Mostrando entradas con la etiqueta Christopher Domínguez Michael. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Christopher Domínguez Michael. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de septiembre de 2025

Un recuerdo para Tatiana Gnedich

"Confinada, vigilada y condenada, Tatiana Gnedich transformó el cautiverio en hazaña literaria: traducir el Don Juan, legado que la consagró como traductora." Tal es la bajada de la nota publicada por Christopher Domínguez Michael, el pasado  14 de septiembre, en El Unviersal, de México.

La traductora de Lord Byron, presa

Son innumerables las obras de arte realizadas bajo el totalitarismo del siglo XX, pruebas de resistencia donde el amor a la belleza y el dominio de la víctima sobre su libertad artística e intelectual, acabaron por perdurar, imponiéndose a sus verdugos. Dos ejemplos se me vienen a la cabeza: la composición del inusual cuarteto del francés Olivier Messiaen (1908–1992), quien cayó preso de las tropas alemanas en 1940. Entre los prisioneros en el campo donde fue recluido, había un chelista, un violinista y un clarinetista, y con Messiaen al piano, el cuarteto fue compuesto por él mismo para los instrumentos allí disponibles y estrenado en el mismo campo, el 15 de enero de 1941, en uno de los momentos más emocionantes en la historia de la música occidental. El Quatuort pour la fin du temps, compuesto por un prisionero católico, es una extraña obra maestra, tanto por lo que se escucha, como por el peso de las condiciones en las que fue compuesto, acaso sólo equiparables, en una situación distinta, a las sinfonías de guerra de Dmitri Shostakóvich.

Recuerdo también las conferencias sobre Marcel Proust dadas, desde otro campo de prisioneros, pero en la URSS, por Józef Czapski (1896–1993), uno de los pocos oficiales polacos sobrevivientes de la matanza de Katyn en 1940. Dice el propio Czapski, quien redactaba exactamente mientras Messiaen componía su cuarteto confinado en la Baja Silesia: “Este ensayo sobre Proust fue dictado el invierno de 1940–1941 en un frío refectorio de un convento que nos servía de comedor de prisioneros en Grazowietz, en la URSS. La falta de precisión de estas páginas se explica por el solo hecho de que yo no poseía ningún libro referido a mi tema. […] Yo pensaba entonces emocionado en Proust, que se habría sorprendido mucho al saber que unos prisioneros polacos, tras toda una jornada pasada en la nieve y el frío, escucharan con intenso interés la historia de la duquesa de Guermantes, la muerte de Bergotte y todo aquello de lo que yo podía acordarme de esos mundos de preciosos descubiertos psicológicos y de belleza literaria” (Proust contra la decadencia, 2012).

Un tercer ejemplo. Tatiana Gnedich (1907–1976), también sobrevivió a los rigores totalitarios y a la Segunda Guerra Mundial, muriendo en Tsárskoye Seló –la ciudad de Pushkin– cerca de San Petersburgo, tras la prisión y el Gulag, según cuenta Efim Grigoriévich Etkind (1918–1999) en La traductrice, el relato de la vida y penurias de la traductora del Don Juan, de Lord Byron, al ruso.

Etkind, discípulo y colega de Gnedich, merece unas palabras. Filólogo y teórico de la traducción, traductor él mismo de poesía europea al ruso, fue corresponsal de Andréi Sarajov, defensor público de Solzhenitsyn, dio su testimonio a favor de Joseph Brodsky en 1964 y participó en la edición en samizdat –publicación artesanal clandestina– de las obras del propio Brodsky, Premio Nobel en 1987. Expulsado de la URSS en 1974 se refugió en Francia donde fue uno de los coautores de la monumental Histoire de la littérature russe (1988), donde cada una de las páginas críticas escritas por Etkind son una joya de erudición y empatía.

Gnedich era la bisnieta de Nikolai Gnedich (1784–1833), el primer traductor al ruso –en hexámetros dactílicos– de la Ilíada, considerada una obra maestra de la lengua que pocos se han atrevido a tocar. Apasionada de la literatura inglesa, con un francés fluido, Tatiana nunca salió de su país a pesar de haber sido arrestada en 1945, acusada de estar “en inteligencia con el enemigo”, porque la traductora de Lord Byron se denunció a sí misma. Se arrepintió de solicitar su ingreso al Partido Comunista de la Unión Soviética por considerarse moralmente inconsecuente. Sorprendidos, quienes la estaban afiliando, le preguntaron por qué y ella confesó haber hecho algunas traducciones para la embajada inglesa con el ánimo de obtener una beca para estudiar en Londres. Pronto se dio cuenta que esa sola ilusión calificaba como traición a la patria. Los comisarios encuestadores estuvieron de acuerdo y fue condenada a diez años, pero apareció un Barba Azul –arquetipo de quien secuestra mujeres– quien pudo retrasar dos años su viaje al Gulag.

Resulta que su carcelero en la prisión de Chpalernaia era hombre letrado y conocía bien a Lord Byron y a su Don Juan. Permitió que Gnedich culminara su trabajo. Ella afirmaba saberse de memoria el poema. Incrédulo, el carcelero le dio unas hojas de papel y le pidió que escribiese el canto IX, el dedicado a Catarina II. Al día siguiente, la prisionera se lo leyó y el carcelero empezó a reírse de nervios. Le dijo que se merecía el Premio Stalin –Etkind anota que ese era el parámetro mayor para aquel buen hombre– y le consiguió la mejor de las celdas, con algunos diccionarios y las versiones de Lord Byron que pudo conseguirle.

Terminada la traducción del Don Juan en dos años, Gnedich fue convocada por su guardián y acusada formalmente de haber echado a perder la única máquina de la cárcel, motivo suficiente para que reanudase su viaje al Gulag. Antes, el carcelero le pidió tres copias de su traducción. La primera la guardó en la caja fuerte de la cárcel y la tercera se la dio a Gnedich, para que le sirviese de “salvoconducto”. La segunda, muy probablemente, se la quedó este Barba Azul byroniano, demasiado cultivado como para sobrevivir a la siguiente purga. Ella nunca se separó de su traducción que llegó a apestar tanto como las barracas del Gulag, según Etkind. Gnedich fue rehabilitada en 1956 y murió como una de las grandes traductoras rusas.

Libre, en Occidente desde los años setenta, Etkind decidió contar la historia de Gnedich en un breve relato, La traductrice, en la versión francesa de 2018, traducida del ruso por Sophie Benech. Cuenta el filólogo que cuando por fin se puso en escena, en 1976, el Don Juan traducido por ella, a la hora de los aplausos para el rol protagónico (Voropaïev), el director de la obra, Nikolay Akimov, llamó a subir al escenario a una dama con aspecto monjil, “encorvada, infinitamente cansada que apartaba la mirada del público, al parecer avergonzada mientras los asistentes se ponían de pie, el parterre incluido y redoblaban sus aplausos. Pero la sala enmudeció de pronto al ver vacilar a la mujer de negro y desplomarse en los brazos de Akimov, quien acabó por cargarla”. Gnedich había sufrido un infarto.

Etkind se preguntó si el público que pedía que subiese a la escena “el autor” en aquel año de 1976, sabedor de que Lord Byron había muerto en 1824, no quería aplaudir a la indomable traductora a la que se le fue la vida traduciendo el Don Juan, quien junto a Akimov, todavía lo adaptó para la escena, pues lo requiere ese enorme poema dramático.

Cuando le preguntaban a Tatiana Gnedich como había sobrevivido tantos años a solas con su Don Juan, dijo que sólo recordaba los versos que Pushkin le dedicó a su lejano ancestro: “Largo tiempo a solas con Homero has estado/ Largo tiempo hemos esperado a que regreses/ De misteriosas cimas al fin has descendido/ con tus Tablas de la Ley grabadas en piedra”.

jueves, 7 de noviembre de 2024

El centenario de Kafka y una de sus polémicas

El crítico literario mexicano Christopher Domínguez Michael se la pasa opinando. Aquí, sobre Max Brod (foto) y lo que éste hizo con la obra de Kafka. El artículo fue publicado el pasado 27 de octubre, en El Universal, de México.

¿Hay que quemar a Max Brod?

Gracias al ensayo de Georges Bataille sobre Franz Kafka, popularizado en La literatura y el mal (1957), sabemos que en el semanario Action, dominado por los comunistas, se hizo una encuesta, en mayo de 1946, sobre “Sí había que quemar a Kafka”, al considerarlo, mediante tres preguntas imperativas del orden “social y político”, como representante de una literatura negra (las mayúsculas son de Action), es decir, del todo pesimista y “reaccionaria”, ajena a la necesidad para aquellos tiempos, subrayada por los editores, de una literatura optimista.

A Bataille, curiosamente, no le llamó la atención el envío de ese cuestionario bárbaro a los escritores franceses, sino que Action se abstuviese de explicar por qué habrían de quemarse libros. Trece años apenas habían pasado desde la primera gran quema nacional-socialista, en la Plaza de la Ópera en Berlín, de la “literatura degenerada”, escrita por autores judíos, comunistas o sencillamente antihitlerianos. Ello prueba que —derrotado Hitler y el todopoderoso Stalin— el totalitarismo había envenenado los aires.

Aunque todavía las dictaduras sudamericanas rociaron de gasolina a los libros marxistas y el mes pasado visité una biblioteca universitaria en Texas donde se exponían los libros prohibidos por esa institución y se invitaba al alumnado a denunciar aquellos que les parecieran perniciosos, ya nadie habla de quemar a Kafka, festejado en el centenario de su muerte, apenas en junio de 2024, como el gran escritor del siglo XX. Quien ha sido enviado a la picota es Max Brod (1884-1968), su mejor amigo y quien no sólo desobedeció la voluntad de Kafka de “quemar” su obra, sino la editó y divulgó hasta el límite de sus fuerzas y de su propia vida.

Autor prolífico, ni el centenario de su adorado Franz hizo que se reeditaran los libros de Brod. Con la excepción de sus biografías de Tycho Brahe y de Heinrich Heine, y desde luego, la póstuma dedicada a Kafka (1974), su bibliografía es de difícil acceso. Del doctor Brod, también compositor, es más fácil conseguir su agradable CD con sus lieders goethianos, una rapsodia y un meritorio quinteto para piano y cuerdas, que sus libros. El benefactor estaba siendo arrimado, desde hace años, hacia la leña verde por los profesores, quienes, tras agradecer su buena ley, han desechado, por inepta, no sólo su edición de las inconclusas novelas kafkianas, sino el tratamiento de la materia de la cual se nutren con frecuencia: los Diarios del propio Kafka.

A partir de la edición “científica” (se me eriza la piel cuando los filólogos usan esa expresión) de las obras de Kafka editadas en 1990 por S. Fischer Verlag y a cargo de Hans-Gerd Koch, la hoguera estaba lista para Brod. En la nueva traducción al inglés, obra de Ross Benjamin (Schocken Books, 2022), el traductor y prologuista lee, en cuanto editor, los cargos. Algunos son viejos: mientras huía de los nazis y alcanzaba refugio —sionista de vieja data— en Tel Aviv, donde murió, Brod, sin usar guantes profilácticos, reordenó capítulos de las novelas, inventó títulos, segregó partes y las volvió capítulos, y extrajo del diario lo que consideró eran cuentos logrados y autónomos. Tachó lo juzgado incoherente por él (como escribía en la cama a veces Kafka es ilegible), además de regalar páginas autógrafas a algunos amigos.

Los nuevos cargos, enumerados por Benjamin, corresponden a lo que nuestra época juzga imperdonable: como todos los jóvenes sensibles e inteligentes, a Kafka le daba curiosidad el homoerotismo y no era ajeno a la belleza masculina. Dejó párrafos al respecto, pacatamente omitidos por Brod. Más comprensible es el que el amigo entusiasta corrigiera ortografía, imprecisiones al citar en inglés o francés, comentarios denigratorios sobre personas entonces vivas o algunas expresiones incómodas para el mismísimo Max, cuyo sionismo militante Kafka —en ningún caso apolítico— no compartía del todo. Brod a su vez despreciaba a los rústicos judíos del Este, adorados por el autor de El castillo. Benjamin encuentra en Brod un esfuerzo normativo propio del judío integrado, el de adecuar la prosa de Kafka al Alto Alemán, expulsando de The Diaries todo aquello que provenga del checo, del yiddish o, simplemente, del alemán hablado en Praga.

En español, digamos, hemos tenido suerte filológica con Kafka. Si bien la traducción que los antiguos leímos primero (la de Feliu Formosa de 1975) proviene de la de Brod, Jordi Llovet (en 2000 para Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores) puso a traducir los diarios a don Andrés Sánchez Pascual y a un asistente, partiendo de una edición alemana me parece que intermedia, la de Gerhard Neumann, quien en 1982 ya había detectado buena parte de lo denunciado por Koch y, en consecuencia, por Benjamin.

¿Hay que quemar a Brod? Juiciosamente, Frances Wilson, en una reseña titulada a su vez con justicia “Descriptions of a Struggle” (The New York Review of Books, 6/IV/2023) pide justicia salomónica. Dice que, si la interferencia editorial de Brod es exasperante, la de Benjamin es doble, inevitablemente exasperante. ¿Tenía sentido seguir a Kafka hasta la ignominia textual repitiendo siete veces un fragmento casi idéntico que al escritor no le convencía, como lo hizo Benjamin? El traductor se jacta de devolver a los diarios su condición de “laboratorio de la producción literaria de Kafka” y cada lector podrá elegir entre la versión “romanceada” de los Diarios por Brod o el archivo-taller minuciosamente reensamblado por Benjamin, quien, a ratos, me fatigó. Durante la hora del lobo encontré consuelo en la versión de Sánchez Pascual.

Tuve la curiosidad, ya para terminar, de buscar las respuestas al cuestionario francés de 1946. Una de ellas, la del poeta Francis Ponge (1899-1988), es enigmática. Le llama la atención a su inquisidor sobre el uso dictatorial de los imperativos, propio del periodista. Contesta que hay que quemar no precisamente a Kafka, sino a su “agujero”, refiriéndose muy probablemente a “La madriguera” (traducida como “La obra”), uno de los últimos cuentos que escribió y casi tan extenso como La metamorfosis (me resisto a su traducción correcta, que sería “Transformación”). En “La madriguera”, un animal de naturaleza indeterminada se oculta en un orificio perfecto, su propia obra de castor. La madriguera, se ha dicho, es donde el escritor moriría escribiendo.

Ponge fue amigo de casi todos los belicosos cabecillas de la literatura francesa. Le daba risa que Albert Camus se escandalizara ante un mundo que era dichosamente absurdo y me atrevo a suponer, en cuanto a Kafka, que el deseo de los comunistas de quemarlo era, para Ponge, similar a la obsesión existencialista por presentarlo como el fantasma de un mundo oscuro y alienado. Kafka era, en opinión de Ponge, un ser vivo oculto bajo la tierra, moviéndose en libertad por un sistema de madrigueras, lo cual vuelve notorio de dónde sacaron Deleuze & Guattari su idea de Kafka.

Le importaba saber a Ponge, según le respondió a Action, quién sería el matarife, carnicero o tapa-agujeros que tendría el valor o los medios para liquidarlo. No se trataba de quemar a Kafka, refugiado más allá de todo peligro, sino de volver irrespirable ese subsuelo de la literatura sobre la cual se levanta la ciudad, ese inframundo donde, probablemente, Max Brod y Franz Kafka se buscan, uno a otro, recelosos.

miércoles, 26 de junio de 2024

Christopher Domínguez Michael cuenta su vida y habla de una nueva traducción de Malcolm Lowry

Conservador, dogmático y muchas veces sobrevalorado, Christopher Domínguez Michael es uno de los críticos literarios más respetados de México, país que, a pesar de sus muchos y muy grandes intelectuales, salvo excepciones, no ha logrado desarrollar una crítica literaria que prescinda de la retórica autorreferencial. Con todo, siempre vale la pena enterarse de lo que escribe. En este caso, un comentario sobre la nueva traducción de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, debida a María Vinós, que fue publicado el pasado 1 de mayo en la revista mexicana Letras libres. En su bajada se lee: "Malcolm Lowry escribió una de las novelas en lengua inglesa más importantes del siglo XX. Una traducción publicada a últimas fechas permite que nuevos lectores puedan adentrarse en esta obra cabalmente moderna que se ocupa, con igual interés, tanto de las minucias cotidianas como de los temas universales". 

Nueva traducción de Bajo el volcán

Tan pronto recibí esta nueva traducción de Bajo el volcán (1947), de Malcolm Lowry, pretendí leerla como una novedad absoluta de autor desconocido para mí, es decir, sin confrontarla, en primera instancia, con la versión canónica de Raúl Ortiz y Ortiz –editada por Era en la Ciudad de México en 1964– ni tampoco tocar el ejemplar en inglés, y mucho menos leer, como habitualmente hago, bibliografía secundaria sobre el autor y la obra. De hecho, tenía la biografía de Douglas Day (en cuya presentación en 1983 conocí a Héctor Manjarrez), pero no la de Gordon Bowker, las dos traducidas al español por el FCE.1 Ambas biografías, según escribió hace años en Letras Libres Hernán Lara Zavala, se complementan pues la primera (publicada en 1973) cuenta la versión de Margerie Bonner, la viuda de Lowry, y la segunda (de 1993) se basa en los testimonios de Jan Gabrial, su primera esposa.2

Jugar con ese ejercicio me parecía posible porque desde 1979, cuando Jaime Casillas me regaló la novela, misma que leímos devotamente antes de cumplir la mayoría de edad, hasta la semana pasada, transcurrido casi el primer cuarto del siglo XXI, no había releído Bajo el volcán. En 1981 y en Barcelona, mientras hacía mi Grand Tour, leí cuanto pude del resto de la obra de Lowry, con admiración garantizada. Pero nunca más lo volví a frecuentar y creo que tampoco escribí sobre él y ni siquiera se me pasó por la cabeza Bajo el volcán, entre 1999 y 2001, cuando redacté más de cincuenta reseñas y ensayos sobre mis libros favoritos del siglo pasado que terminaron por ser La sabiduría sin promesa3, ni incluir a Lowry, quién sabe por qué, aunque en algunas listas de autores, por supuesto, aparecía.

En la medida en que fui bajando por los círculos del Cónsul Geoffrey Firmin en Quauhnáhuac y de su selecta compañía –M. Laruelle, el doctor Vigil, su hermanastro Hugh y su exesposa Yvonne– me descubría ante la verdadera revelación de un vasto y detallado recuerdo que había permanecido esperándome. Y en la medida en que mi lectura, sin duda apasionada, avanzaba cobraba yo conciencia de que Lowry y su mundo, menos que la novela en sí misma, eran un consistente mito personal siempre cercano, aunque silencioso. Mito no en el sentido griego que un Roberto Calasso exige, sino en la acepción de lo que ocurre cuando uno le habla a alguien de Nerón, de Drácula, de Marilyn Monroe, de Benito Juárez… o de Malcolm Lowry: “se entiende” inmediatamente de qué se está hablando, o cada cual entiende lo que quiere o lo que puede, sin necesidad de dar explicaciones o pedirlas. Obviamente ese mito denota la condición clásica de Bajo el volcán, aunque su contenido varíe según cada persona o la época de la vida en que se relea.

Fue resultando imposible despersonalizar mi lectura porque muchas páginas me remitían a “mi mito” lowriano, presente en una vida mexicana como la mía. Mis primeros viajes a Oaxaca, por ejemplo, me dieron a conocer el celo con que los guardianes de la vieja Antequera defendían a esa ciudad y a sus cantinas como la verdadera locación, antes que Cuernavaca, de Bajo el volcán, aunque ahora sabemos que se trata de una combinación; el haber entrado intrépidamente a beber en lugares con aserrín en el suelo y mingitorio colectivo a la vista, para beber mezcal, era lowriano, intencionalmente o no. De igual manera descubrí que llamar “gatástrofes” o “gatastróficos” a mis gatos es Lowry puro.4

No faltaron los borrachos que se aficionaron al traicionero mezcal por espíritu de emulación del Cónsul, muchos de ellos personajes de lamentable destino. Más tarde, ya iniciado en los asuntos literarios, escuché leyendas sobre una sociedad secreta, cultora de Lowry, que sesionaba en Cuernavaca y era presidida por un jubilado abstemio de origen británico, como no podía ser de otra manera, y conocí a dos o tres escritores, mayores que yo, que aducían pertenecer a ese cenáculo. También me contaron que Fernando Benítez, a quien apenas traté, se jactaba de haber sido uno de los funcionarios menores que expulsaron del país a “ese borracho” en su segunda y última visita a México, en mayo de 1946, un año antes de la publicación de Bajo el volcán.

Fui invitado (y no fui) a visitar en su domicilio a don Raúl Ortiz y Ortiz, el ya mítico traductor de Bajo el volcán (que cultivó una buena amistad con la viuda de Lowry, de quien se sospecha le dio el último empujoncito hacia la muerte a su atorrante e incurable marido).5 Y a la vuelta de mi casa vivía uno de los extras de aquel filme –actor de carácter y grandulón muy mexicano cuyo aspecto ya no puedo adjetivar porque mi época me juzgaría mal–, que participó en el sacrificio del Cónsul, en la escena final de la película (me pareció pésima, como si fuese publicidad del Fondo Nacional de Fomento al Turismo) de John Huston basada en Bajo el volcán.

Pero lo que mejor recuerdo de esa película, estrenada en 1984, es que meses después el extra entró a la cantina La Guadalupana frente a la cual pernoctaba en la calle de Higuera, y le provocó un ataque de pánico a un bebedor avezado y para colmo lowriano, quien tuvo motivos suficientes para creerse el Cónsul Firmin en su hora última. Y finalmente me oí a mí mismo decir, en mi consabida condición de crítico literario, que Bajo el volcán era una de las mejores novelas escritas en México, aunque Lowry (como después Roberto Bolaño) nunca pudo conjugar correctamente el verbo chingar, defecto que ni Ortiz ni María Vinós –traductora y escritora mexicana avecindada en Tepoztlán, Morelos, según ella misma se presenta– juzgaron pertinente corregir (y acertaron).6

Lowry (1909-1957) ya había muerto cuando se publicó La muerte de Artemio Cruz (1962) donde Carlos Fuentes dedica una página a todas las declinaciones del verbo, sacado de los bajos fondos una década atrás por Octavio Paz y por Armando Jiménez, de cuya Nueva picardía mexicana (1971) llegó a ser prologuista el poeta. Y Bolaño –otro de los autores de un México “profundo”– se ve que no releyó La muerte de Artemio Cruz a la hora de escribir Los detectives salvajes (1998).

Mi mito lowriano resultó ser una verdadera orquesta que acompañó mi desahuciada lectura aséptica del libro porque, más allá de los cuarenta años pasados sin tocar Bajo el volcán, la novela se había transformado en médula de mis huesos. Por razones del oficio, también, había yo leído bastante crítica sobre escritores extranjeros en México, sobre todo anglosajones, quienes ayudaron a que Lowry permaneciera en mi panorama. Sin embargo, a esa fastuosa música de fondo, la disfruté muchísimo en esta relectura. Era imposible apagarla con un simple clic. Mi regreso a Bajo el volcán, nada tuvo de decepcionante, como sí me ocurrió con Rayuela o con Graham Greene y con algunas novelas de Honoré de Balzac, que ya no son, para mí, lo que fueron. No releo a Henry Miller, a pesar de que me lo propongo cada año y enlisto mi convicción en una libreta amarilla clavada junto a la cocina, por pavor a la decepción anunciada.

No me queda entonces más que apuntar somera y desordenadamente lo que encontré en esta relectura, con nueva traducción, de Bajo el volcán. Lo primero que me dije a mí mismo fue una tontería que sería difícil de defender, con argumentos, en un foro digamos que académico, algo así como “ajá, qué alegría regresar a la vieja y maravillosa novela moderna”: digresiva pero no híbrida, llena de literatura infusa y directa, pero no libresca ni “ensayística”, con un héroe inolvidable que en sus veinticuatro horas joyceanas, el 2 de noviembre de 1938 y Día de Muertos, nos propone un inferno donde el doctor Vigil y M. Laruelle –según yo– compiten por ser los Virgilios del Cónsul, pero al final la desolación del Cónsul británico, defenestrado por la expropiación petrolera del 18 de marzo, obligó a Lowry a hacerlo descender solo.7

Si el Cónsul Firmin es un titán, propio de un Auguste Rodin que abandona el pedestal a la búsqueda de humana compañía, como personaje, a mí, me parece un ruso, es decir, obra de un Dostoievski o, quizás, de un Thomas Mann. Todavía pertenece a la estirpe de aquellos seres novelescos que encarnaban sin temor de Dios. Eran “la conciencia de la novela”, dueños de una visión verdaderamente trágica (en el sentido griego, no periodístico, de la palabra) de lo humano como un destino supremo por fatal, una “batalla por la supervivencia de la conciencia humana”, escribe un Lowry quien es capaz de hacerle decir a Geoffrey, su criatura: “Tu Ben Jonson, por ejemplo, o quizás fue Christopher Marlowe, tu hombre fáustico veía a los cartagineses peleando en la uña del dedo gordo de su pie. Ese es el tipo de claridad que te satisface. Todo está perfectamente claro, porque en efecto lo está, en términos del dedo gordo del pie.”8

Esa declaración trae el aroma de un Kafka o de un Joyce, es decir, la literatura entera (que incluye a Tito Livio y su Segunda guerra púnica) cabe en el delirio o en la dislalia de un personaje plenamente moderno. Dostoievski, antes, estaba demasiado preocupado en el deicidio como para pensar en los dedos gordos del pie; un posmoderno solo escribe sobre esos apéndices, aumentando el zoom a placer, porque cree, o le han dicho, que todo lo demás –incluida la muerte de Dios– ya está dicho. Página tras página, mi nuevo Lowry me fascinó por esa soberbia “modernista” de creer que todo lo literario puede y debe ser enunciado porque es inagotable.

En 1979, calculo, yo no tenía la preparación para subrayar la mucha literatura que había en Bajo en volcán. Mi ejemplar de Era, autografiado por Casillas, tiene pocos subrayados y ninguna marginalia, cosa extraña en una edad dada al pasmo y a la alharaca. Más adelante citaré, para comparar así sea superficialmente las traducciones de Ortiz y Vinós, uno de mis escasos subrayados. Pero esta relectura vaya que los tiene, por deformación profesional. Lo que yo recordaba que recordaba era una novela más movida y enérgica, menos “intelectual”, y ahora disfruté de encontrarme, aquí y allá, no solo con William Shakespeare y el resto de los isabelinos, sino con Joseph Conrad (“era fácil pensar en el Cónsul como una suerte de pseudo ‘lord Jim’ más lacrimoso que vivía sometido a un exilio impuesto por él mismo”, diría M. Laruelle),9 con los versos de A. E. Housman que después leí gracias a David Huerta, con los barcos donde se curtió el mentalmente imberbe Hugh y que honran a Sófocles, con un Jack London a quien me rencontré en la pandemia, con Jean Cocteau y su Machine infernale, con Tolstói y la Historia de Tlaxcala, con Charles Baudelaire en varias páginas.

La justificación dada por Hugh a su hermanastro sobre su simpatía (la de Hugh, se entiende) por el comunismo viene del crítico y moralista Matthew Arnold: como el cristianismo en su día, el comunismo es tan simple y poderoso como un nuevo espíritu del mundo.10 Así, Bajo el volcán es una obra epocal, es decir, una novela inconcebible fuera de los años treinta, “la década canalla”, como la calificó W. H. Auden, y la pasión de Hugh por una República española a la cual acaban de abandonar las Brigadas Internacionales, lo presenta como una víctima de la “promesa” a lo Cyril Connolly, quien substituye o complementa la homosexualidad ritual y pasajera de los campus de Oxbridge por el reto de enrolarse –mundano– en la causa revolucionaria.

La sofisticación literaria de Bajo el volcán no impidió –contra los peores temores de Jonathan Cape, el editor (también lo fue de Joyce), a quien Lowry convenció de publicarla, con eficaz desesperación– que fuera un gran éxito, manteniéndose varias semanas en una lista de best sellers, la mayoría de ellos del todo olvidados. Muy pronto, el inverosímil y desértico Maurice Blanchot, un reseñista para mí inesperado de Lowry, saludaba, en 1950, la traducción francesa de esa “ebria Comedia, travesía de un hombre a la vez perdido y soberano”.11 Novela política en el amplio sentido de la palabra, entre Bajo el volcán y su tiempo se trasmite una corriente eléctrica similar a la que une a la Comedia, en efecto, con la Monarquía del propio Dante, pues el florentino y Lowry ven con un ojo al gato, la Ciudad de Dios, y con otro al garabato, la ciudad de los hombres.

¿Y en qué sentido, me preguntaba mientras leía Bajo el volcán, sigue siendo, para un mexicano del siglo XXI, una “novela mexicana”, cualquier cosa que ello signifique? La encontré idiosincrática y, como desde hace tiempo no me molesta tanto la identidad en la ficción, la mexicana cultura de la muerte en Bajo el volcán, nos guste o no, dejó de ser solo un asunto pintoresco. Para no ir más lejos, desde Tomóchic (1893), de Heriberto Frías, hasta 2666 (2004), de Bolaño, México nunca acabó por abandonar, de la represión porfiriana, pasando por la Revolución de 1910, a las guerras narcas, el arquetipo de la nación violentísima, se atribuya a la historia o al atavismo, pese al medio siglo, hoy tan olvidado, de la paz institucional.

Por fuerza, Bajo el volcán debía tener algo de turismo, en los años treinta del siglo pasado; se olvida que, en la decisión de Balzac de placear a los héroes de la otra comedia, la humana, por la Francia provinciana, también jugó el cálculo egoísta del impresor convertido en novelista nacional. Nunca hay demasiado color local en Bajo el volcán aunque, de haber sido Cape, yo sí le habría metido tijera a la promoción de Tlaxcala en el capítulo X, aunque podría contraargumentarse que la folletería de menús y corridas de camión es un recurso vanguardista del cual Lowry se sirvió correctamente. Es, además, su recurso final, un letrero del jardín público vecino.

Sí, sí comparé un poco las traducciones de Ortiz y Vinós. Ambas son trabajo honrado comprometido con su tiempo. Más denso el Bajo el volcán de Ortiz, a veces barroco en sus soluciones gramaticales, dueño de un español más cercano, desde luego, al de Agustín Yáñez que al del llorado Álvaro Uribe (para hablar de un estilista impecable). Más contemporáneo y práctico el de Vinós, quien resuelve con pericia aquellos nudos en los que Ortiz parece atorarse, ganando en velocidad lo que pierde en densidad. A veces, Vinós cede a la tentación de agregar palabras que no están en la versión original, por mor de claridad.

Pongo como ejemplo mi subrayado de 1979, que está en el capítulo VII y en las páginas 252-253 de Ortiz y en las páginas 271-272 de Vinós. El Cónsul bebe unos tragos con la señora Gregorio y mira una pintura que puede estar allí o puede ser otro de los delirium tremens escritos por Lowry, los más exactos de la literatura universal.

Ortiz y Ortiz:

De un solo trago el Cónsul acabó su tequila; luego se dirigió al mostrador. –Señora Gregorio –gritó; esperó, paseando su mirada por la ‘cantina’, que parecía haberse iluminado mucho más. Y volvió el eco: Orio… ¡Hombre, aquellas locas pinturas de lobos! Se había olvidado de que estaban aquí. Los cuadros que ahora se materializan (seis o siete de tamaño considerable) venían a completar, en defecto del muralista, la decoración de El Bosque. Precisamente eran idénticos, en cada detalle. Todos mostraban el mismo trineo perseguido por la misma manada de lobos. Los lobos daban caza a los ocupantes del trineo a lo largo del bar y a intervalos regulares en torno del cuarto, aunque en el proceso ni el trineo ni los lobos se movían una pulgada. ¿Hacia qué enrojecido Tártaro, oh, misteriosa bestia? De modo incongruente recordó el Cónsul la cacería de lobos de Rostov en La guerra y la paz… ¡ah, y después, aquella incomparable tertulia, en casa del viejo tío, la sensación de juventud, la alegría, el amor! Al mismo tiempo recordó haber oído que los lobos nunca cazaban en manadas. Sí, por cierto. Cuántas concepciones de la vida se basaban en errores congéneres, cuántos lobos sentimos que nos pisan los talones, mientras que nuestros verdaderos enemigos pasan junto a nosotros con piel de ovejas.12 –Señora Gregorio –volvió a decir, y vio que regresaba la viuda arrastrando los pies, aunque tal vez era demasiado tarde y no tendría tiempo de tomarse otro tequila.

María Vinós:

El Cónsul terminó su tequila de un trago y se dirigió al mostrador. “SEÑORA Gregorio”, llamó. Esperó echando una mirada por la CANTINA, que parecía mucho menos oscura que antes. Y el eco le devolvió: “Orio”. –¡Vaya, los cuadros disparatados de los lobos, se le habían olvidado! Qué locura. Las imágenes materializadas, seis o siete, cada una de considerable longitud, completaban la decoración de El Bosque, dada la deserción del muralista. Eran iguales en todos sus detalles: mostraban el mismo trineo, perseguido por la misma manada de lobos. Los lobos perseguían a los ocupantes del trineo a lo largo de la barra y en algunos trechos alrededor del cuarto, aunque ni trineos ni lobos avanzaban una pulgada en el proceso. ¿A qué tártaro rojo, oh, bestia misteriosa! De manera incongruente, el Cónsul recordó la cacería de lobos de Rostov en La guerra y la paz –¡ah, la incomparable fiesta después, en casa del viejo tío, la sensación de juventud, de alegría, de amor! Al mismo tiempo, recordaba haber oído que los lobos nunca cazan en manada. De hecho, ¿cuántos patrones de la vida estaban fundados en similares suposiciones equivocadas, cuántos lobos sentimos a nuestros talones mientras nuestros enemigos de verdad visten pieles de oveja? “SEÑORA Gregorio”, dijo de nuevo. Vio que la viuda regresaba, arrastrando los pies, aunque quizás era demasiado tarde: no le daba tiempo de otro tequila.

Leyendo algunas páginas en inglés, me da la impresión de que Ortiz es más fiel a la gramática lowriana que Vinós, pero entraríamos a la querella sin fin entre la literalidad y la “traición”. Ambos tradujeron para su tiempo y por razones lógicas, de tener que recomendar a un joven lector qué traducción elegir, acaso recomendaría la de Vinós. Su edición es pulcra y muy legible, aunque conté más de cinco erratas y es “privada” porque “es un homenaje a la memoria de Malcolm Lowry en México y no tiene fines comerciales o de lucro”, de tal manera que el colofón dice 2027, supongo porque en ese año se cumplirán los setenta años de la muerte del autor, quedando bajo el dominio público los derechos, según las legislaciones inglesa y estadounidense. No se indica lugar de edición. Quizá los mexicanismos sean una buena medida, finalmente, para seguir a Lowry en el español de México entre 1964 y nuestros días. Ortiz usa “cactus” en vez de “nopales”, utilizados sin problema por Vinós, mientras que ella todavía duda entre “resaca” y la proverbial “cruda”.

El significado asumido de Bajo el volcán, para la literatura del siglo XX, sigue siendo el consignado por el redactor anónimo de la cuarta de forros de Era (sospecho, sin ninguna prueba, que fue escrita por José Emilio Pacheco por aquello de que “Malcolm Lowry es uno de los pocos escritores actuales que ha dejado tras de sí una leyenda”, frase de uso frecuente en JEP). Su sentido es “el abismo de la caída, la Barranca infernal”, es decir, la expulsión de un paraíso que ya está únicamente sobre la tierra. Tras esa Segunda Guerra Mundial que amenaza el mundo en Bajo el volcán, el letrero es una lápida:

¿LE GUSTA ESTE JARDÍN?
¿QUE ES SUYO?
¡EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN!13

No quisiera concluir sin mencionar a Yvonne, la heroína, y lo mucho que la fui recordando, al releer, como un personaje que, en mi adolescencia y juventud, encarnaba lo que entonces se entendía por ser “una mujer liberada”, no del amor romántico, pero sí del matrimonio (se divorcia y por ello, libre, regresa a buscar al Cónsul Geoffrey Firmin tras haber amado a Hugh), y entendí que, desde Bajo el volcán, lo que yo esperaba de todas las mujeres, en mis separaciones y a través de las grietas, era su regreso, pero no para salvarme (aunque la fantasía estuviese presente), sino para decir la última palabra, ese no del que justamente había sido despojada la masculinidad, que entonces, al finalizar los años setenta del siglo pasado, no se llamaba así.

Lo digo por experiencia: si el alcoholismo es una procrastinación salvaje que solo se parece al suicidio, porque ambos terminan en la muerte, concluyo, no hay quien lo haya entendido tan dramáticamente como Malcolm Lowry. “Por la mente del Cónsul”, leemos en Bajo el volcán, una de las grandes novelas clínicas de la historia, “pasó una procesión de pensamientos formados en fila como animalitos envejecidos y, también en su imaginación, cruzaba la terraza con paso firme como lo había hecho una hora antes, inmediatamente después de que el insecto escapara de la boca de la gata”.14 ~


Aquella presentación fue el jueves 12 de mayo de 1983. Además de Manjarrez, presentaban el libro Héctor Aguilar Camín, uno de los traductores, Raúl Ortiz y Ortiz y Miguel Espejo. Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía, traducción de H. Aguilar Camín, Manuel Fernández Perera y Juan Antonio Santiesteban, Ciudad de México, FCE, 1983; Gordon Bowker, Perseguido por los demonios. Vida de Malcolm Lowry, traducción de María Aída Espinosa Meléndez, Ciudad de México, FCE, 2008. ↩︎

Hernán Lara Zavala, “Malcolm Lowry: vivir bajo el volcán”, en Letras Libres, septiembre de 2007. ↩︎
La primera edición de La sabiduría sin promesa. Vida y letras del siglo XX [Joaquín Mortiz] apareció en 2001; la segunda, aumentada, en 2009 [Debate] y la tercera y definitiva, en dos tomos, será editada por El Colegio Nacional en 2025. ↩︎

Lowry, Bajo el volcán, traducción de M. Vinós, op. cit., p. 163. ↩︎

Bowker, op. cit., pp. 669-675. ↩︎

Mi madre llegó a la Ciudad de México desde Nueva York pocos años después de la muerte de Lowry y tampoco aprendió nunca a conjugar ese idiosincrático verbo, aunque su español era muy eficiente. Por ejemplo, mi edición en inglés de Under the volcano es la que yo le regalé, pero me la regresó porque no le había interesado el libro. Me habría dicho que la novela era una “chingonería” queriéndome decir que la consideraba una “chingadera”. En cuanto a mi padre no sé si leyó la novela pero a menudo, como psiquiatra, citaba Las manos de Orlac (1924), la película omnipresente en Bajo el volcán, como un caso de “desplazamiento esquizofrénico”. Cuando perdió la cabeza por la arterioesclerosis, se miraba obsesivamente las manos y movía armoniosamente el índice y el pulgar de cada una, en una secuencia mecánica. La escena era sombría, por decir lo menos. ↩︎

Aprovecho para decir, como mínimo homenaje a José Agustín [1944-2024], que su gran novela fue, en mi opinión, Se está haciendo tarde (final en laguna), de 1973. No la concibo sin Bajo el volcán. Seguramente, alguno de los que lamentaron su muerte, lo recordó. ↩︎

Lowry, Bajo el volcán, traducción de M. Vinós, pp. 258-259. ↩︎

Ibid., p. 45. ↩︎

Ibid., p. 361. ↩︎

Maurice Blanchot, “Au-dessous du volcan” [1950] en La condition critique, París, Gallimard, 2010, pp. 175-177. ↩︎

Exactamente lo que subrayé en 1979. ↩︎

(Vinós respetó la frase final tal cual fue escrita por Lowry en español en 1947 mientras que Ortiz la tornó más comprensible y menos enigmática o no tan defectuosa como lo parece, metiendo la segunda frase en la primera interrogación: ¿LE GUSTA ESTE JARDÍN QUE ES SUYO? ¡EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN! (Lowry, Bajo el volcán, traducción de Ortiz, op. cit., p. 403).)) ↩︎

Lowry, Bajo el volcán, traducción de M. Vinós, op. cit., p. 169. ↩︎

lunes, 18 de abril de 2022

"Es cierto que, salvo para los estudiosos de su obra, Joyce es una molestia"

Christopher Domínguez Michael es una de los críticos más visibles de México; también, uno de los más conservadores. Recientemente, entrevistó al traductor argentino Marcelo Zabaloy, a propósito de sus versiones de Ulises y Finnegan’s Wake, aparecidas en 2015 y 2016, en la editorial Cuenco de Plata. El resultado de esa entrevista apareció en la revista mexicana Letras Libres, del 1 de enero de este año.

Traducir lo intraducible: Joyce en castellano.

Uno de los acontecimientos centrales en esa suerte de vida secreta de la literatura que es la traducción es el trabajo de Marcelo Zabaloy (Bahía Blanca, 1957). Las traducciones de Zabaloy son ciertamente extraordinarias y colocan al argentino, como antes a su compatriota José Salas Subirat (1900-1975) y al polígrafo valenciano José María Valverde (1926-1996), en el muy selecto elenco internacional de los traductores de Joyce. Pero si Ulises (1922) ya había sido traducido íntegramente al español por Salas Subirat y Valverde, la traducción de Zabaloy de Finnegans wake (1939) es la primera versión completa, en nuestra lengua, de una novela por definición intraducible. Tanto Ulises como Finnegans wake han sido editadas en Buenos Aires por El Cuenco de Plata en 2015 y 2016; en ambas traducciones se ha hecho auxiliar por amigos y colegas como Eugenio Conchez, Teresa Arijón, Anne Gatschet, Pablo Hernández y Edgardo Russo. No me fue fácil localizar a Zabaloy, quien generosamente contestó a mis preguntas desde la reticencia y la modestia del verdadero traductor: un oficiante casi secreto.

–Empiezo por lo obvio. ¿Cómo se convirtió usted en traductor de Joyce?
–Por puro azar. Estaba leyendo –en inglés– el Ulises por primera vez y me deslumbró particularmente un párrafo de Ítaca, el episodio 17, donde el narrador nos cuenta las similitudes que Leopold Bloom veía entre la mujer y la luna. Quise traducir ese párrafo para leérselo a mi esposa. Me pasé una tarde para traducir diez o doce líneas y ese ejercicio me produjo un enorme placer; así que seguí, terminé el episodio 17, seguí con el monólogo de Molly Bloom y empecé, como se debe, por el episodio 1. Así fue la cosa.

–Es inevitable preguntarle su opinión sobre las experiencias previas de traducción del Ulises al español, las de José Salas Subirat y José María Valverde, por ejemplo, así como los pocos fragmentos y capítulos de Finnegans Wake que habían aparecido en nuestra lengua. Supongo que es un asunto de gratitud, de emulación, pero también de contrariedad…
–Quise leer el Ulises en inglés para no tentarme con endilgarle las dificultades de comprensión a una traducción supuestamente defectuosa. Y en mi proceso de traducción, por lealtad conmigo mismo, ni siquiera espié ninguna traducción. De todos modos Edgardo Russo, el editor de El Cuenco de Plata, sí leyó la de Salas Subirat y me hacía comentarios de lo que él creía que estaba bien y lo que estaba mal. La traducción que sí tuve como referencia fue la de Auguste Morel y Valéry Larbaud, con la colaboración de Stuart Gilbert y la participación de l’auteur. De estas comparaciones que hacíamos con Edgardo concluí que Salas Subirat había hecho lo mismo. Él jamás habría podido resolver las cosas que resolvió sin ninguna referencia. Que yo sepa, no hay cartas entre Salas Subirat y Joyce. Pero el experto en ese tema es mi compatriota Lucas Petersen, que escribió una hermosa biografía, El traductor del Ulises. Salas Subirat. El único texto disponible que había en 1930 era el libro de Stuart Gilbert, El “Ulises” de James Joyce. Muchas expresiones de Salas Subirat son idénticas a la traducción de Morel y Larbaud; el siguiente es solo un ejemplo:

…by in her noddy. / Let me see. Is he… (“Wandering Rocks”, p. 237)
…pasó en su berlina. / Veamos. ¿Está… (Salas Subirat, p. 255)
…passa dans sa berline. / Voyons. Est il… (Morel y Larbaud, p. 235)

El uso de berlina para noddy. Este término solo lo encontré en el Ulysses annotated de Don Gifford y Robert J. Seidman. Lo que hizo Salas Subirat, considerado con la perspectiva de los años, es algo formidable y muchas de sus soluciones que hoy en día consulto me parecen maravillosas; otras no tanto, pero incluso equivocadas son una delicia: “Un hombre de genio no comete errores; sus errores son voluntarios y nos abren las puertas de la percepción…”.
Las otras traducciones no las leí, pero todas me merecen el mayor de los respetos porque sé lo que implica traducir semejante libro. Me parece normal que los españoles prefieran las traducciones locales y los rioplatenses, por supuesto que no todos, se inclinen por la mía. No sería honesto que yo emitiese un juicio crítico. No puedo señalar los errores de nadie, suficiente tengo con los míos. Respecto a Finnegans Wake debo decir que tampoco leí nada de lo traducido al castellano y que sí leí todo lo que pude de la traducción al francés de Philippe Lavergne y, sobre todo, la de Anna Livia Plurabelle que en su momento hicieron los allegados a Joyce, entre ellos Alfred Péron, Eugene Jolas y Samuel Beckett. Yo ya había traducido los primeros ocho capítulos, incluyendo el denominado “alp” y quería ver qué habían hecho ellos dado que el mismo Joyce los supervisaba. Me di cuenta de que las distorsiones que yo había hecho en los capítulos precedentes eran análogas a las que hacían en francés. Y después tuve la extraordinaria ayuda de la traducción de Hervé Michel, Veillée pinouilles, que es una maravilla ignorada por la cátedra francesa. Con Hervé me reuní varias veces y leíamos juntos, él en francés y yo en castellano, y nos divertíamos muchísimo. Cada lector que lee el Finnegans wake en el idioma en que fue escrito hace necesariamente su propia traducción innegociable. Y está muy bien. Juan Díaz Victoria hace un trabajo monumental con su traducción anotada y seguramente superará de lejos la que hice yo, como tiene que ser. Me quito el sombrero ante todas las versiones pasadas y futuras sobre las que no tengo nada que decir que no sean palabras de aliento y felicitaciones por el empeño en algo tan particularmente enredado como Finnegans wake.

–Me llama la atención –lo digo en mi reseña– que la “nueva crítica” del siglo XX se ensañó con Racine y sus exégetas, pero es difícil hallar a los Barthes, a los Genette, a las Kristeva, a los Culler, en las bibliografías críticas sobre la obra en prosa más osada del siglo XX. ¿A qué atribuye esa indiferencia ante Joyce por parte de esos modernos?
–El Finnegans wake por dentro, de Mario E. Teruggi, publicado en 1995 por editorial Tres Haches, es extraordinario; se puede leer independientemente de haber o no leído el libro de Joyce. Según Teruggi la novela es decididamente intraducible, pero lo cuenta tan pero tan bien que dan ganas de traducirlo. Yo lo leí después de terminar mi primera versión, si lo hubiera leído antes posiblemente no me habría animado. Michel Butor escribió “Bosquejo de un umbral para Finnegan”, un ensayo corto y precioso, que también traduje.

El desinterés de la crítica que usted menciona creo que puede deberse a una cuestión de tiempo, quiero decir, a una cuestión de falta de tiempo para casi todo lo que no sea sobrevivir. Según César Aira, vivir consiste en el arte de mantenerse vivo y por consiguiente, a menos que alguien tenga una vida con las necesidades básicas bien provistas o que resuelva que no necesita tanto para vivir como por lo general se cree, el tiempo que insume semejante tarea debe ser remunerado dignamente y el dinero no lo quiere poner nadie y mucho menos las editoriales. Yo creo que es un desinterés entendible. Cortázar decía que los argentinos hacen las cosas por obligación o por fanfarronería. En mi caso, nadie me obligó. Por ejemplo, la única crítica que se emitió en Argentina la realizó un periodista de la Revista Ñ que me pidió por correo electrónico que le dijera dónde estaba este o aquel pasaje –con alusiones a nombres criollos–. Yo le respondí como un ingenuo y el tipo publicó un artículo poco menos que insultante a la semana, poniendo en evidencia que no leyó nada de lo que quería destruir. Los lectores que son fieles seguidores de Joyce por lo común lo siguen hasta Ulises y allí se despiden. También muy comprensible. Y los periodistas de las revistas culturales, como cualquier ser humano, tienen que comer y pagar el alquiler.

–Hay quien dice que con Finnegans Wakr se cierra un camino, que ni Beckett lo siguió. Envejecieron y murieron las vanguardias del siglo XX, incluso las de los años sesenta, y el postmodernismo (lo que sea que eso signifique) tampoco parece muy entusiasta ante Joyce, acaso es más más cercano a Conrad que a nuestro presente. ¿Comparte esa preocupación o ese alivio?
–¿Es verdad que con Finnegans wake se cierra un camino? Puede ser. Como Cervantes clausuró las novelas de caballería, Shakespeare los fantasmas y Aira las novelitas de Aira. Lo que sí cerró es el camino de la deformación de una lengua. No es concebible que un autor quiera hoy escribir un Finnegans wake engordado como El Aleph engordado de Pablo Katchadjian, pero no es imposible que a alguien se le ocurra adelgazarlo. También es cierto que, salvo para los estudiosos de su obra, Joyce es una molestia. Él mismo se lo propuso y lo consiguió. En Francia dicen Joyce; ça suffit. Y lo de las vanguardias es interminable porque todo escritor quiere ser de vanguardia, ¿y si la vanguardia permanente es el surrealismo y el surrealismo consiste en desprenderse de Joyce? ¿Por qué no? Por Queneau. Lo que se tiene hoy por vanguardia es escribir mal porque los vanguardistas dicen que escribir bien, escribe cualquiera. Y provocar. Pero si Joyce los provoca con un monstruo como Finnegans wake la vanguardia se enoja y lo descalifica. Beckett se desprendió de Joyce y qué bien que lo hizo. Gombrowicz se preguntaba por qué una enorme cantidad de escritores del siglo XX se dedicó a escribir libros incomprensibles. Qué sé yo; y mire que lo dice un vanguardista en serio. Se me ocurre pensar que Finnegans wake es una invitación al ingenio y al uso literario del sinsentido y justifica la pose del escritor que dice prescindir del lector porque todo escritor sueña con ese “lector ideal aquejado por un insomnio ideal” que le dedique su vida. (El lector ideal que le dedique su vida al escritor, como pretendía Joyce.)

–Tomas Segovia, el poeta y traductor mexicano, que lo fue de Lacan y de varios de los estructuralistas, decía que no hay relación más servil, servicial y a la vez íntima que la establecida entre el traductor y lo que traduce. ¿Está usted de acuerdo con ello? ¿O prefiere la idea del traductor como una suerte de coautor, casi una celebridad como lo son actualmente los curadores del arte contemporáneo?
–Y sí, si uno quiere traducir algo, le guste o no, tiene que convertirse en un servil desde el momento en que es imperioso ponerse al servicio del texto que traduce. El servicio es de transporte de un punto a otro, de una lengua a otra. Es un servicio al lector de la otra orilla del entendimiento. Traducir es convertir algo que otro ya produjo. Este que produjo el texto es el que se convirtió en celebridad. El traductor es un laburante –entre nosotros, un trabajador, un obrero– y, como todo laburante, los hay descuidados y perfeccionistas. Si con eso el pobre hombre se consigue un pequeño prestigio es justo que lo disfrute y sobre todo si le resulta rentable, pero de ahí a dárselas de coautor me parece, como se dice, a bit over the top. Y para qué hablar de los curadores de lo que sea. Los referentes, las palabras autorizadas, los especialistas ylos guardianes del Templo que sea me producen escalofríos. ~

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Sigue el culebrón mexicano del FCE

La situación a la que se llegó luego del exabrupto de Paco Ignacio Taibo II en la FIL de Guadalaja –ver las entradas correspondientes a los días 3 y 11 de diciembre pasados– no cesa de producir nuevos y asombrosos capítulos en el culebrón mexicano sobre la dirección del Fondo de Cultura Económica. Aquí se presentan una columna de opinión, escrita por el conservador y acartonado Christopher Dóminguez Michael, el 7 de diciembre pasado, en el periódico El Universal, de México, y la respuesta a ese artículo, escrita por el poeta y periodista José Jaime Ruiz –quien también es editorialista de Televisa– ese mismo día, en el sitio SDP Noticias.

Taibo o el amedrentamiento

Christopher Domínguez Michael
Una vez más, como hace seis años, el FCE, una de las pocas cartas de nobleza intelectual que México le puede ofrecer al mundo, ha sido tomado como rehén de la transición presidencial. Comenzaba la breve restauración del PRI, cuando a nuestra máxima casa editorial se le quiso usar como caja de resonancia periodística para el nuevo presidente. Hoy, cuando estamos frente a otra cosa, un Orden Nuevo cuya paradoja es borrar todo cuanto sea moderno para devolvernos a lo antiguo, ha sido nombrado para dirigir el FCE un militante ajeno al espíritu de la principal editorial de la lengua.

Desde su nombramiento, frente a las cámaras y con los micrófonos abiertos, el entonces presidente electo lo ultimó a comprometerse con el régimen, habida cuenta del desacuerdo expresado por Ignacio Paco Taibo II con la alianza de Morena con cierta derecha, las cosas empezaron mal. Tras reflexionar algunas horas, quien fuera empresario cultural creador de la Semana Negra de su natal Gijón, aceptó dirigir el FCE.

Semanas más tarde, los inadvertentes vencedores del 1 de julio, cayeron en cuenta que Taibo II era inelegible para el puesto debido a una ley xenófoba, contraria al espíritu de nuestra Constitución, donde se tiene por ciudadanos de segunda clase a quienes eligieron ser mexicanos, lo cual tiene más mérito que serlo gracias al azar. Es una lástima que el Senado se haya apresurado a modificar una ley a la medida de Taibo II, pues ordenanzas de esa naturaleza, en la UNAM, tuvieron como consecuencia que un José Gaos, un Marcos Moshinsky o un Alejandro Rossi, nunca pudiera dirigir, como lo merecían, sus respectivas facultades universitarias, por el pecado original de no haber nacido en México.

Y estando en la sastrería el traje a la medida, Taibo II, en la FIL, demostró su gratitud ufanándose procazmente de su poder e insultando a los que lo consideramos la persona menos adecuada, por su intemperancia y fanatismo, para dirigir el FCE. En el Senado, algunas senadoras lograron retrasar, durante pocos días, el dictamen que modificaba la ley, pero al final será director, como sea (o con el apoyo de los diputados), quien debería estar en la escuela de formación política de sus camaradas, pero no en una editorial que de dejar de ser ecuménica, lo perderá todo.

La manera como Taibo II se jactó de su victoria no fue un exabrupto. En él, como en sus maestros leninistas, el insulto es el recurso más fácil para ejercer el amedrentamiento: su trayectoria pública en llamados a emular la violencia revolucionaria de sus héroes. Lo dicho en Guadalajara no tiene perdón. Lo descalifica moralmente para dirigir el FCE y es un escupitajo en el rostro de Daniel Cosío Villegas, Arnaldo Orfila, José Luis Martínez, Jaime García Terrés, Joaquín Díaz-Canedo o Consuelo Sáizar. Esta última, por cierto, se cuenta entre los funcionarios que más obra material han dejado en los últimos sexenios. Todos ellos han sido como directores del FCE, tributarios de una tradición humanista aborrecida por Taibo II.

Taibo II se quejaba de que en Vuelta o Letras Libres lo ignorábamos. Tenía razón. En junio de 2011, le dediqué un largo ensayo a Todo Belascoarán, la suma de su saga novelística. Justo o injusto, el mío es quizá el único ensayo profesional que se haya escrito sobre él en México, no exento, por cierto, de alabanzas por la manera en que sus primeras novelas refrescaron nuestra narrativa y refundaron el género policíaco, junto con Manuel Vázquez Montalbán, en el dominio del español. Pero con el antiintelectualista Taibo II no hay diálogo posible. Es una de las personas peor educadas de México –en todos los sentidos de la palabra educación– y su mirada es sólo la del ojo clínico que escudriña al “enemigo de clase”.

En funciones de comisario, Taibo II llegó al FCE “a tomar el control del aparato”, como él se refiere, en su terminología estalinista, a lo que para otros ha sido un honor. Sus campañas por la promoción de la lectura –su único galardón como “editor”– se deben, me temo, a la culpa que sufre por ser el más exitoso, en el extranjero, de los novelistas mexicanos. Vive, meritoriamente, de la mano libre del mercado y es fama que sus regalías le permiten pedir sólo un dólar de adelanto.

En aquel ensayo de Letras Libres –está en línea– concluía yo que Paco Ignacio Taibo II era un niño “viejo y atrofiado” rogando por el regreso de los tigres malayos de Sandokán para vengar a las víctimas de Díaz Ordaz en el 68. Pero el energúmeno, rebosante en testosterona, que se acabó de adueñar de aquel infante no vacilará en hacer del catálogo del FCE, su alma, un aparato de agitación y propaganda.

Christopher Domínguez y el fantasma
de Paco Ignacio Taibo II

Un fantasma recorre la mente –y los comentarios– de Christopher Domínguez Michael, el fantasma de Paco Ignacio Taibo II. Para Christopher, como en el anterior sexenio, el Fondo de Cultura Económica es un rehén de la transición presidencial. Hace seis años como “caja de resonancia periodística para el nuevo presidente”, ¿lo logró con José Ramón Carreño Carlón? Por los resultados, no.

Domínguez Michael asegura que es una paradoja del Orden Nuevo borrar cuanto sea “moderno para devolvernos a lo antiguo”. ¿A qué antigüedad se refiere Christopher? ¿A la antigüedad de su fundador Daniel Cosío Villegas? ¿A los grandes momentos, ya antiguos, de Arnaldo Orfila o de José Luis Martínez o de Jaime García Terrés?

¿Por qué Domínguez Michael asegura que Paco Ignacio, ese militante, es ajeno al espíritu del FCE? A ver, Christopher, defínenos el “espíritu” del Fondo? Ya sabemos que para ti PITII es la persona “menos adecuada, por su intemperancia y fanatismo”, para dirigir el FCE. No sé qué tenga que ver la moderación personal con la función de dirigir al Fondo. Tampoco sé a lo que se refiera el colaborador de Letras Libres sobre el fanatismo del próximo director de nuestra casa editorial. Un fanático difícilmente trabaja con otros diferentes en su manera de ver el mundo. Paco Ignacio y José Emilio Pacheco (a quien Domínguez Michael nunca calificó, aunque no estoy seguro, de padecer o disfrutar la intemperancia y el fanatismo) publicaron hace 25 años México, historia de un pueblo. Cuadernos mexicanos. ¿Dónde el fanatismo?

¿Qué el Fondo dejará de ser ecuménico por la llegada de Paco Ignacio? ¡Por favor! ¿PITII debe de estar en la escuela de formación política de sus camaradas y sólo dedicarse a eso? Christopher y sus fobias. Un crítico literario no hace a un buen crítico social y político. Por cierto, ¿cuál es la “tradición humanista” que aborrece Taibo II?

Clasista, Christopher Domínguez Michael se ufana de que , justo o injusto, “el mío es quizá el único ensayo profesional que se haya escrito sobre él en México…”. No, pues sí: Yo, el Supremo Christopher. Por cierto, PITII es “una de las personas peor educadas de México –en todos los sentidos de la palabra educación– y su mirada es sólo la del ojo clínico que escudriña al ‘enemigo de clase”’. ¿Habla Christopher de Taibo II o de sí mismo? Por lo de la mirada, porque sabemos que Christopher Domínguez Michael es una de las personas mejor educadas del país. Ahora sí que el crítico se voló la barda y su ojo clínico ni siquiera se volvió cínico. Resulta que decenas de millones de mexicanos tienen, en todos los sentidos, mejor educación que Paco Ignacio.

A la fina mojigatería de Domínguez Michael le enfadan las leperadas de Taibo II, pero, pulcro y exquisito como es, él también lo insulta y lo descalifica por ser “comisario”, un niño “viejo y atrofiado”, “energúmeno, rebosante en testosterona” que no vacilará en hacer “del catálogo del FCE, su alma, un aparato de agitación y propaganda”.

O sea que Christopher ya sugiere que habrá una profunda purga en el catálogo del Fondo, en el extenso, hermoso, ecuménico y humanista catálogo del Fondo, para que queden en él –pasado y futuro– sólo libros provocativos de agitación y de propaganda. Elitista, el colaborador de El Universal enseña el cobre: las campañas de la lectura son el único “galardón” como editor de Paco Ignacio.

Sí, esas campañas como en Iztapalapa (¿conoce el lugar Christopher?) donde acudieron más de 15 mil personas. Esos tianguis y mercados de libros donde se han regalado más de medio millón de ejemplares, esas campañas donde se han publicado más de 147 títulos, según consignó hace dos años el periódico El País

Entrado en celos, Domínguez Michael le pega a ser psiquiatra o psicólogo y cree que esas campañas “por la promoción de la lectura… se deben, me temo, a la culpa que sufre por ser el más exitoso, en el extranjero, de los novelistas mexicanos. Vive, meritoriamente, de la mano libre del mercado y es fama que sus regalías le permiten pedir sólo un dólar por adelanto”.

Más pobreza en los argumentos de quien se jacta de ser un profesional de la crítica no podría haber. Ni modo, Christopher, todos sabemos que denostar no es criticar. Pronto tendrás una segunda oportunidad, espero lo hagas con un mejor talante, sin caer en la intemperancia y en el fanatismo.