Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Wald. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Wald. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de julio de 2022

Un recuerdo para el querido Miguel Wald

Con profunda tristeza, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires anuncia el fallecimiento del querido Miguel Wald, gran amigo y traductor, dueño de un fantástico sentido del humor, quien, desde todos los ángulos posibles, pensó la profesión y compartió lo que sabía con todo el mundo.

Para recordarlo, copiamos a continuación la presentación que hizo de él mismo en la página de Linkedin.

“Miguel Wald empezó su carrera como traductor profesional en 1984, cuando ya no le quedó más remedio que admitir que ni con el violonchelo ni con el saxofón llegaría a nada en la vida. Se ha especializado en la traducción de textos periodísticos, marketing, publicidad, recursos humanos, educación, cultura y ciencias sociales, así como también en la traducción cinematográfica (para subtitulado). Es además profesor de traducción. Fue jefe de redacción de la revista Idiomanía y de la revista mensual del Colegio de Traductores Públicos de Buenos Aires (CTPBA), y fue creador de El Lenguaraz, la revista académica del CTPBA, y coordinador de su Consejo editorial. Fue también productor y guionista de Idiomanía-TV. Le encanta correr, y asegura que algún día terminará de decidir si corre desde o hacia. O las dos cosas al mismo tiempo, lo cual explicaría su creciente esquizofrenia.”

Para mayores datos, esto es lo que hizo como traductor, como editor y ensayista, y como educador:

Como traductor Freelance
1985 – actualidad 37 años

• Globotext
• International Baccalaureate Organization
• PRNewswire
• U.S. Translation Company
• Oxford University Press
• World Book
• South-Western Educational Publishing
• Victory Productions, Inc.
• Aique Grupo Editor
• Gedisa Editorial
• Editorial Celtia

Como editor y colaborador de revistas
1992 – 2004 12 años

Editor de “cTPba” (boletín mensual del Colegio de Traductores Públicos de la Ciudad de Buenos Aires)
Editor de El Lenguaraz (revista del Colegio de Traductores Públicos de la Ciudad de Buenos Aires)
Editor de la revista Idiomanía
Editor of “REDvista Pico de Oro” (online)
Artículos para “El trujamán” (cvc.cervantes.es/trujaman)

Lugares donde se desempeñó como docente
1995 – 2015 20 años

Universidad de Buenos Aires
Universidad Nacional del Comahue
Universidad Nacional de Córdoba
Colegio de Traductores Públicos de Buenos Aires
Colegio de Traductores de la provincia de Santa Fe
Colegio de Traductores Públicos del Uruguay
Asociación Argentina de Cultura Inglesa (AACI), Buenos Aires
Asociación de Traductores e Intérpretes de la Provincia de Buenos Aires (ATIBA)
Tarbut High School, Buenos Aires

Quienes deseen enterarse del tipo de reflexión que Miguel hacía sobre la traducción, puede recurrir a las muchas entradas que firmó en este blog o leer su propio blog al que se accede en esta dirección: https://algundiavuatenerunblo.wordpress.com/

jueves, 14 de octubre de 2021

Un breve inventario de las maneras de leer

Como ya fue comentado oportunamente, Miguel Wald, traductor de larga trayectoria, tiene un blog que, precisamente, se llama algundiavuatenerunblo . Sus entradas están muy espaciadas unas de otras, pero cuando sube algo, vale la pena leerlo. Es el caso de esta reflexión sobre la lectura.

Para leer un libro

Hay innumerables formas de leer un libro. Tantas, quizá, como lectores.

Están, por ejemplo, los que se zambullen sin preámbulo en la primera página del relato, de la novela, del poema, del ensayo o de lo que sea. Empiezan a leer directamente, casi sin reparar siquiera en el título, en la tapa, en las páginas iniciales, en nada. Se meten en el bloque de texto como quien mete una cuchara en lo profundo del dulce de leche.

Están, además, quienes van apilando libros como ladrillos para una torre en la mesa de luz, en el escritorio, debajo de la mesa ratona, en el rincón del pasillo por el que pasan para ir al baño.

Y están esos otros que lo primero que hacen es sostener los libros entre las dos manos, como si los estuvieran pesando, y de inmediato pasan un dedo por el borde de las hojas a toda velocidad, con efecto ventilador.

Y están quienes van directo al índice, esté al principio o al final del libro, para ver cuántos capítulos tiene, cómo se titulan. Y luego cuentan las hojas que tiene cada capítulo, y el primer capítulo tiene siete páginas, y el segundo tiene cuarenta y dos, qué desproporción, che, como si significara algo.

Y también están aquellos que se detienen a mirar la tapa como si fuera un cuadro. Y quienes parecen querer poner el libro bajo el microscopio y diseccionarlo con el bisturí de la mirada y lo primero que hacen es leer la contratapa, y después miran quién lo editó por primera vez, y cuándo, y quién lo tradujo, y cuántos ejemplares tiene esa edición, y luego el índice, y después los agradecimientos, y la dedicatoria, y los prólogos y los prefacios y las introducciones, y, finalmente, finalmente, se sientan con la satisfacción del deber cumplido. Y recién entonces meten la cuchara en el dulce de leche.

Hay en esta sombrerería sombreros de todos los colores y tamaños, pero no creo que haya unos sombreros mejores que otros, unos más perfectos que otros. No creo, digo, que haya una forma ideal de enfrentar, o abrazar, un libro, de leer un libro. O quizá sí, quizá haya una forma ideal, pero seguramente esa forma ideal será cada vez con cada libro, con cada persona en cada instante, y cada vez será distinta, o igual, pero esa forma de ser igual también será distinta, única, porque la relación con un libro es eso, algo único, siempre único, cada vez único. Y cada persona que enfrenta, que abraza un libro, no sabe que está repitiendo un ritual antiguo y universal, y no lo sabe porque ese ritual es sólo suyo, sólo de ese momento, sólo de la eternidad, porque la eternidad dura lo que ese instante. Nada. Todo.

viernes, 21 de mayo de 2021

Miguel Wald y el pronóstico del tiempo dicen que mañana va a llover

Miguel Wald, además de traductor, es un apasionado de las palabras, o acaso por ser un apasionado de las palabras, es traductor. Fue el alma mater detrás de la recordada revista Idiomanía. Y en la actualidad tiene un blog muy recomendable, donde sube textos como el que sigue.

Ver: http://algundiavuatenerunblo.blogspot.com/

Resonancias

Dice George Steiner que cada vez que usamos una palabra hacemos resonar toda su historia, ponemos en resonancia simultánea toda su historia. Lo dice así: “When using a word we wake into resonance, as it were, its entire previous history”. Lo dice cuando dice que no hay forma semántica que sea atemporal, que las palabras tienen siempre una determinación en el tiempo. Por lo tanto, cada vez que usamos una palabra, las resonancias que evoca y que provoca son diferentes, de modo que la palabra funciona de una manera diferente. Quizá muy similar a la vez anterior, quizá casi igual, pero solo casi, porque lo que dice esa palabra la segunda vez que la decimos ya no es lo mismo, es otra cosa.

Va más lejos Steiner. Dice que, si se dan en secuencia temporal, dos frases iguales no son iguales. Son homólogas, dice, pero interactúan… y es obvio que, para interactuar, tienen que ser diferentes. Pienso en un ejemplo simple: si digo “Mañana va a llover” y luego lo repito una vez, y luego otra, y luego otra, y luego una vez más, ¿la quinta vez que lo enuncie será igual a la primera? No, y cualquiera percibirá en la quinta enunciación consecutiva un matiz de ironía, o de deseo ferviente, o de letanía, o algo que no estaba la primera vez que se dijo la oración. Es decir, esas oraciones, las “mismas”, serán homólogas, pero no idénticas, porque su historia previa, la lejana y la inmediata, evocará resonancias que harán que la última vez suene irónica, o como un ferviente deseo, o. Y la quinta enunciación de “Mañana va a llover” estará interactuando de alguna forma con la primera. Inevitablemente.

Es decir, que las lenguas no solo cambian a lo largo de su historia, no solo se modifican sus usos gramaticales y sus formas léxicas con el paso de los años, sino que, además, en cualquier circunstancia y momento, las lenguas significan mucho más que lo que en apariencia significan. O significan incluso otra cosa. Las lenguas son, así, inasibles, imposibles de aferrar. Dice también Steiner que la lengua es el modelo más conspicuo de flujo heraclíteo, es decir, que la lengua es ese río que nunca es el mismo aunque sea el mismo.

Desde esa perspectiva, es un imposible la misión o la ambición del que traduce, porque jamás podrá aferrar plenamente el texto original, y mucho menos podrá convertirlo en un texto único y definido que signifique exactamente lo mismo para cada uno de sus lectores, porque cada uno de ellos lo recibirá distinto, en distinto momento, en distintas circunstancias, y en cada uno de ellos el texto resonará distinto, evocará distintas resonancias. Por eso se me ocurre que no es extraño que el que traduce, el que trabaja con las palabras, sienta una atracción especial hacia los diccionarios, esos vanos intentos de fijación de significados, de interpretaciones, de explicaciones, esos vanos intentos de exponer un sonido puro, desnudo, como si fuera ajeno al aire en el que suena, como si pudiera sonar sin aire, en el vacío.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Luego de mucho pensarlo, Miguel Wald abandona el ostracismo y va a la esquina a ver si llueve

A modo de presentación, tal vez valga la pena apelar a un viejo escrito colgado en una página web ajena: “Miguel Wald empezó su carrera como traductor profesional en 1984, cuando ya no le quedó más remedio que admitir que ni con el violonchelo ni con el saxofón llegaría a nada en la vida. Se ha especializado en la traducción de textos sobre educación, cultura y ciencias sociales, así como también en la traducción cinematográfica (para subtitulaje). Es además profesor de traducción. Fue jefe de redacción de la revista Idiomanía y de la revista mensual del Colegio de Traductores Públicos de Buenos Aires (CTPBA), y fue creador de El lenguaraz, la revista académica del CTPBA, y coordinador de su Consejo editorial. Fue también productor y guionista de Idiomanía-TV. Le encanta correr, y asegura que algún día terminará de decidir si corre desde o hacia. O las dos cosas al mismo tiempo, lo cual explicaría su creciente esquizofrenia”.

Después de mucho tiempo de no saber de él, reaparece con su algundiavuatnerunblo, su blog personal (https://algundiavuatenerunblo.wordpress.com/), el que esperamos visiten nuestros lectores y de donde sacamos el texto que, con su permiso, se reproduce a continuación. 

Resonancias 

Dice George Steiner que cada vez que usamos una palabra hacemos resonar toda su historia, ponemos en resonancia simultánea toda su historia. Lo dice así: “When using a word we wake into resonance, as it were, its entire previous history”. Lo dice cuando dice que no hay forma semántica que sea atemporal, que las palabras tienen siempre una determinación en el tiempo. Por lo tanto, cada vez que usamos una palabra, las resonancias que evoca y que provoca son diferentes, de modo que la palabra funciona de una manera diferente. Quizá muy similar a la vez anterior, quizá casi igual, pero solo casi, porque lo que dice esa palabra la segunda vez que la decimos ya no es lo mismo, es otra cosa. Va más lejos Steiner. Dice que, si se dan en secuencia temporal, dos frases iguales no son iguales. Son homólogas, dice, pero interactúan… y es obvio que, para interactuar, tienen que ser diferentes. Pienso en un ejemplo simple: si digo “Mañana va a llover” y luego lo repito una vez, y luego otra, y luego otra y luego una vez más, ¿la quinta vez que lo enuncie será igual a la primera? No, y cualquiera percibirá en la quinta enunciación consecutiva un matiz de ironía, o de deseo ferviente, o de letanía, o algo que no estaba la primera vez que se dijo la oración. Es decir, esas oraciones, las “mismas”, serán homólogas, pero no idénticas, porque su historia previa, la lejana y la inmediata, evocará resonancias que harán que la última vez suene irónica, o como un ferviente deseo, o. Y la quinta enunciación de “Mañana va a llover” estará interactuando de alguna forma con la primera. Inevitablemente. Es decir, que las lenguas no solo cambian a lo largo de su historia, no solo se modifican sus usos gramaticales y sus formas léxicas con el paso de los años, sino que, además, en cualquier circunstancia y momento, las lenguas significan mucho más que lo que en apariencia significan. O significan incluso otra cosa. Las lenguas son, así, inasibles, imposibles de aferrar. 

Dice también Steiner que la lengua es el modelo más conspicuo de flujo heraclíteo, es decir, que la lengua es ese río que nunca es el mismo. Desde esa perspectiva, es un imposible la misión o la ambición del que traduce, porque jamás podrá aferrar plenamente el texto original, y mucho menos podrá convertirlo en un texto único y definido que signifique exactamente lo mismo para cada uno de sus lectores, porque cada uno de ellos lo recibirá distinto, en distinto momento, en distintas circunstancias, y en cada uno de ellos el texto resonará distinto, evocará distintas resonancias. Por eso se me ocurre que no es extraño que el que traduce, el que trabaja con las palabras, sienta una atracción especial hacia los diccionarios, esos vanos intentos de fijación de significados, de interpretaciones, de explicaciones, esos vanos intentos de exponer un sonido puro, desnudo, como si fuera ajeno al aire en el que suena, como si pudiera sonar sin aire, en el vacío. 

martes, 15 de agosto de 2017

Miguel Wald vuelve al ruedo y nosotros, contentos

"Nunca tuve un diario íntimo. Nunca escribí un diario de viaje. Nunca fui capitán de una nave, aunque me habría gustado ser el capitán Kirk, el del Enterprise. Mientras tanto, y para ir haciendo tiempo (¿se puede hacer el tiempo, o acaso solo se lo deshace?), voy a ir escribiendo textos para un blog. Algún día voy a tener uno." Esto dice el traductor Miguel Wald en la presentación de su blog, que, inactivo desde el año pasado, vuelve a la carga. Lo hace con una columna subida el 4 de agosto pasado, que, con el título "Otra vez con el idioma" plantea reflexiones como ésta: "Los idiomas son convenciones entre hablantes (no entre teóricos ni entre expertos) y sirven para comunicarse (Steiner dice que en realidá sirven más bien para ocultarse, pero de eso podemos hablar otro día). Si los hablantes convienen (acuerdan) usar tal o cual palabra, tal o cual preposición, tal o cual construcción, y se entienden bien usando esa palabra, preposición o construcción, pues esa será la forma correcta, porque es la que acordaron, explícita o implícitamente, como tal. ¿Para qué sirve tener otra forma a la que llamar correcta? ¿La realidad va por un lado y la corrección por otro? ¿Qué sentido tiene eso?".

Quienes deseen saber más pueden dirigirse a 
http://algundiavuatenerunblo.blogspot.com.ar/


lunes, 28 de mayo de 2012

Un blog para tener en cuenta

Miguel Wald acaba de inaugurarse como blogger y, desde el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, aprovechamos para darle la bienvenida reproduciendo la primera entrada que colgó el pasado 26 de mayo. Asimismo invitamos a todo el mundo a ver Algún día vua tener un blo –tal el nombre de su blog– acá.

De barros y palabras

Es difícil decidir sobre qué escribir la primera entrada del blog, pero se me ocurre que quizá no sea inapropiado empezar hablando de arcilla, quiero decir, de la arcilla con la que trabajamos nosotros, los que traducimos, la arcilla del idioma, y para qué la usamos. Y, en principio, quisiera señalar que la arcilla, aunque lo parezca, no siempre es la misma cosa, porque a veces sirve para hacer porcelanas cuya perfección pasa, quizá, por lo visual, y otras sirve para hacer vasijas cuya perfección pasa, en cambio, por su funcionalidad. Una copa de arcilla con una rajadura imperceptible por la que el líquido se filtre es una copa de arcilla que no sirve como copa. En cambio, una copa de arcilla destinada a ser adorno de un aparador con una rajadura imperceptible similar a la de la copa anterior no solo sirve a su propósito (ser un adorno), sino que incluso puede servirlo de manera perfecta (dado que la rajadura es imperceptible). Es decir, el mismo barro, al servir para propósitos distintos y enmarcarse en contextos y situaciones distintas, no es el mismo barro.

Con los idiomas pasa lo mismo. En cada situación, en cada contexto, en cada relación, las variables que entran en juego, los aspectos que participan en la construcción de la totalidad, son diferentes, otros, y el traductor tiene que estar siempre pendiente de esa singularidad, mucho más allá de cualquier generalización teórica, de cualquier suposición de verdad a priori, de cualquier idea de perfección ajena a la situación misma. Porque además, y este es un punto que me parece poco explorado, poco pensado, pero que es clave, el traductor nunca está fuera de la situación comunicativa que está traduciendo: el traductor no es alguien que toma un texto, o una porción de una cultura, digamos, y la traslada a otra cultura. El traductor es, él mismo, parte de esa situación comunicativa, y no un demiurgo exterior. O, para decirlo con la metáfora usual de la traducción como puente intercultural, el traductor no es simplemente el constructor del puente, sino que es, él mismo, parte del puente, parte del punto de anclaje de partida y parte del punto de anclaje de llegada.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Estamos acostumbrados a ver películas subtituladas en un idioma que no es el nuestro

Tercer artículo de los incluidos en el número especial de Ñ, del sábado 3 de septiembre pasado. En la oportunidad, Miguel Wald habla sobre doblaje y subtitulado.


Maletas en la cajuela

El ser humano es, sabemos, un animal de costumbres. Algunas de esas costumbres se adquieren por voluntad propia y otras se imponen desde el exterior, por diversas razones. Lo extraño es cuando esas razones son ajenas a la persona, pero esta, de todos modos, las acepta mansamente. Algunas de esas costumbres, tanto las propias como las impuestas, tienen que ver con la lengua que hablamos y escribimos, la lengua en que nos comunicamos. De hecho, casi podríamos decir que el idioma mismo no es más que una costumbre: nos acostumbramos a que esto se llame revista, aquello se llame libro y lo de más allá se llame de algún otro modo. Y así vamos construyendo un sistema (al que llamamos “idioma”) por el que nos comunicamos, nos expresamos y nos reconocemos.

La traducción audiovisual también está sometida al rigor de la costumbre, en cualquiera de sus dos grandes tradiciones: la del doblaje y la del subtitulado. Hay países en los que la gente prefiere mayoritariamente ver películas dobladas (como España) y otros (como el nuestro) en los que se prefiere ver películas subtituladas. Ambas formas tienen desventajas: el doblaje nos priva de la voz del actor y sus matices; el subtitulado, por su parte, no solo nos impide ver parte de la pantalla, sino que además nos obliga a concentrarnos ¡todo el tiempo! en la parte inferior del cuadro, con el riesgo de perdernos parte de lo que sucede en la película. Y sin embargo, lo preferimos. ¿Por qué? Por costumbre: estamos acostumbrados al subtitulado.

Pero lo más curioso, lo más extraño, es que los argentinos estamos acostumbrados a ver películas subtituladas en un idioma que no es el nuestro. Sí, es castellano, pero no nuestro castellano, no nuestro idioma. Es una lengua plagada de palabras, tiempos y formas que nadie usa en este país. ¿O acaso algún argentino pone maletas en la cajuela, fresas en el refrigerador o chaquetas en el ático? Y sin embargo, esas palabras son frecuentes en los subtitulados y a nadie le resultan extrañas. Es obvio que podemos entender a qué se refieren, pero también es evidente que no es así como hablamos, y que cuando leemos “cajuela” pensamos en un baúl, cuando leemos “fresas” pensamos en frutillas, etc. Pero, entonces, ¿por qué los traductores no traducen directamente a nuestro idioma real? ¿Qué razones hay para hacer una especie de subtraducción (que el espectador terminará mentalmente) y poner “maleta” en vez de “valija”, “cajuela” en vez de “baúl”, “refrigerador” en vez de “heladera”… y centenares de ejemplos más? Está claro que no es para comunicarnos mejor. ¿Para qué, entonces? Pues el motivo no es otro que aquel del que hablaba hace cuatrocientos años Francisco de Quevedo: el dinero, ese poderoso caballero. Esa es la única razón por la que se traduce a algo que se suele denominar “español neutro” o “internacional”, aunque nadie sepa bien qué es. Se traduce a ese español para ahorrar costos, porque ningún distribuidor (que paga por el derecho de exhibir una película en este país) está dispuesto a gastar miles de dólares en películas subtituladas en el castellano de la Argentina, que solo servirán aquí, si puede hacer traducciones que podrá usar aquí, en Chile, en Paraguay y otros países hispanohablantes. Pero para que los hablantes de esos países “acepten” el subtitulado, tendrá que ser un idioma que no sea notoriamente local. Es decir, aunque los personajes hablen en un idioma sumamente coloquial e informal, en la traducción para subtitulado no se podrá poner, por ejemplo, que la gorra agarró al chorro y lo metió en cana, porque resultará desconcertante en otros países. Y entonces, ¿qué palabras se elegirán? Pues aquellas que resulten más fácilmente comprensibles en más países. No más expresivas o sencillas, sino solo más comprensibles. Y los espectadores lo aceptarán. De hecho, lo aceptan y se acostumbran, al punto de convencerse de que esa es la mejor traducción.

Veamos algunos ejemplos. Hace un cuarto de siglo, cuando las primeras películas de Peter Greenaway llegaron a la Argentina, sus distribuidores decidieron hacer traducciones locales, en las que los personajes hablaran de “vos” y los insultos no fueran los neutros e insulsos “imbécil”, “maldito” y demás, sino los que realmente usamos aquí: “boludo”, “pelotudo”, etc. Así se vieron en las salas argentinas películas como El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante y El vientre del arquitecto. Sin embargo, poco después, cuando los mismos distribuidores trajeron al país otra película de Greenaway, que aquí se llamó Conspiración de mujeres, le pidieron al traductor que hiciera una traducción neutra, “hablada de tú”, porque, según decían ahora, los espectadores argentinos sentían extraña una traducción a su propia lengua, a su propia forma de hablar. ¿Por qué? Por costumbre. Estaban (y están) acostumbrados a que los personajes se tutearan. El argumento era por lo menos curioso: en inglés la gente no habla de “vos”. Eso es obvio, claro, pero lo que ese argumento no advierte es que en inglés tampoco se habla de “tú”, sino que simplemente se habla en otro idioma, que no incluye el tú ni el vos, sino pronombres, conjugaciones y palabras propias de ese idioma, y que lo que se hace al traducir es llevar eso a las formas propias del idioma al que se traduce. Y esas formas, en el castellano de la Argentina, incluyen el vos. Pero, como decíamos, el espectador se ha acostumbrado a que no sea así, a que estén habladas “de tú”… y su propia lengua le resulta extraña.

Con el doblaje pasa algo similar. Las únicas películas que los espectadores argentinos “aceptan” dobladas en el cine son las infantiles. Las películas para niños no se subtitulan porque los pibes (si se me permite el exabrupto) no pueden leer a la velocidad suficiente como para seguir el texto. Tradicionalmente, como sabemos, los doblajes de películas infantiles se hicieron siempre con el “tú” que tan ajeno nos resulta, pero hace unos años empezaron a hacerse experiencias con doblajes realizados aquí (con Los increíbles, por ejemplo) y voces evidentemente rioplatenses, por la creciente importancia del cono sur en la cantidad de público. La reacción de los espectadores argentinos fue notable: los más pequeños recibieron bien la novedad, pero los más grandes (es decir, los adolescentes y los jóvenes) se quejaron. Les molestaba que los personajes hablaran “en argentino”. ¿Por qué? Pues sencillamente porque estaban (y están) acostumbrados al lenguaje neutro. Estaban, y están, podríamos decir, adoctrinados.

Como vemos, los espectadores de cine argentinos nos hemos acostumbrado a leer en una lengua que no es la nuestra por motivos exclusivamente económicos, monetarios, y de ninguna manera culturales. Pero ¿no se supone que una lengua es la forma de expresión de una cultura? ¿No se nos está negando así, de algún modo, la posibilidad de comunicarnos en nuestra propia lengua real? ¿No se nos está despojando, en cierto sentido, de nuestra propia cultura? Y lo peor es que, una vez más, es por dinero, o, para ponerlo en términos históricos, una vez más nos venden espejitos de colores y lo aceptamos alegremente. Si la pregunta es, entonces, “¿de quién es el idioma?”, es obvio que, al menos en el cine, no es nuestro, sino de ellos, los que lo pagan y disponen qué debemos leer y cómo debemos leerlo, aunque sea extraño a nuestra propia cultura, a nuestra propia lengua, a nosotros mismos.

martes, 22 de marzo de 2011

La visita de Miguel Wald al CTLBA

Ayer, lunes 21 de marzo, Miguel Wald, acompañado por Silvia Camerotto, habló en el Club de Traductores Literarios sobre los problemas de la  traducción audiovisual y de muchas otras cosas igualmente interesantes, englobadas bajo el título "The Dead, o sea, Desde ahora y para siempre", que invoca a la última película de John Huston.

 Quienes quieran verlo y escucharlo pueden seguir el link http://www.ustream.tv/recorded/13482480

Miguel Wald es traductor profesional inglés-español desde 1984. Se especializa en artes, medios audiovisuales, educación, cultura y ciencias sociales. Ha traducido numerosas películas y guiones de cine. Ha dictado cursos y talleres de traducción en universidades de Buenos Aires y el interior del país, en los colegios de traductores de Buenos Aires y Santa Fe, y en otras instituciones académicas de nivel terciario y secundario. Fue jefe de redacción de la revista Idiomanía, de la revista mensual del Colegio de Traductores Públicos de Buenos Aires y coordinador del Consejo Editorial de su revista académica, además de productor general y guionista del programa de TV Idiomanía, y colaborador de la página El Trujamán del Insitituto Cervantes.