Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Rico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Rico. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de noviembre de 2016

Más de los impresentables Rico y Pérez Reverte

Fernando Alfón publicó la siguiente columna de opinión en el diario Contexto. Nos permitimos publicarla porque continúa discutiendo aquello que los miembros de la RAE (principalmente Francisco Rico y el plagiario con cara de pie plano Arturo Pérez Reverte) transformaron en un marasmo, Para mayor contexto, ver entradas del 25 y 26 de octubre pasado. 

La visibilización de la mujer y de la RAE

Si prescribe hace política; si no prescribe, igual. Este es el dilema en el que quedó atrapada la Real Academia Española frente al problema de la visibilización de la mujer en la lengua. Entre sus miembros había un pacto de silencio hasta que su prohombre, Ignacio Bosque, lo rompió en marzo de 2012, cuando decidió escribir un informe al respecto y explicitar una posición. «No creemos que tenga sentido forzar las estructuras lingüísticas para que constituyan un espejo de la realidad [...]», rezaba su conclusión. Es un nosotros el que habla, porque son varios académicos quienes lo suscriben.

A Bosque le llama la atención que muchas personas crean que los significados de las palabras se deciden en asambleas de notables, «y que se negocian y se promulgan como las leyes». Este informe, cuanto menos, abona esta creencia, y llama la atención que Bosque no lo advierta. Llevaba por título «Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer», y entre las deducciones acertadas, dice que el indefinido omne(del latín hominem) se usaba, ya desde el castellano medieval, con el sentido de «uno» o «cualquiera» y que eso se cristalizó en un proceso llamado gramaticalización. Si se cristalizara la idea de que hombre ya no representa la totalidad de la especie humana, ¿por qué la RAE debería intervenir para que esa gramaticalización no se produzca?

El pasado 2 de octubre, en XL Semanal, Arturo Pérez-Reverte quiso enfatizar más la iniciativa de Bosque y reclamó mayor intervención pública de la RAE, tildando a algunos de sus compañeros de «acomplejados y timoratos». Ignoro a quiénes se refería, pero uno se sintió aludido y le respondió. El 14 de octubre, en El País, el cervantista y académico de número Francisco Rico dijo que pronunciarse frente a los desdoblamientos del tipo «todos y todas» se trataba de una cuestión política en la que la RAE «no tiene por qué entremeterse»; es decir, no tiene que considerar ni mucho menos aceptarlos. También creyó oportuno recordar que «la institución se limita a registrar en su Gramática» la realidad del idioma. La aseveración de que se «limita a registrar»fue como si la subrayara.

La cosa habría quedado ahí si Rico no hubiese agregado que el que los invita a meterse en política es nada menos que «el alatristemente célebre productor de bestsellers». Obviemos el infortunio del adverbio y vayamos directo al sustantivo: productor de bestsellers. Todos estos calificativos sobrarían si no fuera que nos permitenescuchar, de boca de los protagonistas, la cuestión académica de fondo: el dinero. ¿El dinero? ¿Qué tiene que ver el dinero con el «todos y todas»? Lo pudimos averiguar unos días más tarde(18 de octubre, El País) en la respuesta de Pérez-Reverte, al acusar a Rico de creerse el dueño de Cervantes. Don Arturo quiso hacer su versión abreviada del Quijote —una edición «de forma desinteresada y cediendo todos los derechos editoriales a la RAE»— a partir de la célebre edición establecida por Rico, quien no se mostró tan altruista y reclamó su tajada. El abreviador le dijo «que no había derechos a cobrar por parte de nadie, que se trataba de aportar ingresos a la Academia». Rico se negó. Mirá vos, lector, dónde arrancó la discusión y hasta dónde llegó: hasta el bolsillo. Pérez-Reverte cree que, en verdad, Rico sale de repente con una «biliosa virulencia» contra él por este asuntillo de las regalías.

Hay quienes dudan de la inteligencia de don Arturo, porque lo encuentran muy interesado en demostrarla en cada una de sus intervenciones públicas. En este duelo, al menos,se dio un tiro en la pata. La RAE ha sabido representar muy bien el papel de neutralidad política; el prestigio que infunde en quienes la respetan descansa en ese aspecto de imparcialidad. Rico lo comprende bien, y acaso su premeditado silencio no sea más que una defensa de la riqueza que logró con él. Si la RAE comenzara a «dar por saco», como quiere el autor de Alatriste, y comenzara a llamar «pusilánimes a los que lo son, y estúpidos a quienes creen que por meter la cabeza en un agujero no se les queda el culo al aire» es probable que, ¡ay!, además del culo,terminen por mostrar la jeta. Don Arturo comparte con Rico la superstición de que la RAE desempeña una actividad científica, pero, a diferencia de aquel, parece no advertir que, después de los pronunciamientos públicos, vienen los desenmascaramientos, cuyo último capítulo es la pulverización de la corporación como institución descriptiva de la lengua. Si la RAE se decidiera a confesar que su tarea de fondo es influir en el curso del idioma español —un curso cada vez menos natural—, debería volver a llamar a su Diccionario «de autoridades», y agregarle de subtítulo, «de las autoridades que solo ejercen influencia sobre nosotros». Eso sería, además de honesto, mejor para todos, y también para ella, que podría rearmar su prestigio a partir del único tesoro legítimo que ostenta: el sesgo español.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Arturo Pérez Reverte y sus dotes de diplomático

La periodista y narradora Matilde Sánchez, el pasado 23 de octubre, firmó la siguiente nota publicada en la página de cultura del diario Clarín. Remite a lo de ayer, que, claro, sigue produciendo asco.

De la caballerosidad en la Academia Española

Nace un bebé; es una serie que transcurre en Medellín. El narco pregunta: “¿Es hembra o varón?” Y en estas pocas palabras, un reclamo que en castellano comienza en las primeras señales de vida. La protesta por los femicidios actualizó esta semana la larga indagación sobre las marcas sexistas en el castellano, una lengua donde la gran mayoría de sustantivos tiene género y el plural mixto es siempre masculino. La lengua es el vehículo primario de los estereotipos, la herramienta que, por su cotidianeidad, los vuelve indetectables. En un valioso ensayo, el escritor peruano Julio Ortega observa que el español es “la lengua con más carga de tradición autoritaria, con más peso conservador y mayor incidencia de las pestes ideológicas del machismo, el racismo y la xenofobia”. Al leerlo, recordé el sublime cartel de un bar de Guadalajara, que prohibía “el ingreso de hombres con armas y mochilas mariconeras”.
Las marcas patriarcales atraviesan toda la lengua y es central al problema el hecho de que en nuestra lenguas las cosas y los conceptos –todo- tienen género aunque no tengan sexo. Pero si los oficios son particularmente excluyentes, el castellano reserva unos pocos desquites: caballerosidad, patria y hombría son algunas de las paradojas compartidas gracias al artículo –no obstante, carecen de conceptos simétricos, a menos que las creamos compensadas con la palabra ‘víctima’, uno de los pocos femeninos universales.
Los debates sobre sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer llevan años zumbando en la Real Academia Española y estallaron este mes en un artículo de Arturo Pérez-Reverte, quien fustigó a la Junta de Andalucía por su instrucción de implantar en las aulas “el ridículo desdoblamiento de género” –los consabidos ‘miembros y miembras”, “todos y todas” Con el título “No siempre limpia y da esplendor”, Pérez–Reverte reclamó a sus pares más coraje (!) para resistir la embestida: “No todo el mundo es capaz de afrontar consecuencias en forma de etiqueta machista, o verse acosado por el matonismo ultrafeminista radical, que exige sumisión a sus delirios lingüísticos”. El escritor, a quien parece surgirle de natural el ademán de hidalgo, observa que en la RAE hay “académicos hombres y mujeres de altísimo nivel, y también, como en todas partes, algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla” (nótese que son cuatro palabras injuriosas contra el varón y seis contra la mujer, y que estas últimas tienen más sílabas, pues duplican la injuria al alargarse en diminutivos. Que, de paso, las vuelven niñas...) ¿Pero valdrá la pena el patrullaje policíaco de cada sílaba?
Le replicaron sus pares: el filólogo Juan Gil recordó que “la cuestión es política y la respuesta debe ser asimismo política”. Y luego Francisco Rico, que lo llama el “alatristemente célebre productor de best sellers”, lo acusa de emplear “sexismos y desdoblamientos según mejor le conviene”.
Quien primero estudió el tema fue Alvaro García Meseguer en el ensayo "¿Es sexista la lengua española?", de 1994. Según él, “una misma situación de la realidad, sexista o no, puede describirse con un mensaje sexista o no. Sexismo social y sexismo lingüístico están relacionados pero no deben identificarse”. Meseguer llama a una toma de conciencia en la expresión.
Podemos remediar unas pocas entre las muchas marcas sexistas en la palabra; confiar en que, en el momento de mayor circulación verbal que haya conocido la humanidad, erosionamos la historia de la lengua simplemente por acumulación de un presente que la deja atrás. ¿Ayuda empezar por la palabra escrita, cualquier signo aunque no tenga un sonido? El desdoblamiento de género es una solución farragosa, inaplicable a la literatura. Algo se resiste a cambiar en esa brecha entre la letra y el abecedario.

martes, 25 de octubre de 2016

Dos académicos pequeños pequeños

Pérez Reverte y Francisco Rico cuando se querían

Tanto denostarlo y al final, El País,  el pasquín ése que se publica en España, es una fuente inagotable de risa. En la siguiente secuencia, los lectores podrán comprobar la altura con la que discuten el atildado profesor Francisco Rico y el plagiario con cara de pie plano Arturo Pérez Reverte, ambos académicos, lo que permite medir la altura de los debates del  establishment intelectual español. Aparentemente, todo empezó con una columna de Pérez Reverte que estaba en sintonía con un artículo de Jesús Ruiz Mantilla, que también se reproduce.

Los académicos y las académicas
discuten sobre el sexismo lingüístico

(El País, 12 de octubre) No es que quite el sueño este caso específico, si no que en aras de una corrección política o de apoyar a colectivos que dicen sentirse discriminados, se propongan usos de género diferenciados: compañeros y compañeras; candidatos y candidatas... La cuestión entre los académicos es candente: ¿deben entrar como institución en una creciente tendencia pública alimentada por movimientos políticos y sociales o deben mantenerse al margen?

Hace cuatro años, el lingüista y académico Ignacio Bosque publicó un informe, firmado por todos los miembros de la RAE, titulado Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer. Desde entonces, el debate no ha cesado. En la calle, en las instituciones y, dicen, en menor intensidad pero a veces con virulencia, dentro de la misma institución. Un artículo firmado por el escritor y también académico Arturo Pérez-Reverte el 2 de octubre en su sección Patente de Corso, del XL Semanal, lo ponía de manifiesto e invitaba a no permanecer pasivos ante las peticiones “de amparo ante unas normas que pueden obligar a los profesores, en clase, a utilizar el ridículo desdoblamiento de género”.

Le respondió en una carta abierta un compañero de la institución, el filólogo Juan Gil, quien le dijo que la RAE no es “el Constitucional” y no puede dar “amparo a nadie”. “La cuestión que se debate es política, y la respuesta, si es que se le debe dar respuesta, debe ser asimismo política”, añadía.

Frente a quienes desean llevar la discusión al campo de la esfera pública están los que se centran en un debate lingüístico. Bosque insiste: “Con el pasado informe queríamos dejar clara nuestra postura, pero sabíamos perfectamente que no se resolvería el asunto. Más cuando algunos se empeñan en llevarlo al plano político. Simplemente digo que, antes de pasar al mismo, antes de saber en qué campos o situaciones se producen discursos sexistas frente a los que todos estamos en contra, por supuesto, hay que entrar en los detalles lingüísticos”.

Para empezar, la estructura de las lenguas románicas. Todas utilizan el masculino plural como genérico para ambos sexos. Por motivos atávicos, patriarcales, antropológicos… Los que se quieran esgrimir, pero así es. ¿A qué precio se puede cambiar ese uso que se ha convertido desde hace siglos en natural? A un precio político, creen muchos de los que observan con preocupación que se quiera revertir de una forma impuesta y un tanto artificial. “Va a ser imposible. Si alguien intenta así forzar la lengua está abocado al fracaso”, advierte Pedro Álvarez de Miranda, miembro de la RAE, filólogo, lexicógrafo y catedrático de la Autónoma de Madrid.

El debate dentro de la academia se centra en responder ante ciertas iniciativas públicas –sobre todo una promovida por la Junta de Andalucía en varios ámbitos— enviando cartas de recomendación o no ante determinadas propuestas. Pero entre sus miembros existen diferentes sensibilidades, dentro del consenso que supuso el informe elaborado por Bosque. Aunque no existan discrepancias dramáticas, apuntan, sí se presentan matices.

Estructuras fósiles
La filóloga Inés Fernández-Ordóñez, la más joven de los miembros de la institución, los pone de manifiesto: “Existen numerosos colectivos que consideran al masculino un modo no inclusivo. Entre ellos, algunos proponen soluciones que no coinciden con los usos clásicos del español. Por ejemplo, utilizar un término neutro como profesorado en vez de los profesores”. Y prosigue: “Es difícil. En las lenguas, una vez que una estructura se fosiliza no es fácilmente reversible. En ciertos contextos, yo no usaría la diferenciación candidatos y candidatas, pero no por eso desde la RAE debemos censurarlo”.

Inés Fernández-Ordóñez se muestra partidaria de abrazar y no rechazar: “Las estructuras lingüísticas son heredadas y no se pueden cambiar por decreto. A dichos colectivos se les ha hecho ver que la estructura de nuestra lengua funciona así, pero proponen cambiarla y, es más, lo practican. Deben ser respetados. La lengua supone cambio permanente y lo mismo que si antes no se podía convivir fuera del matrimonio y hoy solo el 20% de la población se casa, debemos mostrarnos abiertos”.

¿Tantos como para que se abandone el masculino como uso genérico? “No ha pasado y no creo que vaya a pasar”, apunta la filóloga. “Pero, lo mismo que en los últimos años, en pos del panhispanismo, desde la academia se han aceptado como válidos usos de cada país de habla hispana, debemos permanecer atentos y abiertos a todo cambio”.


Las académicas y los académicos

(EL PAÍS, 12 de octubre), Jesús Ruiz Mantilla da cuenta del enésimo episodio en “la más que civil batalla” (diría Juan de Mena) de quienes rechazan por sexista el uso natural y espontáneo del castellano y se empecinan en introducir especificaciones tan artificiales, tan insensatas como “nosotros y nosotras”.

La cosa arranca ahora de una pieza publicada en la prensa y en la Red, en la que Arturo Pérez-Reverte embiste contra los miembros de la Academia que se negaron a hacer suya la petición que unos supuestos profesores le habían enderezado a él a título personal: se trataría de pedir amparo (?) frente a la sugerencia surgida en la Junta de Andalucía de imponer en las aulas los “todos y todas”, “los madrileños y las madrileñas” y demás prevaricaciones por el

Aunque con obvia base lingüística, una cuestión política, en la que la Real Academia Española (RAE) no tiene por qué entremeterse, por más que nunca sobre recordar por quien sea cuál es la realidad del idioma que la institución se limita a registrar en su Gramática. Ahora bien, es el caso que el alatristemente célebre productor de best sellers no deja de incurrir a su modo en “el ridículo desdoblamiento de género” que con razón denuncia. Cito a la letra: “En la RAE —escribe— hay de todo. Gente noble y valiente y gente que no lo es. Académicos hombres y mujeres de altísimo nivel, y también, como en todas partes, algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla”. (Gloso en latín el último sustantivo: pudienda muliebris.) En ese contexto, advertimos que el primer “gente” es un rodeo del mismo tipo que “la ciudadanía” para evitar “los ciudadanos” y que en seguida viene el palmario desdoblamiento “hombres y mujeres”.

Con todo, le sigue otro aun más pintoresca y penosamente sexista. Podía haber hablado de académicos tontos y talibanes, pero le parece preferible discriminar soezmente: “tonto del ciruelo” y “talibancita tonta de la pepitilla”. Pero nótese que “alguno” tiene ahí un valor genérico, inespecífico, funcionando de hecho como un ambiguo plural: “alguno” no quita que haya más de uno, casi lo postula. A falta de cualquier precisión de nombres, no sé cómo habrán recibido el maltrato los miembros de la docta casa, y en especial todas las dignísimas señoras académicas, de la veterana Margarita Salas a la novel Clara Janés.

La conclusión, en palabras del propio Reverte: “Hay académicos que dan lustre a la RAE, y otros a los que la RAE da lustre”.


Paco Rico, autor del Quijote

(El País, 18 de octubre) El profesor Paco Rico, conspicuo cervantista y académico de la RAE (personaje que aparece, por cierto, con expreso agrado por su parte, en mi novela Hombres buenos), publicó hace poco un artículo en EL PAÍS, que a algunos lectores y amigos, e incluso a mí, sorprendió sobremanera. No por la confusa sintaxis y ortografía del texto ni por citar mal en latín pudienda muliebris en vez de pudendum muliebre o pudenda muliebria (extremos ambos inexplicables en alguien de la enorme, casi desaforada, talla intelectual del profesor), sino por la biliosa virulencia con la que se pronunciaba sobre mi persona. Y más sorprendente aún, habiendo tenido como tuvimos Paco Rico y yo, en otro tiempo, una razonable amistad y un mutuo y público respeto, con flores mutuas y comentarios elogiosos hacia el trabajo de cada cual, salvando las naturales distancias, incluido algún artículo firmado y publicado por Rico, también en EL PAÍS, donde elogiaba con entusiasmo (espero que sincero en ese momento, pues nadie se lo pidió por mi parte) las novelas del capitán Alatriste; para alguna de las cuales, por cierto, escribió incluso un magnífico soneto, publicado en El puente de los asesinos, séptimo volumen de la serie. Ése que empieza: "No picaré en el cebo de la vida / turbio nombre que Dios puso a la muerte...".

De ahí la sorpresa de propios y extraños, como digo, ante el texto irrespetuoso y agresivo, venenoso incluso (acabo de confirmar la acepción exacta de venenosoen nuestro diccionario de la RAE), con que en la sección de Cultura de este diario se descolgó el otro día nuestro más destacado cervantista contra el arriba firmante; quien, de pronto, en insólita pirueta de gustos y afectos, se le antojabaalatristemente célebre (feliz hallazgo, debo reconocerlo) escritor de bestsellers. El pretexto aparente, que lo confuso del texto, insisto, no permitía deslindar con nitidez, era un artículo mío titulado No siempre limpia y da esplendor, publicado en otro lugar, sobre ciertas actitudes pasivas de la RAE que personalmente desapruebo, y que también Paco Rico, al menos hasta ahora y delante de mí, ha desaprobado toda su vida. En ese artículo, por supuesto, yo no mencionaba ningún nombre, y mucho menos el del profesor; que, sin embargo, se creyó en el deber de afear públicamente forma y contenido de mi texto. O, para ser más exacto, de apoyarse en mi texto para ajustar cuentas. Para subirse, como apunta el viejo dicho, en los trenes baratos.

Y es aquí donde parece oportuno que mencione, para dar claridad al asunto, un suceso todavía reciente que tal vez ilumine el misterio. Hace dos años, de forma desinteresada y cediendo todos los derechos editoriales a la RAE, hice, con la muy valiosa colaboración del excelente filólogo Carlos Domínguez Cintas (que participó, también, en la conocida y soberbia edición de El Quijote anotada por los colaboradores de Paco Rico), una versión del texto cervantino adaptada para uso escolar, aligerada de ciertos pasajes, relatos y digresiones. Mi intención natural era utilizar para ese Quijotillo académico el texto tan magníficamente fijado por el profesor y su equipo, y así se lo dije. Sin embargo, y para mi estupefacción, Paco Rico me preguntó qué pasaba con sus derechos de autor. Le dije que no había derechos a cobrar por parte de nadie, que se trataba de aportar ingresos a la Academia, y él se negó. "Ya hablaremos", dijo. Hasta hoy. Decidí, por tanto, mandarlo a paseo y utilizar el texto de nuestra edición cervantina de 1780, con su agradable aroma dieciochesco, enriqueciéndolo con los bocetos originales de las ilustraciones que acompañaron aquella edición. El éxito fue enorme, nuestro Quijotillo ha vendido hasta la fecha unos 80.000 ejemplares, y los derechos de traducción han sido adquiridos por varios editores extranjeros, produciendo unos modestos ingresos que a la RAE le vienen muy bien, habida cuenta del vergonzoso abandono económico en que la tienen las altas instituciones del Estado.

En lo que acabo de contar radican, lamentablemente, las principales claves del asunto. Desde que el Quijotillo académico vio la luz, Paco Rico se embarcó ante terceros, cada vez que tuvo ocasión, en una ácida campaña de desprestigio de la obrita y de quienes la alumbraron. Cualquier pretexto lo caza al vuelo. Cosa comprensible, por otra parte, habida cuenta de que el profesor, que asiste a muy pocos plenos de la Academia y sólo atiende en ella a lo que le conviene al bolsillo, ha hecho de su famoso texto cervantino, reeditado una docena de veces en distintos lugares con distintos patrocinadores y nunca gratis et amore, que yo sepa, un rentable medio de vida. Nada tengo que objetar a eso, pues cada cual se busca las lentejas como puede. Unos publicamos novelas con más o menos fortuna y otros manosean Quijotes sin rubor y a destajo. Pero en el caso de Paco Rico, en mi opinión, eso ha terminado por hacerle creer que posee una especie de derecho exclusivo, o de propiedad intelectual, sobre las palabras Cervantes y Quijote. Y lleva fatal el intrusismo de quienes, aunque sea sin cobrar y para beneficio de la Academia, dentro o fuera de ella, interfieren en su negocio. Aunque, en este caso, la palabra exacta debe ir en plural: negocios. Quizá en otro artículo, más adelante, si es que el profesor Rico me anima a ello, pueda extenderme con espantables y jamás imaginados detalles sobre el asunto.