Adam Baratz, «Bowles’s Yerma has American Prairie Harmonies Tempered to Surreal», The Boston Musical Intelligencer, 17 de octubre de 2010. Paul Bowles, Memorias de un nómada, traducción de Ángela Pérez, Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1990. R. Fernández Romero, «Último Ramón. La American Literary Agency (ALA) y Ramón Gómez de la Serna (1957–1963)», Bulletin of Spanish Studies, 101 (10) (2024), pp. 1493–1517. Charles Henri Ford, ed., View. Parade of the Avant Garde. An Anthology of View Magazine (1940-1947), selección y compilación de Catrina Naiman y Paul Nathan, prefacio de Paul Bowles e introducción de Catrina Neiman, Nueva York, Thunder’s Mouth Press, 1991. Ricardo Gullón, «El novelista Paul Bowles», Ínsula: Revista Bibliográfica de Ciencias y Letras, Año 6, núm. 68 (agosto 1951), p. 3. |
viernes, 18 de septiembre de 2026
Paul Bowles traductor de Jorge Luis Borges
jueves, 25 de junio de 2026
Los editores de Penguin Random House meten la pata una vez más pero ahora con Borges
Adelgazó Borges: las nuevas "obras completas" le tacharon medio libro
La sobrevida de Borges –justo la suya, que tanto lo obsesionó–, administrada por terceros cada vez más ajenos, no le estaría haciendo favores a su obra. Para un escritor que se la pasó cruzando y disolviendo géneros, y que hizo de esa práctica un género propio y una carta de triunfo, es lamentable que ahora no se reedite su obra completa –como en otra época hizo Emecé– respetando los libros unitarios, cronológicamente, sin dividirla en cuentos, ensayos y poesía, deconstruyendo así un laberinto que le llevó casi un siglo edificar. Ese loteo simplificador, como tantas decisiones editoriales, acaso obedezca a la ingenua ilusión de creer que de ese modo los volúmenes se vuelven más vendibles o regalables. Hay otro detalle no menos imperdonable.
En la edición más reciente –de editorial Alfaguara, en enero de este año en España y en abril en Argentina– "completas" debe ir entre inmediatas comillas: le han añadido –a un autor asediado históricamente por erratas, ediciones precarias y criterios erráticos para la publicación de éditos, traducciones e inéditos– una mutilación, un quite de colaboración, un punto ciego gratuito: en ninguno de estos tres tomos aparecen las primeras 50 páginas –en prosa– de El hacedor; sólo imprimieron la segunda mitad de ese libro, en el volumen aparentemente correspondiente. Parece el mal chiste que un cretino le inflige a quien perdió la vista: sustraerle un bien adelante suyo con total impunidad.
De manera que un lector novato, en ciernes, reciénvenido a Borges, que inocentemente pagara no poco por estos volúmenes a estrenar, no podría leer siquiera el que da título a El hacedor, el que inaugura la serie, y que indirecta y secretamente anticipaba estos desmanes: "una terca neblina le borró las líneas de la mano". Tampoco podrá leer otros, igualmente irreemplazables, como "Dreamtigers", "Los espejos velados", "Una rosa amarilla", "Martín Fierro", "Parábola de Cervantes y de Quijote", "Everything and nothing", "Ragnarök", y "Borges y yo", nada menos.
Poesía completa conserva el prólogo al libro, lo que subraya aún más el salto y el vacío hasta "Poema de los dones", que ahora abre la seccionada sección de El hacedor. Varios de los textos omitidos son sueños, de ambivalente ubicación, desde luego, pero también lo son o los incluyen tantas otras páginas de Borges. El hecho es tan pesadillesco e inverosímil que cualquier lector que lo descubra inspeccionará una vez y otra, desconfiando del sentido de la vista ante un Borges descaradamente deshecho.
Es una falta –en todas las acepciones– tan ostensible que sería casi de santulón adjudicárselo a la categoría de lo que alguna vez él mismo llamó "errores accidentales" o atribuirle al editor anónimo un juicio estético no menos fabuloso y alarmante. Sobre todo porque lo asombroso es que El hacedor no fue el único libro que Borges articuló con prosas y versos. Lo repitió, por caso, en el posterior La cifra y en el último, Los conjurados, y llama la atención –es una forma de decir– que en esta nueva edición sí sean reproducidos por entero.
Amargas ironías póstumas para quien le dedicó no pocas páginas al destino incierto de textos de cierta antigüedad. Con tiempo para la ocurrencia pero no para el examen de una obra con "piedad necrológica" o, en palabras de José Bianco, con "veneración tipográfica", la publicidad de los nuevos tomos reza: "Del laberinto se sale leyendo". A esta altura el subtexto y la contraorden deberían ser obvios: "Al laberinto se entra con respeto". Son reeditadas y penosas muestras de la caída pavorosa del pudor -del que Borges era un ejemplo supremo-, en cualquier terreno que se mire: del descuido, la desidia y la desfachatez, a la insolencia, el atropello y el vandalismo.
Otra ausencia, acaso menos grave pero no menos inexplicable, obliga a ahondar todavía más en el periodismo antipático: no existe firmante o incógnito que elucide o justifique las pautas generales y maniobras particulares que subyacen a este tríptico. Para ser más claros: ante una publicación de este orden y de esta relevancia, el lector no tiene por qué reponer información por su cuenta o hacer inferencias especulativas -como si se tratara de una novela y el editor fuera un autor reticente- acerca de si, por ejemplo, el editor resolvió seguir la decisión de Borges de publicar su Obra poética (1977) sin esos textos. De todas formas, en la instancia actual esa eventual coartada queda invalidada porque se trata de una obra completa, en apariencia total, y esos textos faltantes deberían estar en alguno de los tomos, puesto que Borges no manifestó que renegara de ellos como textos. Y esa presunta salvedad queda desautorizada, asimismo, por otra decisión del propio editor, la de incluir los fragmentos en prosa de La cifra y Los conjurados -como fue mencionado, libros de características similares-, ahora sí atribuyéndose prerrogativas de autor, de carácter contradictorio. Un lector no llega a un libro -menos a las obras completas del mayor autor argentino y uno de los mayores del siglo veinte- para jugar a adivinar razones no expuestas, o para ponerse a interpretar el mutismo de un editor o de fortuitos derechohabientes como si fueran dioses ocultos.
Las bellas fotos de tapa intentan disimular la reticencia de estos enigmas, que diluyen sus ademanes en el silencio editorial y en el elenco del copyright: Mariana del Socorro Kodama, Martín Nicolás Kodama, María Victoria Kodama, Matías Kodama y María Belén Kodama. Los senderos siguen bifurcándose, pero al jardín le estaría faltando un paisajista.
martes, 5 de mayo de 2026
¿Lapsus, error o mera ignorancia del secretario?
Decir Borgeres
Algunos errores son torpes y otros son fértiles, es decir no llevan a ningún lado, interrumpen el lento progreso de las cosas, o van más allá. El de Leonardo Cifelli –ese “Bórgeres” que cayó como una moneda falsa en la alcancía solemne de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires– pertenece a la segunda especie. No porque el ministro haya querido homenajear a Jorge Luis Borges con una variante fonética, una especie de Borges pasado por agua, sino porque en política cultural el desliz suele ser una herramienta, un pequeño artefacto de relojería: se lo deja caer, se lo oye sonar, y después uno mira quién levanta la cabeza.
“Bórgeres” es, en ese sentido, una palabra performativa. No nombra: produce. Produce indignación en los que creen que algunos nombres propios son un templo; produce memes en los que creen que el lenguaje es una plaza; produce, sobre todo, conversación. Y la conversación –esto lo sabe cualquier ministro con ambición de permanencia– es el oxígeno de la gestión. No importa demasiado de qué se hable mientras se hable de uno. La cultura, desde hace tiempo, dejó de ser un conjunto de obras para convertirse en una coreografía de atención.
Se dirá que exagero, que un error es un error. Pero el error, cuando ocurre en un escenario con micrófonos y cámaras, deja de ser inocente. Es una piedra en el estanque: los círculos concéntricos son previsibles. El primero, el de la corrección. El segundo, el de la burla. El tercero, el de la interpretación: ¿fue adrede? Y en ese tercer círculo es donde el ministro pesca con mosca. Porque la duda es más rentable que la certeza: nos obliga a volver sobre la escena, a reproducirla, a citarla. El error se vuelve un loop.
Hay otra utilidad más sutil. Desplazar el eje. Un discurso de inauguración es, por definición, un objeto pesado: cifras, programas, promesas, ese léxico administrativo que nadie recuerda. Un tropiezo bien colocado aligera la pieza, la vuelve narrable. Nadie habla del presupuesto para bibliotecas o del desfalleciente proyecto Sur, pero todos recuerdan “Bórgeres”. Es la versión ministerial del truco de magia: mientras una mano escribe políticas y recorta presupuestos, la otra deja caer una sílaba mal puesta. Miramos la sílaba.
También está el gesto de irreverencia controlada. Decir mal a Borges es tocar un nervio nacional con la punta del dedo. No es una blasfemia abierta, sino una torsión mínima. Como si se probara el límite de lo tolerable en el campo literario: hasta dónde se puede estirar el nombre sin que se rompa. Y el nombre no se rompe, claro; se multiplica. Borges sobrevivió a peores pronunciaciones que la de un ministro. Sobrevive incluso a sus lectores.
No descartaría, incluso, una lectura más doméstica. El error como contraseña. En ciertos círculos, equivocarse a propósito es una forma de guiñar el ojo: “Estoy con ustedes, no tomo esto tan en serio”. La cultura oficial, siempre acusada de solemnidad, necesita a veces un poco de desparpajo administrado. “Bórgeres” podría ser ese guiño, esa mueca que humaniza al funcionario sin obligarlo a renunciar al traje y a la corbata.
Y, finalmente, el error como espejo. Nos devuelve la imagen de lo que creemos que somos: custodios de un canon, policías del acento, devotos de un apellido que también es una construcción. ¿Cuántas veces Borges escribió mal el apellido de otros? ¿Cuántas veces jugó con los nombres, los reflejó, los deformó? Hay en su obra una ética del desvío que tal vez el ministro, sin saberlo, invocó. “Bórgeres” sería entonces una mala cita, sí, pero una cita al fin.
Que haya sido adrede o no es, en el fondo, lo de menos. Lo importante es que funcionó. Hablamos de eso, no de lo demás. Y en ese corrimiento se cifra una pequeña victoria. El error, como una llave, abrió una puerta lateral por la que entró el ruido. Y el ruido, en tiempos de silencio programático, es una forma de presencia. Cifelli dijo “Borgeres” y todos levantamos la cabeza. A veces alcanza con eso.
viernes, 13 de octubre de 2023
"Algunas de las claves necesarias para entender el porqué del saludable desplazamiento de la literatura nacional en los últimos años"
Misterio en Twin Peaks
lunes, 10 de julio de 2023
Virginia Woolf y las dificultades de la sociedad española para dejar atrás el siempre presente franquismo que la rige
miércoles, 31 de mayo de 2023
Otra perspectiva de la reciente enciclopedia sobre Borges coordinada por Jorge Schwartz
“Erudita y entretenida, Borges babilónico. Una enciclopedia es la gran compilación de Jorge Schwartz que reúne citas de autores como Piglia, Sarlo, Balderston y Cozarinsky. Lo desmenuza aquí Gonzalo Aguilar.” Eso es lo que dice la bajada de la reseña publicada en el diario La Nación, de Buenos Aires, el pasado 19 de mayo, a propósito de la enciclopedia comentada por Magdalena Cámpora, en este blog, el 23 de mayo de este año.
Borges: panóptico de un saqueador
genial
Además, cómo no recordar la disparatada enciclopedia china de Otras inquisiciones que revela el carácter nominalista y arbitrario de toda clasificación o el raro adjetivo que le dedica en “Tlön”, donde habla de “cierta enciclopedia pirática”, como si la rapiña y el saqueo fueran parte de su propia naturaleza. Género del paroxismo intelectual, Borges vio en él la aspiración a un orden que al tiempo que reconoce el caos, intenta vana y bellamente domesticarlo.
Fue tan importante el lugar que las enciclopedias tuvieron en su obra y en su vida, que su figura, previsiblemente, desató toda una serie de enciclopedias que van desde las que exploran aspectos particulares (como Borges libros y lecturas de Laura Rosato y Germán Álvarez) a las que se proponen anotar toda su obra, como los índices del sitio Borges Center de la Universidad de Pittsburgh, dirigido por Daniel Balderston.
Entre esos emprendimientos, Borges babilónico. Una enciclopedia, dirigido por Jorge Schwartz, tendrá sin dudas un lugar de privilegio por ser, al mismo tiempo, apabullante, erudito y entretenido. Borges, en el diario de Bioy, decía que era un error considerar a las enciclopedias “como obras de consulta y no como obras de lectura”.
Borges babilónico sigue este camino y usa el género enciclopedia, con su orden alfabético y su ambición informativa, como un Caballo de Troya: sigue sus reglas, pero ofrece algo más. Con una estructura similar, después de la presentación de rigor (lugar y año de nacimiento, obras más importantes), las entradas arriesgan una interpretación personal llegando a veces a constituirse como verdaderos ensayos.
La primera edición de Borges babilónico tuvo lugar en Brasil en 2017 y nació porque la traducción al portugués de la obra del autor argentino no permitía las notas al pie o el aparato crítico. Jorge Schwartz decidió entonces encarar esta aventura temeraria.
La edición argentina amplía la brasileña y suma nuevos colaboradores, llegando a 75, la mayoría investigadores que provienen del área académica y escriben sobre temas que conocen muy bien. Entre otros, Patricia Artundo escribe sobre revistas y artistas de vanguardia, Daniel Balderston sobre la sexualidad, David Oubiña sobre cine, Lucas Margarit sobre literatura en inglés, Claudia Fernández y Martín Greco sobre literatura italiana, e investigadores jóvenes brasileños sobre los más diversos temas (mi aporte es sobre la censura y Bustos Domecq, ese genio incomprendido).
Pero la diferencia con la edición brasileña no es solo cuantitativa; las nuevas entradas incorporadas muestran un giro que se ha dado en los recientes años en los estudios borgianos: después de una infinidad de lecturas textuales, se percibe un interés sobre los modos de vida, sus opciones políticas (entrada sobre nazifascismo), su relación con la sexualidad (entradas sobre homofobia y censura), y su producción marginal que no entró en las Obras completas y que está en la bibliografía complementaria: Textos recobrados, el Borges de su amigo Bioy y otros descubrimientos recientes.
Así, el título que está tomado de Julio Cortázar adquiere mayor sentido: no es el Borges babélico (la ciudad de la confusión de lenguas y de la pretensión del conocimiento absoluto) sino babilónico, el lugar de la disipación y las pasiones. Aunque babilónico no parezca un atributo muy borgiano, pese a su relato “La lotería en Babilonia”, cada vez son más las elucubraciones sobre el Borges cotidiano e íntimo que van desde películas a las memorias de Estela Canto y la reciente novela Si de Aníbal Jarkowski.
En una lectura azarosa y a los saltos (la única que el género soporta y estimula), Borges babilónico ofrece entradas excepcionales y hallazgos diversos. En “Borges de Bioy”, por ejemplo, Isabel Stratta despliega una escritura precisa (“ráfagas de crítica literaria instantánea”, “conservadurismo pedestre”, “trastienda creativa”) y ensaya respuestas a diversas preguntas: ¿sabía Borges que Bioy estaba registrando las conversaciones que tenían? ¿Qué cambios se producen en la mirada de Bioy sobre su amigo con el paso de los años? ¿Qué “gérmenes de ficciones futuras” se encuentran en las conversaciones?
Otra felicidad que depara el volumen son las entradas sobre literatura francesa redactadas por Magdalena Cámpora. Desmitificadoras, recurren a materiales poco conocidos (sobre todo las conferencias dictadas en instituciones francesas) y discuten con lecturas como las de Jacques Rancière y lugares comunes sobre la supuesta francofobia borgiana. Hay entradas previsibles como la de Flaubert o Voltaire, otras más inesperadas (Rimbaud y Diderot) y ausencias llamativas, como las de Roger Caillois. (La enciclopedia está, como no podía ser de otra manera, repleta de omisiones u olvidos, pero el efecto es estimulante, conduciendo la lectura a un sistema de remisiones infinitas).
La relación con la literatura francesa que Cámpora define como “ambivalente” deja de serlo en la entrada sobre Rimbaud, quien aparece como su contrafigura. Desde muy joven Borges encontró a Rimbaud “aburrido” (grave injuria), pero a lo largo de los años le sirvió para oponerle un tipo de visionario (Blake, Swedenborg) que no rechazaron “los goces peculiares de la sintaxis” (es decir, que se mantuvieron en la literatura y no se entregaron, como Rimbaud, “a la política y al comercio”). Al ser confrontado con un autor central del canon occidental pero al que se refiere en contadas ocasiones, las entradas de literatura francesa trazan un perfil inesperado de Borges.
Otro acierto son las miradas que no omiten la interpretación personal ni la confesión. Edgardo Cozarinsky participa con tres colaboraciones sobre Santiago Dabove, Macedonio Fernández y Victoria Ocampo. Sobre la directora de Sur escribe: “Ante esta mujer hermosa, apasionada, generosa, siempre sentí una admiración más fuerte que cualquier desacuerdo puntual sobre gustos u opiniones”. La opinión no configura un desliz sino la libertad con que los escritores intervienen en la enciclopedia.
Quien llega más lejos es Ricardo Piglia con “Memoria”, ensayo en el que
actualiza la pregunta de Walter Benjamin sobre la crisis de la narración. Si en
Benjamin la crisis se vinculaba al trauma de la guerra, en Piglia su disolución
se debe a la captura por parte del Estado de la memoria. Borges aparece, en
esta hipótesis, acompañado de la narrativa norteamericana contemporánea (Thomas
Pynchon, William Gibson, Philip Dick) y hasta de personajes de la galería del
cómic y el cine como el Joker interpretado por Jack Nicholson.
Hasta El proceso de Kafka, en la entrada de Piglia, se transforma de una novela sobre la justicia en un “proceso a la memoria”. Aunque el texto está tomado de su libro Formas breves, la enciclopedia lo dota de nuevos sentidos: ser interpretado bajo la nómina “memoria”, referir a otras entradas en una red de referencias cruzadas y, sobre todo, subrayar su inestabilidad genérica, entre el relato ficcional, el ensayo de autor y la descripción informativa. Otro hallazgo son la cantidad de entradas referidas al mundo árabe y musulmán´; sorprende por su cantidad.
El autor Jorge Schwartz, ensayista argentino hace tiempo radicado en Brasil, fue el director del museo Lasar Segall, curador de muestras emblemáticas como Brasil 1920-1950 y autor de libros clave sobre Horacio Coppola, Oliverio Girondo y Oswald de Andrade. Schwartz ya había hecho un libro de consulta obligatoria sobre los manifiestos de vanguardia (Vanguardias latinoamericanas: textos programáticos y críticos); y con Borges babilónico logra lo mismo.
No es la primera enciclopedia sobre Borges, hay muchas más, pero esta
tiene la característica de incluir a varios de los críticos más importantes de
su obra provenientes del área universitaria: Beatriz Sarlo, Daniel Balderston,
Ricardo Piglia, Michel Lafon, Carlos García, Emir Rodríguez Monegal, Annick Louis,
Ivan Almeida, Saúl Sosnowski, además de incorporar a críticos brasileños de
reconocida trayectoria en su país como Leyla Perrone-Moisés, João Adolfo
Hansen, Eneida Maria de Souza y Davi Arrigucci. La cuidada edición de Fondo de
Cultura lleva el paroxismo de las enciclopedias al límite: contiene una lista y
un índice de colaboradores, una bibliografía, un índice de entradas y otro de
nombres citados.
De todos los artículos de la enciclopedia tal vez el más curioso sea el de “Borges, Jorge Luis”. La entrada reproduce la inventada por el propio Borges cuando, en la edición de las Obras completas de 1974, imagina su destino póstumo en “una Enciclopedia Sudamericana que se publicará en Santiago de Chile, el año 2074” y que evoca su obra, su fama y “ciertas incurables limitaciones”. Es como si el mundo existiera para terminar en una enciclopedia y que su forma de ordenar las cosas fuese una de las mejores para acceder al conocimiento. Frente a la realidad babilónica que nos agobia, ahí está la apuesta de Borges, enciclopédico y babilónico, tal vez no menos monstruosa.
martes, 23 de mayo de 2023
"Una historia de la lectura, en Borges: el Babilónico propone ese camino y recrea una biblioteca"
[1] Investigadora independiente del CONICET, profesora titular de Literatura francesa en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad del Salvador y doctora en Literatura comparada por la Universidad de la Sorbonne (Paris IV). Actualmente investiga las transformaciones editoriales, la historia de la lectura y los usos ideológicos de la literatura francesa en la Argentina del siglo XX, así como las relaciones entre Borges, el francés y la literatura francesa.
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