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martes, 20 de octubre de 2020

Enrique Pezzoni analiza la labor de Alberto Girri como poeta / traductor de poesía

Poner orden en los viejos papeles que uno va juntando con los años tiene sus ventajas. Una de ellas es encontrar cosas que se habían olvidado por completo. Así, en los próximos días, el Administrador irá subiendo, junto con artículos más cercanos en el tiempo, otros, de mucho valor, perdidos en las páginas de diarios y revistas, y nunca incluidos en libro. Y paa empezar, éste, publicado por
Enrique Pezzoni (foto de la derecha), el 19 de febrero de 1989, en La Gaceta, de San Miguel de Tucumán.

Para poner en contexto al lector no familiarizado con estos nombres, la editorial Fraterna, de Buenos Aires, acababa de publicar La tierra yerma, con versión y notas de Alberto Girri (foto de la izquierda). Éste y Pezzoni, anteriormente habían traducido una antología de poemas de T. S. Eliot para la editorial argentina Corregidor. Ambos habían sido frecuentes colaboradores de la revista Sur, de Victoria Ocampo, además de amigos.

"The Waste Land" en español

Hay un doble gesto que se reitera en muchos de los libros de Alberto Girri. Consiste en incluir junto a sus propios poemas, traducciones de poetas anglosajones. La lista es larga. Girri suele cerrar sus libros con versiones de G. M. Hopkins, W. B. Yeats, Wallace Stevens, Robert Graves, T. S. Eliot, Peale Bishop y también otros autores menos festejados por la popularidad, siquiera académica, entre nosotros: W. D. Snowdgrass, William Bay Smith. El doble gesto de reunir textos propios con textos de otros –pero apropiados a través de la traducción– señala dos proyecciones aparentemente divergentes, dos rumbos que en realidad coinciden. Son el movimiento mismo de ir hacia el poema, el propio, el de otro. Creo que hay en verdad un rasgo característico, se no definitorio, de la práctica poética de Alberto Girri. Ese rasgo en la tensión permanente de partir hacia un texto que se exhibe como indagación de sí mismo. Los poemas de Girri se presentan como una imagen del mundo que consiste en una interrogación constante: no sólo un preguntarse acerca del mundo, sino también acerca del movimiento que lleva a una imagen orecida como un hallazgo nunca definitivo. Cada poema de Girri es a la vez lectura del mundo y de sí mismo. Una poética severa, rigurosa, que declara la afinidad entrañable entre lo hecho, el poema, y los modos, las posturas , las estrategias de ese hacer. El poema como práctica y también como indagación de esa práctica. "El poema como idea de la poesía": títuo de un  texto contenido en El motivo es el poema (1976), en el cual Girri reflexiona sobre su propio proceder: "que el poema/ se conduzca en la mente como un/ experimento en una ciencia natural,/ y que la aptitud/ combinatoria de la mente sea/ la única inspiración reconocible."

Los poemas de Girri se leen a sí mismos. No se interpretan, no se regalan sentidos contundentes. En todo caso, se explican: se despliegan, se exhiben como la búsqueda en que consisten. Las traducciones de Girrison otro modo de ir hacia el poema desplegándolo sin caer en la trampa de la interpretación. Si en sus propios textos Girri se lee, en sus versiones lee a otro poeta. Actividad insaciable de lector: no sólo leer sentidos, sino también y por sobre todo leer las actitudes y las formas asumidas por la práctica poética. Poeta y traductor: ambos términos son en Girri sinónimos de lector. Lector contumaz, autoconsciente, obsesionado por mostrar los textos en el proceso de hacerse. Tal es para Girri la tarea del poema y también del traductor.

"La tarea del traductor" (1), título del memorable ensay de Walter Benjamin. Con la sinuosa complejidad de su pensamiento, Benjamin define a través de afirmaciones y negaciones la paradójica misión del traductor, posible e imposible a la vez, reveladora y al mismo tiempo encubridora del texto original. "La traducción es, ante todo una forma. Para comprenderla de este modo es preciso volver al original, ya que en él está contenida su ley, así como la posibilidad de la traducción. ¿Qué garantiza esa posibilidad? ¿Cómo definir la traductibilidad de un texto? ¿Acaso hay obras que en su esencia no sólo consienten, sino más aún, exigen en la traducción un acuerdo con la significación de la forma? Sin duda la respuesta no está en el hecho trivial de que una obra haya encontrado a su traductor adecuado. En todo caso, la tarea del traductor consistiría en descubrir que su versión brota del original mismo y en tener presente que no son las traducciones las que prestan un servicio a la obra, sino más bien que deben a la obra su existencia. Las buenas traducciones, las que no consisten en meras comunicaciones o informaciones acerca de los sentidos del original, son aquellas a través de las cuales la obra original sobrevive y alcanza de ese modo su expresión póstuma más vasta y siempre renovada. Por otro lado, la traducción destaca la íntima relación que tienen los idiomas entre sí: y en este sentido, el pensamiento místico de Walter Benjamin lo impulsa a decir que esa relación se basa en el ser lingüístico común a todas las cosas, antes de que se produzca la diversificación en lenguajes diferentes. Paradójicamente, la traducción también revela la diferencia radical entre los idiomas. Una diferencia que no anula la afinidad entre ellos. Cada idioma es para Walter Benjamin parte de un todo, y en esa complementariedad puede percibirse "la pura lengua de la armonía de todos esos modos de significar".  Situado en el cora´zon mismo de la dialécticta entre lo singular y los total, el traductor goza del arduo privilegio de encarnar esa suerte de desgarramiento, única fidelidad a la que se siente sujeto. El traductor es así un lector a ultranza: percibe en el original la profusión de sentidos a que está ligada su forma, y al mismo tiempo reduce esa pluralidad al elegir entre los sentidos aquellos que pueden transmitir en su versión a un idioma determinado. Traductor/lector crítico, autoconsciente de la paradoja que enfrente la percepción de una efervescencia de sentidos y la imposibilidad de reiterarla totalmente en su versión, puesto que para ser inteligible, debe reducir la multitud de significaciones originales y reducirla al sentido que recorta y elige. El traductor, lector crítico. Al definirse a sí mismo en relación Friederich Schlegel y el romanticismo alemán, Walter Benjamin afirma esta similaridad entre la lectura crítica y la traducción. La una y la otra participan de ese gesto que Benjamin llama irónico: un gesto que deshace la movilidad del original dándole una forma canónica en la traducción. El original nunca es definitivo, puesto que puede o exige ser traducido. Es imposible, en cambio traducir una traducción. La traducción congela y por eso mismo muestra la vertiginosa movilidad del original: su inestabilidad. La lectura crítica del traductor es, así, contradictoria: revela que el original no puede reproducirse ni imitarse, pone en movmiento la multiplicidad de sus sentidos, aleja la posibilidad de canonizarlo, pero canoniza su propia versión. 

Tal es la tarea que Alberto Girri asume en su doble gesto de ir hacia el poema propio y hacia el de otro. Como el traductor descrito por Walter Benjamin, Girri se entrega a una tarea posible a la vez que imposible. Se propone versiones transparentes que lleven al original sin reproducirlo: mostrándolo como la forma desde la cual brota toda versión. Transparencia ilusoria. El ideal del traductor/lector Alberto Girri consiste en desaparecer, ofrecer sus versiones casi como decisiones espontáneas del original; la empresa es admirable por el aliento que impulsa: regresar a una lengua primera, original y origen, una lengua que rebase ahora el inglés y el español y que sea la lengua trascendente a cada idioma particular.

La traducción de The Waste Land que nos propone Alberto Girri hace desestimar los árdiso debates en torno a fidelidad versus libertad. Para Girri no hay otra fidelidad que la que liga al traductor a ese potencial de traductibilidad que es la ley del original. No la servidumbre a cada palabra, a cada giro; el apego a cada palabra aislada en The Waste Land nunca logrará aprehender los sentidos del texto: en él, la significación no está únicamente en lo pensado ni en la palabra aislada, sino precisamente en la proporción en que lo pensado está unido a la manera de pensarlo lingüísticamente. Frente a The Waste Land, La tierra yerma de Alberto Girri se muestra como un procedimiento transitorio, provisional, para descubrir lo que cada lengua tiene de original. Y a la vez es el ademán que señala la totalidad ante la cual se fascina Walter Benjamin. La traducción al español del texto de T.S. Eliot es sobre todo su forma: es decir, es una parte de la constelación que integra con el texto inglés de Eliot: "La verdadera traducción es transparente: no cubre el original, no le hace sombra, sino que deja caer en toda su plenitud sobre éste el lenguaje puro, como fortalecido por su mediación" (Walter Benjamin). Es la forma de libertad que elige Girri: la de ir ás allá de la antinomia entre fidelidad y libertad. Su libertad es la de optar por la desaparción como traductor: no interponerse, permitir que se contemplen mutuamente The Waste Land y La tierra yerma. Desaparición, transparencia imposibles salvo como ideal de conducta: empeño condenado a un maravilloso fracaso. Libertad constreñida por la forzosidad de elegir entre la irradiación de snetidos que The Waste Land. Libertad impetuosa, pero sin desenfreno, consciente de su capacidad –necesidad– de optar en cada instante. Traductor/lector crítico, Girri lleva hasta el extremo la virtud de percibir la ebullición de la significancia. En su versión procura dejar la huella de esa lectura abarcadora, pero a la vez se resigna a la singularidad del sentido que es dominante en el momento provisional de la traducción. E ltexto de T. S. Eliot y la versión de Albereto Girri se contemplan sin hostilidad. Precisamene porque el traductor/lector se resigna a la mediación: la tarea es encontrar en la lengua a la cual traduce un eco del original. Tarea afín a la del poeta que, en cada uno de sus textos, percibe la interacción constante que es la lengua poética: "una estructura/de palbras, mosaicos de palabras/ en que cada voz irradia su eficacia/ hacia la derecha, hacia la izqueirda/y sobre la totalidad, el conjunto".  ("Nunca un poema es lo que su autor creyó", en El motivo es el poema).

Como el traductor, el poeta contempla el poema propio. Se quiere transparente, espectador de lo que aststigua. Pero sabe que la contemplación está mediada por él mismo, poeta/lector, traductor/lector crítico. Observemos las sutiles elecciones con que Alberto Girri deja su huella en su versión de The Waste Land. Algunos ejemplos:

En el comienzo de "El entierro de los muertos", el primer canto de La tierra yerma, Eliot enhebra una serie de morosos gerundios: "April is the cruellest months, breeding/ Lilacs out of the dead land, mixing/ Memory and desire, stirring/ Dull roots with spring rain./ Winter kept us warm, covering/ Earth in forgetful snow, feeding/ A little life with dried tubers".

La versión de Girri puntualiza los trs primeros gerundios transformándolos en verbos en presente, antes de regresar al aspecto durativo en los dos gerundios que siguen:

"Abril es el mes más cruel, engendra/ lilas de la tierra muerte, mezcla/ recuerdo y deseo, despierta/ con lluvia primaveral inertes raíces./ El invierno nos mantuvo al calor, cubriendo/ la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo/ un algo de vida con tubérculos secos".

En algún momento, la versión prolonga la polisemia del original eligiendo un térmion que suspende al lector entre la posibilidad de percibir sentidos superpuestos. Así, el verso 54 del primer canto de La tierra yerma, en el cual la quiromátncia Maame Sosostris echa las cartas del Tarot y dice al consultante: "...rI do not find/ The Hanged Man. Fear Death by water". 

La sutil complejidad del texto inglés, que suspende el Fear entre el imperativo de "temer" y el sustantivo Fear "miedo, se prolonga en la versión de Girri mediante la casi perversa oscilación entre otods dos sentidos: "...no encuentro/Al Colgado. Tema la muerte por agua". 

En esta línea, tema es la exhoratación verbal ("tema (usted") y es además el fantasma de un sustantivo que se proyecta en la idea de tema como argumento central. Doble entonación, doble sintaxis: "Tema (usted) la muerte por agua" y "Tema: la muerte por agua": el argumento central de La tierra yerma.

En el segundo canto, "Una partida de ajedrez", surge el verso shakespereano con su simetría espectacular y perferta: "Those are pearls tha were his eyes". La versión de Girri mantiene la doble simetría sintáctica y semántica, y la intensifica al proponer un rotundo endecasílabo de resonancia barroca: "Perlas son éstas que fueron sus ojos". 

Cierro esta breve lista con la mención de un caso risueño. En los versos 140-1 de "Una partida de ajedrez", los parroquianos de una taberna se despiden entre sí exhibiendo su acento cockney: "Goonight Bill. Goonight Lou. Goonight May. Goonight Ta ta. Goonigth. Goonight. Goonigth". 

Girri traspone, no ya al español, sino al porteño ese acento cockney usando una forma que despierta todo u neco popular y aún radiofónico: "asnoches Bill.. asnoches Lou. Asnoches May... as noches. Gracias gracias... asnoches ...asnoches... asnoches". 

Como todo texto poético, The Wast Land de T. S. Eliot es la forma, la constelación de sentidos que Walter Benjamin sabía discernir. La versión de Girri es una forma en la cual, más allá de la transparencia a que aspira, circunscribe, recorta, canoniza algunos de esos sentidos y a la vez los prolonga:los abre hacia la sombra de otras significaciones posibles que de pronto saltan al primer plano. Transparencia y a la vez presencia del traductor/lector crítico, Alberto Girri, lector a ultranza, poeta/ traductor que se lee y slee fascinado ante lo que atestigua en sí y en otros. Los desplazamientos temáticos, la superposición de imágenes, de mundos remotos entre sí, pero también implacablemente inmediatos, el deslizamiento de uno a otro entre diferentes niveles de lengua que vuelve irrisoria la distinción entre lengua coloquial y lengua poética: esos rasgos de The Waste Land se trasladan persuasivamente en La tierra yerma vertida por Girri. Girri dialoga con Eliot, consigo mismo. Con los poemas propios –lectura de sí, indagación de la práctica que lleva a la imagen del mundo ofrecida–, con los cantos de The Waste Land. Diálogo terso pero apasionado entre singularidades y en el interior mismo de la totalidad poética a que ascendía la lectura de Walter Benjamin.


Nota: 

(1) Walter Benjamin, en Ensayos escogidos, traducción de H.A. Murena, Buenos Aires, Editorial Sur, 1967, págs. 77-88.




lunes, 31 de octubre de 2016

Una buena ocasión para recordar a Alberto Girri

El pasado 25 de octubre, Daniel Gigena publicó la siguiente nota en el diaro La Nación, con el objeto de recordar los veinticinco años de la muerte del poeta y traductor argentino Alberto Girri.

Alberto Girri, 25 años después

Este año, en noviembre, se cumplen veinticinco años de la muerte de Alberto Girri, poeta, traductor y ensayista. Había nacido en Buenos Aires en 1919 y publicó su primer libro, Playa sola, en 1946. Por su fecha de nacimiento, se lo incluyó en la generación de los años cuarenta, pero su estilo único y personal, ascético y concentrado, no encajaba en ése ni en ningún otro movimiento de poesía local. Por ese motivo (así es la vida), cosechó grandes elogios y al mismo tiempo rechazos de críticos y poetas.

Girri fue un asiduo colaborador en el suplemento cultural de La Nación y en otros medios gráficos como Sur y Vuelta, la revista literaria dirigida por Octavio Paz. Escribió más de treinta libros de prosa y poesía, entre los que se destacan Coronación de la espera, Poemas elegidos, Los valores diarios, Poesía de la observación, el genial El motivo es el poema, Monodias y Juegos alegóricos. Tradujo a grandes poetas ingleses y estadounidenses como T. S. Eliot, Wallace Stevens (su obra y la de Girri mantienen evidentes puntos de contacto), Robert Frost, John Donne y William Carlos Williams. "Traducir es, aproximadamente, intentar una casi inapresable equivalencia del tipo de lenguaje, imágenes, detalles específicos del original, su forma mentis -declaró en una entrevista con Javier Barreiro -. En mi caso, trato de eludir lo que llamaríamos una traducción «personal», una forma de interpretar el texto elegido, a menudo tan arbitraria que puede llegar a convertir el original en una caricatura; y trato también de evitar la recreación o mera imitación poética. Mi criterio no es brillante pero sí honesto: traduzco sin exagerar la literalidad pero a la vez sin excesivo temor de lo literal." Por pedido del compositor Alberto Ginastera, Girri escribió el libreto de la ópera Beatrix Cenci.

Quizás por motivos ideológicos más que estéticos, la obra de Girri fue tachada de conservadora a partir de los años setenta y su labor poética circuló sólo en ciertos sectores sociales. Eso no impidió que hasta su muerte siguiera con el desarrollo de un trabajo que aspiraba a la totalidad. Sus libros, señaló el crítico Jorge Monteleone, se asemejan a capítulos de un libro único, personal e inimitable. "El proceso de escribir el poema puede partir de una idea, una frase oída al azar, una lectura, una imagen. Simultánea o alternativamente. Pero lo que importa es que esos pretextos, incitaciones circunstanciales, coincidan en mí con un estado de resonancia adecuado", dijo Girri.

Poetas como Arturo Carrera y Jorge Aulicino, en la década de 1990, junto con Sergio Cueto y el gran crítico que fue Enrique Pezzoni, iniciaron un proceso de revalorización de la obra poética de Alberto Girri. "Los ritmos son cada vez más mutantes y el estiramiento epidérmico de la sintaxis es un sistema de paradojas superficiales y semánticas para destronar «sutilmente» la profundidad. Todo ocurre a través de la obra, de los libros, de los poemas. Leamos otra vez a Girri", postulaba Carrera en 1993.

La poesía de Girri encerraba una utopía literaria: el alejamiento de la idea del yo, reemplazada por lo que debería ser la idea del poema. "El creador legítimo tiende a ponerse a un costado de lo creado", escribió en Diario de un libro.

"Girri dijo alguna vez que la prosa de Borges fue un punto de inflexión en el lenguaje argentino y un modelo para él -señala Jorge Aulicino, Premio Nacional de Poesía 2015-. Tal vez ante esta opinión Borges se sintió descalificado como poeta: tuvo algún comentario sarcástico sobre la poesía de Girri. Como sea, llama la atención que en la base de la literatura de un poeta haya prosa, tanto o más que poesía. Por carácter transitivo, si bien no encontré rastros visibles de Borges en Girri, recibí la influencia de los dos en cuanto a actitud frente al lenguaje: la impersonalidad del «emisor», como lo llamaba el propio Girri, es lo que le interesaba en Borges y me interesó a mí en ambos. Impersonalidad muy comprometida en el arte de «atender el texto» con absoluto rigor, como proponía el autor de Quien habla no está muerto y tantos textos clave para el desarrollo de una nueva manera de hacer poesía en el país."

viernes, 20 de septiembre de 2013

Alberto Girri: "Ni la ansiedad perfeccionista, ni la quimera de la versión definitiva"

En el blog de Javier Barreiro hay una entrevista realizada con el poeta Alberto Girri durante el verano austral de 1988. Originariamente, fue publicada en el número 2 de la revista El Bosque, correspondiente a los meses mayo-agosto de 1992. Si bien no es específicamente sobre traducción, hay ahí un párrafo que obra como poética y que vale la pena rescatar. Se transcribe a continuación.

Alberto Girri: un fragmento de entrevista

Traducir es, aproximadamente, intentar una casi inapresable equivalencia del tipo de lenguaje, imágenes, detalles específicos del original, su forma mentis. En mi caso, trato de eludir lo que llamaríamos una traducción “personal”, una forma de interpretar el texto elegido, tan a menudo arbitraria, que puede llegar a convertir el original en su caricatura; y trato también de evitar la “recreación” o mera imitación poética. Mi criterio no es brillante pero sí honesto: traduzco sin exagerar la literalidad pero a la vez sin excesivo temor de lo literal. Ni caer en la ansiedad perfeccionista ni en la quimera de la versión definitiva, ambas desproporcionadas.



martes, 6 de noviembre de 2012

"Traducir sin exagerar la literalidad

Las siguientes preguntas y respuestas, que muy amablemente Silvia Camerotto se tomó el trabajo de copiar y enviarnos, corresponden al libro Cuestiones y razones (Buenos Aires, Editorial Fraterna, 1987), del poeta y traductor Alberto Girri. Aparentemente, es una autoentrevista que se reproduce acá por su pertinencia. Asimismo, se recomienda visitar los artículos previamente publicados de o sobre Girri, que se encuentran recurriendo al orden alfabético de la columna de la derecha. 

Traducir

–Usted ha hecho una vasta obra, como traductor de poesía, especialmente inglesa y norteamericana, de modo que la pregunta parece un contrasentido: ¿Es traducible la poesía?
–Desde que Joachim du Bellay definió a la poesía como intraducible por excelencia a otro idioma (pues siempre, luego de la tentativa para lograrlo, lo que quedaría, intacto e incomunicado, sería el poema mismo) muchos trataron de disuadir de la traducción, un vano riesgo. Robert Frost, retoma la definición de du Bellay y la perfecciona, llamando poesía al elemento intraducible del lenguaje. Puede que en términos absolutos ambos estén en lo cierto, pero son opiniones que derivan de una idea retórica (no importa si exagero) de la poesía, ateniéndose exclusivamente a considerarla bajo su faz verbal, sus elementos sonoros, rítmicos, de juegos de palabras, etc., solo peculiares en cada caso del idioma original en que el poema fue escrito. ¿Y otros aspectos de la poesía, el de ser de una forma de conocimiento, forma artística cuya finalidad está en decir una verdad? Por enrarecido que sea el resultado de la traducción, esos rasgos pueden reproducirse, trasmitirse.

–Entonces, ¿qué se debe hacer y cómo?
–Una definición limitada, pero realista, de la traducción, sería: reproducir con medios diferentes efectos análogos. Dar la versión, más o menos certera según la destreza del traductor (o su afinidad con el autor que traduce), del tipo de lenguaje, imágenes, detalles inconfundibles del original, su forma mentis. Los criterios son variados. La inclinación a caer en la traducción ‘personal’, forma parte de interpretar el texto elegido tan a menudo arbitraria que puede llegar a transformar el original en su caricatura; la voluntad de “recreación e imitación poética”, asidua en escritores del pasado (y, a veces, del presente, como las discutibles “Imitations” de Robert Lowell), sobre todo con textos clásicos; la tendencia, en mi opinión irrealizable, que seguiría el consejo de Pound de que para traducir bien poesía “ha de emplearse el lenguaje que supuestamente el autor original hubiera empleado de haber tenido como lenguaje propio el del traductor”.

–¿Puede la traducción llegar a ser un arte?
–Acaso una artesanía superior, instrumento didáctico refinado. No más. Octavio Paz señaló indirectamente esto al anotar que mientras que el poeta creador no sabe nunca cómo será el poema que está escribiendo, el esfuerzo del traductor es para reproducir algo ya creado.

–¿Cuál fue su aventura y desventura de traductor?
–Más honesto que brillante, mi criterio es traducir sin exagerar la literalidad, y a la vez sin excesivo temor de lo literal. No caer ni en la ansiedad perfeccionista, ni en la quimera de la versión definitiva, inmodificable, ambas desproporcionadas. Comparto el veredicto de Nabokov, luego de traducir al inglés “Eugenio Oneguin”, la novela en verso de Pushkin: “La más grosera de las traducciones literales es mil veces más útil que la paráfrasis más hermosa”. Vale decir, mucho habrá ganado quien intenta traducir poesía, si desde el comienzo sabe que aunque es imposible dar los sonidos de las palabras, o sus relaciones rítmicas, o significados que dependen de la métrica y de los juegos de palabras, no es improbable un acercamiento provechoso al original.

–¿Sus trabajo de traducción de poetas norteamericanos, ingleses, implican una preferencia personal?
–Uno de los poetas que con más placer (y beneficio personal) traduje, Wallace Stevens, decía que el escritor a quien le agrada traducir cumple una tarea parasitaria. Me parece erróneo, y creo que una etapa obligatoria en la formación del escritor debieran ser los ejercicios de traducción. Para mí fue útil, y no me avergüenza confesar que en ocasiones de ese fervor culminó en algo semejante al robo. Tampoco me avergüenzo de las preferencias. Considero que la poesía en lengua inglesa ha sido la más rica, variada, novedosa, del siglo. Y qué decir del aprendizaje que la labor de traductor me significó, exigiéndome seguir los poemas por dentro, sus mecanismos de composición, maneras de ver y recrear la realidad. Espero haber asimilado con provecho ese ingrediente, pero no me toca a mí afirmarlo.

–¿No es el auge de las traducciones uno de los signos de nuestra época, en materia literaria?
–Ciertamente, y fuera de las razones de afinidad personal que mueven al poeta que traduce, se ha producido lo que George Steiner llama “característica internacionalización del temperamento poético”. La lógica de la emoción es compartida por nombres tan dispares como Valery o Neruda, Ungaretti, Pound o Eliot. Cada poeta, alerta a aciertos de los demás. Mucha de la poesía moderna recoge ecos de otras poesías, otras culturas. La traducción poética como testimonio principalísimo de ese estado. Semejante es, también, el encantamiento que el poeta de Occidente, ha sufrido ante culturas que le eran extrañas. El campeón fue, sin duda, Pound.

–Antes, usted se refirió a la necesidad, para traducir poema, de una frecuentación exhaustiva del original, ¿esa frecuentación no podría ser, a la larga, nociva cuando el traductor a su vez es poeta?
–Sí y no. Cada cual, un caso particular, como la dimensión de cada talento. A fin de cuentas, qué quiere decir imitar, originalidad. Para Croce, los únicos que, tal vez, han creído o creen en serio que los poetas no hacen tanto sino imitar, es decir plagiarse el uno al otro, a escondidas, robando el sucesor la obra de su predecesor, son los que se llaman “investigadores de fuentes”, cuando lo legítimo es que la fuente de una poesía es siempre el espíritu del poeta, nunca las cosas, palabras o versos nacidos en otros espíritus.
Estrictamente, ningún escritor repite jamás las frases que leyó o escuchó o copió, las reescribe; expresar es reescribir. Leemos a Wittgenstein: “Sucede muy a menudo que la misma palabra designe de modo y manera diferentes porque pertenezca a diferentes símbolos”.

–¿Traduce regularmente poesía?
–Por temporadas, o arranques. Ahora he vuelto a Eliot, y acabo de terminar la versión con notas de “The Waste Land”, que en la Argentina no se había hecho sino parcialmente; en otros países de habla hispana, criminalmente.

–¿Ha habido influencia de la poesía anglosajona, específicamente inglesa o norteamericana, en la poesía de América latina?

–Sobre todo, a partir de la divulgación de Poe y Whitman, aunque el alcance de esa influencia fue superado en las primeras décadas de este siglo por la francesa (Baudelaire, simbolistas y parnasianos); no olvidemos cómo Darío bebió de esa poesía, en cuanto a vocabulario, temas o atmósferas. Desde entonces, las cosas fueron cambiando, con posterioridad a la última guerra, más que nada. Neruda traduce a William Blake, Borges, admirador de  Coleridge y Yeats, escribe él mismo poemas en inglés. Y entre otros  autores de mi generación no es ya insólita la influencia de Eliot o Pound.
Del proceso inverso, influencia hispanoamericana en la poesía en inglés en este siglo, sospecho que aun no es profunda, y se atiene a los elementos exteriores. El caso de García Lorca es típico. Ha alcanzado en Estados Unidos difusión considerable, pero, hasta dónde sé, quienes lo leen, admiran o tratan de imitarlo, están seducidos casi sólo por el pintoresquismo, color local, gitanería del poeta español, mientras que poemas —para mi gusto los mejores—, que poco tienen de esos elementos, como en “Poeta en Nueva York”, no les atraen.

viernes, 16 de abril de 2010

Girri traductor (tercera y última parte)

Tercera y última parte del artículo de Alberto Villanueva a propósito del poeta Alberto Girri (foto) como traductor, originalmente publicado en The Romanic Review.

(viene de lo publicado ayer)

Alberto Girri: traducción y cambio
de modelos literarios (III)

Paisaje “de observación” que recuerda a Brueghel, el Viejo, a sus vastos paisajes limpios del peso moralizante, o confesional, precisamente en tiempos de Reforma y Contrarreforma. Y no se quiere decir con esto que tanto la poesía como la mirada de observación --porque se sabe que el ojo del pintor coincide con el de estos poetas, y viceversa--, estén exentas de vuelo místico, al contrario, pese a alguna impericia aquí, parece que este vuelo es tangible. Por lo menos, a la manera en que Cortázar asedia al “monstruo amable”, o, más bien, como ha dicho Flaubert: “soy místico y no creo en nada” (Gottfried Benn 173).[17] Similar, también, a lo que Wallace Stevens declara en The Necessary Angel:

"La teoría de la poesía, que es decir en la totalidad de las teorías poéticas, a menudo parece devenir con el tiempo una teología mística, o más simplemente, una mística. La razón para esto debe quedar desde ahora bien clara. La razón es la misma por la cual las pinturas en un museo de arte moderno con frecuencia parecen devenir con el tiempo una mística de la estética, una prodigiosa busca de la apariencia, como si encontrásemos una forma de decir y establecer que todas las cosas, así estén por debajo o por encima de la apariencia, son una sola, y que únicamente a través de la realidad, en la cual ellas se reflejan o, tal vez, se juntan, es como podemos alcanzarlas." (énfasis dado, Collected Poetry 750)

Concluye el ensayo con razones como éstas, que se aproximan a una teoría de la reflexión –como repensar(se) y como reflejar(se) en un espejo–, que parece ser la abstracción (ideal) que se busca representar en la poesía de Alberto Girri, ciertamente, tan bien anunciada por Olga Orozco en su poema y homenaje “Espejo en lo alto”. Pero el poeta busca permanecer, elaborar también entidades que resistan la erosión del tiempo: un legítimo anhelo de pertenencia a los predicados posibles de la divinidad, que tal vez no sea más que el tributo reclamado a cambio de su frecuentación. Esto último sería, quizás, el sentido externo del trabajo del hacedor, la inevitable construcción de un estilo. La cita de Girri, a continuación, podría aclarar qué es lo que se busca circundandar:

"Keats, concepto de que el poeta carece de identidad. Tomarlo, acaso, como referencia indirecta al sentido interno de su labor: despojarse, mientras el poema progresa (esto a expensas de aquello), de los incontables yoes que en él conviven, y cuya fase última, el sentimiento de nulidad, coincidiría con la culminación del poema." (énfasis dado, OP IV 71)

Así, este despojamiento de los “yoes”, este aumento del grado de anonimia (que “pertenece” al linaje de un Mallarmé, por el lado del énfasis en la materialidad del lenguaje), se logra a partir de un incremento en la intensidad de la atención, que, si bien se ejercita en la traducción, en el acto creativo significa “lo que se ve” cuando el objeto poético se presenta (todavía no se representa, aún no se ha llegado al cómo), esto es, paradójicamente, como un estilo.

No hay salida del atolladero por la vía de una síntesis, que sería un “tercer término idealista”, como decía Barthes, sino elusivamente, por medio de una “sutil subversión”, un “materialismo inesperado”, en fin, del que la risa –proponía Bataille– es epítome (74). Esto más bien lo propongo para el lector-hacedor que “utiliza” ese espejo que es el poema de Girri desde Valores diarios, campo imaginativo, puente entre mente y materia que esta poesía restituye. Una exactitud que busque una belleza en el sentido de Krishnamurti –alguien que estaba en el campo de los intereses espirituales de Girri–, en La madeja del pensamiento: “La belleza existe cuando hay una total ausencia del ‘sí mismo’” (52). Que subyugue el deseo, aquel “reinado tan triste”:  

"Uno ha de comprender –dice Krishnamurti-- todo el movimiento del deseo porque, obviamente, el deseo no es amor ni es compasión. Y sin amor, sin compasión, la meditación no tiene ningún sentido. El amor y la compasión poseen su inteligencia propia que no es la inteligencia del ingenioso pensamiento.[...] Pero no vemos los estragos que el deseo causa en el mundo: el deseo de seguridad individual, de logros individuales, de éxito, de poder, de prestigio.[...] Y por eso es tan fundamental que pongamos ‘la casa’ de nuestra vida, de nuestro ser, de nuestras luchas, en orden, en completo orden." (énfasis dado, 53 y 56)

Notas

[1] Todas las versiones del inglés, francés y portugués son del autor, excepto las traducciones de libros al español que figuran en la bibliografia. OP es abreviatura por Obra poética de Girri.

[2] En Páginas de Alberto Girri, 18 y siguientes.

[3] En Cuestiones y razones informa Girri: “Los primeros poemas que publiqué –no los que escribí–, más o menos hacia 1940, coincidieron con la llegada de esa generación. Compuesta por una serie de poetas, algunos muy dotados, con quienes mi única identificación fue de orden cronológico. Trabajé de manera un tanto aislada, no junto a grupos y revistas (donde sólo colaboré ocasionalmente) de aquellos jóvenes. Los presupuestos eran distintos. La generación del 40 se destacó, entre otros rasgos, por el marcado tono elegíaco; y en lo que respecta a sus protagonistas, tuvieron una formación cuyos paradigmas estaban de preferencia en el ámbito de la poesía francesa. Por mi parte, tendí a acercarme a la poesía anglosajona, menos difundida entonces. No que no hubiese conocedores o lectores, sino que la generación del 40 (y la martinfierrista, que tanta importancia tuvo para nuestra literatura) no salió mayormente de la influencia francesa. Mientras se traducía a Michaux, Apollinaire, Valéry o Milosz [Oscar V. de L.], no se hacía lo mismo con los grandes en lengua inglesa; ni siquiera eran frecuentados poemas como The Waste Land, una de las claves de la poesía de este siglo. Tampoco se tuvo noticia (o fue superficial), de hombres como Pound, Wallace Stevens, Yeats, y tantos más” (54).

[4] El poema pertenece a la sección que lleva el revelador título “Atención que reconoce”, del libro Tramas de conflictos (OP VI 31-32)

[5] Este es el fragmento:  Unreal City, 60
Under the brown fog of a winter dawn,
A crowd flowed over London Bridge, so many,
I had not thought death had undone so many.
Sighs, short and infrequent, were exhaled,
And each man fixed his eyes before his feet. 65
Flowed up the hill and down King William Street,
To where Saint Mary Woolnoth kept the hours
With a dead sound on the final stroke of nine.
There I saw one I knew, and stopped him, crying: “Stetson!
“You who were with me in the ships at Mylae! 70
“That corpse you planted last year in your garden,
“Has it begun to sprout? Will it bloom this year?
“Or has the sudden frost disturbed its bed?
“Oh keep the Dog far hence, that’s friend to men,
“Or with his nails he’ll dig it up again! 75
“You! hypocrite lecteur! –mon semblable, mon frère!” (16,18)

[6] Gérard Genette define “... paratexte: titre, sous-titre; intertitres; préfaces, postfaces, avertissements, avant-propos, etc.; notes marginales, infrapaginales, terminales; épigraphes; illustrations ...” (Palimpsestes 9).

[7] “Lutero, Voss, Hölderlin, y George, han expandido los límites de la lengua alemana”, dice Walter Benjamin (“The Task of the Translator” 80).

[8] “I believe poets are/ instruments on which/ power of poetry plays.” Denise Levertov. (Creo que los poetas son/ instrumentos en los cuales/ el poder de la poesía toca). Este es el epígrafe para la sección 3 de El ojo (OP II 67).

[9] Véase nota del autor en Hispamérica 88, y su libro Alberto Girri en el presente poético. El texto de Cortázar es el siguiente:
"La presencia del monstruo [amable] es otra cosa, algo que se impone como en diagonal o desde el reverso de lo que va sucediendo ese día y los siguientes, y él [López, el protagonista] tiene que admitirlo aunque nadie lo haya visto nunca porque precisamente ese monstruo es un monstruo en cuanto no es, en cuanto está ahí como una nada viva, una especie de vacío que abarca y posee y escuchá lo que me pasó anoche, López, resulta que mi señora."(43)

[10] Para una posición que enfatiza la inhumanidad del lenguaje, en Poetry as experience de Philippe Lacoue-Labarthe que gira en torno a la poesía espléndida de Paul Celan (frecuentada por Girri), se lee:
"La humanidad no tiene lenguaje en el sentido de posesión o propiedad; que “el lenguaje es lo propio de lo humano” significa que la humanidad ha estado constituida de lenguaje desde el comienzo; ella no es su dueña (al contrario, el lenguaje opera una extraña desposesión atrayendo al individuo –dentro de sí– afuera de sí mismo). Este es el motivo de la “prescripción” (Vor-Schrift). El lenguaje es la esencia, esencia inhumana, del individuo, es su (in)humanidad." (96)

Puede notarse una “extraña”dialéctica (derridiana) que opera en el lenguaje entre la posesión-desposesión del carácter de lo propiamente humano. Se sabe que Derrida no ha sido amigo de la dialéctica, pero sí lo es de toda (des)posesión por la escritura. Sin embargo, no parece que la escritura de Girri, que hace al hacedor en tanto deviene por sus poemas una “unidad” (“El poema como inestable”, OP III 231-32), o aunque sea en su fugaz carácter de “centelleante/ predicado de sus cantos”, tenga algo que ver, principalmente, con los juegos (y perversiones) del lenguaje.

[11] Este es el texto de Stevens:
“Infanta Marina”
Her terrace was the sand/ And the palm and the twilight.// She made of the motions of her wrist/ The grandiose gestures/ Of her thought.// The rumpling of the plumes/ Of this creature of the evening/ Came to be sleights of sails/Over the sea.//And thus she roamed/ In the roamings of her fan,/ Partaking of the sea,/And of the evening,/ As they flowed around/And uttered their subsiding sound.(12)

[12] “Men Made Out of Words”
What should be without the sexual myth, /The human revery or poem of death? / Castratos of moon-mash–Life consists/ Of propositions about life. The human / Revery is a solitude in which / We compose these propositions, torn by dreams. / By the terrible incantations of defeats / And by the fear that defeats and dreams are one. / The whole race is a poet that writes down / The eccentric propositions of its fate. (104)

[13] “Anecdote of the Jar”
I placed a jar in Tennessee,/ And round it was, upon a hill./ It made the slovenly wilderness/ Surround that hill.// The wilderness rose up to it,/ And sprawled around, no longer wild./ The jar was round upon the ground/ And tall and of a port in air.// It took dominion everywhere./ The jar was gray and bare./ It did not give of bird or bush,/ Like nothing else in Tennessee. (60)

[14] Se alude a “los gestos grandiosos/ de su pensamiento”, en “La infanta Marina”.

[15] Massimo Cacciari dice:
"...[el ser humano] para ver algo de esta tierra en ningún lugar, sin embargo, debetransfigurarse él mismo en ella. Esta es la profunda inspiración neoplatónica de toda angelología que entiende la teoría suprema como una henosis (unificación), como la desaparición de la distinción entre sujeto y objeto."(2)

[16] “The Snow Man”
One must have a mind of winter / To regard the frost and the boughs/ Of the pine-trees crusted with snow;// And have been cold a long time / To behold the junipers shagged with ice, / The spruces rough in the distant glitter / Of the January sun; and not to think / Of any misery in the sound of the wind, / In the sound of a few leaves, / Which is the sound of the land / Full of the same wind / That is blowing in the same bare place / For the listener, who listens in the snow, / And, nothing himself, beholds /Nothing that is not there and the nothing that is. (22)

[17] “Je suis mystique et je ne crois à rien”.

Obras citadas

Barthes, Roland. Le plaisir du texte. Paris: Éditions du Seuil, 1973.

Benjamin, Walter. “The Task of the Translator”. Illuminations. Ed. Hannah Arendt, trad. Harry Zohn, New York: Schocken Books, 1969. 69-82.

Broch, Hermann. “Some Comments on the Philosophy and Technique of Translating” en Geist and Zeitgeist.The Spirit in an Unspiritual Age. Ed.y trad. John Hargraves. New York: Counterpoint, 2003.115-139.

Cacciari, Massimo. The Necessary Angel. Trad. Miguel E. Vatter. Albany: State U of New York P, 1994.

Campos, Haroldo de, introd. “pound paideuma”. Cantares de Ezra Pound. Brasil: Ministerio  da Educação e Cultura, s/f.

Castillo, Horacio. “Estudio preliminar” en Páginas de Alberto Girri. Buenos Aires: Editorial Celtia S.A.C.I.F. de M. y R., 1983.13-48.

Cortázar, Julio. La vuelta al día en ochenta mundos. Madrid: Debate, 1993.

Deleuze, Gilles. Diferencia y repetición. Trad. Alberto Cardín. Madrid: Ediciones Júcar, 1988.

---. y Félix Guattari. What is Philosophy? Trad. Hugh Tomlinson y Graham Burchell. New York:  Columbia UP, 1994.

Genette, Gérard. Palimpsestes. La littérature au second degré. Paris: Éditions du Seuil,1982.

Girri, Alberto/(T. S. Eliot). La tierra yerma/(The Waste Land). Buenos Aires: Editorial Fraterna S.A., 1988.

—. Obra poética V. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 1988. (Contiene: Inéditos, 1987, Existenciales, 1986, Monodias, 1985).

—. Cuestiones y razones. Buenos Aires: Editorial Fraterna, 1987 (un arreglo de Girri a la  entrevistas que se le realizaran).

---. Obra poética IV. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 1984. (Contiene: Lírica de percepciones, 1983, “Girri: una especie de existencia” diálogo con Pablo Ananía, 1983, Homenaje a W.C.Williams, 1981, “El hacedor en su crítico”, diálogo con Enrique Pezzoni (143-65) , Lo propio, lo de todos, 1980).

—. Obra poética III. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 1980. (Contiene: Árbol de la estirpe humana, 1978, El motivo es el poema, 1976, Quien habla no está muerto, 1975, Poesía de observación, 1973, Diario de un libro, 1972).

---. Obra poética II. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 1978. (Contiene: En la letra, ambigua selva, 1972, Valores diarios, 1970, Casa de la mente, 1968, Envíos, 1967, El ojo, 1963, “Poesía y conocimiento” por Danubio Torres Fierro, originalmente “Alberto Girri: repaso de una obsesión” en Plural (México), 1976.).

—. Cosmopolitismo y disensión. Antología de la poesía norteamericana actual. Caracas: Monte Ávila Editores C.A., 1969.

—. Poemas de Wallace Stevens. Ed. bilingüe. Buenos Aires: Editorial Bibliográfica Omeba, 1967.

Jakobson, Roman and Morris Halle. Fundamentals of Language. Mouton: The Hague,1956.

Krishnamurti. La madeja del pensamiento. Trad. Armando Clavier. Buenos Aires: Editorial Troquel S.A., 1996.

Lacoue-Labarthe, Philippe. Poetry as Experience. Trad. Andrea Tarnowski. Stanford Stanford UP, 1999.

Lévinas, Emmanuel. Emmanuel Lévinas. Philosophe et Pédagogue. Paris: Éditions du Nadir de l’Alliance Israélite Universelle, 1998.

Orozco, Olga. Con esta boca, en este mundo. 2da. ed. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1995.

Sander, Volkmar, ed. Gottfried Benn. Prose, Essays, Poems. New York: Continuum, 1987.

Stevens, Wallace. Collected Poetry & Prose. New York: The Library of America, 1997.

Steiner, George. After Babel. Aspects of Language & Translation. 3rd. Ed. Oxford/NewYork: Oxford UP, 1998.

Trías, Eugenio. La edad del espíritu. Barcelona: Ediciones Destino, 1994.

Vera Ocampo, Raúl. “La condición del poeta: Alberto Girri” en Creación y poesía. Buenos Aires: Ediciones Kir, 1995. 41-58.

Villanueva, Alberto. Alberto Girri en el presente poético. College Park, Maryland: Hispamérica, 2003.

—. “Alberto Girri, poesía y objetividad”, Hispamérica Año XXX 88 (2001): 113-18.

jueves, 15 de abril de 2010

Girri traductor (segunda parte)

A continuación, la segunda parte del artículo de Alberto Villanueva a propósito del poeta Alberto Girri  (foto) como traductor, originalmente publicado en The Romanic Review.




(viene a continuación de lo publicado ayer)



Alberto Girri: traducción y cambio
de modelos literarios (II)

En los trabajos como hacedor y traductor de Alberto Girri coincidentes, aunque muy diferentes, hay sobradas huellas de que un aire religioso y filosófico se mueve sobre, entre, y debajo de la letra del poema. Walter Benjamin en Illuminations se refiere a ese aura, o “lenguaje puro”, como lo único verdaderamente factible de reproducción mediante el acto traductor. A diferencia de la tarea del poeta, cuya “intención es espontánea, primaria, gráfica”, y es cumplida sumergiéndose literalmente en la lengua materna o “en la letra, ambigua selva” como diría Girri, la tarea del traductor consiste en asediar la foresta: “dirigiéndose a ese solo punto donde el eco puede dar, en su propia lengua, la reverberación de la obra en la extranjera” (76). Por consiguiente, “[la intención] del traductor es derivativa, conclusiva, ideal” (76-77). De ahí venga el carácter provisional de toda traducción:

"Esto es, por cierto, admitir que toda traducción es sólo una suerte de manera provisional de llegar a un acuerdo con el extrañamiento de las lenguas. Una final e instantánea, más que temporal y provisional, solución de este extrañamiento permanece fuera del alcance de la humanidad, en todo caso, elude cualquier intento directo. Indirectamente, sin embargo, el crecimiento de las religiones madura la semilla oculta en un desarrollo más elevado del lenguaje." (75)

Una intencionalidad que se remonta a las coincidencias, no se refiere al envío hacia un solo sentido (o a la corrupción intelectual que lleva a ese solo sentido), sino, más bien a la pérdida, o el alcance, de una multiplicidad de sentidos que sigue siendo todavía un primerísimo ingrediente en la composición de la obra artística. Aquí parece importante señalar aquella referencia, mediante una comparación complementaria de estos dos poemas de Girri, a continuación, ambos pertenecientes al libro En la letra, ambigua selva, de 1972:

“El sentido, más que la belleza de las manzanas”

Perennes cosechas

cubren los suelos,
y por remoto, vigente hábito,
comparable al de pelar una uva,
cortar un cabello,
los dientes no dejan de morderlas,
sólo que excesivas mudanzas
acontecieron desde las bíblicas manzanas
que al enfermo de amor curaban,
desde la manzana de Newton,
y la que Cézanne lustró
y eternizó para asombrar
con que la íntima realidad de las manzanas
no cuelga de ningún árbol, no cabe
en la escrupulosidad naturalista,
y los que todavía
se consagran a pintar manzanas,
a demostrar con manzanas
irrefutables leyes físicas,
son envueltos en sarcasmos,
y quienes las comían libremente, confiados
en que una manzana por noche
aleja de males,
soportan pesadillas, despiertan
sobresaltados, temblando,
se provocan úlceras,
malsanas obesidades,
alergias y depresiones,
tal como se suele dar
en el comportamiento de animales en cautiverio. (OPII 198)

Puede observarse el deslizamiento metonímico producto de la insistencia en no querer despegarse de la tangibilidad de la manzana, desde los cinco primeros versos que desembocan en “los dientes no dejan de morderlas”, pasando por el peso –literal– de aquella de la leyenda bíblica, y la de Newton, a la de Cézanne que señala todavía hacia algo más “íntimo” en ella, hasta llegar “a la persistencia de lo consabido”, como aquí se había consignado ya en revelador diálogo con Girri por el crítico Enrique Pezzoni, quien así exponía el núcleo del poema: “es tan imposible la inocencia primera como la persistencia en lo consabido” (OP IV 161). Y también, por el acto fragmentario de morder la manzana se adhieren propiedades mágicas para el cuerpo, se incorpora una sola posible unidad formal y de sentido de la manzana. El “lenguaje puro” que decía Walter Benjamin, insiste en que el problema de la traducción está más allá de una entrega literal de la forma ya que amenaza destruir el sentido o la comprensibilidad del texto, así como una rendición fiel del sentido afecta de muerte a la literatura y al lenguaje. Un más allá tal como si se tratase de los

 "fragmentos de una nave que hay que pegar unos con otros, que deben ensamblar en los mínimos detalles, aunque no necesitan ser idénticos. Del mismo modo, una traducción en lugar de parecerse al original, amorosamente y en los detalles debe incorporar el modo de significación del original, haciendo así a la traducción y al original reconocibles como fragmentos de un lenguaje más grande, tal como fragmentos de un navío". (78)
 
Un “lenguaje puro”que “ya no más significa o expresa algo, pero es, como Palabra creativa y sin expresión, aquello que es dicho en todas las lenguas” (80).
 
En el poema que se indicaba complementario del anterior, acto seguido, se trata de defender ahora --para disipar equívocos y sembrar otros-- el lugar de lo bello (y sublime):
 
“Estimar según otros ojos”

Mientras Flaubert presumió
vaticinar para el arte
un porvenir científico,
Nietzsche, a su vez,
presagiaba que la ciencia
desembocaría en el arte,
forzada, remedio último.
Ninguno acertó. Hubo que aguardar
por los que programaron que al llegar
el artista a los confines de su campo
se mordería su propia cola,
sometido a entrar en la historia
no por lo que es sino como documento.
Y dieron en el blanco. Divulgóse
desde entonces que el arte es arte
en tanto se alce en contra del arte,
y que la estética, desinteresada
de su viejo problema madre,
lo bello y su esencia,
tiene que limitarse ahora a rogar
que no experimentemos,
que solamente juzguemos.

Melancólico devenir, si se piensa
cuánto de incitante e inocuo resultaba,
en suma, discutir de la Belleza. (OP II 224)

Para el poeta actual, o mejor dicho, para este ascético hacedor, la imposibilidad de sostener la inocencia en la mirada lectora se apoya en impedir la inconsistencia de hacer lo ya hecho. Para uno, entonces, tal vez quede recordar que es saber lo ya sabido, o sea, lograr el aforismo que intenta despuntar en cada poema. Un insistir en que todas las preguntas están en cada uno, el poema es “nada más” un vacío lugar de reunión. Y se refiere, sobre todo, al “Girri” hacedor que se va alcanzando como tú, distanciado pero reconocible como sí mismo, un Girri casi sobre la década de los años 60 y, con más precisión, después de un libro como Valores diarios. No es que sea necesario cumplir una trayectoria evolutiva, si no ¿cómo “explicar” a alguien como Rimbaud, quien ya es antes del silencio total a los 21 años?: el saber no es una acumulación de conocimientos sino que es una capacidad de integrar e imaginar a partir de la identidad; se subraya aquí más bien, de acuerdo con sus lectores más sagaces, que alrededor de esos años se podría notar una pugna más sostenida por su visión interior a través de una aridez y un esfuerzo acentuado en la expresión poética.

Se ha señalado en otro lugar, las diferencias de intensidad de la atención para la prosa más alusiva que elusiva de Julio Cortázar, lógicamente atenta a una narrativa, y se había dicho que el poema más que apuntar hacia esa “nada viva” que este escritor admirablemente ceñía, apuntaba hacia la radical violencia de la pura nada, tal como es.[9] O sea, hacia la falla, abisal, trágica, pues, ¿ante qué puede dejar un lenguaje sin concesiones para con el lenguaje, despojado hasta el hueso? En torno a esta nada directamente inconcebible merodean las palabras y los silencios del poema. Palabras y silencios que remiten al origen, porque, como no puede ser de otro modo, sin lenguaje y esa nada no hay posibilidad alguna de devenir humano. [10] Esta lectura no niega eso tan contradictorio, tan sólo señala su existencia (que es la de lo bello y sublime estético); acorde a la manera nunca categórica que dice Girri, en los versos finales de “El poema como idea de la poesía”:

Pero tampoco ninguna terminante prueba hacia lo opuesto,

que el poema
se conduzca en la mente como un experimento en una ciencia natural,
y que la aptitud
combinatoria de la mente sea
la sola inspiración reconocible. (OP III 230)

Y también la marca de la preferencia en la lectura por una intención dialogante, pues hay una esencialidad que permanece, que no busca la homogeneidad sino lo que es ser un ser humano, esto es, atravesando el diálogo, depurando los afectos, que es acto de solidaridad básica en el abismo.

Busca de una actitud dialogante que insiste en señalar el problema esencial del espacio intermedio sacrificado por Descartes, el entre materia y mente en donde se aloja el anima mundi “y su órgano o sensorio, la imaginación creadora”, según Trías, y que opera más allá de la “órbita individual, autónoma”, una apertura o disposición, que permite las actuaciones de ese “poder creador que es el mundo”, como decía Girri. Y es en el acto de la traducción poética –con su invitación constantemente renovada a otras lenguas, por aquella intencionalidad derivada que señalaba Benjamin–, en donde se comunican las últimas condensaciones físicas y espirituales (“el crecimiento de las religiones madura la semilla oculta en un desarrollo más elevado del lenguaje”, Benjamin dixit) alcanzadas por una lengua determinada en un momento preciso. Pero, además, para Girri el oficio de traducir aumenta la intensidad de esa atención que se viene ejercitando, sobre todo al ir anulando la interferencia del individuo en el poema, hacia una gramática de lo tangible, como ya se ha señalado, y que, al mismo tiempo, refleje con propiedad. Quiere un lenguaje “basado en proposiciones acerca de la vida” --cuando citaba a Wallace Stevens–, o el de una “lógica de la emociones” --cuando se refiere a George Steiner y las traducciones de poesía–, esto es, análogo al de la lógica formal. Las huellas de esta posición estarán por todos lados, sobre todo desde la época de Valores diarios, como en el epígrafe de Ivor Winters a su libro Poesía de observación, de 1973: “... un poeta debe tratar de hacer en su poema una formulación racional de una experiencia específica, y por consiguiente definirla, y manifestar en el poema aquellos sentimientos que constituyen una correspondencia exacta con la particular comprensión que el poeta alcanzó de esa experiencia” (OP III 115). Precisamente, sus traducciones de Stevens aparecen reunidas en 1967, en forma de libro bilingüe: Poemas de Wallace Stevens. En su introducción a Cosmopolitismo y disensión. Antología de la poesía norteamericana actual, de 1969, dice lo siguiente, con respecto a sus versiones:

"Sin exagerar lo literal, pero tampoco evitándolo sistemáticamente, hemos buscado la solución menos brillante aunque quizás la más honesta: dar una aproximación al pensamiento poético de cada autor, su tipo de lenguaje e imágenes, lo mismo que algunas modalidades en la estructura de los poemas, a pesar de que los resultados corran el riesgo de ser calificados de impersonales, y aun de sombras de las composiciones traducidas." (13)

Se puede apreciar una “ideología textual”, teorética, que es coherente con el diseño impersonal de su propio quehacer poético. He aquí un ejemplo del funcionamiento reflexivo, basado en el asedio al campo intermedio de la imaginación, perteneciente a Poemas de Wallace Stevens:

“Infanta Marina”

Eran su terraza
la arena y las palmeras y el crepúsculo.
Ella extraía de los movimientos de su muñeca
los gestos grandiosos
de su pensamiento.

Las arrugas del plumaje
de esta criatura vespertina
volvíanse juegos de destreza
de los veleros sobre el mar.

Y así vagaba
en el ir y venir de su abanico,
participando del mar,
y del ocaso,
que le corrían en torno
y exhalaban su declinante sonido. [11] (13)

Sobre el cual Girri conjetura lo siguiente:

"Un mar geográficamente indeterminado –¿en las Antillas, tal vez?-- y una mujer dentro del paisaje, integran esta simple y sugestiva composición cuyo título españolizante no tiene, creemos, otra connotación que la de cierto exotismo, más irónico que decorativo, al que suele ser afecto Stevens. Elementos de la naturaleza, del mundo exterior, en los que nace el poema; el poema naciendo de la naturaleza, no imitándola, para recordar el principio aristotélico de la creación como una forma donde la naturaleza es su contenido. En términos stevensianos, “Infanta Marina” toca el tema de la imaginación conectándose con la experiencia e incorporando lo irreal, lo que no está allí, a la vista. La idea de que todo arte es imaginativo, y de que la imaginación no se limita a irrumpir en la experiencia sino que la transforma por medio del arte. Para Stevens, la imaginación tiene como cualidades el cambio y el movimiento, cualidades tan intrínsecamente de ella como de la vida. Ambas, imaginación y vida, se manifiestan a través del cambio y del movimiento, y el núcleo central de los poemas suele estar allí donde se simboliza esa situación. Como en la segunda estrofa de “Infanta Marina”: Ella extraía de los movimientos de su muñeca/ los gestos grandiosos/ de su pensamiento." (14)

Como en toda comprensión, hay un arrastre de la propia “ideología” del que comprende, una “pregnancia simbólica” adherida –decía Cassirer–, una contaminación de la cosa comprendida, se la hace formar “parte” de uno al pasar de su intuición a su integración “inmediata en un sentido”, al dar(se)lo a conocer, en una palabra, al re-presentarlo. Una actividad pensante, que se expone ahora en “Humanidad hecha de palabras”, en el mismo libro:

¿Qué seríamos nosotros sin el mito sexual,
el humano ensueño o el poema de la muerte?

Castrados en un amasijo hecho de luna. La vida consiste
en proposiciones acerca de la vida. El humano

ensueño es una soledad en la cual
componemos esas proposiciones, desgarrados por los sueños,

por los terribles sortilegios de las derrotas
y por el miedo a descubrir que derrotas y sueños son uno.

La raza entera es un poeta que escribe
las excéntricas proposiciones de su destino. [12] (105)

En su comentario, Girri destaca: “...proposición, no afirmación, es decir, algo que debe ser aceptado o rechazado, y que se elabora dentro del poema mediante metáforas” (106). En “Anécdota del cántaro”, dice:
 
Puse el cántaro en Tennessee,
y era redondo, sobre una colina.
Hizo que el hirsuto yermo
rodeara esa colina.

El yermo ascendió hasta él,
y extendióse en torno, ya no más inculto.
El cántaro era redondo sobre la tierra
y alto y de cierto porte en el aire.

Y tomó posesión por todas partes.
El cántaro era gris y desnudo.
No daba ni pájaro ni arbusto,
como ninguna otra cosa en Tennessee.[13] (61)

Poema notablemente revelador de una poesía de meditación, y de su ejercicio circulante en la selva verbal de otra lengua, es el comentario de Girri al texto rendido:

"Este poema ha sido explicado como un intento del autor de introducir el tema de la interacción mutua, el efecto de un objeto sobre lo que lo rodea, y viceversa. En la “anécdota”, el objeto es un cántaro, algo que no es solamente una forma en sí misma sino que también crea formas en lo que circunda. La imaginación, actuando sobre la realidad, provoca ese estado. Pero a la vez, lo que funciona es un anhelo de orden, derivado de la necesidad mutua de los elementos que entran en juego: el cántaro, firme, gris y desnudo sobre la colina, y el yermo, despojado de matorrales y de pájaros. No hace falta agregar que la forma del poema es tan ceñida, austera y seca como los materiales que en él entran; y otro tanto de la dicción, una especial sugerencia extraída mediante muy escasas palabras." (62)

Componentes todos que ameritan la poesía en esa otra lengua, en la lengua que expone o la propia de Alberto Girri, que encuentran de este modo su lugar naturalmente, como si fuese un “gesto del pensamiento”.[14] Así el cántaro, artefacto que dice «aquí estoy, en el yermo, despojado en mi belleza, inútil en mi función, ahora puedo recordar mi origen en el barro, adonde me devuelven, mientras tanto, de esta manera ordeno el mundo que me rodea».

Llevar el canto a los confines del lenguaje como en “El hombre de nieve”, sólo es posible con intrumentos expresivos trabajados con mucha atención:

Se debe poseer un espíritu de invierno
para observar la escarcha y las ramas
de los pinos encostrados de nieve;

[donde se le pide al observador la más completa identificación con la materia, el invierno. Proposición que restablece la imaginación a su antigua labor, como nexo entre mente y materia. Imaginar la mente llena de invierno, ser de invierno, para poder ver lo que también está allí, pero no se ve, atareados en los trabajos de la razón instrumental][15]

y haber tenido frío durante largo tiempo
para contemplar los enebros erizados de hielo,
los rudos abetos en el distante resplandor

del sol de enero; y no pensar
en ningún dolor en el sonido del viento,
en el rumor de unas pocas hojas,

que es la voz de la tierra
llena del mismo viento
que sopla en el mismo desnudo paraje

para el que escucha, el que escucha en la nieve,
y, nada en sí mismo, contempla
esa nada que no está allí y la nada que está.[16] (23)

Se apoya Girri en el libro del crítico William York Tindall Wallace Stevens (University of Minnesota Press, 1961), para el comentario del cual siguen algunos fragmentos:

El “hombre de nieve” encarna el espíritu invernal, mira la realidad imbuido de ese espíritu, y su conclusión es que está contemplando una nada que no está allí y la nada que está. Una nada parecida a la de la abstracción matemática, más desalentadora aún que la que persiguieron otros grandes poetas, “más vacía que la oscuridad y la privación de Eliot, quieto en su asiento, al extremo de cuya vía negativa hay un coro de mártires y de vírgenes”.

El paisaje de “El hombre de nieve”, el espectáculo de invierno, demasiado intenso y negativo como para enfrentarnos con él de manera absoluta, por así decir, no es en Wallace Stevens una presencia aislada. Como no lo son las menciones a las distintas estaciones del año, muy importantes en tantos poemas

[porque, se podría añadir, restablece la pertenenecia a un ciclo natural, al mismo tiempo que remite a una temporalidad mítica, esto es, fuera del tiempo histórico],

y aun en los títulos de algunos de sus libros (Transport to Summer, The Auroras of Autumn), aunque tal vez las preferencias del poeta por la desnudez total, uniforme, sin colores, del paisaje invernal, corresponden a su necesidad de aprehender una belleza esencial, directa y al mismo tiempo terrible, escueta tan despojada que lo contenga todo, tan completa que podamos extraer de ella todas las cosas posibles.

[...] en “El hombre de nieve”... el dominio del invierno en su plenitud es absoluto, y la imaginación y la mente caen bajo ese dominio. Ningún cambio las distrae, ni siquiera son distraídas por sugerencias humanas, y observan el paisaje en un estado de paralelismo entre lo interno y las condiciones del mundo exterior, un mundo que es cambiante por definición pero que en ese instante del invierno que el poema quiere expresar ha alcanzado la inmovilidad de lo eterno. (énfasis dado, 24-25)

(termina mañana)

miércoles, 14 de abril de 2010

Girri traductor (primera parte)

Por cortesía de Alberto Villanueva (foto), se reproduce a continuación un largo artículo de su autoría a propósito del poeta Alberto Girri como traductor, originalmente publicado en The Romanic Review (Columbia University) 98.4 (2007): 161-83. 2008. Por sus dimensiones, se lo edita en tres partes consecutivas, la primera de las cuales sigue a continuación.

Alberto Villanueva (Paysandú, Uruguay; 1949). Poeta, crítico literario y profesor de lengua y literatura hispanoamericana en la Universidad Central de la Florida en Orlando, Florida, EE.UU. Es autor de numerosos artículos sobre poesía y poetas en Latinoamérica, Europa y los Estados Unidos, así como del libro Alberto Girri en el presente poético (College Park, Ediciones Hispamérica, 2003). Ha publicado varias colecciones de poesía, que incluyen: Vacilación sostenida (Montevideo, Ediciones del Mirador, 1987); Haikú (Montevideo, Ediciones del Mirador, 1989); Mínima Natural Distancia (Montevideo, Vintén Editor, 1990); De la ralea de la voz (1988/1996) (Montevideo, Vintén Editor, 1998); (17) Poemas Pragmáticos (Buenos Aires, Ediciones Último Reino, 2001); y (+) Poemas Pragmáticos (College Park, Ediciones Hispamérica, 2005).


Alberto Girri: traducción y cambio
de modelos literarios (I)

traduzir=trovar
H. de Campos

El propósito de este trabajo es destacar la zona traductora de poesía anglo-norteamericana de Girri, porque subraya una actitud poética dialogante y sostenida con un modelo de la modernidad diferente del modelo francés, que fue el más próximo al modernismo y las vanguardias literarias hispanoamericanas. Viene al caso reiterar que los fundamentos de la actual experiencia material y técnicas literarias en Hispanoamérica comienzan con el modernismo, en cuanto a su ejemplar experimentación con todas las formas de una lengua recibida en un momento dado. No se pretende indagar aquí la calidad de las traducciones, sino la poesía y la poética de Girri, y de su constituyente ajuste a un cambio de paradigmas significado por la preferencia de sus versiones, en cuanto redondean una particular visión. Y es que se trata de un autor que, junto a Jorge Luis Borges, fue de los primeros en volcar una mirada atenta a otro modelo rico en posibilidades expresivas, algo que abría de inmediato las puertas a otro pensar.

Todavía sorprende el esplendor literario en el siglo XX en esa constelación de repúblicas que conforman Hispanoamérica, en contextos tan alejados y muchas veces miserables, que no resolvieron ni las oleadas inmigratorias, ni siquiera algunos puntos cosmopolitas como la propia Buenos Aires. Un brillo que, parece, no tenga otras “explicaciones” que por medio de analogías –al menos para escritores de una disposición de medios técnicos y entrega a su oficio, cual en el caso de Alberto Girri–, como esta cita de Isaiah Berlin debida a su correspondencia:

"El punto que desearía señalar es que la mayor parte de las composiciones de Bach fueron realizadas en una atmósfera pietista –aquella que ya era una tradición de religiosa espiritualidad, mediante la cual los alemanes se aislaron en gran medida de las superficialidades mundanas, el brillo, o la busca de fama mundial y general lucimiento de Francia, e inclusive de Italia […] En resumen, todo lo que querría decir es que Bach, al igual que otros alemanes de su tiempo, fue modesto en sus ambiciones, y que esto fue efecto y causa de un tornar en sí mismos que produjo inmensos beneficios, fuera de la real miseria del provincialismo alemán y su falta de apreciación de la importancia del mundo en el siglo dieciocho."

Este vuelco de la mirada hacia adentro, insistente, se inicia en tierras de Hispanoamérica a partir de los modernistas. Con insistencia puesto que la atención cultural desde el tiempo de las guerras de independencia se venía dirigiendo hacia Francia, esto es, hacia otra lengua; así, se venía produciendo también un desvío hacia otro origen. Y si bien la situación hispanoamericana –que ha sido de una orfandad radical– es muy distinta a la de la Alemania dieciochesca, también persevera y extrema la mirada interior en el trabajo no menos contradictorio de las vanguardias. Se vislumbra que esa disposición religiosa de que habla Isaiah Berlin, se constituye de modo esencial –y profano– en la obra de Girri, en lo posible aquí atendida, y ahora se alude al epígrafe anónimo en Monodias: “¿A quién atiendes, al texto o al que lee? ¡Atiende al texto!” (OP V 21).

El caso de la poesía de Girri, en su temperatura media –porque hay por lo menos tres periodos, según ha destacado, entre otros, Horacio Castillo—[2], resulta en una escritura de signo crítico con respecto al lenguaje, situada en una entonación rioplatense quizás por influencia del Borges martinfierrista, que debido a su momento de inicio y a sus diferencias con las vanguardias literarias, suele considerarse próxima a la producción de la llamada “generación del cuarenta”, un movimiento de restauración neorromántica de tono elegíaco y marcos de referencia franceses, en relación polémica con el precedente período ultraísta.[3] Este nexo generacional ha resultado insuficiente para establecer algún tipo de afinidad que vaya más allá del común rechazo –precisamente como generación– de la escritura precedente o actuante, y de una cierta inclinación hacia la marginación propia de la modernidad artística y literaria. Lo cual parece cuestionar, en lo interior y en lo exterior, cualquier intento de acercamiento al surrealismo en los libros iniciales de Girri, puesto que se va desarrollando una praxis poética de carácter fuertemente reflexiva, por desconfiada, sobre la materia verbal, o de un cuestionamiento del lenguaje en cuanto pretensión de anexarse la realidad, manipular seres y cosas, o anularlos al representarlos de manera decorativa. Diferencias que lo alejan del surrealismo aún cuando en sus libros se puedan apreciar rasgos románticos como la emergencia de lo irracional, de lo onírico, sobre todo de lo natural, y de lo coloquial. O de lo existencial –sumariamente representado en las relaciones entre el autor, su texto y el lector–, así como también en las inquisiciones sobre la naturaleza del lenguaje, o de la verdadera necesidad del texto, lo cual tal vez represente el estatuto de lo ontológico. Una de esas diferencias es la notoria salida de un texto poético de rigurosa elaboración, para servir a un propósito que, en lo posible, no exceda sus confines –como sí querían los surrealistas–, un texto visto más tarde, en síntesis, como un espejo en la exacta metáfora de Olga Orozco. Quien ha establecido su disposición del poema como existencia por y para la imaginación en “Espejo en lo alto”; así en un fragmento:

No en vano deshojaste la envoltura del sueño y la vigilia,

palabra por palabra y ausencia por presencia,
hasta el último pétalo, hasta el temblor inmóvil del silencio.
¿No revisaste acaso, palpando, escarbando, horadando la trama del poema
el revés y el derecho del destino,
los nudos del error, el bordado ilusorio,
sin encontrar la pura transparencia que permita mirar al otro lado? (47-48).

Aquí es donde parece que Girri toca el ámbito de una propuesta que más tarde le ha de atribuir a Gottfried Benn: “que las palabras no sean símbolos sino existencias” (OP III 79). Pero en la dirección que propone en Cuestiones y razones:

"…en poesía, lo imaginativo no debe desprenderse de la realidad, la imaginación pierde vitalidad apenas se separa de lo que es lo real. Ahora bien, mi preocupación por lo que la realidad tiene de ambiguo y paradójico suele ser obsesiva. Una casi permanente sensación de dualidad en cada objeto, hecho, situación, y de que el único asidero que hay para que la tal realidad exista es la palabra, el Verbo, instalado en el principio, el medio, y el fin de todo, y que produce las formas. (47-48)"

Y para mantener esta capacidad de adherencia a la realidad, con constancia procederá a alejarse del campo metafórico, de las imágenes y los símbolos, de las sustituciones, para entrar en el campo de los deslizamientos metonímicos, en donde los objetos de la llamada realidad conservarían más “parecido” a sí propios. En apoyo de esta anotación, dice Girri en conversación con Enrique Pezzoni a propósito de su libro de 1972 En la letra, ambigua selva, que comienza con una sección llamada “Metáforas”: “Esa parte del libro se titula ‘Metáforas’, pero pretende aludir a lo opuesto: una visión del lenguaje que no tuviera nada de metafórico. Precisamente, el poema que da nombre al libro, “En la letra, ambigua selva”, va hacia las relaciones entre el que describe y la escritura: ‘El ritmo de lo escrito/ es el ritmo del que escribe’” (OP IV 160). En una entrevista anterior, concedida a Danubio Torres Fierro, había dicho:

"Al decir esto pienso que mi obsesión no es emplear las palabras ni en forma de imágenes ni en forma de metáforas, aunque de hecho lo sean o parezcan serlo (pero si lo son o parecen serlo es simplemente debido a mis limitaciones). La intención, en todo caso, es que la palabra alcance una exacta y estricta identificación con la cosa nombrada, con lo que está significando, y al mismo tiempo se muestre lo menos posible como palabra. (OPII 16)"

Es más, se puede rastrear una deliberada actitud de desplazamiento del poema en correspondencia relativa con las propiedades de la prosa, si se sigue ahora a Jakobson y Halle, quienes veían en la prosa una tendencia más sostenida hacia la metonimia, con su acento puesto en las relaciones de contigüidad espacio-temporales, una conformidad mayor de la cadena sintáctica con la realidad (o con la literatura realista) (92).

Vendría al caso traer estas líneas de Gilles Deleuze en Diferencia y repetición:

"Sólo se escribe en el límite del propio saber, en ese límite extremo que separa nuestro saber de nuestra ignorancia, y que conduce de uno a otra. Sólo de esta manera llega uno a decidirse a escribir. Colmar la ignorancia, es relegar la escritura para el mañana, o más bien hacerla imposible. Tal vez aparece aquí una relación aún más peligrosa de la que suele decirse que la escritura mantiene con la muerte, con el silencio. (34)"

Porque se ajustan a ese componente inquietante en la escritura de Girri, siendo una obra paradójica que permite al lector el acceso a un saber que señala aquello que se ignora en el aparecer como lectura, y así abre una vía regia, ética, hacia el presente más próximo a lo real, quizás en la dirección del “solitario solidario” que defendía Albert Camus. De este modo, el trabajo de Girri revela un proyecto poético que atraviesa diferentes etapas de vida y, siempre paradójico, viaja a caballo de un estilo sucesivamente acicateado y frenado. Es preciso partir del principio de que el poema es antes que nada forma: así se presenta cuando es buscado, así continúa operando en la lectura: todo apuntando en la dirección que su sintaxis y elección de vocablos explora. Y en el caso de Girri, así como en el ejemplo paradigmático de Borges, es notorio el desplazamiento de un doble origen material fundado en el español y el francés –en el sentido antes señalado–, y en sus respectivos acarreos culturales, hacia la lengua moderna imperante, la inglesa. Porque se sabe que este desplazamiento significará otro movimiento en la economía de la sintaxis de la lengua literaria:

"Tanto los poetas ingleses del siglo XVI como sus hermanos contemporáneos cuyos nombres todos sabemos, sea T.S.Eliot, W.B.Yeats, o Wallace Stevens. Me refiero a la voluntad de precisión, a la fuerza epigramática que tienen casi todos los buenos poemas de esos autores, me refiero al distanciamiento irónico –que es muy distinto de la ironía aplicada directamente como arma, al distanciamiento irónico respecto de la situación. Y otro elemento me parece que es la inteligencia, sobre todo en el uso de los detalles, que de repente en la utilización sabia e iluminada del énfasis sobre tales o cuales detalles dentro del poema, le dan al mismo una grandeza totalmente inesperada. (“La condición del poeta: Alberto Girri” 47)."
Una economía verbal que es llevada a un plano masivo por influencia del periodismo, desde mediados del siglo XIX, según Hermann Broch, quien también enfatiza una inclinación al epigrama y a la sugerencia sintáctica en la lengua inglesa, una tendencia a dejar más libre el texto a la imaginación y sus poderes asociativos, una mayor confianza en el lector, en oposición a la tendencia a explicarlo todo, dominante en la lengua alemana del exilio y 1946 (127-8).

Este giro hacia el mundo anglosajón, que en Hispanoamérica se ha venido consolidando durante el siglo XIX a través de autores como Andrés Bello, Domingo Faustino Sarmiento, José Asunción Silva, o José Martí, alcanza un punto alto allí donde la tarea girriana de traducir poesía momentáneamente nivela esas dos lenguas tan atentamente puestas a contemplarse. Así, el laborioso poema girriano es uno de los puntos de referencia más elevados frente a una desintegración permanente, no sólo como “un claro espejo/ suspendido en lo alto” –como dice en “Hacedor”–[4], que lo caracteriza en cuanto a una función esencial que es la de ser una entidad que rebota la mirada (se resiste a quienquiera integrarlo a su memoria), esto es, aspira a reflejar –nada más humilde–, sino, también, en sí propio como texto, porque ha sido trabajado para asediar el momento justo de la máxima tensión entre espíritu y materia --nada más absoluto. De modo que en Alberto Girri se trata de un vida propiamente lírica, ya que es al mismo tiempo una vida ejemplar por cuanto ha morado en lo que ha levantado con sus manos, de manera casi ecológica. Esta “fusión de los horizontes”, que propone Girri, del lector, autor y (con)texto, se expande desde/hacia la otra lengua mediante la atención puesta en la actividad interpretativa al traducir poesía, o en la transmisión de su aura filosófico-religiosa, como enseña Walter Benjamin, que logra intensidad únicamente en el ámbito espiritual de la propia lengua. De ahí el ejercicio constante, debido a este carácter provisional, diferido, que se adhiere a toda versión. Un entrenamiento más en la salida de sí mismo que conduce a la construcción del poema como un organismo impersonal que a su vez se reproduce limpiamente en/por el observador, como espejo en el campo intermediario –el entre mente y materia– de una imaginación adherida a la realidad.

Un ejemplo de esta invitación que es una fluencia entre lenguas, propiedad fundamental de la poesía, lo es el siguiente pasaje que comienza y termina aludiendo (elusivo) a Baudelaire, pasando por el Inferno de Dante, pasaje que pertenece de la versión bilingüe The Waste Land/La tierra yerma de T.S.Eliot/Alberto Girri:
Ciudad irreal, 60

bajo la parda niebla de un amanecer de invierno,
una muchedumbre fluía por el Puente de Londres, tantos,
no creí que la muerte hubiera deshecho a tantos.
Se exhalaban suspiros, breves y espaciados,
y cada cual fijaba sus ojos ante sus pies. 65
Afluían cuesta arriba, bajaban por King William Street,
hacia donde Santa María Woolnoth señalaba las horas
con un sonido sordo en el toque final de las nueve.
Allí vi a uno que conocía, y lo detuve, gritando: “¡Stetson!
¡Tú que estuviste conmigo en las naves de Mylae! 70
¿Aquel cadáver que el año pasado plantaste en tu jardín,
ha comenzado a brotar? ¿Florecerá este año?
¿O la súbita escarcha perturbó su lecho?
¡Oh, mantén lejos de aquí al Perro, que es amigo de los hombres,
o volverá a desenterrarlo con sus uñas! 75
¡Tú! hypocrite lecteur!, –mon semblable, –mon frère!”[5]

A continuación se transcriben las notas propias de Eliot en el original, y las notas complementarias de Girri en cursiva:
 
"60. Cf. Baudelaire: “Fourmillante cité, pleine de rêves,

Où le spectre en plein jour raccroche
Le passant.”
(del poema “les sept vieillards”).
63. Cf. “Inferno”, III, 55-57:
“si lunga tratta
di gente, ch’io non avrei mai creduto
que morte tanta n’avesse disfatta”.
(... tan gran multitud/ de gente, que nunca hubiera creído/ que la muerte hubiera deshecho a tantos.)
64. Cf. “Inferno”, IV, 25-27: “Quivi secondo che per ascoltare,
non avea pianto, mai che di sospiri
che l’aura eterna facevam tremare”.
(Allí, según pude escuchar,/ no había llantos sino suspiros/ que el
aura eterna hacían temblar.)
68. Fenómeno que he observado a menudo.
70. “Mylae”: batalla naval durante las guerras púnicas; indirectamente,
se sugiere el tema del marinero fenicio; en la visión del poema, pasado y presente son simultáneos.
74. Cf. la Endecha en “The White Devil”, de Webster. En el texto de Webster se lee: “Pero mantén lejos de aquí al lobo, que
es enemigo de los hombres/ porque con sus uñas los desenterrará”. La introducción casi literal de fragmentos de otros autores, es característica del método de Eliot en “The Waste Land”, y su objeto
es, merced a pequeños cambios –aquí se habla del perro en vez del
lobo–, provocar cierto sarcasmo.
76. V. Baudelaire. Prefacio a “Les Fleurs du Mal”.

Tal parece que esta larga cita es justificable como evidencia de una intertextualidad fundamental para una respiración lírica actual, instalada en las sensaciones o devenires (Deleuze-Guattari) que se producen a través de una más o menos directa incorporación de otras lenguas en el poema, o bajo la forma de paratextos como en el caso de las notas, que entregan su origen en un fragmento baudelairiano, o en la terza rima del Dante, o en la posibilidad de inquirir acerca de variaciones sobre un texto de Webster. [6] Desde luego que éste no es un fenómeno reciente, así lo recuerda George Steiner:
 
"La poesía bilingüe y multilingüe, por ejemplo, un texto en el cual las líneas o estrofas en diferentes lenguas alternan, retrocede cuanto menos hasta la Edad Media, y a los usos del contrapunto en el latín y en la Vulgata. El minnesänger Oswald von Wolkenstein compuso un célebre tour de force incorporando seis lenguas, hay allí combinaciones del provenzal, italiano, francés, catalán y galaico-portugués, en verso de trovadores. (After Babel 197-98)"
 
Estrechamente ligada a este fenómeno aparece la tarea traductora de Girri, que ha contribuido significativamente en la apertura literaria hispanoamericana hacia el occidente de lengua inglesa, produciendo el desplazamiento de los anteriores paradigmas de las vanguardias (y el neorromanticismo argentino) centrados en la cultura francesa. Ejemplo del ensanche de los límites propios de una lengua que a veces conlleva el acto de traducir –para señalar hacia las raíces modernas de la hermenéutica–, lo constituye la traducción de la Biblia al alemán, el hito fundamental de la reforma luterana.[7] A propósito de este suceso, escribe Eugenio Trías: “A la gracia divina y a la respuesta de la fe se añade, pues, como cita propia y específica de ese encuentro (entre la gracia divina y la viva fe del testigo), la lectura de la sagrada escritura: sola gratia, sola fides, sola escriptura, como sintetiza el gran fundador carismático de esta reforma espiritual de la religión, Martín Lutero”(495). Un encuentro, una cita o relación que se establece sobre el acto de lectura, del cual brota el logos o la (in)comunicación, cuya tarea, explica Trías, consiste en completar y perfeccionar dicha relación –entre la comunidad de los creyentes y la divinidad–, que sólo es posible por la mediación –hermenéutica– a través del Cristo (510). Lo que importa destacar, es la aparición del logos, que en realidad está allí, en el texto sagrado, esperando su actualización por la lectura. “Ese lógos –dice Trías– da ‘razón’ del ámbito de la gracia, que ciertamente invade y penetra el mundo natural, si bien se distingue infinitamente de éste” (510). Y un poco más adelante informa:

"Entre la Razón Divina [o trascendente] y la razón inmanente al mundo y al hombre natural, o sometido a la ley carnal, no hay conmensurabilidad: una infinita distancia los separa, que sólo el circuito triangular de la gracia infundida, del don de la fe y de la lectura de la escritura santa permite salvar, a modo de frágil puente hermenéutico entre esos mundos escindidos, el mundo numinoso de la gracia y de la fe y el mundo fenoménico de la vida natural y legal." (511)

El abismo radical entre estas dos razones, necesitará –después de Lutero– el vuelo de la razón ya libre de su envoltura simbólica: es la razón que conocemos conceptualmente como razón moderna. Y, como es sabido, la generación de Galileo y Descartes sería su mano de obra artesana, preparando la separación cartesiana que luego habrá de incidir en la división entre ciencias y humanidades. Es a través de Trías que se refiere este punto:

"Moore [quien mantenía correspondencia con Descartes] advierte con inquietud que el ‘platonismo’ de Descartes sacrifica el espacio intermedio entre mente y materia, en el que se aloja el ‘alma del mundo’ (y su órgano o sensorio, la imaginación creadora), en razón de su tajante dualismo (res cogitans, res extensa) y de la propuesta de un modelo mecanicista para concebir el mundo material." (énfasis dado, 512n355)

Girri habrá de insistir en alojar el poema en esta zona intermedia:

"Máscara del cultivar un papel cuya intensidad fascina, dejándonos creer que se cumple con una órbita individual, autónoma, mientras que en rigor lo que efectivamente actúa es el poder creador que es el mundo. Hacedores de poemas ocupando sus respectivos, prefijados lugares; sólo instrumentos." [8] (OP IV 69)

Y a este propósito, apto para la forja poética que no cesa de remitir con cierta constancia hacia una razón espiritual. Pero esto teniendo en cuenta las siguientes anotaciones de Girri: “Puerilidad. La poesía, sustitutivo de la religión (M. Arnold). Dan ganas de divagar acerca de los actos del culto, cómo se establecerían, por ejemplo, los equivalentes de la bendición mística, el incienso, las campanas, y demás circunstancias de la liturgia” (OP IV 70). Anotaciones que son una prueba más de su infatigable busca de la precisión, porque bien sabe, por ejemplo, que: “Para Wallace Stevens, carente de una firme convicción religiosa, el instrumento es la poesía, que reemplaza o es un equivalente de las creencias. Y él mismo lo ha dicho: ‘Después que uno ha abandonado la creencia en Dios, la poesía es la esencia que ocupa su lugar, como redención de la vida’” (Poemas de Wallace Stevens 32).

continúa mañana