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miércoles, 24 de julio de 2024

Toda la poesía de Eliot, traducida en México

El poeta y traductor mexicano José Luis Rivas (1950), en 1990, publicó Poesía completa de T. S. Eliot, trabajo que, en su momento, le valió el prestigioso Premio Xavier Villaurrutia. Pero, como suele suceder, no quedó satisfecho con su labor y treinta y cuatro años llevó a cabo una nueva traducción que, con el título T. S. Eliot. Poesía reunida / The Complete Poems (1909-1967), editó recientemente la Universidad Veracruzana y la Universidad Autónoma Metropolitana en versión bilingüe muy ambiciosa. El volumen se publicó con un excelente prólogo del poeta, traductor y científico Carlos López Beltrán. Por su extensión, y con la debida autorización, ofrecemos las partes referidas a la historia de la traducción de Eliot.

El shock del pasado. Un T. S. Eliot para el nuevo siglo.

Una topografía gruesa del tamaño y los alcances de la obra poética de T.S. Eliot no es difícil de imaginar. Podemos orientar la imaginación usando herramientas de búsqueda contemporáneas. El visor Ngram analiza la frecuencia de menciones de su nombre. Éstas crecen tímidamente entre 1915 y 1960, momento en el que se dispara una curva exponencial aceleradísima, casi vertical que llega a su cima en 1987. De ahí en adelante, la curva comienza descender despacio, con rebotes leves en 1998 y 2014. Actualmente esas menciones siguen altas, en los niveles de 1978, pero la tendencia sigue en descenso. Al parecer, los años entre 1960 y 1990 vieron el apogeo de la influencia mundial de Eliot. Una gran cantidad de ediciones y traducciones a decenas de idiomas se trajeron a la luz entonces. Y no se ha dejado de hacer, aunque con menos celeridad. El premio Nobel de 1948 otorgado a Eliot sin duda impulsó este fenómeno. Su principal dinamismo deriva sin embargo de la llegada a la madurez en todo el planeta de una generación de lectores y críticos de poesía ya completamente cultivada y adiestrada en la poética eliotiana. En ella se ubica José Luis Rivas, virtuoso traductor al español de este volumen. Además de a una industria académica eliotiana muy grande, que seguramente también tuvo su auge en las décadas mencionadas, la expansión de la influencia de Eliot surfeó sobre las olas de la actividad de poetas mismos. Y de los traductores. Muchas veces encarnados, como en este libro, poeta y traductor, en la misma persona. Eliot es con toda su potencia una nueva ortodoxia. Los lectores de Eliot hoy están en todas partes y, gracias a sus decenas de traductores, de varias generaciones ya, su obra y sus alcances sigue desdoblándose y consolidándose. Casi todas las lenguas de la Tierra han sentido el campo gravitatorio de Eliot. Podríamos explorar su presencia en la poesía de Rusia (donde influyó a Anna Akhmatova gracias a Boris Pasternak, y después notablemente a Joseph Brodsky). O en la poesía de la India. O la de Hungría. ¿Qué tal la de China?

A través de secuencias de traducciones, los lectores y los creadores de China, encuentran puentes bien construidos que conectan los dominios poéticos de ambas latitudes. ¿Porqué es Eliot tan importante para todos en el mundo actual? se pregunta -por ejemplo- Qiu Xiaolang, poeta, novelista y traductor. Y se contesta: “Mientras la lengua sea una barrera, la poesía en sí misma nos da una razón para superar esa barrera. Disfrutar de la poesía de otro idioma es disfrutar de la comprensión de los seres humanos que viven con esa lengua: se trata de un entendimiento que no se puede conseguir de ninguna otra manera. Pienso que con la poesía las personas de diferentes naciones e idiomas distintos consiguen un entendimiento mutuo que, no importa cuán parcial sea éste, será siempre esencial.” La no especificidad y la flexibilidad del lenguaje modernista, agrega Lioi T., otro traductor de Eliot, es altamente compatible con el idioma chino, y acerca la poesía Occidental al lenguaje y al pensamiento de China. Se ha dicho por otro lado que después de los aciertos y los equívocos de Pound, y de muchos otros traductores entre el chino y las lenguas europeas, influidos todos por las revoluciones estéticas modernistas, los poetas chinos posteriores a la revolución cultural, consiguieron abrir en China brechas de expresión poética inaccesibles a los censores que permitieron modernizar su expresión poética sin toparse con los muros o los golpes del Estado.

¿Y cómo le ha ido a T.S. Eliot en español? Algunas investigadoras han hecho el intento de llevar la cuenta de las traducciones de la obra de Eliot en el mundo hispanohablante. Nada más de La Tierra Baldía, Teresa Gibert cuenta hasta hace unos años cerca de 30 traductores, y como 50 ediciones. Con nombres diversos, como Yerma, Tierra yermaTierra desolada, Tierra inútil, y similares, esta obra destaca por el fuerte imán que ha sido para los traductores. Los dos primeros traductores al español de The Waste Land fueron un diplomático mexicano, Enrique Munguía, y un escritor puertorriqueño Ángel Flores. Ambos publicaron sus versiones en 1930 y tuvieron una ligera disputa de prioridad, ya que Flores le había pedido por correspondencia exclusividad a Eliot. Después de ellos, docenas de traductores, y unos cuantos poetas de primera línea (como Alberto Girri, León Felipe, José Coronel Urtecho, Ernesto Cardenal, Jaime Gil de Biedma, José Emilio Pacheco, José Luis Rivas) han trasladado a nuestra lengua obras diversas de Eliot. Los esfuerzos recientes con La Tierra Baldía de Jordi Doce en España y de Gabriel Granados Bernal y Hernán Bravo Varela en México me han parecido notables. Menos que aquella obra pero también de modo abundante se han traducido los Cuatro Cuartetos. Tengo predilección por la traducción comentada del gran Esteban Pujals Gesalí (1988) aún por sobre la exacta y pulida versión mexicana de José Emilio Pacheco (1989).

viernes, 9 de junio de 2023

Los "Cuatro cuartetos", de Eliot, por Arturo Fruttero, editado por la Editorial Municipal de Rosario

Aunque el periodismo cultural de Argentina no se entera, este año, una de las mayores noticias literarias viene de Rosario. Allí Érica Brasca, profesora en Letras por la Universidad Nacional de Rosario, donde se desempeña como adscripta en la cátedra de Análisis y Crítica I, de la carrera de Letras, realizando una investigación para la publicación de la poesía completa de Fausto Hernández (1897-1959), descubrió entre los papeles del también poeta Arturo Fruttero una traducción completa de "Los cuatro cuartetos", de T.S. Eliot. Datada en 1949, apenas tres años después de la publicación del original, el volumen, del que nada se sabía, estuvo inédito hasta su reciente edición por parte de la Editorial Municipal de Rosario. 

De ese modo, la traducción de Fruttero precede la de Vicente Gaos, que es de 1951, la de J. R. Wilcock, de 1956, la de José María Valverde, de 1978, la de José Emilio Pacheco, de 1989, la Esteban Pujals, de 1990 y la de Jaume Andreu, de 2016.  


jueves, 11 de febrero de 2021

Nuevas ediciones argentinas de Virginia Woolf: una vieja tradición

El pasado 29 de enero, Emilia Racciatti publicó en la agencia TELAM, la siguiente nota a propósito de la actualidad de Virginia Woolf. En su bajada se lee: El inmenso universo de las obras de la escritora británica es reactualizada con nuevas ediciones y algunos de los responsables de esas traducciones y publicaciones dialogaron con Télam”. 

La audacia del universo de Virginia Woolf se reedita a través de cartas, ensayos y cuentos

La audacia de Virginia Woolf (1882-1941) para hablar de su tiempo histórico y generar una voz disruptiva en el campo cultural, a través de ensayos, novelas o cuentos es reactualizada en el último tiempo con nuevas ediciones de su obra y algunos de los responsables de esas traducciones y publicaciones dialogaron con Télam sobre las huellas del universo de la autora en las formas de producir cultura vigentes.

Una nueva edición de Tres guineas, el ensayo que escribió como respuesta a la pregunta de un abogado acerca cómo evitar la guerra, y por otro lado, sus cuentos y relatos reunidos en un único libro, bajo el título Cuentos completos, son el aporte de Ediciones Godot a esta cadena de nuevos trabajos sobre la autora inglesa de la que en marzo se cumplen 80 años de su muerte.

Laura García, la responsable de traducir Tres guineas, aseguró que “más allá de la labor de investigación –es un libro cargado de datos, estadísticas y referencias muy específicas de la sociedad británica de esos años–, lo más desafiante fue hacer sentir el tono de Virginia Woolf, su voz, que en este trabajo es muy particular”.

“A diferencia de Un cuarto propio (un libro hermano en muchos sentidos), donde hay tiempo de pensar, imaginar y explorar posibilidades, Tres guineas está escrito con mucha urgencia, mucha rabia y con una gran amargura ante la visión del porvenir. Es un libro lleno de emoción y rigurosidad a la vez, donde la verdad no pasa por la impostura de una voz objetiva y serena, sino que atraviesa el cuerpo y estremece todos los cimientos”, advirtió.

Carolina Orloff es investigadora y traductora argentina radicada en Edimburgo, fundadora del sello Charco Press que busca difundir la literatura latinoamericana, y en diálogo con Télam indicó que el trabajo de traducción de los Cuentos Completos fue “un viaje enriquecedor al máximo y también un reencuentro con el castellano”.

Para la editora, en estos cuentos “se destaca no solo la audacia sino también la inteligencia que tenía desde muy joven”, ya que en esta colección hay escritos de ella a los 20 años.

“Es alguien que se lanzó a la escritura con convicción desde una edad muy temprana. Desde los 18, 19 estaba escribiendo para su círculo, que era en sí acomodado en términos socioeconómicos, con un acceso al arte y a la cultura muy cercano, muy cotidiano. A esa edad ya era miembro de un movimiento por el derecho de las mujeres. Todo eso se mete en la Virginia que se pone a escribir entre dos guerras mundiales”, repasó Orloff.

La tarea de traducción de Cuentos Completos también estuvo a cargo de Micaela Ortelli, quien dice haber impreso los papeles y los llevó “durante mucho tiempo de un lado a otro”.

“Se me hizo largo porque todo era largo: las oraciones, las ideas, los razonamientos, las descripciones. Hasta los cuentos cortos eran largos”, afirmó.

Otra de las publicaciones recientes que permite acercarse al mundo de Virginia Woolf es Leer y reseñar, un libro que llega a las librerías por trabajo de edición y traducción de Eric Schierloh, responsable del sello Barba de Abejas, que la define como “una escritora de vanguardia que además fue editora artesanal en la Hogarth Press. Este trabajo (concretamente, la edición, la composición tipográfica y la impresión en una minerva a palanca y luego en otra a pedal) le permitió formarse una conciencia especial respecto de las condiciones materiales de la escritura, la lectura y la publicación de libros”.

Schierloh adelantó que acaba de traducir y publicará este año Sobre la artesanía, mientras que el año que viene hará lo mismo “con los fragmentos de sus diarios que giran en torno a la edición y la impresión artesanales”.

¿Dónde reside la vigencia de la autora de La señora Dalloway? Para el escritor y editor, “tiene que ver con la consciencia respecto de las condiciones materiales (de ahí el cuarto propio), además claro de su evidente interés en lo emancipatorio (el feminismo, la edición respecto del sistema industrial de publicación, la escritura respecto de la literatura o la novelería clásica, etc). La modernidad de su prosa se condice con ciertas búsquedas también 'modernas' y recurrentes a lo largo de sus ensayos”.

A través de la editorial Rara Avis, se difunde Victoria Ocampo - Virginia Woolf. Correspondencia, un trabajo editado y prologado por Manuela Barral, traducido por Virginia Higa y Juan Javier Negri, en el que se puede leer el intercambio entre las dos escritoras luego de conocerse en 1934 en Londres en una muestra del fotógrafo Man Ray.

Barral llegó a esta correspondencia porque su investigación doctoral es sobre Victoria Ocampo y señaló que un aspecto que le llamó la atención, “aunque va más allá de su carácter de escritoras, es ver a Victoria y Virginia como agentes culturales, su punto de vista editorial”.

Por ejemplo, “en este intercambio es posible rastrear la decisión de publicar Un cuarto propio en español: Virginia le sugiere a Victoria que empiece la traducción de sus obras por ahí”, resaltó.

Encontrarse con estas cartas revisadas y traducidas por Victoria “mucho tiempo después de que Woolf las hubiera recibido” modificó en Barral su forma de leer a la gestora de Sur.

En el prólogo se explaya sobre ese aspecto y consigna que esas tachaduras y correcciones posteriores la hicieron pensar que “Victoria usa las cartas como un espacio híbrido para desplegar desde la intimidad una figura pública” y al organizar la compilación decidió incorporar los manuscritos, precisamente, “para mostrar la rareza de las cartas duplicadas. También fue por el fetiche del original, claro; pero sobre todo porque permitía cotejar diferencias en los facsímiles y exhibir cómo Victoria se lee a sí misma, se traduce y se edita. Está constantemente construyendo su imagen autoral”.

La investigadora sostuvo que Virginia Woolf se transformó en un punto de referencia para Victoria Ocampo y apuntó que “Correspondencia muestra el desarrollo de esa relación” y cómo la autora de Orlando: una biografía” le habló “en estas cartas sobre la escasez de autobiografías escritas por mujeres. En algún sentido ese es el puntapié para que Ocampo escriba la suya. Y –subraya– hay más: Victoria también es una apasionada lectora y crítica literaria de Woolf, por eso me parecía importante reeditar su ensayo Virginia Woolf en su diario y mostrar también este punto de vista”.

“La propia Ocampo se ocupa de establecer esa idea vincular en sus Testimonios, en su Autobiografía y en Virginia Woolf en su diario, donde busca asociarse a Virginia como amiga y admiradora. La trayectoria intelectual de Victoria está atravesada por Virginia: el primer volumen de sus Testimonios de 1935 empieza con la 'Carta a Virginia Woolf' y en 1977, en su discurso de aceptación a la Academia Argentina de Letras, una Victoria octogenaria también vuelve a ella. Es un vínculo apasionante que ha recibido –y seguirá recibiendo– lecturas y opiniones”, repasó Barral en el intercambio con Télam.

Al momento de resaltar la vigencia de Woolf, no dudó en destacar “la originalidad de ciertas tramas, por ejemplo en Orlando; en su modernidad narrativa, cuando despliega la técnica del fluir de la conciencia a la par que Joyce; en su afilada capacidad de denuncia y de sutil ironía”.

“A la luz de las reediciones actuales es posible dimensionar cuán pionera fue Victoria Ocampo. Es ella la primera que decide traducir al español a Virginia Woolf hacia 1935 a través de su editorial Sur. Para exhibir esto la Correspondencia incluye un listado con las traducciones de Woolf, para contextualizar la importancia del aporte de Ocampo al difundirla”, enfatizó.

martes, 22 de septiembre de 2020

Otra vez Malcolm Lowry, pero envuelto para regalo por multinacional española


En una nota firmada por Virgina Bautista, para el diario mexicano Excelsior, del 22 de agosto pasado, se anuncia la reedición de Bajo el volcán, novela del británico Malcolm Lowry, en la clásica traducción de Raúl Ortiz y Ortiz, con nuevo prólogo del escritor Julian Herbert



Bajo el volcán, novela de Malcolm Lowry, que aborda el alcoholismo y el desamor 

Un perro callejero, un caballo herrado con el número siete, un indígena sombrerudo y moribundo, dos volcanes enamorados, una botella de tequila oculta entre las flores del jardín del Edén… Éstas son “las representaciones plásticas de lo insondable”, que el escritor mexicano Julián Herbert encuentra en la novela Bajo el volcán (1947), del británico Malcolm Lowry (1909-1957). 

Publicada por primera vez en español en 1964, la obra cumbre de Lowry, ambientada en Cuernavaca (Morelos) y famosa porque su autor la concibió y la ejecutó “mientras era atravesado por el efecto fulmíneo del alcohol”, detalla Herbert en el prólogo del libro, acaba de ser reeditada por Literatura Random House, con la misma traducción de Raúl Ortiz y Ortiz, pero con un nuevo diseño que busca atraer lectores jóvenes. 

“¿Qué significa releer Bajo el volcán a estas alturas de la historia, a estas alturas de la vida?, se pregunta Herbert. “Significa, para mí, volver a la habitación del monstruo original. Aceptar que la vida es una cárcel más horrenda y majestuosa que mi comprensión o mi voluntad. Esta novela, verdadero vino de los bravos, me recuerda que la oscuridad existe, que es hermosa, y que sólo sabe obsequiar quemaduras. Y que a veces tengo que besarla en la boca”, responde el narrador. 

Andrés Ramírez, director editorial de Random House, explica que acaban de contratar para habla hispana los derechos de Bajo el volcán, que anteriormente tenía el sello Era, y de la obra completa de Lowry. 

“Tenemos la fortuna de volverla a publicar y decidimos hacer algo especial, por eso incluimos el prólogo de Julián y la famosa carta que el autor envió a su editor, Jonathan Cape, que por primera vez se publica en conjunto con la novela”, señala en entrevista con Excélsior. 

Explica que el 2 de enero de 1946, Lowry envió una misiva a Cape en respuesta al rechazo y la crítica que sus lectores hicieron sobre Bajo el volcán. “Este texto no sólo revela el genio del autor, sino también sus motivaciones literarias y su interés por otros grandes escritores en lengua inglesa. Esta carta es una defensa enérgica y precisa, y la mejor arma de persuasión de Lowry, ya que, después de leerla, Cape decidió publicar el libro tal cual llegó a sus manos”. 

Tras reconocer que Bajo el volcán es “una obra fundamental” que ha logrado impresionar a escritores de diversas generaciones, como José Revueltas, Rafael Ramírez Heredia y Herbert, el editor confiesa que es uno de sus libros favoritos. 

“En México ha tenido un impacto importante, porque sucede aquí, en Morelos. Y ha dejado una huella brutal en nuestra literatura. Es una novela memorable y absolutamente vigente, por el lado literario, de la técnica y de los recursos de la modernidad que están plasmados en términos de escritura. 

“Recuerdo al escritor José Agustín, mi padre, hablar largos ratos de este libro, pues marcó a su generación. Y no es para menos, el tema es el desamor y el alcohol, con una mirada nada moralina, muy real. El alcoholismo es un tópico de todas las culturas, pero a la vez muy mexicano. Siento que esta obra nos llega profundamente”, agrega el también poeta. 

Trilogía inconclusa 

Andrés Ramírez destaca que Lowry sólo publicó dos libros en vida y que dejó muchas obras inconclusas. “Bajo el volcán era el primer título de una trilogía que había planeado, lo cuenta en la carta a su editor. Era la parte del Infierno y luego vendría la del Purgatorio, que no terminó, y seguiría la del Paraíso, que ya nunca escribió”. 

Aclara que, si bien el británico confeccionó la novela bajo los efectos del alcohol, la reescribió tantas veces que tuvo que pasar un largo periodo sobrio para terminarla. “Al parecer, la empezó a imaginar y a escribir 26 años antes de ser publicada. Realizó varias versiones, que fue rehaciendo. Cuenta en la carta a su editor, que la primera propuesta tenía cien páginas. Y en los siguientes cinco años la transformó en lo que hoy conocemos”, dice sobre la pieza de 471 páginas. 

El editor adelanta que contrataron varias obras de Lowry, como la novela Ultramarina, que lanzarán el próximo año en DeBolsillo, “que es la otra que publicó en vida, además varias de las que dejó inconclusas y sus relatos”. 

Concluye que “es un relanzamiento total de su obra y de su libro capital. Una de las razones de publicarla es atraer a lectores más jóvenes, porque es una propuesta literaria viva”.

lunes, 31 de agosto de 2020

Un caso de corrección política retrospectiva


“El célebre libro Diez negritos, de Agatha Christie, cambia de título en francés para retirar la palabra nègre, que tiene una connotación peyorativa”. Eso dice la bajada de la nota publicada, sin firma, el pasado 26 de agosto por el diario Excelsior, de México. 


Cambian título a Diez negritos, de Agatha Christie, para 'no herir' 

“Debemos dejar de utilizar términos que pueden herir”, dijo a la radio francesa RTL James Prichard, bisnieto de la reina del misterio y dirigente de la empresa propietaria de los derechos de sus obras. 

El título en francés de la nueva edición publicada este miércoles es Ils étaient dix (Eran diez). Además, las 74 veces en que la palabra nègre figura en la versión original desaparecen y por ejemplo “La isla del negro”, donde se desarrolla la trama, se convierte en “La isla del soldado”, como en las versiones en inglés. 

La editorial Masque “operó estos cambio a petición de Agatha Christie Limited con el fin de alinearse con las ediciones inglesa, estadounidense y todas las otras traducciones internacionales”, dijo la empresa, contactada por la AFP. 

El francés es una de las pocas lenguas que hasta ahora conservaba el título original, como es el caso del español y el griego. 

“El célebre libro Diez negritos, de Agatha Christie, cambia de título en francés para retirar la palabra nègre –que tiene una connotación peyorativa–, con el fin de no herir al público actual”, afirmó el miércoles el bisnieto de la autora. 

“Cuando se escribió el libro, el lenguaje era diferente”, explicó Prichard.

Publicada por primera vez en 1939 en Gran Bretaña, la obra llevaba por título Ten little niggers –el término nigger también tiene una connotación peyorativa en inglés–, pero al año siguiente salió en Estados Unidos como And then there were none (“Y entonces no quedaba ninguno”), con el acuerdo de la autora. 

En el Reino Unido, el título fue modificado “en los años 1980 y hoy lo estamos cambiando en todo el mundo”, dijo Prichard. 

“Agatha Christie escribía sobre todo para entretener y no le habría gustado la idea de que alguien se sintiera herido por una de sus frases (...) No quiero que un título desvíe la atención de su trabajo”, añadió. 

Diez negritos, adaptada al cine y a la televisión, es ante todo un fenómeno literario mundial, con más de cien millones de ejemplares vendidos. 

“Es su mayor éxito y el libro de crimen más vendido de la historia”, recordó su bisnieto. 

El anuncio agitó las redes sociales y el diario conservador Le Figaro estimó que se trata de “un nuevo triunfo de lo políticamente correcto”.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Victoria Ocampo, Lawrence de Arabia y R.A.


El 11 de agosto pasado, Guillermo Piro, en su columna dominical del diario Perfil, publicó una enigmática reflexión sobre una traducción atribuida a Victoria Ocampo que tal vez no es de ella, aunque todo indicaría que sí. No es un juego de palabras, sino un guante lanzado a los académicos que sólo confían en los documentos sin considerar que, a veces, inducen a error o no son tan importantes.

Problemas con las iniciales

Hay una novela de Friedrich Dürrenmatt, La promesa, fundamental, ante todo, porque demuestra que las novelas policiales son un fraude: en ellas todo encaja y al final, con el único auxilio de la lógica, se descubre al culpable. Por lo general, dice Dürrenmatt, lo que decide la suerte de un caso es el azar, no la lógica. Generalizando un poco y pasando por alto ciertos detalles podría decirse que con la investigación académica ocurre algo parecido: al final todo encaja. ¿Pero qué se hace cuando hay algo que no termina de encajar del todo?

Uno de mis libros preferidos es Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence. No tiene sentido que hable del libro porque a los fines de esta columna carece de importancia: lo que importa es la traducción. El libro, publicado originalmente en 1922, fue traducido por primera vez al español y editado por Sur en 1944 con traducción de un misterioso R.A. No se conocen más datos que esas iniciales, que remiten automáticamente a Ramón Alcalde o a Raúl Alfonsín. En cualquiera de los dos casos –posibles, por otra parte: el primero contaba en 1944 con 22 años; el segundo con 17; de acuerdo, en el caso de Alfonsín se trataría de un joven prodigio, pero son cosas que en la literatura no abundan aunque existen– no se comprendería a fin de cuentas la razón que los habría llevado a ocultarse detrás de las iniciales.


Cuando era librero tuve ocasión, a mediados de los años 90, de preguntarle al corredor de la editorial Sur, que ya no publicaba y se limitaba a distribuir el poco fondo editorial que le quedaba, si no habría por ahí algún ejemplar perdido de Los siete pilares. Para mi sorpresa, el corredor apareció días después con un ejemplar del libro, pero en la traducción al francés de Charles Mauron, de 1941. Lo tomé y revisé un poco, lo suficiente para darme cuenta de que se trataba de un ejemplar de la biblioteca de la propia Ocampo –quien había adoptado como ex libris el ex libris del mismísimo Lawrence: dos sables cruzados. El libro tenía infinidad de anotaciones al margen que planteaban alternativas a la traducción de determinado término francés. Lo que me llevó a pensar que, por alguna razón, la reina Victoria, que hablaba a la perfección tanto el inglés como el francés, había usado como referencia la traducción de Mauron para hacer la suya, y que por pudor no había osado firmarla más que con ese enigmático R.A.

Mi sospecha quedó confirmada cuando hace días, leyendo la correspondencia entre Albert Camus y Victoria Ocampo, editada por Sudamericana, con traducción y notas de Elisa Mayorga y Juan Javier Negri, en una nota al pie, al mencionar las dos obras de Lawrence, Los siete pilares y El troquel, se lee: “Ambas [...] fueron traducidas por Victoria y publicadas por Editorial Sur”. Alegría. Doy a conocer la confirmación de mi intuición y un amigo me retruca con un dato y un libro que desconocía: en la correspondencia Martínez Estrada-Victoria Ocampo publicada por Interzona en 2013 al cuidado de Christian Ferrer, la reina Victoria le comenta a su amigo santafesino que la traducción de Los siete pilares le resulta “execrable”.

Ante la lejana posibilidad de que alguien se refiera con un término tan duro a una traducción propia –no del todo imposible, dado que después de todo los traductores suelen ser despiadados consigo mismos y la traducción execrable fue publicada por Victoria; y tampoco es tan execrable como ella dice–, es innegable que las iniciales R.A. representan un problema al que la investigación académica debería dar algún día respuesta.

jueves, 21 de junio de 2018

James MacPherson y sus "traducciones" de Ossian: una historia de cuando la falsificación y el plagio todavía no eran intertextualidad


“De origen escocés, el autor juró recopilar poesía antigua de las Highlands, que se convirtieron en un éxito editorial y que atribuyó a Ossian, un bardo ciego del siglo III, que fue admirado por Lord Byron, Napoleón, Thoreau, Whitman y Hume, entre otros”: así dice la bajada de la nota que el escritor y traductor argentino Ariel Magnus publicó en el número de InfoBAE correspondiente al 19 de junio pasado.

James Macpherson, el farsante más importante
de la historia de la literatura

James Macpherson –el falsario más trascendente de la historia de la literatura– nació a fines de 1736 en, por así decirlo, Escocia. A los nueve años vio cómo Inglaterra aplastaba la rebelión del '45, último intento de los jacobinos escoceses por recuperar la soberanía de su país y vio cómo el gaélico fue eliminado de la curricula.

Se crió en ese clima de cataclismo nacional y a los veinte años ya había publicado un poema épico, si bien el éxito de esta composición juvenil no pasó de eso: ser publicable.

Al margen, Macpherson gustaba recolectar baladas populares de las Highlands, o al menos eso fue lo que dijo cuando el azar lo acercó a John Home, famoso dramaturgo escocés que más tarde publicó una tragedia curiosamente titulada Descubrimiento fatal. A instancias de Home, y aclarando que lo hacía en contra de su voluntad, Macpherson cometió una traducción al inglés de estas baladas. Los Fragmentos de poesía antigua recogidos en las tierras altas de Escocia y traducidos del gaélico fueron un éxito rotundo: dos ediciones se agotaron el mismo año de su publicación, 1760.

Convencidos por Macpherson (o convenciéndolo a Macpherson) de que esos trozos de poesía debían ser parte de alguna epopeya más generosa, el clan literario de Edimburgo juntó los fondos necesarios para subvencionarle al joven una expedición por el norte del país. La aparición de los poemas épicos Fingal y Temora demuestran que Macpherson encontró lo que buscaba, o buscó lo que ya había encontrado. Las obras, de las que Macpherson decía ser sólo un traductor literal, fueron adjudicadas a Ossian, bardo ciego escocés del siglo III d. C., “el último de su raza”. Una infinita Disertación del profesor Blair y un portentoso aparato crítico verosimilizaban el producto. Un producto cuyo éxito es casi imposible exagerar.

Sobra decir que los primeros en aclamar a Ossian fueron los escoceses, entre ellos el filósofo David Hume. Con los rimados lamentos de este lírico pre-cristiano, las Highlands pasaban de ser un nido de salvajes analfabetos a ser la cuna de una raza de guerreros no menos gloriosa que el poeta que la cantaba.

La gente comenzó a viajar al norte para conocer la geografía ossiánica, y no tardaron en llegar los primeros reportes informando que se había descubierto la cueva del bardo. Walter Scott, el creador de la novela histórica, debe las ideas de sus primeros trabajos, y acaso hasta el éxito de los mismos, a sus repetidas lecturas del legendario ancestro. En Inglaterra, Lord Byron, Carlyle, Coleridge, Blake, Wordsworth y el resto de los poetas del incipiente movimiento romántico se cansaron de alabar al lacrimógeno Ossian, y de imitarlo.

Cruzando el canal —adonde el bardo atracó con el auspicio de Diderot—, Madame de Stäel lo bautizó “el Homero del norte” y Napoleón lo quería más que al del sur (aún se conserva su copia personal del libro). Del otro lado del Atlántico, Thomas Jefferson, tercer presidente de Norteamérica, le escribe a Macpherson que sus traducciones son para él “fuente de diarios placeres”. Emerson, Thoreau, Hazlitt, Longfellow, Melville y hasta Walt Whitman (que recitaba los poemas de Ossian junto al mar) no pensaban muy distinto.

Cuba, Colombia, Perú, Brasil y Uruguay también tuvieron sus traductores autóctonos. En Argentina, no hay personaje público cuyos escritos no contemplen explícitas alusiones al último de los celtas. Esteban Echeverría, Ricardo Gutiérrez, José Mármol, Tomás Guido, Nicolás Avellaneda todas las calles conducen a Ossian.

Pero lo dicho es igual a nada si lo comparamos al caso de Alemania, donde surgieron más traducciones de Ossian que en toda Europa. El primero y más entusiasta amante del vate fue Gottfried Herder, cuyas revolucionarias teorías lingüísticas se basan en (y se ven confirmadas por) los poemas de Macpherson. Contagiado por Herder, Goethe declaró que “Ossian ha reemplazado a Homero en mi corazón”. Su Werther, la novela más popular de la época, remata con la larguísima traducción de un poema ossiánico.

Klopstock declaró que los germanos eran descendientes de los celtas y creó una logia de bardos (la Bardendichtung o poesía bárdica, más conocida como Bardengeschrei o griterío bárdico). Los almanaques traían citas de Ossian, los cuadernos de texto para aprender inglés se valían de versiones simples del ya bastante simple Ossian. Escritores, filósofos, pintores y músicos caen presas de su encanto. Alemania fue también el país en donde más se leyó a los falsos traductores de Ossian, que publicaban en nombre del bardo sus propias composiciones.

Como contrapeso a esta histeria colectiva, surge la voluminosa figura del Doctor Samuel Johnson. Él, que tan alegremente se había dejado embaucar por el falsario William Lauder, que tan íntimo era en ese momento del falsario George Psalmanazar, fue el máximo enemigo de Macpherson.

Emprendió su Journey to the Western Islands of Scotland (1775) casi exclusivamente para desbaratar el mito de Ossian. Para el Doc, lo único que podía probar la veracidad de los poemas eran los manuscritos que Macpherson decía tener en su poder. En efecto, nadie vio jamás esos papeles, salvedad hecha de algún que otro testigo tan o más dudoso que los papeles mismos.

Mientras Johnson buscaba pruebas fehacientes fuera de la obra, otros escépticos creían ya haberlas encontrado en los poemas mismos. Macpherson se había cuidado de no ser anacrónico en sus comparaciones, lo que despertó las iras de Horace Walpole (“Estoy cansado de leer de cuántas maneras un guerrero es parecido a la luna, al sol o a una roca”); sin embargo, su sofisticado supernaturalismo prescinde del zorro y del salmón, ubicuos en las verdaderas baladas gaélicas. Algún analista notó además que las rutas escocesas del siglo III no estaban preparadas para soportar los carros que utilizan los héroes ossiánicos; algún otro dio a entender que bastaba estar al tanto de cómo los escoceses solían tratar a sus mujeres para desconfiar de la galantería y la ternura de Ossian.

Pero el golpe fatal a su credibilidad le llegó recién después de muerto, con la publicación casi simultánea del Report of the Highland Society of Scotland y de la demoledora edición de sus poemas por parte de Malcom Laing (1805). La comisión de la Highland Society remata su larga pesquisa sobre el tema (que incluyó viajes al lugar del crimen e interrogatorios policiales a los involucrados) estatuyendo que “si bien la historia de Ossian y Fingal ha existido desde tiempos inmemorables, Macpherson ha editado con bastante libertad sus originales, introduciendo además pasajes de su propio cuño” (Tal como si de acá a algunas décadas alguien diera a luz la traducción literal de un largo poema épico del siglo VI inspirado en tres o cuatro tangos, por comparar cosas chicas con grandes).

Laing, que confiesa haber sido un admirador de Ossian en su juventud, llegó mediante un estudio inmanente de la obra a conclusiones menos ambiguas: casi todo era un plagio. Verso a verso Laing demuestra que no hay frase de Macpherson que desconozca su calco en los Salmos bíblicos, en Homero, en Virgilio, en Milton y hasta en algunos escritores contemporáneos. Lo guió en esta tarea el propio Macpherson, quien supo plagar la primera edición de sus poemas con notas al pie indicando los paralelos de Ossian con “el resto de los antiguos” (las notas desaparecieron en la última edición de 1773).

Macpherson tampoco se privó de insertar la descripción de un escudo, extenderse en comparaciones, abusar del asíndeton y de la parataxis, fabular etimologías, poner asteriscos donde los originales “presentaban lagunas”, marcar interpolaciones tardías en sus fuentes o declarar espurios ciertos pasajes. “No sabemos si admirar el descaro del traductor o la crédula simplicidad del público”, anota Laing.

Mientras que Lord Byron prefirió hacer de su juveniles faltas virtud, aclamando la prosa rimada de Ossian como sublime, fuera o no auténtica, otros (no muchos) supieron ser menos incautos. Goethe explicó que su Werther lee a Homero mientras todavía está sano, y que sólo lo cambia por Ossian cuando ya se ha vuelto loco. Lichtenberg, que había escrito Homero y Ossian en alguna de sus notas, lo cambió luego por Homero y Shakespeare y Horacio y Swift. Jacob Grimm, quizá el más herido en su orgullo personal por el engaño, dejó inconcluso su libro sobre Ossian y se dedicó al Kalevala de Elías Lönnrot (también acusado más tarde de fragua folclórica, lo mismo que los Märchen del propio Grimm).

Pero volviendo a Macpherson. Semanas después de publicado Temora, el traductor creyó conveniente abandonar Londres rumbo a Norteamérica. Se supone que en el viaje se perdieron varios de sus originales (los otros papeles, incluidos sus diarios, desaparecieron misteriosamente en 1868).

Tres años más tarde, de vuelta en Londres, se dio a la política y a la historia. Sus producciones fueron duramente criticadas (alguien llegó a preguntarle si sus historias también estaban traducidas del gaélico), pero contaban siempre con el aval del público y supieron ganarse un defensor capital, el historiador británico Edward Gibbon.

A los 55 años, Macpherson entró al parlamento, honor que conservó hasta su muerte en 1796. Se hizo enterrar en la Abadía de Westminster, cerca del panteón de los poetas y de su archienemigo Johnson. “El primer poeta romántico” (Borges) dejó, aparte de lo dicho y de una calamitosa traducción de la Ilíada en versos ossiánicos, cuatro o cinco hijos ilegítimos. Eso y un castillo de cuya magnitud llegó a arrepentirse: “La verdad –le escribe a un amigo– es que no parecía tan grande en el papel. Pero he ido demasiado lejos; no puedo frenar todo sin desacreditarme.”










jueves, 24 de mayo de 2018

Una gran antología traducida por Jordi Doce

De acuerdo con su propia publicidad, Ediciones Trea fue fundada en Gijón (Asturias, España) en 1991, y “ha consolidado un prestigioso catálogo con más de un millar de títulos. El eje de su proyecto editorial es el ámbito de las Humanidades y las Ciencias Sociales, atendiendo también a la creación literaria y las ediciones de arte y bibliofilia, entre otras materias como la cultura alimentaria y gastronómica”.

Quienes deseen saber más sobre las actividades de esta prestigiosa editorial española de provincias, puede dirigirse a su sitio web: http://www.trea.es/p/home

Entre muchos otros títulos traducidos, Ediciones Trea cuenta con volúmenes dedicados a los suizos Gustave Roud y Philippe Jaccottet, a los polacos Jósef Baran, Stanislaw Baranczak y Ewa Lipska, a los galeses R.S. Thomas y Menna Elfyn, a los estadounidenes Edgar Allan Poe, Hart Crane, Tess Gallagher, Theodore Roethke y Robert Hass, y ahora suma la muy curiosa antología Libro de los otros, del poeta y traductor español Jordi Doce (Gijón, 1967).

Doce (ver entrada correspondiente al 1 de octubre de 2013, de este blog) es uno de los más talentosos y consecuentes traductores españoles de poesía en lengua inglesa. Además de publicar sus versiones de William Blake, T.S. Eliot, W.H. Auden, Ted Hughes, Charles Tomlinson, Charles Simic, Anne Carson y John Burnside, es autor de numerosos libros de poesía, aforismos, ensayos y entrevistas.

Según señala Ediciones Trea en su portal, “Libro de los otros es a la vez una antología de las muchas versiones de poesía en lengua inglesa que el poeta y traductor Jordi Doce ha ido haciendo desde mediados de los años noventa, un panorama de la poesía moderna en esa lengua —con el añadido de algunas piezas clásicas—, y una lectura crítica que acompaña a los textos y los ilumina desde dentro, pues cada poema va acompañado de un breve comentario que desvela claves de su escritura, proporciona datos sobre su autor y, en general, sirve de guía en el viaje del lector por sus páginas. 

“Este libro es, en suma, una antología comentada de la poesía del siglo xx en lengua inglesa —de Inglaterra a Estados Unidos, de Irlanda a Canadá— que incluye tanto poetas y poemas célebres (Yeats, Pound, Hughes, Plath, etc.) como auténticas revelaciones de grandes poetas que son poco menos que desconocidos en España (Edwin Muir, Robinson Jeffers, Keith Douglas, Dorothea Tanning…). El resultado es una guía informativa, un panorama didáctico que tiene también mucho de cofre del tesoro lleno de hallazgos y bellezas ocultas”.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Más sobre el plagio perpetrado por Carlota Pérez-Reverte Mañas

Mauro Armiño

Mauro Armiño es uno de los más prestigiosos traductores españoles de la actualidad. A él se deben, entre otras muchas cosas, traducciones de obras de Pierre Corneille, Moliere, Beaumarchas, Rostand, Rousseau, Voltaire, el marqués de Sade, Rimbaud, Flaubert, Maupassant, Balzac, Zola, Dumas, Verne, Schowb, Proust, Camus y una lista inacabable de autores de lengua francesa, además de Poe, George Eliot, Hawthorne y Wilde, traducidos del inglés. De gran experiencia como traductor de literatura dramática, algunas de sus versiones han sido llevadas a los escenarios. Asimismo, periodista y crítico literario y teatral, ha colaborado con El País, Cambio 16, Radio Nacional de España y la revista El Siglo. 

La plagiaria Carlota Pérez-Reverte Mañas
En esta última publicación, el pasado 9 de marzo, Armiño se ha ocupado del plagio perpetrado por Carlota Pérez-Reverte Mañas a la traducción que Alfredo Michel Modenessi realizó de la Comedia de los enredos, de William Shakespeare. Su artículo, "A mal principio, quizás buen fin", puede leerse en la página Los enredos de un plagio (https://enredos-plagiados.webnode.mx/), creada especialmente para dar cuenta del caso. 

Quien desee conocer más detalles sobre la conducta de la hija del también plagiario Arturo Pérez Reverte, puede hacerlo en la entrada del día 23 de febrero de este año en este mismo blog.  



lunes, 19 de febrero de 2018

Nuevos autores entran en el dominio público



“Los libros de Carson McCullers, Dorothy Parker, H.P. Lovecraft, Edith Wharton y Aleister Crowley pueden ser impresos sin pagar derechos. La propiedad intelectual en la Argentina tiene vigencia por 70 años desde el año siguiente a la muerte del autor.” De esto que dice la bajada trata la nota publicada por Silvina Friera, el 10 de enero pasado, en el diario Página 12.

Los límites del copyright

La ceremonia se repite, sólo cambian los protagonistas. Todos los 1º de enero las obras de distintos escritores pasan a dominio público, esa especie de “shock póstumo” por tiempo ilimitado que permite que una constelación textual ecléctica esté disponible sin pagar derechos. La ley de derechos de autor, que establece cuándo expira el copyright de un creador, varía entre los 50 y los 80 años, dependiendo del país y la fecha en la que haya muerto el titular de los derechos. La propiedad intelectual en la Argentina tiene vigencia por 70 años a partir del 1º de enero del año siguiente a la muerte del autor, según dispone el artículo quinto de la ley 11.723. Los editores, lectores y usuarios pueden editar, subir y compartir El corazón es un cazador solitario, Frankie y la boda y La balada del café triste de la escritora estadounidense Carson McCullers (1917-1967), cuya obra está en dominio público desde que comenzó 2018, junto con los libros de Dorothy Parker (1917-1967). H.P. Lovecraft (1890-1937) pasa a dominio público sólo en España –como murió antes de 1987, se rige por la anterior ley que establecía un plazo de 80 años–; también Edith Wharton (1862-1937), la primera autora que ganó un Premio Pulitzer, y el británico Aleister Crowley (1875-1947), escritor, pornógrafo, místico y “mago negro”.

El Convenio de Berna estipula que los derechos caducan 50 años después de la muerte del escritor, como sucede en Uruguay, Canadá, Panamá, Filipinas, El Salvador y República Dominicana y Cuba. En el caso de España, mantuvo la Ley de Propiedad Intelectual de 1879, que fijaba el plazo en 80 años, hasta 1987, cuando la modificó para equiparar a la mayoría de los países. Los escritores que murieron antes del 7 de diciembre de 1987 se rigen por la anterior ley, que protegía los derechos de autor hasta 80 años después de su muerte. Conviene recordar que, aunque la obra de un autor entre en dominio público, las traducciones son consideradas como una obra propia y dependen del traductor. Las viejas traducciones de los años ‘40, ‘50 y en adelante siguen protegidas. Pero nada impide que se puedan multiplicar nuevas traducciones de McCullers, Parker, Wharton, Lovecraft y Crowley. El año pasado habían ingresado al dominio público las obras de la estadounidense Gertrude Stein, del británico H.G. Wells y de los españoles Federico García Lorca, Ramón María del Valle-Inclán y Miguel de Unamuno.

“El mundo visible es un milagro cotidiano para quienes tienen ojos y oídos”. Esta especie de credo fue uno de los legados de Wharton, la autora de La edad de la inocencia (1920), su novela más conocida, con la que ganó el Premio Pulitzer en 1921. El eco de una conmovedora belleza emerge con una potencia volcánica en un mundo demasiado violento. McCullers puso su mirada –y su oído– al servicio de los frágiles, los desesperados, los rechazados, los deformes, los mudos, los “raros”, esas criaturas que casi nunca son observadas ni escuchadas, para aproximar el desamparo vital de sus personajes desde una escritura envolvente, como un hechizo del que no se puede ni se quiere escapar. Parker, que se proclamó socialista hasta que murió, es una de las escritoras más mordaces de short stories de Estados Unidos. En cualquiera de sus relatos de mediados de los años ‘20 despliega la máxima agudeza y síntesis para mostrar a una sociedad ambigua que intenta recomponerse como puede después de la Primera Guerra Mundial. Además de unos relatos formidables, Parker escribió poesía, comedias y el guión de una película.

Lovecraft es uno de los autores más influyentes de la literatura fantástica del siglo XX. En la nouvelle La llamada de Cthulhu comienza la saga de los Mitos de Cthulhu, tal vez su propuesta más original, donde delineó una fantástica cosmogonía paranoide. Casi nadie pudo escapar a la seducción que supo ejercer. Desde Fernando Pessoa, pasando por Rainer Maria Rilke, Xul Solar, los Beatles y hasta Marilyn Manson, todos se encandilaron con Crowley, llamado por su propia familia y la prensa británica “La Bestia del Apocalipsis”. El escritor británico fue conocido por sus escritos sobre magia, especialmente por El libro de la ley, aunque también escribió ficción y poesía. Prohibido, venerado, odiado y reverenciado en todo el mundo, Crowley encabeza las curiosidades que alienta el dominio público.


lunes, 12 de febrero de 2018

"A diferencia de las artes escénicas, la industria editorial siempre ha sido un sector comercial que ha tenido que encontrar la cuadratura de sus círculos."

También el 15 de diciembre pasado, y sobre el mismo tema del día de ayer, Claire Armitstead escribió en The Guardian un segundo artículo sobre la situación de los escritores de ficción en Gran Bretaña. Se reproduce aquí, traducido por Julia Benseñor.

La ficción literaria está en crisis.
Debe comenzar un nuevo capítulo en el
financiamiento de autores

Finalmente, la noticia es oficial: la ficción literaria se encuentra en crisis y los escritores de todo el país se pasan la noche en vela en sus buhardillas, dan clases o trabajan duro en empleos ajenos a la escritura para que el fuego siga ardiendo en el hogar. Esta imagen al estilo de Dickens fue revelada por el Arts Council England hoy en un informe que indica que es probable que deba modificar sus prioridades de financiamiento con el fin de salvar a una población suya solvencia económica y cultural se ha ido debilitando con el correr de los años.

¿Por qué se ha llegado a esta situación y cuán importante es? Lo primero que hay que aclarar es que la gente no está necesariamente leyendo menos: la venta de libros impresos entre ficción, no ficción y títulos infantiles aumentó casi el 9% en el Reino Unido el año pasado, mientras que el jueves los analistas del mercado Nielsen Book Scan revelarán que las ventas durante el importantísimo período navideño han crecido el 20% desde 2013.

Pero lo que resulta indudablemente cierto es que en la era del teléfono inteligente y los servicios de streaming, los libros enfrentan una competencia sin precedentes por atraer nuestra atención, y que cuando preferimos un libro en lugar de una película o contenidos de redes sociales, estamos corriendo menos riesgos. El año pasado, encabezó las listas el guión de la obra de teatro Harry Potter y el legado maldito, de J. K. Rowling (y Jack Thorne). Rowling también ocupó los puestos 12, 28, 64 y 95, el último como su álter ego, el escritor del género negro Robert Galbraith, un éxito debido a la combinación de marketing y familiaridad que puede mantener viva una tendencia por años, si no décadas. El libro de Philip Pullman que siguió a la serie de La materia oscura, La bella salvaje, vendió casi un cuarto de millón de copias desde octubre.

A los autores que se han vuelto intergeneracionales a medida que sus lectores jóvenes fueron creciendo les va particularmente bien con esta tendencia de familiaridad para crear afecto. Pero esto no ocurre sólo con escritores de libros infantiles. El último volumen de la muy literaria y muy adulta trilogía sobre Thomas Cromwell de Hilary Mantel tendrá megaventas garantizadas cuando llegue a las librerías.

Este imperativo de la continuidad ha formado parte desde hace mucho tiempo de los cimientos de los editores comerciales, que esperan que muchos de sus escritores más exitosos “escupan” un libro por año. Y a medida que la industria editorial se ha centralizado más y ahora concentra mucho de su poder en tres conglomerados gigantescos, se ha vuelto más despiadada.

La cruel verdad es que a los largo de las décadas del ochenta y del noventa, los novelistas literarios podían vivir de los anticipos que no generaban ganancias extra. Eran apoyados por un sistema de valores pasado de moda que autorizaba el paso a pérdidas y ganancias por el prestigio que significaba que lo asociaran con un escritor “importante” y por la creencia de que el valor literario podía compensarse con las utilidades de ediciones más pragmáticas.

Pero es fácil volverse nostálgico. Si analizamos las novelas literarias que según el Arts Council vendieron más de un millón de copias en el último par de décadas, se pone en evidencia otra tendencia: Expiación, de Ian McEwan, Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini, La vida de Pi, de Yann Martel y La mujer del viajero en el tiempo, de Audrey Niffenegger pueden no deber su éxito original a las películas que se basaron en ellas, pero han obtenido beneficios del lucrativo mercado de los productos licenciados.

A diferencia de las artes escénicas, la industria editorial siempre ha sido un sector comercial que ha tenido que encontrar la cuadratura de sus círculos. Esto se refleja en el hecho de que recibe sólo el 7% de la torta financiera que reparte el Arts Council, a diferencia del teatro, que recibe el 23%, y la danza, que recibe el 11%.

La mayor parte de ese dinero se ha utilizado para financiar a editores que producen poesía y literatura traducida, que nunca han podido abrirse su propio camino financieramente. De modo que habrá sangre en la alfombra si los recursos existentes se vuelcan a brindar apoyo a los novelistas.

Algunos argumentarán que esto sencillamente demuestra que la ficción literaria es resaca del pasado y que los pobres autores deberán ponerse las pilas y resignarse a escribir lo que la gente quiere leer realmente. Pero pocos se atreverían a decir lo mismo sobre el teatro o la danza experimental. Y esto no tiene en cuenta el hecho de que —como sucedió con Pullmany Mantel— a los escritores puede llevarles décadas lograr el éxito.

Es más, investigaciones realizadas por la Nueva Escuela de Investigaciones Sociales de Nueva York el último año indicaron que la ficción literaria tiene un valor social medible, que aumenta los niveles de empatía a diferencia de otros géneros de ficción.

De modo que, suponiendo que no vamos a decirles a los escritores qué deben escribir, y que tampoco queremos que la literatura se convierta en el dominio exclusivo de aquellos que no necesitan ganarse la vida, es preciso encontrar maneras de permitir que los demás tipos de novelistas continúen escribiendo.

Esto no quiere decir que, simplemente, haya que cortar el actual trozo de la torta en porciones más pequeñas o diferentes; implica que hay que hablar con más fuerza y convicción para que se agrande el tamaño de la porción. Aun si desconocemos su valor intrínseco, ¿dónde estarían los mundos de las películas u obras de teatro si no existieran todas esas novelas literarias y cuentos para adaptar?


•Claire Armitstead es editora asociada de cultura de The Guardian.