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martes, 25 de agosto de 2026

"Siento que la gente ama odiar la traducción"


Publicada en ADN 's Substack, la siguiente entrevista de Omar Guerrero con la traductora estadounidense Megan McDowell fue publicada el pasado 12 de agosto.

"Soy una mediadora muy pequeña en toda esta máquina de publicar libros"

Una de las invitadas internacionales de la 30° Feria del Libro de Lima #FilLima2026 fue la traductora literaria Megan McDowell (Kentucky, Estados Unidos, 1978), quien se ha especializado en traducir a varios escritores latinoamericanos contemporáneos para el mercado anglosajón. Ha trabajado con la obra de Mariana Enriquez, Alejandro Zambra, Brenda Navarro y muchos más. En 2022 ganó el National Book Award por la traducción del libro de cuentos Siete casas vacías, de Samanta Schweblin, por lo que ambas, autora y traductora, subieron al estrado para recibir tan importante galardón. Aprovechamos su visita a nuestro país para conversar sobre su trabajo.

La traducción literaria es mucho más que la reescritura de un libro a otro idioma. Involucra lecturas, interpretación, estilo, ritmo; además de la comunicación constante con el autor. ¿Cómo es el método de trabajo de Megan McDowell una vez que asume la labor de traducción y qué elementos o recursos son prioritarios al momento de desarrollarla?
Primero leo el libro, que suena obvio, pero no lo es. Luego hago un borrador, que es un borrador automático. Sucede que no hago investigaciones, sino que opto por este borrador donde empiezo a trabajarlo. En ese momento me pongo a leer otros libros que siento que tienen algo en común con el libro que voy a trabajar. O hay otros libros que están mencionados en el libro que voy a traducir. Por ejemplo, ahora estoy traduciendo Noche negra de Pilar Quintana, que trata de una pareja que se va a la selva a construir su casa y viven aislados en la naturaleza. Para eso estoy leyendo Éste es el mar, por ejemplo, que hace referencia a dos libros más: La caída de la casa Usher y Northanger Abbey, que están ahí por alguna razón. También estoy leyendo El corazón de las tinieblas porque todos estos libros están en conversación. Después de trabajar esa segunda versión, recién ahí empiezo a hablarle al escritor, a hacerle preguntas sobre cosas que quizás no entiendo o que quiero entender mejor. Y ahí es donde a mí me resulta importante tener esa relación de confianza con el escritor porque muchas veces mis preguntas son para saber si estoy en lo correcto, o quiero saber qué es lo que el escritor estaba pensando cuando lo escribió para hacerme una idea de todo el proyecto, de todo lo que tenía en mente al momento de escribir. Yo sé que es un lujo poder preguntar eso. Luego viene otra etapa. Entrego el libro, lo lee el editor, me lo devuelve con más preguntas. Y así. Esa es la última lectura. Leo el libro viendo cómo lo leyó una persona en inglés que no tiene el español en su cabeza. Y eso también es un momento muy clave para mí. Ahí lo considero terminado.

¿Tienes libertad de escoger el libro que deseas traducir o estas decisiones siempre provienen de la editorial?
Tengo ciertos escritores con los que siempre trabajo. He traducido todos los libros de Alejandro Zambra, de Samanta Schweblin, de Mariana Enriquez; y cuando tienen un libro nuevo da lo mismo si lo pide la editorial porque dan por hecho de que lo voy a traducir. Y ellos me dan bastante trabajo. Cuando hay una nueva novela de Alejandro, lo termino y enseguida tomo uno de Samanta, lo que ya resulta bastante porque trabajo muy lento. Aparte de ello, tomo otros proyectos. A veces son cosas que llevo años tentando como Juan Emar, que es uno de los primeros escritores que me interesó hace mucho tiempo y he seguido un poco con eso. Otros escritores me mandan sus libros. Y ahí sí puedo escoger un poco. Muchas veces me escriben los agentes o los editores, que ya han comprado los derechos del libro y que están buscando traductor. Pero la verdad es que rechazo mucho. Hay muchos proyectos muy interesantes que simplemente no puedo trabajarlos porque tengo tiempo. De vez en cuando tomo algo nuevo, como la novela de Pilar Quintana. Ahora también estoy trabajando un libro de Leila Guerriero, que me encantó. A veces funciona. A veces lo puedo hacer.

En una entrevista para The Paris Review comentas que no te gusta la frase “Lost in translation”. ¿Podrías comentar más sobre este concepto y por qué no es de tu agrado?
Siento que la gente ama odiar la traducción. Cuando hablamos de traducción, la primera reacción que la gente hace es pensar: “bueno, yo no lo diría así”, “esto no se dice así, entonces esta traducción está mal”, pero hay mucho más que contribuye a la construcción de una traducción. Hay muchas decisiones. No es algo literal, como cambiar palabra por palabra. Estamos pensando en voz, música, registros, juegos de palabras. Esa es una primera reacción. Yo lo que hago, y no debería hacer, es leer los comentarios en Amazon o en Goodreads. Y muchas veces veo que hay reseñas o comentarios que dicen que les encantó el libro, pero que es una traducción, por lo que les dan cuatro de cinco estrellas. Entonces hay ese prejuicio. Lo consideran algo menor, no es tan perfecto como el original. Y esa forma de pensar es muy dañino a la literatura porque, a mi forma de verlo, la traducción agrega mucho a la cultura literaria. En mi caso, del inglés. La traducción de voces de otros países tiene mucho que contribuir. Y decir que un libro escrito en inglés es mejor que un libro traducido del español para mí resulta muy ofensivo. Siento que hay que concentrarse mucho más en lo que se gana con la traducción. Claro, los traductores somos seres humanos, por lo que a veces cometemos errores, pero los autores también son seres humanos, por lo que también cometen errores, lo que no sería muy justo concentrarse en los errores de los escritores al momento de escribir. Hay que ver el proyecto total y hay que entenderlo en el plano en el que está funcionando. Y el plano de la traducción es mucho más que los errores.

También has hecho traducciones a muchos escritores chilenos como Lina Meruane, Alejandro Zambra o Diego Zúñiga, quizás porque has vivido buen tiempo en Chile. ¿Cómo traduces palabras tan propias del habla chilena como polola, cachay o po?
Esa pregunta de cómo traducir ciertas palabras es difícil a veces responder porque no hay una forma de traducir una palabra exacta. Siempre tienes que pensar la situación en el libro, los personajes que dirían estas palabras. Con “polola” tenemos una palabra en inglés y uso esa palabra, que muchas veces es “girlfriend”. Si es necesario hacer una diferenciación, como por ejemplo en un libro de Paulina Flores, que estoy trabajando ahora, su personaje, que está en España, y le pregunta a su “pololo”, a su amante peruano: ¿quieres pololear conmigo? Y luego hay un chiste sobre que no están en Chile, por lo que no es vigente ese trato, digamos. En ese sentido tengo que mantener la palabra “polola” porque lo importante es la chilenidad. Pero muchas veces no importa que la palabra sea chilena sino el significado. Hay que ver qué te llama, qué te pide cada instancia.

No he leído aún la traducción que has hecho de Poeta chileno, de Alejandro Zambra, pero me inquieta saber cómo hiciste con las traducciones absurdas e hilarantes que se mencionan en el capítulo “Poetry in motion” con respecto a los nombres de estos poetas chilenos: Pola Andthecow, Alexandra of the River, Ralph Blonde o Xavier Beautiful.
Eso fue fácil. Mantuve las traducciones absurdas al inglés y solo agregué una línea que corresponde al personaje de Vicente que piensa lo ridículas que le resultan las traducciones al inglés de los nombres de los poetas chilenos.

¿Al traducir a una autora como Mariana Enriquez resulta necesario insertar más palabras o frases para intensificar el terror que transmite en sus historias?
Esta pregunta supone que hay una cierta cantidad de palabras que trae la traducción y que es más o menos la misma cantidad de palabras que trae la versión en español, pero no es así. A veces tengo que explicar o dar un poco de contexto quizás para cosas que no se van a entender, que quizás en Argentina, o en el mundo de habla español se entiende o se sobreentiende, y que en inglés no se entiende. Entonces a veces hago algo así, pero más que nada para lograr el terror pienso en la música y en el ritmo de las traducciones solo para intensificarlo. Eso y las palabras que deben ser muy específicas como pensar en los términos que tienen que ver con las sensaciones corporales. Mariana usa muchas palabras que se refieren al sonido, a sensaciones físicas, a olores, por lo que siempre trato de hacer esas sensaciones más inmediatas.

También has traducido la novela Ceniza en la boca (Eating Ashes) de la escritora mexicana Brenda Navarro, cuya historia transita entre México y España con el tema de la migración. ¿Esto trajo consigo alguna dificultad en la traducción?
Sí, justamente traía problemas de traducción o dificultades. La prosa de ese libro es bien coloquial. Las frases son muy largas. Es como si alguien estuviera dando un gran monólogo. Su personaje central, que es mexicana, viaja primero a Madrid y luego a Barcelona. Y en cada lugar donde va tiene que encontrarse con otro tipo de español. Entonces ese libro tiene el español mexicano, pero también el español de España o de otras regiones o países de Sudamérica, incluso hay un español hablado por un gringo. Entonces todas esas versiones del español yo tenía que diferenciarlas en mi traducción. Esa fue una dificultad, pero para mí fue muy importante. De nuevo traté de “enseñarles” las palabras a mis lectores como “pendejo” para simbolizar el habla mexicana. Les enseñé palabras españolas como “tía” o “qué guay”, y mencioné que estas palabras pertenecen a tal lugar. Solo así se podía diferenciar las distintas voces, pero no incluí las palabras españolas sin explicación. Pero también sentí que si los lectores no entienden ciertas palabras eso tiene que ver con el libro en sí, de sentirte un poco descolocada lingüísticamente, por lo que traté de abrazar un poco esa incertidumbre lingüística.

Después de traducir al inglés a varios escritores latinoamericanos contemporáneos, ¿crees que ha surgido otra vez un gran interés por parte del mercado anglosajón sobre la literatura de nuestro continente, sobre todo después de los éxitos aislados del boom latinoamericano y el fenómeno Bolaño? ¿Te sientes una mediadora de lo que está ocurriendo?
Yo creo que los lectores anglosajones están abriéndose cada vez más a la traducción en general. Yo cuando voy a Estados Unidos y hago eventos, hace diez años sin falta alguien sacaba el tema del boom, y eso ahora ya no pasa. Eso quiere decir que los lectores están ampliando sus ideas sobre la literatura de América Latina. En cuanto al fenómeno Bolaño pasa al mismo tiempo que el fenómeno Elena Ferrante o el fenómeno Knausgård. Entonces todos esos libros de estos escritores, como mostraron los editores en Estados Unidos, demuestran que la traducción es viable. Esa idea de que publicar traducciones siempre va a ser una pérdida no es cierto o no tiene que ser cierto. Siento que las grandes editoriales hoy en día están buscando voces nuevas de América Latina que no necesariamente tienen que ser voces consagradas como los del boom. Y sí, están buscando al próximo Bolaño, la próxima Samanta Schweblin, la próxima Fernanda Melchor. Y no solo las editoriales independientes, como sucedía en el pasado, porque eran ellos los que se arriesgaban a publicar una traducción. Hoy en día las grandes editoriales también están haciéndolo. Y siento que los lectores lo buscan. Ya no es un problema ser traducido porque los lectores tienen más un concepto para leer un libro de Chile o un libro de Argentina. Por tal razón, me siento una mediadora porque trabajo con la literatura contemporánea y tengo una visión de la traducción que quiero que sea una conversación inmediata y constante. Soy una mediadora muy pequeña en toda esta máquina de publicar libros.

domingo, 26 de julio de 2026

"La traducción está muy mal remunerada"

Victoriano Suárez Álamo, el pasado 12 de julio, publicó el siguiente artículo sobre la participación de la filóloga, editora y traductora alemana Michi Strausfeld en el "Ciclo del Libro", de la Universidad de las Hespérides, en las Palmas de la Gran Canaria.

La IA es otro problema sin solucionar para la traducción literaria

De la mano de la filóloga, editora y traductora alemana Michi Strausfeld la literatura del boom latinoamericano llegó a los lectores de su país natal, tras un arduo trabajo para encontrar los traductores ideales, tal y como reconoce antes de participar, el pasado jueves, en 'El ciclo del libro', una actividad organizada por la Cátedra Vargas Llosa de la Universidad de las Hespérides, en Las Palmas de Gran Canaria, donde charló con la escritora y periodista grancanaria Andrea Cabrera Kñallinsky.

«Fue complicado introducir el boom latinoamericano en Alemania porque no había suficientes traductores. Fue una lucha que tomó unos años, pero finalmente, en la década de los ochenta y los noventa, casi con veinte años de retraso, aquellos autores llegaron a los lectores alemanes», explica Michi Strausfeld.

Lamenta que en la actualidad en su país natal, los autores latinos no estén de moda, como sí sucedió en todo el mundo con aquel boom que regaló a millones de lectores obras maestras firmadas por Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes, entre otros. «Desde que se abrió el país a la Europa del Este, con la caída del Muro de Berlín, se traduce mucha más literatura de Polonia, Chequia o Hungría frente al mundo latino, que tampoco tiene mucha presencia en la prensa. Ahora se han decantado por otras latitudes», asegura.

De ahí que esta apasionada de la literatura y de «tender puentes» que acaben con las barreras idiomáticas ahora haya aparcado su faceta como editora y traductora para centrarse en la escritura de ensayos. «Con los ensayos busco tender puentes para que los libros informen y despierten curiosidades por otras culturas y lo intento hacer a través de la literatura. Me encanta escribir y la investigación y ahora estoy aprendiendo muchas cosas», apunta la autora de volúmenes como Mariposas amarillas y los señores dictadores.

Michi Strausfeld aterrizó en 'El ciclo del libro' para hablar sobre un proceso capital en el mercado editorial, tan desconocido como maltratado: la traducción. «Es un eslabón clave en el complejo y maravilloso tema que es el libro. Llevo cuarenta años vinculada a la traducción y la he tratado desde todos los lados, además fue en ese campo en el que empecé en el complejo mundo editorial. Resulta fundamental cómo se escoge a un traductor, qué cualificación tiene y qué libro va a traducir de un determinado autor», señala.

Desde su punto de vista, se trata de un oficio «que se hace con mucha ilusión y que requiere de mucha cultura y conocimiento», pero que cuenta también con una vertiente desalentadora y que viene de viejo. «Está muy mal remunerada. Queda mucho camino por recorrer para que se aprecie el papel fundamental que tiene para acercar a los lectores toda la literatura del mundo», subraya.

En general, los traductores literarios ni están bien considerados ni remunerados en casi todos los países, aunque en algunos su realidad es algo mejor. «En Alemania se unieron para pelear juntos por sus derechos. Por eso están algo mejor que en países como España. Pero allí también la situación está lejos de ser satisfactoria. Vivir de la traducción es algo ilusorio, salvo que se trate de un bestseller que te permita vivir unos años de los royalties», desvela con pesar quien ha estado detrás de las traducciones de las novelas galdosianas Tristana y Misericordia.

Reconoce que a las librerías españolas y de todo el mundo llegan volúmenes con traducciones que dejan mucho que desear. «Claro que hay traducciones que no son buenas, pero tal y como se pagan... muchas se hacen con mucha prisa, cuando una traducción es un trabajo complicado que requiere un proceso lento», apunta Michi Strausfeld.

Ahora, la traducción literaria cuenta con un nuevo enemigo, la Inteligencia Artificial (IA). «Es un problema sin solucionar, porque algunas editoriales van a utilizarla y esos textos se los pasarán después a unos traductores para que los revisen. Les pagarán aún menos y encima se trata de un trabajo de chinos, casi imposible. La IA está bien para traducir folletos y las instrucciones de un televisor, pero para traducir literatura es un disparate», defiende Michi Strausfeld, que aprovechó este viaje para conocer Gran Canaria, ya que antes solo había estado en Lanzarote y Tenerife.


jueves, 23 de abril de 2026

Una entrevista con el traductor Adán Kovacsics

El pasado 19 de abril, el diario La República, de Lima, publicó una extensa entrevista de Gabriel Ruiz Ortega con el escritor y gran traductor Adán Kovacsis, quien acaba de publicar en la editorial española Acantilado un libro sobre su propia vida y su experiencia en la traducción.



“Hay todo un elemento irracional en la traducción que una herramienta tan racional como la IA no es capaz de resolver”

El recordado escritor español Javier Marías solía decir que una de las maneras en las que un escritor podía mejorar su estilo de escritura era traduciendo a los grandes escritores. La esencia de esta impresión es compartida por el escritor y traductor nacido en Chile, de ascendencia húngara y nacionalizado español Adán Kovacsics. Kovacsics, en su último libro, llamado Acaece, sin embargo, lo verdadero (Acantilado/título que se inspira en los versos del famoso poema del escritor alemán Friedrich Hölderlin, “Mnemósine”) repasa su vida y su relación con la lectura. El testimonio de vida de Kovacsics es muy importante; de alguna u otra manera, lo hemos leído indirectamente, ya que es uno de los principales traductores al castellano de los mejores escritores contemporáneos. A saber, pensemos en el último premio Nobel de Literatura, el húngaro László Krasznahorkai.

“La traducción ha sido esencial. Yo hice el bachillerato en Viena, hice la carrera universitaria en Viena, todo en alemán. Si yo me hubiera quedado en Austria, habría sido un escritor alemán. Lo que hizo que me apodere nuevamente del castellano fue la traducción. Mi castellano estaba languideciente. Hablaba castellano, por supuesto, pero solo con amigos y con mi hermana. Ese fue un primer camino hacia la escritura”, declara Adan Kovacsics para La República.

En 1967, los padres de Kovacsics decidieron regresar a Europa, más que nada por cuestiones de vida, no por razones políticas. Kovacsics tenía 14 años y su lengua era el castellano. Primero fueron a Hungría y luego se establecieron en Austria. Estos datos son claves para entender su trabajo. Kovacsics no solo es uno de los mejores traductores literarios del mundo, sino que también hay que subrayar que esa labor la ha llevado a cabo con autores de altísima exigencia literaria.

“Mi relación con la literatura es eterna. Mi padre era un gran lector; nuestra biblioteca en Chile era inmensa. En Austria también. La lectura siempre ha sido parte de mi vida. Leía a Thomas Mann a los 15 años. También a autores húngaros, chilenos y españoles. Yo crecí con varias lenguas; la traducción estaba en mi mente permanentemente. Durante mucho tiempo escribía y no tenía la idea del libro, es decir, escribía porque me nacía, no pensaba en publicar. Quien me dio el empujón para publicar fue el editor español Jaume Vallcorba de Acantilado”, precisa Kovacsics. Al respecto, hay que subrayar que, en el imaginario literario en castellano, la editorial Acantilado, junto a otro puñado de editoriales, ha sido determinante en la formación de lectores exigentes (así suene a pose lo dicho).

En los años 80, Kovacsics empieza a traducir y no niega a su maestro, más bien le rinde homenaje: “Mi maestro fue un peruano, fue Juan del Solar. No me canso de decirlo. Cuando lo conocí, él vivía en Sitges. Cuando llegué a España, fui a buscarlo. Uno de los primeros libros que traduje era de Lou Andreas-Salomé. Mi esposa, la poeta Cristina Grisolía, Juan y yo éramos muy unidos. Juan revisaba mis primeras traducciones. Entre lo que había hecho y lo que salía publicado al final había un trecho largo. Yo traduzco como él me enseñó”.

Así como existen pocos autores capaces de decir que han cumplido (nos referimos a logros reconocidos por la crítica y los lectores) con la literatura, esta misma idea del mismo modo se podría proyectar en los traductores. Como indicamos líneas arriba, Kovacsics tiene en su haber varios gigantes. Al premio Nobel de Literatura 2025 sumemos el del año 2002, el también húngaro Imre Kertész. Al respecto, Kovacsics dice: “Hay un largo camino recorrido y yo sí siento que he cumplido con algún cometido, del cual al principio no era consciente, y eso es lo que hace más bello todo. Siento que mi misión fue traer al ámbito de la lengua española el mundo literario, cultural e intelectual, y la sensibilidad también, de Centroeuropa. He traducido a autores conocidos como Kafka y también a desconocidos. Yo sigo traduciendo, pero ya no como antes; estoy traduciendo a los autores que ya he traducido. A László Krasznahorkai lo conozco desde hace muchos años; el primer libro que traduje de él fue Melancolía de la resistencia. Me alegré cuando ganó el Premio Nobel de Literatura”.

Traductores como Kovacsics, que se enfrentan a portentos en donde se reúnen muchas referencias culturales, tienen que estar en un contacto permanente con la lectura. Así suena duro; cualquiera no puede traducir a los autores que ha traducido. “De ninguna manera. Hay que tener un abanico cultural muy amplio. Cuando un autor siente que está ante un buen traductor, que no solo sabe o domina el idioma, lo tranquiliza porque sabe que el traductor va a poner en otra lengua lo que ha querido decir”.

Kovacsics es de los pocos que nos pueden decir hacia dónde va la traducción en tiempos de IA y Google Translator. ¿Basta poner a László Krasznahorkai, Imre Kertészy Stefan Zweig en Google Translator, por ejemplo? “Hace poco di una charla en Granada, que se llamó “La traducción es un deseo”. Hay un deseo esencial de apropiarte de un texto literario a través de la traducción. Puede ser un poema de Leopardi, que lo trasladas del italiano a tu lengua. Ese es un deseo que no lo hace la IA. Es decir, traducir es hacer. Tú rehaces un texto, tú rehaces una novela, tú rehaces un poema a través de la traducción. Hay un deseo de leer, de apropiarte de un texto a través de la lectura, y hay un deseo de apropiarte de un texto a través de la traducción. Eso sigue vivo. Pensemos en la Divina Comedia. Supongamos que la IA traduce la Divina Comedia, que la pone en rima. ¿Qué saldrá de eso? No será lo mismo que la traducción de Ángel Crespo o la que hizo José María Micó, que no mantuvo la rima, pero sí el hexámetro, y salió una traducción maravillosa. Esto no lo hace la IA. Hay todo un elemento irracional en la traducción que una herramienta tan racional como la IA no es capaz de resolver”.

Acaece, sin embargo, lo verdadero, es un libro libre en discurso. En él, nuestro autor combina ensayo con narrativa. En estas páginas están presentes muchos autores, en especial centroeuropeos; también hay factores históricos que han ligado a Kovacsics con Europa central. Pero la publicación es, en su base, una celebración de la amistad con Imre Kertész. A ello, consignemos el respiro que la recorre y este no es otro que el de la poesía. “La poesía es la fuente de la literatura. Hay narradores natos que tienen prosa poética. Un narrador es distinto cuando tiene en su escritura la presencia de la poesía. La poesía te saca del lugar común, de lo trillado. La poesía está presente también en mi traducción. La palabra inicial siempre es poética”.

Esta lectura nos deja una certeza. Una gran certeza, en verdad. La literatura es un refugio para estos tiempos convulsos y rápidos.

Al respecto, Kovacsics dice: “La literatura es un refugio, pero no para huir, sino para que acaezca lo verdadero. La verdad de la vida se manifiesta en la literatura. Lo que va a quedar, como dice Hölderlin mismo, lo fundan los poetas. Lo que quedará, por ejemplo, de la experiencia del Holocausto, será la literatura. Lo que quedará estará en la literatura, no en otras partes, no estará en las ondas que vemos ahora”.

Entonces, de acuerdo con lo dicho, la literatura nos ayuda a no contaminarnos de lo que pasa hoy en el mundo. “Exactamente como lo dices”.

martes, 21 de abril de 2026

Hoy, martes 21 hs., mesa de traductores

 

Invitados por Eugenia Zicavo, para su programa Modo Libro, de Futurock, hoy  estamos en el canal de Youtube de Futurock. 

lunes, 6 de abril de 2026

La prosa de Maggie O'Farrell es la de Concha Caredeñoso Sáenz de Miera

El pasado 3 de abril, el diario El País, de Madrid, publicó la siguiente nota, con entrevista incluida, de Belén Remacha, quien se ocupa de Concha Caredeñoso Sáenz de Miera, una experimentada traductora española, cuyo nombre resuena últimamente gracias a los libros de Maggie O'Farrell.


“He tardado muchos años en saber lo que es ganar dinero por un superventas”

Hace ya más de cinco años que Concha Cardeñoso Sáenz de Miera (León, 69 años) leyó por primera vez la versión original de Hamnet, escrita por la irlandesa Maggie O’Farrell. No se atrevió entonces a predecir si iba a ser o no un éxito. No se atrevió a pesar de las lágrimas que le cayeron a borbotones con el final “tan redondo y tan equilibrado” de esa ficción histórica sobre la vida de Agnes Hathaway, la esposa de William Shakespeare. Cardeñoso conoce lo aleatorio del mercado. Es traductora, principalmente de inglés a castellano, y acumula unos 300 libros en 30 años de carrera. Ha manejado textos prodigiosos, emocionantes, aclamados previamente en el mundo anglosajón; y ha visto también cómo muchos pasaban luego desapercibidos. Ya se sabe que no ocurrió eso con Hamnet: es su mayor best seller. 225.000 ejemplares despachados entre España y Latinoamérica, según datos que aporta la editorial, Libros del Asteroide. El segundo puede que sea El retrato de casada, misma autora y editorial, y unas 100.000 ventas.

El nombre de Concha Cardeñoso acompaña al de Maggie O’Farrell, relativamente grande, en la portada de sus seis títulos editados en la última década por Libros del Asteroide. Pero sin rostro ni biografía en la solapa. Las cientos de miles de personas que han leído a la irlandesa en español leen en realidad directamente a Cardeñoso, pero la mayoría no sabe nada de esta mujer. Igual que no saben nada de tantos otros de sus colegas que traducen otros tantos libros. Es por eso sobre todo que accede a esta entrevista, que tiene lugar por videollamada: espera que cuanto más se conozca su oficio —insistirá todo el rato en llamarlo oficio—, mejor se valorará y pagará. Especialmente ahora, en “época de muchas turbulencias” debidas a la Inteligencia Artificial.

Cardeñoso está satisfecha con su trabajo con la literatura de O’Farrell, aunque también le supone un reto. Su prosa es contenida, pero en un constante baile con los tiempos verbales; y tiene un “vocabulario exquisito” y unas referencias históricas muy precisas que a cada tanto le obligan a documentarse.

A mediados de marzo, cuando habla con SModa, está de hecho consultando mapas topográficos de Irlanda. Los necesita para comprobar algunas referencias que aparecen en Land, lo siguiente de O’Farrell. Se publicará en inglés este junio; en España, calcula Libros del Asteroide, a principios de 2027. Cardeñoso lleva unas 100 páginas traducidas de un total de 400. Cuenta con unos cuatro meses para completarlo. Va leyendo a la vez, no se adelanta: se motiva más así. La historia se ubica en los años posteriores a la Gran Hambruna de la patata del siglo XIX, y se inspira parcialmente en los antepasados de la escritora. “Te subleva si tienes el sentido de la justicia más o menos desarrollado”, es de lo poco que avanza de la trama. Eso y que se está peleando, aún sin haber decidido cómo resolver, con un término, distemper, que en una escena se usa para un juego de palabras entre ‘malestar’ y ‘mal humor’.

La adaptación al cine de Chloé Zhao de Hamnet, estrenada este invierno, no le convenció tanto a Cardeñoso como el resto del universo de O’Farrell. No estuvo de acuerdo con el protagonismo que tiene Shakespeare. Y hay otra cosa que tampoco le encanta, ni de película ni de novela: el título, que toma el nombre del hijo de Agnes y William. Se lo comentó a O’Farrell en una de las dos ocasiones en las que han coincidido en Barcelona:

—¿No debería haberse titulado Agnes, en lugar de Hamnet?

Recuerda que le respondió que de ser así quizá no hubiese tenido tanta repercusión. “Es el componente de mercadotecnia”, entiende Cardeñoso.

Cardeñoso estudió Magisterio en León, entre los setenta y los ochenta vivió en Inglaterra, y desde hace cuarenta años en Barcelona. En los noventa, cuando sus dos hijas eran pequeñas, dejó Filología Anglogermánica a cuatro asignaturas de terminar, para comenzar a dedicarse a la traducción como autónoma. Lo primero fue un volumen del estilo Elige tu propia aventura, luego algunos cuentos que les leía a sus niñas. Ahora, seis estantes del repleto despacho de Cardeñoso los ocupan ‘sus’ libros. En un momento de la conversación va mostrando a cámara algunos de sus favoritos. Recomienda el ensayo Bajotierra, de Robert Macfarlane (Random House, 2020); El libro de la señorita Buncle, de D.E. Stevenson; Mi impresionante carrera, de Miles Franklin; o Mi prima Rachel, de Daphne du Maurier (los tres de Alba Editorial; por el último recibió el premio Esther Benítez 2018). Y aunque su especialidad ha sido el inglés, uno de los estantes de su biblioteca es para sus adaptaciones del catalán. Entre ellas una que compite por la medalla de plata de su carrera en cuanto a superventas: Canto yo y la montaña baila de Irene Solà (Anagrama, 2019).

El suyo es un oficio feminizado, con alrededor de un 80% de mujeres en los grados universitarios. También, esto ya según Cardeñoso, “antiguo, imprescindible y ninguneado”. Antiguo “porque existe desde que unos pueblos se comenzaron a relacionar con otros”. Para lo de imprescindible, cita al teórico George Steiner, “que dijo que sin traducción, habitaríamos provincias lindantes con el silencio”. Es decir, “cada cultura en su burbuja, sin haber conocido nosotros Las mil y una noches, ni ellos a Cervantes”. Lo de ninguneado lo siente, entre otras cosas, “porque solo se acuerdan de nosotros cuando la traducción es mala. Los italianos tienen un dicho: traduttore traitore [traductores traidores]”.

Los traductores han pasado de no tener por qué figurar ni en pequeñito en los créditos —era así hasta la Ley de Propiedad Intelectual de 1987—, a cobrar como autores de ‘obra derivada’; y a la costumbre relativamente reciente de colocarlos en portada, como hace Libros del Asteroide, Alfaguara o Anagrama. Pero muchos no sienten que les salpiquen las vacas gordas del sector del libro, que parece que las hay: según la encuesta anual de la consultora GfK, desde la pandemia se han batido varios récords de facturación; en 2025, cerca de 1.250 millones de euros, un 4% más que en 2024. Más bien, los traductores tienen la sensación de ser el último eslabón de esa cadena. Lo comparte Cardeñoso: “Apenas se nota. Muchas tarifas llevan 20 años estancadas. Para que un libro nos produzca royalties [derechos de autor], tiene que vender muchísimo. Te enteras de algo si tienes la suerte de tener un best seller… Yo he tardado muchos años en enterarme. Son pocos los que han podido vivir solo de la traducción literaria, muchas compañeras recurren a cosas que dan más dinero, como los textos jurídicos. En mi caso, mi marido ha tenido siempre trabajo y eso me ha permitido sobrevivir”.

El principal miedo ahora es eso que causa aun más turbulencias: la Inteligencia Artificial. Por recoger un solo informe, el de Microsoft Research de 2025 situaba a la traducción e interpretación entre los oficios con mayor riesgo de verse afectados, con datos de Estados Unidos. “Hay editoriales que ya nos están relegando a editores de Inteligencia Artificial. En el último Premio Planeta se habían presentado no sé cuántas obras [1.320 según la organización, la participación más alta de la historia del certamen]. Te digo que se debe a que muchos se presentaron con GPT. Esto va a ir a más. Lo malo es que no se advierta, y que la Inteligencia Artificial se alimente de nuestro trabajo. Todo eso está por regular”, lamenta Cardeñoso, que está en contacto con mucha gente joven y más precaria porque pertenece a ACE Traductores, una asociación que se fundó en 1983 con el objetivo de conseguir mejoras laborales.

Ella no se va a jubilar, por ahora. Ama su oficio, pero el principal motivo es que se le quedaría una pensión tirando a baja: “Lo que quiero es trabajar un poquito menos, para por fin disfrutar de esto plenamente”. Desde la perspectiva que le dan todos estos años, desde el realismo de reconocer lo complejo de los tiempos de la Inteligencia Artificial, cita a una de sus compañeras de oficio para defender que lo que aporta una traductora humana es “alma, vida y corazón”. Alguien que se devane los sesos tratando de transmitir bien qué busca una escritora cuando escribe distemper.



martes, 31 de marzo de 2026

"El traductor es también un autor, un escritor"

El pasado 26 de marzo, varios diarios de Latinoamérica y España reprodujeron la entrevista  realizada por la agencia EFE. con el traductor valenciano Pau Sanchiz (foto), ganador del Premio 'TodosTusLibros' a la mejor traducción.

Pau Sanchis reivindica al traductor autor que reconstruye historias como piezas de reloj

La figura del traductor se entremezcla con la del autor en tanto en cuanto es también un escritor, según lo entiende el valenciano Pau Sanchis, quien define su trabajo como la reconstrucción de una historia en otra lengua, a modo de piezas de reloj, que exige tomar decisiones para "traducir el efecto", a sabiendas de que nunca hay una decisión más segura o acertada que otra.

Pau Sanchis recogerá este viernes en Burgos el Premio 'TodosTusLibros' a la Mejor Traducción por su trabajo en Breviari mediterrani, la obra de Predrag Matvejevi que tradujo del croata al catalán para LaBreu Ediciones, reconocida por el gremio de libreros como la mejor traducción de 2025.

El traductor ha admitido en una entrevista telefónica con EFE que ha sido una "alegría inesperada" este premio, el primero de la recién creada categoría de Mejor Traducción de los premios literarios anuales que concede la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Librerías (Cegal).

Lo ha sido no sólo por la complejidad de la traducción, cargada de referencias culturales, literarias e históricas, sino porque supone un reconocimiento al trabajo de los traductores, "una pieza importante en el diálogo que es la literatura", cuya visibilidad ha mejorado aunque todavía queda camino por recorrer.

"El traductor es también un autor, un escritor. Nuestro trabajo es volver a escribir lo que se ha escrito en otra lengua", ha explicado; "la parte fácil es que no tienen que inventarse las historias", continúa, eso ya lo ha hecho el autor, pero sí tienen que reconstruirlas para que lleguen al lector de otra lengua.

Por ese motivo, Paul Sanchis insiste en que "traducir es estar todo el rato tomando decisiones. Y nunca hay una decisión que sea más segura o más acertada", sin embargo, hay dos máximas que deben guiar la tarea: la traducción debe ser siempre respetuosa con el original y debe "traducir el efecto".

"Umberto Eco nos invitaba a los traductores a traducir el efecto, es decir, que cuando el lector recibiera el texto traducido le produjera un efecto más o menos parecido al que le produciría el texto original, al de los lectores en la lengua original", y Sanchis lo ha tenido en cuenta en Breviari mediterrani.

La obra de Predrag Matvejevi se caracteriza por la profusión de referencias culturales, históricas y lingüísticas que había que acercar al lector catalán, y Sanchis tenía tres opciones: las notas aclaratorias, la adaptación de fragmentos o "dejar que se trasparentara esa diversidad lingüística" del original.

Así que la manera de hablar de la costa croata, difícil de entender para un lector croata del interior, la tradujo buscando un léxico marinero catalán: "Se trata de reconstruir, es como desmontar un reloj para volverlo a montar", lo que exige un exhaustivo trabajo de documentación e investigación previo.

"Hay que reconstruir todo un discurso literario, un estilo, un mapa de referencias", y la traducción tiene que ser respetuosa con el original ya que "una mala traducción puede ser un lastre para el libro", admite, aunque si el original es mediocre la traducción no lo va a salvar -y tal vez ni siquiera valga la pena-.

El Premio 'TodosTusLibros' a la Mejor Traducción no es solo una oportunidad para visibilizar la labor de los traductores, lo es también de reivindicación frente a un sistema que "funciona en precario".

"Un autor ya va bien si paga las facturas, las tarifas son el gran problema", afirma, y matiza: "La situación del traductor no es precaria porque haya alguien que se lo está llevando crudo, el del libro es un mundo precario", ya se hable de autores, librerías o editoriales independientes, traductores o correctores.

Sanchis recuerda que el traductor literario es un experto, pero no se le remunera como tal; de hecho, la traducción literaria se paga por debajo de otro tipo de traducciones, así que "siempre hay que trabajar en algo más" para poder vivir.

"La cultura tiene mucho valor simbólico en la sociedad", reflexiona, pero lamenta que si bien ese valor es importante la sociedad no entienda que "la dignidad con la que viven los profesionales que se ocupan de la cultura" también lo es. EFE

miércoles, 24 de diciembre de 2025

"Un traductor es lo peor que hay en la vida"

Hoy, con firma de Juan Cruz, el diario madrileño El País publicó una entrevista con Miguel Sáenz, decano de los traductores españoles. Se reproduce a continuación.

Miguel Sáenz, traductor: “Thomas Bernhard era insufrible y Kafka es el mejor escritor del siglo XX”

El gran traductor Miguel Sáenz nació hace 93 años en Larache, territorio español en Marruecos, donde su padre era militar. Él lo fue también, pero pronto fue, además, quien hizo legibles en esta lengua a grandes escritores del mundo, desde William Faulkner a Kafka, pasando por Günter Grass o Salman Rushdie, al que él considera ahora uno de los más importantes prosistas contemporáneos. Su trabajo como traductor lo llevó a la Academia de la Lengua en 2013.

Funambulista, la editorial que ha publicado otras obras suyas, acaba de poner en las estanterías Conversaciones, un abundante reflejo de lo que él ha dicho sobre aquellos que han sido sus traducidos. En esta conversación con El País vuelve sobre ellos.

Sáenz fue a la milicia universitaria y pidió destino en Palma de Mallorca, donde vivió la avalancha de suecas y noruegas que cambiaron el color de las playas españolas. “Era la época del franquismo puro y duro, pero allí eso no se notaba tanto”, recuerda. “Era militar por las mañanas, por la tarde era un civil normal y por la noche cogía mi moto e iba a ligar y a beber cubalibres. Leía de todo. Esa pasión por la lectura venía de mi padre, de cuando él era militar en Sidi Ifni”.

Empezó la carrera universitaria en Sidi Ifni y la siguió en Tenerife, de donde se fue con una beca para el Colegio Mayor Cisneros de Madrid. “Era un ambiente muy bueno. Una vez apareció Ava Gardner por el Colegio Mayor Guadalupe. Yo le entregué unas flores, que no eran mías. Ella era una mujer elegantísima, para nada la alcohólica de la que hablaban, sino una señora”.

¿Cómo se notaba la dictadura? “Se conocía de todas las maneras, por supuesto que no se podía hacer propaganda en contra. A mí no me detuvieron nunca”. En seguida se sintió atraído por el extranjero: se hizo traductor internacional, como Eduardo Mendoza, Julio Cortázar o Juan Gelman. “Mendoza se pasó a la interpretación y en Nueva York, cerca de las Naciones Unidas, tenía una casa en la que escribía sus libros, porque al hacer traducción simultánea tenía más tiempo que nosotros”.

—¿Qué huella le dejó a usted lo militar?
—En Palma pasé los ocho mejores años de mi vida. Estudié para piloto, pero no tenía la vista suficiente, como ahora. Aprendí a volar con aviones alemanes muy viejos, con el riesgo de matarme inmediatamente. El Ejército me dio la posibilidad de pedir un permiso de seis años. En la universidad pasé exámenes de traducción en francés, en inglés y en ruso. El Ejército me invitó a volver, pero Greta [su esposa, traductora simultánea también] y yo preferimos quedarnos en Viena. Nos daban contratos cortos, o me mandaban traducciones muy delicadas.

—Como traductor tuvo a su cuidado obras de los grandes. ¿Cómo era Thomas Bernhard?
—Era insufrible. Él decía que un traductor es lo peor que hay en la vida. Todos sabían que él era un bárbaro, pero también muy débil. Tenía un trato bastante duro. Cuando ya estaba muy enfermo me mandó recado para que lo fuera a ver en Málaga. Pero no lo pude ver. Su hermano se lo llevó, terminal, y se murió. Era intratable.

—¿Salman Rushdie?
—Uno de los grandes novelistas de nuestro tiempo, de los más inteligentes. Aguantó intentos de asesinatos. ¡Le vacían el ojo, se está muriendo, y luego sigue escribiendo para contarlo! Cuando persiguieron sus Versos satánicos hubo quienes pensaron que yo había sido el traductor al español. Eso no fue así. ¡Y estuve a punto de ser incriminado por ello! Las consecuencias hubieran sido muy peligrosas entonces.

—Grass fue gran amigo suyo y de Greta. Fue muy duro para él la reacción habida ante su obra Pelando la cebolla, que usted tradujo.
Fue un libro muy duro para él, y la campaña que tuvo en contra fue tremenda. Su esposa, Ute, le ayudó mucho. El acoso que sufrió Grass fue devastador. Se sintió acosado por haber formado parte de las SS, cuando él era un joven al que, como ocurría en España, le obligaron a hacer el servicio militar. Fue un dolor enorme para él. Aquel libro era formidable. Grass tenía una fecundidad y un talento inmensos. Como Rushdie, para mí fue un gran amigo. El traductor, por otra parte, es siempre como un amigo.

Antes de terminar, recuerda Miguel Sáenz: “El mejor escritor del siglo XX es Kafka”. Max Lacruz, editor suyo, le pregunta al final del libro que publica Funambulista: “¿Crees que la inteligencia artificial podrá traducir (bien o aceptablemente) literatura? ¿Y todavía algo más ambicioso, tal vez escribir buena literatura?”. El traductor de Faulkner, el defensor literario de Günter Grass, el admirador de Rushdie, tiene esta respuesta: “Lo creo”.

martes, 9 de diciembre de 2025

Hanna Nordenhök, escritora y traductora sueca

El pasado 1er. de diciembre, Darío Alemán publicó en El País, de Madrid, una extensa entrevista con la escritora y traductora sueca Hanna Nordenhök. De esa entrevista, se reproduce a continuación la parte más pertinente para los lectores de este blog.

"No puedo escribir y traducir a la vez"

Además de narradora y poeta, Hanna Nordenhök es traductora del castellano al sueco (nada menos que la lengua del Nobel). Entre los autores que ha traducido están Fernanda Melchor, Emiliano Monge (ambos de México), Andrea Abreu (España), Alia Trabucco (Chile) y Samanta Schweblin (Argentina). Para ella, la traducción es una suerte de procedimiento alquímico, sobre todo cuando se enfrenta a obras cargadas de localismos, como podrían ser Temporada de huracanes de Melchor, o Panza de Burro de Abreu.

“En cuanto a la traducción, pienso ahora en la palabrota”, dice Nordenhök. “En sueco hay jerga y palabrotas, pero no son tan comunes en el habla cotidiano como pueden serlo, por ejemplo, en Veracruz. Entonces, el reto está en lograr que el lector sueco sienta el ambiente de la obra. Hay que inventar palabras y recrear un equivalente al espíritu del libro original. Por supuesto, se investiga mucho para eso. Sin embargo, hay matices del lenguaje que inevitablemente se pierden un poco, y esto es algo que debe aceptarse cuando se traduce. Pero también se ganan cosas. Se trata, al final, de una negociación con el lenguaje”.

–¿Y cómo llevas tu oficio de poeta y narradora con tu trabajo de traductora?
–Me pasa que no puedo escribir y traducir a la vez. Cuando entro en el universo de un libro, ya sea mío o de otra persona, necesito hacerlo totalmente y dejarme llevar. Tengo amigos y colegas que llevan ambas cosas al mismo tiempo, pero yo no podría.

–¿Crees que ambos trabajos se relacionan? ¿Influye la traducción en tu escritura?
–Traducir te permite explorar tu propio idioma. Cuando traduzco, exploro rincones de mi idioma que tal vez no visitaría por mí misma. Esa es una herramienta que me sirve como autora, por supuesto.

–Tanto la traducción como la escritura de ficción te permiten conocer el panorama de la literatura hispanoamericana y la sueca. ¿Cuáles dirías que son los elementos que los distinguen hoy en día?
–No hay dudas sobre el hecho de que existe un componente más social y político en la literatura en castellano, sobre todo en América Latina, donde hay sociedades cargadas de conflictos. En Suecia, sin embargo, abundan los escritores que escriben sobre la vida de la clase media desde la clase media, y ese tema a mí no me interesa mucho. Literariamente, me atrae lo real, lo complejo del ser humano y los problemas del mundo actual, a los que, por cierto, mi país no escapa. En Suecia, hoy tenemos a la extrema derecha en el gobierno y es enorme el poder que ha alcanzado el crimen organizado. El mundo sigue teniendo la idea de una Suecia que es un modelo idílico, un paradigma de la socialdemocracia, pero ahora esa es una imagen rota.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

"Tomá el libro de Pessoa, traducilo"

El siguiente artículo de María Soledad Pereira, fue publicado por la revista Letras Libres, el pasado 28 de noviembre. En la bajada se lee: "En 1961, Fabril Editora publicó en Buenos Aires la primera traducción de Fernando Pessoa en América Latina, un volumen que incluía además a tres de sus principales heterónimos poéticos: Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y Ricardo Reis. Al cumplirse 90 años de la muerte del poeta portugués, el más universal y portugués de los poetas del siglo XX, según palabras proféticas de Adolfo Casais Monteiro, recordamos aquella primicia argentina a través de la voz del propio traductor".

Fernando Pessoa en español: la primicia argentina

Conocí a Rodolfo Alonso a principios de 2019. Hablamos por teléfono primero y, a la semana, nos encontramos en su casa de Olivos, en las afueras de la ciudad de Buenos Aires. Era sábado, y yo llegué a destino minutos antes de la hora pactada. Poco después, como una aparición, se presentó, ante mí, él. Pantalón y camisa color manteca; cabelo cor da neve. Había ido a dar una vuelta y regresaba ahora, en punto, para nuestra cita de las 11. “Sostiene Pereira”, me dijo no bien me vio. Y me invitó a pasar: “Pase, pase…”.

Nos sentamos a la mesa del comedor. Yo venía en plan de conversar sobre Pessoa, en especial, sobre la colección de poemas que él había seleccionado y traducido a finales de los años cincuenta; esa novedad que dio a Latinoamérica la posibilidad de acercarse tempranamente a quien sería considerado después el mayor poeta portugués del siglo XX. Alonso conocía mis intenciones y enseguida se entusiasmó. El diálogo no fue, en absoluto, un asunto lineal. Fue –acabó siendo–, por el contrario, una aventura serpenteante. Hubo pocas interrupciones de mi parte. Salvo en contados momentos en los que lo detuve para recuperar una idea (o, acaso, el aliento) o para encaminar el hilo, lo dejé hablar. Lo que sigue es una presentación ordenada de aquella charla; no de su totalidad, sino de la parte que nos interesa. Las acotaciones entre paréntesis y las citas y testimonios incluidos procuran ampliar la información que surgió durante el intercambio.

A finales de la década del cincuenta, Alonso tenía 25 años e integraba el grupo reunido alrededor de la revista Poesía Buenos Aires. Había traducido a Cesare Pavese, que lo había deslumbrado desde muy joven, mucho más que Pessoa, y estaba enamorado de los modernistas brasileños: Drummond de Andrade, Murilo Mendes, Manuel Bandeira… Sus padres eran gallegos, y el portugués habitaba en él, como le gustaba decir, por el galaico-portugués familiar.

En Fabril (por Compañía General Fabril Editora), un tal Aldo Pellegrini, pionero del movimiento surrealista en el Río de la Plata (además de médico y poeta), dirigía la colección “Los poetas”, de tapas duras, hermosa; una colección animada, al decir de Alonso, por un afán pretencioso: traducir al español las voces más destacadas de la poesía universal; voces que, hasta ese momento, eran, en nuestro idioma, prácticamente desconocidas. Así, en ese contexto y con ese fulgor en mente, Pellegrini se acercó a Rodolfo y le encomendó traducir a Giuseppe Ungaretti y también a Fernando Pessoa (encargo u oportunidad que a Alonso le permitiría después desplegar su talento poético y afirmarse como incesante traductor del autor portugués). Alonso, que era un primerizo, pero sobre todo un osado, aceptó. “Nadie conocía a Pessoa, o muy pocos lo conocía en realidad –dice hoy–. Pessoa era casi un desconocido, no solo entre nosotros, sino también en Portugal. Yo mismo lo conocí cuando Aldo me lo pidió. Y no me dijo, como podría suponerse: ‘Tomá el libro de Pessoa, traducilo’, porque él no tenía ese libro ni nadie.

Lo primero que hizo fue buscar en las librerías de Buenos Aires. Hurgó en vano aquí y allá. Finalmente, o tal vez milagrosamente, consiguió los primeros volúmenes de Ática, el grupo editor que había comenzado a reunir y a lanzar en Portugal la obra de Pessoa: poemas dispersos que habían visto la luz en revistas de su tiempo y otros inéditos, provenientes de documentos guardados por el propio autor. “Me resulta gracioso decirlo –confiesa Alonso–, pero lo cierto es que conseguí todo eso de milagro”.

En el grupo Poesía Buenos Aires había un integrante extranjero, Milton de Lima Sousa; Alonso lo llamaba el poeta más desconocido del Brasil. Fue él quien le envió, dedicados, los primeros volúmenes de Ática (organizados por João Gaspar Simões y Luiz de Montalvor, entre 1942 y 1946). Con esos tomos en mano, Rodolfo hizo una selección y se puso a trabajar.

Mientras él trabajaba en Buenos Aires, Octavio Paz, que había oído hablar de Fernando Pessoa por primera vez en París, una noche del otoño de 1958, a través de la poeta búlgara Nora Mitrani, preparaba, a principios de los años sesenta, su propia traducción. Como me dijo alguna vez Jerónimo Pizarro, uno de los más exigentes y dedicados estudiosos de la obra del poeta portugués: “Yo creo que Rodolfo y Octavio Paz trabajaron casi en simultáneo. Los veo como a dos contemporáneos, así el libro del uno se haya publicado poco antes que el libro del otro”.

Los poemas de Pessoa y algunos estudios críticos relacionados con su obra comenzaban, en cualquier caso, a despuntar en el mundo de habla hispana. En 1957, el español Ángel Crespo había seleccionado, traducido al castellano y publicado en forma de libro poemas de un único heterónimo: Alberto Caeiro. Y, dos años antes, en 1955, el argentino Ramiro de Casabella había encarado, a pedido de la revista Poesía Buenos Aires, la traducción de “Aniversario”, un poema del heterónimo Álvaro de Campos.

A decir del investigador argentino Mario Cámara, la llegada de Álvaro de Campos a la revista se dio gracias a las conexiones artísticas que promovían sus integrantes, y el poema se publicó acompañado de una larga nota, en absoluto adicional, sino tan relevante como el poema mismo, firmada por Raúl Gustavo Aguirre, el fundador y editor de Poesía Buenos Aires. Aun así, ni Paz ni Alonso se acercaron a Pessoa a través de estos trabajos. Alonso lo hizo a partir de los volúmenes de Ática; el nobel mexicano, quien estaba al tanto de las publicaciones españolas, a través de las traducciones de Mitrani, en francés, seguidas de las de Armand Guibert.“Su lectura me reveló a un gran poeta, casi desconocido entre nosotros –escribió Paz en ‘El desconocido de sí mismo’, ensayo que sirve de preámbulo a su antología poética de 1962–. Poco a poco descubrí que existía un reducido círculo de lectores de Pessoa, disperso en todo el mundo; Viera da Silva me prestó la Obra poética, en la edición de Río de Janeiro; conseguí el tomo de ensayos de Adolfo Casais Monteiro; más tarde, no sin dificultades, adquirí los volúmenes de la edición portuguesa. Casi sin darme cuenta, empecé a traducir algunos poemas de Álvaro de Campos. Insensiblemente pasé a los otros heterónimos. […] Mis traducciones no son un trabajo de erudición, sino el fruto espontáneo, tal vez un poco agrio, del fervor”.

Aunque Alonso solía repetir con gracia y también con razón que la antología de Fabril Editora era, en rigor, un gol argentino e insistía, además, en arrogarse –legítimamente, claro– el rótulo de primer traductor de Pessoa en América Latina, hubo dos factores a los que podría atribuirse la falta de una asimilación generalizada de este acontecimiento prominente (y, en consecuencia, el hecho de que aún persista cierta falta de claridad respecto de cómo desembarcó Pessoa en el ámbito hispanoamericano): en principio, el escaso énfasis de la crítica en la prensa local, es decir, en Argentina; segundo, la irrupción, en forma casi paralela, de la traducción de Paz, editada y publicada por la Universidad Autónoma de México.

“Fue un éxito silencioso –dice Rodolfo recurriendo ahora a un atinado oxímoron para describir el efecto suscitado en Latinoamérica por la primera antología suya–. En poco tiempo, sin promoción ni publicidad, casi en secreto, hubo que hacer sucesivas reediciones”.

En Portugal, en cambio, la noticia argentina prendió y fue públicamente celebrada por María Aliete Galhoz, infatigable promotora de la investigación pessoana: “Rodolfo Alonso nos restituye un poeta a través del amor de otro poeta”, dijo.

(Años después del encuentro en Olivos y de un modo bastante inesperado, yo mismatuve la suerte de presenciar algo de lo que aún perduraba, y acaso perdura, de aquel entusiasmo sesentero. En abril de 2024, mientras recorría una exhibición de libros de la biblioteca particular de José de Almada Negreiros puestos en diálogo con los de Fernando Pessoa, en la Casa Fernando Pessoa, en Lisboa, vi tras el cristal un ejemplar de la traducción de Rodolfo Alonso, publicado en 1961 por la Compañía General Fabril Editora, ejemplar que ostentaba una larga y enérgica dedicatoria de Galhoz a Almada Negreiros: “Ao Mestre Almada, este libro que diz da grande força que querem já negar a Pessoa. Ao Mestre Almada que nunca teve mais que carinho pela glória sombria de seu amigo-companheiro ainda hoje. Ao Mestre Almada que nunca sujou a alma com inimigos”).

En 2005, la Editorial Argonauta de Buenos Aires, en manos de Mario Pellegrini, el hijo de Aldo, publicó una versión revisada del volumen de 1961, versión que volvería a imprimirse en agosto de 2022.

“Aquí y allá, en todo el universo de nuestra lengua –dice Alonso en este nuevo prólogo–, aquella edición argentina de Pessoa fue conquistando a sus lectores casa por casa, uno por uno, individualmente, por la propia potencialidad de sus textos, de sus poemas, y de una forma tan indeleble que todavía hoy –me consta– se lo conserva en bibliotecas privadas como un acontecimiento y en el corazón y la memoria como un entrañable compañero: íntimo, personal y de huella perdurable”.

Aquel sábado de enero, me despedí de Rodolfo pasada la una. Días después, me envió un correo con el asunto en letras mayúsculas: SEÑALES DE VIDA. “Cara María Soledad: / Fue un gusto recibirte, tan gentil y amable / Sólo espero que mi irrefrenable charla no haya dejado preguntas sin contestar. Siempre a tus órdenes”. 

viernes, 7 de noviembre de 2025

Habla Adan Kovacsics, traductor del último Nobel

Daniel Gigena entrevistó al traductor, de, entre otros, el último Premio Nobel de Literatura. El texto fue publicado el 4 de noviembre en el diario La Nación, de Buenos Aires. En la bajada se lee: "Chileno de nacimiento y nacionalizado español, Adan Kovacsics habla sobre la experiencia de trabajar con la literatura del húngaro; tiene, además, una obra propia en el mismo sello Acantilado"

El traductor del Nobel: “Krasznahorkai me abrió muchos mundos, como solo pueden hacer los grandes escritores”

El traductor al español (y amigo) de dos Nobel de Literatura –los húngaros Imre Kertész y László Krasznahorkai– nació en Santiago de Chile en 1953. Hijo de inmigrantes húngaros, Adan Kovacsics estudió filología románica e inglesa y filosofía en la Universidad de Viena. En 1980 se trasladó a Barcelona, donde inició una carrera como traductor, corrector y escritor; se nacionalizó español. Además de los Nobel 2002 y 2025, entre otros narradores y pensadores europeos, tradujo obras de Heinrich von Kleist, Ádám Bodor, Hartmut Lange, Arthur Schnitzler, Heimito von Doderer y Péter Esterházy.

Es autor de Guerra y lenguaje (2008), Karl Kraus en los últimos días de la humanidad (2015), El vuelo de Europa (2016), Las leyes de la extranjería (2019), El destino de la palabra y Acaece, sin embargo, lo verdadero, ambos publicados este año. Compañero de catálogo de Krasznahorkai en la editorial Acantilado, Kovacsics integra la Academia Alemana de la Lengua y la Literatura.

“La experiencia es extraordinaria, me ha supuesto un enorme enriquecimiento, tanto en el plano espiritual como en el del lenguaje, del estilo –dice Kovacsics a La Nación sobre su trabajo como traductor del autor de Tango satánico y El último lobo–. Krasznahorkai me abrió muchos mundos, como solo pueden hacer los grandes escritores. Fue también un aprendizaje importante dejarme llevar por el flujo de su húngaro”. Entre sus títulos preferidos del “muy merecido Nobel”, menciona especialmente dos. “Me gustan todos, pero le tengo particular aprecio a Y Seiobo descendió a la Tierra y Herscht 07769. Este último no se ha publicado aún, pero creo que saldrá pronto, también en Acantilado. ¡Es una novela genial!”.

Kovacsis obtuvo varios premios, entre otros, el Premio Nacional del Ministerio de Cultura de España por el conjunto de su obra y el Premio Nacional de Austria, en 2010; el Gran Premio Balassi de Hungría, en 2017, y el Premio Straelen de Alemania, en 2022. Espera visitar la Argentina para hablar de su oficio de traductor y sus libros.

Sobre su propia obra, define: “En general, son un híbrido de ficción y ensayo. Es así desde Guerra y lenguaje, lo son también mis últimos libros, El destino de la palabra y Acaece, sin embargo, lo verdadero. En este último, mi amigo Imre Kertész desempeña un importante papel, pues el libro trata de la relación entre experiencia y lenguaje. En el primero trazo el camino del hundimiento de la palabra, que es esencialmente poética, debido a la cantidad ingente de información, que acaba anulándola”.