El pasado 29 de octubre, Daniel Gigena publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, una breve crónica del progreso del conflicto entre las feministas mexicanas y Paco Ignacio Taibo II, director del Fondo de Cultura Económica.
jueves, 30 de octubre de 2025
Sigue el conflicto entre las feministas y el director del FCE
miércoles, 29 de octubre de 2025
Según Paco Ignacio Taibo II, director del Fondo de Cultura Económica, hay que darles más espacio a las mujeres, pero sin detrimento de la calidad
martes, 16 de septiembre de 2025
Otra forma de cancelación cultural
La presente nota, publicada el pasado 12 de septiembre, en las páginas culturales del diario mexicano La Jornada, con firmas de Jim Cason y David Brooks, corresponsales del medio en Washington y Nueva York, da cuenta de la "limpieza" que está llevando a cabo el gobierno de Donald Trump, para que la historia de los Estados Unidos sea exclusivamente blanca y anglosajona. Una de las obras de Feggo
Washington y Nueva York., El presidente estadunidense, Donald Trump, ha lanzado una revolución cultural que busca rescribir la historia oficial de su país, borrando narrativas sobre las vidas y luchas de pueblos indígenas, afroestadunidenses, latinos, inmigrantes y gays al censurar literatura y exhibiciones museográficas, así como promover a artistas conservadores “patrióticos”, cuyas cualidades principales parecen ser una lealtad absoluta al mandatario.
Exhibiciones que celebran la experiencia inmigrante y la vida de la comunidad latina ya se han removido de recintos nacionales; obras de teatro y música encabezada por artistas de la comunidad LGBT han sido canceladas en sitios públicos como el Centro Kennedy, en Washington, mientras la Casa Blanca sigue elaborando directrices para más cambios de este tipo. Directores de museos nacionales ya renunciaron o fueron despedidos.
A finales de agosto, el actual director de los museos del Instituto Smithsoniano (complejo de 19 recintos y centros de investigación públicos más importante del país) se reunió con Trump después de que la Casa Blanca emitió una larga lista de obras de arte que ordenaba retirar de exhibiciones públicas. Todo esto “se siente un poco como censura”, comentó en entrevista con el Washington Post Spencer Crow, ex director del Museo Nacional de Historia Estadunidense.
La purga de arte y cultura ya está avanzada. En una visita al Museo Nacional de Historia Estadunidense, La Jornada confirmó que toda la galería nombrada Historia Latina, auspiciada por la familia Molina, la cual el museo describió como “la primera galería dedicada a la experiencia y contribuciones latinas a Estados Unidos”, cerró tres meses antes de lo programado. “Está clausurada por renovaciones”, comentó un empleado del recinto a La Jornada sin más explicación. Varias de las obras de esta exhibición estaban incluidas en una lista publicada por la Casa Blanca de piezas que no eran “consistentes” con la visión del presidente Trump sobre la cultura nacional.
“¿Así se sentían los artistas de la Alemania de Hitler?”
Entre las obras en esa galería se encontraba El 4 de julio desde el sur de la frontera, dibujo del artista y caricaturista mexicano Felipe Galindo Feggo. Según la lista de la Casa Blanca, esta obra se vincula con un artículo publicado en el sitio de la ultraconservadora Federalist Society, quejándose de que “se muestra a migrantes observando los fuegos artificiales del Día de la Independencia a través de una apertura en el muro fronterizo entre Estados Unidos y Mexico”. Esta obra, junto con otra que afirma que “Estados Unidos se robó un tercio del territorio de México en 1848 con el Tratado de Guadalupe Hidalgo”, aparentemente ofendieron al presidente y a su equipo.
“¿Así se sentían los artistas de la Alemania de Hitler cuando sus obras eran etiquetadas como ‘arte degenerado’?’, preguntó Feggo en un comentario enviado a La Jornada.
“El arte es poderoso. Los artistas no deben ser acosados, censurados ni silenciados. La libertad de expresión es un pilar fundamental de la democracia, y cualquier intento de suprimirla debe ser resistido con firmeza”, concluyó.
En el centro de otra galería se exhibe una estatua de unos tres metros de altura parecida a la de la Libertad, pero en esta versión la figura tiene piel morena, un jitomate en una mano y porta una canasta de la misma verdura en la otra. Su pedestal dice: “Yo también soy estadunidense”.
La figura de papel maché, creada por la artista Kat Rodriguez, se hizo famosa porque fue cargada por jornaleros agrarios durante una marcha de 377 kilómetros por la justicia en Florida organizada por trabajadores mexicanos, haitianos y guatemaltecos de la Coalición de Trabajadores de Immokalee en demanda de mejores condiciones de trabajo y protección de los derechos laborales. La obra fue donada al Smithsoniano.
Pero la Casa Blanca decidió que esta información e imágenes no son parte de la historia oficial.
Un representante del museo rehusó confirmar a La Jornada si la estatua y otras obras serán retiradas. Pero un recorrido por una exhibición llamada De muchas voces, cuentos, vidas, nos volvemos Estados Unidos, deja dudas sobre si será tolerada mucho más por este gobierno.
A unos pasos de la estatua, hay otras exhibiciones en torno a cómo la frontera compartida con México, el éxito de los inmigrantes profesionistas, la lucha por la justicia de los afroestadunidenses y la de los derechos de la cominidad LGBT forman parte del mosaico llamado “Estados Unidos”.
Para Donald Trump y sus aliados, esta historia requiere ser blanqueada. “El Smithsonian está fuera de control; todo lo abordado es sobre qué tan horrible es nuestro país, qué tan mala era la esclavitud”, escribió el mandatario en sus redes sociales en agosto. Un comentarista preguntó: “¿cuál fue la parte buena de la esclavitud?”
“Restaurar la verdad”
Las acciones más recientes de la Casa Blanca dan seguimiento a una orden ejecutiva emitida en marzo con la intención proclamada de “Restaurar verdad y sanidad a la historia estadunidense”.
Trump explicó en esa orden que “es la política de mi gobierno recordar a los estadunidenses nuestro legado extraordinario, el progreso consistente en volvernos una unión más perfecta y el historial sin igual de promover la libertad, la prosperidad y el florecer humano”.
En sus instrucciones para implementar esa orden, la Casa Blanca declaró que el propósito de esta evaluación es “asegurar el alineamiento con la directriz del presidente de celebrar el excepcionalismo estadunidense”, entre otras cosas.
Los primeros pasos en este esfuerzo incluyeron el despido del bibliotecario del Congreso y el archivista nacional, el remplazo de toda la junta directiva del Centro Kennedy y decretos que instruyen al Servicio de Parques y otros monumentos nacionales a evaluar su literatura y programas con el fin de excluir contenido “negativo” sobre Estados Unidos y retirar todo lo crítico para el 17 de septiembre.
El presidente también logró recortar el financiamiento tanto de la televisión como la radio públicas, así como del Fondo Nacional de las Artes y el de Humanidades. Además, nombró un equipo para “evaluar” las artes, incluyendo la música y otras expresiones culturales asociadas con instituciones federales.
Esta “revolución cultural” ha sido acompañada por esfuerzos de censura ya impulsados anteriormente alrededor de Estados Unidos. Se registraron más de 10 mil intentos separados para prohibir libros en este país en 2024, según el PEN American Center.
Todas estas medidas han sido condenadas por bibliotecarios, historiadores, artistas y otros trabajadores culturales.
“Contar la historia de Estados Unidos tiene que abarcar la historia plena y compleja de su pasado y presente, incluyendo una evaluación honesta de males e injusticias, y un reconocimiento del proyecto sin la finalidad de crear una unión más perfecta”, declaró Hadas Harris, del organismo mundial de escritores.
“El esfuerzo de este gobierno de rescribir la historia es una traición a nuestras tradiciones democráticas y un esfuerzo muy preocupante de sacar la verdad de las instituciones que cuentan nuestra historia nacional, que abarca desde el Smithsoniano hasta nuestros parques nacionales.”
lunes, 13 de noviembre de 2023
Los Estados Unidos cada vez más trogloditas
miércoles, 26 de julio de 2023
Una iniciativa por el derecho a leer
miércoles, 19 de julio de 2023
Defensa de los bibliotecarios estadounidenses
viernes, 7 de julio de 2023
Ahora se la agarran con Virginia Woolf
“Al faro se publicará con un ‘descargo de responsabilidad’ en los Estados Unidos mientras que en España se vetó la representación teatral de la novela Orlando”. Esta es la bajada de la nota referida a la censura que se pretende ejercer sobre obras de Virgina Woolf, firmada por Daniel Gigena, en el diario La Nación, de Buenos Aires, el pasado 4 de julio.
La corrección política y la censura atacan
de nuevo: esta vez, la víctima es Virginia Woolf
La corrección política y la censura atacan de nuevo, esta vez en Estados Unidos y en España, respectivamente. Días atrás, la editorial Vintage informó que la clásica novela Al faro, de Virginia Woolf, se publicará con un “descargo de responsabilidad” en el que los editores estadounidenses advertirán al público que las opiniones de los personajes reflejan las “actitudes de la época”. En clave semiautobiográfica, en Al faro la reconocida escritora británica narra las historias de los viajes de la familia Ramsay a su casa de veraneo en la isla de Skye en Escocia; en su infancia y adolescencia, Woolf y su familia veraneaban en St. Ives, en Cornualles, en una casa familiar con vista a la playa de Porthminster y al faro de Godrevy.
En Al faro, quinta novela de Woolf, uno de los personajes (Charles Tansley) predica que las mujeres no saben escribir ni pintar (ni controlar sus emociones), lo que afecta la frágil subjetividad de Lily Briscoe, joven protagonista protegida por la bondadosa señora Ramsay (su esposo, el señor Ramsay, es un filósofo tiránico). Los personajes también hacen consideraciones que pueden resultar antipáticas sobre la organización social del Reino Unido (en ese entonces, los años 1920, un imperio sin la menor dosis de autocrítica). La edición de Vintage estará precedida por una nota editorial que explica que la decisión de imprimir la novela en su forma original no representa un “respaldo” a las “representaciones culturales o el lenguaje” de la artista.
“Las tensiones de clase y de género aparecen en la novela –dice la profesora Martina López Casanova a La Nación–. Pero eso no significa que el libro sea sexista, clasista o aporofóbico. Es no entender qué hace la autora con eso, que entrecruza lo cultural, lo social y lo político con lo íntimo; incluso lo más íntimo, porque su propia subjetividad como escritora está involucrada, con ese pensamiento interior inglés y modernista de la época que muestra el modo en que esto talla en los personajes. Woolf tiene una gran sutileza para trabajar con estos planos de un modo emocionante, sin necesidad de hacer una denuncia”. Para López Casanova, esta decisión editorial confunde los puntos de vista de los personajes con el que puede adjudicarse a la novela. “El libro no está diciendo lo mismo que dicen los personajes que, por otro lado, no son chatos ni unívocos”.
“Esto que sucede con Al faro y Vintage, propiedad de Penguin Random House, ya sucedió con Agatha Christie y Ernest Hemingway, aunque en esos casos llegaron más lejos: se corregía la traducción –remarca la escritora Ariana Harwicz a La Nación–. Es algo de lo que los filósofos se van a reír mucho dentro de cincuenta o cien años. Se va a mirar a estos editores como cómplices y colaboradores, y agregaría como traidores. Nietzsche decía que había que juzgar a los artistas como criminales; ya que estamos en la época del juzgamiento, creo que la historia va a juzgar a estos editores como traidores al arte y deberían rendir cuentas”. Para la autora de Matate, amor, se viven tiempos malsanos para el arte y los artistas. “Habíamos abandonado los años en que se perseguía a Baudelaire por sus poemas, a Flaubert por Madame Bovary,y en que el Vaticano juzgaba a Pasolini por sus novelas. Pero se vuelve con fuerza en este siglo, donde se judicializa el arte”.
En los museos europeos, recuerda Harwicz, también se ponen en práctica estas advertencias a los espectadores sensibles. “Es extraño porque esto pasa en sociedades democráticas, no teocráticas –señala–. Antes, el aparato censor tenía su lógica en los regímenes fascistas, pero ahora, en épocas de diversidad y multicuralismo como la actual, sucede por marketing. En la glorificación de la diversidad, se condena el pasado, sin ninguna crítica sobre el presente. El absurdo es que estamos hablando de arte”. Las novelas de Harwicz se han traducido a varios idiomas, excepto Degenerado, protagonizada por un pedófilo acusado de violar y asesinar a una niña. “Lo que molesta es el contenido”, deduce la autora.
Contra Orlando
En España, por otro lado, el Ayuntamiento de Valdemorillo (Madrid), gobernado por el Partido Popular y Vox, se vetó la representación teatral de la obra Orlando, basada en la novela de Virginia Woolf que tradujo (y alabó) Jorge Luis Borges. Según la compañía Teatro Defondo, se trata de un “veto ideológico” porque en la obra se reivindican el feminismo y el movimiento LGBTIQ. El protagonista de Orlando cambia de sexo a lo largo de los siglos (el hecho de pertenecer al “sexo débil” a partir del siglo XVIII le trae no pocos inconvenientes). La antiiniciativa corrió por parte de la Concejalía de Cultura de Valdemorillo, a cargo de Victoria Amparo Gil Movellán, de Vox.
La Asociación de Autoras y Autores de Teatro de España, que reúne a centenares de dramaturgos, y la Asociación Colegial de Escritores manifestaron “su más enérgico rechazo” a la suspensión de la versión escénica de la novela de Woolf escrita por la dramaturga Vanessa Martínez, que recibió numerosos premios y elogios. El actor y productor de la pieza teatral, Pablo Huetos, en una carta abierta al alcalde de Valdemorillo (Santiago Villena) le solicita que ponga freno “a aquellas otras prácticas de una minoría que intenta destruir la convivencia en este Estado plural en el que vivimos”.
Desde el Ayuntamiento alegaron que la suspensión de la obra no se hizo por razones ideológicas sino económicas, “puesto que tenemos un presupuesto prorrogado y no hay dinero para ciertas actividades, como también ocurre con el cine de verano, que no va a realizarse tampoco”.
viernes, 26 de mayo de 2023
" ¿Por qué tanto miedo a la incomodidad?"
El pasado 11 de mayo, Gabriela Baby publicó en Cultura InfoBAE una entrevista con la filóloga española Irene Vallejo, quien, convertida en best– seller mundial, visitó la última Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.
Pedro salió adelante y goza de buena salud. Y el
libro, también: súper elogiado por la crítica, adorado por miles de lectores de
todo el mundo y ganador del Premio Nacional de Ensayo en 2020 en España. El infinito en un junco. La invención de los
libros en el mundo antiguo cuenta la historia de los libros –desde los
primeros papiros, códices y pergaminos– y su permanente tensión con el poder.
El texto
(450 maravillosas páginas) tiene el tono de leyenda épica en la que los héroes
son libreros, bibliotecarios, lectores, juglares y poetas anónimos: gente del
montón que hoy reconoceríamos como lectores (el famoso lector de a pie quizá)
que defendieron con astucia y tesón el entrañable, mágico tesoro que
constituyen los relatos de la humanidad. Y para toda la humanidad.
Irene
Vallejo está feliz porque ha llegado a Buenos Aires y la esperan días de Feria
y encuentro con los lectores y mucho más.
“Es una
maravilla para mí estar en Argentina, porque de Argentina llegaban muchísimos
libros a mi casa durante el franquismo, cuando yo era chica. Mis padres eran
muy muy lectores, y a través de libreros amigos y con mucho cuidado llegaban de
Argentina libros que la dictadura había prohibido: Miguel Hernández y Lorca,
nuestros exiliados, que habían venido a Latinoamérica y acá publicaban, porque
estaban prohibidos en España. Pero también los libros de Juan Rulfo y de Cortázar.
De Editorial Losada, yo recuerdo libros de César Vallejo y de Roberto Arlt.
Estoy hablando con vos y veo la tapa de El
juguete rabioso, de Roberto Arlt, en la edición de Losada. Y por supuesto Rayuela, que estaba prohibidísima. Todos
los autores que tuvieran un halo izquierdista o incluso todos los libros que
fueran muy experimentales o explícitos sexualmente estaban prohibidos, entonces
estaba prohibido casi todo.
–La
persecución a los libros se repite a lo largo de la historia del mundo, en
muchos países.
–Pues claro. Ustedes
tuvieron la misma historia acá con la dictadura militar. Pero siempre la
prohibición produce el efecto contrario que es un gran hambre lector.
–En El infinito en un
junco se narran varias escenas de destrucción y censura de libros.
–Sí, porque así como existen noticias históricas de la aparición de libros, existen también noticias de persecución a los libros. Quema de libros, ataques a libreros, a autores, encarcelamiento, exilio. Ovidio es el clásico que aparece acá porque él fue condenado al exilio por el emperador Augusto. También los libros relacionados con brujería, con religiones paganas, de adivinación o de historiadores que resultaban incómodos a los poderosos.
–¿Son historias que pertenecen
al pasado o que también están ocurriendo en el presente?
–Lo cuento como pasado pero para despertar la conciencia de lo que está sucediendo. Acabo de hacer una gira por Estados Unidos y estuve en Harvard, en una conferencia que se titulaba “Leer libros prohibidos”. Y allí me enteré que la Asociación de Bibliotecas americanas ha lanzado una petición de socorro, porque cada vez hay más personas que solicitan que se retiren libros de bibliotecas escolares o públicas. Padres o familias que consideran que esos libros pueden resultar perturbadores para los niños o para cualquier otro lector. Desde clásicos hasta libros contemporáneos.
–¿Hay
algo de la corrección política que se está pareciendo demasiado a la censura?
–Se ven como dos extremos políticos: por un lado, los más conservadores que se sienten incómodos con libros que hablan del racismo institucionalizado o de libros que dicen ellos que son antiamericanos, o libros con contenido sexual explícito, libros que les parecen que son de temática LGTBI, y no quieren que las personas entren en contacto con ellos. Y, del otro lado, desde las izquierdas, esos libros que se supone que son ofensivos para las minorías, como el caso de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, que usan este término niger, u otro tipo de textos que tienen cierta terminología racista o misógina. Las personas que van contra estos libros dicen que esos términos pueden ser ofensivos o inquietar a esas minorías.
–¿Qué efectos puede tener esta
cultura de la cancelación?
–La pregunta que me surge es ¿por qué tanto miedo a la incomodidad? Por qué no pensamos que la incomodidad es profundamente filosófica. No existe el derecho a que el arte no te incomode. Incluso porque incomodar es una de las obligaciones del arte. Provocar una sensación que puede estar en un arco que va desde la duda, la sacudida de tus certezas, la pregunta, la repugnancia y la repulsión también. Y no tenemos derecho a que esos libros no estén accesibles en las bibliotecas. O en los colegios. En tal caso, enseñar a los niños o a los lectores a ser críticos con los libros.
–¿Por
qué?
–Porque la incomodidad invita a pensar la raíz de esa incomodidad, entonces descubres cosas sobre ti mismo, sobre sociedades del pasado, sobre una herencia recibida, y sobre conceptos que muchas veces están en la atmósfera y no nos cuestionamos. Si eliminamos los libros de Historia o los relatos escritos en otros siglos y las manifestaciones sociales que no nos gustan, estamos borrando la huella de nuestro pasado, de nuestras luchas. Si se borran de la literatura todas las huellas del machismo, entonces ¿dónde queda el feminismo? ¿Cómo construyes la historia del feminismo si borramos las huellas de aquello que se trataba de combatir? Y además es muy peligroso, porque si tienes versiones edulcoradas del pasado puedes provocar movimientos nostálgicos a otras épocas muy idealizadas…
–¿Como si existiera un pasado
perfecto y limpio?
–Algo así. Ahora hay muchas personas en Estados Unidos que dicen querer volver a la América grande de nuevo, el american way of life y todo eso. Añoran los años 50 o 60 con una mirada muy idealizada de esa época, olvidando muchos aspectos de esa sociedad: el machismo, la caza de brujas, el macartismo, la persecución, la falta de libertad. Y son los relatos de esa época los que nos devuelven a todo aquello que hemos combatido y que siempre está al acecho. O sea: tenemos que mantenernos alerta porque ninguna conquista es para siempre.
¿Literatura
o mercado?
–Actualmente
la comunidad del junco parece reunir a multitudes. ¿Consumo o lectura?
–Esta bueno seguir esta relación entre autores y lectores cronológicamente, porque al principio de la Historia, cuando se escriben los primeros libros, el objeto libro era un privilegio de las clases pudientes. Muy pocas personas tenían libros: los aristócratas, los gobernantes y los sacerdotes, nada más. La mayoría de la gente no había visto un libro en toda su vida. Por supuesto que no sabían leer pero tampoco podían poseer libros porque eran objetos lujosos. Y en las primeras sociedades que podemos investigar, Roma antigua, la circulación de la literatura contemporánea se hacía a través de las amistades. Un autor escribía su libro, encargaba una serie de copias y se las daba a sus amigos y a la gente de su medio intelectual, a sus mecenas. La circulación de los libros era en clases privilegiadas.
–¿Eso
cambió con la imprenta?
–La imprenta vino muchísimo después. Porque en la antigüedad había librerías y bibliotecas. En Roma, por ejemplo, Marcial, que era un poeta, indica en sus propios poemas donde encontrar sus libros. La primera publicidad de un libro ¡y en la propia poesía! Aparece entonces el lector desconocido. Pero el lector desconocido para algunos escritores es un fenómeno traumático. A Marcial le encanta, pero Horacio siente mucho pudor. Quiero decir que esa circulación comenzó en algún momento. Tiene una historia. No es algo siempre dado. Al igual que la lectura en silencio, la lectura silente. Quiero decir: pensamos que los rituales de lectura han sido siempre iguales y que el acceso a la lectura ha sido siempre como es ahora, pero no. Ha pasado por revoluciones, transformaciones.
–Pero, de todas maneras, el mercado es tan prolífico que ningún crítico o
especialista llega a leer todas las novedades de cada mes.
–Es desbordante la cantidad de libros que se publican ahora. Y no es tanto que no se publique tu libro sino que no quede totalmente ahogado, opacado por la cantidad de novedades que lo acompañan.
–Entonces
podríamos pensar en otro tipo de lector: el que sabe o debería saber qué leer,
que dejar de lado, aquel que puede discernir entre literatura y mercado.
–Es un cosmos, casi como un ecosistema donde unos se necesitan a los otros. Los grandes best sellers que se venden tanto mantienen las editoriales, libreros y distribuidoras para que puedan sobrevivir y sostener a esos otros libros que se leen menos. Que todos existan y circulen. Como en la naturaleza: tienen que haber grandes árboles para que a su sombra existan otras especies pequeñas. Yo prefiero verlo así como un ecosistema en el que todo tiene su función y todos nos relacionamos… porque todos somos lectores más versátiles de lo que creemos y hemos disfrutado con libros muy comerciales y con otros más de autor o difíciles o exigentes. Y vamos cambiando.
–El libro a la vez nos obliga a entrar en otra temporalidad. Tensiona la
dicotomía entre la cultura snack actual y el tiempo sostenido de las páginas.
¿Estamos en condiciones de darnos ese tiempo y esa atención?
–Yo creo que esa es la razón por la que el libro cumple una función en nuestro mundo contemporáneo. No es una cuestión de atarse a los viejos rituales, pero realmente los libros ayudan a fortalecer la atención que es un problema de esta época, la dispersión: cada vez tenemos menos capacidad para mantenernos atentos. Los libros son un antídoto porque te acercas a los libros con un estado de ánimo propicio para sostener la atención durante bastante tiempo. Han hecho pruebas de escáner a las personas que leen y han visto que todo el cerebro está activado, a diferencia de cuando vemos una película o una serie, que tenemos involucradas muchas menos áreas del cerebro. Los libros avivan una llamita que tenemos en nuestro interior que ni siquiera conocemos: aparecen recuerdos, se activa la memoria, la reflexión, la concentración, la intimidad. Y son cosas muy valiosas ahora mismo, que estamos en un momento de dispersión y lucha despiadada por la atención, de mercantilización de nuestra atención. Porque las apps de los móviles están pensadas para tomar nuestra atención y mantenernos atrapados todo el tiempo.
La lectura como gimnasia para la democracia
–En
tus intervenciones señalás una profunda relación entre la democracia y los
libros, la lectura como un ejercicio que posibilita la democracia. ¿Podrías
explicar este vínculo?
–Yo creo que los libros fortalecen la democracia en la medida que mediante la lectura te acostumbras a ponerte en la piel de otra persona. A diferencia de los buscadores y algoritmos que te afirman en tus ideas y en los contenidos que saben que te van a gustar y que coinciden con tus ideas o que te halagan – que es lo que intelectualmente hacen para tenernos ahí prendidos de la máquina– los libros te colocan en universos, en personas, en ideas que no son las tuyas.
–Entonces..
–Si la democracia es esta vida en la que tenemos que estar
pactando con personas que piensan distinto que nosotros, pues leer libros es un
buen ejercicio. Mientras que si estamos enfrentándonos permanentemente con las
personas que no piensan como uno, y además las redes están pensadas para
recompensar el conflicto, la agresividad, el enfrentamiento, y en general
premia al que es más agresivo o polémico con más likes y mejor posicionamiento, más impacto y retwitts,
entonces está favoreciendo a que nos encasillemos en nuestras posiciones. Y se
arman estas polarizaciones, que están sucediendo mundialmente y tienen en
parte que ver con el tiempo que pasamos en las redes y como nos comportamos en
ellas. Los libros, en cambio, te confrontan con el otro, con la otredad. Siempre
te van a poner en otra esfera social, en otro país, en algo que resulta
extraño, a donde te invitan a entender, a comprender los conflictos, los
distintos puntos de vista de situaciones complejas, te llevan hacia lo otro. Y
de hecho al leer un libro yo creo que es lo más parecido a poder entrar en la
mente de alguien distinto de nosotros. Cómo razona, cómo argumenta, cómo ve la
realidad. Y esto es fundamental para vivir en un sistema en el que
constantemente tenemos que pactar con otras personas que piensan diferente.



