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lunes, 23 de febrero de 2026

"Los poemas de Moore poseen la delicada, matemática extravagancia de los copos de nieve"


El pasado 26 de enero, Juan F. Comparatore se ocupó, en la revista Ñ, del diario Clarín, de una reciente antología dedicada a la poeta estadounidense Marianne Moore, que, con traducción de Oscar Fariña y Guadalupe Alfaro, publicó la editorial argentina Fadel & Fadel.

Marianne Moore, la que desconfiaba de la emoción fácil

Solía llevar un sombrero tricornio, una capa de corte eduardiano, y deambular por las veredas de Brooklyn como si marchara hacia un aquelarre. La obstinación que dictaba su atuendo regía también su escritura: a contrapelo de la época. Durante más de medio siglo, ese anacronismo deliberado que respondía al nombre de Marianne Moore se dedicó a forjar un dialecto de precisión naturalista en piezas que tienen la apariencia de informes de campo. El rigor de la mirada, única garante de una autenticidad que desconfiaba del adorno y de la emoción fácil, la condujo a una poesía que renuncia a la retórica heredada y construye, en la página, artefactos verbales autónomos. Para ver lo que hay delante –esa otredad irreductible– hacía falta un lenguaje nuevo. Y para ello había que educar al ojo en la extrañeza.

Según Hugh Kenner, uno de los mayores exégetas del modernismo, Moore transformó la poesía angloamericana al desplazar el centro de gravedad del poema desde la tradición oral –la voz, el ritmo, la cadencia– hacia la página impresa, la mirada minuciosa y la exactitud perceptiva.

No es una estocada inusual en este crítico; ya en Los comediantes estoicos sostenía que la modernidad literaria nace cuando los escritores dejan de concebir la obra como algo destinado a ser oído y comienzan a pensarla como un objeto visual, estrictamente ligado a las posibilidades y limitaciones de la imprenta. En ese nuevo régimen, la obra ya no se apoya en la memoria ni en la música del acervo oral, sino en la disposición de las palabras sobre la página, por lo que la impresión, en lugar de mero soporte, se vuelve un principio generativo de la forma. Con sus versos medidos, sus sangrías calculadas y su sintaxis elíptica –siguiendo el postulado de Kenner– Moore es a la poesía lo que Flaubert, Joyce y Beckett son a la prosa.

Todo esto viene a cuento de Marianne Moore: una introducción, volumen que reúne un conjunto de poemas de la autora norteamericana, precedidos por “A disgusto”, el escrupuloso ensayo que Hugh Kenner escribió en 1965 y que orienta tanto la selección como el orden de los textos. La conjunción de estas piezas se debe a los traductores Guadalupe Alfaro y Oscar Fariña, cuya labor se distingue por una cuidadosa curaduría, puesto que, además de ofrecer versiones rigurosas, tomaron la decisión audaz de incluir las primeras versiones de los poemas, aquellas que admiraron William Carlos Williams, Wallace Stevens, T.S. Eliot o W.H. Auden.

Es sabido que, con el objetivo de lograr mayor claridad y exactitud en la expresión, y al mismo tiempo evitar todo exceso retórico o emotivo, Moore no sólo se limitaba a modificar la puntuación entre ediciones, sino que también cercenaba versos o incluso estrofas enteras. Un ejemplo paradigmático de este proceder se encuentra en el itinerario de su célebre “Poesía”, cuyo primer verso –“A mí también me disgusta: hay cosas más importantes que esta farsa”– fue todo lo que quedó tras sucesivas podas.

No siempre esta práctica ascética arroja los mejores resultados, y no pocos lectores se lo han reprochado. Además, es precisamente esta faceta de su obra la que, con la venia del Collected Poems, ha gozado de mayor circulación. De ahí que el empeño de los traductores por recuperar las versiones originales adquiera un valor particular en nuestro país, donde, a pesar del esfuerzo de Hugo Padeletti y, sobre todo, de Mirta Rosenberg –responsables de la pionera antología El reparador de agujas del campanario y otros poemas–, la obra de Moore mantiene un alcance reducido.

“La primera vez que traté de leer los poemas de Marianne Moore, en 1935, simplemente no pude encontrarles ni pies ni cabeza. Para empezar, no fui capaz de ‘oír’ los versos”. Quien así habla es W.H. Auden. No pocos lectores se han topado con dificultades semejantes. Casi como si partiera de esa observación, Kenner concluye que Moore escribe para “la vista, no para el oído”. Uno de los puntos sobresalientes de su ensayo es la lectura del sistema tipográfico de la poeta: pequeñas cuadrículas visuales donde el ritmo no se capta auditivamente, sino al contar sílabas y observar la disposición espacial del texto.

Regidos por una arquitectura rigurosa, sus poemas no buscan “decirse” sino hacerse, como mosaicos de percepción donde cada palabra debe justificar su presencia. Kenner muestra cómo la geometría visual del poema “El pez” detiene de manera deliberada la fluidez del enunciado, obligando al lector a ver palabra por palabra, igual que la poeta observa escama por escama.

Descripciones taxonómicas, listas exhaustivas, definiciones entrecortadas, injertos de citas. La poesía de Moore es un montaje verbal que combina rigor naturalista con una inteligencia compositiva. Randall Jarrell decía que los poemas de Moore poseen la “delicada, matemática extravagancia de los copos de nieve”. Lo que Hugh Kenner señala sobre Marianne Moore no es simplemente que miraba bien –eso lo puede hacer cualquiera con buena vista–, sino que miraba raro. Así construyó una obra que parecía vivir al margen del mundo, pero que lo iluminaba desde un ángulo que nadie más había advertido.

miércoles, 5 de octubre de 2022

"Ver el mundo, atravesarlo, gozarlo incluso y dejarlo intacto"

Marianne Moore y Muhamad Ali
En octubre de 2018, Jorge Aulicino hizo una antología de poemas de la poeta estadounidense Marianne Moore, con traducción de poetas argentinos, que incluía versiones de Alfredo Weiss, Alfredo Casey, Alberto Girri, William Shand, E.L. Revol, Hugo Padeletti, Mirta Rosenberg, Ernesto Montequín, Jonio González, Andrés Hax, Jorge Aulicino, Silvia, Camerotto, Laura Wittner, Ezequiel Zaidenwerg y Tom Maver. Esa selección fue publicada, con formato de e-book, por la revista virtual op. cit. Lo que sigue es el prólogo del volumen.

Jardines imaginarios con sapos reales

En 2009 en Ediciones en Danza apareció una antología de textos breves de Ezra Pound publicados en la Argentina por traductores argentinos, muestra que estuvo a cargo de quien firma estas líneas y que se iniciaba, como ésta, también en la década de los ’40 del siglo pasado. El introductor de ambos autores fue Alfredo Weiss, en una antología que hizo época: Poesía estadounidense, publicada en 1944 por Ediciones Continental, una editorial que dirigía el propio Weiss. En ese momento Pound tenía 59 años y probablemente estaba absorbido por sus tareas de propaganda en la República de Saló. Apenas unos meses después, sería hecho prisionero por sus compatriotas y acusado de alta traición. Marianne Moore, de 57 años, era una pequeña celebridad en Nueva York. Residía aún en Brooklyn, decidía bastante sobre el porvenir de poetas más jóvenes y se dejaba ver en diversos eventos públicos, entre ellos, partidos de béisbol. Con todo, no había publicado aún su primera obra reunida, la de 1951, que le valió los premios más codiciados. Se escribía aún con Pound, y siguió haciéndolo mientras éste estuvo preso en el hospital psiquiátrico St. Elizabeth, en Columbia, destino que le dio la Justicia para eximirlo de la pena de muerte. Tenían en común haber representado, desde la segunda década del siglo, la vanguardia llamada imagismo, para entonces ya lejana en la mente de ambos.

La traducción de Pound, Moore y otros autores estadounidenses a partir de los ‘40-‘50 abre una pequeña brecha en la monolítica influencia francesa sobre la poesía y el gusto argentinos, pero si Pound tuvo, por obra de Carlos Viola Soto, una antología propia a fines de los ‘60 (en la Compañía Fabril Editora), Moore debió esperar a Mirta Rosenberg y Hugo Padeletti hasta fines de los ‘80 para ver una colección de sus poemas traducidos aquí (en Centro Editor de América Latina). Las publicaciones desde entonces no fueron muchas, pero en dos casos al menos –el de la antología de Rosenberg y Padeletti y el de la publicación del poema “El basilisco emplumado” por la editorial Jimmy Jimmereeno en 1991– llegaron acompañadas de explicaciones sobre la figura de Moore y su relevancia desde el punto de vista estético. Antes de eso, Weiss había consignado brevemente que Moore “alentó los movimientos de vanguardia” y Alfredo Casey la había presentado, en su antología de 1969 para las Ediciones Antonio Zamora, como “una de las mujeres más calificadas en el mundo de la poesía”. También breve –aunque significativa– fue la introducción de Girri y Shand a la entrada de Moore una selección de poesía norteamericana para la Distribuidora Mexicana de Libros en 1976: “Dentro de la libertad aparente de su verso hay un profundo sentido de forma y una técnica perfectamente disciplinada”. En cambio, E.L. Revol le dedicó tres densas páginas y la calificó como algo más que “imaginista” en la antología de la poesía norteamericana que en 1977 publicó la Librería Fausto: “La poeta prefirió no dejar de lado la naturaleza más propiamente humana, la intelectual y moral, en su proyecto creador. Esta preferencia le otorga a su producción un aire de genuina modernidad que la diferencia de esa acentuada ‘intemporalidad’ del poema imaginista típico”.

La contratapa de El basilisco emplumado, firmada por el traductor de la obra, Ernesto Montequín, recuerda que quienes solían escuchar la conversación de Marianne Moore con su madre no dejaban de asombrarse “porque aun para tratar los asuntos más insípidamente cotidianos ellas empleaban un lenguaje tensado con la didáctica precisión mecánica de un juguete victoriano”. Y luego: “…tanto ese idéntico vigor transparente como ese ritmo coloreado por la emoción con el cual se plasmaban las palabras, son sostenes centrales en los poemas de la hija, Marianne, constructora de diminutos teatros donde ‘lo natural’ es burlado, donde el tiempo se desarma en el espacio, como en una caja de Jospeh Cornell”. Se pregunta a continuación Montequín: “¿Es el poema el acto más inhumano?, ¿el que más ilumina los fondos de los telones del conocimiento? … ¿el que construye una percepción que no nos descifra?”.

Poco antes, al presentar la selección El reparador de agujas de campanario y otros poemas, Mirta Rosenberg había resumido y conciliado dos visiones clave de la poesía de Moore: la de William Carlos Williams y la de T.S. Eliot. En 1931, Williams escribió: “El efecto general [de la poesía de Marianne Moore] es el de un ascenso a través de las humanidades, las ciencias, sin evadir el ‘pensamiento´ a través de cualquier cosa (o de todas las cosas) que conforman lo mejor de la vida moderna, tomando las cosas como se presentan, usándolas y extrayendo de ellas todo el placer, pero dejándolas por lo demás intactas”. Por su parte, Eliot anota en el prólogo de los Selected Poems de Moore, en 1935: “La poesía de M. Moore, o la mayor parte de ella, puede ser clasificada como ‘descriptiva’ más que ´lírica’ o ´dramática’. Se supone que la poesía descriptiva remite a un cierto período de tiempo, al que está confinada, pero es en realidad una de las modalidades permanentes de expresión. En el siglo XVIII –digamos en un período que incluye Cooper´s Hill, Windsor Forest y la Elegía de Gray– la escena descriptiva es un punto de partida para las meditaciones acerca de una u otra cosa”.

A su vez, dice Rosenberg: “Williams ve en la obra de M. Moore una serie de ensamblajes, no de ideas, sino de ‘cosas en sí mismas’, en tanto Eliot la considera como escena y ocasión de una serie de meditaciones. Ambos están en lo cierto, pero Moore va aun más lejos: su utilización de fuentes diversas (especificadas en las notas a los poemas) la convierte en una collagista textual maravillosamente hábil y siempre ingeniosa y refinada. (…) Su uso de la métrica, de la rima interna –muchas veces empleada como articulador para salvar los saltos en las ideas–, la penetración de su ironía distanciada pero profundamente humana, y un extraordinario conocimiento y capacidad de observación del mundo animal, vegetal y humano dan a la obra una originalidad virtualmente inigualada en este siglo…”

Así pues, ver el mundo, atravesarlo, gozarlo incluso y dejarlo intacto, hacen de Moore una precursora de la escuela objetivista estadounidense –Louis Zufosky consideró “Una botella egipcia de vidrio en forma de pez” el primer poema objetivista– y al mismo tiempo una adalid de la línea reflexiva que auspició Eliot. Si del ánimo o ánima se trata –es decir, de temperamento–, Moore está más del lado de Williams que de Eliot y la visión de éste, irónica pero siempre apocalíptica.

No es casualidad tal vez que los primeros traductores de Moore entre nosotros –Weiss, Casey, Girri-Shand y Revol– hayan traducido el poema titulado "Poetry", que puede funcionar, en cualquier tiempo y lugar, como un manifiesto. Lo son, no caben dudas, aquellos versos, al menos cuatro veces traducidos en la Argentina, que precipitan el final del poema:

tampoco es válido

            tener prejuicios contra los “documentos comerciales

y los textos escolares”: todos estos fenómenos son importantes.

    Sin embargo uno debe hacer una distinción:

cuando poetas a medias los arrastran para destacarlos

              el resultado no es poesía,

                ni la tendremos

hasta que nuestros poetas puedan ser

                “literalistas de

                  la imaginación” … por encima

                  de la insolencia y la trivialidad y puedan presentar,

para ser inspeccionados, jardines imaginarios con sapos reales.

 (Versión Girri-Shand)

 Aun hoy tienen aquel efecto. Y deseamos también darle, algunos de nosotros, ese cometido.