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miércoles, 17 de diciembre de 2025

“Traducir en el medio, ni literal ni libérrimo”

Con la excusa de comentar la reciente reedición de una antología de poemas de Emily Dickinson (foto) traducidos por la poeta Mirta Rosenberg, el pasado 7 de diciembre, Osvaldo Aguirre publicó en el diario Perfil una nota que revisa el constante interés que la poeta estadounidense despierta en los traductores argentinos y latinoamericanos.

Versiones y reversiones de Emily Dickinson

Mirta Rosenberg no estaba de acuerdo con la definición de Robert Frost según la cual “poesía es lo que se pierde en una traducción”. Pero al mismo tiempo pensaba que “la traducción es casi siempre una batalla en parte perdida”, como escribió en una nota para el blog del Club de Traductores Literarios, y no se contradecía. Sus versiones de Emily Dickinson, reeditadas por el sello Seré Breve, condensan ese estado incierto entre pérdidas y ganancias.

Hacia el corazón del enigma recupera las traducciones de Rosenberg publicadas en 1998 por el Centro Editor de América Latina. Se trata de 98 poemas de Emily Dickinson (1830-1886). En el prólogo añadido para la edición, Alejandro Crotto cita “Traducir poesía”, poema donde Rosenberg enuncia un mandato: “traducir en el medio, ni literal ni libérrimo” y a la vez “no perder el hilo/ del sentido”.

Dickinson vivió sin salir de su casa en Amherst, Massachusetts, y murió inédita. “Publicar no era, para ella, parte esencial del destino de un escritor”, según Borges. Pero a la muerte se multiplicaron las ediciones y en 1924 apareció la primera compilación de los 1.775 poemas que escribió. Desde entonces, destaca el poeta y traductor mexicano Hernán Bravo Varela, “ha sido elevada a personaje central en diversos ensayos, novelas, películas, programas televisivos, obras teatrales y libros de poemas”. El impulso llega a la literatura argentina contemporánea con La hermana (2003), novela de Paola Kaufmann sobre la familia Dickinson, cuya narradora es la hermana de la poeta; Archivo Dickinson (2018), poemas de María Negroni, y Nuestra parte de noche (2019), de Mariana Enriquez, cuyo título retoma un verso de la traducción de Silvina Ocampo.

Bravo Varela hizo traducciones para otra edición reciente: Soy nadie. Veinticinco poemas de Emily Dickinson. Publicado por Espacio Hudson, el libro toma su título del poema 260, en su versión: “¡Soy Nadie! ¿Tú quién eres?/ ¿Eres —Nadie —también?/ ¡Ya somos dos entonces!/ ¡No lo digas! ¡Podrían delatarnos —lo sabes!”.

Rosenberg incluyó traducciones como colofón de sus libros de poesía y en 2018 propuso una segunda versión del poema 449 de Dickinson, muy citado por la asociación que establece entre belleza y verdad. Esta doble propuesta, dice Alejandro Crotto, “hace visible la pluralidad de versiones posibles y la relativa contingencia de cada una”.

El título proviene en este caso del poema 50 de Dickinson: “hacia el corazón del enigma/ alguien hoy se marchará”, traduce Rosenberg. La versión suena más convincente en términos expresivos que la de Silvina Ocampo (“dentro de un acertijo/ alguien se encaminará hoy”) por las opciones que adopta respecto del sustantivo riddle y del verbo walk, del original, y los matices que incorporan las palabras en español.

Borges celebró la literalidad de las versiones de Ocampo diciendo que “casi siempre” ofrecen “las palabras originales en el mismo orden”; esas versiones preservarían “la cadencia, la entonación, la pudorosa complejidad” de Emily Dickinson “en una suerte de venturosa transmigración”, según el prólogo para la primera edición (Tusquets, 1985).

En su libro Silvina Ocampo marginal, María Julia Rossi observó que el prólogo de Borges fue “contraproducente” para las traducciones y reseñó momentos de la recepción crítica. La traductora sueca Martha Dahlgren puntualizó fallos de comprensión y “algunos malentendidos en el plano léxico” por parte de Ocampo, pero al mismo tiempo reconoció que entre las versiones de Dickinson a la lengua española “es la que más sigue de cerca el original”. Dahlgren también cuestionó el uso de términos rioplatenses, “mostrando su propia perspectiva abiertamente eurocéntrica” (Rossi).

Ocampo tradujo a Dickinson entre 1970 y 1978. Rossi afirma que “en su poética, la traducción no tenía tanto que ver con una reproducción fiel del sentido como con un ejercicio literario de libertad creativa”, en contraste con la valoración de Borges. Esa perspectiva es también la que reivindicó Mirta Rosenberg para sus propias versiones: “Para mí no hay una enorme diferencia entre escribir y traducir. Yo veo al buen traductor de poesía como un autor. Lo que he traducido forma parte de mi obra”.

Si bien las comparaciones son inevitables (y odiosas), estas traducciones de Dickinson se complementan, dado que toman diferentes poemas dentro de la obra y en sus divergencias exponen concepciones del oficio. Bravo Varela parece el más atento a la particular sintaxis del original, donde la mayoría de los puntos y comas son reemplazados por guiones largos que inscriben pausas y marcas de sentido; además distingue “sustantivos tótems” (los que Dickinson escribe con mayúscula y que contendrían su universo íntimo) y “tabúes” (referencias comunes del mundo exterior) y se propone seguir “su afán sintético y antiprosaico”.

Las versiones de Rosenberg y las de Ocampo no contrastan tanto en el sentido como en la construcción del verso, si es que pueden aislarse ambos aspectos. En el comienzo del poema 1071 traduce Rosenberg: “La percepción de un objeto cuesta/ precisamente de ese objeto la pérdida”; Ocampo parece más ajustada al trasladar los mismos versos: “Percibir un objeto cuesta / la exacta pérdida del objeto”. Sigue Rosenberg: “la percepción es en sí misma una ventaja/ que por su precio da respuesta”. Y Ocampo, en cambio: “percibirlo en sí mismo es una ganancia/ que responde a su precio”.

Rosenberg modifica el orden de las palabras en función de rimas que dan al poema cierta resonancia del Limerick: “¿Es entonces la belleza una aflicción?/ Debería saberlo la tradición”. Traducir es en su programa “componer un poema en la lengua de destino”; no se toma mayores libertades ni es más discursiva, pero prescinde de los guiones que utiliza Dickinson, cobra mayor fluidez y gana en significado y en sonoridad. “Nunca al irnos sabemos que nos vamos;/ cerramos la puerta y bromeamos”, se impone así, por ejemplo, a la solución de Ocampo: “Nunca sabemos que vamos cuando vamos yendo-/ gesticulamos y cerramos la puerta-” (poema 1.523).

Según Rosenberg en su nota sobre el tema, la traducción “es afortunada cuando se puede elegir qué perder” y “absoluta cuando eso que se pierde llega impuesto desde el texto”. El poema 684 de Dickinson resuelve el problema, en su versión: “Las mejores ganancias deben pasar la Prueba de la Pérdida / para tornarse ganancias”.


viernes, 26 de noviembre de 2021

Miguel Balaguer y Valentina Rebasa hablan de los treinta años de la editorial Bajo la Luna

El pasado 21 de noviembre, Valeria Tentoni entrevistó para el blog de Eterna Cadencia a los dueños y editores de Bajo la Luna, editorial argentina que acaba de cumplir 30 años de existencia. En la bajada se lee: “Fundada en Rosario en los años 90 por Mirta Rosenberg, Bajo la Luna cumple por estos días tres décadas dedicada a la poesía, la traducción y la ficción. Conversamos con sus editores actuales, Valentina Rebasa y Miguel Balaguer: ‘Poesía siempre fue nuestro mascarón de proa o nuestro experimento fundamental’.

Treinta años bajo la luna

A finales del año 1991, en la ciudad de Rosario, un grupo comandado por la poeta Mirta Rosenberg fundó la editorial Bajo la Luna, que en algún momento pasó a llamarse Bajo la luna nueva y hace unos años volvió al nombre original. En 2002 el sello mudó su sede a Buenos Aires, y en 2005 su hijo Miguel Balaguer y Valentina Rebasa, compañera de Miguel, decidieron continuarla. Rosenberg, quien falleció en 2019, continuó publicando en Bajo la luna sus traducciones y libros de poesía, títulos como Cuaderno de oficio, El árbol de palabras o El paisaje interior.

Este año, Bajo la Luna cumple tres décadas publicando y libros de poesía y ficción, antologías y traducciones. Los editores decidieron celebrarlo con diferentes reediciones, entre ellas obras de Irene Gruss o regresos al catálogo de versiones de Katherine Mansfield (con selección, traducción y prólogo de Rosenberg y Daniel Samoilovich).

A continuación, entrevistamos a Miguel y a Valentina para celebrar este aniversario.

– Bajo la Luna comenzó en Rosario a principios de los 90, ¿cómo fueron esos inicios?
–Miguel Balaguer: A los inicios sólo los viví como hijo. Yo no participaba en el grupo fundador que reunió mi madre en Rosario. Le pusieron bajo la luna porque las primeras reuniones de la editorial se dieron en la librería El hijo pródigo, un espacio exquisito que llevaban adelante Armando Vites (hoy un gran librero anticuario) y Fernando Tolosa (quien fue parte del grupo fundador) que quedaba debajo de un boliche –muy de reviente– que se llamaba La luna. Más tarde alquilaron para la editorial un espacio al lado de la librería, literalmente “bajo la luna”. Los miembros originales eran cuatro amigxs que, después de publicar los tres primeros libros, se pelearon un poco escandalosamente. En ese momento, mi madre nos pidió a mi hermano (Juan Balaguer) y a mí, que trabajábamos en diseño mientras estudiábamos en la universidad, que le diéramos una mano para poder seguir con la editorial. Ahí pasó a llamarse Bajo la luna nueva hasta que en 2001 le devolvimos el nombre original. Recuerdo que diagramamos El jardín, de Diana Bellessi, a la noche, en un estudio de publicidad de Rosario donde yo trabajaba y que nos prestaba las máquinas en el horario en que no se usaban, también me acuerdo de la tapa de El diario de la hepatitis de César Aira que garabateamos con mi hermano en la mesa de roble de la casa de la calle Entre Ríos. Después de eso, compramos unas máquinas de imprenta, una guillotina y directamente nos pusimos a hacer los libros artesanalmente en el living de esa casa. Más tarde, la casa se vendió y mi hermano, con mucho más criterio que yo, se enfocó en su carrera como director de arte y artista, mientras Valentina y yo nos mudamos a Buenos Aires.

–¿Qué editoras había alrededor cuando nació el sello? ¿A qué mundo llegó Bajolaluna? ¿Cómo se distribuía, hasta dónde llegaba?
–MB: Bajo la Luna nació el mismo año en que nacieron, por ejemplo, Beatriz Viterbo y Paradiso, un momento en que las editoriales literarias argentinas empezaban a pasar a manos de grupos multinacionales y había poco espacio para que una literatura que no fuera estrictamente comercial encontrara espacios. Estas editoriales de principios de los 90 vinieron a ocupar ese espacio que empezaba a quedar vacante y a ser una vidriera para encontrar una nueva circulación para la poesía y también para una narrativa más experimental, que empezaba a distanciarse de aquel realismo social que caracterizó a la literatura de la posdictadura. Esos años eran los de la poesía en los recitales y ciclos, los Libros de Tierra Firme o Último Reino circulando de mano en mano entre los poetas, el murmullo secreto de algunos nombres –sobre todo de mujeres– que se iban afianzando, el momento de las revistas como Babel, Diario de Poesía, Cerdos & Peces, Con V de Vian, entre otras. En ese sentido Bajo la Luna, y estas otras editoriales, fueron un claro producto de los primeros efectos de la década del 90.
Los primeros libros intentaron una distribución nacional a través de Catálogos, una distribuidora independiente de aquella época que estaba enfocada (cómo no estarlo) en psicoanálisis y ciencias sociales. Recuerdo que, a pesar de que los libros eran muy comentados, reseñados y reconocidos, no se alcanzaba el nivel de ventas que permitiera sostener la editorial. Ojo, no estoy hablando de sueldos ni de pago de regalías, me refiero a conseguir el dinero para pagar el costo industrial del próximo título.

–En los 2000 el sello se traslada a CABA, ¿cómo fue ese movimiento, qué cosas cambiaron?
–Valentina Rebasa: Ese movimiento tuvo que ver con nosotros, fue producto de nuestra propia mudanza a Buenos Aires en 2002 y nuestra entrada de lleno en la conducción de la editorial. Con algo de ironía o humor malicioso solíamos decir que Rosenberg la había fundado en los primeros 90 y que para finales de los 90 ya la había fundido. Era un chiste familiar. Lo cierto es que con la crisis del 2001 no teníamos mucho para hacer en Rosario. Miguel había terminado su carrera y yo ya había empezado a estudiar fotografía aquí en Buenos Aires. La crisis nos había puesto en situación de tener que elegir entre probar suerte afuera o intentar algo aquí, después de varias discusiones, terminamos optando por lo segundo, y por enfocarnos en reconstruir la editorial. En ese momento decidimos separar claramente las colecciones, darle una forma más dura a la gráfica, al diseño y a la producción e intentamos encontrar una vía de comercialización que fuera sustentable.

–¿Cuál fue y cuál es, ahora en ausencia física, el lugar de Mirta Rosenberg en el sello?
–VR: Durante toda la primera década de existencia del sello ella fue el alma mater, literalmente. Todas las decisiones pasaban por su órbita, la selección, la lectura, la edición. Nosotros nos ocupábamos en ese momento del diseño y la producción, trabajo que hacíamos desde Rosario para varias editoriales. A partir de 2003, cuando nos rearmamos, pasamos poco a poco a hacernos cargo de casi todo. Aunque siempre conversábamos mucho sobre los libros, los informes que nos hacíamos, las contratapas y los proyectos que andaban dando vuelta. Eran largas sobremesas de domingo, cuando almorzábamos en su casa, hablando de libros, de lo que habíamos leído en la semana, qué andaba dando vueltas, las próximas presentaciones; esas charlas las extraño muchísimo. Diría que esos encuentros eran una especie de taller permanente, por definirlo de alguna manera.

–Narrativa, ensayo y poesía: ¿cuál dirían es la búsqueda de cada uno de estos catálogos dentro del sello?
–MB: Ensayo es un catálogo trunco, los libros que salieron en esta serie son, más bien, complementos naturales de las otras: publicamos 4 tomos sobre la filosofía Zen, que eran una consecuencia de El libro del haiku; publicamos dos libros sobre cultura coreana, que eran complementarios de la serie de literatura coreana que hicimos entre 2010 y 2015; y varios libros sobre la lectura y la traducción de poesía, que dialogaban claramente con la colección de poesía. Pero nunca fue para nosotrxs una colección pensada más allá de esta complementariedad.
Poesía, siempre fue nuestro mascarón de proa o nuestro experimento fundamental. Desde ese momento difuso en el que empezamos a dirigir la editorial, tuvimos la ambición de que nuestros libros se salieran de la lógica del circuito de mano en mano en las lecturas de poesía; nuestra intención era que nuestros libros pudieran romper el círculo endogámico de lxs poetas y que, a partir de ser objetos deseados más allá de ese ámbito, se pudieran hacer un lugar en las librerías, en el circuito comercial en un circuito cultural ampliado. Apuntábamos inicialmente a músicos, fotografxs, artistas visuales, dramaturgxs, etc, lectores abiertos a ampliar la base de lecturas.
Por último, la colección de narrativa es las más joven de las tres. Si bien desde el principio hubo libros de narrativa en el catálogo de Bajo la Luna a partir de 2007 le dimos características de serie.

–¿Cómo se piensan en el entramado de editoriales independientes argentino? ¿Qué cosas cambiaron en ese sentido desde los 90 hasta hoy?
–MB: Desde los 90 hasta ahora cambió todo… todo el tiempo. Está cambiando ahora, es evidente. Creo que pensar el entramado de editoriales independientes hoy es más un desafío para los investigadores, funcionarios y gestores culturales que para nosotros que estamos muy involucrados y desde hace mucho. Hoy estamos más enfocados en pensarnos hacia adentro que en una visión de conjunto. Y en reformularnos y cuestionar, una vez más, los modos de presentar los contenidos.

–El diseño de los libros fue mutando, ¿cuál es la búsqueda en ese sentido y qué importancia le dan?
–VR: A partir de 2003 pensamos el diseño como una estrategia cuasi comercial, pero fundamentalmente identitaria. En principio buscamos diferenciar los libros por color. Siempre me acuerdo de una cita de Duchamp que encontré en La ópera fantasma, un libro de Mercedes Roffé, que decía: "El título es un color más". A partir de ahí pensé los libros como artefactos sensibles: la cartulina de tapa, sin plastificar y con textura, el diseño tipográfico que emulaba los tipos móviles gastados e incompletos y un color distinto para cada libro. En ese momento, el proyecto de sustitución de importaciones del gobierno de Kirchner, nos permitía conseguir, a muy buen precio, una cartulina que se usaba para empaques de perfumería que elegimos como marca de identidad para las tapas. Con el paso del tiempo esa cartulina se encareció muchísimo y para peor empezó a escasear porque se exportaba mucho así que el artefacto sensible mutó un poco y, bajo el pretexto de la renovación, cambiamos el diseño y dejamos un poco de lado ese artefacto sensible (muchos lectorxs nos lo reprochan hasta el día de hoy, haciendo el gesto de circular con la yema del dedo por encima de las tapas, donde hubo, alguna vez, una cosquilla) para entrar de lleno en un minimalismo industrial, con el color como protagonista. Hoy las dos colecciones las pensamos desde la sustentabilidad. Siempre usamos papel proveniente de reforestación y de fuentes responsables, en las tiradas en offset no usamos laminados para que el libro sea ciento por ciento reciclable (la intención es que lxs lectores quieran leerlos, subrayarlos, guardarlos y atesorarlos) pero también hay que considerar la posibilidad de que puedan volver a ser papel si algo falla. En el caso de algunos libros de baja tirada, en los que no se puede evitar el laminado, producimos bajo demanda, en tiradas controladas, para evitar cualquier desperdicio.

–Siguen apostando a las antologías, ¿cómo piensan este tipo de libros?
–VR: Sí, nos gustan las antologías. Para nosotros es un formato creativo, lúdico que nos permite desarrollar ideas. Las antologías siempre son un corte intencionado, permiten presentar zonas de la obra de algún poeta, cortes temporales, temáticos, regionales... También, en algún punto, proponen metodologías y hasta didácticas de lecturas y recorridos. De alguna manera, nos acercan a los lectorxs, establecen una complicidad y una relación de confianza con ellxs.

–Pasaron 30 años, algunas preguntas numéricas. ¿Cuál fue el libro más vendido?
–VR: El más vendido: No estoy segura pero posiblemente haya sido El libro del Haiku. Se sostuvo durante mucho tiempo, siempre con mucha demanda y ahora acabamos de reeditarlo para celebrar los 30 años.

–¿Cuál fue el primero?
–Apuntamientos en el Ashram, de Hugo Padeletti en noviembre de 1991.

–¿Cuál fue el último?
–Bueno, no le digamos “el último” porque me da un poco de escalofríos…! El más reciente es la nueva edición de Una letra familiar, la única obra en prosa de Irene Gruss.

–¿Qué viene de ahora en más y con qué equipo?
–VR: Ahora estamos trabajando en La felicidad de los animales la obra poética reunida de Sonia Scarabelli que nos tiene deslumbrados desde siempre y muy entusiasmados desde que empezamos a editarla. Nos encantaría que con este libro muchxs lectorxs puedan descubrir esta enorme poeta de las cosas chiquitas.
Y en narrativa venimos dándole vueltas a la idea de una colección, con más preguntas que respuestas. Estamos leyendo mucho, editando y tratando de entender cómo se sistematiza un programa que pueda tener hitos individuales y, a la vez, una lectura de conjunto y un corte temporal.
En lo formal, Bajo la Luna, hoy somos tres personas, Miguel Balaguer (el histórico, jaja), Daniel Lipara (que se sumó en 2018) y yo, Valentina Rebasa (que ya comparto más de dos tercios de esta aventura). Pero Bajo la Luna, es además, un proyecto compartido con muchxs amigxs, campañerxs de ruta con los que formamos una red y con los que nos gusta tramar ideas; sin ir más lejos, por ejemplo, ahora tenemos proyectos en marcha con Elisa Boland, Yaki Setton y Eduardo Stupía.

–Última: ¿cuál de todos sus libros recomendarían para alguien que se inicia en la lectura de poesía?
–Animal de invierno de José Watanabe.

lunes, 8 de junio de 2020

Op.cit. y un número dedicado a Mirta Rosenberg

Op.cit. se anuncia como una “revista.blog de poesía argentina, hispanoamericana y traducida”. En ella, además de poemas, reseñas y artículos, cada número ofrece un dossier dedicado a algún poeta en particular. El último se ocupa de Mirta Rosenberg (1951-2019), poeta y traductora. De modo que, para despertar la curiosidad de los lectores, ofrecemos un fragmento de entrevista, donde se habla precisamente de traducción.

“Me interesa que se note que es una traducción”

–¿Qué le aporta la traducción a una poeta como usted?
–Traducir te abre la cabeza. Te saca de la idea de que hay que escribir una sola cosa. Además, yo soy de la opinión que puede haber más de una buena traducción de algo. Lo que sí: yo no me pondría a traducir los cuatro cuartetos de T. S. Eliot porque no le voy a ganar a Juan Rodolfo Wilcock. Ya lo sé. Y no le voy a aportar nada a esa traducción.

–Siempre se dice que Borges llevaba las traducciones a su propio estilo, ¿usted qué opina?
–Está bien. Yo no lo hago, pero Borges lo hacía a propósito. Por ejemplo, en Las palmeras salvajes (de William Faulkner) hay, sobre un alambrado, un carancho. Y en Estados Unidos no hay caranchos. El lo hacía ex profeso. Son operaciones culturales. Yo no me hubiera animado –en ese caso– a poner un carancho. O quizás a mí no me hubiera parecido necesario hacer eso; a él sí, era otra época. A mí lo que me interesa que se note es que es una traducción. Borges además tenía esa idea de que como nosotros somos un país periférico, disponemos de toda la literatura universal para hacer lo que queremos con ella.»

Entrevista de Mauro Libertella (clarin.com, 11-06-2016)

Quienes deseen conocer todo el contenido de este número pueden hacerlo en

jueves, 28 de enero de 2010

Quien no traiciona, no traduce



Vieja conocida de este blog y destacada presencia en las reuniones del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, Mirta Rosenberg acerca la siguiente columna, a pedido del administrador.

Plantas de otra maceta

Traduzco profesionalmente desde 1978. La traducción ha sido para mí, en primera instancia, una manera de ganarme la vida que por añadidura conlleva algunas condiciones a mi entender favorables: trabajar en soledad, en la propia casa y en la sede de la lengua. Es decir, aprender de mí y aprender de ella. Encontrar, y hasta forzar a veces, cierta generosidad en las dos, la capacidad de alojar a extraños que terminen siendo familiares, aunque con los familiares una no siempre entable una relación armónica. De hecho, la traducción es casi siempre una batalla en parte perdida. Es afortunada cuando se puede elegir qué perder. Es absoluta cuando eso que se pierde llega impuesto desde el texto, sin mimesis ni equivalencia ni innovación posible, y obliga al fracaso de la nota al pie o a la glosa como salida de emergencia. A las variantes de esa pérdida se las suele llamar la traición del traductor, una expresión injustamente cargada de connotaciones negativas porque se la confunde con ignorancia o con malevolencia, cuando en realidad quien no traiciona, no traduce. El asunto es cómo traicionar, cómo hacer que pase a nuestra tierra una planta de otra maceta sin que se seque, aunque aquí cambie de color y deje de tener hojas lanceoladas. En el caso de la traducción de poesía (que es la traducción a la que más me gusta dedicarme, y de la que más he aprendido) esas modificaciones de una tradición ajena que conlleva cualquier versión han impreso cambios de dirección en la poesía vernácula, ampliando el campo y renovando el verso. Y eso, incluso con “malas” traducciones, y a pesar del castellano “neutro”, y de las exiguas tarifas, temas que prefiero dejar para otra oportunidad.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Tercera mesa redonda del simposio del CCEBA


La tercera y última mesa redonda del simposio del CCEBA tuvo lugar el miércoles 4 de noviembre, a continuación de la charla de Marietta Gargatagli. Participaron, de derecha a izquierda (según la foto de Guido BonFiglio), Mirta Rosenberg, Gerardo Gambolini, Juan Gabriel López Guix y moderó Albert Freixa.

La filmación de la mesa puede verse siguiendo el link: http://www.ustream.tv/recorded/2491521

domingo, 31 de mayo de 2009

Un nuevo encuentro en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires


El viernes 29 de mayo, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires tuvo el gusto de recibir a Mirta Rosenberg, poeta de larga trayectoria, quien, desde 1978, se dedica profesionalmente a la traducción del inglés y del francés. La reunión giró alrededor de la experiencia llevada a cabo en la Casa de la Poesía –hasta la última gestión del Gobierno de la Ciudad, ubicada en la Biblioteca Municipal "Evaristo Carriego"–, donde Mirta dirigió por cuatro años un taller de traducción de poesía. La charla y posterior discusión giró en torno de la metodología empleada y, aprovechando la presencia de otros poetas traductores, se discutió fundamentalmente sobre prosodia. Con todo, hubo tiempo para que la conversación abordara otros problemas específicos, como el de las distintas especies del castellano, la actitud de las editoriales españolas frente a las particularidades del castellano que se habla en Latinoamérica, los abusos que sufren los traductores latinoamericanos cuando su trabajo cae bajo las garras de los correctores de estilo peninsulares, etc.

Mirta Rosenberg publicó los libros de poesía Pasajes (1984), Madam (1988), Teoría sentimental (1994) y El arte de perder (1998), entre otros. Deteniéndonos solamente en su trabajo como traductora de poesía, ha traducido y publicado a Katherine Mansfield, William Blake, Walt Whitman, Emily Dickinson, Anne Sexton, Dereck Walcott, Marianne Moore, Hilda Doolittle, W.H.Auden, James Laughlin, Seamus Heaney y Anne Talvaz, entre muchos otros. Desde 1986, integra el Consejo de Dirección de la publicación trimestral Diario de Poesía. En 1990 fundó el sello editorial Bajo la Luna, de Rosario. Desde 1998 se encarga de la traducción del material extranjero (inglés, francés, italiano y portugués) de la revista dominical del diario argentino La Nación.