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viernes, 3 de julio de 2015

"La literatura más allá del escritor"

Ayer, 2 de julio, sorpresivamente murió el editor Edgardo Russo. El escritor y periodista Diego Erlan lo recuerdo en estos términos en las páginas de Clarín.

Murió Edgardo Russo, una elegante figura
de la edición independiente en nuestro país

Suele decirse que el mejor retrato de un editor está en sus catálogos. Elegante y exquisito, entonces podrían ser los trazos del retrato de Edgardo Russo, poeta, ensayista, traductor y uno de los nombres imprescindibles de la edición argentina independiente, que murió el miércoles a los 66 años.

Nacido en 1949, empezó como librero en su Santa Fe natal con una librería llamada El Aleph. En los 70 filmó en 16 milímetros una película basada en el relato “El acomodador”, de Felisberto Hernández donde gastó todos sus ahorros y escribió una novela vanguardista llamada Tantalia en homenaje a Macedonio Fernández (“de la que no quedan rastros”, decía). Fue en esos años de oscuridad y represión en los que empezó a escribir un texto autobiográfico (“Nosotros no somos los polacos”) que aparecería en el número 2/3 de la mítica revista Literal. “Aquello que estaba intentando se relacionaba en muchos sentidos con Nanina de Germán García, El frasquito de Gusmán y El fiord de Osvaldo Lamborghini”, recordaba Russo en la edición facsímilar de la revista Literal que publicó la Biblioteca Nacional. En esas esquirlas de una vida cultural inquieta podría restituirse su mapa estético.

En el año 1988 armó la editorial de la Universidad del Litoral. A mediados de los años 90, ya instalado en Buenos Aires, fue responsable de varias colecciones para la editorial El Ateneo así como el catálogo de Adriana Hidalgo, en el que reunió poetas como Leónidas Lamborghini, Marosa di Giorgio, Juana Bignozzi, Juan José Hernández y Diana Bellessi. Participó también de la fundación de la editorial Interzona (donde armó el sello y publicó los primeros títulos para dejarle su lugar a Damián Ríos) y terminó en El Cuenco de Plata, donde publicó toda la obra inédita de Manuel Puig (un verdadero acontecimiento editorial), y siguió publicando a Copi, Felisberto Hernández, Rodolfo Walsh, Leopold Sacher Masoch, Marguerite Duras, Antonin Artaud y Witold Gombrowicz, entre tantos otros autores clásicos pero muchas veces escasamente leídos.

No sólo a ellos publicó. También al Premio Nobel Patrick Modiano. “Mi actividad como editor es casi más gratificante que la de publicar un libro propio. Es la literatura más allá del escritor, es poner al alcance de los lectores autores u obras olvidadas. El dicho debería ser: plantar un árbol, tener un hijo, editar libros.” Ese es el manifiesto que lo llevó a ser elegido por la Asociación de Libreros Argentinos como Editor del Año.

Consideraba que el libro como objeto sagrado (sea La Biblia o el Talmud) se superpone siempre a la realidad más procaz del libro como mercancía. Así se lo decía en 2004 a Walter Cassara: “A partir de allí se generan equívocos insolubles y a menudo ridículos. La vieja disputa 'cultural' sobre el best-seller vs. libro de calidad sólo se dirime en el tiempo.” Russo entendía a El Cuenco de Plata como “una editorial de catálogo”, un catálogo vigente en un territorio donde predomina “la guerra de las novedades”, disparaba. Rebeldía e iconoclasia fueron algunas de las marcas de identidad en su paso por librerías.

La solidez de su proyecto editorial no sólo se basaba en la calidad literaria que derramaba sino también en una seria planificación económica, con la que pudo llegar a distribuir en España y autogestionarse la distribución en el mercado argentino. Eso lo ubicaba entre los editores díscolos que optaba por no llevar sus libros a las grandes cadenas.

Su libro de poesía Reconstrucción del hecho, de 1989, obtuvo el Premio Fondo Nacional de las Artes. Le siguieron Exvotos (1990), Landrú por Landrú (1991) y el ensayo La historia de “Tía Vicenta” (1992). En colaboración con Leopoldo Brizuela publicó Cómo se escribe una novela (1992) y, junto a Daniel Freidemberg, Cómo se escribe un poema (1994). Guerra conyugal  fue su novela, publicada en 1999 por Adriana Hidalgo. Además, tradujo a diversos autores como W. H. Auden, George Steiner, Harold Bloom y Henry James.

En noviembre de 1990, convocado por Clarín entre una selección de importantes poetas, tuvo que elegir algún poema propio que fuera su preferido. Eligió “Love streams”: “Navaja, como filosa te das, Amor/ a lo que filtras por la línea discreta de tu vena.// En la muñeca se perfila el viaje tumultuoso:/ desde un nudo –por el brazo– hasta el codo./ Pequeña cicatriz, pálida peca, lunar/ bajo el vello que destacas al desliz del dedo./ Y desde allí subiendo al escarpado paisaje de músculos,/ nervios como trenza en una calva, carne,/ remontas hasta el hombro donde una mano confiada se apoyaba./ Y trucha derivas bajo el amoroso hueco articulado al tronco por la aorta/ hasta la zona dilecta para el beso, allí, segundos antes de que el corazón se rompa.”Podría funcionar como una despedida. Edgardo Russo fue encontrado muerto, al parecer de un infarto, en las oficinas de su editorial. Una postal estremecedora y emocionante. Se lo extrañará.


martes, 5 de mayo de 2015

Una invitación a un juicio lento y decantado

Publicado el viernes 1 de mayo en ADN, el suplemento cultural del diario La Nación, de Buenos Aires, el comentario de Pedro Rey es el primero que da cuenta de la nueva traducción del Ulises, efectuada por Marcelo Zabaloy con Edgardo Russo, para la editorial argentina Cuenco de Plata.

El retorno de Ulises

Al dar punto final al Ulises, libro con el que trastocaría para siempre el arte de la novela, James Joyce aseguró que había puesto tantas alusiones y pistas en su obra que los críticos tendrían trabajo por muchos, muchos años. A poco menos de un siglo de la publicación del libro (lo sacó Sylvia Beach, librera de París, en 1922), la frase se ve corroborada por la correntada de literatura crítica que continuó el estudio pionero de Stuart Gilbert, a quien el propio Joyce usó como correa de transmisión de muchas de las claves del texto, homéricas y de las otras. El escritor irlandés no contempló a los traductores en su profecía autocumplida, aunque sí parece haberles dedicado arteramente su obra siguiente: la metamórfica Finnegans Wake, imposible de verter a otra lengua.

Lo cierto es que a pesar de las dificultades Ulises no dejó de hacer camino, con fascinación sostenida, en los más diversos idiomas. El periplo en castellano incluye una temprana incursión de Borges por el final del monólogo de Molly; la primera, heroica versión completa debida a J. Salas Subirats, que publicó Santiago Rueda en Buenos Aires (1945); la del español José María Valverde (1976) y, en fecha más reciente, otra firmada por Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas. A todas ellas acaba de sumarse una flamante traducción argentina, realizada por Marcelo Zabaloy con la colaboración de Edgardo Russo (El cuenco de plata), que recuerda una verdad elemental: la vitalidad de un clásico se refleja en la capacidad de cada época para reapropiárselo.

Juan José Saer reivindicó la primera versión de Salas Subirats, a pesar de algunos errores evidentes, como no haber advertido la recurrencia de ciertos leitmotivs lingüísticos. "El río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano, por un hombre de Buenos Aires –anota en Trabajos– , arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor ­­–aparte quizá de Roberto Arlt– había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad". Saer defendía esa versión frente a la de Valverde, más ajustada desde el punto de vista filológico, pero que, con su "tono de desdén justiciero" ante los defectos de su antecesora, olvidaba lo que ella misma tenía de provisional.

La nueva aproximación a una obra maestra invita –en homenaje a los prolongados esfuerzos del traductor– a un juicio lento, decantado. El enfoque verbal de Zabaloy, que un lector argentino agradece de manera intuitiva, permite un acceso inmediato al formidable laberinto de múltiples entradas por el que deriva Leopold Bloom durante aquel 16 de junio de 1904, fecha de la acción. Basta, para comenzar, celebrar alguno de sus hallazgos. ¿Un ejemplo? El final del primer episodio, cuando Stephen Dedalus abandona la torre Martello y una voz "dulcítona y sostenida" (sweettoned es el neologismo ideado por Joyce) parece llamarlo desde el mar.

lunes, 20 de abril de 2015

Ya está en librerías la segunda traducción argentina del "Ulises", de James Joyce

Si hubiera justicia, se trataría de una de esas noticias espectaculares que recorren el mundo. Pero sabemos que justicia no hay. Pensando más modestamente entonces, habrá que decir que se trata de uno de los grandes acontecimientos editoriales del año: acaba de distribuirse la nueva versión argentina del Ulises, de James Joyce.

Hasta la fecha, y sin contar la que acaba de salir, se habían efectuado tres versiones del  Ulises al castellano. La primera (Buenos Aires, Rueda, 1945), la realizó José Salas Subirat, quien, a lo largo del tiempo, tuvo que sufrir los excesos del español Eduardo Chamorro, encargado de “españolizar” lo que, de otra forma, según la tortuosa lógica peninsular, hubiera sonado demasiado argentino; la segunda (Barcelona, Lumen, 1976), fue traducida por José María Valverde; la tercera (Madrid, Cátedra, 1999) es labor conjunta de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas.

Según señalaba oportunamente el escritor y especialista español Eduardo Lago (cfr. entradas de este blog del 12 y 13 de febrero pasados), “es mérito de Salas Subirat el haber abierto el camino, y de hecho, su influencia sobre las traducciones subsiguientes es muy considerable”. Pese a esta afirmación, en “Ulysses in Spanish” –el penúltimo artículo de Assessing the 1984 Ulysses, un volumen editado por Georges Sandulescu y Clive Hart–, con típico salero, Franciso García Tortosa, muestra allí la poca estima en que tiene a la primera traducción al castellano “por los supuestos defectos, errores y omisiones en los que incurriría el traductor argentino Subirá […]”, según se cita al final del prólogo de la nueva y flamante edición argentina, publicada por la editorial El Cuenco de Plata.

Se trata de una nueva traducción a cargo de Marcelo Zabaloy, con la colaboración de Edgardo Russo, y notas del primero y Eugenio Conchez. A su vez, participaron de distintas etapas de lectura y revisión Teresa Arijón, Anne Gatschet y nuevamente Conchez. Será cuestión de leerla, compararla con las versiones precedentes y, claro, comenzar un nuevo debate. Entre otras cosas, para eso sirven los libros.