pie que aluden a la supuesto 'versión original' en inglés o que incluso, por momentos, la citan textualmente”, explica Berti.

sábado, 2 de marzo de 2013

Una encuesta para traductores (24)

En la anteúltima entrega de esta encuesta, una traductora irlandesa y un traductor argentino.

Lorna Shaughnessy
Aunque nacida en Belfast (Irlanda del Norte), vive en County Galway (República de Irlanda), donde enseña en la universidad local. Como poeta ha publicado Torching the Brown River (2008) y Witness Trees (2011). Como traductora, ha publicado fundamentalmente poesía; entre otros autores, Pura López Colomé, María Baranda, Manuel Rivas, Chus Pato, etc.

1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura?  ¿En qué se diferencian? 
Evidentemente la traducción literaria (y sobre todo la de poesía) exige no sólo conocimientos lingüísticos muy desarrollados, sino también una sensibilidad literaria muy desarrollada, y la misma amplitud de formación como lector en la literatura de ambos idiomas de la que necesita cualquier escritor. También son importantes los elementos lúdicos y de riesgo. Como cualquier escritor, el traductor tiene que saber ‘jugar’ con las palabras, y también arriesgarse para sacar resultados.
 ¿En qué se diferencian?  La traductora no tiene la misma angustia de empezar enfrentada a la página blanca, pero, por la misma razón, tampoco tiene tanta libertad, y tiene que trabajar dentro de esquemas y estructuras ya definidas por la autora. Hay que ser contorsionista a veces, y saber hacer malabarismos. A pesar de no empezar con la página blanca, yo diría que la traductora se arriesga más aún que la escritora. 

 2) ¿Debe ocultarse o notarse el hecho de que un texto sea traducción de un original? 
No me han resultado conceptos útiles a la hora de decidir estrategias par traducir. Como todas las prescripciones son excesivamente absolutas. Para algunas cosas habrá que ser invisible, para otras (quizá para aprovechar una posible compensación en el idioma de destino) más visible. En mi experiencia  la mayoría de los escritores no quiere que su obra sea traducida de una manera foreignising.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción? 
No. El momento en que ocurra, la traducción se convierte en versión. Para mí son dos cosas diferentes. Me encantan las traducciones que Paul Muldoon hizo de Nuala Ni Dhomnaill, por ejemplo, pero se han convertido en versiones de poemas de ella "en el estilo de’" Muldoon.

Eduardo Berti
Nacido en Buenos Aires, en 1964, ha publicado los libros de cuentos Los pájaros (1994, Premio-beca de la Revista Cultura) , La vida imposible (2002, Premio Libralire) y Lo inolvidable (2010), los aforismos y mini-prosas de Los pequeños espejos (2007) y las novelas Agua (1997), La mujer de Wakefield (1999, finalista del Premio Fémina), Todos los Funes (2005, finalista del Premio Herralde), La sombra del púgil (2008) y El país imaginado (2011/12), Premio Emecé 2011 y Premio Las Américas 2012. Como antólogo ha editado Nouvelles, antología del nuevo cuento francés (2006), Galaxia Borges (2007, en coautoría con Edgardo Cozarinsky) , Galaxia Flaubert (2008) , Los cuentros más breves del mundo, de Esopo a Kafka (2009), Fantasmas (2009) e Historias encontradas (2010), entre otros. Es director literario de la editorial La Compañía. Ha traducido los cuadernos de apuntes de Nathaniel Hawthorne, los Cuentos glaciales de Jacques Sternberg, el ensayo Novelas y novelistas de Harold Bloom, las Memorias de Joseph Grimaldi de Charles Dickens, Con Borges de Alberto Manguel y diversas novelas como Lady Susan, de Jane Austen, La muerte del corazón, de Elizabeth Bowen, o Gabrielle de Bergerac, de Henry James.


1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?
 La traducción es escritura. No se puede traducir sin tener dotes de escritor. Pero hay ciertas dotes necesarias para escribir que el traductor no usa: son las que atañen a la invención “desde cero”o “totalmente libre” (entre comillas, claro) de un  texto. La escritura “de escritor”, desde ese punto de vista, es creación. La escritura “de traductor”, desde ese punto de vista, tiene más de re-creación: escritura propia a partir de una escritura ajena. Aunque el símil no sea totalmente exacto, suelo comparar a la escritura con la tarea creativa de los compositores musicales y la traducción con la tarea creativa de los intérpretes. De hecho, a veces me pasa que me siento frente al teclado, abro el libro que estoy traduciendo como si fuera una especie de partitura y me digo: “Bueno, toquemos un poco de Flaubert esta mañana…”.

2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original?
 Resulta vano e imposible ocultar que un texto es una traducción. Y no veo la conveniencia ni la razón para hacerlo. En contrapartida, me molesta (como lector) cuando una traducción está saturada de “contaminaciones” de la lengua original: galicismos, anglicismos, etcétera. O sea, cuando se transparentan demasiado el texto y la lengua original y no hay verdadera recreación. En cambio, lo admito, no me disgusta cuando hay leves “marcas”, ligeras pistas, que no ocultan las huellas y los sabores originales… Lo ideal, a mi juicio, es un difícil término medio. Es decir, no caer tampoco en una “estandarización” del estilo personal del autor en nombre del supuesto ideal de que “no se note” que es una traducción.

3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?
 ¡No! Yo prefiero, de hecho, que el traductor sea lo más invisible posible. La reina es la traducción. Es, en el fondo, como en los partidos de fútbol: cuánto menos visible es el árbitro, menos conflictivo es el arbitraje y mejor se nos hace el partido. Ya sabemos, claro, que hay árbitros “sacapartidos” que tratan de pasar inadvertidos a cualquier precio… Pero no hablo de eso. Hablo de una buena y concienzuda tarea que, en consecuencia, se haga poco y nada visible.