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jueves, 17 de agosto de 2017

Un valioso ensayo sobre la importancia de la traducción en el Perú


En la entrada de este blog correspondiente al 17 de septiembre del 2013, Isabel Sabogal Dunin-Borkowski se refería a la Breve historia de la traducción en el Perú, del poeta, editor, crítico y traductor peruano Ricardo Silva-Santisteban. El 29 de noviembre de 2016, con firma de Manuel Barros Alcántara, se publicó en el sitio de la Casa de la Literatura Peruana el siguiente artículo sobre el mismo libro. Se reproduce a continuación.

Breve historia de la traducción en el Perú

A lo largo de su vida, Ricardo Silva-Santisteban (Lima, 1941) ha mantenido un incansable compromiso con la literatura y, especialmente, con la poesía. Poeta, traductor y profesor universitario, Ricardo es el editor literario más importante de los últimos años. Ha rescatado, prologado y preparado muchas de las ediciones de poesía y literatura peruana más relevantes de este siglo. Y, dentro de ellas, la traducción literaria ha tenido un lugar fundamental. Además de sus propias traducciones, ha publicado la Antología general de la traducción en el Perú que consta de cinco volúmenes, con varios otros de aparición próxima. Preocupándose no solo de rescatar canónicas traducciones peruanas, también ha difundido varias de las más representativas de la región hispanoamericana. La colección El manantial oculto, su paso por la Biblioteca Abraham Valdelomar y, en los meses más recientes, su labor editorial como presidente de la Academia Peruana de la Lengua son claras muestras de la importancia de todo su trabajo.

En el transcurso de dicha trayectoria, Breve historia de la traducción en el Perú (2012) puede ser vista como una parada necesaria para su autor, pues en ella ha historiado sus propios procesos y paulatinos descubrimientos. A rigor, el libro es uno de los resultados a largo plazo de los caminos personales por los que Ricardo Silva-Santisteban ha optado, preguntándose siempre por la presencia, importancia y distintos grados de alcance de la traducción en nuestro país. Breve, conciso, después de los estudios de Estuardo Núñez (1908-2013), el panorama trazado por Ricardo Silva-Santisteban es el primer intento de historiar la presencia de los traductores en el Perú. Dividido en dos partes, el libro presenta una breve historia de sus principales hitos y, seguidamente, un aporte bibliográfico para su difusión y consolidación como campo de estudio e investigación. En la primera parte el autor nos muestra que traducir no es meramente un hecho literario. Desde un inicio nos sugiere que la traducción es una posibilidad de diálogo y, por ende, de negociación entre los participantes y sus capacidades interpretativas, siendo la primera de ellas, la política.

Abriendo el ensayo, el autor señala la genealógica necesidad de la traducción. Los conquistadores españoles requirieron de un intérprete para comunicarse y empezar a conocer la cultura del “otro”. En ese contexto, antes que un oído, unos ojos y una mente dadas a traducir, el traductor era un oidor, aquel “juez” con el poder de interpretar y la otorgada potestad de ofrecer sentidos, incluso, al punto de imponerlos. Así, antes que un hecho estético —en tanto oficio literario— la traducción fue un hecho social. Surcar la incomprensión refiere al acto político de interpretar y transmitir en otra lengua la sensación de lo percibido en una primera. Esta misma razón implica optar, preferir y determinar las posibilidades del sentido o sentidos en aquello escuchado, pensado, vivido a través de otras lenguas. Al igual que con la Malinche en México, de esta genealógica necesidad nace la traducción en el Perú con el caso de Felipillo. Aunque no entra en nombres ni detalles, el aporte de Silva-Santisteban comienza desde esta primera página. Identifica en la lengua —y las formas culturales de vida que en ella se encuentran— cómo se trastocan las distintas dimensiones de la capacidad humana de crear y, más aún, la de interpretar.

Implícitamente, el autor se pregunta por los diferentes intereses y horizontes culturales que el oficio de la traducción tuvo a lo largo de la historia. Si bien la traducción tuvo una segunda presencia pública a través de su uso político, la catequización de los nativos, el texto se centra en presentar las siguientes. El muestrario va hacia inmediatamente lo literario cuando la presencia de los cronistas devino en su fecunda condición de “clásicos de la literatura y la traducción hispanoamericana”. Durante los primeros dos siglos de la época colonial, la recopilación y registro de las creaciones quechuas fueron las prioridades de los traductores. Pero también lo fueron las traducciones de los clásicos italianos y latinas, especialmente en el caso del Inca Garcilaso de la Vega y Diego Dávalos Figueroa. En el S. XVIII predominaron las letras francesas que tiene en Pedro Peralta Barnuevo a su principal traductor con La Rodoguna y, en menor medida, aparecen las inglesas. Entrando al S. XIX, la presencia del latín tuvo mayor fuerza, especialmente con la versión del Salterio peruano hecha por José Manuel Valdez, aunque una literatura “menos común” como la portuguesa empieza a tener presencia con Juan de la Pezuela y su versión de Los Lusiadas. Asimismo, a finales de ese siglo, se da un acercamiento a la literatura aborigen. No olvidemos que fueron los poetas del tardío romanticismo quienes tradujeron en distintas versiones y variados recursos el clásico del teatro quechua, Ollantay.

Entrando al S. XX encontramos otra sugerente variedad. Aunque ha habido intereses constantes —franceses, latinos, ingleses, alemanes o italianos— este siglo nos trajo otros horizontes culturales. El S. XX tiene en los modernistas los primeros en interesados en el Brasil literario. Con distinto éxito y grado de importancia, Víctor G. Mantilla, José Santos Chocano y Enrique Bustamante y Ballivián fueron los primeros en traducir a poetas brasileños. Esta lengua tuvo una relativa presencia a lo largo del S. XX, especialmente en los años ochenta, con las publicaciones de los treinta y un volúmenes hechas por poetas peruanos. Por otra parte, en las primeras décadas del siglo pasado, Adolfo Vienrich tradujo canciones folklóricas quechuas y, recién en los años treinta, apareció su sucesor en dicho campo: José María Arguedas. Al igual que el rescate de los distintos registros de la literatura quechua, a lo largo del siglo surgieron marcados intereses por las lenguas orientales y alemana. El principal traductor de la poesía china ha sido Guillermo Dañino, quien ha tenido sucesores que continúan su labor en esa como en otras literaturas: grecolatinas, hindú y japonesas. Asimismo, Juan José del Solar ha sido el principal traductor de varios clásicos de la literatura en lengua alemana: Canetti, Kafka, Walser, Brecht. Recordemos también al traductor principal de la generación del cincuenta, Javier Sologuren, quien introdujo al país la lírica sueca. En los años más recientes, entre otros traductores interesantes están Isabel Sabogal con una traducción de Czeslaw Milosz, Renato Sandoval con Rilke y Reynaldo Jiménez con Haroldo de Campos.

Definitivamente tenía que haber ausencias, pues el autor no quiso agotar todas sus referencias. Si bien podríamos decirle que faltó mencionar las traducciones de la literatura aymara —que sí figuran en la bibliografía del libro—, la versión de Trilce en quechua que elaboró Porfirio Meneses Lazón o la traducción de la primera parte de Don Quijote hecha por Demetrio Túpac Yupanqui el 2006, lo importante es partir del sugerente panorama que nos ofrece y del propio rasgo expositivo de sus fuentes. Aunque académico, Ricardo no quiere avasallarnos de referencias en el relato, pues no busca caer en una exhaustiva labor historiográfica. Si el autor hubiera desarrollado más esa historia —no olvidemos que es “breve”— el libro pasaba a tener otras exigencias y recursos con los cuales afrontarlas.

En la segunda parte del libro, el autor nos brinda una “Contribución a la bibliografía de la traducción en el Perú”. Está presentada de manera didáctica, como una guía para el conocimiento de la traducción: sus cultores, sus principales representantes, ensayistas y recopiladores. La primera sección comprende una selección de “Estudios y antologías” y, la segunda, una bibliografía histórica de los traductores peruanos, desde Juan de Betanzos (1510-1576) hasta Miluska Benavides (1986). Esta contribución no sólo es más extensa que el propio ensayo, sino que es fundamentalmente una invitación a la aventura —a la investigación y al propio conocimiento— de nuestra lengua a través de otros y desde otros.

Pero, en general, Ricardo hace mucho más que ofrecernos un mero listado o enumeración de los principales hitos de la traducción en el Perú. También aprovecha la historia que nos cuenta para mostrarnos otros registros en el anecdotario de las traducciones en el Perú. Por ejemplo, nos cuenta que Clemente Palma tradujo el Tartufo de Moliere para sus clases en San Marcos. También, nos recuerda la faltante edición de las traducciones reunidas de Westphalen. De igual manera, el muestrario de los traductores peruanos nos sugiere que ellos estuvieron atentos tanto a las novedades como a los clásicos y sus distintas versiones disponibles. Entre muchas otras cosas, el libro nos sugiere la importancia que la traducción ha tenido para la formación de la propia literatura peruana, en tanto oficio, ejercicio estético o una recurrente exploración personal.

Si bien este no es un ensayo histórico-social sobre la literatura, sí deja entrever parte que desde lo literario nos sugiere la vida social de nuestro país. La propia historicidad del traductor tuvo su origen en lo político, pasando por distintas formas de lo literario hasta llegar hacia lo poético. En ese trayecto encontramos parte de la configuración histórica de los gustos literarios y, por ende, sugiere una breve historia de las influencias o intereses principales de los traductores peruanos. A través de ella, Ricardo Silva-Santisteban nos sugiere cómo, en distintos periodos, los traductores “se asoman” a distintos horizontes culturales, tienen una mayor prevalencia por algunos y un histórico desinterés por de otrosLa traducción ha formado parte de la vida intelectual del Perú, incluso desde antes que ésta empiece a ser una nación. Y ella no se reduce a un aspecto más de los alcances públicos de la literatura, pues la traducción como forma de (re)creación y difusión potencia un ideario geográfico y cultural, esos nacientes espacios que se van “conquistando” en otras lenguas, tanto nacionales como extranjeras. En buena cuenta, esta es parte de la historia de lo que siglo a siglo ha sido la formación, el alcance y la potestad de nuestra lengua.





martes, 17 de septiembre de 2013

Para recordar a los traductores peruanos


                        
Breve historia de la traducción en el Perú

En marzo de este año, 2013, vio la luz el libro Breve historia de la traducción en el Perú de Ricardo Silva Santisteban. En el mismo el autor hace un recuento de las traducciones realizadas tanto en el Perú, como por peruanos en otras latitudes. Históricamente abarca desde la conquista, a través de la colonia y la República, hasta desembocar en el último libro, publicado ya en el 2013. Nos habla de las traducciones, tanto del quechua al castellano y viceversa, así como de traducciones de lenguas extranjeras al castellano. La temática principal son obras literarias en todos sus géneros, incluida la literatura oral andina y aguaruna, aunque también incluye historia y filosofía. De las diversas lenguas vertidas al castellano, las más comunes son el francés, inglés, alemán y portugués, sobre todo por la traducción de autores brasileños. Pero también se mencionan traducciones de tales idiomas como el chino, japonés, sánscrito, latín, griego, sueco, italiano, finés, danés y polaco. Entre los traductores mencionados están tales maestros del idioma como el Inca Garcilaso de la Vega, cuyo nombre aparece en la carátula del libro, Mariano Melgar, José María Arguedas, César Vallejo, César Moro o Javier Sologuren. Estos son tan sólo unos cuantos de los muchos nombres mencionados. Finalmente el autor se lamenta, comentando que hay cada vez menos traductores literarios en el Perú, debido a la falta de cursos dedicados al tema en las universidades del país. El texto va seguido de una bibliografía detallada, tanto de estudios y antologías de la traducción literaria en el Perú, así como de las publicaciones de los diferentes traductores.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Una charla con Ricardo Silva Santisteban


También de la revista virtual peruana El hablador, una entrevista de José Carlos Picón con Ricardo Silva Santisteban, catedrático, poeta, traductor y editor

"Acá se piensa que los lectores
tienen mentes minusválidas"


–¿Qué significado tiene la traducción poética para usted?
–La traducción es una ampliación, una extensión del lenguaje poético. Si bien las he realizado, también he traducido prosistas: James Joyce, Mallarmé en el caso del conjunto Divagaciones; en este momento lo estoy haciendo con unos relatos de Gerard de Nerval, que es un prosista singular, narrador muy “sui generis”. Pero también la traducción que más me interesa es la poética; traducir poetas y traducirlos en verso. Si son en verso medido hacerlo en verso medido.

–¿Realiza esta tarea a la luz de alguna concepción teórica?
–A mí la verdad que la teoría no me interesa mucho en nada. Por ejemplo, para traducir una novela no se necesita una teoría. Más bien de lo que hablaría es de una poética como cuando se escribe poesía y que es una suerte de sustento teórico. He fijado mi propia poética. Un poeta que escribe en verso libre no va a ser traducido en verso medido ni viceversa. Trato de buscar aproximaciones tanto en la métrica como en el verso libre.

–¿Cuáles son, en ese sentido, los poetas que más le han exigido?
–El más exigente y difícil ha sido Mallarmé.

–¿Por qué?
–Cuando era colegial ya leía poesía en traducciones. Recuerdo que leí Las Flores del Mal (Baudelaire) porque le pedí a mi hermano el volumen. Asimismo, leí a muchos otros como los poetas griegos, gracias a que encontraba sus nombres en libros de historia de la Literatura. Pero en el caso de Mallarmé no había traducciones. Llegué a Mallarmé por un fragmento en una antología de Enrique Diez-Canedo que se llama Del Romanticismo al Superrealismo, y me gustó mucho, era un libro al que acudía siempre. Mi búsqueda de libros de Mallarmé a raíz del hallazgo fue infructuosa. Mi primera idea fue entonces, mientras iba familiarizándome con el idioma francés, traducir lo no traducido de Mallarmé. Comencé por los poemas más difíciles porque no estaban en castellano.

–Por una necesidad…
–Casi siempre traducía poetas de los que no encontraba traducciones o cuyas traducciones no me satisfacían.

–¿Cómo hace, quien traduce, para transferir al castellano un poema sin quitarle la intensidad o disminuirla?
–Cuando uno traduce sabe desde el comienzo que algo se va a perder. Lo que se hace es procurar que se pierda lo menos posible. Por ejemplo, y creo que la comparación es pertinente, cuando uno tiene que pasar un líquido de un envase a otro, y el orificio es muy pequeño, sabemos que algo se va a caer. Porque en realidad la traducción es un transvase. Eso hay que tenerlo presente ya que es imposible mejorar un poema. Una traducción no puede ser superior al original. Si en el proceso creativo el escritor no puede verter todo lo que tiene en la mente o siente en el papel, en la traducción ocurre algo similar.

–Entonces ¿se puede hablar de la traducción como un acto creativo? ¿Hay un aporte del traductor?
–Claro, tiene que haber un aporte. Por ejemplo, hay varias traducciones de un mismo poema. Algunas deparan un gusto tremendo, sin embargo otras dan la sensación, al leerla de que estamos quedando medio empantanados. Sucede con Divina Comedia por ejemplo. Hay algunas en las que no fluyes. En otras el lector se siente más cómodo. Muchas traducciones se realizan por un asunto económico. Hay editoriales que quieren publicar a determinado autor y encargan una traducción que les va a costar dinero, y estas se realizan por ese ánimo lucrativo. Por ejemplo, en estas colecciones de clásicos; todo el mundo tiene su Ilíada, su Hamlet. Pero hay algunas que no compiten con otras. Lo que pasa es que estas traducciones se realizan por encargo. Cuántas versiones de Hamlet se han hecho, incluso unas muy modernas. Cátedra, Norma, Espasa Calpe tienen traducciones de Shakespeare pero hay unas que están hechas con mayor rigurosidad, inspiración.

–¿Cuál es la primera decisión que toma un traductor frente a una obra para ser traducida?
–Esta decisión es muy variada. Por ejemplo, si yo viviera en España me encargarían algunas traducciones. Pero estando aquí en el Perú, donde no tenemos editoriales, tomando en cuenta que es un país en el que publicamos precariamente y muy pocos ejemplares, la cuestión es más difícil. A veces me llaman del extranjero y me han pedido una traducción. Una vez me llamaron para traducir Antonio y Cleopatra de Shakespeare, una de las más largas del genio inglés, pero me ponían un plazo que era muy breve, año y medio; justo en ese momento estaba con mucho trabajo editando el Teatro Peruano. No pude aceptar. Yo no pienso en el dinero en lo que a traducciones se refiere mas sí en el texto y en la oportunidad de que se publique en el algún momento.

–¿Y frente al texto?
–Si no es un autor que no haya frecuentado mucho, o que no conozca, simplemente no lo acepto. Pero hay autores u obras que, pienso, deben traducirse. Con Mallarmé terminé con la obra poética, luego comencé a trabajar con los poemas en prosa; y cuando me dieron una beca en Francia para traducirlo por invitación de la embajada, no dudé. Viajé a Francia y traduje Divagaciones y otras prosas, y la segunda vez que me dieron la beca traduje la Correspondencia que es tan interesante desde el punto de vista de la teoría poética. En otros casos optaba por textos que no estaban traducidos al castellano como Prometeo libertado de Shelley. Asimismo, uno opta por poemas que lee y quiere traducir; y por otro lado, también he traducido pensando en clases que tengo que brindar. De esta manera fui traduciendo una serie de prosas de los románticos franceses que no estaban traducidos aún.

–¿Cómo afronta la traducción frente a concepciones metafísicas o estímulos plásticos particulares de determinado autor? ¿Cómo se afrontan los localismos, por ejemplo?
–Para eso están los diccionarios. Además cada autor tiene dificultades diferentes. En el caso de Mallarmé la gran dificultad fue la sintaxis. Cohon, un gran crítico norteamericano tradujo a Mallarmé y decía que lo había leído durante 50 años, sin embargo “no lograba entenderlo”. En ocasiones acudía a traducciones en otras lenguas. Por ejemplo, en Mallarmé acudí a una traducción al inglés de Cohon, él explicaba el contexto. Consultaba y cotejaba con su versión. Para Prometeo libertado de Shelley consulté la versión francesa. Uno consulta con el objeto de verificar, sobre todo porque pueden haber elementos muy complejos. A veces puede haber problemas de palabras. Ahora, traduciendo a Nerval, una obra llamada La mano encantada, que transcurre en el siglo XVII me encuentro con que el autor utiliza palabras del argot francés, e incluso a veces utiliza términos antiguos que datan de la escritura de Rabelais. Los nombres de las personas los dejo en el idioma original. Sin embargo, en el caso de los juegos de palabras busco aproximaciones, trato de acercarme al juego fonético. Trato de mantener los juegos si es que se puede. En el caso de Joyce sufrí mucho puesto que había deformaciones de palabras y neologismos.

–¿Ha traducido poesía con métrica y rima?
–Lo hice con El barco ebrio de Rimbaud, por ejemplo. Una vez por pedido, la Embajada de Brasil, me invitó a traducir a los poetas coloniales de ese país. Debía conservar la rima. Hay palabras difíciles, en estos casos, pero el traductor debe buscar formas, recursos.

–¿Hay tradición de traductores en el Perú?
–Al castellano se han traducido muchos poetas. En el Perú hay varios traductores que sin embargo no han traducido libros completos. En otros países la traducción está mucho más fuerte, está más arraigado este trabajo. Pero hay escritores que se han dedicado a traducir mucho, por ejemplo, Javier Sologuren. Yo recuerdo una vez que Javier y yo nos despedimos un sábado y me contaba que estaba traduciendo un libro de poetas árabes. Los traducía del francés. Javier tenía muchos libros de potas extranjeros traducidos al francés. Uno que tenía de poetas persas me ayudó a traducir el Rubaiyat. Definitivamente, la rigurosidad de Javier hacía que logre comprimir las lenguas para llegar a los endecasílabos o alejandrinos de la lengua original. Se supone que la traducción en verso debe ser perfecta porque a la hora de la lectura si tiene menos o más versos suena mal. Javier se preocupaba mucho por esto.

–¿Cuál sería el grado de desarrollo de la traducción literaria en el Perú?
–Hay personas que han traducido mucho. Sologuren es uno de estos casos, otro por ejemplo, es Renato Sandoval. Lo que falta es la invitación para hacer algunas traducciones. Me acuerdo de un profesor de la Universidad de Ricardo Palma que tradujo El robo del bucle de Alexander Pope, y previamente me había regalado un librito suyo con una serie de traducciones que leí con mucha atención dándome cuenta de que mantenía los versos, desplegaba una traducción muy cuidada. Lo invite a que tradujera a este poeta del siglo XVIII. Se demoró, pero lo hizo. Es que no todo el mundo se pone a traducir para después buscar editor. Hay una predisposición, a veces el que escribe un poema lo hace por una necesidad íntima, y en el caso de la traducción es parecido, en ocasiones. Un problema actual para la traducción literaria y para la creación en general es que no hay espacios adecuados. Ahora no hay revistas o periódicos en el que uno pueda publicar sus trabajos. Son muy contados los casos. Por ejemplo, cuando murió Ezra Pound llamé a José Miguel Oviedo diciéndole que tenía los últimos Cantares para ser publicados. En una época, en lo que a espacios para la creación se refiere, El Dominical de El Comercio tenía una página Poetas del Perú de hoy en la que se editaban textos de escritores actuales. Ahora incluso para las reseñas de libros los diarios son recelosos. Parece que la gente quiere leer menos. En España y en Argentina hay suplementos especializados. Aquí se piensa que los lectores o las audiencias —en el caso de la radio y la TV— son de mentes minusválidas.

–¿Cabe hablar de una profesionalización de la traducción literaria?
–En la actualidad hay escuelas universitarias de traducción en la Unifé y la Universidad Ricardo Palma. Están orientadas al uso comercial. Pero si los estudiantes tuvieran posibilidades de optar por un magíster o doctorado, se podría despejar la condición huérfana de la traducción literaria. Y ese es el defecto, porque en estas escuelas se aprenden técnicas de traducción. Gente interesada hay, yo lo he visto. Sin embargo, en las currícula y/o sílabus no hay nada sobre traducción literaria, peor aún si se trata de traducir en verso. Y esto es penoso. Podría haber una especialización. Por ejemplo, conocí en la Ricardo Palma muchachos que admiraban mucho a Joyce. Quizás implementar seminarios en los que los chicos traduzcan textos literarios que les interesen sería una salida. Incluso podrían ser hasta sus trabajos de titulación. Una vez fui a un congreso de traductores en México y me sorprendió de los jóvenes su conocimiento sobre versificación. Eso aquí nos hace mucha falta.