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viernes, 19 de septiembre de 2025

Una nueva versión argentina de la poesía de Dylan Thomas que se suma a las tres ya existentes

"Poeta de lo oral y lo visual, de las sensaciones y atmósferas más diversas pero también de símbolos y metáforas siempre sorprendentes, complejo pero no inaccesible, Dylan Thomas es una de las grande figuras de escritor que rebalsó lo estrictamente literario para entrar en el panteón de las celebridades. En este contexto es bienvenida la propuesta de volver a transitar sus textos. Poesía completa 1934- 1952 reúne noventa poemas en flamante traducción de Patricia Ogan Rivadavia y Esteban Moore para esta edición de El cuenco de plata. Un festival de la lengua y la palabra, más allá del mito, más allá de la leyenda." Tal es la larguísima bajada de Demian Paredes que precede el artículo ad hoc, publicado en Radar Libros, del diario Página 12, el pasado 14 de septiembre.

La Poesía completa de Dylan Thomas en flamante traducción argentina

En su serie de comentarios a “La tarea del traductor” de Walter Benjamin, el filósofo Antoine Berman señaló que, si el destino de una obra literaria es la de ser traducida, el destino de la traducción será el de la “sustitución” o el reemplazo por otra. Y esto por la compleja razón de los cambios y “expansiones” -y también, consideremos, pueden darse contracciones, empobrecimientos, estancamientos- del idioma. Pasan las décadas, y la lengua viva de una sociedad se modifica, abandona y olvida palabras, recupera otras, inventa, “cruza” y combina idiomas, lanza expresiones, las instituciones hacen lo suyo, etc. Por ello, para que una obra literaria perviva -para que se mantenga en circulación, para que continúe siendo leída-, además de “desbordar” el lenguaje en su idioma original y su contexto histórico, debe contar, también, con la noble y ética tarea de la traducción. Es decir, su renovación, una “re-traducción”, cada cierto número de años.

Dylan Thomas, por su parte, es un autor bien conocido por el público de habla castellana. Están las colecciones de cuentos El visitante y otras historias y Retrato del artista cachorro, publicadas por los sellos españoles Bruguera y Seix Barral, como también obras publicadas en Buenos Aires: la novela Con distinta piel, por Jacobo Muchnik Editor, el mitologizante Yo conocí a Dylan Thomas, de John Malcolm Brinnin, por Fabril Editora, y un gran volumen de develadoras Cartas, publicado por De la Flor, con traducción de Pirí Lugones (toda una personalidad editorial, como Muchnik, de importante trayectoria en la historia y la cultura argentinas). Otros trabajos menores e inconclusos, como El doctor y los demonios -un guion cinematográfico- y Bajo el bosque lácteo -una “obra a voces”- se tradujeron y continúan traduciendo. Y también, porque es lo esencial de Dylan Thomas, se tradujo y se traduce su poesía. En tal sentido, El cuenco de plata ha publicado Poesía completa 1934-1952 de Dylan Thomas, con flamante traducción de Patricia Ogan Rivadavia y Esteban Moore. A diferencia de un trabajo anterior, publicado a comienzos de la década de 1970 por la poeta Elizabeth Azcona Cranwell, esta nueva traducción, realizada en tiempo y contexto presente, cuenta además con la ventaja del medio siglo transcurrido, en el cual se conocieron nuevos datos e informaciones sobre Thomas -por ejemplo, en libros y documentales-, al mismo tiempo que combina una labor a cuatro manos, con la sensibilidad y el background de cada integrante de la dupla: Ogan Rivadavia como profesora y traductora, y Moore como poeta, ensayista y traductor.

Se habla aquí, por supuesto, de un artista que rebasó, en el corto e intenso tiempo que vivió (1914-1953), los límites de su oficio, para brindarse en lecturas, por radio y en presentaciones en vivo, influenciando y motivando a toda clase de artistas con el correr de las décadas, como Philip Larkin -quien ajustó su propia poética tras leer a Thomas-, Bob Dylan -quien tomó el nombre del poeta como apellido para componer su “nombre artístico”-, John Lennon -quien leía al poeta para inspirarse y luego lanzarse a escribir canciones para los Beatles, según recordara Paul McCartney-, y los poetas Beat Jack Kerouac y Allen Ginsberg. Es un artista altamente valorado por poetas como Paul Muldoon, Marianne Moore y Kenneth Rexroth, y vale recordar que Igor Stravinsky -con quien quedó una colaboración trunca, por la muerte de Thomas- compuso la obra musical In Memoriam Dylan Thomas (1954). Y, muchísimo más acá en el tiempo, en 2024, se lanzó el álbum musical Lamentations, del hiperprolífico compositor y saxofonista de vanguardia John Zorn. Con la interpretación de tres grandes guitarras del mundo, Bill Frisell, Gyan Riley y Julian Lage, la obra se compone de cuatro piezas tituladas como poemas de Thomas, quien además aparece dibujado/esbozado en la portada, completa e inmaculadamente blanca: “With Blinding Sight”, “Clown in the Moon”, “Do Not Go Gentle Into That Good Night” y “Close of Day”. Como escribieron Ogan Rivadavia y Moore en su prólogo, “es una influencia que atraviesa lenguas y fronteras”.

La leyenda del santo bebedor
Otra conexión con el poeta que puede traerse a cuento: lo que escribiera el chileno Roberto Bolaño al comienzo de su “declaración autobiográfica” ante el otorgamiento del premio Rómulo Gallegos, en 1999, por su novela Los detectives salvajes: “Nací en 1953, el año en que murieron Stalin y Dylan Thomas. En 1973 estuve ocho días detenido por los militares golpistas de mi país y en el gimnasio en donde tenían a los presos políticos encontré una revista inglesa con un reportaje fotográfico de la casa de Dylan Thomas en Gales. Yo creía que Dylan Thomas había muerto pobre y la casa me pareció magnífica, casi como una casa encantada en medio del bosque. No había ningún reportaje sobre Stalin. Pero esa noche soñé con Stalin y Dylan Thomas: ambos estaban en un bar de Ciudad de México, sentados a una mesa pequeña y redonda, una mesa para echar un pulso, pero ellos no echaban un pulso sino que competían para ver quién de los dos aguantaba más bebiendo. El poeta galés bebía whisky y el dictador soviético vodka. A medida que el sueño transcurría, sin embargo, el único que parecía cada vez más mareado, cada vez más al borde de la náusea, era yo”.

El siempre hilarante Bolaño se hace eco, como al parecer continúa haciéndose en artículos y libros actualmente, año 2025, de Thomas como “poeta maldito”, dionisíaco, “del exceso”, o más sencillamente un alcohólico. De ahí la leyenda de los 18 whiskys bebidos antes de enfermar y padecer delirium tremens, caer en coma y fallecer a los pocos días, a los 39 años, durante una gira en los Estados Unidos. Entre otras desmentidas, se encuentra el documental Dylan Thomas, de la tumba a la cuna (2003), de la BBC, en donde se buscan -y no se encuentran- pruebas ni testigos de los supuestos continuos excesos, apostando por la hipótesis más plausible, la de una combinación de nefastos azares: el poeta padecía una diabetes mal diagnosticada y tratada, a lo que se sumaron un cansancio atroz esos últimos años recorriendo durante varios meses Estados Unidos, en exigentes giras, con performances agotadoras, más una neumonía, y, posiblemente, una mala praxis con diagnósticos equivocados y sobredosis de morfina; todo ello habría sido lo que terminó con su vida tan tempranamente. Por supuesto, el mismo Thomas utilizó con risa en sus prosas los temas del bar, el alcohol y la borrachera y de las suyas, reales, habla, también, en algunas cartas. Todo esto hace a un perfil de un personaje que puede muy bien combinar con su arte, donde se puede encontrar cierto carácter mayestático en sus largos versos, vital y “oscuro” al mismo tiempo, en cuanto a densas metáforas, lo que hace su poesía atrayente; abre una dimensión de enigma, entre otras tantas que posee.

Poeta de lo oral, de agudos ojos y oídos, Thomas siempre fue, como confesó en un texto que se conoce como “Manifiesto poético”, un “enamorado” de la palabra, y de cada letra habida y existente. De ahí que lo único verdaderamente importante sea leer, releer y valorizar su poesía: piezas con sorprendentes símbolos, imágenes y metáforas, donde el primer verso generalmente funciona como título: entre otros “Un proceso en el clima de mi corazón”, “Si me hiciera cosquillas el roce del amor”, “Me hice colega del sueño”, “La semilla en punto cero”, “El dolor, ladrón del tiempo”, “Acaso porque el ave del placer silba”, “En mi oficio u hosco arte” y “No entres mansamente en esa noche bondadosa”, por mencionar sólo un puñado.

Una poética del símbolo
De vivencias singulares -su padre, al enseñarle a leer, lo hacía con Shakespeare, pese a las dudas y reparos de otros familiares-, Dylan Thomas manifestó desde siempre su deseo por la poesía. En una carta de 1933 a Pamela Hansford Johnson, escribió: “He puesto mi fe en la poesía”. Ese mismo año, en otra carta a la misma corresponsal, le explicó: “Se dice que es loco escribir poesía y cuerdo almorzar a la una; pero es al revés: el Arte es alabanza y es cuerdo alabar, porque al alabar alabamos lo divino que nos da cordura; el reloj es símbolo de la limitación del tiempo y el tiempo es ilimitado; por lo tanto es equivocado obedecer el reloj y correcto comer no cuando las manos del reloj sino los dedos del hambre, nos lo dictan. Resuelvo en primer lugar hacer poesía, en segundo, escribirla”.

Tan escritor como lector, Thomas era muy consciente del trabajo poético. En una carta de 1934 a Glyn Jones, luego de un párrafo donde da sus pareceres sobre T.S. Eliot, Gertrude Stein, Arthur Rimbaud, Robert Graves y e. e. cummings, dice de su poesía: “Mi propia oscuridad está bastante fuera de moda, por estar basada en un simbolismo preconcebido derivado (me temo que esto suene muy vago y pretencioso) de la significación cósmica de la anatomía humana”. Le escribe a Charles Fisher, en 1935: “Me pediste que te explicara mi teoría sobre la poesía. Realmente, no tengo. Me gustan las cosas que son difíciles de escribir y difíciles de comprender; me gusta ‘redimir los contrarios’ con imágenes secretas; me gusta contradecir mis imágenes diciendo dos cosas a la vez en una palabra, cuatro en dos, y una en seis”. Y en 1938, a Henry Treece: “buen número de mis imágenes vienen del cine, y del fonógrafo y del periódico, ya que uso el slang contemporáneo, los clichés y los juegos de palabras”.

Dylan Thomas en varias otras cartas se separó del surrealismo -al que no leyó, y con el que no comulgaba en nada-, habla casi constantemente de sus apuros financieros -siendo padre y sostén de familia-, y suele tener cierto cálculo o “contabilidad” sobre la relación de escritura de prosas versus la de poemas, tal como le escribió a Bert Trick, en una carta de 1939: “Ahora estoy tratando de terminar para diciembre un libro de cuentos, temporariamente llamado Retrato del artista cachorro, que forman una autobiografía provincial. Eventualmente pueden llegar a ser divertidos, pero escribirlos significa escribir un número menor de poemas”. Las prosas le permiten obtener dinero para vivir, mientras que con la poesía a duras penas consigue lugar, y, con suerte, una magra paga. Thomas tiene, sin embargo, el deseo permanente de sólo utilizar su tiempo vital para escribir poesía.

En su prólogo a Poesía completa, Patricia Ogan Rivadavia y Esteban Moore hacen un retrato o semblanza del poeta, partiendo de aclarar algo básico: “es un poeta galés que escribe en inglés”. Y hacen esta filiación: es “un autor que pertenece a ese reducido grupo de escritores, entre los que se cuentan el irlandés James Joyce, el escocés Hugh MacDiarmid y el norteamericano Hart Crane, que se proponen una renovación de la retórica y la prosodia de la lengua inglesa, en la que Thomas probó ser un ‘verdadero maestro’”, en palabras, estas últimas, tomadas de Al Alvarez.

Thomas “no hablaba galés, no obstante, lo escuchaba a diario” en padres, vecinos y otros familiares, explican Ogan Rivadavia y Moore, lo que fomentó el fino oído con el que luego escribiría. Además de esto, “respecto de la cultura galesa, también conocía el Maginobion, conjunto de leyendas medievales del mundo céltico galés”. Destacando, finalmente, los modos y elementos de su particular combinatoria: “el juego que nos propone Thomas: abstracciones, ironía, humor, imágenes oscuras, metafísicas, que en su contradicción buscan iluminar, y sus complejas y extrañas alusiones bíblicas”. Lo que hay, entonces, es un “universo que trasciende lo real y asocia lo natural a lo sobrenatural”.

Algunos años antes de morir, Dylan Thomas aseguró en una carta: “Quiero construir poemas lo bastante sólidos y grandes como para que la gente pueda caminar y sentarse, comer y beber y hacer el amor en ellos”. Es esta una intensa y ambiciosa invitación, hecha por el propio poeta, para conocer y adentrarse en su espacio literario: alrededor de noventa poemas, reunidos ahora en este nuevo volumen.

jueves, 5 de octubre de 2017

Dylan Thomas en castellano: "Una empresa temeraria. Acosada de peligros"

Ingrid Pelicori es una de las más sólidas e inteligentes actrices argentinas de la actualidad. No sólo elige bien sus proyectos, sino que lo hace sin permitirse concesiones. Por lo tanto, no es de extrañarse que haya participado en la ambiciosa puesta de Under Milk Wood (Bajo el bosque de leche), pieza para voces que el poeta galés Dylan Thomas estrenó personalmente el 14 de mayo de 1953, a pocos meses de su muerte, en 1953. Desde entonces, la pieza tuvo varias resurrecciones radofónicas, hasta llegar a la adaptación cinematográfica de Andrew Sinclair, de 1972, con un lujoso elenco encabezado por Peter O’Toole, Richard Burton y Elizabeth Taylor. En la Argentina, la pieza –juzgada como “intraducible”, como buena parte de la obra de Thomas– fue traducida por Victoria Ocampo y Féliz Della Paolera y publicada por la editorial Sur en 1959 (hay una versión española titulada Bajo el bosque lácteo que la editorial Fontamara, de Barcelona, publicó en 1979 y que difunta DVD, volvió a publicar en 1999, en traducción introducción y notas de Ramón Andrés). Llevada varias veces al teatro, hay ahora una nueva versión, actualmente en artel, debia a Pelicori. Consciente de la dificultad del texto, ella escribió las siguientes líneas para la revsita del Teatro Municipal "General San Martín". Las reproducimos con su autorización. 

Traducir a Dylan Thomas

Traducir a Dylan Thomas es una empresa temeraria, y condenada en buena medida al fracaso. Si alguna dosis de éxito es posible, esta deriva de la capacidad de decidir con buen tino qué sacrificar. Y qué no.

Para mí, lo primero que no se podía resignar era la comprensión. Por supuesto que intentando no reducir la complejidad de la obra, ni su carácter poético. Dylan Thomas escribió alguna vez: “me gustan las cosas que son difíciles de escribir y difíciles de comprender, me gusta redimir los contrarios con imágenes secretas”. Pero también, cuando en ocasiones fue tildado de “oscuro e incomprensible”, negó los cargos y afirmó que “cada línea pretende ser comprendida”.

En este trabajo de traducción de Under Milk Wood, tuve siempre presente que se trataba de una versión para la oralidad, para ser dicha en un espectáculo teatral a representarse hoy y acá, frente a un espectador que se sienta en su butaca y escucha el texto una sola vez. Entonces, ningún juego de la lengua, ningún intento de asimilar procedimientos podía hacerse a expensas de lo inteligible. Desde ya es imposible traducirlo literalmente: los juegos de palabras, las torsiones sintácticas, las asociaciones basadas en los sonidos, la formación de palabras, los dobles y triples sentidos, además de las referencias culturales galesas, resultarían incomprensibles. Ser fiel, en el sentido de ser literal, iría contra el mismo sentido.

De modo que el primer objetivo fue que la traducción resultara comprensible. Pero también que el lenguaje no sonara envejecido. Y que pudiera “entrar” en la boca del actor, y resonar en su cuerpo y en su afectividad. Por estas razones no podíamos tomar traducciones anteriores. El traductor no tiene más remedio que traducir con su propio lenguaje y su propio criterio de belleza, que indefectiblemente se transforma con el tiempo. Se ha dicho ya que las traducciones suelen envejecer. (Walter Benjamin escribió: “La mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de esta evolución). Podría ocurrir que la traducción exacta de ciertas palabras o frases hoy nos sonara arcaica.  Y no se haría justicia a un poeta tan innovador - que significó una ruptura en la manera de escribir poesía- con una traducción que tuviera un sabor anticuado.

Dylan Thomas ha dicho “Quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras”. Por cierto un amor correspondido y feliz. Con las palabras él crea mundos, hace música, juega irónicamente, dispara múltiples sentidos, penetra en los corazones. En Under Milk Wood, un trabajo de madurez amasado durante diez años, el lenguaje es riquísimo, muy sonoro, con asociaciones e imágenes sumamente originales, y con una fuerte unión del significado y la sonoridad. Él dijo en su manifiesto poético: “No son las palabras las que expresan lo que quiero expresar: las palabras son las únicas que encuentro que se acercan para expresar solo la mitad”. En su obra, el ritmo y la musicalidad de las palabras, son parte del sentido, del contenido. Hay algo más que se dice en esas sonoridades. Algo queda palpitando allí. Algo misterioso a veces. Algo gracioso en otros casos. Una mirada irónica. O un tono sentimental. Algo que acompaña y termina de construir el sentido. La peculiar mirada de Dylan Thomas también se cuenta en ese impulso, esa música, esa respiración, esos ritmos. En aquello que es más que comunicación.

El desafío de la traducción fue intentar encontrar o crear alguna equivalencia de esos procedimientos en nuestra lengua. A pérdida, desde ya. En primer término por la grandeza incomparable del poeta. Se ha dicho que traducir es decir de otro modo. Y la genialidad de Dylan Thomas consiste en decir a su modo. Por otra parte, el idioma castellano carece de la flexibilidad y la liviandad del inglés. Las palabras en nuestra lengua son largas, pesadas, con muchas vocales, de modo que los efectos rítmicos se vuelven demasiado evidentes, las rimas son más previsibles, más duras, los juegos de palabras resultan más forzados, y los neologismos suenan afectados.

Entonces, lo que me propuse fue imaginar el efecto que se buscaba en el original a partir de estos procedimientos, y procurar generar algo semejante. Oír la intención. (Meschonnic ha dicho: “Más que lo que dice un texto es lo que hace lo que hay que traducir”).

En este sentido me pareció fundamental atender en la versión castellana al tratamiento sonoro, es decir producir cierta musicalidad, a partir de ritmos, de rimas y aliteraciones, pero de un modo sutil, para que no perdiera la liviandad que tienen en inglés esos procedimientos. Aunque sin resignar el tratamiento lúdico de los sonidos. En esta musicalidad se despliega el hálito poético de la obra. Pero también el humor, que tiene un rol muy importante, y que se juega no solo en el contenido, sino también en la composición de los sonidos.

Diría entonces que lo que quise no sacrificar fue el carácter poético, la musicalidad, el procedimiento lúdico y el humor.  Procurando que el lenguaje contribuyera a crear los sucesivos climas y tonos tan cambiantes de la obra, desde el lirismo a la ironía, desde el humor más desenfadado a la más delicada sensibilidad, desde el fondo sexual que atraviesa toda la obra, a la sutil y profunda emoción existencial.

El método de trabajo incluyó por supuesto leer otras traducciones, trabajar con el diccionario, pedir ayuda para las zonas más oscuras y, sobre todo, leer los otros textos de Dylan Thomas para poder captar su particular visión del mundo. Y luego intentar ser fiel a la actitud que impregna su obra.

Sí, traducir a Dylan Thomas es una empresa temeraria. Acosada de peligros. Pero también llena de la felicidad de sumergirse una y otra vez en sus palabras, dejarse atravesar por sus imágenes, sus sonidos, y convivir con esa profundísima belleza. Para después intentar despertar algún eco, retener algo de su ley y, en el mejor de los casos, poder compartir su secreto.


miércoles, 4 de octubre de 2017

En el Teatro Municipal General "San Martín", se acaba de estrenar "Bajo el bosque de leche", de Dylan Thomas, en traducción de Ingrid Pelicori

Con versión escénica de Mariano Stolkiner y Gustavo García Mendy, sobre una nueva esplendida traducción, realizada por Ingrid Pelicori, acaba de estrenarse en el Teatro Municipal "General San Martín", la pieza Bajo el bosque de leche (Under the Milkwood), del poeta galés Dylan Thomas.

El elenco está compuesto por Ingrid Pelicori, Luis Campos, Belén Pasqualini, Iván Espeche, Alejandra Perlusky, Ariel Staltari, Picky Paino y Abril Piterbarg. A ellos se suman los músicos Gustavo García Mendy, Martín Keledjian y Miguel Rausch.

Las funciones se ofrecerán de miércoles a domingos a las 20 hs.

NOTA:
Las funciones del viernes 6 y el sábado 7 de octubre tendrán lugar en el marco del FIBA (consultar horarios en la programación del Festival).

El sábado 7 de octubre se realizará la última función, ya que el teatro será sede del FIBA (Festival Internacional de Buenos Aires). Posteriormente, las funciones se reanudarán el sábado 28 de octubre, hasta el 17 de diciembre.

Platea $140.- Miércoles y jueves (día popular): $70.-






martes, 21 de junio de 2016

Otras versiones de Dylan Thomas

La Gaceta de Tucumán del 30 de marzo pasado publicó sin firma una breve noticia sobre Buenos Aires poetry, una singular revista monográfica que ya va por su tercer número. En la ocasión, uno dedicado a Dylan Thomas.

Poemas, ensayos y nuevas traducciones de Dylan Thomas

La publicación Buenos Aires poetry, revista y editorial de poesía y crítica literaria, presenta un nuevo número especial dedicado a Dylan Thomas (1914-1953), el gran poeta británico fallecido a los 39 años. La edición incluye poemas, ensayos y nuevas traducciones, entre otros materiales sobre el autor de “Veo a los muchachos del verano”, según consignó Télam.

Este número especial de la revista, que ya publicó especiales sobre Rimbaud y Ezra Pound, es parte del trabajo que llevan adelante el poeta, editor y traductor Juan Arabia, y la diseñadora Camila Evia. 

Sobre el artista cachorro

En el prólogo al especial sobre Thomas, “Rimbaud de Cwmdokin Drive” –como el autor se hacía llamar–, Arabia escribe: “No sólo la poesía de Dylan, sino su prosa (su infancia y adolescencia narrada en los hermosos cuentos de ‘Portrait of the artist as a young doc’ o Retrato del artista cachorro) adhiere a la experiencia misma, sin mediaciones o consideraciones previas, y recurre a símbolos (creativamente) eternos y universales”.

“Porque la dinámica experiencial en Dylan –continúa–, la individualidad que restituye en el escenario histórico con sus versos (su genia a mi juicio, era su libertaria juventud), es la de una constante pérdida, sólo posible de recuperar –con el paso del tiempo, y al igual que la opiómana juventud de Coleridge– a partir de la pérdida de todos los sentidos”.

Arabia sostiene: “Las luminosas baladas y alabanzas de Dylan, como él mismo llegó a escribir en su nota a la edición de noviembre de 1952, están escritas ‘por amor al hombre y en alabanza a Dios, y yo sería un condenado tonto si ello no fuera así’. Agregar palabras o restar importancia a esta humilde advertencia, sería algo parecido a dejar caer la lágrima del tiempo”.

Sitio digital

El sello, que incluye la colección de poesía “Pippa Passes”, cuenta con un sitio digital, https://buenosairespoetry.com/, donde los lectores y usuarios encontrarán la librería online y podrán comprar las publicaciones; el catálogo que incluye la colección, la revista y números especiales; así como los puntos de venta en todo el país y en el exterior. 

miércoles, 4 de marzo de 2015

Volvió el Club con una reunión sobre las versiones de los cuentos medievales galeses

Luciana Cordo Russo abrió la reunión que dio comienzo al séptimo año de actividades del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Lo hizo con su charla sobre "Las versiones en castellano de los cuentos medievales galeses de Mabinogion". Fue una velada inmejorable que quienes deseen revivirla podrán verla en http://www.ustream.tv/recorded/59492076

Luciana Cordo Russo es Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. En diciembre de 2014 entregó su tesis de doctorado en esa misma universidad sobre traducciones al galés medio de textos franceses medievales, que espera defender en marzo. Su investigación fue dirigida por María Silvia Delpy (UBA) y co-dirigida por Sioned Davies (Cardiff University). Es becaria doctoral del Instituto Multidisciplinario de Historia y Ciencias Humanas del CONICET y es parte de las cátedras de Teoría Literaria y Literatura Medieval en la Universidad de San Martín. Ha realizado varias estancias de investigación en el País de Gales, aprendiendo sobre la lengua y la cultura, tomando clases en la universidad y trabajando en su tesis. Ha presentado trabajos en congresos y publicado artículos sobre el tema de su especialidad. Entre sus proyectos se cuenta la traducción al castellano de los relatos galeses medievales conocidos como Mabinogion.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Lectura trilingüe de poesía galesa en galés e inglés

La tercera parte del seminario sobre poesía galesa en galés e inglés, que tuvo lugar el lunes 26 de agosto pasado, consistió en una lectura trilingüe en la que participaron Tiffany Atkinson (traducida por la poeta Silvia Camerotto y la narradora Inés Garland) y Mererid Hopwood (cuyos poemas, fueron a su vez traducidos al castellano desde el  inglés por Inés Garland), todo lo cual puede verse y oírse en 


Tiffany Atkinson y Silvia Camerotto
Tiffany Atkinson (Berlín, 1972) es poeta y crítica literraria., y enseña Escritura Creativa y Estudios Literarios en la Universidad de Aberystwyths, en Gales. Su principal tema de investigación han asido las teorías sobre el cuerpo, la historia de la anatomía y la literatura contemporánea. Realiza frecuentes lecturas y talleres en el Reino Unido. Es, además, jurado en la Cardiff Academi International Poetry Competition. A la fecha ha publicado Kink and Particle (2006) y Catulla et al (2011). Ha editado The Body: A Reader (2004). Su poesía puede leerse también en Poetry International Web y en numerosas publicaciones colectivas; entre otras, Identity Parade: New British and Irish Poets (ed. Roddy Lumsden, 2010) y Women’s Work: Modern Women Poets Writing In English (ed. Amy Wack y Eva Salzman, 2009).

Inés Garland y Mererid Hopwood

Para cerrar leyeron la poeta Karen Owen (traducida por Marina Kohon y leída por Silvia Camerotto) y Richard Gwyn (traducido y leído por Jorge Fondebrider) como puede verse en  http://www.ustream.tv/recorded/37856919

Karen Owen (Bangor, 1974) es poeta y periodista. Creció en Pen-y-groes, donde todavía vive. Estudió en Ysgol Gynradd Pen-y-groes y en Ysgol Dyffryn Nantlle. Más tarde realizó estudios de Matemáticas Teóricas en la University of Wales Bangor, antes de dedicarse por entero al periodismo. Fue entonces cuando entró en la revista en lengua galesa Golwg como corresponsal en 1995, llegando al cargo de editora de la publicación en 2000, puesto que mantuvo por siete años. Luego de tres años como Productora de Programas Religiosos para la BBC Cymru en Bangor (2007-2010), volvió a la prensa gráfica, desempeñándose como periodista free lance para el periódico Y Cymro. Publicó dos volúmenes de poesía: Yn Fy Lle (In My Place) en 2006, y Siarad Trwy'i Het (Talking Through His Hat) en 2011. Además de viajar por Gales presentando su obra ha recibido la Winston Churchill 2011 Memorial Scholarship para viajar por Colombia, India, Ucrania y Sudáfrica estudiando las tradiciones poéticas locales. Su documental para televisión Cyfrinach Olaf Frida (Frida's Last Secret), basado en el asesinato de su bisabuela, fue emitido en S4C en julio de 2009.

Jorge Fondebrider, Richard Gwyn y Karen Owen