martes, 21 de abril de 2026
Hoy, martes 21 hs., mesa de traductores
lunes, 15 de diciembre de 2025
Todo aquello con lo que se puede escribir un libro
martes, 11 de noviembre de 2025
Uno de los libros del año, comentado
En la revista Ñ del pasado 7 de noviembre, Kit Maud escribió una reseña de La madre de Beckett tenía un burro, de Matías Battistón. Según la bajada, "es una original disquisición sobre el trabajo de la traducción, pleno de anécdotas, conexiones y teorías, por Matías Battistón, uno de los más recientes traductores del escritor irlandés"
Este traductor no es ningún burro: Beckett en castellano
La mecánica cuántica y el arte de la traducción literaria no parecen tener mucho en común, pero hay una coincidencia fundamental: ambas se ejercen en el territorio de las posibilidades. Si un cálculo cuántico tiene que tener en cuenta dos (o más) respuestas distintas pero igualmente verdaderas, esto no es menos verdadero para una decisión de traducción. Pocas veces surge una frase que no ofrezca varias opciones igualmente acertadas en el idioma de destino, y hasta que esta decisión sea definitiva (o por lo menos la traducción haya sido entregada, impidiendo futuros cambios de criterio) todas siguen estando en juego. En el desafío que se le presentó al traductor Matías Battistón –el detonante para este maravilloso libro– el problema de las posibilidades explotó de manera exponencial.
Encargado con una nueva traducción de la famosa trilogía de Samuel Beckett –Molloy, Malone muere y El innombrable– la primera decisión que tuvo que tomar Battistón fue qué versiones usar: la francesa que vino primero, o la más tardía en inglés. Dado que Beckett los tradujo él mismo (con la “ayuda” inicial de un tal Patrick Bowles; destinada, como relata Battistón, al fracaso), en verdad hay dos “originales” de cada libro. Y más allá de la diferencia lingüística, hay discrepancias en sustancia también; efectivamente, en la transferencia del francés al inglés Beckett cometió lo que sería un pecado mortal para todo traductor pero fue perfectamente licito para el como autor; iba corrigiéndose y reescribiéndose a sí mismo.
Para los interesados en la traducción y en los estudios beckettianos, una explicación detallada de cómo Battistón fue resolviendo estos y muchos otros dilemas que le habrán aparecido durante semejante tarea sería fascinante (es de esperar que lo escriba algún día), pero La madre de Beckett tenía un burro no es ese libro. Es efectivamente la crónica de todas las investigaciones que Battistón se autoencargó para evitar, aunque de manera temporaria, tener que resolver dichos dilemas, una miscelánea literaria que va desde la historia de las primeras traducciones de Beckett al inglés, incluida su relación tortuosa con el pobre Bowles –horas sentados en un café parisino reescribiendo todo el trabajo que Bowles había hecho la noche anterior, escena beckettiana si las hay–, hasta varios otros ejemplos trágicos de las relaciones autor/traductor –Battistón presenta un argumento persuasivo de que lo que terminó de finiquitar a Nabokov fue una traducción insatisfactoria por parte de un traductor que bien podría haber sido uno de sus personajes–, y varías preocupaciones relacionadas más o menos con la traducción, un campo, al parecer, no desprovisto de una buena medida de fraudes, charlatanes y locos.
Así, al igual que en una reacción cuántica, cada nueva ocurrencia o pregunta conduce a otra búsqueda archivística, cuyos resultados están sintetizados en secciones con títulos como “El primer traductor que odió a Beckett” o “La difamación creativa” (dicha sección, obviamente, se refiere a Borges). De estas historias de famas e infamias surge una galería de figuras de la literatura de los siglos XX y XXI, pocas de las cuales se revisten de gloria. El fracaso parece algo endémico de la traducción.
Mientras Matías Battistón explora lo que pasa en las mentes de sus distintos sujetos traductores y traducidos (las cartas y entradas de diario que cita de Rosa Chacel son particularmente entretenidas), persiguiendo toda bifurcación prometedora con el esmero de alguien que de verdad no quiere hacer el trabajo que le fue encomendado, el lector tiene el privilegio de experimentar un poco de lo que pasa en su propia cabeza: un imaginario lleno de erudición amena, una ironía fina y una excelente apreciación del ritmo cómico, que remite con fuerza a ese tufo de obsesión y locura mezcladas que perfuma todo buen emprendimiento literario.
Para los interesados en la traducción y en los estudios beckettianos, una explicación detallada de cómo Battistón fue resolviendo estos y muchos otros dilemas que le habrán aparecido durante semejante tarea sería fascinante (es de esperar que lo escriba algún día), pero La madre de Beckett tenía un burro no es ese libro. Es efectivamente la crónica de todas las investigaciones que Battistón se autoencargó para evitar, aunque de manera temporaria, tener que resolver dichos dilemas, una miscelánea literaria que va desde la historia de las primeras traducciones de Beckett al inglés, incluida su relación tortuosa con el pobre Bowles –horas sentados en un café parisino reescribiendo todo el trabajo que Bowles había hecho la noche anterior, escena beckettiana si las hay–, hasta varios otros ejemplos trágicos de las relaciones autor/traductor –Battistón presenta un argumento persuasivo de que lo que terminó de finiquitar a Nabokov fue una traducción insatisfactoria por parte de un traductor que bien podría haber sido uno de sus personajes–, y varías preocupaciones relacionadas más o menos con la traducción, un campo, al parecer, no desprovisto de una buena medida de fraudes, charlatanes y locos.
viernes, 26 de septiembre de 2025
jueves, 11 de septiembre de 2025
Daniel Gigena entrevista a Matías Battistón
| Matías Battistón, modelo de Calvin Klein y traductor |
“Un libro que no está traducido por nadie debería generarnos la misma inquietud que uno que nadie escribió”
viernes, 8 de agosto de 2025
A fuerza de té y caldito, Matías Battistón escribió un libro genial que todos le agradecemos
Matías Battistón es fundamentalmente traductor. Considerando sus aportes en la especialidad, su nombre ya está inscrito entre los mejores que ha producido Argentina. Y ahora, a esos laureles suma el mérito de haber escrito uno de los mejores libros que hasta ahora se publicaron en 2025. Se trata de un supuesto "diario de traducción" sobre su trabajo con las novelas y cuentos de Samuel Beckett. ¿Por qué supuesto? Porque el diario está pero también es un ensayo sobre lo que es traducir, una pesquisa alrededor de los traductores de Beckett, una serie de reflexiones sobre Beckett como traductor de sí mismo, una guía de la continua dispersión a la que Battistón se somete cuando traduce a Beckett y muchos conatos de ficción que relatados con un magnífico humor hacen que éste sea un libro del todo singular que desafía toda categorización y que, por lo tanto, puede ser disfrutado por lectores especializados y neófitos. Curiosamente, fue publicado por Emecé, uno de los tantos sellos del Grupo Planeta, que, como es sabido, se especializa en editar libros generalmente malos. Se trata entonces de una muy bienvenida excepción.
Para concluir, Matías Serra Bradford publicó el siguiente suelto en la revista Ñ: "Quienes se preguntaban cómo hizo estos años Matías Battistón para traducir tantos libros simultáneos y sucesivos, tienen ahora la respuesta: no estaba traduciendo, estaba escribiendo. Este originalísimo ensayo suyo será sin duda uno de los libros del año. Sortea dos imposibilidades: ofrecer otro valioso trabajo sobre Beckett y decir algo nuevo sobre el problema de la traducción, acaso la estaba más noble que perpetró la literatura. Tarea heroica que su excelente humor hace bien en no santificar",
viernes, 11 de julio de 2025
"A medida que pasa el tiempo, las cosas, como el polvo, se van acumulando"
La siguiente entrevista de Matías Battistón con Jorge Fondebrider fue publicada en el número 20 de la revista Lenguas V;vas, publicada por el Instituto de Enseñanza Superior en Lenguas Vivas "Ramón J. Fernández". Trata, precisamente, sobre El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y sus distintos formatos, de lo presencial a lo virtual
Desde hace más de una década y media, el Club es un lugar de encuentro y debate sobre todo lo relacionado con el oficio de la traducción literaria y el mercado editorial. A las charlas presenciales –muchas de antología, como las de Ricardo Piglia, Sylvia Molloy o Andrés Ehrenhaus–, siempre grabadas y subidas a YouTube, hay que sumar el enorme archivo virtual de artículos, polémicas y noticias que alimentan el blog del Club hasta el día de hoy, y que lo convierten en un recurso único. Jorge Fondebrider, autor y traductor de incontables títulos, quien lleva adelante el proyecto, tuvo la amabilidad de responder algunas preguntas al respecto.
–El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires surge en 2009, ¿por qué?
–Traducir siempre fue una actividad solitaria. Cuando se hace profesionalmente, intervienen otros factores. El más notorio es la plata. Muchos editores se aprovechan del aislamiento de quienes traducen para fijar condiciones de trabajo del todo arbitrarias, que incluyen tarifas indignas, arguyendo falsas circunstancias del mercado.
–¿Cómo es eso?
–Se dio el caso de editoriales argentinas que se pusieron de acuerdo para mantener tarifas por debajo de la mínima. Cuando los traductores protestaban, les indicaban que eran los valores del mercado y que, para comprobarlo, podían consultar con otras editoriales, indicando los nombres de aquellas que formaban parte del contubernio. Y pueden hacerlo porque los traductores generalmente no conocen sus derechos. De ese modo, y enterado de esa situación, ante un caso puntual, del todo abusivo, le propuse a Julia Benseñor, amiga de una amiga en común, que inventáramos una excusa para empezar a discutir esas cosas públicamente. Ella prestó el que entonces era su estudio y así, en mayo de 2009, empezamos organizando dos reuniones mensuales. Convocamos, en principio, a los traductores que conocíamos, quienes a su vez trajeron a otros traductores, y decidimos que, para que las reuniones resultaran atractivas y se sostuvieran en el tiempo, tenían que ocuparse de problemas concretos, algunos de naturaleza técnica, otros de naturaleza cultural y, en ese tránsito, aprovechar esas reuniones para intercambiar, durante las comidas posteriores al evento, informaciones útiles sobre buenas y malas prácticas editoriales, contratos y tarifas.
–Entiendo que, en
paralelo, empezaron a publicar distintas cosas en un blog que existe hasta el
día de hoy.
–Sí. Muy pronto nos dimos cuenta de que muchas de las cosas que pasaban en las reuniones eran realmte interesantes y que tenía sentido compartirlas con otras personas, en otras partes del país y del mundo. Jorge Aulicino, que ya publicaba Otra iglesia es imposible, su blog diario de poesía, nos sugirió un blog. Rápidamente lo armamos y empecé a administrarlo ¡publicando tres o cuatro noticias diarias! Vale decir, a las “noticias” que generábamos, empecé a sumar las que se generaban en otros lugares, fueran esos blogs ajenos (como El Trujamán, de ACEtt, en España), revistas on line, diarios argentinos e internacionales, etc. Creo que el primer año, con lo que íbamos haciendo y con lo publicado en otras partes antes de la existencia del Club, teníamos con qué divertirnos. Pero, de a poco, empezamos a ocuparnos también de otras cosas: por un lado, de la actualidad del mundo editorial, que es el ámbito natural de los traductores literarios; por otro, de las polémicas ligadas a la actualidad de la lengua castellana, lo que nos llevó a tomar posición muy clara respecto de España. Ambas cuestiones nos llevaron a otras. Por ejemplo, a tratar de ver qué sabían sobre la traducción los escritores, los periodistas culturales, los editores, los libreros y todos los intervinientes en el mundo del libro. También a examinar las políticas referidas a la lengua, en la constante intrusión de las instituciones españolas (Real Academia, Instituto Cervantes, Fundéu, etc.) en el desarrollo del castellano de los distintos ámbitos latinoamericanos. Son muchos años de trabajo que hoy se revelan como un archivo francamente enorme que, por lo que sabemos, se consulta a diario.
–¿El ritmo de publicación es el mismo?
–No. Desde hace algunos años, ya no publicamos varias entradas diarias, sino apenas una, y ya no lo hacemos siete días a la semana, sino apenas cinco, tomándonos el mes de enero como descanso. El número de consultas sigue siendo el mismo. En estos quince años, hemos tenido 2.912.555 visualizaciones, con un promedio diario de unas 500 consultas. Y, de hecho, como está habilitada la posibilidad de comentarios, vemos que, curiosamente, hay gente que comenta sobre las discusiones varios años después de que tuvieron lugar. Exigimos que los comentarios sean firmados, algo que se advierte a la derecha de la página. Entendemos que esconderse detrás del anonimato es una forma de cobardía, sobre todo cuando quien comenta tiene intereses creados referidos a la entrada. En varias ocasiones, pescamos a funcionarios de la Fundéu, o de las empresas que la subvencionan (como Telefónica de España), que buscaban refutar nuestros dichos sin arriesgarse a decir quiénes eran.
–¿Dónde funcionó históricamente el
Club?
–Primero, como comenté, en esas oficinas que tenía Julia
Benseñor. A los seis meses, gracias a la gestión de la escritora Mercedes
Álvarez, tuve la posibilidad de convencer a Ricardo Ramón Jarne, por entonces
nuevo director del Centro Cultural de España, para que alojara nuestras
actividades. Allí estuvimos durante siete años en las mejores condiciones y lo
aclaro porque no fueron pocas las veces que en esa casa cuestionamos la
injerencia de España en las políticas de la lengua. Dado que esa institución grababa
todas las actividades que se realizaban, el Club empezó a crear un archivo de
las reuniones que, de inmediato, empezó a estar disponible en la web de los
españoles y en el blog del Club. Al cabo de ese tiempo, gracias a Carla
Imbrogno, mudé el club a la biblioteca del Instituto Goethe. Las reuniones
continuaron siendo grabadas y el director de la institución nos ofreció un
“viático”, con el cual se pudo pagar la cena que se ofrecía después de las
actividades. Allí, en la biblioteca del Goethe, estuvimos cinco años. Con la
pandemia, todo se interrumpió. Terminada la pandemia, hubo un cambio de
director en el Goethe y la bibliotecaria, a la que molestaba que una vez al mes
usáramos la biblioteca, convenció al nuevo director de que no siguiera
albergando el Club. Por ese entonces, atravesamos también un período turbulento
debido a una fuerte pelea con Julia Benseñor, a quien, siendo parte también de
la AATI, no le gustaba el continuo cuestionamiento que esa institución recibía
por parte del Club. Así, entre 2020 y 2023, las actividades se limitaron a
algún encuentro ocasional, a la participación en ámbitos internacionales y al
blog. En 2024, gracias a la buena voluntad de sus dueños, nos recibió la
librería El Jaúl, donde actualmente tienen lugar nuestras reuniones mensuales,
que también se filman y se suben al canal de YouTube de la librería y al blog.
–El corpus de encuentros del Club sobre traducción, grabados y disponibles en línea en YouTube, es hasta lo que yo sé el más extenso o importante en cualquier idioma o país. ¿Qué repercusión tuvo, a tu parecer, esta presencia digital? ¿Conocés iniciativas similares que hayan tomado al Club como modelo?
–A medida que pasa el tiempo, las cosas, como el polvo, se van acumulando. También los videos de nuestras reuniones que, dadas las dos instituciones y la librería, tienen como único lugar común el archivo del blog. Se accede a esos materiales haciendo clic en el ítem “Reunión del Club de Traductores Literarios”, en la columna de la derecha del blog, que está ordenada alfabéticamente. Sinceramente, no sé de otros archivos similares, aunque imagino que deben existir porque, en estas cosas, nadie inventa la pólvora. Hubo iniciativas argentinas, como la del Museo del Libro y de la Lengua, que grabó a diversos traductores hablando sobre el oficio. Y hubo algunas otras tentativas, como la que llevaron adelante Ariel Dilon y Martina Fernández Polcuch. Imagino que en otros países se habrán tomado iniciativas similares. En cuanto al Club como modelo, el único caso concreto que recuerdo es el del Círculo de Traductores de México. Durante uno de mis viajes a ese país, conocí a Lucrecia Orensanz, quien, con otros traductores, atravesaban circunstancias similares a las que le habían dado origen al Club. A ella le interesó mucho lo que hacíamos y se cargó el trabajo al hombro, creando el Círculo de Traductores, que, si no me equivoco, fue el germen de la AMETLI (Asociación Mexicana de Traductores Literarios). También tuvieron un blog y también grabaron los encuentros. Con todo, la realidad editorial mexicana es muy distinta de la nuestra y quienes siguieron la labor de Lucrecia tomaron otros caminos.
–Una parte importante
del blog son tanto los artículos de
opinión como las polémicas que el Club retoma o impulsa. ¿Qué importancia te
parece que tienen la polémica y los cruces en la discusión sobre traducción y
el mercado editorial?
–Mi sensación es que el blog del Club ofrece dos tipos de aportes distintos: los que genera y los generados por fuera de él. Estos últimos son, si se quiere, material de archivo, generalmente desperdigado, pero que el blog ordena temáticamente por ítem, de manera tal que si uno quiere saber sobre, por ejemplo, Borges y la traducción, puede recurrir a las muchísimas entradas que se ocupan del tema. Pero lo que el Club genera es lo realmente central. Hay ensayos, hay encuestas (para traductores, para escritores, para editores, para periodistas, para libreros, etc.), hay artículos de opinión sobre los más diversos temas, hay polémicas (sistemáticamente con España, pero también algunas locales y verdaderamente apasionadas, como las que de vez en cuando se generan entre traductores de poesía o teatro). Entiendo que, a medida que se fijan posiciones, hay quienes se pueden llegar a sentir molestos o excluidos. Por caso, hemos mantenido durante meses un ítem en el que nos ocupamos de señalar por qué el Diccionario de la Real Academia es malo, citando casos puntuales y recomendando que no se use como criterio de autoridad. Consecuentemente, en el Congreso de la Lengua de Córdoba, en una mesa redonda sobre “Corrección política y traducción”, yo mismo le recomendé al responsable del DRAE que sería más útil traducir al castellano el Webster o el Robert para mejorar las definiciones españolas (la filmación de esa discusión está en el blog). No podemos pretender que, después de ambas iniciativas, la Real Academia nos quiera… Y lo mismo pasa cuando denunciamos malas prácticas editoriales. El caso de Anagrama es paradigmático y universal, al punto de que Jorge Herralde, su ex propietario y director editorial, tuvo que salir a defender en Facebook su criterio respecto de las traducciones, dados los muchos y razonables ataques que sufrió la editorial desde toda América. Hubo asimismo en el blog una polémica que recogió un suelto de Mori Ponsowy en La Nación, en el que se hablaba de cómo el traductor de Anagrama le había cambiado el estilo a Raymond Carver. Al cabo de varios intercambios en el blog del Club, tuvo la nobleza de admitirlo y disculparse, prometiendo enmendar lo hecho en futuras reediciones, algo que nunca sucedió. Otro caso concreto en el que creo que aportamos algo se refiere a la visibilidad de los traductores. Nos ocupamos muchas veces de la necesidad de que el nombre de quien traduce figure en la tapa de los libros, algo que beneficia tanto al traductor como al editor. De a poco, y luego de muchas charlas, hubo editores que advirtieron la importancia de hacerlo y cambiaron sus políticas de edición. Y otro tanto sucedió con la mención de los traductores en la prensa escrita porque, hasta entonces, para muchos, los libros traducidos se traducían solos.
–¿Quiénes suelen colaborar en el blog?
¿Puede participar cualquier persona?
–Hay un núcleo duro, que se mantiene desde el principio: Jorge Aulicino, Andrés Ehrenhaus y Marietta Gargatagli. Con el tiempo, y con diversas participaciones, hay que mencionar a Alejandro González, a María José Furió, a Magdalena Cámpora, a Pedro Serrano, a Ian Barnett, Verónica Zondek… Hubo mucha otra gente –como Julia Benseñor, Silvia Camerotto, Florencia Baranger y otros– que nos acompañó por un tiempo y después, por diversos motivos, desapareció. Y sí, en el blog del Club puede participar cualquier persona. Basta con ponerse en contacto con nosotros.
–¿El Club es una
institución?
–No somos una institución. Elegimos llamarnos “club” para abreviar, pero carecemos de estatuto, mecanismo de ingreso y condiciones en términos generales. Somos los que somos, y nos juntamos cuando queremos. Tenemos, sí, un sesgo: somos traductores literarios en actividad. Eso implica que nuestra labor es eminentemente práctica como son prácticos nuestros problemas. Y aunque algunos somos universitarios y nos dedicamos, también, a la enseñanza de la traducción en ámbitos académicos, solo incidentalmente abordamos en el blog la historia de la traducción, y eso apenas para recordar a colegas que parecen sumidos en el olvido. En el Club no estamos interesados en la teoría de la traducción, la filosofía de la traducción, ni en Walter Benjamin, Paul de Man, Antoine Berman y toda la comparsa. Ya hay gente que hace eso con toda probidad en otros ámbitos. Sistemáticamente, compartimos en el blog las actividades del SPET, seminario que nos merece el mayor respeto y a cuyos miembros tenemos en muy alta estima. Pero no nos ocupamos de lo que ellos se ocupan.
–Además de los artículos
y los comentarios a los artículos, ¿qué comunicación suele establecerse entre
los lectores y el blog? ¿Recibís muchas consultas y comentarios privados? ¿De
qué tipo?
–De esto hablaba cuando decía que nuestra perspectiva es otra. Lo nuestro es mucho más inmediato. Entre otras cosas, nos ocupamos de lo que nos parece ausente en los llamados “estudios de traducción”. Por caso, recibimos muchas consultas de jóvenes traductores vinculadas a la ausencia de contratos o al modo en que están confeccionados, a las tarifas indicativas –que, a diferencia de la encuesta que realiza la AATI, suelen tomar parámetros menos tautológicos que el mero promedio de lo que les pagaron a los socios que la responden–, a los derechos y cosas así que forman parte de la realidad de los traductores literarios, quienes, dicho sea de paso, a la hora de ponerse a traducir un texto concreto, raramente piensan en lo que dijo sobre la traducción Benjamin.
–Entiendo que
establecieron distintas alianzas para llevar adelante proyectos vinculados a la
traducción.
–Sí, fueron fundamentales. Cada vez que pudimos, intentamos sumar fuerzas con instituciones de muy diversa naturaleza. En el plano internacional, a lo largo de los años, hemos estado presentes en actividades realizadas por la Fundación Para las Letras Mexicanas (de la Ciudad de México), en la Universidad Austral y en Universidad Diego Portales (ambas de Chile), en la East Anglia University (del Reino Unido), en la Cardiff University (de Gales), en el Trinity College, la Galway University y Literature Ireland (de Irlanda), en el Instituto Ramón Llull (de España). Asimismo, en distintas ocasiones recibimos apoyo real de Hernán Lombardi (ex Ministro de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires), Isabelle Berneron y Mateo Schapire (responsables del libro en el Instituto Francés de Buenos Aires), Horacio González (ex Director de la Biblioteca Nacional de la Argentina), Victoria Rodríguez Lacrouts (ex responsable de la sección Letras de la Fundación TyPA), Sioned Puw Rowlands (Directora del Wales Literature Exchange), Justin Harman (Embajador de Irlanda en la Argentina), Diarmuid O Giollain Gillan (Director del Programa de Estudios Irlandeses de la Universidad de Notre Dame, Indiana), etc. En los papeles, organizamos dos encuentros internacionales sobre traducción, con participantes de Argentina, Chile, España y México en Buenos Aires, uno en Bariloche y dos en Valdivia (Chile); también, unas jornadas internacionales dedicadas a Georges Perec, un simposio dedicado a Joyce y sus traductores, una serie de presentaciones de escritores galeses en Argentina, diversas actividades dedicadas a Flaubert, etc. Luego, con el Programa Sur, organizamos varias mesas dedicadas a la promoción de la traducción literaria y al intercambio con programas afines extranjeros tanto en la Feria de Frankfurt como en la de Guadalajara.
–Después de una década y
media del Club, ¿hay alguna conclusión que hayas sacado del proyecto?
–Varias. La primera es la del comienzo: traducir es una tarea
solitaria que, por lo tanto, exige intercambio con otros. Digamos que todos los
que frecuentamos el Club aprendimos mucho. Personalmente, encontré soluciones
vinculadas a problemas de traducción en lugares insospechados. Recuerdo en
particular una charla de Alejandro González sobre las traducciones de
Dostoievski en castellano que me revelaron, Vladimir Nabokov mediante, una
solución sobre un problema estilístico que había tenido traduciendo a Flaubert.
Eso, que parece tan abstracto, fue muy contundente y me ayudó a entender mejor
lo que estaba traduciendo. Y creo que ahí está la raíz de todo: el Club, desde
muy diversas perspectivas, ayudó a entender. Por ejemplo, la problemática de
los intervinientes en el mundo del libro que no son traductores. Muchas veces
he visto que los editores no siempre obran por mala voluntad, sino que muchas
veces se equivocan por ignorancia, y el Club está ahí para aclarar los
términos. Lo mismo ocurre con los traductores: en la medida que trabajan en un
mundo regido por plata, tienen que saber de dónde sale el precio de un libro y
cuáles son las posibilidades y los límites que existen para obtener una tarifa
justa. Luego, los traductores también tienen que saber que la palabra nombra a
distintos tipos de personas que se ocupan de distintas tareas desde diferentes
perspectivas. No es lo mismo traducir filosofía o psicoanálisis que novelas. Y
no es lo mismo traducir novelas que poesía o teatro. Y no es lo mismo que un traductor
sea además escritor o que sea solamente traductor. Se trata de gente muy
distinta que, finalmente, se enfrenta a problemas análogos, pero que no tienen
una única respuesta. Dicho de otro modo, el Club asumió la responsabilidad de
informar a los traductores literarios de aquellas cosas que los colegios de
traductores (que se ocupan fundamentalmente de la traducción jurídica) o que la
AATI (que tiene una mayoría de intérpretes y traductores científico-técnicos
por encima de los traductores literarios con trabajo en el mercado) no se
ocupan. Lo curioso es que, como traducir contratos o partidas de nacimiento no
es sexy, o traducir manuales sobre caños o folletos de medicamentos tampoco,
todo el mundo quiere ocuparse de la literatura y afines, aunque no esté
preparada para eso. Y lamento decir que la preparación no es ni una matrícula
ni un carnet societario. Ni siquiera un título de traductor. Para demostrarlo,
alcanzaría con comprobar, libros en mano, los nombres de quienes los traducen y
su falta de adscripción a las instituciones nombradas. El Club, por suerte, no
es una institución.
jueves, 27 de marzo de 2025
Otro trabajo brillante de Matías Battistón
Matías Battistón, ya fue dicho muchas veces, es un excelente traductor, pero también un tipo de genio. Para demostrarlo una vez más bastaría con leer su traducción de Belacqua, de Samuel Beckett, título impuesto por la editorial donde acaba de ser publicado More Pricks Than Kicks (1934), el primer libro del autor irlandés, que reúne una serie de cuentos sobre un singular personaje. A continuación se reproduce lo que Battistón escribió para justificar su traducción.
Sobre la traducción
Beckett tenía un cuaderno. Es decir, cuadernos tenía varios. Pero uno en particular, el de apuntes para su novela Sueño con mujeres que ni fu ni fa, que por suerte sobrevivió, nos permite ver un poco el método que utilizaba para escribir a comienzos de la década de 1930. Ahí es donde iba anotando, disciplinadamente, las frases y giros que tomaba de sus lecturas, muchas veces recónditas, con la idea de usarla en sus propios textos. Cada vez que lograba meter alguna, la tachaba, como si fuera una lista de pendientes. Muchas de esas citas son casi imposibles de identificar para el lector común, o incluso el más curtido, y sin embargo en esos guiños se juega gran parte de la apuesta estilística de Beckett: es una especie de respuesta moderna, joyceana, al antiguo género de los centones. Uno lo lee con cierto suspenso, y con cierta frustración también, como si en cualquier momento hasta la maceta del rincón pudiera citar a Horacio sin que uno se dé cuenta.
Si bien para este libro Beckett en general decidió escribir de una manera más despojada, el método más o menos se mantuvo. Sobre todo, claro, en las partes que él tomó de Sueño con mujeres que ni fu ni fa y que aquí adaptó, en particular el cuento “Una noche húmeda”. Hay muchos pasajes que directamente se vuelven incomprensibles o injustificables si uno no detecta la referencia. Algo similar pasa con las alusiones a ciertos detalles de Dublín o a la propia vida de Beckett. Además, claro, del uso constante de expresiones o frases enteras en otras lenguas, que él ni amaga a traducir. Es como si, parafraseando al personaje de la Ottolenghi, él preguntara a cada rato: “¿Les parece que es absolutamente necesario traducir esto?”.
Nunca podría decirse que a Beckett lo desvelara ser transparente. En plena Segunda Guerra Mundial, una vez incluso lo retuvieron unos guardias fronterizos porque pensaban que el manuscrito de Watt estaba escrito en código. Verlo como un mensaje espía, encriptado, les parecía más verosímil que verlo como literatura. Pero son sobre todo los textos de juventud los que parecen llevar como divisa: “Que lea el que pueda”. Así y todo, aunque la opacidad sea adrede, y el libro quizá no pueda apreciarse como corresponde si no nos deja perplejos, me dio la impresión de que se justificaba el trabajo de aclarar las alusiones y dar una traducción de lo que estuviera en otras lenguas, todo en notas al pie[1], a veces extensas, para que el lector pueda hacer trampa dignamente. Desde luego, el que no las necesite, o prefiera el muy entendible placer de no entender, puede obviarlas. Sé que hay algunas que sobran. Espero que eso compense las que faltan.
El título merece una aclaración aparte. More Pricks than Kicks es un juego de palabras con varias vueltas, que como de costumbre tarda mucho más en explicarse que en captarse. Podríamos empezar señalando que es una alusión a la frase to kick against the pricks, tomada de Hechos 26, 14, donde se narra la conversión de Saulo de Tarso en el camino a Damasco: “Todos caímos al suelo, y yo escuché una voz que me decía en arameo: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Duro es dar coces contra el aguijón’”. Con esta metáfora agropecuaria, Jesús estaría tratando de ilustrarle a san Pablo lo inútil y hasta dañino que puede ser resistirse a una fuerza invencible, como el buey que da patadas contra el aguijón o la aguijada que los boyeros usan para picar a la yunta. Volviendo a Beckett, more pricks than kicks significaría, entonces, “más aguijones [o aguijonazos] que coces”: más tormentos o imposiciones, si se quiere, que intentos de rebelarse contra ellos.
Sin embargo, kick en inglés también puede referirse a una experiencia divertida, placentera, como en get a kick out of something (“divertirse con algo”). Así que more pricks than kicks podría leerse como “más aguijones que diversiones”, en el sentido de “más de algo malo que de algo bueno” (con algún eco de otra frase hecha, more kicks than half-pence, “más patadas que monedas”, usada en general para referirse a una actividad que se paga con maltrato más que con dinero). De hecho, kick también puede aludir al placer sexual, y prick, al órgano masculino; en otras palabras, more pricks than kicks puede leerse también como “más penes que orgasmos”, una triste estadística. Y la cosa no termina ahí, si uno recuerda que además prick puede aludir —al igual que “pene” en algunos dialectos del castellano— a una persona molesta, idiota, energúmena. More pricks than kicks, de nuevo, podría significar entonces “más idiotas que buenos momentos” (más forros que polvos, digamos). En fin, con todo esto el lector ya puede seguir combinando los sentidos y alusiones por su cuenta y entretenerse buscándole incluso más vueltas a la frase.
Ahora bien, ¿cómo traducirla? Quizá convenga imitar la admirable curiosidad del alumno que espía el examen del compañero y preguntarnos antes cómo la han traducido otros. Porque traducciones de este libro en otros países ya hay varias, todas con títulos muy distintos.
Hasta ahora, la única traducción íntegra que había al castellano era la española de Víctor Pozanco para Lumen, publicada en 1990. Pozanco, calculo yo, habrá considerado intraducible el juego de palabras del título, porque lo descartó de plano y recurrió a una alternativa más explicativa y geográfica, Belacqua en Dublín. Es una solución que se aprecia mejor si captamos el guiño a Joyce: “Ulises en Dublín” era, justamente, el título de un cuento que se iba a incluir en Dublineses y que terminó convirtiéndose más tarde en la novela Ulises. Podemos imaginarnos a Pozanco descartando otras alternativas menos convincentes, como Retrato del Belacqua adolescente o Belacqueses, antes de llegar con alivio a esta.
Siempre es interesante ver cómo Beckett, que solía traducirse él mismo, cómo adaptaba sus propias obras al francés. Sin embargo, More Pricks than Kicks es uno de los pocos libros que él no llegó (o se negó) a traducir, aunque sí ponderó en su momento, sin mucho entusiasmo, un posible título, Ni bouche ni éperon. La expresión francesa n’avoir ni bouche ni éperon se usa para referirse a alguien tonto, insensible, como un caballo que no reacciona ni a la brida ni a las espuelas, así que esta alternativa mantendría cierto hálito cuadrúpedo en la imagen, al igual que la idea de insensibilidad o pasividad, aunque no la rima interna ni la aliteración. Tras la muerte de Beckett, varios propusieron otras alternativas (Plus de peur que de mâles, según Jean Jacques Mayoux; Plus de couilles que de coups, según Bruno Clément), hasta que Edith Fournier terminó traduciendo el libro para Éditions Minuit en 1994, todavía más libremente, como Bande et sarabande.
Por su parte, la traducción italiana de Alessandro Roffeni, publicada por primera vez por la editorial milanesa SugarCo en 1970, se decantó primero por eludir el problema, eligiendo un título seco y descriptivo, Novelle, y al reeditarse la obra cinco años después, por otro mucho más llamativo, Più pene che pane (que parece más bien el título de alguna película donde la Cicciolina tuviera que mantener a flote esforzadamente una panadería). Más cerca en el tiempo y el espacio, en 2021, Ana Helena Souza tradujo el libro al portugués para la editorial brasileña Biblioteca Azul, con el feliz título de Mais pontas que pés.
Al ver que ninguna de esas versiones se dejaba plagiar dócilmente, barajé opciones. Demasiadas, de hecho, que iban desde lo literal pero sin chiste (Más punzadas que patadas), al punto medio entre libertad y literalidad (tomando algún giro local, como “poner palos en la rueda” digamos, y adaptándolo: Más palos que ruedas), hasta otras del todo libres, que por ejemplo apuntaran a las connotaciones sexuales del original, cuando no al chiste verde (recordemos que Irlanda en su momento el título del libro en parte hizo que lo retiraran del mercado), tal vez incluso haciendo un guiño a la impotencia y al final infausto de Belacqua (Mal acaba). Así fui llenando páginas de tachones.
Mientras tanto, eché un último vistazo a otras latitudes y vi que, cuando Christian Enzensberger tradujo More Pricks than Kicks al alemán para Suhrkamp en 1989 como Mehr Prügel als Flügel, la crítica Ria Endres dedicó la mayor parte de su reseña en Der Spigel para explicar, no sin cierta crueldad, por qué el título estaba mal traducido; según ella, tendría que ser algo como Mehr Schwänze als Tänze. Se me ocurrió entonces que, para ahorrar tiempo y cortar por lo sano, yo directamente podría preguntarle a un reseñista impecable cómo traduciría el título en castellano él. La respuesta de Juan Comperatore, director de la revista El Diletante, fue Más coces que goces. Me pareció mucho mejor que todas las opciones que había garabateado yo, y más cercano al original que las otras que acabo de describir, así que lo adopté.
La editorial, sin embargo, después de escuchar todas las alternativas ya mencionadas, prefirió optar por la eufonía y simplicidad del nombre del protagonista, y decidió trocar traducción por bautismo: el libro pasaría a llamarse Belacqua. Yo acepté, claro. No patalear mucho me pareció, en cierto modo, otra forma de fidelidad al título en inglés.
[1] Todas
las notas al pie me pertenecen, salvo las notas del propio Beckett, indicadas
con “N. del A”. Una bibliografía pormenorizada de todas las fuentes que usé para
mis notas sería muy larga. Me limito a mencionar al académico John Pilling, que
hizo un gran trabajo rastreando las referencias de Sueño con mujeres que ni fu ni fa y estos cuentos, sobre todo en su
libro Samuel Beckett’s More Pricks than
Kicks: In a Strait of Two Wills (Londres, Continuum, 2011), sin el cual me
hubiera sido imposible desentrañar muchas partes del texto, y al que tantas
veces (no las suficientes) cito. Aprovecho también para señalar que Sueño con mujeres que ni fu ni fa es la
traducción de José Francisco Fernández de Dream
of Fair to Middling Women (Barcelona, Tusquets, 2011).
lunes, 10 de marzo de 2025
"Si mañana terminara 2025 podríamos decir que fue el rescate del año"
Guillermo Belcores publicó ayer, 9 de marzo, el siguiente comentario en las páginas culturales del diario La Prensa, a propósito de la reciente traducción de Matías Battistón, el muy consecuente traductor de Samuel Beckett, de Belacqua, el primer libro del autor irlandés.
El héroe zaparrastroso o antihéroe es una de las grandes invenciones literarias. No nos mueve a admiración, sino a risa, a lástima o a reflexión. No encarna lo que nos gustaría ser, sino lo que realmente somos: seres patéticos, ridículos a menudo, seres para la muerte como nos advertía Heidegger.
martes, 18 de febrero de 2025
Una encuesta para traductores sobre traducción e Inteligencia Artificial (2)
Segundo día de la encuesta.
Los traductores y la inteligencia artificial (2)
VERÓNICA ZONDEK (Chile)1) ¿Qué tan familiarizada está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial en
lo que a traducciones literarias se refiere?
Mi interés en la IA es posterior a las 6 o 7 versiones que estoy acostumbrada a hacer cuando traduzco poesía, por lo que viene a ser una versión más, por lo general sólo un referente. Hace muy poco empecé a mirarlo porque sentí que debía estar al tanto.
2) ¿Considera que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, ¿por qué sí? Si
no, ¿por qué no?
Me parece que es una herramienta más. También creo que no es posible reemplazar al humano, al menos para la traducción de cierto tipo de literatura y de atmósferas y multiplicidad de sentidos.
3)
Cree que la IA supone un riesgo para la profesión? Si sí, ¿por qué sí? Si
no, ¿por qué no?
El
riesgo de todo lo que cambia. Los cambios son siempre riesgosos porque no
se pueden planificar.
MATÍAS BATTISTÓN (Argentina)
1)
¿Qué tan familiarizado está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial
en lo que a traducciones literarias se refiere?
Uso DeepSeek y alguna que otra IA desde hace un año y pico, en general para realizar consultas culturales o terminológicas más que para darles textos a traducir y ver qué sale, aunque eso lo hago cada tanto. Ya tengo cierta noción de la calidad de las traducciones automáticas que producen a esta altura, aunque siempre te logran sorprender con lo que hacen inesperadamente bien y lo que hacen inesperadamente mal. (En eso se parecen a los estudiantes de cualquier traductorado). También la he usado para pedirle juegos de palabras con algún campo semántico específico, si me hacían falta. Los resultados ahí suelen ser tremebundos todavía, pero de rebote pueden inspirar algo con sus respuestas, como un Watson autómata. Y de vez en cuando uso la IA para perder el tiempo con cualquier otra cosa, que es parte indispensable de mi proceso de traducción.
2)
¿Considera que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, ¿por qué sí? Si
no, ¿por qué no?
Por ahora, en mi caso, probablemente por haber traducido tanto con buscadores y diccionarios, la IA me resulta más bien prescindible (lo que no implica que la IA no me esté haciendo prescindible a mí mientras tanto, claro). En general tengo que obligarme a recordar que existe antes de usarla. Y si bien para búsquedas bibliográficas y terminológicas tiene su utilidad, porque puede ser más inmediata que ir peinando y barajando distintos materiales de consulta, por ahora la tendencia de la IA a alucinar (es decir, a inventar datos, incluso cuando se pide expresamente que justifique sus respuestas y cite sus fuentes) hace que uno deba tomar los resultados con muchas pinzas. En cuanto a la posibilidad de “poseditar” una traducción automática en lugar de traducir directamente, por lo que vi el ejercicio no suele ahorrar tanto tiempo, y en textos largos las chances de que a uno se le fugue un quelonio (p. ej., que se escapen o filtren giros que uno no usaría, deslices de tono, pifies de contexto y demás) es considerable. Traduciendo uno se equivoca también, claro, pero son errores más queribles. Y como por A o por B lo que muchos terminan mirando de una traducción son los defectos más que las virtudes, ese podría convertirse en un rasgo distintivo al comparar entre traducciones humanas y automáticas: la calidad o el peso del error, la marca autobiográfica del furcio. Y también la originalidad, imagino, lo que nos lleva a esa pregunta tan extraña: ¿qué hace que un traductor sea original?
3)
¿Cree que la IA supone un riesgo para la profesión? Si sí, ¿por qué sí?
Si no, ¿por qué no?
Creo
que sí, por simple economía. Es posible que al principio los editores se
resistan a implementar la IA, por cuestiones más bien personales o
sentimentales: extrañarán la artesanía de explotar traductores de carne y
hueso, les rodará un lagrimón por la cara al recordar el último contrato de
traducción leonino que le hicieron firmar a algún incauto, soltarán una risita
melancólica por los derechos que obligaron a ceder a perpetuidad o que nunca
liquidaron... Pero si la calidad de las traducciones automáticas sigue
aumentando (cosa muy probable, aunque uno nunca sabe cuándo va a imponerse la
ley del rendimiento decreciente), imagino que muchos querrán experimentar con
cambiar traductores por poseditores (el nombre del traductor ya pateado al
escalafón inferior) en al menos parte de sus catálogos. No es que la IA vaya a
igualar de manera necesaria las habilidades de un humano en el corto plazo,
pero no hace falta. Lo único imprescindible es cruzar un umbral de
rentabilidad. No sería la extinción de la profesión, pero sí un golpe fuerte a
la oferta de trabajo interesante y bien remunerado y una prueba de que, por
increíble que parezca, siempre se la puede precarizar más aún.
JAN DE JAGER (Argentina)
1) Qué
tan familiarizado está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial en lo
que a traducciones literarias se refiere?
La IA me parece una extensión o ampliación de lo que ya se podía hacer con Google Translate y con DeepL y similares. A veces simplemente ahorra tiempo de tipeado y permite mirar el texto resultante como quien corrige un trabajo, mejor o peor, de un alumno.
2) Considera
que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, por qué sí? Si no, por qué
no?
Es una herramienta útil. De todos modos ya hay muchas editoriales (o clientes de traducciones jurídicas o científicas) que preguntan si uno como traductor usa estas herramientas y prefieren el trabajo más artesanal. Lo cual en cierto modo habla de algo de neofobia, pero también del aprecio que tenemos los humanos por las cosas “hechas a mano” versus el producto industrial.
3) Cree
que la IA supone un riesgo para la profesión? Si sí, por qué sí? Si no,
por qué no?
Para
mí la traducción es un género literario, no un subproducto del trabajo de otro
autor. Es posible que la demanda económica disminuya, pero la traducción como
ejercicio literario y mental es tan fundamental como lo es aprender a hacer las
cuentas para los escolares, a pesar de la facilidad que ofrecen las
calculadoras: de lo contrario, todo pasa a ser un arcano enigmático, y el
cerebro cada vez más empobrecido.