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martes, 21 de abril de 2026

Hoy, martes 21 hs., mesa de traductores

 

Invitados por Eugenia Zicavo, para su programa Modo Libro, de Futurock, hoy  estamos en el canal de Youtube de Futurock. 

lunes, 15 de diciembre de 2025

Todo aquello con lo que se puede escribir un libro

El escritor y periodista uruguayo Martín Bentacor (en la viñeta) reseñó el pasado 12 de diciembre La madre de Beckett tenía un burro, de Matías Battistón, para el semanario uruguayo Brecha. Lo hizo con la inteligencia que lo destaca de muchos de sus colegas.


Fiebre y manchas de sol

Pocas tareas intelectuales alcanzan la complejidad que produce una traducción literaria. Enfrentado a un texto en otro idioma, el traductor no solo debe escanciar en el odre de su lengua la sustancia estrictamente léxica del original, sino que, además, con los recursos de su propia escritura, debe mantener la cadencia que sustenta el estilo del autor que traduce. Permítaseme citar acá al maestro Vladimir Nabokov, que, al describir en un pasaje de su novela Barra siniestra la labor de un traductor de Shakespeare, dice (en traducción de J. Ferrer Aleu): «Era como si alguien que hubiese visto cierto roble (llamado en adelante A individual) que crecía en cierto país y proyectaba su propia sombra única sobre el suelo verde y pardo, hubiese procedido a levantar en su jardín una máquina prodigiosamente complicada que, en sí misma, fuese tan distinta de aquel o de cualquier otro árbol como lo son la inspiración y el lenguaje del traductor de los del autor del original, pero que, gracias a ingeniosas combinaciones de piezas, efectos de luz y motores creadores de brisa, proyectaría una vez terminada, una sombra exactamente parecida a la de A Individual: la misma silueta que cambia de la misma manera, con las mismas dobles y sencillas manchas de sol que ondulan en la misma posición, a la misma hora del día».

Esa labor prodigiosa, que enfrenta a un hombre con un texto y con las reglas de dos idiomas diferentes durante un lapso de tiempo variable, muchas veces ignorada por lectores, críticos literarios y hasta por los propios editores (a esta altura del partido es un gesto de deslealtad intelectual omitir el nombre del traductor en la portada de un libro traducido), se encuentra en el centro del libro La madre de Beckett tenía un burro, del escritor y traductor bonaerense Matías Battistón (1986), un poliédrico diario de traducción que dinamita los diques de las estructuras literarias, canibaliza la materia ensayística y se lee como una novela.

Battistón, traductor de autores tan diversos como Roland Barthes, Virginia Woolf, John Cage, Fernando Pessoa y Gertrude Stein, arranca su diario en una habitación sin calefaccionar de una Dublín nocturna y congelada. Abrigado hasta las orejas, se enfrenta a la tarea de traducir Molloy, Malone muere y El innombrable, la inmortal trilogía de Samuel Beckett, además de otros libros para los que había sido contratado. Fatigador de bibliotecas y de la deep web, frecuentador de biografías, artículos, reseñas, memorias y demás paratextos que rodean las obras que traduce, Battistón ha encontrado un dato tan irrefutable como inútil: «La madre de Beckett tenía un burro».

Además de los eventuales hallazgos, dubitaciones, revelaciones y puntos muertos a los que arriba un traductor durante su tarea, también se despliega ante él una masa de información variopinta, que puede ser utilizada para alumbrar cierto pasaje en una eventual nota al pie o quedar boyando sin más entre las carpetas y apuntes de trabajo. «Con lo que queda afuera al traducir, con lo que anoto en cuadernos y archivos que después no abro nunca más, con lo que me sigue rondando en la cabeza un tiempo hasta apagarse, se podría armar un libro», escribe Battistón en las páginas iniciales, a modo de tesis y de justificación del propio texto que el lector tiene entre manos.

* * *

Así, en las 200 páginas que siguen, el traductor exhibe un repertorio de historias, personajes, situaciones, anécdotas y conexiones múltiples que, lejos de dispersarse en una galaxia de pura miscelánea acumulativa, se ensambla de cuidadosa forma hasta llegar a la entrada final del diario, auténtico cenit de La madre de Beckett tenía un burro.

Atraviesan las páginas de este novedoso libro de Battistón situaciones y personajes, como el crítico y galerista Jean Frémon, autor del pequeño libro A Beckett le aprietan sus zapatos; los sistemas de traducción contrapuestos de Erri de Luca y César Aira; la increíble historia de Gilles Chahine y su sufrida traducción de Ada o el ardor, de Nabokov; la labor de José Bianco como traductor de la editorial Sur; los hallazgos que depara Malone morre, la traducción al portugués que el poeta Paulo Leminski publicó en 1986; la labor de Giorgio Manganelli como evaluador de pruebas de traducción al italiano; las consideraciones del poeta paraguayo Elvio Romero sobre la labor como traductor del poeta Alberto Girri («Girri destruyó la poesía argentina. Nadie recuerda sus versos. Con sus traducciones destruyó el lenguaje español»); la pléyade reunida alrededor de la revista literaria Merlin, publicada en París entre 1952 y 1954; el oscuro final de Rudolf Klement, traductor al alemán de Trotski; el vínculo entre Beckett y el poeta Patrick Bowles y el de Jorge Luis Borges con su traductor al inglés, Norman Thomas Di Giovanni; la correspondencia entre Rosa Chacel y Ana María Moix; la presunta traducción emprendida por Juan José Saer de un texto de Beckett en inglés, y la traducción al inglés que el escritor William Carlos Williams emprendió junto con su madre octogenaria y casi ciega de El perro y la calentura, de don Francisco de Quevedo.

Con una cualidad notable para ensamblar historias y datos diversos y una prosa precisa, no exenta de bienvenidos giros sardónicos, Matías Battistón escribió un libro personalísimo, que por ciertas derivas del oficio dialoga muy bien con Se vive y se traduce, de la poeta y también traductora argentina Laura Wittner, y que tiene como modelos lejanos a Nuevo museo del chisme, de Edgardo Cozarinsky, y Palacio de olvido, de Alberto Tabbia, pero que constituye en sí mismo un particular objeto editorial que le permite al lector, entre otras cosas, contemplar la extrañeza y el desafío que a todo traductor le provoca aquel nabokoviano A Individual.

martes, 11 de noviembre de 2025

Uno de los libros del año, comentado

En la revista Ñ del pasado 7 de noviembre, Kit Maud escribió una reseña de La madre de Beckett tenía un burro, de Matías Battistón. Según la bajada, "es una original disquisición sobre el trabajo de la traducción, pleno de anécdotas, conexiones y teorías, por Matías Battistón, uno de los más recientes traductores del escritor irlandés"

Este traductor no es ningún burro: Beckett en castellano

La mecánica cuántica y el arte de la traducción literaria no parecen tener mucho en común, pero hay una coincidencia fundamental: ambas se ejercen en el territorio de las posibilidades. Si un cálculo cuántico tiene que tener en cuenta dos (o más) respuestas distintas pero igualmente verdaderas, esto no es menos verdadero para una decisión de traducción. Pocas veces surge una frase que no ofrezca varias opciones igualmente acertadas en el idioma de destino, y hasta que esta decisión sea definitiva (o por lo menos la traducción haya sido entregada, impidiendo futuros cambios de criterio) todas siguen estando en juego. En el desafío que se le presentó al traductor Matías Battistón –el detonante para este maravilloso libro– el problema de las posibilidades explotó de manera exponencial.

Encargado con una nueva traducción de la famosa trilogía de Samuel Beckett Molloy, Malone muere y El innombrable– la primera decisión que tuvo que tomar Battistón fue qué versiones usar: la francesa que vino primero, o la más tardía en inglés. Dado que Beckett los tradujo él mismo (con la “ayuda” inicial de un tal Patrick Bowles; destinada, como relata Battistón, al fracaso), en verdad hay dos “originales” de cada libro. Y más allá de la diferencia lingüística, hay discrepancias en sustancia también; efectivamente, en la transferencia del francés al inglés Beckett cometió lo que sería un pecado mortal para todo traductor pero fue perfectamente licito para el como autor; iba corrigiéndose y reescribiéndose a sí mismo.

Para los interesados en la traducción y en los estudios beckettianos, una explicación detallada de cómo Battistón fue resolviendo estos y muchos otros dilemas que le habrán aparecido durante semejante tarea sería fascinante (es de esperar que lo escriba algún día), pero La madre de Beckett tenía un burro no es ese libro. Es efectivamente la crónica de todas las investigaciones que Battistón se autoencargó para evitar, aunque de manera temporaria, tener que resolver dichos dilemas, una miscelánea literaria que va desde la historia de las primeras traducciones de Beckett al inglés, incluida su relación tortuosa con el pobre Bowles –horas sentados en un café parisino reescribiendo todo el trabajo que Bowles había hecho la noche anterior, escena beckettiana si las hay–, hasta varios otros ejemplos trágicos de las relaciones autor/traductor –Battistón presenta un argumento persuasivo de que lo que terminó de finiquitar a Nabokov fue una traducción insatisfactoria por parte de un traductor que bien podría haber sido uno de sus personajes–, y varías preocupaciones relacionadas más o menos con la traducción, un campo, al parecer, no desprovisto de una buena medida de fraudes, charlatanes y locos.

Así, al igual que en una reacción cuántica, cada nueva ocurrencia o pregunta conduce a otra búsqueda archivística, cuyos resultados están sintetizados en secciones con títulos como “El primer traductor que odió a Beckett” o “La difamación creativa” (dicha sección, obviamente, se refiere a Borges). De estas historias de famas e infamias surge una galería de figuras de la literatura de los siglos XX y XXI, pocas de las cuales se revisten de gloria. El fracaso parece algo endémico de la traducción.

Mientras Matías Battistón explora lo que pasa en las mentes de sus distintos sujetos traductores y traducidos (las cartas y entradas de diario que cita de Rosa Chacel son particularmente entretenidas), persiguiendo toda bifurcación prometedora con el esmero de alguien que de verdad no quiere hacer el trabajo que le fue encomendado, el lector tiene el privilegio de experimentar un poco de lo que pasa en su propia cabeza: un imaginario lleno de erudición amena, una ironía fina y una excelente apreciación del ritmo cómico, que remite con fuerza a ese tufo de obsesión y locura mezcladas que perfuma todo buen emprendimiento literario.

Para los interesados en la traducción y en los estudios beckettianos, una explicación detallada de cómo Battistón fue resolviendo estos y muchos otros dilemas que le habrán aparecido durante semejante tarea sería fascinante (es de esperar que lo escriba algún día), pero La madre de Beckett tenía un burro no es ese libro. Es efectivamente la crónica de todas las investigaciones que Battistón se autoencargó para evitar, aunque de manera temporaria, tener que resolver dichos dilemas, una miscelánea literaria que va desde la historia de las primeras traducciones de Beckett al inglés, incluida su relación tortuosa con el pobre Bowles –horas sentados en un café parisino reescribiendo todo el trabajo que Bowles había hecho la noche anterior, escena beckettiana si las hay–, hasta varios otros ejemplos trágicos de las relaciones autor/traductor –Battistón presenta un argumento persuasivo de que lo que terminó de finiquitar a Nabokov fue una traducción insatisfactoria por parte de un traductor que bien podría haber sido uno de sus personajes–, y varías preocupaciones relacionadas más o menos con la traducción, un campo, al parecer, no desprovisto de una buena medida de fraudes, charlatanes y locos.

jueves, 11 de septiembre de 2025

Daniel Gigena entrevista a Matías Battistón

Matías Battistón, modelo 
de Calvin Klein y traductor
El pasado 9 de septiembre, Daniel Gigena publicó en La Nación una nota a propósito del primer libro de Matías Battistón, traductor de, entre muchos otros títulos, las principales novelas del irlandés Samuel Beckett. En la bajada se lee: "Con La madre de Beckett tenía un burro el autor publica un original ensayo sobre su oficio, los errores más comunes de la traducción y la relación con los editores".


“Un libro que no está traducido por nadie debería generarnos la misma inquietud que uno que nadie escribió”

En lo que comienza como el relato de las desventuras de un becario argentino (muy engripado) en Dublín y que se transforma luego en un diario mientras traduce la célebre trilogía del irlandés Samuel Beckett (Molloy, Malone muere y El innombrable), el escritor y traductor Matías Battistón (Buenos Aires, 1986) elabora una suerte de original ensayo narrativo sobre el oficio de la traducción. En La madre de Beckett tenía un burro (Emecé, $ 29.990), su primer libro como autor, cuestiones que parecen reservadas a especialistas -como la historia de las traducciones de Beckett y el destino de quienes las llevaron a cabo- se vuelven material interesante, entretenido y debatible para los lectores. El libro está organizado en capítulos que se fragmentan. 

Por las páginas de La madre de Beckett tenía un burro desfilan, además del Nobel de Literatura 1969 (que se tradujo a sí mismo al francés y el inglés), Vladimir Nabokov, Ramón Buenaventura (despectivo con la “obra maestra” de Jonathan Franzen que le tocó traducir, Las correcciones), William Carlos Williams, José Bianco y Paulo Leminski (traductores de Beckett), Jorge Luis Borges y Rosa Chacel, indignada por el poco dinero que le pagaban en Sur por sus traducciones. El trato que se les dispensa a los traductores literarios no mejoró mucho, pasadas las décadas. “Mi relación con los editores suele ser cordial. Ellos simulan que esta vez me van a pagar mejor y yo simulo que esta vez voy a cumplir con los plazos pactados”, revela Battistón a La Nación.

“Mientras traduzco leo, y mientras leo pienso, generalmente en otra cosa. Pienso en la misma lectura, por ejemplo en quiénes somos o quiénes elegimos ser cuando leemos, en el punto de vista que adoptamos para entrar a un texto”, razona el narrador que no es otro que Battistón, un escritor que traduce y un traductor que escribe.

-¿Cómo surgió la idea del libro y qué método usaste para escribirlo? ¿Es una recopilación de apuntes sobre Beckett, un diario de traductor?
-En 2016, Ediciones Godot me encargó la traducción de Molloy, Malone muere y El innombrable, y al poco tiempo recibí una beca para ir a traducirlas a Irlanda. La traducción se fue extendiendo y complicando, igual que mis excusas para no terminarla. Siempre había pensado que las traducciones dejan un tendal de cosas sueltas, dispersas, muchas veces fascinantes, que uno descubre y que después no sabe cómo aprovechar o dónde meter: problemas con los textos, datos inverosímiles, anécdotas propias y ajenas. En este caso, más todavía. Así que decidí hacer un libro con todo eso, que en un principio quiso ser un ensayo, después un diario y después una especie de narración, y que al final se rebeló y se convirtió en una mezcla de todo eso junto.

-¿Qué características del oficio de traductor a las que te referís en el libro reconocés como propias?
-Las frustraciones, las excusas, los retrasos, las molestias, los hallazgos, los rencores, las taras, las quejas, las muchas y variadas maneras de evadirse, los caprichos, los apuros, los dislates, las rapiñas, los alivios, los momentos de ilusión o de obsesión, las tarifas imposibles y, en definitiva, todo lo que pongo en el libro, aunque no todo al mismo tiempo.

-¿La IA podría traducir a Beckett?
-Es muy difícil establecer límites a lo que podrá hacerse en un futuro, pero es claro que un libro que no está traducido por nadie debería generarnos la misma extrañeza y la misma inquietud que un libro que nadie escribió. El problema es que, paradójicamente, muchos consideran al traductor una especie de obstáculo a la traducción, alguien que no debería estar. Cuando, para mí, es un vector más de la obra, un actor con el que incluso nos podemos llegar a identificar, así como nos podemos identificar con el autor en vez del protagonista de una historia. Desde luego, en un futuro cercano la IA será tan capaz de escribir las reseñas que se publiquen en los diarios sobre libros traducidos como de traducir esos libros; de hecho, diría que la IA es más convincente hoy en día escribiendo reseñas que haciendo traducciones, así que quizá el problema se termine cancelando cuando tanto la producción como la recepción se automaticen. Eso sí, no veo exactamente dónde queda la gente en esa ecuación.

-¿Traducir es ahora un trabajo bien remunerado en la Argentina o sigue igual que en la época de Sur?
-Los avances desde la época de Sur son pocos, aunque no menores: hoy es más común que figure el nombre del traductor o la traductora en la tapa o en un lugar visible del libro, por ejemplo. No encontré un solo contrato firmado por un traductor en el Archivo Sur, así que también es posible que los contratos de traducción fueran menos comunes que ahora. Sin embargo, en esencia la situación es la misma: la traducción literaria es un trabajo mal remunerado, que exige mucha dedicación, tiempo y cabeza, y que a la larga se vuelve desgastante. Se hace porque a uno lo impulsa esa pasión efervescente que provocan todas las malas decisiones, supongo. Por eso y por el entusiasmo desmesurado, al mismo tiempo casi apropiador y proselitista, que puede llegar a sentirse en ciertos momentos con ciertas obras.

-¿Se puede traducir un libro que se desprecia?
-Hace poco se me suicidaron la heladera y el horno casi juntos, como una especie de pacto o de tragedia electrodoméstica, y fue un gasto muy importante. En esos momentos, uno traduce hasta lo que escriba la persona más manca del mundo. Por suerte no han sido tantos los escritores realmente estrangulables que me tocaron; en general, trato de trabajar con libros que me sean afines. Recuerdo un caso puntual que prefiero no mencionar, donde me pasó algo raro: cuando se publicó la traducción, las partes bien traducidas me parecían una especie de venganza y las partes donde encontraba una errata o un desliz me parecían una venganza también. En cualquier caso, si bien por cuestiones obvias es mejor trabajar con lo que no se detesta, me parece que cada tanto esa incomodidad puede generar resultados interesantes. En el libro hablo del caso de Ramón Buenaventura y de la traducción que hizo de Jonathan Franzen, a quien Buenaventura odió de un modo que me parece ejemplar y que lo llevó a escribir un diario de traducción asesino.

-Hablás bastante en el libro de los errores de traducción.
-Sí, hasta rescato una palabra que en general tiene un sentido más bien teológico, la hamartiología, la ciencia del pecado. Hay una especie de obsesión hamartiológica con la traducción, una fijación con lo que el traductor no supo entender o transmitir, con las distracciones, con los pifies. Es algo de lo que soy totalmente culpable yo mismo cuando leo traducciones, así que en el libro trato de buscarle la vuelta para leer traducciones ajenas desde otro lado, viendo qué efectos producen las supuestas distancias con el original. A
veces creo que pueden ser geniales.

-Habría incluso una “poética del error”.
-Creo haber encontrado casos donde ciertos autores, como Borges, se divierten tanto conlos errores que descubren que empiezan a inventar otros, como una especie de ejercicio lúdico o literario, que por momentos roza la calumnia, o más que rozarla la a braza con fuerza. Son ejercicios con sus propias reglas, su propio estilo, su propia poética o manera de crear. Y trato de explorar algunos ejemplos vinculados con la traducción, que como dije parecería ser un espacio muy propicio para eso.

-¿Hay traducciones consideradas canónicas que en tu opinión no son tan buenas?
-Hubo muchos palazos en los últimos años a traducciones que lograron en su momento generar una impresión grande en los lectores, impresión que traducciones posteriores y quizá más académicas, más correctas y menos objetables en lo técnico no pudieron alcanzar. Y creo que lo más interesante, y lo más difícil, es dar cuenta no tanto de dónde se equivocan, algo que cualquier cotejo hace saltar enseguida, si no con qué la pegaron para ganarse ese lugar. Los aciertos son a veces más esquivos de captar o entender. La traducción de José Salas Subirat del Ulises casi que gana cierto no sé qué con cada disparate que comete el traductor, por ejemplo. Más que criticar traducciones canónicas, me interesa ver qué efectos generan más allá de sus posibles deficiencias, o gracias a ellas. En el caso de la traducción de Pepe Bianco de Malone muere, para poner otro ejemplo, descubrí que Bianco transforma, seguramente por distracción, las manzanas del original en papas. En eso, su traducción es más irlandesa que la original.

-¿Leíste otros libros similares al tuyo de traductores argentinos y extranjeros?
-La verdad es que todavía no leí el libro de Tamara Tenenbaum, ni la última novela traductoril de Jennifer Croft, pero sí Se vive y se traduce, de Laura Wittner; Música prosaica, de Marcelo Cohen, y los ensayos de Lydia Davis, para nombrar libros más o menos recientes que se ocupan del tema. Son obras que, cada una a su modo, tratan de explorar ciertas aristas de un oficio que tiene algo de caníbal, aristas pasionales, intimistas o cotidianas que en general habían quedado afuera de las muchas reflexiones académicas o traductológicas que andaban circulando. Un poco más atrás y más lejos también están Este pequeño arte, de Kate Briggs, que es hermoso, o Traducir o perder pie, de Corinna Gepner, del que hay una edición argentina muy linda, o Catching Fire de Daniel Hahn, que a mí lamentablemente se me cae de las manos cada vez que lo pispeo. Y no se tradujo todavía el libro de Olivier Mannoni, Traduire Hitler. A veces podemos llegar a pensar lo peor del autor al que estamos traduciendo, pero a Mannoni literalmente le tocó traducir a Hitler, ni le hizo falta calumniarlo. Le sirvieron la indignación en bandeja.

-¿Cuáles son tus proyectos actuales?
-Estoy tratando de retomar la escritura de un par de proyectos para ver si los puedo terminar en breve, sobre todo uno, que es una especie de ensayo sobre, precisamente, los proyectos que uno nunca termina. Más allá de eso, estoy preparando un libro con textos de Edward Lear, armando otro libro con una serie de calumnias muy originales escritas por Jonathan Swift, planeando una antología conceptual de verdugueos de Émile Cioran, puliendo una traducción de Paul Valéry que entrego en breve y empezando otra de Cynan Jones.

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Para agendar
El próximo 17. a las 19, el autor presentará La madre de Beckett tenía un burro en Atlántica Libros y Café (Av. Directorio 115) con el escritor y traductor Guillermo Piro y la escritora y editora Ana Ojeda.




viernes, 8 de agosto de 2025

A fuerza de té y caldito, Matías Battistón escribió un libro genial que todos le agradecemos

Matías Battistón es fundamentalmente traductor. Considerando sus aportes en la especialidad, su nombre ya está inscrito entre los mejores que ha producido Argentina. Y ahora, a esos laureles suma el mérito de haber escrito uno de los mejores libros que hasta ahora se publicaron en 2025. Se trata de un supuesto "diario de traducción" sobre su trabajo con las novelas y cuentos de Samuel Beckett. ¿Por qué supuesto? Porque el diario está pero también es un ensayo sobre lo que es traducir, una pesquisa alrededor de los traductores de Beckett, una serie de reflexiones sobre Beckett como traductor de sí mismo, una guía de la continua dispersión a la que Battistón se somete cuando traduce a Beckett y muchos conatos de ficción que relatados con un magnífico humor hacen que éste sea un libro del todo singular que desafía toda categorización y que, por lo tanto, puede ser disfrutado por lectores especializados y neófitos. Curiosamente, fue publicado por Emecé, uno de los tantos sellos del Grupo Planeta, que, como es sabido, se especializa en editar libros generalmente malos. Se trata entonces de una muy bienvenida excepción.

Para concluir, Matías Serra Bradford publicó el siguiente suelto en la revista Ñ: "Quienes se preguntaban cómo hizo estos años Matías Battistón para traducir tantos libros simultáneos y sucesivos, tienen ahora la respuesta: no estaba traduciendo, estaba escribiendo. Este originalísimo ensayo suyo será sin duda uno de los libros del año. Sortea dos imposibilidades: ofrecer otro valioso trabajo sobre Beckett y decir algo nuevo sobre el problema de la traducción, acaso la estaba más noble que perpetró la literatura. Tarea heroica que su excelente humor hace bien en no santificar",


viernes, 11 de julio de 2025

"A medida que pasa el tiempo, las cosas, como el polvo, se van acumulando"

La siguiente entrevista de Matías Battistón con Jorge Fondebrider fue publicada en el número 20 de la revista Lenguas V;vas, publicada por el Instituto de Enseñanza Superior en Lenguas Vivas "Ramón J. Fernández". Trata, precisamente, sobre El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y sus distintos formatos, de lo presencial a lo virtual

“Una excusa para empezar a discutir”

Desde hace más de una década y media, el Club es un lugar de encuentro y debate sobre todo lo relacionado con el oficio de la traducción literaria y el mercado editorial. A las charlas presenciales –muchas de antología, como las de Ricardo Piglia, Sylvia Molloy o Andrés Ehrenhaus–, siempre grabadas y subidas a YouTube, hay que sumar el enorme archivo virtual de artículos, polémicas y noticias que alimentan el blog del Club hasta el día de hoy, y que lo convierten en un recurso único. Jorge Fondebrider, autor y traductor de incontables títulos, quien lleva adelante el proyecto, tuvo la amabilidad de responder algunas preguntas al respecto.

El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires surge en 2009, ¿por qué?

Traducir siempre fue una actividad solitaria. Cuando se hace profesionalmente, intervienen otros factores. El más notorio es la plata. Muchos editores se aprovechan del aislamiento de quienes traducen para fijar condiciones de trabajo del todo arbitrarias, que incluyen tarifas indignas, arguyendo falsas circunstancias del mercado. 

¿Cómo es eso?

Se dio el caso de editoriales argentinas que se pusieron de acuerdo para mantener tarifas por debajo de la mínima. Cuando los traductores protestaban, les indicaban que eran los valores del mercado y que, para comprobarlo, podían consultar con otras editoriales, indicando los nombres de aquellas que formaban parte del contubernio. Y  pueden hacerlo porque los traductores generalmente no conocen sus derechos. De ese modo, y enterado de esa situación, ante un caso puntual, del todo abusivo, le propuse a Julia Benseñor, amiga de una amiga en común, que inventáramos una excusa para empezar a discutir esas cosas públicamente. Ella prestó el que entonces era su estudio y así, en mayo de 2009, empezamos organizando dos reuniones mensuales. Convocamos, en principio, a los traductores que conocíamos, quienes a su vez trajeron a otros traductores, y decidimos que, para que las reuniones resultaran atractivas y se sostuvieran en el tiempo, tenían que ocuparse de problemas concretos, algunos de naturaleza técnica, otros de naturaleza cultural y, en ese tránsito, aprovechar esas reuniones para intercambiar, durante las comidas posteriores al evento, informaciones  útiles sobre buenas y malas prácticas editoriales, contratos y tarifas.

Entiendo que, en paralelo, empezaron a publicar distintas cosas en un blog que existe hasta el día de hoy.

Sí. Muy pronto nos dimos cuenta de que muchas de las cosas que pasaban en las reuniones eran realmte interesantes y que tenía sentido compartirlas con otras personas, en otras partes del país y del mundo. Jorge Aulicino, que ya publicaba Otra iglesia es imposible, su blog diario de poesía, nos sugirió un blog. Rápidamente lo armamos y empecé a administrarlo ¡publicando tres o cuatro noticias diarias! Vale decir, a las “noticias” que generábamos, empecé a sumar las que se generaban en otros lugares, fueran esos blogs ajenos (como El Trujamán, de ACEtt, en España), revistas on line, diarios argentinos e internacionales, etc. Creo que el primer año, con lo que íbamos haciendo y con lo publicado en otras partes antes de la existencia del Club, teníamos con qué divertirnos. Pero, de a poco, empezamos a ocuparnos también de otras cosas: por un lado, de la actualidad del mundo editorial, que es el ámbito natural de los traductores literarios; por otro, de las polémicas ligadas a la actualidad de la lengua castellana, lo que nos llevó a tomar posición muy clara respecto de España. Ambas cuestiones nos llevaron a otras. Por ejemplo, a tratar de ver qué sabían sobre la traducción los escritores, los periodistas culturales, los editores, los libreros y todos los intervinientes en el mundo del libro. También a examinar las políticas referidas a la lengua, en la constante intrusión de las instituciones españolas (Real Academia, Instituto Cervantes, Fundéu, etc.) en el desarrollo del castellano de los distintos ámbitos latinoamericanos. Son muchos años de trabajo que hoy se revelan como un archivo francamente enorme que, por lo que sabemos, se consulta a diario.

¿El ritmo de publicación es el mismo?

No. Desde hace algunos años, ya no publicamos varias entradas diarias, sino apenas una, y ya no lo hacemos siete días a la semana, sino apenas cinco, tomándonos el mes de enero como descanso. El número de consultas sigue siendo el mismo. En estos quince años, hemos tenido 2.912.555 visualizaciones, con un promedio diario de unas 500 consultas. Y, de hecho, como está habilitada la posibilidad de comentarios, vemos que, curiosamente, hay gente que comenta sobre las discusiones varios años después de que  tuvieron lugar. Exigimos que los comentarios sean firmados, algo que se advierte a la derecha de la página. Entendemos que esconderse detrás del anonimato es una forma de cobardía, sobre todo cuando quien comenta tiene intereses creados referidos a la entrada. En varias ocasiones, pescamos a funcionarios de la Fundéu, o de las empresas que la subvencionan (como Telefónica de España), que buscaban refutar nuestros dichos sin arriesgarse a decir quiénes eran.

¿Dónde funcionó históricamente el Club?

Primero, como comenté, en esas oficinas que tenía Julia Benseñor. A los seis meses, gracias a la gestión de la escritora Mercedes Álvarez, tuve la posibilidad de convencer a Ricardo Ramón Jarne, por entonces nuevo director del Centro Cultural de España, para que alojara nuestras actividades. Allí estuvimos durante siete años en las mejores condiciones y lo aclaro porque no fueron pocas las veces que en esa casa cuestionamos la injerencia de España en las políticas de la lengua. Dado que esa institución grababa todas las actividades que se realizaban, el Club empezó a crear un archivo de las reuniones que, de inmediato, empezó a estar disponible en la web de los españoles y en el blog del Club. Al cabo de ese tiempo, gracias a Carla Imbrogno, mudé el club a la biblioteca del Instituto Goethe. Las reuniones continuaron siendo grabadas y el director de la institución nos ofreció un “viático”, con el cual se pudo pagar la cena que se ofrecía después de las actividades. Allí, en la biblioteca del Goethe, estuvimos cinco años. Con la pandemia, todo se interrumpió. Terminada la pandemia, hubo un cambio de director en el Goethe y la bibliotecaria, a la que molestaba que una vez al mes usáramos la biblioteca, convenció al nuevo director de que no siguiera albergando el Club. Por ese entonces, atravesamos también un período turbulento debido a una fuerte pelea con Julia Benseñor, a quien, siendo parte también de la AATI, no le gustaba el continuo cuestionamiento que esa institución recibía por parte del Club. Así, entre 2020 y 2023, las actividades se limitaron a algún encuentro ocasional, a la participación en ámbitos internacionales y al blog. En 2024, gracias a la buena voluntad de sus dueños, nos recibió la librería El Jaúl, donde actualmente tienen lugar nuestras reuniones mensuales, que también se filman y se suben al canal de YouTube de la librería y al blog.

El corpus de encuentros del Club sobre traducción, grabados y disponibles en línea en YouTube, es hasta lo que yo sé el más extenso o importante en cualquier idioma o país. ¿Qué repercusión tuvo, a tu parecer, esta presencia digital? ¿Conocés iniciativas similares que hayan tomado al Club como modelo?

A medida que pasa el tiempo, las cosas, como el polvo, se van acumulando. También los videos de nuestras reuniones que, dadas las dos instituciones y la librería, tienen como único lugar común el archivo del blog. Se accede a esos materiales haciendo clic en el ítem “Reunión del Club de Traductores Literarios”, en la columna de la derecha del blog, que está ordenada alfabéticamente. Sinceramente, no sé de otros archivos similares, aunque imagino que deben existir porque, en estas cosas, nadie inventa la pólvora. Hubo iniciativas argentinas, como la del Museo del Libro y de la Lengua, que grabó a diversos traductores hablando sobre el oficio. Y hubo algunas otras tentativas, como la que llevaron adelante Ariel Dilon y Martina Fernández Polcuch. Imagino que en otros países se habrán tomado iniciativas similares. En cuanto al Club como modelo, el único caso concreto que recuerdo es el del Círculo de Traductores de México. Durante uno de mis viajes a ese país, conocí a Lucrecia Orensanz, quien, con otros traductores, atravesaban circunstancias similares a las que le habían dado origen al Club. A ella le interesó mucho lo que hacíamos y se cargó el trabajo al hombro, creando el Círculo de Traductores, que, si no me equivoco, fue el germen de la AMETLI (Asociación Mexicana de Traductores Literarios). También tuvieron un blog y también grabaron los encuentros. Con todo, la realidad editorial mexicana es muy distinta de la nuestra y quienes siguieron la labor de Lucrecia tomaron otros caminos. 

Una parte importante del blog son  tanto los artículos de opinión como las polémicas que el Club retoma o impulsa. ¿Qué importancia te parece que tienen la polémica y los cruces en la discusión sobre traducción y el mercado editorial?

Mi sensación es que el blog del Club ofrece dos tipos de aportes distintos: los que genera y los generados por fuera de él. Estos últimos son, si se quiere, material de archivo, generalmente desperdigado, pero que el blog ordena temáticamente por ítem, de manera tal que si uno quiere saber sobre, por ejemplo, Borges y la traducción, puede recurrir a las muchísimas entradas que se ocupan del tema. Pero lo que el Club genera es lo realmente central. Hay ensayos, hay encuestas (para traductores, para escritores, para editores, para periodistas, para libreros, etc.), hay artículos de opinión sobre los más diversos temas, hay polémicas (sistemáticamente con España, pero también algunas locales y verdaderamente apasionadas, como las que de vez en cuando se generan entre traductores de poesía o teatro). Entiendo que, a medida que se fijan posiciones, hay quienes se pueden llegar a sentir molestos o excluidos. Por caso, hemos mantenido durante meses un ítem en el que nos ocupamos de señalar por qué el Diccionario de la Real Academia es malo, citando casos puntuales y recomendando que no se use como criterio de autoridad. Consecuentemente, en el Congreso de la Lengua de Córdoba, en una mesa redonda sobre “Corrección política y traducción”, yo mismo le recomendé al responsable del DRAE que sería más útil traducir al castellano el Webster o el Robert para mejorar las definiciones españolas (la filmación de esa discusión está en el blog). No podemos pretender que, después de ambas iniciativas, la Real Academia nos quiera… Y lo mismo pasa cuando denunciamos malas prácticas editoriales. El caso de Anagrama es paradigmático y universal, al punto de que Jorge Herralde, su ex propietario y director editorial, tuvo que salir a defender en Facebook su criterio respecto de las traducciones, dados los muchos y razonables ataques que sufrió la editorial desde toda América. Hubo asimismo en el blog una polémica que recogió un suelto de Mori Ponsowy en La Nación, en el que se hablaba de cómo el traductor de Anagrama le había cambiado el estilo a Raymond Carver. Al cabo de varios intercambios en el blog del Club, tuvo la nobleza de admitirlo y disculparse, prometiendo enmendar lo hecho en futuras reediciones, algo que nunca sucedió. Otro caso concreto en el que creo que aportamos algo se refiere a la visibilidad de los traductores. Nos ocupamos muchas veces de la necesidad de que el nombre de quien traduce figure en la tapa de los libros, algo que beneficia tanto al traductor como al editor. De a poco, y luego de muchas charlas, hubo editores que advirtieron la importancia de hacerlo y cambiaron sus políticas de edición. Y otro tanto sucedió con la mención de los traductores en la prensa escrita porque, hasta entonces, para muchos, los libros traducidos se traducían solos.

¿Quiénes suelen colaborar en el blog? ¿Puede participar cualquier persona?

Hay un núcleo duro, que se mantiene desde el principio: Jorge Aulicino, Andrés Ehrenhaus y Marietta Gargatagli. Con el tiempo, y con diversas participaciones, hay que mencionar a Alejandro González, a María José Furió, a Magdalena Cámpora, a Pedro Serrano, a Ian Barnett, Verónica Zondek… Hubo mucha otra gente –como Julia Benseñor, Silvia Camerotto, Florencia Baranger y otros– que nos acompañó por un tiempo y después, por diversos motivos, desapareció. Y sí, en el blog del Club puede participar cualquier persona. Basta con ponerse en contacto con nosotros.

¿El Club es una institución?

No somos una institución. Elegimos llamarnos “club” para abreviar, pero carecemos de estatuto, mecanismo de ingreso y condiciones en términos generales. Somos los que somos,  y nos juntamos cuando queremos. Tenemos, sí, un sesgo: somos traductores literarios en actividad. Eso implica que nuestra labor es eminentemente práctica como son prácticos nuestros problemas. Y aunque algunos somos universitarios y nos dedicamos, también, a la enseñanza de la traducción en ámbitos académicos, solo incidentalmente abordamos en el blog la historia de la traducción, y eso apenas para recordar a colegas que parecen sumidos en el olvido. En el Club no estamos interesados en la teoría de la traducción, la filosofía de la traducción, ni en Walter Benjamin, Paul de Man, Antoine Berman y toda la comparsa. Ya hay gente que hace eso con toda probidad en otros ámbitos. Sistemáticamente, compartimos en el blog las actividades del SPET, seminario que nos merece el mayor respeto y a cuyos miembros tenemos en muy alta estima. Pero no nos ocupamos de lo que ellos se ocupan.

Además de los artículos y los comentarios a los artículos, ¿qué comunicación suele establecerse entre los lectores y el blog? ¿Recibís muchas consultas y comentarios privados? ¿De qué tipo?

De esto hablaba cuando decía que nuestra perspectiva es otra. Lo nuestro es mucho más inmediato. Entre otras cosas, nos ocupamos de lo que nos parece ausente en los llamados “estudios de traducción”. Por caso, recibimos muchas consultas de jóvenes traductores vinculadas a la ausencia de contratos o al modo en que están confeccionados, a las tarifas indicativas –que, a diferencia de la encuesta que realiza la AATI, suelen tomar parámetros menos tautológicos que el mero promedio de lo que les pagaron a los socios que la responden–, a los derechos y cosas así que forman parte de la realidad de los traductores literarios, quienes, dicho sea de paso, a la hora de ponerse a traducir un texto concreto, raramente piensan en lo que dijo sobre la traducción Benjamin.

Entiendo que establecieron distintas alianzas para llevar adelante proyectos vinculados a la traducción.

Sí, fueron fundamentales. Cada vez que pudimos, intentamos sumar fuerzas con instituciones de muy diversa naturaleza. En el plano internacional, a lo largo de los años, hemos estado presentes en actividades realizadas por la Fundación Para las Letras Mexicanas (de la Ciudad de México), en la Universidad Austral y en Universidad Diego Portales (ambas de Chile), en la East Anglia University (del Reino Unido), en la Cardiff University (de Gales), en el Trinity College, la Galway University y Literature Ireland (de Irlanda), en el Instituto Ramón Llull (de España). Asimismo, en distintas ocasiones recibimos apoyo real de Hernán Lombardi (ex Ministro de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires), Isabelle Berneron y Mateo Schapire (responsables del libro en el Instituto Francés de Buenos Aires), Horacio González (ex Director de la Biblioteca Nacional de la Argentina), Victoria Rodríguez Lacrouts (ex responsable de la sección Letras de la Fundación TyPA), Sioned Puw Rowlands (Directora del Wales Literature Exchange), Justin Harman (Embajador de Irlanda en la Argentina), Diarmuid O Giollain Gillan (Director del Programa de Estudios Irlandeses de la Universidad de Notre Dame, Indiana), etc. En los papeles, organizamos dos encuentros internacionales sobre traducción, con participantes de Argentina, Chile, España y México en Buenos Aires, uno en Bariloche y dos en Valdivia (Chile); también, unas jornadas internacionales dedicadas a Georges Perec, un simposio dedicado a Joyce y sus traductores, una serie de presentaciones de escritores galeses en Argentina, diversas actividades dedicadas a Flaubert, etc. Luego, con el Programa Sur, organizamos varias mesas dedicadas a la promoción de la traducción literaria y al intercambio con programas afines extranjeros tanto en la Feria de Frankfurt como en la de Guadalajara.

Después de una década y media del Club, ¿hay alguna conclusión que hayas sacado del proyecto?

Varias. La primera es la del comienzo: traducir es una tarea solitaria que, por lo tanto, exige intercambio con otros. Digamos que todos los que frecuentamos el Club aprendimos mucho. Personalmente, encontré soluciones vinculadas a problemas de traducción en lugares insospechados. Recuerdo en particular una charla de Alejandro González sobre las traducciones de Dostoievski en castellano que me revelaron, Vladimir Nabokov mediante, una solución sobre un problema estilístico que había tenido traduciendo a Flaubert. Eso, que parece tan abstracto, fue muy contundente y me ayudó a entender mejor lo que estaba traduciendo. Y creo que ahí está la raíz de todo: el Club, desde muy diversas perspectivas, ayudó a entender. Por ejemplo, la problemática de los intervinientes en el mundo del libro que no son traductores. Muchas veces he visto que los editores no siempre obran por mala voluntad, sino que muchas veces se equivocan por ignorancia, y el Club está ahí para aclarar los términos. Lo mismo ocurre con los traductores: en la medida que trabajan en un mundo regido por plata, tienen que saber de dónde sale el precio de un libro y cuáles son las posibilidades y los límites que existen para obtener una tarifa justa. Luego, los traductores también tienen que saber que la palabra nombra a distintos tipos de personas que se ocupan de distintas tareas desde diferentes perspectivas. No es lo mismo traducir filosofía o psicoanálisis que novelas. Y no es lo mismo traducir novelas que poesía o teatro. Y no es lo mismo que un traductor sea además escritor o que sea solamente traductor. Se trata de gente muy distinta que, finalmente, se enfrenta a problemas análogos, pero que no tienen una única respuesta. Dicho de otro modo, el Club asumió la responsabilidad de informar a los traductores literarios de aquellas cosas que los colegios de traductores (que se ocupan fundamentalmente de la traducción jurídica) o que la AATI (que tiene una mayoría de intérpretes y traductores científico-técnicos por encima de los traductores literarios con trabajo en el mercado) no se ocupan. Lo curioso es que, como traducir contratos o partidas de nacimiento no es sexy, o traducir manuales sobre caños o folletos de medicamentos tampoco, todo el mundo quiere ocuparse de la literatura y afines, aunque no esté preparada para eso. Y lamento decir que la preparación no es ni una matrícula ni un carnet societario. Ni siquiera un título de traductor. Para demostrarlo, alcanzaría con comprobar, libros en mano, los nombres de quienes los traducen y su falta de adscripción a las instituciones nombradas. El Club, por suerte, no es una institución.

jueves, 27 de marzo de 2025

Otro trabajo brillante de Matías Battistón

Matías Battistón, ya fue dicho muchas veces, es un excelente traductor, pero también un tipo de genio. Para demostrarlo una vez más bastaría con leer su traducción de Belacqua, de Samuel Beckett, título impuesto por la editorial donde acaba de ser publicado More Pricks Than Kicks (1934), el primer libro del autor irlandés, que reúne una serie de cuentos sobre un singular personaje. A continuación se reproduce lo que Battistón escribió para justificar su traducción.

Sobre la traducción

Beckett tenía un cuaderno. Es decir, cuadernos tenía varios. Pero uno en particular, el de apuntes para su novela Sueño con mujeres que ni fu ni fa, que por suerte sobrevivió, nos permite ver un poco el método que utilizaba para escribir a comienzos de la década de 1930. Ahí es donde iba anotando, disciplinadamente, las frases y giros que tomaba de sus lecturas, muchas veces recónditas, con la idea de usarla en sus propios textos. Cada vez que lograba meter alguna, la tachaba, como si fuera una lista de pendientes. Muchas de esas citas son casi imposibles de identificar para el lector común, o incluso el más curtido, y sin embargo en esos guiños se juega gran parte de la apuesta estilística de Beckett: es una especie de respuesta moderna, joyceana, al antiguo género de los centones. Uno lo lee con cierto suspenso, y con cierta frustración también, como si en cualquier momento hasta la maceta del rincón pudiera citar a Horacio sin que uno se dé cuenta.

Si bien para este libro Beckett en general decidió escribir de una manera más despojada, el método más o menos se mantuvo. Sobre todo, claro, en las partes que él tomó de Sueño con mujeres que ni fu ni fa y que aquí adaptó, en particular el cuento “Una noche húmeda”. Hay muchos pasajes que directamente se vuelven incomprensibles o injustificables si uno no detecta la referencia. Algo similar pasa con las alusiones a ciertos detalles de Dublín o a la propia vida de Beckett. Además, claro, del uso constante de expresiones o frases enteras en otras lenguas, que él ni amaga a traducir. Es como si, parafraseando al personaje de la Ottolenghi, él preguntara a cada rato: “¿Les parece que es absolutamente necesario traducir esto?”.

Nunca podría decirse que a Beckett lo desvelara ser transparente. En plena Segunda Guerra Mundial, una vez incluso lo retuvieron unos guardias fronterizos porque pensaban que el manuscrito de Watt estaba escrito en código. Verlo como un mensaje espía, encriptado, les parecía más verosímil que verlo como literatura. Pero son sobre todo los textos de juventud los que parecen llevar como divisa: “Que lea el que pueda”. Así y todo, aunque la opacidad sea adrede, y el libro quizá no pueda apreciarse como corresponde si no nos deja perplejos, me dio la impresión de que se justificaba el trabajo de aclarar las alusiones y dar una traducción de lo que estuviera en otras lenguas, todo en notas al pie[1], a veces extensas, para que el lector pueda hacer trampa dignamente. Desde luego, el que no las necesite, o prefiera el muy entendible placer de no entender, puede obviarlas. Sé que hay algunas que sobran. Espero que eso compense las que faltan.

El título merece una aclaración aparte. More Pricks than Kicks es un juego de palabras con varias vueltas, que como de costumbre tarda mucho más en explicarse que en captarse. Podríamos empezar señalando que es una alusión a la frase to kick against the pricks, tomada de Hechos 26, 14, donde se narra la conversión de Saulo de Tarso en el camino a Damasco: “Todos caímos al suelo, y yo escuché una voz que me decía en arameo: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Duro es dar coces contra el aguijón”. Con esta metáfora agropecuaria, Jesús estaría tratando de ilustrarle a san Pablo lo inútil y hasta dañino que puede ser resistirse a una fuerza invencible, como el buey que da patadas contra el aguijón o la aguijada que los boyeros usan para picar a la yunta. Volviendo a Beckett, more pricks than kicks significaría, entonces, “más aguijones [o aguijonazos] que coces”: más tormentos o imposiciones, si se quiere, que intentos de rebelarse contra ellos.

Sin embargo, kick en inglés también puede referirse a una experiencia divertida, placentera, como en get a kick out of something (“divertirse con algo”). Así que more pricks than kicks podría leerse como “más aguijones que diversiones”, en el sentido de “más de algo malo que de algo bueno” (con algún eco de otra frase hecha, more kicks than half-pence, “más patadas que monedas”, usada en general para referirse a una actividad que se paga con maltrato más que con dinero). De hecho, kick también puede aludir al placer sexual, y prick, al órgano masculino; en otras palabras, more pricks than kicks puede leerse también como “más penes que orgasmos”, una triste estadística. Y la cosa no termina ahí, si uno recuerda que además prick puede aludir —al igual que “pene” en algunos dialectos del castellano— a una persona molesta, idiota, energúmena. More pricks than kicks, de nuevo, podría significar entonces “más idiotas que buenos momentos” (más forros que polvos, digamos). En fin, con todo esto el lector ya puede seguir combinando los sentidos y alusiones por su cuenta y entretenerse buscándole incluso más vueltas a la frase.

Ahora bien, ¿cómo traducirla? Quizá convenga imitar la admirable curiosidad del alumno que espía el examen del compañero y preguntarnos antes cómo la han traducido otros. Porque traducciones de este libro en otros países ya hay varias, todas con títulos muy distintos.

Hasta ahora, la única traducción íntegra que había al castellano era la española de Víctor Pozanco para Lumen, publicada en 1990. Pozanco, calculo yo, habrá considerado intraducible el juego de palabras del título, porque lo descartó de plano y recurrió a una alternativa más explicativa y geográfica, Belacqua en Dublín. Es una solución que se aprecia mejor si captamos el guiño a Joyce: “Ulises en Dublín” era, justamente, el título de un cuento que se iba a incluir en Dublineses y que terminó convirtiéndose más tarde en la novela Ulises. Podemos imaginarnos a Pozanco descartando otras alternativas menos convincentes, como Retrato del Belacqua adolescente o Belacqueses, antes de llegar con alivio a esta.

Siempre es interesante ver cómo Beckett, que solía traducirse él mismo, cómo adaptaba sus propias obras al francés. Sin embargo, More Pricks than Kicks es uno de los pocos libros que él no llegó (o se negó) a traducir, aunque sí ponderó en su momento, sin mucho entusiasmo, un posible título, Ni bouche ni éperon. La expresión francesa n’avoir ni bouche ni éperon se usa para referirse a alguien tonto, insensible, como un caballo que no reacciona ni a la brida ni a las espuelas, así que esta alternativa mantendría cierto hálito cuadrúpedo en la imagen, al igual que la idea de insensibilidad o pasividad, aunque no la rima interna ni la aliteración. Tras la muerte de Beckett, varios propusieron otras alternativas (Plus de peur que de mâles, según Jean Jacques Mayoux; Plus de couilles que de coups, según Bruno Clément), hasta que Edith Fournier terminó traduciendo el libro para Éditions Minuit en 1994, todavía más libremente, como Bande et sarabande.

Por su parte, la traducción italiana de Alessandro Roffeni, publicada por primera vez por la editorial milanesa SugarCo en 1970, se decantó primero por eludir el problema, eligiendo un título seco y descriptivo, Novelle, y al reeditarse la obra cinco años después, por otro mucho más llamativo, Più pene che pane (que parece más bien el título de alguna película donde la Cicciolina tuviera que mantener a flote esforzadamente una panadería). Más cerca en el tiempo y el espacio, en 2021, Ana Helena Souza tradujo el libro al portugués para la editorial brasileña Biblioteca Azul, con el feliz título de Mais pontas que pés.

Al ver que ninguna de esas versiones se dejaba plagiar dócilmente, barajé opciones. Demasiadas, de hecho, que iban desde lo literal pero sin chiste (Más punzadas que patadas), al punto medio entre libertad y literalidad (tomando algún giro local, como “poner palos en la rueda” digamos, y adaptándolo: Más palos que ruedas), hasta otras del todo libres, que por ejemplo apuntaran a las connotaciones sexuales del original, cuando no al chiste verde (recordemos que Irlanda en su momento el título del libro en parte hizo que lo retiraran del mercado), tal vez incluso haciendo un guiño a la impotencia y al final infausto de Belacqua (Mal acaba). Así fui llenando páginas de tachones.

Mientras tanto, eché un último vistazo a otras latitudes y vi que, cuando Christian Enzensberger tradujo More Pricks than Kicks al alemán para Suhrkamp en 1989 como Mehr Prügel als Flügel, la crítica Ria Endres dedicó la mayor parte de su reseña en Der Spigel para explicar, no sin cierta crueldad, por qué el título estaba mal traducido; según ella, tendría que ser algo como Mehr Schwänze als Tänze. Se me ocurrió entonces que, para ahorrar tiempo y cortar por lo sano, yo directamente podría preguntarle a un reseñista impecable cómo traduciría el título en castellano él. La respuesta de Juan Comperatore, director de la revista El Diletante, fue Más coces que goces. Me pareció mucho mejor que todas las opciones que había garabateado yo, y más cercano al original que las otras que acabo de describir, así que lo adopté.

La editorial, sin embargo, después de escuchar todas las alternativas ya mencionadas, prefirió optar por la eufonía y simplicidad del nombre del protagonista, y decidió trocar traducción por bautismo: el libro pasaría a llamarse Belacqua. Yo acepté, claro. No patalear mucho me pareció, en cierto modo, otra forma de fidelidad al título en inglés. 



[1] Todas las notas al pie me pertenecen, salvo las notas del propio Beckett, indicadas con “N. del A”. Una bibliografía pormenorizada de todas las fuentes que usé para mis notas sería muy larga. Me limito a mencionar al académico John Pilling, que hizo un gran trabajo rastreando las referencias de Sueño con mujeres que ni fu ni fa y estos cuentos, sobre todo en su libro Samuel Beckett’s More Pricks than Kicks: In a Strait of Two Wills (Londres, Continuum, 2011), sin el cual me hubiera sido imposible desentrañar muchas partes del texto, y al que tantas veces (no las suficientes) cito. Aprovecho también para señalar que Sueño con mujeres que ni fu ni fa es la traducción de José Francisco Fernández de Dream of Fair to Middling Women (Barcelona, Tusquets, 2011).


lunes, 10 de marzo de 2025

"Si mañana terminara 2025 podríamos decir que fue el rescate del año"

Guillermo Belcores publicó ayer, 9 de marzo, el siguiente comentario en las páginas culturales del diario La Prensa, a propósito de la reciente traducción de Matías Battistón, el muy consecuente traductor de Samuel Beckett, de Belacqua, el primer libro del autor irlandés.

Rapsodia joyceana

El héroe zaparrastroso o antihéroe es una de las grandes invenciones literarias. No nos mueve a admiración, sino a risa, a lástima o a reflexión. No encarna lo que nos gustaría ser, sino lo que realmente somos: seres patéticos, ridículos a menudo, seres para la muerte como nos advertía Heidegger.

Puede que el paladín harapiento más famoso de todos los tiempos sea ese hidalgo de rocín flaco que fatigó los caminos de La Mancha. El favorito del autor de este artículo es un curioso lector de Boecio que vivía en Nueva Orleans con su madre. Ignatius J. Really para más señas.

Samuel Beckett (1906-1989), premio Nobel de Literatura en 1969, creó un antihéroe delicioso en su primer libro de ficción. Lo bautizó Belacqua Shuah. Tomó su nombre del espíritu más holgazán de la Divina Comedia y el apellido del abuelo de Onan en el Antiguo Testamento. Ese libro fue entregado por primera vez a la imprenta en 1934. Como las editoriales resistieron la idea de una novela, Beckett escribió diez cuentos hilvanados entre sí, que narran la vida de Belacqua desde el colegio hasta su entierro. Un sello argentino ha tomado la decisión de reimprimirlo. Tres hurras para Ediciones Godot.

Comedia grotesca
Publicada con el apoyo de Literature Ireland (la isla esmeralda es ahora una sociedad desarrollada), Belacqua (220 páginas), la edición argentina 2025, es francamente magnífica. En primer lugar por la traducción, prólogo, aclaraciones sobre el título (el original era un juego de palabras) y notas de Matías Battistón. Hay 354 aclaraciones a pie de página que permiten entender ese sublime torrente de expresiones en distintos idiomas, alusiones librescas y guiños a personajes y lugares de su época que Beckett embutió en esta suerte de comedia grotesca.

Ya es hora de hablar de Belacqua Shoah. Un gordito de cara pálida y anteojos enormes, bueno para nada, algo así como "un intelectual protestante de costumbres retorcidas", como el vouyerismo. Su guarida crapulosa es el pub, aunque "no tenía recursos suficientes para consagrar su vida a la éxtasis ni siquiera en el más mísero de los bares".

El narrador —omnisciente o un amigo de Belacqua— lo describe así: "...no es tipo feo. Más bien una especie de Tom Jones cretinoide..." Lo cierto es que al gandul nunca le ha faltado mujer, incluso contrajo matrimonio tres veces lo que le permitió engordar la faltriquera. Lo seguimos a la escuela, a un paseo por la campiña, al pub, a una fiesta de la elite intelectual dublinesca, a un intento de suicidio, al accidente de su primera esposa, a sus segundas nupcias, a un hospital con un tumor en el cogote, a sus funerales.

Cómico y erudito
Es importante que el lector sepa que estos cuentos son muy divertidos. Incluye una de las galerías más copiosas de personajes estrafalarios de la literatura moderna. Seres enfermos de irrealidad, como diría Juan Marsé. Por momentos, el estilo del Beckett temprano recuerda a Thomas Pynchon.

Como se dijo, también es un libro erudito. Battistón lo resume como "respuesta moderna, joyceana al género de los centones". ¿Qué es esto? Centón, dice la Real Academia Española, es la obra compuesta con fragmentos de otras obras. Beckett se nutre de la Biblia, Plutarco, San Agustín, Dante, Ovidio, Shakespeare, Horacio, Tomás de Kempis, Stendhal, Swift, Carlyle, Richard Burton, Nietszche... y siguen las firmas.

El texto exige una lectura atenta. Como escribió Battistón: "Uno lo lee con cierto suspenso, y con cierta frustración también, como si en cualquier momento hasta la maceta del rincón pudiera citar a Horacio sin que uno se dé cuenta". Es decir, no es fácil porque se trata de una escritura excelente. Pero los dedicados serán recompensados. Hay pasajes de intensa poética, también.

Al parecer, los libros son como los jugadores de fútbol: tienen sus propios tiempos. La primera edición de esta obra fue destripada por la crítica y sus 1.500 ejemplares tardaron 14 años en venderse. Con el correr de las décadas, la calidad se impuso y se tradujo a todos los idiomas occidentales, cada uno de los cuales dio una respuesta diferente al enigma del título original (More Pricks than Kicks). El Belacqua argentino se entiende y se lee con mucho placer. Si mañana terminara 2025 podríamos decir que fue el rescate del año.

martes, 18 de febrero de 2025

Una encuesta para traductores sobre traducción e Inteligencia Artificial (2)

 Segundo día de la encuesta.

Los traductores y la inteligencia artificial (2)

VERÓNICA ZONDEK (Chile)

1) ¿Qué tan familiarizada está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial en lo que a traducciones literarias se refiere?

Mi interés en la IA es posterior a las 6 o 7 versiones que estoy acostumbrada a hacer cuando traduzco poesía, por lo que viene a ser una versión más, por lo general sólo un referente.  Hace muy poco empecé a mirarlo porque sentí que debía estar al tanto.

2) ¿Considera que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

Me parece que es una herramienta más. También creo que no es posible reemplazar al humano, al menos para la traducción de cierto tipo de literatura y de atmósferas y multiplicidad de sentidos.

3) Cree que la IA supone un riesgo para la profesión?  Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

El riesgo de todo lo que cambia.  Los cambios son siempre riesgosos porque no se pueden planificar.


MATÍAS BATTISTÓN (Argentina)

1) ¿Qué tan familiarizado está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial en lo que a traducciones literarias se refiere?

Uso DeepSeek y alguna que otra IA desde hace un año y pico, en general para realizar consultas culturales o terminológicas más que para darles textos a traducir y ver qué sale, aunque eso lo hago cada tanto. Ya tengo cierta noción de la calidad de las traducciones automáticas que producen a esta altura, aunque siempre te logran sorprender con lo que hacen inesperadamente bien y lo que hacen inesperadamente mal. (En eso se parecen a los estudiantes de cualquier traductorado). También la he usado para pedirle juegos de palabras con algún campo semántico específico, si me hacían falta. Los resultados ahí suelen ser tremebundos todavía, pero de rebote pueden inspirar algo con sus respuestas, como un Watson autómata. Y de vez en cuando uso la IA para perder el tiempo con cualquier otra cosa, que es parte indispensable de mi proceso de traducción.

2) ¿Considera que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

Por ahora, en mi caso, probablemente por haber traducido tanto con buscadores y diccionarios, la IA me resulta más bien prescindible (lo que no implica que la IA no me esté haciendo prescindible a mí mientras tanto, claro). En general tengo que obligarme a recordar que existe antes de usarla. Y si bien para búsquedas bibliográficas y terminológicas tiene su utilidad, porque puede ser más inmediata que ir peinando y barajando distintos materiales de consulta, por ahora la tendencia de la IA a alucinar (es decir, a inventar datos, incluso cuando se pide expresamente que justifique sus respuestas y cite sus fuentes) hace que uno deba tomar los resultados con muchas pinzas. En cuanto a la posibilidad de “poseditar” una traducción automática en lugar de traducir directamente, por lo que vi el ejercicio no suele ahorrar tanto tiempo, y en textos largos las chances de que a uno se le fugue un quelonio (p. ej., que se escapen o filtren giros que uno no usaría, deslices de tono, pifies de contexto y demás) es considerable. Traduciendo uno se equivoca también, claro, pero son errores más queribles. Y como por A o por B lo que muchos terminan mirando de una traducción son los defectos más que las virtudes, ese podría convertirse en un rasgo distintivo al comparar entre traducciones humanas y automáticas: la calidad o el peso del error, la marca autobiográfica del furcio. Y también la originalidad, imagino, lo que nos lleva a esa pregunta tan extraña: ¿qué hace que un traductor sea original?

3) ¿Cree que la IA supone un riesgo para la profesión?  Si sí, ¿por qué sí? Si no, ¿por qué no?

Creo que sí, por simple economía. Es posible que al principio los editores se resistan a implementar la IA, por cuestiones más bien personales o sentimentales: extrañarán la artesanía de explotar traductores de carne y hueso, les rodará un lagrimón por la cara al recordar el último contrato de traducción leonino que le hicieron firmar a algún incauto, soltarán una risita melancólica por los derechos que obligaron a ceder a perpetuidad o que nunca liquidaron... Pero si la calidad de las traducciones automáticas sigue aumentando (cosa muy probable, aunque uno nunca sabe cuándo va a imponerse la ley del rendimiento decreciente), imagino que muchos querrán experimentar con cambiar traductores por poseditores (el nombre del traductor ya pateado al escalafón inferior) en al menos parte de sus catálogos. No es que la IA vaya a igualar de manera necesaria las habilidades de un humano en el corto plazo, pero no hace falta. Lo único imprescindible es cruzar un umbral de rentabilidad. No sería la extinción de la profesión, pero sí un golpe fuerte a la oferta de trabajo interesante y bien remunerado y una prueba de que, por increíble que parezca, siempre se la puede precarizar más aún.

JAN DE JAGER (Argentina)

1) Qué tan familiarizado está con lo que puede hacer la Inteligencia Artificial en lo que a traducciones literarias se refiere?

La IA me parece una extensión o ampliación de lo que ya se podía hacer con Google Translate y con DeepL y similares. A veces simplemente ahorra tiempo de tipeado y permite mirar el texto resultante como quien corrige un trabajo, mejor o peor, de un alumno. 

2) Considera que es una herramienta útil para su trabajo? Si sí, por qué sí? Si no, por qué no?

Es una herramienta útil. De todos modos ya hay muchas editoriales (o clientes de traducciones jurídicas o científicas) que preguntan si uno como traductor usa estas herramientas y prefieren el trabajo más artesanal. Lo cual en cierto modo habla de algo de neofobia, pero también del aprecio que tenemos los humanos por las cosas “hechas a mano” versus el producto industrial. 

3) Cree que la IA supone un riesgo para la profesión?  Si sí, por qué sí? Si no, por qué no?

Para mí la traducción es un género literario, no un subproducto del trabajo de otro autor. Es posible que la demanda económica disminuya, pero la traducción como ejercicio literario y mental es tan fundamental como lo es aprender a hacer las cuentas para los escolares, a pesar de la facilidad que ofrecen las calculadoras: de lo contrario, todo pasa a ser un arcano enigmático, y el cerebro cada vez más empobrecido.