Mostrando entradas con la etiqueta Librerías de viejo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Librerías de viejo. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de febrero de 2026

Destrucción de libros: el futuro ya llegó


Omar Genovese publicó el siguiente artículo en el diario Pérfil, el pasado 7 de febrero. En su bajada se lee: "Lo que en la ciencia ficción parecía una exageración paranoica empieza a adquirir una inquietante materialidad. Documentos judiciales, contratos millonarios y millones de libros físicamente destruidos. Ciertas novelas que imaginaron un futuro con la desaparición del libro como objeto. Hoy, mientras empresas de inteligencia artificial entrenan sus algoritmos mediante el escaneo y reciclaje masivo de bibliotecas enteras, aquella ficción adquiere una deriva incómoda".

Anthropic destruyó millones de libros para alimentar a su inteligencia artificial

"A mediados del siglo XXI, lo virtual subvirtió la realidad. La Singularidad está cerca, una conmoción en la historia humana, fruto de la convergencia informática y nanotecnológica: ropa y lentes de contacto permiten la comunicación con el mundo entero, viajar como avatares a cualquier lugar o recibir información e imágenes de él. Un mundo mejor, acaso peligroso. Robert Gu –el mayor poeta estadounidense– regresa de su Alzheimer por un tratamiento milagroso, rejuvenecido, con sed de conocimiento. Así sale de la residencia de ancianos Rainbows End. Y debe volver a la escuela, familiarizarse con las máquinas de las que siempre desconfió. Amante de los libros, descubre un proyecto aterrador, el Bibliotomo: digitalizarlo todo a costa de la destrucción física del material impreso”.

El párrafo anterior es apenas una aproximación temática a las más de 400 páginas de la novela Al final del arco iris (2008, Ediciones B). Publicada en 2006 en inglés con el título Rainbows End, su autor, el matemático, teórico de la computación, escritor y profesor en la Universidad de California en San Diego, Vernor Vinge (1944-2024), obtuvo los premios Locus y Hugo en 2007. Enmarcada en la ciencia ficción post ciberpunk, veinte años después resulta predictiva más allá de cualquier especulación sobre el futuro.

El pasado 27 de enero, The Washington Post publicó un informe elaborado por los periodistas Aaron Schaffer, Will Oremus y Nitasha Tiku, que lleva por título: “Dentro del plan secreto de una empresa para escanear destructivamente todos los libros del mundo”. En él, hacen un recuento de las causas judiciales que las empresas desarrolladoras de herramientas de inteligencia artificial enfrentan en tribunales estadounidenses demandadas por autores, artistas, fotógrafos y medios de comunicación.

Además, accedieron a más de 4 mil documentos liberados por el juez de una causa específica por derechos de autor, contra la empresa Anthropic –uno de sus productos es el chatbot Claude–, en la que esta llegó a un acuerdo por 1.500 millones de dólares en el pasado mes de agosto. En dicha marea se mezclan documentos internos de la compañía, chats, mails, de los que surge un plan para “escanear destructivamente”, es decir, educar a los algoritmos de Anthropic con el contenido de millones de libros. Pero no solo sin pagar derechos de autor a los autores y editoriales, sino con un siniestro detalle que incluye la implementación del Proyecto Panamá, del que no querían que trascienda nada.

Dicho plan de Anthropic, empresa valuada en 183.000 millones de dólares, consistía en contactar a un proveedor experimentado en servicios de escaneo de documentos para procesar 500 mil a 2 millones de libros en seis meses, de esta manera las páginas escaneadas saciaban la “sed” de los algoritmos de su IA, que ya no aprende a escribir correctamente alimentándose de lo publicado en internet.

La manera en que “leyeron” los libros adquiridos para tal fin incluye guillotinas hidráulicas cortando el lomo de los ejemplares, donde se resguarda la encuadernación, para que las páginas sueltas fueran leídas en escáneres de alta velocidad. Por último, el destino de los libros desarmados era una empresa de reciclaje.

Para este operativo de lectura y destrucción, la compañía contrató a Tom Turvey, ex ejecutivo de Google, creador de Google Books. A partir de allí, consideraron comprar libros en bibliotecas o librerías de segunda mano, como Strand de Nueva York, quien negó cualquier venta al respecto. La adquisición de millones de libros se concretó en librerías de usados por todo el país y en dos de Reino Unido: Better World Books y World of Books.

Según la nota referida, “en junio, el juez de distrito William Alsup dictaminó que Anthropic tenía derecho a usar libros para entrenar modelos de IA porque procesan el material de forma “transformadora”. Comparó el proceso de entrenamiento de IA con el de los profesores que enseñan a los escolares a escribir bien”. Es decir, en toda la maraña judicial que implican acusaciones y defensas, el juez admite la destrucción de libros como una consecuencia lógica no punible. Para él, el delito está en otro lugar (de allí la compensación económica de la empresa, para mitigar el daño antes de una sentencia).

Según el juez, el delito es anterior al Plan Panamá y ocurre en junio de 2021, cuando el cofundador de Anthropic descargó libros pirateados del sitio Library Genesis. Conducta que repitió al año siguiente descargando material similar de un sitio web llamado Pirate Library Mirror. Y para empeorar la situación, emitió un documento a sus empleados donde afirma: “Violamos deliberadamente la ley de derechos de autor en la mayoría de los países”. Por las mismas razones, Google, Microsoft y OpenAI (ChatGPT) también enfrentan demandas por derechos de autor. Por caso, Microsoft pirateó libros de sitios Torrent utilizando servidores alquilados a Amazon, para evitar un rastreo posterior.

Para dar dimensión en lo real al Proyecto Panamá, que destruyó millones de libros luego de extraer lo publicado en ellos, vale mencionar que la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos –considerada la más grande del mundo– alberga más de 39 millones de libros catalogados. Y también, que la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, ubicada en Buenos Aires, supera los 3 millones de libros, mientras que la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina contiene 3,5 millones. Reciclar libros luego de extraer su contenido también remite al 10 de mayo de 1933, cuando los estudiantes nazis colaboraron en la quema de libros en toda Alemania bajo la consigna “Acción contra el espíritu antialemán”.


martes, 21 de noviembre de 2023

En cualquier momento, le toca a la baguette



Hace unos meses, adelantamos en este blog que, ante la inminencia de los Juegos Olímpicos, la alcaldía de París había decidido cerrar los puestos de libros usados de ambas márgenes del Sena para así evitar hipotéticos actos terroristas. El 18 de noviembre, con firma de Laurence Benhamou, se confirma la noticia en un breve artículo publicado por InfoBAE cultura. En su bajada se lee: "Por seguridad para el día de la inauguración de la competencia, el gobierno local exige retirar los puestos de los emblemáticos ‘bouquinistes’, instalados desde hace más de 150 años en la ribera del río. 'Lo que no logró la guerra, lo lograrán los Juegos', dijo un librero".

Los libreros del Sena, acorralados por los Juegos Olímpicos de París 2024

La alcaldía de París hizo una primera prueba para retirar los cajones verdes de los ‘bouquinistes’, los icónicos vendedores de libros de segunda mano situados a orillas del Sena en París, una medida de seguridad de cara a los Juegos Olímpicos de 2024 que ellos rechazan. El viernes por la noche, el ayuntamiento desmontó cuatro de los cajones, arrancados del parapeto junto al Sena con una grúa, aunque luego los volvió a colocar en su sitio.

Por razones de seguridad, la prefectura de policía de París exige el desmantelamiento de casi 600 de los 900 cajones verdes antes de la ceremonia de inauguración del 26 de julio de 2024, que tendrá lugar en el río.

Una veintena de agentes municipales, con ayuda de una empresa de mudanzas, dedicaron varias horas a retirar los cajones tras haber vaciado los cientos de libros que había dentro, ante un reducido grupo de libreros consternados. Los cajones que se retiraron llevaban cincuenta años instalados en el muelle, pero los más viejos tienen 150 años.

“¡Es como cuando te sacan un diente! ¡Y todo esto por solo cuatro horas de ceremonia! Lo que las guerras no han logrado, lo lograrán los Juegos Olímpicos: hacernos desaparecer”, explicó Michel Bouetard, secretario general de la asociación de ‘bouquinistes’.

“Todo esto es desproporcionado. Si eliminamos [los cajones], no estamos seguros de cuándo volverán”, advierte por su parte Jérôme Callais, presidente de la asociación y aseguró: “Pero si persisten en querer eliminarlos, iremos a un litigio”. Muchos ‘bouquinistes’ (hay unos 230) no tienen otros ingresos. “¿Qué harán en caso de varias semanas de inactividad?”, se pregunta Callais.

“Momento histórico”
Algunos cargos electos del ayuntamiento de París vinieron a darles apoyo. “Estamos en contra, todo esto se decide para poder hacer publicidad en los muelles”, afirmó Corine Faugeron, presidenta del grupo Ecologistas de la asamblea municipal.

Otros piden que intervenga el presidente francés Emmanuel Macron. Francis Robert, librero en el Sena desde hace 43 años, asegura que conoció a Macron cuando visitó los muelles del río el pasado octubre.

“Nos dijo ‘Estoy al tanto, los defiendo, ustedes son parte de París’. Él es superior al prefecto, puede decirle que nos haga quedarnos”, aseguró. “Es un momento histórico”, dijo una ‘bouquiniste’ con lágrimas en los ojos.

Otro permanece en silencio, con la mirada clavada en el parapeto desnudo. Hacia medianoche, tras haber sido depositados en un camión, los cajones volvieron a colocarse en el parapeto y los libros volvieron a su lugar, según lo planeado por la operación.

“Ahora estamos seguros de que podemos moverlos, es decir, retirar y luego volver a instalar los cajones en buenas condiciones y en un tiempo razonable”, comentó Pierre Rabadan, adjunto de la alcaldesa de París a cargo del deporte, en una conferencia de prensa para hacer el balance de la operación del viernes.

viernes, 2 de junio de 2023

"¿Es muy distinto como funciona una librería en París o Buenos Aires?"


El pasado 29 de mayo, la escritora y periodista Gabriela Mayer visitó Cien Fuegos, la librería argentina de París, propiedad del poeta y traductor Miguel Ángel Petrecca. Lo que sigue es la crónica de su conversación y algunos datos sobre la historia de las librerías de lengua castellana de la capital francesa.

Un paseo por Cien Fuegos, “la última librería latinoamericana en París”


Cien Fuegos es la única librería de París dedicada a la literatura hispanoamericana y a la venta de libros en español. Fundada en 2015 por el poeta y traductor argentino Miguel Ángel Petrecca, se encuentra en la rue Saint Blaise, apacible calle semi peatonal en el XX arrondissement, con el encanto de los antiguos suburbios parisinos.

 

La ciudad a orillas del Sena siempre fue una meca literaria para los autores latinoamericanos. Desde Rubén Darío hasta César Vallejo, pasando por escritores icónicos del boom como Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

 

Este pintoresco espacio se constituye en heredero de ese fluido vínculo de las letras latinoamericanas con París, pero también de la larga tradición de librerías iberoamericanas que existieron en esta ciudad. Como la Librería Española de Antonio Soriano en la rue de Seine o la Librería Hispanoamericana de la rue Monsieur-le-Prince, que hace tiempo cerraron definitivamente sus puertas.

 

Cien Fuegos o la librería como mito persistente

En la vidriera de Cien Fuegos se destacan, entre otros títulos, la edición aniversario de Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, Les morts sont de jour en jour plus indóciles (traducción de Los muertos están cada día más indóciles) de Roque Dalton y Los surcos del azar del historietista Paco Roca. Diversidad que convoca a hurgar en el selecto catálogo de esta librería.

 

Cien Fuegos atesora miles de volúmenes nuevos y usados en los anaqueles de madera clara y también apilados en cada recoveco. Después de hacer espacio a un par de sillas para la entrevista entre libros, Petrecca dice a Infobae Cultura que la librería como lugar es “un mito persistente”.

 

Antes de ocupar el local actual, a pasos de la plaza elevada de la iglesia Saint-Germain-de-Charonne y cerca del cementerio Père-Lachaise (donde descansan, entre muchas otras celebridades, Juan José Saer y Miguel Ángel Asturias), la librería estuvo primero en el distrito XI y luego en el XV, en la otra punta de París.

 

Una de las características distintivas de Cien Fuegos es que ofrece a sus clientes un modelo mixto, con títulos nuevos y usados, algo poco habitual en Francia. “Acá tenés librerías muy de nuevo o librerías de viejo, pero que trabajen con las dos cosas es bastante raro”, comenta Petrecca.

 

Las librerías francesas no especializadas suelen centrarse en las novedades. “A diferencia de la librería argentina, que también crea un fondo que se va construyendo a lo largo de los años”, afirma el autor de poemarios como La voluntad, El Maldonado y El gran furcio.

 

En el caso de Cien Fuegos, es mayor el flujo de libros usados, que proceden de la compra de bibliotecas, pero también de los libros que deja gente que parte de París o se muda a un lugar más chico.

 

De esta manera, terminan confluyendo muchas bibliotecas diferentes. Como “la biblioteca de un cubano que se vino escapando de la revolución, la de un peruano artista amante de la revolución… bibliotecas totalmente opuestas que se fueron acumulando acá a lo largo de décadas”.

 

Al librero, poeta y traductor nacido en Buenos Aires le encanta dedicarse a buscar libros, actividad para la cual París resulta buen lugar. “Justamente encontrás cosas que, como son en español, tal vez acá no se les da tanto valor”. Entonces, ejemplifica, aparecen ediciones de Rayuela firmadas o una primera edición de Cien años de soledad sin la tapa.

 

Más allá de los volúmenes que se apilan por Cien Fuegos, Petrecca -quien llegó a París para hacer un doctorado- tiene más libros en un sótano e incluso en su propia casa. Aunque ya perdió la cuenta, estima que deben ser unos diez mil.

 

Los títulos dentro del local se encuentran clasificados en diversos sectores. Un muro está dedicado a narrativa, aunque puede haber “infiltrados”, y otra área es la consagrada a poesía. También dispone de un sector donde conviven biografía, crítica literaria e historia, así como zonas que concentran respectivamente libros infantiles y de arte.

 

Por lo general, los títulos de narrativa y poesía son los más buscados, así como los de crítica literaria e historia.

 

Cien Fuegos suele abrir por las tardes, porque Petrecca combina su labor librera con la docencia y la traducción del chino y del francés. “Es el modelo al que llegué en este momento, que se hace compatible con mis dos trabajos. Por ahora así funciona”.

 

Desde la puerta, un pequeño cartel detalla en francés los horarios de Cien Fuegos: “Abrimos los jueves de 15 a 18. El resto de los días con cita previa. Si venís y no estoy, es probable que no esté lejos. No dudes en llamarme…”.


El legado de las librerías iberoamericanas en París

París cuenta con un extenso legado de librerías iberoamericanas, devenidas en destacados espacios culturales y puntos de encuentro. “Desde el siglo XIX hacia acá, siempre hubo incluso más de una librería en español. Algunas más conocidas, otras menos”, detalla Petrecca.

 

Este fenómeno se explica en el contexto de una ciudad “que se caracteriza por tener muchas librerías especializadas en lenguas. Que es el reflejo también de un cierto cosmopolitismo histórico, la presencia de muchas comunidades. En Argentina también hay algo de eso, me parece”, opina el librero, editor y poeta, que vive en París desde 2013.

 

Algunos de los clientes de Cien Fuegos aún recuerdan dos históricas librerías: la Librería Española y la Librería Hispanoamericana. La primera, del exiliado español Antonio Soriano, funcionó hasta la década del 2000. “Fue un centro muy importante de reunión de toda la cultura española de exiliados, un lugar de edición muy importante, una gran gran librería”, dice Petrecca.

 

Asimismo existieron otras menos conocidas o más efímeras. “Por ejemplo, el hijo de Antonio Berni tuvo una librería en París. También hubo otra librería argentina cerca del Panteón, El Salón del Libro, de un argentino que ya falleció, Alejandro de Núñez. La mujer de Buñuel también tuvo una librería española. Hay incluso librerías de las que no queda siquiera memoria”, apunta.

 

Petrecca comenta que obviamente el hecho de que la librería sea por estos tiempos un negocio más difícil que antes dificulta que alguien retome ese fondo. “Esa sería también una razón por la cual no tuvieron continuidad. Pero al mismo tiempo siempre va a haber alguien que tiene ganas de retomarlo. Es como un mito persistente la librería como lugar, más allá de que no sea tal vez tan fácil de sostener económicamente como hace algunas décadas”.

 

Desde el número 11 de la adoquinada rue Saint Blaise, el librero y poeta agrega que, aunque la librería de Soriano ocupó “un lugar histórico-cultural muy diferente, mucho más importante, en otro momento histórico, sí me ubico dentro de esa línea”.

 

“Compré un libro y lo perdí”

La diversidad asimismo es una marca distintiva entre los visitantes de Cien Fuegos. Algunos piden los clásicos del “boom” y otros, recomendaciones de libros más actuales. También llegan franceses que están aprendiendo castellano y buscan textos sencillos, así como latinoamericanos y españoles detrás de novedades editoriales. Por supuesto, tampoco falta la gente que entra a curiosear o llama pidiendo cosas absurdas.

 

El librero pone como ejemplo una vez que le dijeron algo así como: “Hace 40 años compré un libro en una librería y lo perdí, y me gustaría que me ayudes a encontrarlo de vuelta. Pero no me acuerdo del título, solo me acuerdo de la tapa. Necesito encontrar ese libro, porque tengo asociados muchos recuerdos”.

 

Petrecca cuenta que incluso llegan hasta la rue Saint Blaise clientes parisinos que no conocían esa calle que se destaca por sus característicos macetones y farolas, así como una variedad de restaurantes y cafés.

 

 “Es un descubrimiento y, por otro lado, la sensación que tienen que es casi como si fuera el suburbio”, indica. Porque “para el francés que vive del otro lado esto es lo que llaman el faubourg, algo medio lejano, ya no es el centro. Es una zona que hace diez, quince años, aparentemente era muy mal vista, bastante oscura, y que se fue renovando”, detalla el poeta y traductor.

 

¿Es muy distinto como funciona una librería en París o Buenos Aires? “Al ser en español, sí. Acá estás en un territorio extranjero, vendiendo algo que en realidad ya de por sí es muy específico. Siento que tengo una librería argentina y mi manera de pensar y funcionar es muy a la argentina, pero está acá”, reflexiona Petrecca.

 

Del Boom al miniboom

Fueron varias las obras insignia del boom de la literatura latinoamericana escritas en París. Más allá de la emblemática Rayuela de Cortázar, donde la ciudad se teje en la trama de la novela, García Márquez concibió La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba y Carlos Fuentes se inspiró para Aura.

 

Décadas después, ¿qué presencia tiene la literatura latinoamericana en la capital francesa? Aunque el boom sigue teniendo mucho peso, analiza Petrecca, también surgió en el último tiempo un pequeño miniboom de autoras argentinas, como Mariana Enríquez y Selva Almada. “Hay una cierta renovación, cierta receptividad. No tienen el lugar que tenía el boom, pero tienen sus lectores. Lo veo mucho eso ligado a escritoras mujeres”.

 

En un comienzo este fenómeno puede haber tenido que ver con el Programa Sur de apoyo a las traducciones. “Y también que es un lugar donde se traduce mucho y la literatura argentina específicamente, aparte de la latinoamericana, es una literatura que genera interés”.

 

Cien Fuegos desarrolla además actividad editorial y agenda cultural propias, con presentaciones de libros y lecturas. Durante los primeros años, la librería daba mayor protagonismo a los eventos pero, entre otros motivos por la pandemia, su periodicidad fue disminuyendo.

 

En cuanto a la iniciativa editorial, apunta a sacar unos dos títulos por año e implica “una voluntad de publicar algunas cosas en francés, pero no es central al proyecto de la librería, es lo más periférico”, explica Petrecca.

 

En los próximos meses, editarán dos libros en francés del poeta  Horacio Castillo. “La idea es continuar con eso, guiados más que nada por el placer, sin ninguna obligación de regularidad”. La distribución se realiza a escala reducida, a través de Cien Fuegos y en un puñado más de librerías.

 

Petrecca adelanta que, probablemente, en algún momento se mudará de nuevo. “Si es posible, a un lugar un poquito más grande, por una cuestión también de la cantidad de libros que tengo, y que volvería a ampliar un poco, a hacer más actividades”.

 

Una vez finalizada la visita a Cien Fuegos, queda flotando una última pregunta antes de continuar callejeando cual flâneur por París. ¿A qué debe su nombre esta particular librería?

Petrecca responde que no lo sabe con exactitud. “Creo que en mi cabeza inconscientemente el nombre sintetizaba lo chino y lo latinoamericano: poniendo ‘Cien Fuegos’ pensaba a la vez en las ‘cien flores’ de Mao, entendidas, con deliberada ingenuidad, como imagen de la diversidad”.

 

jueves, 24 de noviembre de 2022

"Los precios de los libros nuevos son prohibitivos"

Foto: Florencia Downes

El pasado 21 de noviembre, en el sitio de la agencia Telam, Milena Heinrich publicó un artículo cuya bajada dice: “En plazas, librerías o de modo virtual vendedores y lectores intercambian primeras ediciones, libros agotados o títulos cuyo precio de venta es mucho menor que el de una novedad editorial.” De ese mundo particular trata lo que sigue.

Libros usados, esa tradición de libreros y lectores al acecho de lo inesperado

De las tradicionales librerías de Parque Centenario, Rivadavia o Plaza Italia, a las de calle Corrientes, de las que atesoran ejemplares únicos hasta lectores que ponen en venta sus libros después de una vida acumulados y crecen con proyectos propios, el mapa de libros usados combina lo económico, lo inesperado y lo romántico y se reconquista con el empujón del espacio virtual: ¿creció la tendencia a consumir estos libros? ¿Cuánto del costoso acceso a la novedad inclina a lectores?

Al aire libre, en las principales avenidas, en calles de barrio escondidas, sobre una manta en una céntrica peatonal porteña, en ferias, como la reciente FLU (Feria del Libro Usado), los libros en la Ciudad de Buenos Aires están a la vista, al punto de que en 2011 la Unesco la declaró capital mundial del libro, mientras que antes de la pandemia el Foro Mundial de Ciudades Culturales la ubicó como una de la ciudades con más librerías. El cimbronazo de la pandemia condujo al cierre de locales de libros y obligó a multiplicar los canales de venta incorporando lo digital como una plataforma más, pero los libros siguen.

En el universo de librerías hay novedades, saldos, raros y también usados, esos títulos de segunda mano que son codiciados porque permiten acceder a títulos que ya no se editan, son más baratos, no se encuentran en todos lados o tienen una originalidad que los vuelve únicos, como primeras ediciones, subrayados, dedicatorias que cuentan historias. Como contracara, coleccionistas, buscadores de joyitas, aquellos que revuelven hasta dar con alguna sorpresa, lectores y lectoras que hacen frente a la situación financiera sin resignar el placer de una lectura.

Para Fernando De Luchi, fundador de Sudeste, librería ubicada en plena calle Corrientes, “en estos tiempos un lector regular casi no tiene otro camino que volcarse al libro usado, cuando una novedad puede significar nada menos que un 10 por ciento de su sueldo. Al margen de eso, hay también una cuestión romántica porque siempre hubo en un público con cierta seducción por el libro viejo, por la historia que traslada, por encontrar títulos que no se reeditan, con encontrarse con un ejemplar dedicado por una abuela a su nieto, por contener anotaciones pintorescas”.

Desde el año 2006 Sudeste vende usados, saldos y novedades en un local que es un oasis en el torbellino sonoro de la “calle que nunca duerme”, aunque su historia arrancó un tiempo antes en las vísperas del 2001 y como ocurre en este oficio llevó su pasión hasta la obsesión. “Las formas de acceder a los libros usados son muy variadas y algunas se fueron transformando con el paso de los años. Desde recorrer paños de gente que vendía todo lo que le sobraba en los parques en aquella víspera de la crisis 2001, a poner avisos en el diario anunciando que compramos libros. También la librería es una boca de recepción: mucha gente de acerca allí a vender sus libros”, cuenta.

El público de Sudeste es diverso y “fluctúa con los horarios y los días. El dólar alto trae turistas de toda la región, al mediodía está el público ‘oficinista’  que la recorre en su hora de almuerzo, los sábados la visita gente que va al teatro y ‘hace tiempo’ revisando bateas o chusmeando las oportunidades de las mesas de ofertas”. Para el librero, además, aunque “en menor medida que décadas pasadas están los coleccionistas, aquellos que les falta un ejemplar para tener la revista Sur o El Gráfico completas. O el buscador de tesoros, con su afán de encontrar perdida alguna ‘joyita’”, cuenta el librero.

A una cuadra de Sudeste está Edipo, librería fundada en 1978 que también combina novedades, saldos y usados. Uno de sus libreros, que trabaja hace más de treinta años, cuenta que la circulación cambió mucho después de la pandemia, por lo que debieron potenciar la venta a través de Internet. Aunque traccionan a sus seguidores de siempre, esos lectores que conocen y confían en los hallazgos de la librería y sus elecciones, el fuerte también se ubica los fines de semana cuando la gente va al teatro y se acerca “por el precio”. La ecuación  es sencilla: una novela que pasó por otras manos se puede conseguir por 1.000, una recién salida de imprenta vale 5.000.

Daniel Zachariah es inglés, vive en Buenos Aires hace más de una década y tiene una librería sobre la calle Reconquista, The Book Cellar & Henschel, a la que ahora sumó un pequeño local a metros nomás para guardar todos los libros que va comprando y ya no entran en el espacio. “Cuando era chico y pasaba por la librería de usados en Londres tenía miedo entrar, como si fuera un lugar al que tenés que ir con cierto conocimiento porque no es como las librerías de nuevos donde la gente va por autores, categorías o por sus atractivas tapas. Entonces, el trabajo más grande que tenemos que hacer como libreros de usados, antiguos, raros, es seguir introduciendo a la gente para que se sorprenda y encuentre lo que no sabía que estaba buscando”, dice.

Capítulo aparte es el detrás de escena de todos esos montones de volúmenes a la venta: el circuito es fascinante. Los libros ya leídos, ya comprados, tienen circuitos de accesos muy variados para libreros. Van del boca en boca, visitas a domicilios, avisos en diarios, gente que se acerca a vender lo que tiene y bibliotecas que necesitan despojar su volumen por traslados, muertes, anticuarios con sus tesoros, limpiezas domésticas y también hallazgos de recicladores urbanos. ¿Cómo se fija precio? ¿Cómo se define cuando sí y cuando no? Oficio de librero: arte, intuición y riesgo.

Zachariah lo define como “un fenómeno de movimiento constante” y da como ejemplo Cesar Aira que “siempre fue muy seguido pero ahora la gente se vuelve loca por sus primeras ediciones, lo mismo con otros escritores de culto de los 80 y 90”. Pero lo cierto es que nadie tiene la bola de cristal:”Todo el tiempo me piden libros de Mariana Enriquez y van bien, pero lo que no sabemos es si en 20 años ella va a ser coleccionable, si se van a pedir sus primeras ediciones, los libros firmados. Es parte de la diversión también”. Los libros usado bajan y suben en función de demandas, tendencias, decisiones editoriales.

Como trasfondo de ese oficio una “obsesión” como se define el librero, que participó de las tres ferias de libros que tomaron la agenda editorial de la ciudad en este mes (la del usado, la del raro y la del antiguo): “Cuando descubrís que puede ser un hobby, que te encantan los libros, te encanta leer y puedes vivir de eso, es un placer. Yo empecé con libros en inglés pero aprendí de todo, de arquitectura, de filosofía”, cuenta.

¿Se vende o no se vende? Zachariah dice que no tiene quejas “en este contexto”: “Hay alta y bajas, como todos los años”. En su caso, los feriados complican porque ajustan el mes y los bolsillos pero a diferencia de lo esperado fin de mes puede ser una buena oportunidad porque “hay gente que ve que le sobró un poco de plata que no se justifica ahorrar y entonces la vuelca a los libros usados. Por el mismo precio que una novedad se puede llevar hasta cinco más”.

Juan Pablo Correa está detrás de Librería Mastronardi, “librería de viejo”, como se define en su Instagram que atiende de manera virtual. Gestor y conocedor del mundo editorial, entusiasta lector, Correa define a la ciudad de Buenos Aires como “un paraíso para quienes aman los libros”. Él mismo, desde su 15 años, compró tantos libros que “cada tanto hago pequeñas ferias, regalo o canjeo. Hace unos años empecé a vender en Mercado Libre, pero se volvieron despóticos y dejé de hacerlo a través de ellos”. Para Correa, ese comercio sirve a comercios pero no a libreros amateurs, como él que “en cierto modo vendo para comprar”.

“Con los años -dice- he aprendido a ser desprendido, prefiero hablar de juego no de marketing. Me gusta que uses la palabra curaduría, yo que me he pasado la vida riéndome de los curadores, ahora me he vuelto curador curatorial. Y lo que pongo a la venta es lo que he leído y me gusta. A veces me cambió el gusto y ya no me gusta más, pero puedo hablar de  la impresión que me produjo en su momento Nabokov, por ejemplo. Ahora no me gusta pero cuando lo leía me hacía vibrar”.

Esa vibración probablemente lo aleja de pensar al libro en función de su fin monetario: “Me resisto a pensar en el libro como valor económico, valen por el placer que te dan. Tener una biblioteca es una felicidad, recorrés los anaqueles buscando alguno y te encontrás con otro que te estaba esperando y tenía algo importante para decirte”.

Libros Pampa es un emprendimiento librero de venta online que surgió en 2008, encabezado por madre e hijo, Andrea y Agustín. La sinergia entre quienes compran y quienes venden se sostiene en las referencias y en el vínculo, por lo que intentan ofrecer textos que consideran de interés para sus clientes. “Nos contactan personas con interés en vender sus libros por diversos motivos, mudanzas, sucesiones, problemas de espacio, donaciones, entre otros motivos”, cuenta Agustín sobre el circuito que da forma a su catálogo.

Sobre el interés en usado plantea que no están “viendo un aumento en ventas,  observamos un gran estancamiento hace unos años a esta parte.  Para los lectores los precios de los libros nuevos actualmente son prohibitivos y eso puede que esté haciendo que haya un cierto interés en el libro usado. No obstante, vemos que tanto para el libro nuevo como usado el mercado se ha achicado enormemente producto del estancamiento económico”

En su opinión interviene otro factor “cultural”: “la gente lee poco o directamente no lee libros, y ello incide fuertemente en toda la industria. Asimismo, esta problemática representa también un desafío para los libreros que tendemos a leer mucho y querer entusiasmar a los lectores con libros fuera de catálogo, rarezas o de autores todavía desconocidos o que se leyeron mucho en su momento y que deben ser recuperados”, dice.

Libros y medio ambiente ¿sustentabilidad gana novedad?

Libros Pampa se presenta como una forma de “lectura más ecológica y sustentable”. Explica Agustín, también abogado y politólogo, que “está claro que la reedición de cualquier obra implica en términos de sustentabilidad, un gasto en papel que proviene del procesamiento de la pulpa de celulosa de origen vegetal. El libro usado permite esa circularidad y reutilización de una obra ya impresa”. Eso, dice, potencia también la bibliodiversidad con la recuperación de obras que ya no se reeditan.

La propuesta de Libros Pampa con una perspectiva eco entra en diálogo con la tendencia a la circularidad que están proponiendo otras industrias como la moda. Para Zachariah si el motivo de inclinarse al usado fuera ecológico no le pedirían bolsitas de plástico para cargar los libros que compran en su librería. Y De Luchi en está línea aporta: “Me encantaría pensar que fuera por una inquietud ecológica, pero me inclino a que responde a una cuestión económica”.

A esa cruzada de crisis que conjuga situación económica y el precio de las novedades, Juan Pablo Correa agrega otra: “Una crisis de la industria editorial mainstream, publican libros que no tienen nada que ver con la literatura y salvo en algunas librerías no encontrás novelas que no sean novedades”.