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lunes, 16 de septiembre de 2024

Fernando Vallejo traducido, candidato a un prestigioso premio en Estados Unidos


Leonardo Bautista Romero publicó en El Colombiano, del pasado 11 de septiembre, que una novela traducida al inglés del escritor Fernando Vallejo es candidata a uno de los más prestigios premios estadounidenses.

Fernando Vallejo, finalista del National Book Award, con la traducción de El desbarrancadero

El escritor colombo-mexicano Fernando Vallejo, nacido en Medellín, fue anunciado este martes como uno de los 10 finalistas del National Book Award 2024 en la categoría de Literatura Traducida, uno de los premios más importantes del mercado literario estadounidense.

Su célebre obra El desbarrancadero (The Abyss en inglés), traducida por Yvette Siegert y publicada en el mercado anglosajón en junio pasado por la editorial New Directions Publishing, lo posiciona como el único colombiano en la prestigiosa lista.

A través del libro, el autor ofrece una mirada profundamente personal y conmovedora sobre la muerte de un hermano, quien sucumbe lentamente al sida. El relato está cargado de una crudeza emocional, no solo al detallar el sufrimiento físico que atraviesa su ser querido, sino también al mostrar cómo, incluso en sus últimos días, Darío, quien padece la enfermedad, mantuvo su carácter tosco y vulgar, un reflejo de la complejidad de la relación entre los hermanos.

La novela, que aborda temas como la mortalidad, el dolor y la memoria, fue seleccionada junto a otras obras traducidas de seis idiomas, entre ellos árabe, danés y francés.

Vallejo comparte la lista con autores de renombre como Fernanda Trías, con Pink Slime, y Fiston Mwanza Mujila, con The Villain’s Dance.

The National Book Foundation anunció que los ganadores se conocerán el 20 de noviembre durante una ceremonia en Nueva York.

En el texto que publicó la fundación se resalta que la nominación al National Book Award no solo celebra la calidad literaria de Vallejo, sino también el impecable trabajo de Yvette Siegert en la traducción, lo que permitió que la poderosa narrativa de Vallejo cruce fronteras y llegue a nuevas audiencias.

El desbarrancadero se presenta como una profunda exploración de la memoria, la enfermedad y las relaciones familiares en el contexto de una Colombia convulsa, reflejando la visión crítica y despiadada del autor sobre la sociedad. Hoy, a más de dos décadas de su publicación original, la obra por sí sola demuestra que es imprescindible en el panorama literario colombiano e internacional.


jueves, 24 de octubre de 2013

Cuatro puntos de vista sobre la cosa

Las siguientes apostillas, acompañan la nota central de Guido Carelli Lynch publicada en Ñ el sábado 19 de octubre y reproducida en este blog en la entrada de ayer. Como podrá apreciarse, plantean diferentes visiones sobre el problema de la lengua y las pretensiones de supremacía sobre la misma. 













José Luis Moure: 
“Contra los fantasmas inducidos”

Es el nuevo presidente de la Academia Argentina de Letras (AAL), una institución que nació en 1931 “asociada” a la Real Academia Española, pero que a fines del siglo pasado cambió su estatus a “correspondiente”. José Luis Moure –de él se trata– no pierde las formas, pero tampoco es amigo de la corrección política. “El carácter de correspondiente parecería colocar a la academia (argentina) en cierta situación de mayor dependencia de la que tenía. Explícitamente nadie admite tal cosa, pero entonces ¿por qué y para qué se cambió la calificación? No tengo una respuesta clara para eso”, asegura en su despacho de la calle Bustamente, en la sede de la AAL.

–¿Son asimétricas la RAE y el resto de las academias americanas?
–En la corporación española ha habido un cambio en el sentido de admitir públicamente que todas las academias americanas de la lengua están con ella en un plano de igualdad. Objetivamente, me parece que los hechos no son así. La circunstancia histórica de que la Real Academia Española tenga 300 años explica algo de esto.

–Usted ha lamentado la dificultad para incorporar argentinismos al diccionario de la RAE.
–Se incorporan muy pocos y no encuentro razones para que no se incorporen todos, con la debida indicación del alcance y el registro al que corresponden. Si estamos hablando de un diccionario total empleado por la veintena de naciones que hablamos ese idioma, todo debería estar allí. Eso llevaría a un diccionario de proporciones gigantescas, porque lo mismo que uno puede pedir para la Argentina, lo podría reclamar cualquiera de los otros países, con lo cual construiríamos un diccionario que por su volumen resultaría casi inmanejable. Pero honestamente me parece una inconsecuencia que la RAE seleccione nuestro vocabulario e incluya en el Diccionario regionalismos peninsulares minúsculos y deja fuera términos empleados por millones de hablantes. Se trata de una discriminación que no está claramente explicada.

–En lo personal, ¿qué fantasmas lo preocupan con respecto al idioma?
–Absolutamente ninguno. Si un organismo vivo (como es la lengua), de acuerdo a lo que dice el propio Instituto Cervantes, está llegando a los 500 millones de hablantes y nos dicen que es el segundo en el número de hablantes nativos ¿de qué temor estamos hablando? Se habla también de la defensa del idioma, lo que me parece una contradicción difícilmente zanjable. ¿Cómo se puede hablar de la defensa de un idioma que tiene 500 millones de hablantes? Yo nunca he oído ese tipo de alarmas referido a un idioma como el inglés, que se habla en todo el mundo, en todas las variedades y registros, y que no tiene ninguna academia ni centro rector; y nunca he oído hablar de que corra peligro. Yo creo que ese sí es un fantasma inducido, con el propósito de que se puedan llevar adelante ciertos planes de unificación del idioma, que considero absolutamente ajenos a la lingüística.

–Esa es la política panhispánica: ¿a usted no le parece practicable?
–No soy enemigo del panhispanismo, simplemente creo que es una campaña que no va a ninguna parte. Tengo la impresión de que se trata de una empresa que se va a ir debilitando, porque no tiene qué cosa construir. Los hablantes en nuestros países van a seguir hablando sus modalidades y en la medida en que sean conscientes y deseen pertenecer a un mundo cultural común, lo que llamamos mundo hispanoamericano, la lengua va a tener la unidad que tuvo desde siempre. Cualquiera de nosotros tiene idea de que está hablando castellano, no lo pone en duda. Si hubiese algún peligro, se hablaría de esto hasta con un cierto temor.













Víctor García de la Concha: 
“No tratamos de hacer las Américas”

Doce años al frente de la Real Academia Española desgastan a cualquiera. Bajo su mandato se presentaron una nueva Gramática y una nueva Ortografía, dos trabajos conjuntos entre la Real Academia y las veintiún asociaciones de la Lengua Española, fruto –en sus palabras– de una política lingüística “panhispánica”. A sus 78 años, Víctor García de la Concha creyó que ya le había llegado la hora de descansar, pero Mariano Rajoy lo convocó para dirigir el bastión de diplomacia cultural más potente de habla hispana. “El gran proyecto por el que yo dirijo el Institituto Cervantes después de haber dirigido la Academia es para iberoamericanizarlo”, explica solícito por teléfono desde Madrid.

–¿Qué significa iberoamericanizar el Instituto Cervantes?
–El Cervantes nació como un impulso del gobierno de España y de todos los partidos políticos pues echábamos en falta un centro, una entidad, una institución que se encargara de la promoción, de la difusión, del estudio del español y de las culturas hispánicas. En un momento el Cervantes se extendió por Europa, el norte de Africa, Estados Unidos y Brasil, pero ahora quiere que todos los países iberoamericanos lo sientan como una cosa suya. Y por tanto –en pie de igualdad, como hemos hecho con las academias– tratamos que las instituciones de los distintos países participen en los grandes objetivos del Instituto Cervantes. Y la presentación de este proyecto también será objeto de tratamiento en el Congreso de Panamá.

–Se ha criticado en el pasado la pretensión del Cervantes de estandarizar a su favor los exámenes de español como lengua extranjera.
–Bastante más de la mitad de la cultura que se proyecta – música, teatro, cine– en los ochenta y siete Cervantes que hay en los cuarenta y cuatro países del mundo en estos momentos, es latinoamericana. Desde hace años, no desde que soy director. Evidentemente en cada país hispanohablante se enseñará la variedad del español que allí se habla y se escribe, que se habla porque en escritura las diferencias son tanto menores. Cada uno va a seguir haciendo lo que está haciendo. Si nos ponemos de acuerdo en cuáles son los parámetros que debe tener, sabremos qué diploma tiene valor.

–La política panhispánica es vista desde América como una nueva estrategia de expansión española.
–No tratamos con ello de ir a América o de hacer las Américas. Hemos firmado con el gobierno de México un acuerdo mediante el cual les cedemos todos los centros Cervantes para que proyecten en ellos la cultura mexicana y el gobierno mexicano nos cede a su vez sus centros en todo el mundo para lo mismo. Además, en los 14 centros mexicanos en Estados Unidos vamos a realizar actividades conjuntas, para enseñar la cultura y la lengua española con todas sus variedades. Del mismo modo, en el Cervantes de Madrid hay un centro de estudios mexicanos que naturalmente va a proyectar toda su cultura. Hemos firmado acuerdos lingüísticos y estamos negociando con Colombia, Chile y Perú. De tal manera que en el edificio de Cervantes en Madrid todas estas variedades americanas buscan su propio espacio físico de expansión.

–Cómo juzgó la carta “Por la soberanía idiomática” que firmaron escritores y académicos argentinos?
–No me sorprende porque conozco al núcleo que lo impulsa. Es una actitud respetable pero es contradictorio desde el título, porque nosotros desde España no estamos reclamando ninguna soberanía idiomática. Si alguien la reclama, es su línea programática y su responsabilidad. Lo que sí hay es una inteligencia poco rigurosa.


Fernando Vallejo: “Nosotros somos el idioma”

Las diferencias entre el español de América y el de España se aumentan cada día. Cada día estamos más alejados nosotros de ellos. En general son diferencias de vocabulario y pronunciación. Como nosotros somos 21 países y ellos uno solo, diré que el español es el hispanoamericano y no el peninsular. España es una provincia anómala del idioma, de la que podemos olvidarnos, a ver si consumamos así nuestra independencia de ellos, que nunca ha sido completa.

La Real Academia y las asociaciones de la lengua de cada país no cuentan para nada, podrían no existir.En cuanto al Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, que va para la vigésima segunda edición, es acientífico, católico, monárquico, mezquino. Es un diccionario casi siempre equivocado de lo que es propio de los países hispanoamericanos. La palabra "americanismo" debe desaparecer porque nosotros somos el idioma. La que tenemos que introducir entonces es "españolismo" para designar lo que es propio de España, o sea lo anómalo.


Sergio Ramírez: “En lo anómalo está la creatividad”

Las academias lo que hacen es certificar que las palabras y los giros del lenguaje son moneda corriente en la calle, o en la literatura. No se trata de una policía del idioma, sino de una entidad que “limpia, fija y da esplendor”. La lengua es algo vivo, que se mueve sin permiso de nadie, muta, inventa, traspasa fronteras, y se nutre de otras lenguas.

Las nuevas reglas ortográficas no se impusieron a nadie, simplemente han buscado la economía en la expresión, y la gente las ha aceptado porque tienen sentido, aunque a mí se me dificulte el cambio, pero la fuerza de la costumbre es muy poderosa. Si algo hemos ganado es que el español que se habla en la península y en América tienen ahora pie de igualdad.

Antes, frente a la Real Academia en tiempos del franquismo, había una categoría bastarda de americanismos, y lo legítimo era lo “castizo”. Eso se acabó. Hoy hay “peninsularismos” y todas las maneras de hablar el español son legítimas. Todos nuestros países son provincias anómalas del idioma, y en lo anómalo está la creatividad.




lunes, 9 de septiembre de 2013

"España es una provincia anómala del idioma"

El 26 de agosto pasado, Ñ digital publicó sin firma la siguiente nota sobre el escritor colombiano Fernando Vallejo, cuya fuente es Carmen Sigenza, de la Agencia EFE.

"La RAE publicó 22 ediciones de un diccionario
acientífico, monárquico, y clerical"

El autor de La virgen de los sicarios (1990) acaba de publicar en América y España su último libro, Peroratas (Alfaguara) donde se refiere a la lengua española, el amor a los animales, la religión, los políticos y el futuro del libro. Sus libros están allá pese a que el escritor dijo que no volvería a España mientras que el Gobierno pidiera la visa a los colombianos. 

Ahora, el conservador Gobierno español ha decidido que solicitará en septiembre a la Comisión Europea eliminar los visados para los ciudadanos de Colombia, una medida que a Fernando Vallejo (Medellín, 1942) le da ya igual.

"España devastó en los tres siglos largos de la colonia para llevarse el oro y la plata --argumenta el autor que vive en México desde 1971--. Sometió a los aborígenes de estas tierras y a los negros que trajo de África para sumarlos como esclavos. Eso era acaso una patria", se pregunta. 

"Cuando estalló la independencia, al abrigo de la invasión napoleónica de la península, los españoles se fueron con lo que pudieron y san se acabó el asunto, dejándonos en pago un espíritu burocrático de tinterillos públicos y la plaga del cristianismo. Así que al diablo con el cuento de la madre patria. España no es patria nuestra ni nunca ha sido", sostiene el escritor. 

Pero, Vallejo, un furioso de la palabra a la que siempre pone contra las cuerdas en sus novelas, como en sus ensayos, por encima de todo dice detestar todas las patrias. 

"Como decía mi mamá (sin que me quedara claro que quería decir con eso) al que no quiere caldo se le dan dos tazas y a falta de una patria tengo dos: Colombia y México, y como mexicano no tengo que sacar el famoso 'visado', como dicen ustedes, o 'visa', como decimos aquí en América", dice el autor de La virgen de los sicarios.

Este escritor que hace magia con las palabras en sus novelas asegura que no ha vuelto a España por cumplir su promesa, "una cuestión muy vieja, empolvada y olvidada, tanto de este lado del Atlántico como del otro: la del terrorífico honor español, el del teatro del Siglo de Oro". 

"Que es lo que no tienen --continúa-- los otros seis que firmaron conmigo la carta a los gobiernos de Aznar y Rajoy diciendo que no volveríamos a la madre patria si nos ponían la visa, pero que fueron volviendo uno a uno". Vallejo se refiere por este orden a Álvaro Mutis, Darío Jaramillo, Fernando Botero, García Márquez, Willam Ospina y Héctor Abad. 

En el libro que acaba de aparecer en España y América, Peroratas, donde reúne sus conferencias y ensayos, el autor de Años de indulgencia plasma su profundo amor por el castellano.

Y deja claro dos de sus mandamientos. Uno, "no te reproduzcas que la vida es un horror e imponerla el crimen máximo", y dos, "los animales de sistema nervioso complejo, y ante todo, los que el hombre domesticó, también son nuestros prójimos". 

Del idioma español, Vallejo asegura en el libro que está "en bancarrota", pero en la entrevista precisa: "En bancarrota o no --dice--, el español es el de América, el de los 19 países que en él insultamos o rezamos. No el de España que desde hace mucho dejó de ser la metrópoli y hoy es una provincia anómala del idioma, cosa que no saben en España, empezando por la Real Academia, que en estos días está cumpliendo 300 años". 

Y en este sentido, añade que es estos años la RAE ha publicado veintidós ediciones de un diccionario "acientífico, monárquico, y clerical, que del español que se habla aquí, en esta tierras, no sabe un carajo, y en el que llama 'americanismo' a las palabras y giros propios del español americano". 

"Se equivocan, señorías --asevera--. De lo que tienen que hablar ustedes es de 'españolismos', porque ustedes son un solo país frente a los diecinueve y no suman sino cuarenta y tanto millones frente a más de trescientos". 

De su amor a lo animales, sostiene que "la educación en la infame religión de Cristo nos pone una venda en los ojos que nos impide ver a los animales como nuestros prójimos". 

Y del Papa Francisco opina que no cree que obre ningún cambio en el mundo. "Qué cambio va a poder provocar ese pobre diablo que no sabe ni latín. Sabrá decir 'patata' en italiano...O sea 'papas', que es como decimos nosotros en América. Nosotros, los dueños del idioma", atiza Vallejo, quien también rescata al filólogo colombiano Rufino José Cuervo, a quien admira por ese amor por el castellano. 




sábado, 4 de diciembre de 2010

"La que no tiene futuro es la humanidad"


Publicado en el diario Página 12, en su edición del 2 de diciembre pasado, el siguiente artículo de Silvina Friera da cuenta de una conferencia del escritor colombiano Fernando Vallejo en la edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que está concluyendo este fin de semana.

"Todo cambia, todo pasa, todo se acaba"

Los editores de Cataluña se tienen que apurar. “Dentro de poquito van a ser como el cóndor de los Andes, una especie en extinción. Y no por catalanes, sino por editores”, pregona y aclara Fernando Vallejo en el Fórum Atlántida, un encuentro organizado por el gremio de editores de Cataluña y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). Ya está: lo consigue apenas arranca. El escritor colombiano desata con cada una de sus diatribas una catarata de carcajadas. Elena Ramírez, directora de Seix Barral, que lo acompaña para entablar un diálogo, también ríe. A veces parece que quiere que el público explote de la risa. Que se ría con él y de él. “Cuando cunda en serio el libro electrónico, esta profesión tan honorable que empezó algo después de Gutenberg, hace quinientos años, va a quedar más discontinuada que la de relojero o la de deshollinador.” El autor de La virgen de los sicarios recicla un estribillo. No es nuevo para quien lo haya oído: compone un personaje radicalmente provocador. Y, en su rabia desmesurada, risiblemente escatológico. “Todo cambia, todo pasa, todo se acaba y se lo lleva el viento, ¡qué le vamos a hacer!”, proclama con esa vocecita empinada por un nihilismo feroz.

“Si el viento les pudiera pasar las hojas a los libros electrónicos, el mundo habría empezado a andar bien. Pero no –aclara, por si algún confiado o ingenuo cree que a Vallejo le picó el bicho del optimismo–. Va mal, barranca abajo, irremediablemente, con uno de estos largos adverbios en ‘mente’ que tanto ofuscaban a Borges. Dichoso él, que descansó de ellos. Yo todavía no descanso de la música disco.” Los editores españoles siguen en plena fiesta, publicando libros a lo loco. El escritor apunta al blanco. Y dispara. El año pasado se lanzaron 76.000 títulos. “Oigan bien –pide–: títulos, no ejemplares, o ‘copias’ como dicen ahora los anglizados, que son todos menos yo, por terco.” En cuanto a los ejemplares, calcula que puestos los unos sobre los otros “alcanzan para llegar a la Luna, dar la vuelta y volver a la Tierra como si nada”. En su demoledor “informe de situación”, recuerda que los editores catalanes –que no suelen editar en su idioma, sino en uno ajeno, en español– son “los grandes artífices de esa hazaña y los que hoy mandan la parada”. A estos señores que lo invitaron, a los editores catalanes, les reclama que proscriban los anglicismos de los libros que editan en español, para “salvar a este pobre idioma en bancarrota”.

El escritor colombiano apela a un puñado de anécdotas personales para llevar agua al molino de una certeza: el fin del libro. Un amigo le trajo hace cinco años un ipod, que entonces en México, donde vive el escritor, no se conseguían. En apenas unos segundos le pasó todo Gluck, Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Wagner, Malher, Debussy, Richard Strauss. Y lo que le importa más: todo José Alfredo Jiménez y toda Chavela Vargas, los que más quiere. “El ipod era la piratería de la piratería. La madre de todas las piraterías, como diría el difunto Saddam Hussein”, ironiza el autor de El don de la vida. Otro amigo, en diez minutos, le pasó 3000 películas. “¡Pero para qué quiero yo tres mil películas si detesto el cine! Más que a Castro. Más que al Papa. Ah no, menos... Ah no, más...” Como si tuvieran convulsiones, unas quinientas cabezas que se agitan por el temblor que provoca la risa. “¿Quién le puede impedir a uno compartir su tesoro con el prójimo? Eso no es piratería; es amor cristiano”, define Vallejo. CD y DVD ya pasaron a engrosar “la lista de los discontinuados junto con los deshollinadores y el disco de acetato”. ¿Qué va a ser del libro? Se adivina la respuesta. “Se va a morir, como yo, como ustedes.” Un primer detalle que preocupa a Vallejo es que en el libro electrónico “el viento no puede pasar las hojas”. La flechita para que con el cursor se pase de página en página, siempre bajando, le parece un retroceso: “es como ir desenrollando un rollo de pergamino de los tiempos de Cicerón”. Al colombiano le gusta clavar el aguijón del desencanto. “El hombre avanza retrocediendo –afirma–. Por eso vamos tan bien. Y al que no le guste, se pega un tiro o se jode. Todo es cuestión de acostumbrarse; se acostumbra uno a vivir en un planeta atestado, con las calles atestadas, las carreteras atestadas, las conferencias atestadas, y siete mil millones de bípedos sabios comiendo y demás, ¡no se va a acostumbrar a pasar las hojas con un cursor! Eso es peccata minuta.”

Cuando irrumpe lo que se podría llamar un “matiz” en el pensamiento de Vallejo, una pequeña grieta por la que se cuela un poco de aire, pronto se esfuma. El personaje nunca descansa. “Por ahí he leído que el libro es como las tijeras y como la rueda, que no se pueden mejorar. No se podrán mejor, pero se pueden empeorar. ¡Cuál futuro del libro! ¡Si la que no tiene futuro es la humanidad!” Para el colombiano el libro digital acabará con el libro impreso. Los libros electrónicos se pueden manipular. Ese es el problema; que se pueda cambiar el texto es “gravísimo”. “Por ahí va a empezar el acabose –asegura–. ¿Se imaginan cuando a la canalla de Internet le dé por poner en un libro ajeno y firmado por otro las calumnias y miserias propias y lo echen a andar por el mundo?”

Aunque suene tan drástico sobre el futuro del autor, fundamenta con un ejemplo. El escritor detesta usar el verbo “escuchar”, que significa oír con atención. “Si los libros míos los pasan del papel a lo digital y a un lector malintencionado le da por manipular lo que yo escribí y donde puse ‘oír’ me cambia a ‘escuchar’ y mete mi libro en Internet y lo echa a andar por el mundo, acaba conmigo; está poniendo en boca mía palabras que nunca uso, que es lo que me pasa cuando doy entrevistas. Los periodistas aniquilan al escritor. Todo lo tergiversan, todo lo banalizan, todo lo estupidizan. Si uno dice algo bien, lo repiten mal; si uno se equivoca, dejan la equivocación; si dice uno una frase genial, la borran.” Los principales enemigos del escritor, según el colombiano, son: el corrector de pruebas, el periodista, el editor y el lector. En ese orden.

“En el libro manuscrito de antes de Gutenberg, y después en el impreso, también se podía manipular el texto. Pero no era fácil. Pasar al pergamino o al papiro un libro manuscrito para después echarlo a circular con una falsedad tomaba mucho esfuerzo y mucho tiempo”, compara Vallejo. “Los CD no son modificables, ni los DVD; uno no puede, por ejemplo, quitarle trompetas o clarinetes a un CD, o la ropa a una actriz de un DVD. Pero el libro electrónico sí lo es.” Además de esta diferencia, precisa otra: el soporte. “Mientras el material de un CD o un DVD no cuesta casi nada, el papel de un libro pirateado cuesta mucho, tanto o casi tanto, según su calidad, como el del libro auténtico”, subraya el escritor. Y a eso hay que sumarle la impresión del libro pirateado.

Vallejo interpela a los editores. Quiere saber por qué están cobrando en Europa 15 euros por un libro impreso y 10 por uno electrónico, si el libro virtual no tiene los enormes gastos de papel, impresión, almacenaje, distribución y transporte. “Se me hace un abuso para con el lector –advierte–. Tendrían que cobrarle un centavo de euro.” Que le paguen al autor del libro electrónico el mismo porcentaje del libro impreso, algo así como el 10 por ciento, le parece “injusto” para con el escritor. “El único dueño del libro electrónico tiene que ser el escritor”, plantea. “Por mí que se roben todos los libros míos; me hacen un honor. Pero eso sí, que no me los toquen: ni una tilde, ni una coma. Eso para mí es sagrado. Yo un trueno lo oigo, no lo escucho.”

Más que la piratería electrónica, que ya está a la vuelta de la esquina, Vallejo percibe que lo “terrible” es la posibilidad de que “un cualquiera, la chusma de Internet”, pueda modificar los libros. “Para escritores y editores el panorama lo veo sombrío. Que Dios nos agarre confesados.” Elena Ramírez le pregunta si aceptaría el libro electrónico en caso de que no se puedan manipular los textos. “No hay forma de proteger el libro electrónico. Si el libro se modifica, se acaba”, responde el escritor, quien añade que algo similar está ocurriendo con la prensa impresa y su “lenta” desaparición. El último reducto, intuye, será Francia, país que por su amor a los libros ofrecerá más resistencia. Protesta el escritor colombiano, con más o menos razón según el cristal con que se mire, porque los editores “defienden el último libro del autor y no los anteriores, que parece que fueran de dominio público”. Le retruca Ramírez: a pesar del diagnóstico, que evidentemente no comparte, considera que la figura del editor “será necesaria”.

Vallejo también le retruca. “La chusma escribe y calumnia en Internet y quién la controla. El editor desaparece. Yo no me preocupo por ustedes.” La directora de Seix Barral, estoica en su afán de preguntar, le promete que no bien termine la charla buscará empleo. “El mundo anglosajón nos colonizó el alma. Eso es una realidad; después nos colonizarán los chinos, si es que hay tiempo”, pronostica Vallejo. Un estudiante le pregunta qué pueden hacer los jóvenes para cambiar esta situación. “Si nos metemos en plan de consejos, mi postura ante la vida es que no hay que reproducirse. ¡No tengan hijos!” Una muchacha lo agarra en una “contradicción”. Le recuerda al escritor, un vegetariano militante, que contó en una entrevista que le da de comer pollo a su perro. “Ese es un conflicto que no puedo resolver, pero tú no puedes tratar de derrumbar mi moral”, le contesta.