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viernes, 22 de marzo de 2024

Alberto Díaz: gran editor, pero, mucho más importante y raro, sobre todo, un buen tipo



El pasado 20 de marzo, Patricio Zunini publicó la siguiente crónica en InfoBAE, a propósito de el homenaje que la Legislatura de Buenos Aires le realizó al editor Alberto Díaz.

Alberto Díaz, reconocido como “personalidad destacada” de la comunicación y la cultura

No deja de ser un hecho paradójico cuando el Estado le entrega un reconocimiento como ciudadano ilustre a alguien a quien cinco décadas atrás empujó al exilio. Es también la evidencia del largo camino que la Argentina ha transitado desde el regreso de la democracia. Porque aquel gobierno que obligó a Alberto Díaz a exiliarse era uno de facto; y la legislatura que lo homenajea fue elegida por el voto popular.

Ayer, gracias a un proyecto de ley que impulsó el diputado Franco Vitali —hijo de Elvio Vitali, el mítico librero de Gandhi y director de la Biblioteca Nacional entre 2003 y 2005—, la Legislatura porteña reconoció a Alberto Díaz como Personalidad destacada de la comunicación social y la cultura. Una distinción que, a la vez que recuperación de la memoria histórica cultural del país, es un acto de justicia con quien moldeó buena parte de las lecturas de América latina.

Con más de cincuenta años de trayectoria en el mundo del libro, Alberto Díaz empezó su historia con un puesto inferior en la editorial que montaron dos amigos y terminó como director en un gran grupo. Trabajó en Siglo XXI, Alianza, Losada, Espasa Calpe y Planeta, donde estuvo a cargo del sello Emecé. Publicó más de cuatro mil libros; algunos autores: Jorge Luis Borges, Augusto Roa Bastos, Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Juan José Saer, Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo, Osvaldo Soriano, Abelardo Castillo, Vlady Kociancich, Paulo Freire, Andrés Rivera.

El reconocimiento, sin embargo, fue aprobado por mayoría y no por unanimidad. “Los que votaron en contra son los mismos que quieren derogar la ley del libro”, dijo Vitali. Si bien —y a tono con el compromiso político y esencial de Díaz— se plantaron algunas banderas con respecto a la batalla cultural que se da a partir de la presidencia de Javier Milei, la ceremonia tuvo el color de un festejo íntimo, sencillo, familiar. Con la presencia de numerosos autores publicados por él, colegas editores, antiguos compañeros de oficina, su mujer, sus hijos, el acto contó con la participación de Ana María Shua, Horacio Tarcus, Ignacio Iraola y Carlos Ulanovsky.

La aventura de un editor
La primera en hablar fue Ana María Shua, que tuvo un arranque interesante: dijo que había recibido el encargo de hablar mal de Alberto Díaz y que el pedido se lo había hecho Carlos —el hijo, actual director de la editorial Siglo XXI—, y ella, obediente, había buscado la manera de cumplirlo.

“Los editores saben que cuando les arden las orejas es porque los escritores estamos hablando de ellos”, dijo. Las orejas de Díaz, entonces, deben haberle ardido bastante porque ella tuvo la oportunidad con muchos otros escritores, pero, después de hacer una búsqueda exhaustiva, comprendió que no iba a encontrar lo que buscaba: “No encontré a nadie que me dijera algo malo de Alberto”.

Ana María Shua habló poco, y lo hizo con esa costumbre tan suya de decir cosas profundas pero en un tono casual y siempre con humor; un poco a la manera borgiana, pero con más elegancia. Díaz, dijo, es un editor que cuida a sus escritores, que se preocupa por que los libros estén en las librerías y que la obra esté reunida. “Los escritores somos frágiles y Alberto ha cuidado a sus autores en forma personal con su carisma, con su respeto, su amor por las obras”.

El editor historiador

Con un nombre que parece salido de un disco de Emerson, Lake & Palmer, Horacio Tarcus es uno de los grandes intelectuales del país. Tiene una vasta trayectoria académica, y se ha especializado en la historia del socialismo y el marxismo. Fue subdirector de la Biblioteca Nacional. Actualmente dirige el Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas y la “Biblioteca del Pensamiento Socialista”, de la Editorial Siglo XXI.

La amistad con Alberto Díaz viene de muchos años. No sólo comparten la visión política, sino también la profesión: ambos son historiadores. Tarcus comenzó su participación recordando los libros que Díaz le publicó en Emecé: el Diccionario biográfico de la izquierda argentina, las Cartas de una hermandad. Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Ezequiel Martínez Estrada, Luis Franco y Samuel Glusberg y la edición definitiva de Historia del Pueblo Argentino. 1500-1955, de Milcíades Peña. Todos libros largos, complejos, con ilustraciones o fotografías; todos con la necesidad de un trabajo intenso de edición y dedicación.

“Ninguno de estos libros se hubiera publicado sin el respaldo de Alberto”, dijo. Y, para dar otro ejemplo de la manera en que Díaz se compromete con una idea y la lleva hasta las últimas consecuencias, habló de otro libro que no se hubiera publicado sin su insistencia. Cierta vez había recibido el original de un libro que él entendía que debía ser publicado, pero en la filial argentina de Siglo XXI pensaban distinto. Entonces llevó el libro un poco más arriba y logró convencer al director Arnaldo Orfila. Así se publicó Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano.

“Los libros que él publicó abrieron camino a la vida intelectual argentina”, dijo Tarcus. Y cerró diciendo que celebraba este reconocimiento porque “Alberto es alguien que contribuyó a editar la biblioteca en la que me formé”.

El editor inventor
Hermosa y muy emotiva fue la participación de Ignacio Iraola, que, para no dejarse llevar por los nervios, preparó un texto del que aquí extraemos algunos pasajes. El ex director de Planeta leyó rápido, siempre andando por la cornisa del llanto, y habló de un Díaz distinto al de los demás, tal vez porque ellos compartían generación. El Alberto Díaz de Iraola, además de un editor profesional, es un maestro protector que te acompaña y te forma en la carrera.

“Él era el capo editorial, yo el jefe de prensa, y teníamos mucha vida social en conjunto, ya que en ese momento había presentaciones de libros casi todos los días, visitas de autores, cócteles y comidas. La vida era una fiesta y el trabajo nos gustaba”.

“Gracias a Alberto conocí a Juan Gelman, a Roa Bastos y durante muchos años tuve una cercanía ridícula con Juan José Saer. Ellos dos eran muy amigos, pero a la vez tenían una relación de respeto y afecto como nunca volví a ver en mi vida entre un autor y un editor. Eran muy amigos y se conocían y se querían en serio. Saer vivía en Francia pero una o dos veces al año venía a Buenos Aires, Planeta aprovechaba para manijear sus libros y ellos me sumaban a esa yunta. Alberto sabía que yo era fan de Saer y me sumaba a la comidas y a las salidas, y Saer —el escritor más fino, pero un atorrante hermoso con mucho humor— siempre quería ir a un almacén de fiambres en Solís y la autopista, que manejaba un japonés”.

“Alberto inventó un modo de editor: el que viajaba por Latinoamérica descubriendo talentos, fundando editoriales e incluso vendiendo libros. En un momento en que la edición argentina era la más potente en habla hispana, Alberto descubrió autores, abrió mercados, ayudó a las librerías. Es tremenda la influencia de Alberto Díaz en la edición moderna. Un caso único de constancia y talento. Un militante absoluto de los libros, al punto tal de haber sufrido el exilio con su familia por publicar libros y por pensar distinto a los animales”.

“Una vez nos peleamos y al rato me dijo algo hermoso: ‘Nachi, con los amigos hay que pelearse de tanto en tanto para saber cuánto uno los quiere’. Yo lo tuve siempre como a un hermano mayor y como un consiglieri, y muchos de sus consejos me los quedo para mí, para toda la vida. Y de Alberto Díaz aprendí dos cosas centrales que espero poder trasladárselas a mi hija: aprendí dignidad y lealtad ante todo”.

De profesión: editor
Sencillo, solidario, discreto, accesible, cordial. Carlos Ulanovsky usó estas palabras para caracterizar a Díaz. Después de tantos discursos, “Ula” prefirió vestirse con el traje que mejor le queda, el de periodista, y le hizo una entrevista en vivo. Consiguió declaraciones que podrían titular esta y varias otras notas: “No publiqué nunca un libro que haga daño”, “Saer me tapó, quedé como el editor de Saer”, algunas más. Las respuestas de Díaz eran siempre largas, salvo una:

—¿Nunca se te ocurrió publicar un libro?
—No —tajante. El público empezó a reírse.

—¿Por qué?
—Porque soy muy exigente.

Después hubo tiempo para fotos y la celebración continuó en el bar de Yrigoyen y Perú. Tal vez quienes hayan estado comiendo en las mesas cercanas no supieran quién era ese hombre de traje marrón y pelo ralo que, sin embargo, les enseñó a leer.

 

martes, 28 de junio de 2022

Alberto Díaz: el retiro de un gran editor

Uno se acostumbra a saber que la gente está en su lugar, hasta que deja de estarlo. Es el caso de Alberto Díaz, editor ejemplar que transitó por Siglo XXI, Alianza, Seix Barral y Emecé, y que acaba de anunciar su retiro del mundo editorial. Así lo cuenta Daniel Gigena, en la nota publicada por La Nación, de Buenos Aires, el pasado 21 de junio.

Con medio siglo de oficio y tras 29 años en el Grupo Planeta se retira el editor Alberto Díaz

Figura clave de la edición en la Argentina, el historiador Alberto Díaz  (Buenos Aires, 1944) anunció su retiro del Grupo Planeta, donde se desempeñaba como asesor literario. En esa empresa llegó a ser director editorial. “Mi retiro es voluntario y me costó mucho tomar esta decisión, pero los años y el deseo de tener más tiempo libre para recobrar el placer de la lectura, de estar más cerca de mi familia y mis nietos, y de retomar algunos proyectos que se vieron abortados con mi exilio fueron las razones decisivas que determinaron mi decisión”, dijo a La Nación. Hasta 1976, Díaz trabajó en la sede local de Siglo XXI, donde un grupo de tareas de la Marina irrumpió para detenerlo junto a otros colegas a finales de marzode ese fatídico año.

Una vez en libertad, al recibir amenazas, decidió exiliarse con su familia en Colombia. En 1978 vivió en Ciudad de México, donde se hizo cargo de Alianza y formó parte de la “comunidad argenmex”. Fue amigo y colaborador del editor mexicano de origen argentino Arnaldo Orfila Reynal. “Quisiera resaltar lo más importante de sus enseñanzas, la coherencia entre vida privada y profesional y su inclaudicable fe en que los buenos libros hacen mejores seres humanos, ayudan a mejorar las sociedades y a combatir las injusticias”, dijo sobre uno de los fundadores de Siglo XXI. Al regresar al país en 1983, creó y dirigió la sede editorial de Emecé y estuvo a cargo de los sellos Seix Barral y Destino, los más “literarios” del grupo. Editó más de cuatro mil libros en cincuenta y dos años de trabajo. Hasta 1993 fue profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Entre otros destacados autores, Díaz fue editor de Julio Cortázar, Eduardo Galeano (del que publicó el best seller Las venas abiertas de América Latina), Antonio Di Benedetto, Ernesto Sabato, Ricardo Piglia, Mario Benedetti, María Elena Walsh, Tulio Halperin Donghi, Jorge Luis Borges (para Alianza, lanzó Los conjurados y los fascinantes prólogos de la colección Biblioteca Personal), Beatriz Sarlo (Díaz fue factótum de Escenas de la vida posmoderna), Juan Gelman, Juan José Saer –“uno de los autores que más quise y quiero”, destaca– y Andrés Rivera. “El editor es un personaje doble, que debe saber conciliar el arte y el dinero, el amor a la literatura y la búsqueda de beneficio –dijo en Optimistas seriales. Conversaciones con editores, de Leandro de Sagastizábal y Luis Quevedo–. Por más que se quiera mantener un equilibrio entre estas dos funciones, siempre va a prevalecer una de las dos que dejaran como marca, editores del polo comercial, o editores más volcados al polo cultural”.

“Una de las condiciones básicas para ser editor es querer a los libros –señala Díaz a este diario–. Eso es fundamental, amar a los libros, y luego, la relación con el autor, que no es una relación fácil”. Un proyecto que Díaz retomará ahora es unensayo sobre el delicado vínculo entre editores y autores. También avanzará en un análisis sobre la visión de Karl Marx sobre el libertador Simón Bolívar. “Es un proyecto pendiente que me había pedido tiempo atrás José Aricó –revela–. A Marx no le interesaba América Latina; lo consideraba un territorio hegeliano”.

“Se sentía un escritor argentino –dijo Díaz sobre el autor de Glosa y Nadie nada nunca en una entrevista con el historiador Felipe Pigna–. Ni latinoamericano, ni español, ni castellano. Y su preocupación cuando hablaba conmigo era saber si se seguían usando algunas palabras, como ‘cachirulo’. O me pedía que le revisara que no hubiera galicismos. Esa era su mayor preocupación: que no se le infiltraran galicismos. A veces me pedía que le enviara libros, pero no de literatura; me pedía libros de aves del plata o un libro sobre vinos, sobre detalles. Los de literatura ya los tenía leídos”. El escritor santafesino le dedicó su novela Las nubes.

“Está lejos de mi intención construir una imagen mítica de Alberto; sin embargo, a veces es necesario recordar que él es un destacadísimo editor tanto de ficción como de no ficción, que estuvo a cargo de varios sellos y en diferentes lugares de liderazgo y que, desde allí, supo acompañar a autores y autoras en su carrera literaria con su palabra de editor tanto como de amigo –afirmó el presidente corporativo del Área Cono Sur de Planeta, Gastón Etchegaray–. Transformó a esos autores y autoras en referentes y, sin duda, se transformó él en un referente para el mundo editorial”. Por su cortesía, experiencia y conocimiento del ámbito cultural, muchos consideran a Díaz miembro de una especie de editores paradigmáticos. Es padre de Laura y Carlos Díaz, actual director editorial de Siglo XXI, y está casado con la historiadora María Ester Rapalo.

“Fueron veintinueve años en Planeta, de los más ricos y reconfortantes años en mi larga trayectoria en este maravilloso oficio que comencé a transitar hace ya 52 años, incluyendo casi ocho años de exilio en Colombia y México, países en los que seguí vinculado como director a mi amado mundo de los libros –dijo Díaz en su despedida de uno de los grupos editoriales más importantes del país–. Como dice el tango, me toca hoy emprender la retirada, lo hago con tristeza, pero con la conciencia tranquila de que siempre traté de hacer las cosas lo mejor posible, y de que mi retirada coincide con el mejor momento de Planeta”. Y agregó que había cosechado “un montón de amigas y amigos entrañables”, a los que seguirá vinculado. “La amistad es lo único que no se pierde –sostuvo–. Planeta siempre será mi casa”.

lunes, 13 de julio de 2020

Colecciones: "las marcas más indelebles"

El siguiente artículo de Jorge Martínez, publicado en el diario La Prensa, de Buenos Aires, el pasado 21 de junio, trata sobre el auge y la supuesta decadencia de las grandes colecciones de libros. Participan con sus opiniones, Luis Chitarroni y Alberto Díaz, por el rubro de los editores.

Puertas de entrada a la cultura universal

En la historia personal de todo lector siempre aparecen las colecciones literarias. Con seguridad al comienzo, en los años dorados de la infancia, pero también en el tiempo más selectivo en que empieza a formarse una biblioteca propia y las lecturas siguen un orden y buscan un sistema.

Hoy es posible que las colecciones hayan cumplido un ciclo. Inseparables del libro en papel, su vigencia se desdibuja en tiempos de e-books y contenidos digitales. Por otro lado, aquel afán ordenador que aportaban al mercado editorial parece borroneado en un mundo que pregona la “diversidad” y lo “plural”, y que por comodidad cede a Internet todo intento clasificador.

Debería primar, entonces, la nostalgia por un tiempo ido. Aunque una consulta entre editores argentinos revela ciertas discrepancias respecto de ese punto. Marcela Luza, directora editorial de El Ateneo, está entre quienes creen que, en efecto, las colecciones pasaron de moda.

“La saga de Harry Potter se convirtió en el último fenómeno editorial mundial y trajo como cola un boom de la literatura juvenil que le dio a las sagas o colecciones un lugar que habían perdido –advierte–. Hasta 2017 se vendieron bien en todo el mundo. Pero el boom duró poco, ya que casi todas las editoriales se volcaron al género y la sobreabundancia de material produjo una competencia desmedida y la demanda cayó considerablemente”.

Con evidente añoranza, Luis Chitarroni, escritor, crítico y responsable del sello La Bestia Equilátera, comparte la opinión de Luza. “A veces, sin exotismo ni vanidad, me parece que sólo yo extraño las colecciones”, bromea. “Una vez, en una de esas encuestas de marketing que se hacían (expertos en nada con puntero láser) me informaron que nadie compraba los libros por su sello, que incluso muchas veces ignoraban cuál era la editorial. Tal vez fuera una veleidad de los fetichistas como yo...”.

Pero Alberto Díaz, editor asociado y asesor del Grupo Planeta, y veterano de larga experiencia en el oficio, se permite disentir. “Si definimos a una colección como una serie de libros publicados por una editorial bajo un epígrafe común, generalmente con las mismas  características de formato y tipografía, deberíamos concluir que las colecciones no pasaron de moda, no hay editorial que no ordene su catálogo en colecciones”, aclara, aunque admite ciertas prevenciones a la hora de pensar en las colecciones que hicieron historia.

“Lo que ocurre –señala– es que para que una colección adquiera autonomía de la editorial que la lanzó, y su relevancia logre la lealtad y fidelidad de un número grande de lectores a través del tiempo y funcione como una marca y un sello de identidad, debe tener características únicas y virtudes que superen las coyunturas”.

La clave, desde luego, es el tiempo. “A las grandes, famosas y permanentes colecciones las consagra el tiempo”, resume Díaz.

Hacer historia

¿Y cuáles son esas “grandes, famosas y permanentes” colecciones que hicieron historia? Cada entrevistado, cada lector, tiene las suyas, que atesora en la memoria y, con suerte, en la biblioteca.

Los ejemplos queridos se repiten: Robin Hood, Billiken, Séptimo Círculo, la no tan recordada Reno de Plaza y Janés (un aporte justiciero de Chitarroni), las que traían las inagotables novelas de Agatha Christie. Y también las que marcaron tendencia con una vocación por difundir, a bajo precio y de manera masiva, una cierta idea de cultura general, acaso hoy superada por la era del “googleo” y la corrección política multicultural. Dos nombres se destacan: Penguin en inglés, y la venerable Colección Austral en castellano.

“En 1935 Penguin produce una revolución en el libro de bolsillo, libros de pequeño formato, en rústica y con excelentes autores y cuidadas ediciones –recuerda Díaz–. Este modelo fue replicado en las distintas lenguas. En 1937 la editorial Espasa Calpe de Argentina, administrada en ese entonces por Gonzalo Losada, lanza la Colección Austral, primera colección de bolsillo en lengua castellana, dirigida por Guillermo de Torre, cuñado de Borges”.

La Colección Austral, coinciden expertos, señaló la “época de oro” de la industria editorial argentina, que duró hasta mediados de la década de 1950. Sus libros, que por suerte todavía se pueden conseguir en librerías de viejo o por Internet, eran ediciones en rústica, numeradas, de formato reducido (11,5 x 18 centímetros), bajo precio y temas diversos, puede leerse en Sánchez Vigil, J. M.; Olivera Zaldua, M. (2012) “La Colección Austral: 75 años de cultura en el bolsillo (1937-2012)”. Palabra Clave [en línea], 1 (2), 29-47. En Memoria Académica. 

(Disponible en:
 http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.5149/pr.5149.pdf).

Los temas se distinguían por el color de las sobrecubiertas (diseñadas por el italiano Attilio Rossi): azul para novelas y cuentos; verde, ensayo y filosofía; naranja, biografías y vidas novelescas; negro, viajes y reportajes; amarillo, política y documentos de época; gris, clásicos, etc.. La rebelión de las masas de José Ortega y Gasset (quien más tarde sería asesor del emprendimiento) fue el primero de los 1500 títulos que se editarían hasta 1972, marca que señaló el comienzo de un sostenido declive de la colección, a la que diferentes operaciones empresarias han tratado de remozar desde entonces sin que pudieran recuperar el brillo de sus orígenes.

Modelo imitado
Austral es sinónimo de cultura y fue un modelo varias veces imitado. De hecho la editorial Losada surgió tras la ruptura de Gonzalo Losada con Espasa Calpe durante la Guerra Civil Española. Y lo primero que hizo Losada en su nuevo sello fue crear la Biblioteca Contemporánea, “de características similares a la Austral”, apunta Díaz (el primer título de esa colección fue La agonía del cristianismo, de Miguel de Unamuno). Lo mismo que haría tres decenios más tarde la editorial Alianza con El Libro de Bolsillo, en un vasto catálogo que recuperó, por caso, toda la obra en prosa de Edgar Allan Poe que Julio Cortázar había traducido en 1956 para la Universidad de Puerto Rico).

Anglófilo de toda la vida, Chitarroni tiene otra favorita: la formidable Everyman’s Library. Fue fundada en 1906 por J.M. Dent, con la dirección de Ernest Rhys. Su objetivo, compartido por la mayoría de las colecciones populares, era  “dirigirse a todo tipo de lector: el trabajador, el estudiante, el hombre cultivado, el niño, el hombre y la mujer”, con una envidiable selección de clásicos universales en formato de bolsillo y a bajísimo precio (cada volumen costaba un chelín). En medio siglo superaron el millar de títulos divididos en trece categorías (biografía, clásicos, ensayos, ficción, viajes y topografía, historia, filosofía y teología, etc.) distinguibles por el color de sus elegantes tapas duras. Para entonces –1956– se habían vendido unos cincuenta millones de ejemplares.

Siempre en el ámbito anglosajón conviene no olvidar la Modern Library, de Random House (que todavía existe), y sus “Modern Library Giants”, que eran la selección de la selección. Si el gusto era francés, ahí aparecen Le Livre de Poche, emprendimiento creado en 1953 por varias editoriales galas, y la inextinguible Folio, de Gallimard, que sigue viva en el siglo XXI.

Chitarroni exhuma otras preferencias. “La última colección que atesoré (era fácil por el tamaño exiguo) fue Great Ideas, de Penguin, que creo se hizo también en castellano –señala-. Grandes ideas y grandes tapas. Se trataba (o se trata) de aislar un ensayo breve y darle relevancia. Una de Borges tomaba la carrera de Aquiles y la tortuga, y la cubierta era un remedo de las tapas de Sur, etapa blanca. Otra, de la “Apología para ociosos”, de Stevenson, daba a entender con un gesto de displicencia que el diseñador formaba parte de los elogiados: no había terminado de pintar las letras de la tipografía”.  

Y la lista, incompleta, podría seguir. Emecé, cómo olvidarlo, estableció un hito con los policiales del Séptimo Círculo, que en una primera etapa estuvo dirigida por Borges y Bioy Casares. En ficción contemporánea e historia la misma editorial alistaba la colección Piragua, siempre con un catálogo apabullante. Sudamericana presentaba la Colección Horizonte (hay que revisar esos títulos y esos traductores) y luego la Colección Indice (publicó al primer García Márquez, a Camus y Sartre, a Huxley, a Onetti, al joven Vargas Llosa). La desaparecida Bruguera tenía Libro Amigo, y dentro de ella la Serie Negra (a cargo de Juan Carlos Martini). ¿Y cómo no recordar los Clásicos Jackson con su “Comité Selectivo” integrado por Alfonso Reyes, Francisco Romero, Federico de Onís, Ricardo Baeza y Germán Arciniegas? ¿O los Clásicos Universales Planeta, con sus cuidadas ediciones prologadas y anotadas por especialistas, y esas inconfundibles tapas blancas con letras negras y un retrato del autor?

Pero había más. Aunque era un sello y no una colección, Minotauro, de Francisco Paco Porrúa, difundió desde 1955 en español lo mejor de la ciencia ficción en libros que sí se volvieron coleccionables (incorporado hace dos décadas al Grupo Planeta, el sello fue relanzado este año). Con Biblioteca Breve, Seix Barral hizo lo máximo por esparcir en todo el mundo el boom de la literatura latinoamericana. En la península, Anagrama exhibía Contraseñas, con sus autores más o menos contraculturales (Charles Bukowski era omnipresente), y luego Compactos, de plena vigencia hoy día. Lo que también puede decirse de la más reciente serie Maxi, de Tusquets.

Pero si hubiera que rescatar una sola colección de las brumas del tiempo, Robin Hood es imposible de soslayar: su existencia fue decisiva en la temprana formación de generaciones lectores niños y adolescentes en la Argentina, por no hablar de otros países de habla hispana. Un prodigio que editó algo más de 200 títulos en aquellas clásicas ediciones de tapa dura y color amarillo, con ilustraciones de Pablo Pereyra. “Es un ejemplo de cómo una colección opaca y hace invisible a la editorial que la publica, en este caso Acme Agency”, destacó Díaz.

Por eso la historia de Díaz, el veterano de mil ediciones, bien puede ser la historia de todo buen lector de habla hispana de las últimas ocho décadas. “En Robin Hood leí a grandes escritores, como Dickens, Dumas, Mark Twain, Louise M. Alcott, Stevenson, Jack London, Salgari y muchísimos otros, sin saber que eran grandes escritores y sin ningún deber ser, sólo por el placer de la lectura –recuerda–. Sin lugar a dudas, creo que esas lecturas juveniles en Robin Hood son las que dejaron las marcas más indelebles en el largo aprendizaje de la lectura que sobrellevamos los humanos”.

miércoles, 10 de julio de 2019

Una mesa con ocho ponentes para festejar al FCE


El Fondo de Cultura Económica los invita a la mesa de debate “Hacia los 75 años del Fondo de Cultura Económica en Argentina. Rememoración y nuevos interrogantes”. El evento contará con la participación de Alberto DíazDaniel DivinskyAlejandro DujovneHoracio GonzálezNéstor GonzálezNoé JitrikAdriana Puiggrós y Horacio Zabaljáuregui.

Nos miramos en el espejo de los tres cuartos de siglo del Fondo de Cultura Económica en la Argentina, filial de la editorial fundada en México un lustro antes. En todo este largo periodo, constituyó una compleja familia lectora y, hasta hoy, sus textos y autores permanecen como actos de rememoración cultural. 

 Los territorios simbólicos compartidos tiemblan constantemente, pero en ese extenso lapso circularon miles de libros que formaron a generaciones enteras de lectores. Ahora, en una época de numerosas dificultades que proponen diversas convivencias con nuevas tecnologías, con diversificaciones incesantes del mundo lector y con la general omisión de las instituciones públicas sobre la resistente aunque precaria realidad de las casas editoriales, sean antiguas o recientes, grandes o pequeñas, integrantes de conglomerados editoriales complejos o viviendo la realidad de la edición independiente, es necesario reflexionar y afinar nuestra lucidez sobre estos nuevos desafíos. 

VIERNES 12 DE JULIO - 19 hs.

Librería del Fondo “Arnaldo Orfila Reynal”
Costa Rica 4568, CABA.

Entrada libre y gratuita sujeta a la capacidad de la sala. 

viernes, 21 de septiembre de 2018

Entrevista con Alberto Díaz: una verdadera institución argentina del mundo de la edición

“Editó más de 4 mil libros en casi cincuenta años de carrera. Borges, Quino, Di Benedetto, Gelman, Piglia y Saer fueron algunos de los autores que publicó. Dirigió y fundó editoriales en México, Colombia y Argentina. Persecución, exilio y unas minivacaciones con Cortázar, en este reportaje a uno de los últimos ejemplares de la edición tradicional, una especie en extinción”. Esto es lo que dice la bajada de la larga nota y entrevista que Alejandro Belloti, le dedicó al editor Alberto Díaz. Publicada el 16 de septiembre pasado, en el suplemento cultural del diario Perfil, de Buenos Aires, se reproduce aquí parcialmente.


El talentoso señor Díaz

Alberto Díaz nació en Buenos Aires en 1944. Estudió Historia en la Universidad de Buenos Aires y fue docente en la Facultad de Filosofía y Letras en diferentes etapas hasta 1993. A fines de los años sesenta se inició en el mundo editorial al ingresar a trabajar en Siglo XXI Editores Argentina. Estuvo allí hasta 1976, cuando debió exiliarse en Colombia, donde se hizo cargo de la delegación que esa misma editorial estaba abriendo en Bogotá. En 1978 se trasladó a México; fue allí donde, luego de un breve tiempo en Siglo XXI, pasó a dirigir Alianza Editorial Mexicana. En 1983 volvió a Argentina, donde constituyó y dirigió Alianza Editorial. Con la compra de esta editorial por el Grupo Anaya, también pasó a dirigir editorialmente a Editorial Losada. En 1993 comenzó a trabajar en Espasa Calpe, que se fusionó con el Grupo Planeta, donde actualmente es director editorial de Emecé y de los sellos Seix Barral, Espasa Calpe y Destino.

–¿Qué debe tener un buen editor?
–La primera condición es que te tienen que gustar los libros, y tener el hábito de lectura incorporado. Un editor no debe publicar su biblioteca, o sea no publicar solo lo que te gusta, tenés que publicar también lo que no te gusta, aunque sí debe estar dentro de cierta línea, lo que se relaciona con la composición del catálogo, otro punto fundamental, que te dará la identidad.

–La biografía de un editor es el catálogo.
–¡Exacto! Cuando el catálogo tiene forma y permanencia en el tiempo. O sea, vos publicás Majul… vende mucho, pero tiene la coyuntura del kirchnerismo, después nada. Pasan. Como editor, también tenés que salir a buscar libros. Para traducir, libros que se te ocurren y se los proponés a un escritor, y después están los instant books, como el que te mencioné. Hay dos tipos de editores: el que funda su propia editorial y el que es fuerza de trabajo. Si sos fuerza de trabajo, tenés menos identidad. Cuando yo empecé en América Latina surge, a través de la Cepal, luego de la Revolución Cubana, la Teoría de la Dependencia. Siglo XXI empieza a publicar todos los libros sobre la dependencia, toma ese nicho. En un momento salen varias novelas de dictadores. De las tres importantes, dos las publica Siglo XXI: El recurso del método, de Alejo Carpentier, y Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos (la otra es El otoño del patriarca, de García Márquez). Además, publicaba libros novedosos, que veinte años después se ponían de moda, como De la gramatología, de Jacques Derrida; nosotros hicimos la primera traducción en el mundo, y no vendimos nada. Veinte años después se puso de moda en EE.UU. y explotó.

–¿Cómo se conectaban entonces con el universo editorial?
–Nos enterábamos de las novedades por revistas especializadas; una de las más consultadas era la Quinzaine Littéraire, que te informaba de los lanzamientos, tipo boletín. Acá llegaba una semana después, mirabas lo que te interesaba y escribías carta a la editorial para pedirle que te reservara exclusividad para poder leer el libro y ver si te interesaba. Te daban el okay, te lo mandaban por correo, y luego de leerlo decidías. Negociabas la plata. Aunque también publicábamos mucho charlando con amigos y colegas en bares y restaurantes. Un recién llegado de París comentaba: hay tal tipo que la rompe, Sartre está trabajando sobre Flaubert, y así. El teléfono era una tortura, más allá de la diferencia horaria.

–¿Cuánto vale el olfato en la labor del editor?
–Mucho. Mirá, yo detecto en un momento que SigloXXI tenía siempre problemas de diciembre a marzo. Como era una editorial que manejaba mucho texto universitario, y no eran libros para leer en la playa, yo salvaba los números con los cheques que llegaban de países que les habíamos vendido libros durante el año, sobre todo Venezuela. Con eso pagaba los servicios, los sueldos. Pero no vendíamos nada. Entonces, un verano decido publicar A mí no me grite, y luego Yo que usted, de Quino. Empezamos a vender mucho también en esa época del año. Y sí, siempre me resultó fácil tener cierto olfato. El golpe cívico-militar de 1976 en Argentina lo encuentra vendiendo libros en Caracas; allí se cruza de casualidad con León Rozitchner –exiliado ya en Venezuela–, quien le comenta lo ocurrido. Ambos se estiran hasta la zona de Sabana Grande, donde todos los días a las siete de la tarde un argentino vende ejemplares de La Opinión que llegan con los vuelos de Aerolíneas Argentinas. Ahora sí, con el diario en mano, derrapan en un café para leer en profundidad. Comprenden de inmediato que se trataba de un golpe distinto. “Arribé a Buenos Aires el 27 de marzo. No había familiares con pancartas, con abrazos, como era habitual por entonces. La bienvenida quedó en manos de efectivos de la Aeronáutica, que nos subieron a un bus que finalmente nos dejó en Plaza Once. Ya estaba en marcha la II Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que se desarrollaba en el Centro de Exposiciones, al lado de la Facultad de Derecho. Al día siguiente fui a la editorial para preparar un informe del viaje a Venezuela. Allí estábamos con un amigo y colega, Jorge “Negro” Tula, esperando que nos pasara a buscar su mujer para ir a la feria. De pronto tiran la puerta, gritos, armas largas, cuerpo a tierra; efectivos de la Marina que nos llevan detenidos y nos dejan en lo que había sido la antigua Coordinación Federal, en la calle Moreno, a pocas cuadras del Departamento Central de Policía. Aislado siempre desde ese momento. Un par de veces me llevaron encapuchado para interrogarme. Patadas, trompadas, amenazas, pero sin picana. Una noche tocan la puerta de la celda: el policía bueno. “Hola, Alberto, ¿sabés que somos vecinos? Sacate la capucha. ¿Fumás, no? Tomá. ¿Por qué estás aca? ¿Estás casado? Sé que vivís al lado del almacén de la esquina de mi casa. Nos vimos la cara”. Sin respuesta de hábeas corpus, Díaz pasa incomunicado un mes y medio. Cuando finalmente lo sueltan, sin alianza, sin reloj y sin dinero, camina hasta su casa al encuentro de su hijo Carlos, de dos años, y de María Ester, embarazada de Laura. “Mi hija nace el 3 de julio; en la primera salida, un sábado, vamos a la plaza con los niños. En la vereda de enfrente veo a este policía bueno, junto a otro, que me hace señas, indicándome que cruce a su encuentro: ¿Sos pelotudo, vos? ¿No entendiste el mensaje? Que-te-fueras. Te salvaste de casualidad. Tenés una semana. Si para entonces seguís acá, sos boleta”. La familia Díaz inicia así el trip del exiliado. Lo dijimos: Colombia, México, etcétera. “Me molestó mucho la cobardía del sector editorial. En plena feria se allana y se clausura una editorial internacional importante y las autoridades ni siquiera leen una línea. Al otro que jodieron mucho fue a Centro Editor de América Latina (dirigido por Boris Spivacow; soportó la quema de miles de libros y fascículos, además de amenazas). Desaparecieron muchos correctores, escritores, traductores. Los únicos editores que caímos no desaparecidos, sino presos, fuimos Daniel Divinsky y yo. Divinsky, por publicar un libro infantil, todavía lo recuerdo. Había cinco deditos verdes que eran los malos y cinco rojos que eran los buenos. Por eso va en cana Daniel. El catálogo. En su dilatada carrera, Díaz editó y publicó, entre otros, a Juan Gelman, María Elena Walsh, Ricardo Piglia, Andrés Rivera, Eduardo Galeano, Antonio Di Benedetto, Jorge Luis Borges, Tulio Halperín Donghi, Mario Benedetti y Juan José Saer, quien le dedicó Las nubes.

–¿Trenzaste amistad con alguno de ellos?
–Con varios, aunque con Saer tuve una relación muy profunda, sin dudas. Mi vínculo con él arranca cuando publico Glosa por Alianza en el 85. Una relación hermosa que duró veinte años. El muere el 10 de junio de 2005; hablé ese mismo día, sobre La grande, que ya estaba casi terminada. El 11 me llamó el hijo para decirme que había muerto, y viajé a París para despedirme en su entierro. Era un tipo increíble, con mucho humor, un bon vivant que no gastaba un mango en pilchas, pero podía invertir lo que no tenía por un buen vino u ofrecer una comida increíble a sus amigos, porque además era un gran cocinero y anfitrión. Un tipo con una cultura vasta y profunda, pero que no hacía alarde de eso.

–¿Cómo era trabajar con él?
–El componía los libros como los poetas, en la cabeza. Pero tomaba notas. Cuando en su cabeza tenía el inicio, el final, y toda la estructura, empezaba a escribir en sus cuadernos enumerados. Esos cuadernos los pasaba a máquina e iba haciendo las correcciones, que eran casi nulas. Cuando se sentaba a escribir la novela, la terminaba en tres meses, pero capaz la estuvo elaborando diez años. Tenía siempre en la cabeza varias novelas. Algunas veces me pedía libros, casi nunca literarios. De pájaros, por ejemplo; solo para conocer el canto del jilguero, para incorporar solo dos líneas en una novela. O un libro de vinos. Decía que el argumento no importaba, pero que las descripciones debían tener fuerza material. El me mandaba el texto, yo lo leía, corregía lo que consideraba y se lo devolvía. La corrección era difícil porque tenía un uso de las comas muy particular, entonces yo debía revisar que no se las corrigieran. Porque si lo agarraba algún corrector con las normas de estilo… Si vos leés en voz alta un texto de Saer, tiene una musicalidad muy particular. El era asmático, un trastorno que te impone cierto ritmo, te ahogás si hacés una frase larga. Por eso el uso de las comas, la cadencia se la imponía su respiración. Es una hipótesis mía. Cuando él hablaba, lo hacía así, con esas pausas.

–Como editor, ¿qué le aportaste a su obra?
–Creo que he hecho algo bueno por su obra, y él ha hecho mucho por mí. Desde 1985 fui su (casi) único editor en castellano hasta su muerte. Hasta ese momento, Juani llevaba publicados en 25 años de trabajo once libros, en diez editoriales distintas de seis ciudades diferentes. Glosa en este sentido termina con esa modalidad errabunda e inicia una etapa de profesionalización creciente en la circulación de sus libros. En total le publico 23 libros en distintas modalidades de edición. Un día le digo que en Seix Barral quieren publicar dos novelas en España. Me dice no, meteles cinco novelas, y pediles 50 mil dólares. Si solo publican dos, el primero no se vende, el segundo ya ni lo mueven. No me leerá nadie, me haré mala fama. Si metemos cinco y les sacamos mucha plata se van a mover para que me lean. A él le interesaba arreglar el anticipo, lo demás no le importaba. De hecho, tuvo agente porque yo lo obligué.

–¿Schavelzon?
–No, una agente alemana que ya murió. Guillermo Schavelzon lo agarra después de muerto. Porque quería vender los Papeles de trabajo. Si bien Juani no lo quería, yo le digo a Laurance que arregle con Schavelzon, porque si bien le cobraría una comisión alta, lo colocaría bien.

–¿Quién es Saer en la literatura argentina?
–Si bien tuve una relación de mucha amistad con él, siendo objetivo, para mí después de Borges es el mejor escrior argentino, tiene un cuidado en la prosa único. En términos de Piglia, es el polo negativo de Borges, pero también es borgeano en el sentido de que tiene un dominio del lenguaje exquisito. El no quería ser escritor latinoamericano, quería ser escritor argentino, pero no por nacionalista, él era cosmopolita. Es un autor que quise y quiero mucho. He publicado autores muy famosos, pero él es el que más me gusta.