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martes, 3 de diciembre de 2019

Ángela Pradelli premiada por la Asociación de Escritores Chinos

El pasado 17 de septiembre, Mónica López Ocón firmó la siguiente nota, a propósito de un premio otorgado en China a la novelista y poeta argentina Ángela Pradelli, en el diario Tiempo Argentino. En su bajada se lee: “Ganó el premio otorgado por la editorial People´s Literature Press al Mejor libro en español publicado en 2018 que otorga la Asociación de Escritores Chinos en Shangai por  La violenta respiración del mundo que habla de los niños apropiados durante la última dictadura militar argentina y en la que aparece Rodolfo Walsh como personaje”

Angela Pradelli, una escritor argentina
galardonada en China

Como todos los días, una mañana del mes de septiembre la escritora Ángela Pradelli, autora, entre muchos otros libros, de La respiración violenta del mundo, abrió su correo electrónico. Pero esa mañana no fue como todas: un mail le anunciaba que La respiración violenta del mundo (Emecé), había ganado el premio a la mejor novela publicada en español en 2018. El premio consistía nada menos en la traducción de ese libro al chino y la difusión en el mercado chino de la autora y de su obra. Las obras obras ganadoras en cada idioma –le informaban- competirían por el Premio Taofen al mejor libro extranjero.   

“El premio –le dice Pradelli a Tiempo Argentino- lo otorga una editorial muy popular en China, People´s Literature Press Anteriormente yo había ganado una beca de la Asociación de Escritores chinos en Shangai. Era una beca muy buena para pasar dos meses en ese país con un dinero que no era poco para vivir allí durante ese período. A diferencia de otras becas similares, no había que mandar un proyecto de escritura, sino postularse y enviar los antecedentes y fragmentos de textos.  De hecho no te piden que des cuenta de lo que escribiste.  Yo estaba tan fascinada con China que no pude escribir. Me levantaba por la mañana, armaba una mochila con algo para comer y beber y volvía por la noche. Allí me enteré de que la editorial que hoy me premia era “la” editorial China. Mientras estuve allí, un escritor cordobés que vive en China desde hace tiempo, Guillermo Bravo, me dijo que sería muy bueno que yo pudiera publicar en esa editorial, cosa que resultaba muy difícil. Lo que me decía no era más que una expresión de deseo. Yo no tengo representante ni agente literario y eso hace más difícil aún intentar cualquier contacto, sobre todo con una editorial de un país tan lejano. Alguien me había dicho alguna vez que si uno no tiene representante o agente, las editoriales de otros países ni siquiera contemplan la publicación, porque las editoriales extranjeras prefieren dialogar con los agentes y no con los escritores porque estos no saben cómo se negocia la publicación de una novela, de modo que eso no pasó de ser un diálogo. Hacía un tiempo me había llamado una persona del Grupo Planeta, más precisamente del sello Emecé de México, Gabriel Nieto, que se encarga de hacer conexiones con el exterior, para preguntarme si yo estaría de acuerdo con que él muestre a otros países la novela para ver si es posible una traducción. Por supuesto, acepté.  Me dijo, además, que mi novela había gustado mucho en China. Esto fue en marzo o abril y no volví a tener ninguna noticia. Pensé que era una de las tantas cosas que se encienden y luego se apagan. Luego, hace unos días, me escribió felicitándome por haber ganado el premio para ser traducida en China. Como fue la beca, este es un premio que se gana sin concursar porque el mecanismo de elección es otro, se contemplan una cantidad de obras de un autor y se decide en consecuencia. La novela saldrá traducida al chino entre abril y mayo del 2020. Me sorprendió mucho porque es una novela tan argentina desde lo político que no pensé que pudiera interesarles. Es, en realidad, una novela muy latinoamericana porque la Argentina no fue el único país de América latina en que tuvo lugar el Plan Cóndor.

En la edición del 28 abril de 2018, luego de publicada la novela, en una entrevista con la autora que había vuelto de su beca en China, Tiempo Argentino informaba: “En la valija con la que viajó a China Ángela llevaba para corregir lo que ella había hecho con su propio dolor argentino: la novela La respiración violenta del mundo, publicada por Emecé, que escribió en dos meses y pulió durante mucho tiempo. En ella narra la historia de Emilia, que a los cinco años, luego de permanecer un breve tiempo en un hogar infantil tras el secuestro de su madre a manos de los militares de la dictadura, es apropiada por un matrimonio que cambia su identidad. Su abuela Lina la busca de manera incansable.” Y Pradelli acotaba: “Aunque la novela no tiene marcas de contexto ni remite a personajes reales, hay una excepción, el personaje de Don Beto es Rodolfo Walsh. Yo tomo el período en que vive en San Vicente, a donde llega los últimos días del '76. Allí termina de escribir la Carta a la Junta. Para sus vecinos él es Norberto Freyre, un profesor de inglés jubilado al que le gusta escribir, los trabajos de huerta y jardín, y que de vez en cuando viaja a Buenos Aires, para lo cual va caminando a la estación de San Vicente”.

Se entiende así que el premio le resulte a la autora doblemente sorprendente por el tema que aborda. “Además de lo que significa este premio a nivel personal –afirma Pradelli- me gusta que esta realidad tan oscura de la Argentina, la de la apropiación de niños durante la dictadura se conozca en un lugar tan lejano. En Europa es muy conocida, pero cuando yo estuve en China el tema no se conocía mucho. Yo me había llevado la novela para corregirla y me reunía con muchos escritores y pude comprobar que era un aspecto de la Argentina que no se conocía. Me alegra poder contribuir a que esa realidad se difunda. Durante la beca se tradujeron algunos textos breves al chino. Ver lo que escribí traducido a ese idioma es una rareza e imagino que ver mi novela traducida a esa lengua me va resultar aún más rara.” 

El interés chino por la literatura argentina nació en 1949 con la traducción de Jorge Luis Borges. Su incursión en ese país fue la apertura  para la publicación de muchos otros escritores, desde Julio Cortázar a autores mucho más jóvenes, desde Ricardo Piglia a Guillermo Martínez o Samanta Schweblin. 

Nacida en 1959, Ángela Pradelli es profesora en Letras y ejerce la docencia con una vocación inclaudicable. Ha recibido numerosos galardones entre los que se cuentan el Premio Clarín, el Premio Municipal de Novela y Ensayo y el premio al Mejor Libro de Educación 2010/2011. 

Es autora de Las cosas ocultas  (1995),  Amigos míos  (2002), Turdera  (2003), El lugar del padre (2004), Libro de Lectura  (2004),  Libro de Lectura  (2006), Combi  (2008), Un día entero  (2008), En mi nombre. Historias de identidades restituidas (2014) y El sol detrás del limonero  (2016). Ha sido traducida al alemán, al inglés, al italiano y a francés. Ahora, una de sus novelas que habla del período más oscuro y violento de la historia argentina será traducida al chino.

miércoles, 20 de julio de 2011

Soretes mal cagados, no sean pelotudos y hablen bien, que no cuesta un carajo y trae un beneficio de la san puta.

Pablo Calvo publicó el siguiente artículo el domingo 17 de julio pasado en el diario Clarín. Aquí se recogen las opiniones de la escritora y docente Ángela Pradelli, la señora Ivonne Bordelois y Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras, a propósito de la exacerbada costumbre argentina de putear y carajear. Al que le moleste que este blog aborde  la cuestión, se puede ir a la mierda en bote.  

Maestros del idioma
preocupados por la andanada
de insultos y palabrotas

No hay ni un solo insulto en Medianoche en París. El protagonista, un escritor frustrado, es recogido en un taxi antiguo que lo lleva al pasado, donde la vida es una fiesta. Se encuentra allí con Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Pablo Picasso y Salvador Dalí, cultores de la belleza de las palabras, las formas y los colores. Woody Allen está detrás de las cámaras de esa ficción.

Los protagonistas cruzan diálogos en inglés, francés y español, pero ninguno acude al desborde.

Hasta anoche, la película tuvo, en la Argentina, 250 mil espectadores. El video del Tano Pasman, en cambio, fue visto por cuatro millones de personas. Filmado en su intimidad, este hincha de River putea, carajea y manda a todo tipo de lugares a jugadores, dirigentes, rivales y hasta a sus propios padres. Sus palabras se ensombrecen también de racismo.

¿Por qué la violencia verbal produjo esa atracción? ¿Qué es lo que sucede con el lenguaje de la sociedad? ¿Cuál es el motivo por el cual un cantor que vive de las palabras elige de las peores para expresarse? ¿Por qué vuelan por el aire tantas expresiones envenenadas? “Las palabras circulan y hay mucha gente que puede sentirse ofendida y mucha gente que tendrá que reflexionar hasta qué punto sus palabras ofenden.

Las palabras también pueden ser una herida”, advierte la escritora Ángela Pradelli, autora del libro La búsqueda del lenguaje.

Experiencias de transmisión.
Ella es una trabajadora de las palabras y todo lo que sabe lo reparte como porciones de pizza entre sus alumnos secundarios. Hay veces que la tabla le vuelve vacía, y ella se preocupa: “En la escuela, hay muchos enunciados que discriminan al otro y estoy hablando de los docentes y los pibes también. Cuando uno plantea esa cuestión como algo a resolver –porque el lenguaje con el que vos hablás también habla de vos–, no lo entienden”.

“El presente es un tiempo donde están todos los tiempos, el pasado y el futuro. Si no reflexionamos hoy sobre el nivel de agresión que sobrevuela, los insultos, el griterío exacerbado del hincha y la reproducción de eso que hacen los medios, podemos quedar atrapados en un pantano”, se despide Pradelli, por teléfono, antes de entrar a ver la película de Woody Allen, que juega con el buen decir y el viaje a través del tiempo.

En este presente, vuelan palabras con el filo de las dagas. Maradona que pide que se la chupen; Fito Páez que siente “asco” por los que piensan distinto; Luis D´Elía que odia “a los blancos” y vincula a los “paisanos” con la corrupción; Hebe de Bonafini que llama “hijos de puta” a bolivianos y “turros” a los ministros de la Corte Suprema; Chiche Gelblung que califica como “sorete humano e intelectual” al filósofo José Pablo Feinmann; las vedettes que se bombardean; panelistas y bailarines que se menosprecian por la condición sexual.

“La televisión ha puesto el insulto de moda. Es una gran cloaca, muy degradante, me da la impresión de que estamos tocando fondo”, señala Ivonne Bordelois, poeta, ensayista y lingüista de 24 quilates.

Estudió en La Sorbona y escribió en la mítica revista Sur, pero hace zapping como cualquiera. Es así como vio al Tano Pasman y analizó sus puteadas: “La blasfemia tiene más eficacia en un contexto más llano. Cuando el insulto se generaliza hasta ese punto, se pierde la noción de contraste y lo que se consigue es desfondarlo de eficacia. En catarata, la respiración se vuelve imposible, pero no son puteadas bien puestas”.

“Es cierto –admite ahora– que hay innovaciones: de pronto, este señor famoso dice “la puta que me parió”, yo nunca había oído el insulto a la propia madre. Y me llamó la atención “la concha de tu hermana” repetido varias veces, no sé por qué se apunta a la hermana, cuando el objetivo siempre era la mujer o la madre”.

Madame Ivonne –como la llamarían en la película que nos acompaña en esta nota– considera que el debate político centrado en el asco que siente Fito Páez “es terrible, porque, con tanto griterío, parece un corral de ratas”.

“El que insulta tendría que ver primero desde dónde lo hace. Se dice ‘esto es un asco porque es ineficiente y corrupto’, pero también otros pueden pensar que el que lo dice también representa algo que es ineficiente y corrupto”, agrega.

A Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras, le brotaron cinco mil palabras bajo el título El tobogán de la guasada.

Aquí las ideas principales: “El poeta latino Juvenal decía: ‘La indignación genera versos’, y él, caliente por los sucesos coetáneos, componía notables sátiras. Dicho de otro modo: en el creativo, la irritación genera obra personal y valiosa; en el mediocre, en el vulgar, engendra insultos, descalificaciones groseras y puteadas.” “Los insultos se suceden concatenados y en trenza.

Los medios ejercen docencia: si un DT cae en la brutal grosería de difusión mundial, deja su marca, y otros se van sintiendo habilitados a ensayar su brulote. Vergüenza, por nuestra opuesta realidad, me dio que la hermana Academia de Letras del Uruguay, le diera una distinción al maestro Tabárez por su gobernado e impecable decir”.

“La crispación se transmite, como corriente eléctrica, y más cuando se habla por micrófono encadenado. La reiteración de lo chabacano, si no hemos sido educados en pensamiento crítico para ponerle coto, genera habitud e imitación. Un refrán final: ‘Tanto anda uno con la miel, que algo se le pega’. lo que no dice el refrán es que lo mismo pasa con la brea”.

domingo, 7 de noviembre de 2010

"Las palabras que se dicen sobre la tierra tienen más certeza que las que se dicen sobre el agua."

La escritora argentina Ángela Pradelli (foto) publicó un texto en la revista Ñ del sábado 6 de noviembre lque, por su posible pertinencia, le fue pedido. Ella ofreció lo que aquí se publica: una versión más larga, que apareció por primera vez en el diario de Friburgo.

Las lenguas en Suiza

Sábado 25 de septiembre. Salgo temprano para la estación de Ginebra para tomar el tren de las 6.14hs. Quiero ir al Ticino, a la tierra de Alfonsina Storni, una poeta que nació aquí, pero que los argentinos consideramos tan nuestra que su nombre aparece en los libros de historia de la literatura argentina de las escuelas secundarias. Cuando el tren arranca todo el pasaje habla en francés. Los guardas me piden el ticket en francés, y los mozos del coche comedor me cobran también en francés. En una de las estaciones siguientes, cuyo nombre no retuve, suben varios soldados, son muchos, tantos que ocupan todos los asientos.  Todos los soldados hablan en alemán y se los ve contentos, seguro que porque irán a pasar el fin de semana a sus hogares y verán a sus amigos. El guardia, que vuelve a pasar, me pide el ticket en alemán esta vez. De repente me doy cuenta que el “tren francés” en el que yo había subido en Ginebra se convirtió en un “tren alemán” y me conmueve cómo, en el pasaje de una lengua a otra, cambian también los paisajes y la atmósfera.

Apenas unas estaciones más adelante sube un señor con su pequeño hijo. El señor tendrá casi cuarenta, me imagino. Se sienta a mi lado y escucho que habla español con su hijo.

–De qué país es? –le pregunto.

El señor me contesta que es ecuatoriano y empezamos a conversar. Me cuenta su historia de cómo llegó a Suiza desde Ecuador siguiendo a la mujer suiza de quien se había enamorado. Él trabajaba entonces en un barco en las islas Galápagos, un crucero que llevaba turistas de todas partes del mundo. Un día la muchacha suiza subió al barco y se enamoró de él. Él trabajaba como instructor de buceo y ella tomó una clase y fue en ese momento, mientras le enseñaba a bucear, que él también se enamoró de ella. Ella quería casarse en el barco, que los uniera para siempre el capitán del crucero. Él no.

–Por qué –le pregunto.
–Porque las palabras que se dicen sobre la tierra tienen más certeza que las que se dicen sobre el agua –me contesta.

Me quedo pensando en esta idea. Nunca se me había ocurrido que la certeza de las palabras dependiera, al menos en parte, del lugar en el que se produce la enunciación. Es una idea interesante. La forma en que los escenarios inciden sobre lo que decimos. En cierta manera, es casi lo contrario a lo que pensé unas estaciones atrás con el pasaje del francés al alemán. El ecuatoriano no es lingüista y su trabajo no tiene que ver con las palabras, sin embargo tiene pensamientos interesantes respecto al lenguaje, como si la reflexión sobre la lengua fuera para él algo cercano. Me dice que de todas las cosas importantes de la vida, las palabras son las más misteriosas.  

–Es así, mi señora –me dice finalmente mientras mira a su hijo.

El niño, que es muy sonriente, ha permanecido callado durante el viaje, sólo ha pronunciado algunos pocos monosílabos. Le pregunto si el niño habla en español. El ecuatoriano se pone serio. Me dice que el chico está retrasándose en el habla. Que tiene casi cuatro años y todavía le cuesta largarse a hablar.

–Y qué dice el médico? –le pregunto
–Que está cargando –me contesta.
–Cargando?
–Sí, el niño crece escuchando el francés, el italiano, el español y el alemán. Su doctor me lo ha dicho así, que en su cabeza están entrando varias lenguas, eso no es difícil me ha dicho el doctor. Se pueden oír varias lenguas sin que eso sea ningún problema.

–Y entonces? –le pregunto.
–Es que hablar es otra cosa, una cuestión muy diferente.
–Por qué? –le pregunto
–Porque hablar es una decisión –me dice.

Y enseguida agrega que el doctor le ha dicho que en la cabeza de su pequeño hijo se están creando distintos universos por las diferentes lenguas que el niño oye. Entonces recuerdo que en uno de sus poemas el escritor George Berger afirma que el lenguaje es la primera hoja de nuestra columna, y pienso entonces que son las palabras  las que nos ponen de pie y nos echan a andar y que la lengua resulta decisiva en nuestras vidas porque todos nuestros pasos, para aquí o para allá, son unos u otros según sean unas u otras las palabras que pronunciamos o según sean unas u otras las palabras que  preservamos en los silencios. Por el lenguaje elaboramos complejísimas situaciones aún cuando estemos hundidos en el peor de los desasosiegos. La lengua nos permite salir de las experiencias más perturbadoras. Las palabras nos ayudan a abordar el inmenso enigma que es el yo, y también nos ayudan a acercarnos, aunque sea acercarnos, al misterio que siempre es el otro. El habla es un acto que debería conmovernos cada vez que se concreta.
 
De pronto el tren se detiene.

–Acá bajamos nosotros –me dice él y nos despedimos.
 –Dónde estamos? –pregunto.
 –En Sólo tú –me contesta.

Busco el cartel en el andén. Solothurn, leo y pienso en el peso de los acentos, que los acentos pueden transformar un nombre un poco seca hasta hacerlo sonar como un bolero mejicano.

–Que tenga una buena vida, mi señora –me dice el ecuatoriano.

Yo saludo al niño. El pequeño me mira. Adiós, le digo. Bye bye. On voi, arrivederci. Que estés muy bien.

El niño me mira, intenta decirme algo. Respira hondo como si fuese a largar unas palabras de su interior.  Me pregunto en qué idioma me saludará. Me pregunto también, siguiendo la idea de su padre acerca de las palabras pronunciadas sobre la tierra o el mar, cómo son las palabras que se pronuncian en movimiento, sobre el tren en el que estamos, por ejemplo. El tren se detiene, finalmente el niño me sonríe pero decide no decir nada. Levanta su pequeña mano en un gesto de saludo, y se lleva consigo para siempre todas las palabras de nuestra despedida.

Apenas me quedo sola, sin la compañía de mis amigos de viaje, me doy cuenta de que ya no estamos en un “tren alemán”, los soldados se fueron bajando en las distintas estaciones y quedan solo dos. Ahora se oyen risas, fuerte también, carcajadas y gritos. Dos matrimonios sentados en los asientos frente a mí destapan una botella de vino y llenan las copas. Auguri, dicen, y se ríen y festejan y vuelven a servirse vino. Uno de ellos empieza a cantar y los otros lo siguen. Es que ahora el tren ha pasado a ser  un  “tren italiano”. Per favore signora, me dice el mismo guarda que me lo había pedido primero en francés y luego en alemán.

El poeta Ernesto Cardenal, afirma que “Cuando una lengua desaparece, no son sólo palabras  las que se pierden. Cuando se muere una lengua, es una visión del mundo lo que desaparece”. Me gusta pensar entonces en la visión del mundo de alguien que nació en Suiza, un país que como, un aleph, congrega diferentes lenguas y todas simultáneas.

Cuando llego al Bellinzona recorro el mercado callejero, y atravieso un escenario lleno de colores, me deleito con  el perfume del romero y reaparece en mí, una vez más una música de infancia que mi abuela italiana dejó anidando en mis oídos para siempre. Y vuelve esta historia que les cuento ahora y que tiene que ver también con el pasaje de las lenguas. Muchas veces los lectores me preguntan por qué escribo, suelen preguntar de dónde me viene la escritura, cuándo empecé.

Es que nosotros pasábamos los veranos en Río Negro, en la casa de mis abuelos y los domingos íbamos al río con mi abuela.  Mi abuelo nunca quería ir y sólo algunas días, pero recién cuando la tarde estaba por terminar y  el sol ya casi se había puesto detrás de las sierras, él bajaba a buscarnos. Ni bien llegaba, se sentaba sobre el tronco de algún árbol pero no aguantaba mucho ahí quieto y enseguida quería que volviéramos todos juntos a la casa. En cambio mi abuela siempre quería quedarse en el río un poco más. Le gustaba estar ahí y escuchar el rumor que el viento formaba en el agua o entre las ramas más altas de los álamos. Apenas  llegábamos, mi abuela se descalzaba, anudaba el ruedo del vestido por encima de las rodillas y se metía en el río. Tenía la piel muy blanca y a mí me gustaba acariciarle la humedad de los brazos desnudos. Cada tanto, formando un cuenco con las manos, juntaba agua y se mojaba la cabeza.  Las gotas de agua dulce se deslizaban por la piel blanca y lisa de la cara y se perdían en el cuello.  Se quedaba casi toda la tarde metida en el río, con el agua por encima de la rodilla y no le importaba volverse a casa con el vestido tan mojado que se le pegaba a las piernas. Casi siempre por las noches, cuando ya todos dormían, yo cruzaba el pasillo ancho que llevaba a los cuartos y entraba a la habitación de mi abuela. El pasillo estaba oscuro pero yo caminaba segura, guiada por la luz que se filtraba por debajo de la puerta de su cuarto. Mi abuela dormía tan poco que a veces  cuando amanecía, ella estaba todavía despierta, pero nunca la oí quejarse por eso. En verano dejaba la ventana abierta toda la noche y a veces, cuando entraba a su cuarto, la encontraba con los brazos apoyados sobre el marco oscuro de madera barnizada. Usaba una enagua de breteles finitos que, en las noches calurosas, a causa de la transpiración, se le adhería a los pechos y al vientre.

–¿Qué pasa? –me preguntaba cuando yo abría la puerta.

Otras veces la encontraba sentada sobre la cama. Era una cama tan alta que las piernas le quedaban colgando y ella hacía un balanceo casi imperceptible con los pies.  Mi abuelo dormía de espaldas, abrazado a la almohada, mientras ella revolvía una caja de zapatos llena de papeles, escritos casi todos en italiano. Cartas que ella desdoblaba y me leía en ese susurro espeso en el que hablábamos para no despertar a mi abuelo. Tarjetas. Fotos que tenían una dedicatoria al dorso. Estampitas de comunión de sus parientes en Italia. Ella me leía y hacía crecer un murmullo en ese calor pesado del cuarto. Después volvía a guardar todo en la caja y la escondía abajo del ropero.

–El abuelo no sabe, eh –me decía.
           
Y aunque nunca terminé de conocer del todo esos secretos, yo los guardé para siempre. Y a veces cuando escribo me parece que es eso lo que vuelve. El susurro de un idioma que entiendo a medias dentro de un cuarto caluroso; apenas un puñado de palabras para contar lo que está oculto. Voces de gente que no conozco, y que hablan ahí, encerrados en una caja de zapatos escondida debajo del ropero. Y una luz que algunas noches se filtra por debajo de la puerta y alcanza para alumbrar la oscuridad mientras camino.